Notas de la autora: Bueno, sé que llevaba un par de meses sin publicar, pero eran por razones justificadas. Primero, trabajos de Universidad con un plus de estudios en Navidades y exámenes de Enero. Y ahora, que he empezado con el resto de asignaturas nuevas, por eso he sacado tiempo y tachán, capítulo nuevo. No tengo intenciones de abandonarlo, es más, quiero continuarlo y acabarlo. He añadido la pareja de Levi y Eren en lo que respecta bajo el resumen del fic, porque sigue siendo una pareja que también se desarrollará en la historia en conjunto con la pareja de Jean y Armin. Quería dejarlo claro. Gracias por los comentarios que me dejaron en su momento, porque la verdad, se agradece que opinen de tu trabajo, te dan ganas de continuar con ello. Sin nada más que añadir, Shingeki no Kyojin no me pertenece, y espero que les guste este capítulo.


Si existían dos características que pudiese definir el nombre de Armin Arlert, serían dos sencillas y únicas palabras. Determinación e inteligencia. Aunque, si tuviera que ponerlas a ambas en una balanza, Jean apostaría que dicho objeto acabaría equilibrándose en dirección a la inteligencia. Quizás aquel novato no poseyera la fuerza o la resistencia necesarias, pero no había que deducir demasiado que ese chico daría mil vueltas al resto de imbéciles que conformaban la Selección.

En un principio, creyó que las frases que le había dedicado ese día, el cual ya se situaba lejos si se detenía a echar una mirada atrás en el tiempo, fueron demasiado duras. O al menos, teniendo en cuenta que era completamente ajeno a las vivencias, razones y posibles (o no) traumas personales. La mayoría de los jóvenes que eran reclutados para entregar su vida a la guerra, se clasificaban en las más comunes: obligación, protección a su familia, honor. La segunda no se daba demasiado, pero recordaba haber escuchado alguna historia, aunque muy vagamente.

Marco fue quien le tranquilizó, pese a no estar preocupado por el chaval. Le había contado la decisión que había adoptado frente al problema. Sólo le había tratado así para que tomase sus provocaciones como un incentivo e incremento de valentía. Si se rendía tan fácilmente, aquello no podía significar otra cosa: definitivamente no estaba hecho para la guerra. Sin embargo, fue lo contrario. Armin había empezado a entrenar por su cuenta, e incluso le había pedido a veteranos que peleasen con él cuerpo contra cuerpo. Además, también había puesto en práctica otra prueba física, corriendo antes de que sol se escondiera tras el horizonte, cargando objetos pesados para resistir lo suficiente.

Sin embargo, aunque Jean estaba satisfecho de que gracias a él, se hubiese alzado para seguir adelante, le molestó el panorama que comenzó a ver con el paso de las semanas. Alguna que otra ocasión, Armin se reunía con ellos, incluido Marco, tras haber realizado su entrenamiento. Solían hablar por las noches, cuando llegaba agotado a su habitación tras darse una placentera ducha, y allí se encontraba con su compañero de habitación, y claramente, con Jean. Les relataba lo que hacía y cómo Shadis había visto sus progresos, cediendo un poco a acceder a su petición respecto a la estancia y de continuar siendo un recluta.

Por las mañanas, eso cambiaba. La personalidad de Armin le había permitido acercarse a más personas, novatos como él que pertenecían a la nueva Selección de aquel año. Extrañamente, y aún Jean no conseguía explicárselo, había hecho buenas migas con dos mujeres. La misma que había peleado contra Marco en el día de las pruebas, y una joven rubia de aspecto amenazante, solitaria, y poco habladora. La primera, era una mujer de complexión fuerte, ya que había derribado a su amigo en menos de lo que cuenta un suspiro. Pero su rostro parecía transmitir indiferencia con el resto de compañeros que allí se encontraban, como si ella no debiese de estar en medio de una manada de hombres. Aunque ella no era la única mujer, pero Jean tenía que admitir que era algo… masculina.

La segunda, apenas había mantenido contacto con alguno de los suyos, los novatos. De ella era de la que estaba más sorprendido. Porque, no entendía en qué podían encajar Armin y ella. Y mucho menos, que esta no le tratase mal cuando mantenían alguna que otra conversación.

La chica que había peleado con Marco, la había visto alguna vez, haciendo retos de pulsos con los veteranos, escupiendo contra el suelo, y aceptando beber cerveza cuando la traían una vez al mes en un día muy concreto, como una recompensa. No importaba qué edad tuvieras, no había edad específica para poder tomar, y menos si tu vida iba a ser arriesgada al amanecer. Pero que una mujer lo hiciera, les impresionaba a todos. Nadie decía nada al respecto, puesto que no se atrevían, y tampoco eran padres de nadie ni el mismísimo rey para impedírselo. Por eso ¿qué hacía un chico como Armin hablando animadamente con una chica como ella?

Si tuviesen una relación, Armin no sería precisamente el dominante. Lo mismo con la joven de cabellos rubios. Nada más pensarlo, Jean se negó mentalmente, le dieron escalofríos. ¿En qué estaba pensando? Ni que Armin fuese una desprotegida doncella. Se llevó las manos a la cabeza mientras depositaba el rostro contra la mesa de madera, su plato del desayuno estaba vacío a su lado. Marco, extrañado, alzó una ceja, pero enseguida no evitó reírse con suavidad.

–¿Qué te atormenta Jean? Pareces frustrado por alguna razón.

–¿De qué demonios estás hablando?- Jean prefirió hacerse el desentendido, cogiendo un trozo de pan y metiéndoselo de lleno en la boca a su amigo.- Calla y come.

Vio cómo se atragantaba y se quitaba el pan de la boca, dándose leves golpes en el pecho. Ahora quien le tocó reír fue a él, soltando una carcajada, en ese aspecto Marco y él se diferenciaban. Lo que tenía su amigo de control, Jean tenía más bien… una posesión nula. Cuando Marco hubo recuperado su respiración y aclararse bien la garganta, se limpió las lágrimas que salieron por la esquina de uno de sus ojos. El reproche que le dirigió hizo que su risa fuera a más, aunque al cabo de unos segundos se relajó.

–Vamos, no se niega la comida en estas épocas, Marco.- dijo a modo de broma, ganándose una mirada de pura indignación. Bodt era como esos hermanos mayores extremadamente responsables.

–No cambies de tema.- mierda, se dijo Jean internamente, lo más difícil era que, una vez eras amigo de Marco, este ya aprendía a leerte como un libro abierto. Y en cierto modo, no podía negárselo.- No paras de mirar en dirección a la mesa de los principiantes. ¿Sigues preocupado por Armin?

–Otra vez con eso. No estoy preocupado.

–Entonces es lo que yo pensaba. Estás celoso.

Celoso. ¿Celos? ¿Él? ¿Jean Kirschtein? ¿De un hombre? ¿De Armin Arlert? ¡Vamos! ¡Era de risa! ¿Por qué debería él estar celoso? Él superaba a Armin en muchas cosas. Aunque también Armin le superaba a él en otras pocas, todo sea dicho. Pero no era esa cuestión la que concernía a esa conversación mantenida con Marco. ¿Entonces? Su rostro de consternación tuvo que ser bastante evidente, porque Marco sonreía de medio lado, como si hubiese adivinado la mayor de las victorias, para después añadir con tranquilidad:

–No te agrada la idea de que esté con otra persona que no sea con nosotros, y que haya hecho nuevos amigos.- Marco echó un vistazo hacia atrás, viendo justamente cómo Armin sonreía por una broma que había hecho la joven. Su nombre era Ymir, había sido la que le había propinado una paliza en toda regla, aunque no tuvo consecuencias de ello. Por otro lado, también les acompañaba Annie, que simplemente no reía las gracias de Ymir, pero tampoco se mostraba disgustada.

–¿Estás pensando lo que estás diciendo? Ese enclenque puede hacer lo que se le venga en gana. Además, por mí mejor, no tendría que estar pendiente de sus lloriqueos.- pese a cómo lo había dicho, Marco sabía que Jean no lo pensaba de verdad. Tenía una forma peculiar de expresar mentiras, mirando hacia otro lado y adoptando una pose desinteresada, bufando.

–Por lo visto Ymir y Annie le han enseñado cómo pelear.- prosiguió Bodt, le resultaba divertido al situación en la que ambos chicos se encontraban, aunque no fueran conscientes de los pensamientos del otro.-También ya ha pasado la prueba del equipo tridimensional, según me contó.

–¿Eh? ¿Y eso cuándo fue?- reaccionó Jean, frunciendo el ceño y apretando los dientes al enterarse. ¿Cómo es que ese jodido niño no le había dicho nada al respecto? ¿No eran…? ¿Qué eran ellos? ¿Eran amigos, no? Al darse cuenta de su reacción, tosió.-Bah, me da igual. Bien por él.

Justo cuando se levantó, Marco iba a preguntarle hacia dónde se dirigía. Entonces, oyó una voz tras él, la cual reconoció enseguida.

–¿Marco?

Se giró para ver el rostro de su actual compañero de habitación. Los ojos azules de Armin, pese haber iniciado un saludo con Marco, permanecían clavados en la espalda de Jean, que se alejaba entre la multitud, abandonando la estancia. Marco pudo entrever un rastro de decepción y preocupación en su mirada. Realmente debía de darle un par de sermones a Jean por su comportamiento. Suspiró, mostrando una sonrisa.

–Buenos días Armin. ¿Hoy también vas a entrenar?- preguntó, pese a que ya se había asegurado su puesto para continuar, había descubierto que Armin a veces podía ser insistente en relación a sus metas. Aunque, si sabía que debía parar, lo hacía.

–Tanto Ymir como Annie tienen que atender ciertos asuntos que les encomendó unos de los capitanes, tampoco quiero abusar de su ayuda constante. - respondió, también sonriendo. Marco y él hablaban todas las mañanas y noches cada vez que estaban en la habitación, se habían vuelto buenos amigos.-Por cierto… ¿sabes si Jean está… molesto conmigo?

–¿Jean? ¿Por qué?- entonces Marco lo entendió. Ciertamente, los días en los que Armin se había empezado a acercar a Ymir y Annie, Jean se había mostrado más reacio y esquivo. Nervioso, negó rápidamente con la cabeza, tenía que tranquilizar al joven.- ¡Para nada! Simplemente está un poco… distraído. Pero ¿por qué no vas a las caballerizas? Hoy le correspondía limpiarlas. Puedes ir a verle y hablar con él, ya verás que no le pasa nada.

Armin pareció convencerse con eso, porque asintió.

–Muchas gracias Marco. ¡Hablamos luego!

Cuando se hubieron despedido, la sonrisa de Marco desapareció para de nuevo suspirar y plantar la mano contra su frente. Jean no tendría remedio, jamás.

-Mira que preocupar así a la gente…


Las cortinas fueron abiertas. Una por una, Eren iba apartándolas con delicadeza, para que así los rayos del sol ayudasen en el despertar de la princesa, acariciando su piel bajo la calidez que ofrecía la mismísima naturaleza. El verde de los ojos del criado brillaban con mayor fuerza cuando estos se sometían a la luminosidad, y más aún cuando se trataba de la que provenía del exterior. Pese a que aquella mañana daba la bienvenida con un paisaje y tiempo espléndido, Eren no podía quitarse de su cabeza la presentación a la que había sido sucumbido ante Petra.

Aún le parecía irreal e irónico, que la misma persona que solía alabar la joven, era el hombre que se había encargado de darle un golpe sin remordimiento alguno, y además, a tratarle como si fuese la auténtica escoria del mundo. Nada más pensarlo, la sangre le hervía a límites insospechados, a causa de la rabia que por ello sentía. Jamás había sido humillado de semejante manera. Por no contar que, cuando la princesa les había presentado, tuvo la sensación de que se estaba riendo en plena cara, alardeando de la situación y teniendo en su poder frases de lo más sarcásticas. Aunque, a decir verdad, apenas una emoción se plasmaba en el pálido rostro de aquel que ahora conocía como Rivaille, o también Sargento de la propia Legión. ¿Cómo un hombre que supuestamente, había hecho tanto por el reino, era tan frívolo y despiadado? Porque sí, quizás otra persona le diría que estaba loco, pero Eren no conseguía catalogarle de otra manera. Era despiadado darle una golpiza sin razón alguna, y más aún por darle de comer a su caballo. ¡Compadecía a los soldados que tuviesen que estar bajo su mando! Si mal no tenía entendido, Rivaille debía de encargarse de instruir a los nuevos reclutas de la Selección de aquel año.

De eso había hablado básicamente ese día, los tres. La princesa Ral no había cesado en continuos halagos que Eren creía que no se merecía, mientras que Rivaille apenas se encogía de hombros, como si realmente no la estuviera escuchando. ¡Eso no debía de hacerse ante una mujer, y menos a la princesa! Tenía que darle cierto respeto. Observó a los reclutas corriendo, no muy lejos, los gritos del instructor Shadis eran imponentes. Eren suspiró. Él tendría que estar ahí, empleando su vida para una causa de real importancia. No era que cuidar de la princesa no lo fuera. Ni mucho menos. Pero quería protegerla, quería deberle todo lo que esta había hecho por él, consagrando su vida si hacía falta. Pero allí, encerrado en las nobles paredes del castillo, con un techo y siendo un cobarde que veía cómo muchos de los soldados no volvían de regreso… le exasperaba.

Olvidó sus cavilaciones ante unos movimientos, eran de sábanas. La princesa Ral acababa de despertarse, abriendo sus ojos color miel. Aún recién levantada, sus cabellos aún permanecían perfectos, era tan liso que apenas se despeinaba, Eren lo había comprobado muchas veces cuando la peinaba.

–Buenos días, princesa.- saludó, sonriendo y en un tono formal.- Vuestro padre os espera para iniciar el desayuno. Por lo que se me ha informado, vais a estar acompañados.

–Buenos días, Eren.- ella seguía en la misma dinámica de tutearle, al igual que esperaba que él hiciera lo mismo. Sorprendida por esa nueva información, parpadeó.- ¿Sabes de quién se trata?

–No me dieron más órdenes que esa, mi señora. Lo siento.

–No te preocupes. Me gustaría que se repitiesen más momentos que compartir con mi padre, siempre que no fuesen por cuestiones de que algo va a anunciar.- dijo con cierto pesar Petra, echando un vistazo hacia la ventana.

–Vuestro padre debe de ocuparse de muchas cosas, princesa. Ser Rey es una responsabilidad dura y complicada de llevar. Tiene que entregarse a su pueblo para conseguir vuestra felicidad. Su sueño es instaurar la paz.- aunque eso no fuese del todo cierto, Eren trataba de animarla. No podía decir palabras en contra del rey.- He elegido su vestido. La esperaré fuera.

Cerró la puerta tras de sí, aunque estas tareas no eran de su incumbencia, decidió ir a la cocina para ayudar a servir el desayuno. Como la otra vez, Sasha le recibió con una sonrisa que rozaba casi lo hambriento, y Eren agradeció a Dios, si es que existía, que él no hubiese nacido comida para acabar en el estómago de la joven. Una vez prepararon todos los platos que iban a servir, los colocaron cada uno en varias bandejas de plata. De vez en cuando, Eren hubiese jurado que se había visto reflejado en ellas. Aquellas bandejas eran de la casa real, por lo que eran importantes. Desconocía por cuántas generaciones habían perdurado entre la familia del Rey.

Una pregunta rondaba por su mente ante tanto número de cubiertos. Por lo visto, serían cuatro personas las que desayunarían hoy junto al padre de la princesa. ¿Quizás un mensajero? ¿Un noble? ¿Un duque? ¿Negocios? ¿Organizarían estrategias? Aunque esta última cuestión no era algo que debatir en plena mesa, con comida de por medio. Negó con la cabeza, caminando por los pasillos cuando hubo terminado en los fuegos de los calderos, sintiendo que había hecho efecto en él. Sus ropas de repente se le habían hecho agobiantes. De repente, en medio del trayecto, se topó con la expresión impregnada de desdén del consejero, Auruo Bossard.

No se llevaban extremadamente bien, y la princesa era consciente de ello. Desde que permanecía en el castillo, un acontecimiento que guardaba sus años ya, Auruo siempre le había tratado como un chiquillo impertinente que apenas hacía algo útil por el reino. Y desgraciadamente, Eren no podía echárselo en cara, aunque sí su continuo mal comportamiento y acoso recibido por parte de este cada vez que se encontraban. Era un constante enfrentamiento verbal entre ambos, y a Eren muchas veces, no le quedaba más remedio que defenderse.

–El Rey quiere intercambiar unas palabras contigo.- la observación a la que fue sometida, enervó a Eren, pero procuró controlarse. Sin embargo, no podía negar que esa noticia le había sorprendido.- Te ha convocado ahora mismo, y no tiene necesidad de esperar a una porquería como tú.

–Tiene que ser difícil de asumir que por una vez se me es convocado, deberá de ser por una causa mucho mayor que la que usted habrá desempeñado en años.- desconocía si era cierto y se estaba jugando su puesto, sólo era un simple criado y probablemente estuviese equivocado. Además, si algo también caracterizaba a Eren, era que su fuerza se iba más por la boca y los impulsos que por la paciencia y la tranquilidad.

Pero Bossard, quien estuvo a punto de soltar una réplica certera y mandar a callar a ese crío, Mina pasó justo delante de ellos para avisar a Eren de que le estaban esperando. Auruo por supuesto, no dijo nada frente a la joven, aunque Eren sabía que su lealtad a la princesa era extraña y muy fiel, solía portarse formal y a veces altanero con las mujeres, todo en un intento de aparentar algo que no era. O era su forma de cortejarlas, él no lo sabía muy bien, pero le resultaba patético.

La sala en la que estarían el Rey y la princesa, era amplia y con hermosos ventanales que ofrecían un paisaje digno de cuento, como todas las ventanas que poseía aquel castillo. La luz de la mañana ayudaba a la claridad que ahora mismo allí se apreciaba. No era la primera vez que Eren se había presentado en ese lugar junto a Petra, esperando al lado de una columna, para después marcharse en su compañía terminado el desayuno. Pero en aquella ocasión, Eren tenía la sensación de que la dinámica iba a ser diferente.

En el centro de la larga mesa de caoba, el Rey comía y hablaba con sus invitados. Petra, a su izquierda, sostenía un pequeño pan, de los mejores del reino, riéndose elegantemente, aunque él no conocía sobre qué cuestión. Pero, cuando hubo visto a la persona que se situaba a la derecha de su señor, quiso no estar allí. Rivaille, sin risas de por medio, hablaba cuando era su turno, y esperaba en silencio a la intervención tanto de la princesa como del Rey. Eso contrarió a Eren. Nunca creyó ver a un hombre tan violento, rudo e independiente como lo era el Sargento, comportándose de una manera calmada y obediente. Cierto era que, al fin y al cabo, no podía rebelarse contra el Rey ¿no?

Pero Eren no cabía en su asombro. Entonces, notó su mirada gris y fría sobre él. Tragó saliva inconscientemente, sus ojos establecieron un contacto visual que le provocó un escalofrío, como si le clavase un puñal tras la espalda y congelase su corazón. Y también, como si le desnudase con la mirada. Como si realizara un estudio de cada uno de sus movimientos y gestos. Y eso, colmaban los nervios de Eren. Sin embargo, no dejó intimidarse. Reprimiendo el molesto temblor en sus rodillas, que supo aplacar bajo un buen disimulo. Petra, quien se percató de la mirada de Rivaille hacia un punto en concreto de la sala, al descubrir que se trataba de Eren, sonrió, instándole a que se acercara.

El Rey también reparó en su presencia.

–¡Oh! ¿Es este el niño que rescataste una vez, princesa?

La voz de una mujer, hizo que Eren viera otra presencia diferente y no conocida, aparte de Rivaille. Se había quedado tan absorto en los gestos del Sargento, que no se había dado cuenta de la mujer que se sentaba a su lado. De cabellos castaños oscuros, recogidos de una manera un tanto extraña, no era un tocado, y sus mechones no estaban ordenados y peinados como los de Petra. Además, portaba unas lentes, y un uniforme que hizo que reconociera al menos, donde pertenecía. La Legión.

No pudo más que avergonzarse por ese despiste, sintiéndose extraño. Rivaille chasqueó la lengua en señal de irritación. El sonido de algo pisando, llamó la atención de Eren al descubrir una expresión llena de dolor por parte de la mujer, que se mordió el labio inferior en un intento de no gritar, mirando seguidamente de forma acusadora al Sargento. Este en cambio, se limitaba a cruzarse de brazos.

La princesa asintió ante la pregunta de la chica, pero se apresuró a aclarar:

–Eren no fue rescatado por mí, simplemente no pude abandonarle en aquella cruda estación de invierno.

–Siempre tan modesta princesa Ral ¡deberías aprender de ella, enano!

Otro sonido. Otra expresión de dolor.

–Cierra el pico, miope, y compórtate.

–El humor nunca viene mal en la mesa.– comentó su majestad con una carcajada. La mujer se rascó la nuca en signo de halago.– Pero nos atañen otras cuestiones. Eren.– el criado se enderezó por la mención de su nombre, mostrándose erguido.

–Su Majestad.

–Está bien enseñado….– alcanzó a escuchar Eren a la extraña acompañante del Sargento. De reojo, pudo ver que Rivaille no apartaba la mirada, pero entornaba los ojos por lo dicho.–

–Te he convocado para un asunto que ni siquiera mi hija sabe.– Petra parpadeó. El Rey continuó.– Debo de suponer que eres conocedor del peligro y la posible guerra que algún día tendremos que desenvolver. Jamás he menospreciado tu deber de estar a cargo de Petra, pero existen demasiados enemigos. Y no enemigos comunes. Se tratan de personas despiadadas que saben cómo despedazar una garganta en menos de unos segundos. Y tienes poca preparación. Sé que también eres consciente de eso. ¿Concuerdas conmigo?

–Por supuesto.

–Padre…– murmuró Petra, pero este, no se detuvo.

–Por ello, no puedo correr un riesgo al que no estoy dispuesto. No sabemos quién es de confianza, o quiénes hay infiltrados en el reino. Quiero contar con la mejor seguridad de todas. Eren, vas a ser entrenado en el arte militar. Te formarás como si fueras un recluta perteneciente a la Selección.– explicó el Rey, detalladamente.– Sólo que, tus entrenamientos serán privados, y tendrás al mejor de los soldados instruyéndote.

–No.– la voz de la princesa temblaba.– Por favor, no puedo permitirlo, padre. No puedo dejar que Eren pierda su vida o salga herido por mi culpa. No por algo le llevé al castillo, donde pudiese tener un refugio en el que se sintiese acogido…

–No será enviado a la guerra, si eso es lo que te atormenta, hija.– argumentó.– Pero tienes que entender la situación. Tú no quieres perder a Eren, lo comprendo. Pero yo no quiero perderte a ti. Tengo muchos enemigos que querrán arrebatarme lo más preciado para mí. Tú en un futuro vas a ser la próxima heredera, junto al hombre que sea tu futuro esposo, cuando lo elijas. Debes de asumir ese cargo.

–Disculpe, Excelencia….– intervino en un tono formal, la chica de las gafas.– ¿Quién será el que le instruya?

–He aquí la razón de por qué cada uno de vosotros estáis reunidos aquí. El soldado más fuerte de la humanidad será quien lleve a cabo su entrenamiento.

¿El soldado más fuerte de la humanidad? Eren se preguntó quién, pero al recordar una de sus muchas conversaciones con Petra, lo supo. Nuevamente, un frío helador se le instaló en su espina dorsal. La compañera del Sargento se llevó una mano a la boca, con los ojos extremadamente abiertos, y Rivaille, daba la impresión de que deseaba asesinar al primer desgraciado que se cruzase en su camino. No podía ser. Tenía que ser una mala comedia que el destino le estaba gastando, y seguro que luego al día siguiente, todo quedaría en una sencilla anécdota que olvidarían. Pero no. La mirada del Rey no daba oportunidad a la queja. Pero Rivaille no guardó mucho la compostura al decir:

–De acuerdo. Si es la orden del Rey, se hará. Sin embargo…– se levantó de la silla en la que estaba sentado, cogiendo el trayecto más corto hasta llegar a Eren. Este, temeroso, retrocedió unos pasos.–… como me hagas perder el tiempo, mocoso de mierda, juro que serás pasto del enemigo.

Y con esas palabras, abandonó la sala. Eren quería desaparecer de inmediato y maldecir a su suerte, pero lo único que hizo fue permanecer en un incómodo silencio, mientras que la compañera de Rivaille se levantó para seguirle, no sin antes de hacer una reverencia a Petra y al Rey.

–Disculpadle, Majestad, a veces Rivaille es muy… él. Si me permite, me ausento yo también.

–Gracias por su compañía, Hanji Zoe. Eren, tú también puedes retirarte, quiero hablar con mi hija a solas.

Sin corresponder la mirada que Petra dirigió hacia él, Eren abandonó la sala. Ahora mismo, no sabía cómo sentirse, ni lo que tendría que hacer a partir de ese día. Había conseguido lo ansiado durante tanto tiempo, debía de estar agradecido. Pero no a Rivaille como su maestro, donde los golpes serían insuficientes, y la dureza de sus entrenamientos rozarían hasta alcanzar el cansancio. Seguramente, empezarían esa misma tarde.

Tendría que empezar a rezar todo lo que sabía.


La ayuda de Marco había sido la acertada. Sin estar siquiera llegando a las caballerizas, Armin pudo distinguir a Jean metiendo a uno de los caballos para disponerse a darle de comer y realizar su correspondiente limpieza, a lo lejos. Respiró en profundidad, completando el vacío de sus pulmones para acto seguido, expulsarlo despacio por la boca. No comprendía por qué sentía una mezcla de emociones tan contradictorias entre ellas. Nervios, confusión, preocupación, tristeza. Creía que había hecho algo mal, y en consecuencia, Jean evitaba su presencia a toda costa.

Desde que había iniciado su amistad con Annie e Ymir, el chico se había mostrado arisco, como si le molestase. Por unos instantes, Armin había llegado también a creer que sería por su propia actitud. Quizás Jean no aguantaba lo débil que se veía. Pero había mejorado. Y eso, el instructor Shadis lo había podido comprobar con sus propios ojos. Además, el rubio no cabía en su alegría debido a que, aparte de mejorar su resistencia física, el hombre le había valorado también sus aptitudes académicas, en las cuales destacaba. Cierto era que un soldado dependía de su fuerza, pero sin estrategias y sin saber cómo desenvolverse, de poco servía.

Su entrenamiento, le había servido. Se lo agradecía a ambas chicas, las cuales se ofrecieron para ayudarle y aconsejarle qué era lo que tenía que hacer, y lo que no. Pero quien había incrementado sus ganas, su esperanza, y su deseo de no rendirse, corría a cargo únicamente de Jean. Quería agradecérselo, pero no sabía cómo. Cuando lo había querido intentar, apenas cruzaban una palabra al acercarse a él, o Jean decía que tenía que irse. Tenía que demostrarle de lo que era capaz.

Estaba de espaldas a él, echó la paja nueva al caballo y esperó a que este comiera tranquilamente. Armin le observó en silencio, jamás había visto en lo que llevaba en la Selección, ese aspecto de Jean. Sereno, sin impulsos de por medio, y su sonrisa no era una impregnada de altanería, sino una tranquila y sosegada. Acariciaba la crin del animal. Armin quiso que aquella escena durase más, le gustaba observar a Jean en ese estado, pero al avanzar un paso, algo en el suelo crujió, poniendo en alerta a su amigo. Cuando sus ojos se fijaron en él, Armin creyó ver un atisbo de contrariedad, como si Jean no hubiese esperado que él estuviese allí.

–¿Armin? ¿Te has olvidado ya del entrenamiento?

–H-hola, Jean. No es eso, Shadis ya ha visto mis progresos.– respondió, avanzando con cierta timidez.– Seguiré con los de la Selección, mañana nos llevarán al bosque, cerca de los terrenos entre la muralla María y Sina.– no sabía si Jean estaba enterado, pero tuvo que decírselo.

-Genial ¿no? Ya lo tienes.– no supo la razón, pero Armin notaba que Jean hablaba en un tono forzado, como si no supiese controlar la situación.– Enhorabuena y eso. Aunque me supongo que ya te habrán felicitado lo suficiente.

–Ymir y Annie lo han hecho. Realmente, les he agradecido todo lo que han hecho por mí. Ha sido una suerte que accedieran, y que además pertenecieran también a mi Selección. Pero…– se detuvo al hablar, y luego recuperó la valentía.– …. en principio, te lo debo a ti, Jean. Sé que tus palabras no eran para que abandonase. Sino todo lo contrario. Fuiste el primero que no permitió que me rindiese.

Jean tuvo que toser para aclararse la garganta, guiando una de sus manos a la nuca, sonriendo, aunque con un deje nervioso. ¿Qué demonios? ¿Por qué ya no se sentía tan molesto como antes? ¿Por qué Armin se lo había agradecido? ¿Por qué estaba aliviado? Maldita sea, pensó, una conversación tan normal y simple como aquella, se le estaba escapando de las manos.

–Bah, no tienes que agradecerme nada.

Armin quiso seguir hablando, pero el sonido de un caballo relinchando captó su atención.

–¿Qué está pasando?

Salió del establo en el que se encontraban, para cruzar unos tres más, y ver un caballo de pelaje castaño, que demostraba estar intranquilo por algo. Procuró no acercarse desde atrás, y con cuidado, llegó hasta el frente del animal, descubriendo lo que le estaba molestando. Alguien sumamente descuidado, había dejado una de las riendas en el suelo y se había enredado entre sus patas. Armin, recordando los consejos que una vez Christa le había dado, mandó a callar al caballo, sin desistir pese a sus continuos relinchos, para después sustituirlos por un dulce y bajo silbido. El caballo tomó atención de eso, dejando de dar patadas, pero aún respiraba demasiado rápido.

Ahí, Armin aprovechó la ocasión para alzar los brazos en dirección a su cabeza, sosteniendo el rostro del animal y acariciando la zona entre sus ojos, el puente del tabique. El caballo cerró los ojos y bufó, incluso su cola había dejado de moverse. Amin sonrió, apartando las riendas de sus patas con delicadeza.

–Ya está. ¿Estabas asustado por esto? Espero que la próxima vez sean más cuidadosos. No tienes nada que temer.

–Vaya, esto es nuevo.

Armin parpadeó, viendo a Jean, cruzado de brazos con una media sonrisa.

–¿A qué te refieres?

–¿A qué sino? Lo que acabas de hacer con el caballo. Si hubiera sido yo, me habría puesto de los nervios. Manejar a una bestia como es no es fácil.

–Exageras.- dijo, sin evitar reír. Estuvo a punto de decirle que anteriormente, le había visto siendo apacible con uno de ellos, pero no lo hizo. De esa manera, se hubiera delatado a sí mismo de que había estado observándole a escondidas.– Me lo enseñó mi hermana. Siempre se le dieron bien los caballos.

–¿La echas de menos?

La pregunta de Jean le sorprendió. Nunca había tocado ese tema. Con Marco sí, pero Jean no era dado a preguntar sobre su vida. Ni siquiera sabía que él tenía una hermana ¿se lo habría contado Marco? No, eso no era posible. No tenía sentido que Jean estuviese preguntando sobre él.

–Sí. Cada vez que cae la noche, la tengo en mente. Solíamos dormir juntos, porque ella de pequeña tenía miedo a la oscuridad. Después, se le volvió costumbre.– sonrió un poco, melancólico.– Decía que durmiendo a mi lado, dejó de tener pesadillas.

–Habrá que verificar eso algún día. Con razón Marco duerme como un oso pardo en invierno.

Se sonrojó por el significado de esa frase, aunque sabía que Jean estaba bromeando. No iba en serio. Dejó de acariciar al animal para salir de allí, pero entonces, trastabilló con algo, no supo exactamente el qué.

–¡Cuidado!

El sonido de un cubo de hierro caer contra el suelo, y él mismo cayendo. Cerró con fuerza los ojos, como si así el impacto fuese menor. Sin embargo, nunca llegó a sentir dolor. En cambio, algo le estaba rodeando, y sus manos estaban sobre una ropa que reconoció al abrirlos. Su cuerpo había parado a estar encima de su compañero, ambos permanecían en el suelo. Por el análisis de los acontecimientos, se podía deducir que Jean había tratado de detener la caída de Armin, pero este había chocado en su intento con aquel cubo, terminando los dos de aquella forma.

Aparte de su respiración, sentía la de Jean acompasada con la suya. Sus brazos rozaban su espalda, y su mejilla también hacía contacto con su pecho. En comparación con el veterano, el de Armin subía y bajaba a una velocidad vertiginosa. No quiso atreverse a levantar la mirada, pero tuvo que hacerlo cuando, en un susurro, escuchó la voz de Jean preguntar:

–¿Estás bien?

Cielo y tierra. Azul y castaño. Pese a que los ojos de Jean podrían ser los más normales del mundo, Armin los consideraba especiales, diferentes al resto. No sabía si era debido a su brillo, pero se preguntó cuántas emociones se escondían tras ellos. Los dos jóvenes parecían no querer apartarse de la mirada del otro. Jean pudo comprobar que las mejillas de Armin se tornaban a un color semejante al rojo, un leve sonrosado que adornaba su pálida piel. Se preguntó qué se sentiría al tocarla, pero al darse cuenta de tal pensamiento, el miedo se generó en su interior.

¿Qué estaba pensando? ¿De Armin? ¿Un chico? Si no hubiera sido porque cada uno poseía su propia mente y no podían entrever los secretos de la otra persona, Jean juraría que habían pensado lo mismo, puesto que a la vez, se habían apartado, alejándose. ¿Y ahora qué? Jean hizo gala de su típica despreocupación ante determinadas cosas, y la aplicó en ese instante. Ofreció la mano a Armin para que se levantara, y este, aunque se mostró un poco dudoso, aceptó. Pequeña y cálida. Esa fue la primera descripción que tuvo Jean de la mano de Armin. Y reconfortante. Sobre todo, reconfortante.

–E-estoy bien. Será mejor que vaya a practicar un poco más con el equipo tridimensional para estar preparado para mañana.– dijo Armin, cabizbajo.

–Ah, claro. Nos vemos mañana.– Jean parecía que acababa de despertar de una extraña ensoñación.

Cuando Armin le dio la espalda y empezó a alejarse, Jean no le quitó la vista, como ese primer día en el que se había conocido. Aunque, el pensamiento, fue diferente de aquella vez.

Su primera impresión, había sido la de un chico débil y que traería consigo muchas molestias.

Ahora, había dejado una grandísima confusión en él.

Y lo que Jean no sabía, es que Armin también compartía la misma sensación.