Su prima Akemi tiene un cuaderno de tapas de cartón reciclado hechas por ella misma, con guirnaldas de pétalos y hojas disecadas. En las hojas blancas, su caligrafía apretada se extiende en un arcoíris que abarca mucho más de siete colores: dorado, rojo, violeta con brillitos plateados, verde manzana, naranja, rosa chicle cuya tinta tiene un leve rastro de perfume, turquesa, morado, los clásicos azul y negro. El trazo ha ido cambiando a lo largo de los años y de los cambios de lapiceras pero el cuaderno aún dista mucho de completarse.
¿Qué puede escribir tanto su prima en aquel cuaderno? Se lo preguntó una vez y ella muy seria le contestó que era su libro personal de citas. Trozos de canciones, versos sueltos de poemas, diálogos de series de televisión o películas, quizá también animé, palabras robadas de discursos inspiracionales, refranes del año anterior al diluvio, fragmentos de libros. Como suele suceder, antes de juzgarse dignas del cuaderno todas aquellas frases se desperdigan por servilletas, los márgenes de los apuntes de la escuela, trozos de papeles sueltos, un remolino de palabras ajenas revoloteando por el cuarto de su prima.
Yamaguchi nunca le pregunta qué sentido puede tener: supone que como otras colecciones, como las de estampillas, existe alguna gracia en el proceso que se le escapa.
A veces, sin embargo, piensa que puede entenderlo tal vez. Las palabras nunca le han llegado con facilidad a los labios. No es que sea tímido per se ni un inepto social absoluto. Es capaz de arreglárselas llenando huecos en una conversación durante las reuniones familiares, puede charlar con sus compañeros de clase de tonterías aunque no los sienta cercanos, nunca se sacó una mala nota en Japonés. Las palabras en general no son su problema, sino aquellas que cuentan en las situaciones clave, las que necesitan decirse en un momento dado porque alguien necesita escucharlas.
En circunstancias críticas, tiende a enmudecer, la lengua anudándosele dentro de la boca, la mente una pizarra en blanco. Hay quienes pueden mantener siempre la cabeza fría y sin miedo soltar un patético por sobre su hombro como Tsukki. O quienes como Sugawara parecen tener un don para desenredar una maraña de palabras y dar con la justa en el momento preciso. Incluso el capitán, que parece tan parco al lado de algunos de sus compañeros más ruidosos, sabe instintivamente lo que tiene que decir, lo que la otra persona necesita escuchar. Yamaguchi todavía recuerda el vacío en el estómago, el tronar de la sangre en sus oídos cuando por fin llegó su oportunidad de jugar en un partido… y su saque, la única arma a su disposición, falló. Creyó que nada podría hacerle sentir remotamente bien después de eso y sin embargo, aquel la próxima vez lo lograrás del capitán hizo que al menos pudiera abandonar la cancha con la cabeza en alto.
Aquel don de la palabra precisa en el momento indicado es algo que a Yamaguchi se le escapa.
Mucho menos se le ocurrirán nunca palabras poéticas como las de Takeda-sensei, ni tendrá jamás el carisma necesario para levantarle la moral a todo el equipo como lo hace Noya-san, con declaraciones que deberían sonar ridículas pero suenan tan ciertas de sus labios.
Tal vez él no tenga un cuaderno con tapas cuidadosamente decoradas, pero en cierto modo Yamaguchi también ha ido recolectando palabras ajenas a lo largo de toda su vida, archivadas en un rincón de su mente, tal vez con la secreta esperanza que alguna vez palabras como esas puedan ser las suyas propias, que alguna vez puedan servirle cuando las necesite.
Pero las palabras no acuden a sus labios, se pierden en la marisma entre su memoria y su boca y calla cuando debería hablar, cuando sabe que hay algo que la otra persona necesita escuchar pero él no puede pronunciar. Se sintió así hace tantos años ya, cuando descubrieron que el hermano de Tsukki había mentido durante años sobre su titularidad en el equipo de vóley y él podía ver los escombros de esa ilusión cayendo alrededor de su amigo pero fue incapaz de hacer nada para ayudar. Ahora ve a Tsukki otra vez ante una pared, pared de la que tal vez su propio amigo no es consciente del todo, pero que se alza infranqueable ante él y contra la que chocará con toda seguridad. Sabe que tiene que decir algo, pero él no tiene la calma fría de Tsukki, no tiene el don para reconfortar a la gente de Sugawara o de tranquilizarlos y devolverles la confianza de Daichi. Y no está seguro de que Tsukki vaya a apreciar palabras de consuelo que le suenen a lástima, ni de parte suya ni de nadie. Antes fingirá que no le importa, tan bien que tal vez el resto lo crea, nunca lo suficientemente bien para engañarlo a él.
Piensa en paredes que parecen imposibles de franquear, piensa en la expresión tormentosa de quien ya no se cree capaz de saltar para intentarlo. Recuerda las sombras oscuras cubriendo los rasgos de Kageyama, el temblor en su voz al reconocer lo aterrador de lanzar una pelota hacia atrás y nadie allí para recibirla.
¡Kageyama, estoy aquí!
Mientras Yamaguchi piensa, duda y calla, Hinata tan solo salta. Y de algún modo discursos que tendrían que sonar ridículos se oyen sinceros y cada una de sus palabras parece acertar en la tecla adecuada, disipando la niebla del miedo, rompiendo las ataduras de la incertidumbre que congelaban a la otra persona en el lugar. Todavía recuerda la expresión de incredulidad absoluta de Kageyama cuando Hinata le dijo que a él le lanzaba bien la pelota, que era hora de dejar el pasado atrás, que aquí y ahora, él siempre estaría allí para rematar cualquier pase que le lanzara. Cuando le dijo que confiaría en él al 100% porque no había otra manera y Kageyama mirándolo como si no creyera del todo que una persona así pudiera existir en verdad.
La aldeana B también puede pelear.
Y Yachi, aterrorizada ante el malón de chicos aún desconocidos, ante sus propios miedos, se atrevió a dar el salto también, impulsada por la certeza absoluta en la voz de Hinata.
Hinata, como Kageyama, tiene un cerebro que es todo músculo según le gusta decir a Tsukki, y nunca parece pensar demasiado antes de actuar, si es que lo hace en absoluto. Y sin embargo, sabe tal vez por instinto lo que tiene que decir en el momento justo para que Kageyama por primera vez en su vida se esfuerce por trabajar con otros, para que Noya-san vuelva a los entrenamientos cuando el mismo capitán no pudo convencerlo, para que Yachi supere su inseguridad lo suficiente para darle una oportunidad a Karasuno y convertirse en su nueva mánager.
Las palabras ajenas tampoco le sirven esta vez porque Hinata no tiene ninguna para prestarle a Yamaguchi.
Pero, ¿qué le dirías tú a Tsukishima?
¿Y no es ese el quid de la cuestión? Aunque intente adueñarse de ellas, las palabras de Hinata, tan efectivas cuando se trata de Kageyama, nunca le funcionarán con Tsukki. Hinata, por más talento que tenga en conseguir lo imposible de alguien como Kageyama, no conoce a Tsukki, no es amigo suyo, no podría saber nunca qué decirle.
Ése es el rol de Yamaguchi y por una vez, no va a quedarse callado cuando tiene que hablar.
Y por una vez, funciona.
Ahora Tsukki ha derribado su pared y es el turno de Yamaguchi de hacer otro tanto con la suya propia. Todavía hay un remanente de miedo allí lastrándole, todavía el recuerdo de aquel partido contra Aobajousai le escuece en algún lugar dentro de él.
Mientras yo esté aquí, serás invencible.
Kageyama ni pestañeó al soltar aquella frase, convencido de sus propias palabras, y no se sintió intimidado ante las caras de estupefacción de todos los demás, no se sintió cortado ni ante la Asociación de Vecinos de Karasuno mirándole como si tuviera tres cabezas. En ese momento, sólo tenía ojos para Hinata, sólo a él tenían que llegarle sus palabras.
Difícilmente ninguno de ellos podría olvidarlas, sin embargo, y Hinata debía saberlo cuando se plantó delante de Aobajousai y le lanzó de vuelta sus propias palabras, repitiendo cada una de ellas como si se le hubiesen grabado a fuego en la memoria. Tal vez así fuera. La reacción de Kageyama fue la respuesta habitual ante cualquier momento emotivo que lo descoloca, pero debajo de la brusquedad acostumbrada todos pudieron ver hasta qué punto lo calaba saber que Hinata había recordado sus palabras, que las había atesorado para devolvérselas cuando fuera él quien las necesitase.
Yamaguchi abandona el banco para enfrentarse a un enemigo mucho más temible que Aobajousai, pero sus manos ya no tiemblan al girar la pelota en sus manos.
Él no podrá nunca asegurarle a su equipo que pueden quedarse tranquilos porque él les cubrirá las espaldas, como Noya-san, y mucho menos puede soltar una declaración tan melodramática como mientras yo esté aquí, serás invencible con el semblante serio como lo hacen Kageyama y Hinata, quienes están más allá de toda vergüenza o incertidumbre posibles.
Pero ha llegado hasta aquí casi dejándose los dedos por el camino y por una vez, se siente lo bastante seguro de sí sin necesitar de las palabras de nadie más.
La confianza en la voz de Tsukki al decirle golpéales duro es más que bienvenida, sin embargo, y se prepara a lanzar esperando que esta vez, sus acciones resuenen mucho más fuertes que todas las palabras que jamás pronunciará.
