Atención: este capítulo contiene spoilers de 3x01 de Sherlock, The Empty Hearse ("La carroza fúnebre vacía"). Avisados quedáis.
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/FLASHBACK/
-Información veraz: una red terrorista secreta planea un atentado. Es lo que hacen las redes terroristas secretas, ¿no? –se burló, alzando las cejas- Es su versión del golf.
-Un agente ha dado su vida por esta información.
Mal movimiento, ninguno de los dos se dejaba llevar por el sentimiento en ese caso.
-Pues ¡mal hecho! Está claro que solo quería lucirse.
-¿Ninguno de esos indicadores tuyos se comporta de forma sospechosa...?-volvió a preguntar.
-No, pero tienes que confiar en mí-lo miró fijamente-. Encontraré la solución, pero será en una frase rara, en un blog, en una excursión al campo inesperada o en un anuncio para buscar pareja traspapelada-sonrió-. Te toca.
-Le he garantizado al primer ministro que estás en el caso-avisó en un suspiro.
-Y lo estoy-frunció el ceño como si la duda lo ofendiera-. Los dos estamos en el caso, aquí nos tienes.
PIII-PIIIIIIIII. El irritante sonido le hizo dejar caer las pinzas, soltando el corazón de plástico sobre el juego de Operación. A buenas horas habían aparcado el ajedrez.
-¡Me cago en la...!
-Uy-se burló-, un corazón roto te supera. ¡Qué revelador!
Lo fulminó con la mirada.
-No te hagas el listo.
-Eso me recuerda a: "no te hagas el listo, Sherlock. El listo soy yo".
-El listo soy yo.
-Pensaba que era tonto-frunció el entrecejo, perdido en sus recuerdos.
-Los dos pensábamos que eras tonto-asintió-. No teníamos más puntos de vista hasta que conocimos a otros niños.
-Ah, sí-le dio la razón, con un escalofrío-. Aquello fue un error.
Compuso una mueca de recordarlo.
-Espantoso. ¿Cómo se les ocurriría?
-Querrían que hiciéramos amigos-rodó los ojos-, digo yo.
-Oh, sí. Amigos -degustó la palabra, arrastrando cada sílaba como tenía costumbre al hablar-. Ahora te ha dado por ahí, Sherlock.
-¿Y a ti no? -lo interrogó con esa mirada que gritaba que no le creía-¿Nunca?
-Si tú me pareces lento, imagínate la gente normal. Vivo rodeado de peces de colores-cada palabra se tiñó de paciencia y resignación.
-Ya, pero he faltado dos años…
-¿Y?
La pregunta, como quien no quiere la cosa, fue un aliciente para que continuara la oración que había dejado en el aire. Aunque en el momento soltó la conjunción, se arrepintió:
-No sé, pensé que habrías encontrado un…-compuso una mueca, tratando de ser sutil, alzando los ojos al techo- pececillo.
-Cambia de tema. Ya.-se levantó espantado, viendo por donde iban los tiros.
No iba a hablar de ella, y menos con su hermano. Ni de broma. Anthea era su asistente personal, su guardaespaldas, y aunque era inteligente y sobresalía de la media, no podía verla así. No debía.
Pero era sencillo imaginársela como un goldfish con esos andares suyos tan sinuosos, que parecía que flotaba sobre los tacones al caminar. Y, de repente, con la imagen del pececillo dorado/rojizo, se le apareció la imagen de Anthea con su vestido rojo.
Y supo lo que tenía que hacer.
/FIN DE FLASHBACK/
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Anthea llegó puntual, como siempre, a la oficina. Dejó los papeles sobre su escritorio, el abrigo en la percha y se dirigió a la sala del fondo, a encender el kettle para hervir el agua.
El té del señor Holmes no se hacía solo y ya tenía muy interiorizado cómo se debía organizar y disponer el día para mayor comodidad. Mientras la máquina hacía su trabajo, Anthea abrió las ventanas, dejando entrar la luz.
Fue a la impresora, encendió el ordenador y el proyector de la sala de juntas y, teléfono en mano, revisó el correo mientras volvía para preparar el té. Grapó un par de documentos y saludó al aire viendo cómo empezaba a entrar la gente.
Sabía perfectamente cómo le gustaba al señor Holmes: sin azúcar, sin leche, Earl Grey.
A ella jamás le había terminado tomarlo así (normalmente era de Builder's), pero en realidad le pegaba mucho esa marca a su jefe.
Colocó la taza de porcelana sobre su platillo y lo llevó con cuidado al despacho del señor Holmes. Llamó con los nudillos, sabiendo que aunque no lo hubiera visto llegar, él ya estaría sentado en su silla revisando papeles, y abrió sin esperar respuesta desde dentro. Allí estaba, sentado en su sillón, de espaldas a ella, con el periódico del día en las manos.
Dejó la taza con delicadeza sobre la enorme y ordenada mesa de madera oscura y con un "buenos días, señor" se dio la vuelta, dispuesta a salir de allí para empezar el día "salvando al mundo".
Pero cuando llegó a su mesa en la habitación de al lado, que daba a su despacho, se encontró junto al teclado del ordenador una cajita negra con un lazo de seda rojo. Frunció el entrecejo, preguntándose cuándo había llegado allí y quién la habría dejado.
La abrió con todo el tacto del que fue capaz y se quedó muda de la sorpresa al ver que dentro había una gargantilla de oro, muy fina y elegante, compuesta solamente de una cadena y un pequeño anzuelo a modo de colgante que sujetaba una punta de la cadena dorada con su extremo.
En el centro de esta había un papelito enrollado como si se tratara de un mini-pergamino; reconoció inmediatamente la caligrafía al abrirlo.
Puede que le sirva para la próxima vez que decida llevar el vestido rojo.
Era precioso. No entendía la elección de la cadena, aunque no podía dejar de pensar en ella como una especie de metáfora de la personalidad del propio Mycroft Holmes. Sencilla a primera vista, pero con un trasfondo.
Era una joya peligrosa. Un arma de doble filo, porque podía llegar a hacer daño en caso de utilizar la gargantilla en defensa personal. Tocó la punta del anzuelo con el índice y comprobó que estaba tan afilada como parecía. Sabía que Mycroft Holmes no hacía las cosas porque sí, ni dejaba nada al aire.
En cambio, no sabía qué pensar. Lo que no terminaba de entender era la elección de la forma. Podía haberle regalado cualquier otro tipo de colgante, pero no. Era Mycroft Holmes.
Sin saber exactamente cómo agradecerle el detalle, cogió el telefonillo intercomunicador y marcó deprisa antes de arrepentirse, mordiéndose el labio inferior.
-¿Sí?-sonó la voz de Inglaterra.
-Ella ha llamado dándole las gracias, señor-pronunció con cuidado, en un tono que esperaba que fuera lo suficientemente dulce para sonar sincero pero lo suficientemente formal como para no sonar desesperada. Estaba segura de que reconocería su nombre en la oración.
-Está bien-respondió, después de unos segundos por la otra línea-. Puede que le parezca banal, Anthea, pero asegúrese de preguntarle por el estado de su manicura.
-Me encargaré de ello, señor-sonrió, divertida.
Casi podía ver la mueca que se le había formado en la cara, tratando de contener una sonrisa. No hubo despedida, su jefe colgó con delicadeza y ella alzó su mano izquierda contemplando sus uñas, más cortas de lo normal, con esmalte transparente en vez de la acostumbrada francesa hasta que volvieran a estar todas al mismo nivel, sujetando todavía el teléfono con el hombro.
Y, después de colgarlo ella también, se colocó el collar, sin perder la sonrisa en lo que quedaba de día.
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Mycroft Holmes dejó el periódico sobre la mesa, abierto por la sección de economía. Llevaba conteniendo una sonrisa desde que Anthea había llamado.
Sonaba... profesional. Pero ya la había estado observando lo suficiente durante todo el tiempo que llevaban trabajando juntos (porque no trabajaba para él, sino con él) para saber que estaba disfrazando la sorpresa y el encanto. No se esperaba aquello, le había gustado el regalo.
Tal vez, dentro de algún tiempo -si es que llegaba a hablar con su hermano-, deduciría ella sola el simbolismo detrás de la cadena. O tal vez nunca lo llegaría a entender.
El caso era que no importaba, porque había pescado a la agente/guardaespaldas/asistente personal más leal y trabajadora que había conocido nunca. Durante aquellos dos años, se convirtió en su pececillo y si había algo que caracterizara a Mycroft Holmes era la premeditación y la paciencia: pescar era lo suyo. Ya había lanzado el anzuelo.
Sacudiendo la cabeza para alejar ciertos pensamientos, tomó la taza de té y siguió leyendo.
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N/A: muchas gracias por leer y dejar comentarios.De verdad, me hacen muy feliz.
Quería hacer un par de aclaraciones, por si alguien no está familiarizado con ciertos términos:
Goldfish es el típico pececillo doméstico de color anaranjado/rojizo/dorado. Kettle es un hervidor de líquidos. Builder's tea es como se le llama tradicionalmente al té negro con leche y dos de azúcar. Earl Grey, para quien no esté muy puesto en el mundo de la teína, es una marca con un sabor muy especial (o lo adoras o no te gusta).
El vestido rojo y el collar que mencioné en el capítulo anterior y de pasada en este (que se me olvidó por completo comentarlo) es el que lleva Lisa McAllister en "The Number One Girl". Me inspiré en las imágenes del vídeo "MycroftxAnthea AU (Mythea) Can't get you out of my head – HD" que podéis encontrar en Youtube de Clarice1682.Por último, si buscáis "Fish hook necklace BeauAndStella Etsy" en Google Imágenes, os saldrá enseguida la gargantilla que Mycroft le regala a Anthea.
Espero que os haya gustado. Muchas gracias otra vez por leerme,
Blackie.
