Disclaimer: los personajes, los lugares y las criaturas mencionadas pertenecen al maravilloso mundo de Harry Potter creado por J.K Rowling.
El lamento de la serpiente negra
Capitulo 4.- Carta a Canuto.
Ver tus errores desde otros ojos, te da una nueva perspectiva de lo que hiciste y lo que salió mal.
Las imágenes eran golpes que de verdad le dolieron en lo más profundo del alma que aún había dentro de su ser. Como dicen por ahí, la verdad duele. Y la verdad era que él había perdido. Su imperio jamás llegó a la cumbre de sus sueños y la muerte fue su castigo.
Siempre había luchado contra su simple condición de mortal; quería vivir por siempre, quería lograr todo lo que quería y preservarlo en sus manos por siempre. Pero él no sabía que la inmortalidad no significa jamás morir.
Las grandes mentes lo dijeron alguna vez: Si queremos ser inmortales, no tenemos que vivir por siempre, no tenemos que vivir sólo por nosotros, después de todo, la mayoría de ellos aun después de muertos siguen entre nosotros. El mensaje era: haz algo grande, algo para el mundo, algo que jamás se olvide, y tú nombre será recordado.
Pero él no lo entendía, ni vería jamás la realidad de lo que significaba ser inmortal. Para él la vida eterna era algo tan preciado que no podría siquiera pensar en compartirlo jamás con nadie.
—¡Ya basta por favor! —dijo suplicante la bruja que se encontraba sudorosa y pálida, apoyada sobre la mesa que minutos antes estaba limpiando.
Pero no todo estaba perdido. Uno de los recuerdos más recientes de la débil bruja que tenía frente a él, le serviría de algo. Hogwarts necesitaba un maestro de Defensa Contra las Artes Oscuras, y quién mejor que él para ocupar el puesto.
—Escribirás una carta a la directora, mañana por la mañana, diciéndole que encontraste un nuevo maestro para Defensa Contra las Artes Oscuras.
Sin decirle nada más, le dio la espalda. Subió a su nueva habitación y se tumbó en la mullida cama. Siguió pensando en todo lo que había visto y aún no podía reponerse.
…Luzenlaoscuridad…
La mañana se presentó ante el colegio de magia, oscura y fría. Era septiembre, aún no entendían cómo era posible que se presentara ese tipo de climas. La profesora Trelawney llegó a sugerir que era un mal augurio. Pero todos conocían ya su poca capacidad de predecir el futuro y los alumnos la tomaron por loca.
Hermione tenía que organizar a los prefectos para las rondas nocturnas, así que ese día sería particularmente ocupado para ella. Salió de su torre muy temprano, llegó al comedor, que se encontraba aún vacío y esperó a que sus compañeros empezaran a llegar, mientras sacaba un libro de pociones.
Conforme pasaron los minutos, el Gran Comedor empezó a sentirse cada vez más ruidoso. Cuando Hermione alzó la cabeza, la mayoría de sus compañeros se encontraban ya en el lugar. Sabiendo que no podría seguir leyendo, guardó su libro y se dedicó a mirar a su alrededor.
—Buenos días —la saludó Ginny.
—Hola. ¿Cómo van las cosas con Harry? —le daba curiosidad saber cuánto le duraría la felicidad a la joven pareja.
—Pues, hasta ahora bien. Ayer por la tarde, Harry se fue a su cuarto y no hablamos más.
Hermione no dijo nada. Sabía que tarde o temprano Harry recaería y no sabía cuánto sería Ginny capaz de soportar por él. Realmente no sabía cómo ayudar a Ginny con Harry.
Siempre era ella la de las ideas. Siempre era ella el cerebro de la operación, pero definitivamente prefería pensar cómo derrotar a un psicópata megalómano, que sobrellevar a un neurótico y depresivo.
No podía llevar a Harry a San Mungo; probablemente le darían alguna poción y lo mandarían a casa, o peor aún, lo internaría junto a Lockhart.
—Espero que todo siga tranquilo.
Este año los grupos se dividían por elecciones, es decir, Hermione por ejemplo, quería ser sanadora, así que como muchos otros iban a ciertas clases todos juntos, Harry y Ron querían ser aurores, así que iban a todas sus clases juntos, aunque aun coincidían en algunas clases con Hermione. Era como tener una segunda casa.
…Luzenlaoscuridad…
El resto de la semana, el trió dorado no había avanzado gran cosa en su relación.
Harry a veces estaba bien, otras parecía un dementor. Ron estaba casi todo el tiempo con Dean o Seamus. Ante el constante rechazo de Harry por su compañía, decidió darle tiempo. Hermione se la pasaba haciendo deberes, organizando a los prefectos y manteniendo sus notas. Llegó a escuchar por los pasillos que había una chica de quinto año de Hufflepuff que al parecer tenía inclinación hacia su ex novio. Se sorprendió a si misma al saber qué poco que le importaba.
Hermione tenía su fin de semana ocupado por completo. Sentía que de alguna manera estaba dejando tirado a Harry. Siempre había estado ahí para él, y ahora todos vivían en un mundo diferente. La guerra los había cambiado, de eso no había dudas.
Aún lloraba por las noches, oculta entre sus sábanas, deseando que su madre llegara y la abrazara, y a pesar de saber que eso no sucedería, que jamás los encontraría, no quería perder la esperanza. Nadie lo sabía, ni tenían por qué saberlo, sus debilidades eran asunto suyo y ahora sus amigos tenían sus propios conflictos.
Ésa era la diferencia. Antes, los problemas de los tres, eran los mismos. Ahora sus problemas los separaban, en vez de unirlos, como había pasado estos seis años anteriores.
De regreso a su torre, caminó por los jardines para poder darle aire fresco a sus pulmones, tenía días que no se exponía al sol. De repente lo vio ahí, de nuevo solo, sin querer ser molestado, apartado del mundo. Sólo pudo observarlo de lejos. Realmente quería acercarse a él y decirle que todo estaría bien…
…Luzenlaoscuridad…
Madame Rosmerta se levantó temprano el sábado, aseó su local y esperó a que sus clientes llegaran. Pronto los golpes de la puerta llamaron su atención.
—Minerva, te esperaba, pasa por favor —le dijo mientras le daba el paso a su vieja amiga.
—Dime Rosmerta, ¿dónde lo encontraste? Debo evaluarlo enseguida, no quiero perder ni un día más sin maestro de Defensa —le dijo entrando al local apresuradamente.
—Es mi primo segundo. Acaba de regresar de Oriente.
Ésa era su entrada. Despacio comenzó a descender por aquellos viejos escalones, mientras imaginaba a su propio ejército, listo para morir en su nombre.
—Ah, Martin… Ven aquí, primo. Hay alguien que quiero que conozcas —le indicó la mujer que se encontraba atrás de la barra.
Minerva Mcgonagall no podía creer lo que sus ojos veían. Era tan idéntico a Tom Riddle. Ese porte, esa manera de caminar y esa sonrisa arrogante era algo que ella nunca olvidaría, después de todo, nunca logró superarlo en calificaciones, porque había sido Riddle quien le había arrebatado el Premio Anual.
Pero ese hombre que ahora caminaba hacia ella, no podía ser aquel monstruo que había conocido. Era simplemente imposible.
—Buenos días, Madame Mcgonagall —le dijo aquel apuesto joven, mientras besaba su mano.
—Buenos días. Rosmerta me dice que eres Auror, jamás oí hablar de ti —le dijo sin rodeos.
—No estudié aquí. Soy de Irlanda y estudié en el instituto Durmstrang. Desde que me gradué me he dedicado a viajar y a estudiar la magia oscura en las distintas culturas del mundo. ¿Sabía usted, madame Mcgonagall, que la cultura egipcia tenía ya nociones de lo que era la magia negra? —le dijo sin borrar su sonrisa del rostro. No podía creer lo fácil que podía ser tenerla en la palma de su mano.
—Algo leí del asunto. ¿Está usted interesado en enseñar en Hogwarts? Tenemos un puesto libre, aunque primero me gustaría hacerle unas pruebas para verificar sus conocimientos—. Le dijo aún desconfiando de aquel joven.
—Por supuesto, es lo mejor. Dígame qué necesita saber y le diré todo lo que me sea posible.
—Su nombre completo, su edad y le haré un pequeño examen de conocimientos. ¿Qué le parece un duelo?
No sabía por qué actuaba así con aquel extraño joven, sólo sabía que su instinto le pedía que desconfiara.
—Por supuesto. Pero, naturalmente, usted ganaría, no pretendo herir a mi jefa —dijo con una sonrisa aún más grande en su rostro—. Mi nombre es Martin Wells, tengo 22 años.
—Bien. Lo espero mañana en las puertas de entrada de Hogwarts para la evaluación de sus conocimientos. El guardabosques lo guiará a mi oficina.
Sin decir nada más, salió de aquel lugar, en el que por primera vez, se había sentido asfixiada.
—¿Qué opina mi lord? —preguntó Rosmerta, mientras le extendía una copa de whiskey a su señor.
—No ha caído del todo, pero pronto lo hará. Hogwarts jamás ha tenido un maestro como yo.
…Luzenlaoscuridad…
Ahora era el lago negro quien soportaba su melancólica presencia.
Cuando Ginny lo encontró en la biblioteca, supo que no podría volver y ocultarse de nuevo. Las cosas de nuevo estaban mal, se sentía como en un pozo sin fondo y por más que nadaba a la superficie, jamás llegaba.
Se sentía solo, se sentía roto por dentro, algo dentro de él se había quebrado para siempre y no sabía si algún día volvería a ser el mismo. No tenía un hogar al cual volver, no sabía si debía quedarse ahí e intentar ser feliz, porque sabía que el pasado y las muertes que cargaba consigo, no lo dejarían avanzar, mientras siguiera en ese lugar.
Pero las cosas jamás se habían complicado tanto como hasta ahora. La diferencia era que ahora estaba solo, sus amigos ya no estaban ahí para él, y aunque lo estuvieran, no podrían ayudarlo. No quedaba otra que sumirse en la oscuridad que había sido su vida, porque todo había sido culpa de Voldemort, y lo odiaría, hasta el último día de su vida.
—Harry, ¿estás bien?
No era lo suyo llegar por la espalda y sorprender a su amigo, pero sus pasos a pesar de haber hecho eco, no lograron sacar de sus pensamientos a su mejor amigo.
—Si…—respondió sin mucho sentimiento.
—Harry, sabes que si estuviéramos en el mundo muggle, te llevaría inmediatamente a ver a un psicólogo, pero aquí no existe eso.
—Lo sé. Simplemente no puedo Hermione, no puedo seguir adelante como si nada hubiera pasado, como si las perdidas fueran mínimas.
—Lo sé. Y te entiendo, Harry, créeme. Pero tampoco puedes quedarte en el pasado.
—No puedo seguir adelante con este peso encima, pero tampoco puedo deshacerme de él.
—Harry…
No sabía qué decirle para hacerlo sentir mejor
—Lo odio. A Voldemort. Lo odio —decía su amigo mientras apretaba los puños y miraba a la nada.
—Es natural que tengas esos sentimientos hacia él, casi te mata —dijo con indiferencia.
—Te veo luego, tengo que escribir una carta —dijo poniéndose de pie.
—¿A quién? —preguntó su curiosa amiga.
Pero su amigo caminaba a paso veloz de vuelta al castillo.
Carta#85
Querido Canuto:
Las cosas aquí continúan mal.
Sé que he escrito montones de cartas con la misma historia, pero sin tu presencia y la de Remus, simplemente no encuentro la salida.
Siempre me he apoyado en mis amigos, pero ahora los siento más distantes que nunca. Hermione se esfuerza por ayudarme, pero es inútil tratar de encontrar la salida cuando me pierdo cada vez más en esta oscuridad.
¿Te dije alguna vez que me gustaría ser Auror? Pues así solía ser, ahora no lo sé. Estoy preparándome para ser uno, pero la verdad es que no sé si quiero continuar con esto.
¿Está mal que quiera alejarme de todo y de todos? Sería como huir, ¿no crees? Tú nunca huiste, siempre peleaste de frente al enemigo, desearía ser como tú.
Tengo un mal presentimiento, del que no he hablado con nadie. Algo está a punto de suceder, y sospecho que esta vez no lo lograré.
Siento como si la oscuridad me invadiera; como si un dementor estuviera tras de mí todo el tiempo y me consumiera por sus sombras. No puedo caminar, no puedo sonreír… Hay días en que quisiera ya no despertar.
No sé si lo que me pasa es normal, o si debería hacerle caso a Hermione y hablar con alguien. Es que… me siento tan aparte del mundo, como si viviera en otra dimensión.
No sé qué vaya a pasar mañana, si será peor que la guerra, pero sé que esta vez, no lo resistiré.
Ayúdame, Canuto. Ayúdame por favor a salir de este mundo negro en el que vivo. No puedo continuar así, pero no sé cómo salir, cada que intento buscar la salida me pierdo más dentro de este laberinto sin salida.
Te quiere: tu ahijado.
…Luzenlaoscuridad…
Tenía pocos años que había abandonado ese lugar, pero si de números se trataba, eran siglos desde su partida. Recordaba como hacía unos años había solicitado empleo, el cual se le había negado.
Pero ahora las cosas eran diferentes y el tiempo distinto. Ahora, las puertas del colegio se abrían para él, como debió haber sido siempre.
—¡Hola! —escuchó que alguien gritaba desde lejos.
No podía creer que aquel idiota continuara vivo y en aquel lugar. De verdad se divertiría con él, incluso le sería de ayuda con el chico Potter.
Hagrid llegó al encuentro con el candidato al puesto de maestro, pero conforme se acercaba su instinto le advertía que algo no estaba bien.
Ese chico era tan parecido a aquel joven que estudio con él, que llegó incluso a creer que sus ojos lo engañaban. Pero hasta el aire se sentía diferente y la oscuridad rodeaba a ese extraño ser. No quiso portarse grosero con él, pero no podía evitar verlo raro, desconfiar de él, que lo miraba con esa media sonrisa tan arrogante, tan característica de él, esos ojos oscuros que parecían el fin del mundo y ese cabello tan negro como la noche.
—Es usted Martin Wells, ¿cierto? —le dijo, a una distancia prudente, mientras aún no bajaba la guardia.
—Así es, ¿usted es? —le dijo Tom, poniendo su mejor sonrisa.
Este idiota no caerá tan fácil.
—Soy Rubeus Hagrid, guardabosques de Hogwarts. Venga, lo llevaré al despacho de la directora.
Tom lo siguió de cerca, preguntándose si debía acercarse lo suficiente e intentar iniciar una conversación. Sabía que debía moverse con cuidado, si alguien podía identificarlo, además de Minerva, ese era Hagrid, y si la primera, más lista que éste, no se había percatado, no veía el problema en que el idiota que lo guiaba lograra percibir algo.
Aun así, los errores de su futuro lo llevarían a la ruina en este presente, debía moverse con cuidado y no confiarse de nadie.
—Dígame, Hagrid, ¿tiene mucho trabajando aquí? —preguntó con tono casual.
—Sí —respondió el semigigante, volteando hacia el pequeño hombre detrás de él, regalándole una pequeña, pero perceptible sonrisa.
Lo intentó, pero el idiota, al parecer, no lo era tanto. Así que el resto del camino, se dedicó a admirar el paisaje. Realmente el colegio no había cambiado tanto en todo este tiempo, excepto los alumnos, que ahora veía con más libertades que antes, hombres y mujeres juntos por donde quiera, algo que en su tiempo no se veía.
Tom nunca había pensado en casarse o tener hijos. Eso lo dejaba a aquellos que morirían algún día y debían dejar legado. Pero ahora, conociendo la veracidad de los hechos, se preguntaba si debía dejar un heredero, alguien que se encargara de continuar lo que él no pudiera terminar, en caso que algo pasara.
Sus pensamientos eran tan profundos que no se dio cuenta que el semigigante se había detenido y casi chocó con él. Molesto, intentó encontrar la razón por la cual se habían detenido, pero el enorme cuerpo de Hagrid tapaba a la persona que se encontraba frente a él.
—¿Cómo está? ¿Sigue deprimido? —escuchó Tom que decía Hagrid.
—No sé qué hacer, de verdad lo he intentado todo, lo último que me falta es hablar con Ron —escuchó decir a una mujer.
Por un momento pareció reconocer la voz de aquella chica como la mujer de su sueño, pero eso era absurdo.
—Bueno, después hablaremos con él, no puede seguir así. Te dejo, debo ir a ver a la directora. Nos vemos luego, Hermione —escuchó que decía su guía.
Ese nombre había logrado remover algo dentro de él, pero no sabía qué…
Quiso mirar a la dueña de tan peculiar nombre, pero sólo vio una melena al viento, del color de la miel y forma indefinible. ¿Sería como era ella? Indefinible…
—Disculpe el contratiempo —dijo Hagrid, sin mirar a la cara a aquel joven.
—Descuide, me ha dado tiempo de admirar el paisaje. Hogwarts es realmente hermoso, los libros no le hacen justicia —dijo Tom, queriendo causar ese efecto conocido que el producía en las personas, y no era miedo.
Hagrid le sonrió y continúo su camino. Pronto llegaron a la gárgola.
—Sombrero Seleccionador —dijo el semigigante.
Instantáneamente la figura de piedra se movió dejando ver unas escaleras que parecían subir al cielo.
—Adelante —le dijo Hagrid a aquel hombre.
Realmente nunca se había sentido tan feliz por alejarse de alguien.
—Gracias —dijo con su original sonrisa, mientras caminaba hacia la escalera que lo llevaría al despacho de la actual directora.
Mientras caía la noche, cubriendo el cielo con sus bastas estrellas, alguien celebraba.
Era precipitado, decir que esta vez lo lograría. Pero al menos sabía que su primer paso para lograrlo había salido bastante bien. Esa mujer había quedado impresionada con sus habilidades, y su conocimiento no fue menos, simplemente la dejó con la boca abierta. Y lo mejor, sin argumentos para negarle el puesto. Aunque aún podía ver una pequeña chispa de desconfianza en ella, supo que pronto la tendría en sus manos.
Lo único que le había preocupado, era haber visto a aquel ser que tanto detestaba en una esquina, mirándolo con una sonrisa arrogante. Sabía que después de Dippet, él había tomado el mando, pero esperaba que no lograra reconocerlo.
De nuevo cometía errores, de nuevo subestimaba a los demás. Debía pensar mejor antes de actuar y no volver a entrar a esa oficina.
Sólo por esta noche celebraría en Las Tres Escobas, porque al día siguiente ya se habría mudado al castillo.
Capitulo resubido debido a que hace tiempo mi beta me lo mando corregido y aumentado :P y no habia tenido chance de cambiarlo, si ven esto, estoy trabajando en el cap 9, probablemente lo suba pronto :)
