Mientras el ejército se aprontaba para marchar, Sigunn esperaba órdenes junto a una bandera con el emblema real. Los soldados iban de un lado a otro llevando armas de todo tipo, los caballos parecían ansiosos de lo que les esperaba en unas horas.
Había un campamento blanco a las afueras del palacio, lo que parecía una tienda de sanación. Llegaban carretas con hombres mal heridos, con quemaduras que seguramente dejarían una horrible cicatriz. La guerra era todo, menos gentil...
–¿Tú eres Röd? –Una voz masculina que provenía de su izquierda la asustó.
–Si señ- Si, su alteza. –se corrigió al reconocerlo, bajando la mirada.
–Al menos tienes modales... –susurró el joven, con desgano.
Sigunn lo miró de inmediato. –Pierda el cuidado, su alteza, sé muy bien cómo comportarme.
Apenas las palabras salieron de su boca supo que había arruinado todo. Cerró los ojos esperando la ira del dios, pero ésta nunca llegó. Cuando volvió a abrir los ojos el príncipe le sonreía divertido.
–No sé si eres muy valiente o demasiado estúpido... Pero me empiezas a caer bien. –dijo mientras tomaba las riendas de su caballo negro para montar en él.
Sigunn se tomó un momento para observarlo luego de que su shock pasara. Su piel blanca se asemejaba a la de los elfos, pero su cabello era tan negro como la noche y se movía al viento de una forma hipnótica. Sus ojos verdes reflejaban una inteligencia tal, que resultaba hasta cierto punto... un poco escalofriante. Él no se veía como ningún asgardiano que ella haya conocido.
–Veo que no traes una espada. ¿Sabes al menos cómo funciona? –Preguntó el príncipe en un tono bromista.
–Si majestad, he entrenado por muchos años, creo que podré defenderme bien.
–Eso lo veremos en la batalla... –comentó levantando una ceja, –¿por qué no te dieron una armadura oficial?
–Aun no me ganado la espada de mi padre, su majestad, es por eso que estoy aquí. –El Asgardiano pareció mascullar la respuesta, como pesando cuando era honor y cuanto vanidad.
–¿De dónde eres Röd? Mi padre no me habló de tu familia, solo que eras un amateur al que no le gustaba seguir órdenes.
Sigunn no se sorprendió para nada al escuchar esas palabras –Zethson, su majestad. No me considero un amateur, pero puede estar tranquilo que intentaré respetar las reglas.
–Ah. Ahora entiendo porque tu cara me resultaba conocida... –el príncipe pareció analizarla en detalle, y por un momento Sigunn pensó que sería descubierta. Pero luego tomó las riendas con más fuerza. –Vamos Röd, si sobrevives este día, mañana te habrás ganado un caballo, por ahora, mejor camina...
Idiota. La vanir ajustó su equipaje, y empezó a caminar siguiendo el ejército. Parece que tendría que probarle a todos, de lo que realmente estaba hecha una mujer.
–¡General Einarr! ¿Podría entregarle una espada decente al nuevo recluta? –gritó el asgardiano a alguien a sus espaldas. La sangre de Sigunn se heló por un instante.
Cuando volteó, la cara de Einarr pasó de confusión, a reconocimiento, y a nuevamente confusión. Sus miradas se cruzaron, como dos amigos que no necesitan mediar palabras para hacerle saber al otro lo que desea. El general pareció entenderlo todo en un segundo.
–Mi general, mi nombre es Röd Zethson, estoy uniéndome a la batalla hoy bajo el mando de su majestad. –Cuando volvió la cara al príncipe, este ya se estaba alejando, como dando por terminada la conversación.
Einarr se acercó de inmediato y la tomó del hombro, guiándola hacia la carpa del armería con la excusa de darle una espada –¿Qué crees que estás haciendo Sig? ¿Podrías perder tu título por una estupidez como esta…
–Ya lo estoy perdiendo con la muerte de papá. Si no me caso pronto todo se irá a la basura. Solo estoy ganando tiempo. –explicó ella, bajando la mirada para enfatizar su precaria situación.
El Joven le ofreció una espada con una empuñadura forrada en cuero, deseaba darle una más liviana, pero no había mucha variedad a disposición. La miró cálidamente a los ojos antes de abrazarla. –Solo prométeme que no harás nada estúpido, ¿de acuerdo?
Sigunn sonrió, haciendo que la apariencia masculina que le otorgaba su ropa perdiera un poco de su magia.
–Eres el mejor Einarr, lo prometo.
X
El campamento era un completo caos. Se escuchaban gritos de todas partes, miles de Vanirs corrían de un lado a otro llevando heridos a las carretas. El olor a putrefacción de los cadáveres reinaba en todo el lugar, pero era el humo quien resultaba sofocante.
La peor parte era reconocer rostros ensangrentados que antes habían sido amigos, padres de familia, hijos. Ojos sin vida que parecían reclamarle justicia, pero que a la vez se veían tan vacíos. Sigunn había entrenado por años el arte de quitar una vida, pero nunca nadie le enseñó el precio de perder una.
Recorría pasturas que ya habían adoptado un color escarlata, parecía que el mundo a su alrededor se movía lentamente, como si la vida misma quisiera mostrarle en detalle la crueldad de la guerra.
Poco a poco se dio cuenta cuanto se había alejado de la seguridad del campamento. Su vista se enfocó en el gigante de fuego que estaba en frente. Medía cerca de 3 metros, su piel roja estaba llena de cicatrices y se veía tan gruesa que las flechas le rebotaban. Sus ojos amarillos parecían disfrutar de ver como la vida de su enemigo se consumía entre sus manos.
El soldado, que había intentado con todas sus fuerzas soltarse de las garras del gigante, cayó ahora muerto al piso con su cuerpo totalmente derretido por el calor abrazador de las llamas que salían de las manos del monstruo.
Cuando sus ojos se encontraron con los del gigante, Sigunn supo que la pesadilla había comenzado y no habría a donde correr. Lo siento Einarr, lo siento tanto.
