Cuatro: Turbio
Una sola estrella brillaba en el interior de la tercera esfera encontrada por Marron. La luz del sol producía su efecto sobre el material transparente, haciéndolo relucir en las manos de la muchacha que corría por su vida en pleno pantano.
Una hilera de cocodrilos observaba, en silencio, la escena confusa de que una humana tuviese tanto interés en aquel objeto redondeado que había estado en el fondo del río. Algo en la energía de esa chica no la hacía la mejor candidata para el almuerzo, eso era seguro. De todas maneras, hubo un par de bocas llenas de dientes abriéndose y cerrándose en forma de amenaza. La joven se dio el gusto de pasar como una exhalación entre ellas.
Llegó a la orilla, donde una aeronave la esperaba con un conductor ansioso y molesto al volante. Subió en una muestra de agilidad digna de cualquier discípulo de la escuela de la tortuga, se sentó en el sitio del acompañante y cerró la puerta del coche, antes de dejar salir un alarido de emoción.
—¡Por Kamisama, los Kaios y todos los dioses de la destrucción de los universos conocidos! —exclamó la hija de Krillin y 18, mientras el vehículo se elevaba para regresar—. ¿Cómo es que no hacemos esto todos los años? ¡Es genial!
Trunks no pudo evitar el gesto de desagrado ante la idea. Todavía le dolía el dinero que le había costado llegar a la segunda esfera, de siete estrellas. Se la había quitado a un coleccionista, en plena subasta de objetos extraños. Los rumores de que alguien había intentado robarla antes del evento provocaron el aumento de las medidas de seguridad y las miradas de la prensa y las autoridades sobre el objeto.
Al final, disfrazados de una pareja de excéntricos, el heredero de Capsule Corp y su amiga habían terminado pagando una cifra exorbitante, en medio de la competencia con un desconocido que ofertaba por teléfono. La aventura comenzaba a pesarle al saiyajin, más de lo que imaginaba y por diversas razones que prefería no reconocer.
—Promete que no volverás a hacer eso —refunfuñó, con la vista al frente.
—¿Qué cosa?
—Ponerte así en peligro. La próxima vez voy a intervenir sin importar lo que digas, Marron.
—Como prefieras —respondió ella, mientras abría sobre su regazo el contenedor del material aislante y ponía la esfera dentro—. Igual, para el año que viene vendré sola.
Él la miró de reojo. Comenzaba a pensar que había creado un pequeño monstruo adicto a la adrenalina. No sería la primera vez que alguien sucumbía a la atracción que ejercían las Dragon Balls y perdía la cabeza por ello.
—No le veo la gracia.
—Y yo no te veo a ti la gracia. La verdad es que te recordaba más divertido, Trunks.
—Yo también —murmuró él, sumido en alguna mala asociación de ideas.
Mientras tanto, a la salida de un restaurante, Goten se alejó de sus acompañantes para encender su móvil y hacer una llamada. El nudo en su garganta amenazaba con convertir la corbata que se había puesto en un instrumento de tortura, junto con el incómodo traje de chaqueta azul oscuro que su hermano le había prestado para la reunión. El resultado de la negociación había sido inesperado. No podía evitar sentir que algo había salido muy, muy mal.
La pantalla, con una fotografía de grupo del último cumpleaños de Marron, le dio la bienvenida y lo llenó de una desazón espantosa. Sus dedos marcaron con velocidad una serie de números. Mister Satán lo llamó desde la calle, a pocos metros, pero él lo ignoró para concentrarse en el tono de llamada. Por fin, la voz estridente de su madre apareció al otro lado de la línea.
—¡Hijo, recién ahora das noticias! ¿Qué ocurrió? Estuve llamándote sin cesar, pensé en ir hasta allá a ver si no te habían hecho daño.
«Bueno. Daño, lo que se dice daño...» pensó el chico, recordando las advertencias veladas bajo las sonrisas de los abogados que habían acompañado a los padres de su novia ese día.
—Fue un almuerzo, mamá. Nadie se puso violento.
—De todas formas, debí haber ido también, para que esa gente vea que no estás solo. Y tu padre no es de mucha ayuda, en momentos como éste. ¿Cómo salió todo? ¿Satán pudo con ellos?
La esperanza en aquella pregunta fue un golpe doloroso para el saiyajin. Tuvo que tomar una bocanada de aire antes de responder.
—Ay, mamá. Lo siento.
—No. No hables así —replicó Milk, angustiada—. Goten, por favor...
—Míster Satán dice que será mejor llevarles la corriente por un tiempo —explicó, sin saber si temer o desear que alguno de los implicados lo oyera—. Solo será hasta que las cosas se calmen.
El llanto desconsolado que estalló en el Monte Paoz y llegó a sus oídos a través del teléfono le indicaron que él tenía razón en sentirse sofocado. Aquello había dejado de ser una simple anécdota de un mal amor de verano. El anillo improvisado que adornaba el dedo de Lily, las conversaciones sobre futuros negocios entre los padres de la muchacha y el supuesto salvador del mundo, la opresión en el pecho del saiyajin y su necesidad de salir corriendo se habían convertido en un solo enredo.
—Goten, cariño, ¿vienes con nosotros? —lo llamó su nueva prometida, a punto de subir al coche de la familia.
Él se alejó un poco más, hacia un puesto de periódicos sobre esa misma esquina, para evitarla mientras terminaba la conversación. Lo que encontró allí logró que se le secara la boca y los lamentos de su madre se perdieran en algún lugar de su cerebro. Casi todas las portadas de las revistas mostraban las mismas imágenes. Y no había posibilidad de error. Cada una de las fotos involucraba a su mejor amigo en un romance secreto con una jovencita de coletas rubias.
Salió corto el capítulo. Gracias a los que leen y doble agradecimiento a los que también comentan. Hasta el próximo.
