El personaje les pertenece a sus respectivos autores al igual que la historia yo solo me encargo de compartirla con ustedes sin mas que decir que una disculpa por tardar en subir el capitulo

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Te Lo Dije
Capitulo 4
Cuatro meses después, tras conseguir sobrevivir al caos de la anulación de su
boda, Marinett aún lucía el glamoroso anillo de compromiso en su dedo. Aquella
noche no había podido dormir por lo que se levantó decidida a darse una ducha que
la desentumeciera y marcharse pronto a trabajar.
Convirtiendo sus deseos en realidad, se introdujo en la ducha multifuncional
creada por Jochen Schmidden para la firma Duravit donde, sentada en una especie
de tumbona, disfrutó del agua a presión y la sauna de vapor, acompañada por
aromaterapia y musicoterapia.
—¡Que te den morcillas, Kim! —dijo con decisión, quitándose el exclusivo anillo
Chanel de oro blanco y brillantes.
Enterrados quedaron los días en que lucirlo era un orgullo. Por lo que tras salir de
la ducha y ponerse un traje oscuro de Adolfo Domínguez, aún con el ceño fruncido
metió el anillo en un sobre color hueso, y lo cerró al mismo tiempo que cerraba su
corazón. Así se lo entregó al portero, decidida a no volver a verlo más.
Aquella mañana, el cielo gris de Madrid parecía acompañar su humor. Los
cambios sufridos habían estado a punto de derrotarla. Pero no. Marinett Cheng
era una mujer fuerte y no se lo permitía.
Estaba sumida en sus pensamientos cuando sonó el teléfono. Dejó saltar el
contestador. No le apetecía hablar con nadie. Pero al escuchar la voz de su hermana,
lo descolgó.
—¡Ya era hora guapa! —suspiró Astrid—. Anoche te llamé. ¿Por qué no lo
cogiste?
—Estaba duchándome —respondió secamente.
—¡Serás mentirosa! —exclamó Astrid, acariciando la peluda cabeza de su
perro—. Dime mejor ¡No me dio la gana cogerlo!
—Astrid, tengo prisa —y consultando la hora en su reloj Cartier dijo,
apartándose el pelo de la cara—. Te recuerdo que algunas personas trabajamos.
Estaba a punto de salir hacia la oficina. ¿Qué quieres?
—¡Qué borde eres hija! Sólo quería saber cómo estabas, y hablar contigo.
—Estoy bien, gracias. ¿Algo más?
Pero no era así. Marinett estaba destrozada. Destrozada y enfadada. Muy
enfadada. Dos de sus colaboradores habían regresado de Escocia sin el contrato
firmado que necesitaba presentar en la reunión de la mañana. Y eso la cabreaba
mucho.
—¿Sabes Mari?
—¡¿Qué?!
—Al final tendrás razón. No podemos ser hermanas. ¡Imposible! —se mofó
Astrid recordando su conversación noches atrás—. Creo que deberías hablar con
mamá para que te desvele quién es tu padre. Porque bonita... yo tengo los ojos de
mamá, y soy un clon de papá, por lo tanto, Mari ¡creo que deberías empezar a
preocuparte!
—Astrid. Hoy no es mi mejor día para escuchar tonterías y por favor, te
agradecería que me llamaras por mi nombre, que te recuerdo es Marinett.
—¡No jodas Mari! —se carcajeó al escucharla.
—Barbie, Barbie —espetó con maldad. Sabía que su hermana odiaba ese
apelativo—. No sigas por ahí que la vamos a tener.
—¡Serás bruja! A que te llamo...
—¡Ni se te ocurra!
—¡Peluche! ¡Peluchito! —se burló Astrid.
—Cállate ¡bichito! —gruñó Marinett molesta por las carcajadas de su hermana.
—Eres la leche ¡Mari! Parece mentira que todavía no te hayas dado cuenta que tú
a mí no me ordenas. Y por mucho que te jorobe, soy tu imposible, aunque más que
probable, hermana. No una de tus pobres y sumisas marionetas, que se mean de
miedo cuando tú, la divina, levantas la voz. Es más. Te diré que...
—¡Adiós Astrid! —interrumpió Marinett la conversación colgando el teléfono. No
la aguantaba más.
Mientras gruñía como un perro canario de presa, llegó hasta su ordenado y
espacioso salón minimalista. Abrió un cajón, sacó un cigarrillo y lo encendió. Al
aspirar con placer la primera calada escuchó sonar de nuevo el teléfono. Era otra vez
su hermana. ¡Qué pesada! Y como no tenía ganas de escuchar más tonterías, bajó el volumen del contestador, y olvidándose de ella se encaminó hacia la cocina.
Necesitaba un café. ¡Triple!
En la cocina abrió la inteligente y enorme nevera plateada. Esta reaccionó con un
sonido musical. En su pantalla extraíble táctil indicaba la necesidad de comprar leche
de soja. Marinett pensó en escribirle una nota a Mirosvka, su asistenta rumana. Pero
tras recordar el miedo, por no decir horror, que aquella mujer tenía a la inofensiva
nevera, y su desastrosa última compra virtual, decidió encargárselo a Rose.
Al fin y al cabo ¡era su secretaria!
Acabado el café y tras consultar en su portátil la recepción de algún e-mail, se
marchó para la oficina, dispuesta a arreglar lo que aquellos idiotas habían jorobado
en el viaje a Escocia.

Rose, la secretaria de Marinett, escuchaba las voces procedentes de la sala de
juntas desde su mesa. El día no se presentaba fácil.
Nerviosa e inquieta observaba a través de los cristales a su jefa. Su ceño fruncido y
el modo como movía las manos no indicaban nada bueno. Llevaba semanas
intentando encontrar el momento propicio para hablar con ella, pero no había sido
posible. Marinett nunca fue una mujer accesible, pero tras anular la boda, y ahora tras
aquella reunión, lo sería menos.
Por el rabillo del ojo observó cómo Ivan, el guaperas de la oficina, salía de la sala
de juntas con la cara contraída y se dirigía hacia ella. Él y Max eran los
responsables del fallido contrato con el escocés.
—Necesito fotocopias urgentes. La nazi está insoportable, no sé cómo la aguantas.
Aquél era Ivan, un rompecorazones de treinta y cuatro años con sonrisa
descarada, que traía de cabeza a las féminas de la oficina, a excepción de ella y su
jefa, que no le bailaban el agua.
Cada mañana, cuando coincidían en la máquina de café, ni la miraba. Rose era
invisible para él. Si embargo cuando necesitaba algo de Marinett, todo eran halagos.
Por todos era conocido que Chloe, la amiga de Marinett, lo había acosado hasta
llevárselo a su cama, algo que le ayudó a llegar hasta el equipo de Marinett, quien
nunca lo aceptó de buen grado.
El otro que estaba encerrado en la sala de juntas con Marinett era su compañero
Max. Un hombre trabajador, afable y tímido de cuarenta y cinco años. Calvo, con
gafas, amante de su familia y en especial de su mujer y sus hijos. En varias ocasiones
Rose y Max habían compartido confidencias, y en una de ellas se enteró que su
mujer había tenido un accidente de tráfico quedando postrada en una silla de ruedas.
Aquel día Max le confesó que le debía cientos de favores a Ivan. Que ese
guaperas tenía un increíble corazón y que gracias a su ayuda, sus hijos y su mujer
estaban consiguiendo salir adelante. Desde ese momento Ivan el guaperas se había
convertido en Ivan el le doy una oportunidad.
—Tranquilo Ivan. No es para tanto —susurró Rose sin mucha convicción
mientras cogía los papeles que había que fotocopiar.
—¡La muy puta! —siseó enfadado, cogiendo un vaso de agua del dispensador, sin
percatarse de que la causa de su enfado se dirigía en ese instante hacia ellos.
—Psss... calla —indicó Rose con disimulo, pero fue inútil.
—No me extraña que el novio la plantara el día antes de la boda. ¡Pobre hombre!
Aguantar a semejante bicho venenoso no debe ser muy agradable. A la nazi seguro
que le va el sado. ¡La muy puta! No me extrañaría que en su armario hubiera un
látigo y una mordaza de cuero.
—Rose —replicó Marinett con las mejillas encendidas por la rabia—. Saca tres
juegos de estos documentos —y volviéndose hacía Ivan, dijo—, en cuanto acabe la
reunión pásate por mi despacho. Tú y yo tenemos que hablar.
Maldiciendo su maldita bocaza y sabedor de qué significaba «tenemos que
hablar», tras mirar brevemente a Rose volvió a la reunión.
Marinett, alterada, entró en su despacho y, tras cerrar la puerta, respiró a fondo
para contener las lágrimas. ¿Cómo podían hablar de ella tan despectivamente?
¿Puta? ¿Nazi? ¿acaso no se daban cuenta de la importancia de aquel contrato?
Rose, que había digerido mal aquel encuentro fatal, una vez acabadas las
fotocopias llamó con miedo a la puerta del despacho antes de entrar y cerrar tras ella.
—Aquí tiene. Tres juegos de los informes que me pidió —dijo con los nervios a
punto de estallar, mientras Marinett observaba la pantalla de su portátil—. La compra
que me encargó esta tarde se la llevaran a su casa ¿Necesita algo más?
—De momento creo que no —respondió sin apenas mirarla—. Pero no te vayas a
comer. Puede que la reunión se alargue más de lo esperado gracias a esos inútiles.
—Yo... necesitaría hablar con usted.
—¿Es importante?
—Sí.
—Si vas a pedirme un aumento de sueldo olvídate. No es el momento —ladró
Marinett.
—No tiene nada que ver con eso —suspiró, retorciéndose las manos.
—Señorita Cheng—interrumpió un joven bedel de la empresa, abriendo la
puerta de golpe—. El señor Aguirre me indica que la esperan en la sala de juntas.
—¿No sabes llamar? —reprendió Marinett con cara destemplada.
—Sí señorita —murmuró el muchacho, mirando de soslayo a Rose.
—La próxima vez que entres aquí ¡hazlo! O tomaré represalias. ¿Me has entendido?
—Sí señorita —asintió el bedel y desapareció.
—Sobre lo mío...
—Cuando acabe la reunión, si tengo tiempo hablaremos — asintió Marinett como
siempre, sin mirarla a la cara.
En la sala de reuniones, la tensión entre los asociados, cliente y publicistas crecía
por momentos. Los pésimos resultados obtenidos por Ivan y Max tras su viaje a
Escocia caían como una losa sobre Marinett, que era ahora la responsable ante los
jefes. La crisis mundial comenzaba a notarse en las cuentas de R.C.H. Publicidad. Las famosas firmas de los mejores bulevares del mundo buscaban abaratar sus gastos, al tiempo que originalidad.
Marinett, como jefa del departamento de creadores publicistas, en su cartera de
clientes contaba con las firmas más importantes. Su última adquisición tras batallar
con varias empresas había sido conseguir la cuenta de TAG Veluer. Famosa y
asentada empresa de relojes caros, deseosa de comenzar el rodaje para su última
creación; un spot para televisión espectacular.
—Marinett —dijo Alvin, director de TAG Veluer y amigo suyo, nada más
verla aparecer. Siempre había ido al grano. No era hombre de perder tiempo—.
Contábamos con resultados rápidos y satisfactorios. En nuestra primera reunión
comentaste que no habría ningún problema en la contratación del castillo.
—Tienes razón Alvin —se disculpó Marinett—. Pero la razón de no haber
alquilado las dependencias del castillo de Eilean Donan para el spot no ha sido
porque...
—¡Me da igual el motivo! —vociferó ahora Dagur, el presidente de
la costosa marca de relojes—. Quiero comenzar a preparar la campaña de verano ¡Ya!
—Disculpe, señor Dagur. Estas cosas a veces se pueden retrasar por motivos
que... —intervino Max con voz apagada, ganándose una reprochadora mirada de
Marinett.
—Con el dinero que les pago por la campaña, bien vale no seguir esperando —
siseó. Dagur no tenía mucho más que añadir, así que se levantó abrochándose
su ajustada chaqueta—. Me fié de su profesionalidad, señores.
—No dude que la tenemos —medió un joven que había permanecido callado toda
la reunión. Era Ali, el hermano de Chloe—. Lo único que podemos hacer es
disculparnos y...
—Una simple disculpa no me vale.
—Dagur —susurró Alvin, su director—. Poniéndote así no arreglaremos nada.
Otra de las asociadas que asistía a aquella importante reunión, tras mirarle con
una sonrisa nerviosa, intentó calmarlo.
—Discúlpenos, se lo ruego. La señorita Cheng tuvo unos problemas
personales y su equipo hizo todo lo posible por localizar al propietario del castillo...
Al escuchar aquello Marinett la miró de una forma nada angelical. «¿Por qué tenía
que decir aquello?»
—Yo no he contratado a su equipo —gruñó Dagur—. He contratado a la
señorita Cheng, y ella es la responsable.
—Disculpe de nuevo, señor —comenzó a decir Ivan al ver la mirada incrédula de
Marinett. Nunca se habían apreciado, pero no podía permitir que ella cargara con las
culpas—. Si fuera usted tan amable de escucharme un momento yo le...
—¡Cállese! —vociferó el hombre, y miró a Marinett, que le observaba con gesto
impasible—. La anulación de su boda no tiene porqué interferir en mis negocios. Por
lo tanto, ¡póngase a trabajar y déjese de sensiblerías!
—¡¿Qué?! —consiguió murmurar, y a punto de gritar, sintió cómo Ivan la agarraba
de la mano y negaba con la cabeza. El joven intentaba ser amable, pero Marinett de un
tirón retiró su mano.
—Dagur —intervino Alvin. Sabía que aquello iba a acabar mal—. No creo que
debas continuar hablando.
—Me callaré sólo por el aprecio que tengo a mi buen amigo Tom Dupain —
ladró Dagur—. Sólo diré, antes de marcharme, que o me demuestra su
competencia en menos de dos meses o cancelaré mi cuenta con ustedes.
—No se preocupe —asintió la asociada con premura saliendo tras él—. Le
prometo que recibirá pronto noticias nuestras.
Todos quedaron en silencio, esperando que alguien rompiera la tensión que
permanecía flotando en la sala.
—Marinett —señaló Alvin antes de salir por donde segundos antes había salido
el presidente de su empresa—. Intenta conseguir ese contrato lo antes posible. Para
nuestra empresa es importante rodar el spot en esas dependencias.
—No te preocupes, Alvin —respondió ella con apenas una sonrisa—. Te
prometo que lo conseguiré.
Una vez los clientes abandonaron la sala de juntas, Marinett se sentó. Le temblaban
las piernas. Aquello era lo último que esperaba. Su vida personal en boca de
cualquiera. Max, al ver lo trastornada que estaba, le trajo un vaso de agua que ella
tomó pero no agradeció.
—¡No podemos perder la cuenta! —siseó Ali, el director de la empresa. La
reunión había sido un desastre—. TAG Veluer es una empresa fuerte en el mercado y
sus campañas son millonarias. Tenemos que reaccionar ¡ya!
—Esto es increíble —señaló la joven que había acompañado hasta la salida a los
importantes clientes, y que acababa de entrar en la sala de reuniones con gesto
contrariado—. Marinett. ¿Estamos locos o qué? ¿Me puedes explicar qué ha ocurrido
para que el contrato del castillo de Eilean Donan no esté firmado?
Marinett, con la rabia instalada en su cara, esperaba una pregunta así.
—¿Me puedes explicar tú por qué has tenido que hablar de mis problemas
personales en una reunión de trabajo?
—Necesitábamos salir del atolladero de alguna manera —respondió con gesto
seco y sin importarle el dolor en los ojos de Marinett—. Estoy esperando a que me
digas qué ha ocurrido con el contrato.
—Que te lo expliquen Ivan y Max. Ellos son los responsables de todo este caos.
—Les aseguro que hemos hecho todo lo posible —indicó Ivan mirando a la mujer,
quién sonrió ante la incredulidad de Marinett—. Nos ha sido imposible hablar con el
conde, el propietario del castillo. Desde un principio nos rechazó y se limitó a darnos
esquinazo. Ha sido imposible.
—En R.C.H. Publicidad —aseveró Ali—, nada es imposible. Es parte de
nuestro lema.
—Si ese contrato no se consigue —sentenció otro de los asociados—, rodarán cabezas.
—Le aseguro, señor, que lo hemos intentado todo —asintió Ivan, omitiendo
detalles.
—Permíteme que lo dude —sentenció Marinett.
A partir de ese momento, el cruce de acusaciones y reproches ocasionó una gran
discusión en la sala de reuniones. Marinett no estaba dispuesta a cargar con las
consecuencias de aquella desastrosa gestión y sus resultados, y los asociados no
estaban dispuestos a perder tiempo y dinero. Por lo que tras más de cuatro horas de
reunión a Marinett no le quedó otro remedio que anunciar en voz alta para hacerse
escuchar sobre el tumulto de voces acaloradas.
—Iré yo. Organizaré el viaje y pasado mañana a más tardar estaré en Escocia.
Intentaré solventar este problema. A las malas tendré dos meses para convencer al
propietario.
—Sabia elección, Marinett —asintió Ali, quién levantándose junto a los otros
dos asociados salieron de la sala dejándola a solas con Ivan y Max.
—No trabajo con mediocres —les reprochó Marinett en cuanto desaparecieron los
espectadores—. No os quiero en mi equipo. Estáis los dos despedidos.
—Pero... —intentó explicarse de nuevo Max, asustado.
—No voy a volver a repetirlo.
—Por favor —tartamudeó Max, ahora desesperado, mientras Ivan la
observaba—. No puede hacerme esto. Tengo tres chiquillos que sacar adelante y
necesito este trabajo. Envíeme a otro departamento. Rebájeme de categoría pero por
favor, no me despida.
—¿Tres mocosos? —rió Marinett incrédula.
—Por favor, se lo suplico.
—Tengo cosas importantes que hacer Max, no me molestes con tus lloriqueos —
sentenció mientras recogía todos sus papeles sin querer escucharle.
—Por favor, señorita Cheng —insistió—. Se lo suplico, no me deje en la calle.
Este trabajo es lo que único que tengo para salir adelante.
—Sea humana ¡por Dios! —le espetó Ivan, atrayendo su mirada—, y bájese de una puñetera vez en su vida de su brillante pedestal de oro.
—¿Cómo te atreves a hablarme así? —le retó Marinett.
—Ivan, cállate —intervino Max.
Conocía a Ivan mejor que nadie y sabía que tras aquella apariencia chulesca,
escondía un corazón de oro.
—¿Y cómo se atreve usted a menospreciarnos así? —se enfrentó, harto de
humillaciones. Si ya estaba despedido qué más daba—. Puedo llegar a comprender
que esté decepcionada con nuestra gestión. Nosotros también lo estamos. Pero por
mucho que se empeña en decir que no hemos trabajado, eso es mentira.
—Por supuesto —gesticuló Marinett.
—Si estoy despedido, de acuerdo —sonrió Ivan—. Estoy seguro de que por muy
malo que sea el trabajo que encuentre en otra agencia nunca será tan denigrante
como trabajar para usted. Pero, por favor, escuche a Max. Necesita este puñetero
trabajo. Su familia depende de él. ¿Acaso no tiene corazón?
Palabras parecidas a aquéllas había escuchado en los últimos meses. Su propia
hermana Astrid, en sus interminables conversaciones, le preguntaba que dónde
estaba su corazón.
—Asumo que me quiera lejos de usted —prosiguió Ivan—. Me odia porque su
amiga Chloe me ayudó a conseguir este puesto. Pero oiga... ¿usted cómo lo consiguió?
—Metiéndome en su cama, no —gritó Marinett.
—Yo tampoco —señaló Ivan—. Ella se metió en la mía. Y si lo que le ha puesto de
mala leche es lo que oyó que le decía a su secretaria. Déjeme decirle que esas palabras
son lo más suave que podrá escuchar en esta oficina cuando hablan de usted. Y dé las
gracias a que tiene una secretaria discreta como Rose, porque si le hubiera tocado
cualquiera de las otras arpías, usted sería el hazmerreír de la publicidad. Ahora,
dicho esto, ya me doy por despedido
—Tengo prisa —sentenció Marinett, que con disimulo miró a Max. Parecía
desesperado. Apretando los papeles contra su pecho dijo antes de salir—. De
momento y hasta que yo vuelva de Escocia, continuaréis en vuestros puestos, pero
cuando vuelva... hablaremos.
Una vez salió de la sala de reuniones, sus ojos se toparon con un enorme ramo de
rosas rojas, pero haciendo una seca señal de ¡ahora no! a Rose, se metió en su
despacho. Necesitaba paz y un cigarrillo, así que entró en su baño particular,
decorado por Mariscal, y lo encendió con cuidado para que el detector de humos no
la delatara.
Permaneció allí unos minutos, vacía, y pensativa. Después se retocó el maquillaje
y salió para sentarse en su glamuroso sillón de cuero blanco. Allí se quitó los zapatos,
la estaban matando. Pero la paz duró poco. Unos golpes en su puerta le hicieron
calzarse. Era Rose con el ramo.
—¡Qué pasa ahora! Creo haberte indicado que no quería que me molestaras.
—Discúlpeme, señorita Cheng —dijo reprimiendo sus ganas de vomitar. Sabía
que no era momento, pero... ¿cuándo era momento para su jefa?—. Ha llamado su
hermana y el señor Kim Dupain. También llegó «el ramo».
¿Cuándo iba a parar? Ya habían pasado cuatro meses desde lo ocurrido, y a pesar
de las continuas negativas a volver con él, Kim insistía. Sus sentimientos eran
contradictorios. Unos días le odiaba con toda su alma por el engaño, y otros deseaba
volver a estar entre sus brazos. Diariamente recibía dos ramos de flores frescas con
tarjeta. Uno a su casa y otro a la oficina. Aquello, junto a los problemas del trabajo y
los reproches de Astrid para que no volviera con «el engominao», estaban acabando
con su poca paciencia.
—Puedes dejar el ramo ahí —y viendo lo pálida que estaba dijo—. Baja a la
cafetería a comer algo. No tienes buena cara.
—¿Quiere que le suba algo?
—No, gracias. Cuando subas tienes que buscarme un vuelo a Edimburgo y hotel.
También necesito que localices el teléfono de la asistente o la secretaria del conde
Inuyasha Taisho. Necesito concertar una reunión. Por tanto, no tardes mucho,
y cuando vuelvas, no me pases ninguna llamada —al ver que la muchacha se llevaba la mano a la boca preguntó—. ¿Qué pasa ahora, Rose?
—Señorita Cheng. Sé que no es el mejor momento pero necesito hablar con usted...
—Tú lo has dicho —respondió apoyando la cabeza en su butacón—. No es el
mejor día para ello. ¿No puedes esperar a que regrese de Escocia?
—No, señorita Cheng —soltó a punto de desmayarse—. No puede esperar.
—Perfecto —asintió con resignación, mirándola con cara de pocos amigos—. Muy
bien. ¿Qué ocurre?
—Bueno. El caso es que...yo...
—¡Tengo prisa, mi tiempo es oro!
—Estoy embarazada de cuatro meses y medio.
Decir aquello fue una pequeña liberación. Sabía que la noticia no iba a caer bien a
su jefa, pero no podía seguir ocultándolo. Aunque su pequeña liberación junto al
grito de su jefa le revolvió más el estómago.
—¡¿Qué?! —gritó Marinett, levantándose—. ¿Estás embarazada?
—Lo siento —susurró Rose, retorciéndose las manos.
Incrédula, Marinett miró a aquella muchacha. Apenas tenía veinticinco años y
estaba embarazada. ¡Qué manera de arruinarse la vida!
—Señorita Cheng, si le comento esto es porque mi contrato finaliza dentro de
tres meses. Vivo sola. Necesito este trabajo y...
—¿Pretendes que renueve tu contrato? Oh... no. ¡Ni lo sueñes! —vociferó viendo
cómo Rose se llevaba de nuevo la mano a la boca y los ojos se le encharcaban en
lágrimas—. No me vengas ahora con lloriqueos sensibleros ¿Pero qué os creéis
todos? —gritó pensando en su hermana, en Max, en Ivan—. ¿Que me dedico a la
caridad?
—Le prometo que no le fallaré ni un día, aunque tenga al bebé.
—Olvídate de seguir trabajando para mí —ladró Marinett con crueldad—. No me
gustan los niños, y menos aún tener una secretaria que no esté al cien por cien en su
trabajo. Conmigo tienes los días contados. Y ahora sal de mi despacho y cumple con
tus obligaciones, antes de que me arrepienta y te despida hoy mismo.
Atormentada y preocupada, Rose se dio la vuelta. Iba a vomitar, y solo pudo
coger con rapidez uno de los jarrones, sacó las flores, y vomito dentro.
Marinett, incrédula ante lo que acababa de hacer y sin un ápice de piedad, echó a
Rose fuera del despacho y la joven cayó redonda a sus pies.
Con diligencia Ivan y Max se acercaron a auxiliarla. Marinett se había quedado
paralizada, pero Ivan, con gesto de preocupación, cogió a Rose en brazos y la llevó
a la sala de juntas, mientras Max corría a por un vaso de agua.
Incapaz de seguirles, Marinett volvió a su mesa. Ellos se ocuparían de Rose.
Pasado un rato, a través de su puerta entreabierta vio cómo su pálida secretaria
regresaba a su puesto de trabajo.
Rose no se sorprendió cuando vio a Max aparecer con un bocata y una coca cola.
Pero sí lo hizo cuando Ivan le llevó un café, por lo que con una agradable
sonrisa se lo agradeció y éste le indicó que la llevaría a casa.
Al ver aquel compañerismo, el duro corazón de Marinett se resintió. Nadie, a
excepción de la pesada de su secretaria, se preocupó por ella los días posteriores a la anulación de su boda.
Fue incapaz de seguir observando todo aquello, así que se levantó y de un
manotazo cerró la puerta.

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Konata811: gracias por tu comentario y también gracias por las sugerencias las tomare en cuenta me servirán mucho de ayuda y perdona por subirlo tarde pero espero que te agrade los capítulos intentare subir mas seguido

Gracias por leer