N/A: TODOS LOS PERSONAJES Y LA HISTORIA ESCRITA EN NEGRITA PERTENECE A RICK RIORDAN.

Durante la comida:

En la mesa de Poseidón intentaban que Percy no se empachara mucho, ya que comía como tres personas. En la mesa de Zeus, mientras los hermanos Grace y Perseo conversaban animadamente, Zeus y Hércules planeaban como destruir a Percy. En la mesa de Atenea se barajaban varias opciones de lo que podría pasar en la lectura, pero algún que otro estaba más distraído de la cuenta. En la mesa de Deméter todos comían y conversaban sobre cuál era el cereal más nutritivo. En la mesa de Ares se hablaba de guerra, y había un caos terrible, al que Frank se estaba, para su desgracia, acostumbrando. En la mesa de Hefesto, la comida estaba de lado, y todos se dedicaban a construir gran variedad de objetos. En la mesa de Hades Hazel y Nico hablaban animadamente, mientras Hades los veía con felicidad, aunque no la demostraba, ya que "tenía una reputación que mantener". En la mesa de Dioniso, su padre les estaba mostrando a sus hijos los mejores vinos. En la mesa de Hermes todos estaban pensando en que bromas gastar a los de Apolo. E la mesa de Apolo todos conversaban animadamente. Y en la mesa de Afrodita todas estaban hablando de ropa y maquillaje, excepto Piper, que le aburrían esas cosas, y Lazy, que estaba muy distraída pensando en el momento en el que un cierto hijo de Atenea se iba a dar cuenta que existía, cosa que no pasó desapercibida por su madre, que se prometió a si misma ayudarla.

Una vez terminada la comida todos volvieron a la lectura.

-¿Quién quiere leer? –preguntó Hestia.

-Yo –dijo Atenea.

Grover pierde inesperadamente los pantalones

Hora de confesarse: planté a Grove en cuanto llegamos a la terminal de autobuses.

-Eso es de mala educación –dijo Hestia.

Ya sé que fue muy grosero por mi parte, pero me estaba poniendo de los nervios, me miraba como si yo estuviera muerto y no paraba de refunfuñar: "¿Por qué siempre pasa lo mismo?" y "¿Por qué siempre tiene que ser en sexto?".

-Yo también me hubiera ido –dijeron algunos semidioses, a lo que Grover se puso tan colorado, que haría parecer que los tomates son pálidos

Cuando Grover se disgustaba solía entrar en acción su vejiga, así que no me sorprendió que, al bajar del autobús, me hiciera prometer que lo esperaría y fuese a la cola para el lavabo.

La sala entera se llenó de risas, y el sátiro se sonrojó aún más.

En lugar de esperar, recogí mi maleta, me escabullí fuera y tomé el primer taxi hacia el norte de la ciudad.

-Al East, calle Ciento cuatro con la Primera –le dije al conductor.

Los Stoll pusieron una cara de malicia.

-Ya no vive ahí –dijo Nico al verles la cara. Estos hicieron un mohín.

Unas palabras sobre mi madre antes de que la conozcas.

-Fantástica –dijo Thalía.

-Increíble y buna cocinera –dijo Nico

-Es como una madre –dijeron los dos a la vez, a lo que se miraron horrorizados.

Se llama Sally Jackson y es la persona más buena del mundo, lo que demuestra mi teoría de que los mejores son os que tienen peor suerte. Sus padres murieron en un accidente aéreo cuando tenía cinco años

Todos miraron mal a Zeus. A lo que este se encogió un poco en su trono, ya que las miradas de Hestia y Poseidón eran terroríficas.

, y la crió un tío que no se ocupaba demasiado se ella. Quería ser escritora, así que pasó todo el instituto trabajando y ahorrando para ir a una universidad con buenos cursos de escritura creativa. Entonces su tío enfermó de cáncer, por lo tanto tuvo que dejar el instituto el último año para cuidarlo. Cuando murió, se quedó sin dinero, sin familia y sin bachillerato.

-A no de eso nada –dijo Atenea –yo la ayudare con el bachillerato.

Todos se le quedaron mirando a la diosa sorprendidos, excepto Poseidón que paso de la sorpresa al agradecimiento.

El único buen momento que pasó fue cuando conoció a mi padre.

-Código 10 –gritó Thalía, a lo que todos los romanos, excepto Jasón, no entendieron por qué los griegos se tapaban los oídos.

Entonces Afrodita pegó un chillido que podría haber roto las ventanas si hubiese habido.

-¿Qué es eso de código 10? –preguntó Reyna una vez recuperada del chillido.

-Es un código que creamos para cuando Afrodita grita, lo que significa que hay que taparse los oídos –explicó Nico a lo que romanos y Dioses asintieron tomando nota de ello.

Yo no conservo recuerdos de él, solo una especie de calidez, quizá un leve rastro de su sonrisa. A mi madre no le gusta hablar de él se pone triste. No tiene fotos.

Verás, no estaban casados. Mi madre me contó que era rico e importante, y que su relación era secreta. Un bue día, él embarcó hacia el Atlántico en algún viaje importante y jamás regresó. Se perdió en el mar, según mi madre. No murió. Se perdió en el mar.

-Una mentira con verdad –dijeron Apolo y Hermes –me he enamorado

Poseidón les miró con tal cara de enfado que hizo que se encogieran en su trono.

Ella trabajaba en empleos irregulares, asistía a clases nocturnas para conseguir su título de bachillerato y me crió sola. Jamás se quejaba o se enfadaba, ni siquiera una vez, pese a que yo no era un crío fácil.

Al final se casó con Gabe Ugliano, que fue majo los primeros treinta segundos que lo conocí; después se mostró como el cretino de primera que era. Cuando era más pequeño, le puse el mote de Gabe el Apestoso. Lo siento, pero es verdad. El tipo olía a pizza de ajo enmohecida envuelta en pantalones de gimnasio.

-Qué asco –dijo la mayoría de la sala, hasta Hércules lo dijo, porque eso era asqueroso mirase por donde se mirase.

Entre los dos le hacíamos la vida a mamá más bien difícil. La manera en que Gabe el Apestoso la trataba, el modo en que él y yo nos llevábamos… En fin, mi llegada a casa es un buen ejemplo.

Entré en nuestro pequeño apartamento con la esperanza de que mi madre hubiera vuelto del trabajo. En cambio, me encontré en la sala a Gabe el Apestoso, jugando al póquer con sus amigotes. El televisor rugía con el canal de deportes ESPN. Había patatas fritas y latas de cerveza desperdigadas por toda la alfombra.

Sin levantar la mirada, él dijo desde el otro lado del puro:

-Conque ya estás aquí, ¿eh, chaval?

-¿Dónde está mi madre?

-Trabajando –contestó—. ¿Tienes suelto?

La sala parecía que iba explotar, entre el enfado de griegos, romanos y héroes del pasado, excepto, como no, Hércules y Octavio. De los dioses todos estaban enfadados excepto, Zeus, ares y Hera.

Percy bebe notó la tensión que había en el aire e intento aligerarla riéndose un poco, pero no funciono.

Mientras Grover intentaba pasar desapercibido, ya que él era el único que sabía todo lo que Gabe le hizo a Percy. Thalía, Luke y Nico se dieron cuenta de que Grover sabía lo que pasaba, así que hicieron un acuerdo silencioso para luego sonsacarle la información

Eso fue todo. Nada de «Bienvenido a casa. Me alegro de verte. ¿Qué tal te han ido estos últimos seis meses?».

Gabe había engordado. Parecía una morsa sin colmillos vestida con ropa de segunda mano. Tenía unos tres pelos en la cabeza, que se extendían por toda la calva, como si eso lo volviera más atractivo o vete tú a saber.

-Eso no lo puedo arreglar ni yo –dijo asqueada Afrodita.

Trabajaba en el Electronics Mega—Mart de Queens, pero estaba en casa la mayor parte del tiempo. No sé por qué no lo echaban.

Lo único que hacía era gastarse el sueldo en puros que me hacían vomitar y en cerveza, por supuesto. Cerveza siempre. Cuando yo estaba en casa, esperaba de mí que le proporcionara fondos para jugar. Lo llamaba nuestro «secreto de machotes». Lo que significaba que, si se lo contaba a mi madre, me molería a palos.

Entonces la sala explotó, se oían gritos como: ¿¡ Ese idiota le pegaba!? Y muchas otras preguntas que incluían palabras cada una más fuerte que la otra. Entonces Percy bebe empezó a llorar, porque se estaba asustando con todos esos gritos, esto hizo que todos se callasen al instante y Poseidón al escuchar llorar a su hijo se tranquilizó y se puso a jugar con él para que dejase de llorar. Una vez Percy bebe había dejado de llorar, gracias a los 10 peluches que había hecho aparecer Poseidón se siguió la lectura.

-No tengo suelto —contesté. Arqueó una ceja asquerosa. Gabe olía el dinero como un sabueso, lo cual era sorprendente, dado que su propio hedor debía de anular todo lo demás.

Atenea empezaba a sospechar, el por qué Sally se casó con ese "humano", de ser así sí que era la mejor madre.

-Has venido en taxi desde la terminal de autobuses —dijo—. Probablemente has pagado con un billete de veinte y te habrán devuelto seis o siete pavos. Quien espera vivir bajo este techo debe asumir sus cargas. ¿Tengo razón, Eddie?

-Vaya si el cerdo sabe contar –dijo Thalía echando aún pequeñas chispas.

-Thalía, que te han hecho los pobres cerdos para que los compares con esa cosa –dijo Nico rodeado aún de un aura negra de muerte.

Eddie, el portero del edificio, me miró con un destello de simpatía.

-Venga, Gabe —le dijo—. El chico acaba de llegar.

-¿Tengo razón o no? —repitió Gabe.

Eddie frunció el entrecejo y se refugió en su cuenco de galletas saladas. Los otros dos tipos se pedorrearon casi al unísono.

-Estupendo —le dije. Saqué unos dólares del bolsillo y los lancé encima de la mesa—. Espero que pierdas.

-Tenlo por hecho –dijo Hermes a Percy bebe, a lo que este le sonrió

-¡Ha llegado tu boletín de notas, cráneo privilegiado! —exclamó cuando me volví—. ¡Yo no iría por ahí dándome tantos aires!

-Y tú tampoco deberías darte tantos aires –dijo Poseidón con un tono de voz peligrosamente calmado.

Cerré de un portazo mi habitación, que en realidad no era mía. Durante los meses escolares era el «estudio» de Gabe. Por supuesto, no había nada que estudiar allí dentro, aparte de viejas revistas de coches, pero le encantaba apelotonar mis cosas en el armario, dejar sus botas manchadas de barro en el alféizar y esforzarse porque el lugar apestara a su asquerosa colonia, sus puros y su cerveza rancia.

Dejé la maleta en la cama. Hogar, dulce hogar.

-Sarcasmo, dulce sarcasmo –dijeron los inmaduros intentando bajar un poco la tensión, pero no funcionó, ya que hasta ellos seguían enfadados.

El olor de Gabe era casi peor que las pesadillas sobre la señora Dodds o el sonido de las tijeras de la anciana frutera. Me estremecí sólo de pensarlo. Recordé la cara de pánico de Grover cuando me hizo prometer que lo dejaría acompañarme a casa. Un súbito escalofrío me recorrió. Sentí como si alguien —algo— estuviera buscándome en aquel preciso instante, quizá subiendo pesadamente por las escaleras, mientras le crecían unas garras largas y enormes.

Entonces oí la voz de mi madre.

La sala se llenó de risas, por la gran equivocación de Percy.

-¿Percy? Abrió la puerta y mis miedos se desvanecieron.

Mi madre es capaz de hacer que me sienta bien sólo con entrar en mi habitación. Sus ojos refulgen y cambian de color con la luz.

Su sonrisa es tan cálida como una colcha tejida a mano. Tiene unas cuantas canas entre la larga melena castaña, pero nunca la he visto vieja. Cuando me mira, es como si sólo viera las cosas buenas que tengo, ninguna de las malas. Jamás la he oído levantar la voz o decir una palabra desagradable a nadie, ni siquiera a mí o a Gabe.

-Pues eso sí que es difícil –dijo Katy

-Oh, Percy. —Me abrazó fuerte—. No me lo puedo creer. ¡Cuánto has crecido desde Navidad!

Su uniforme rojo, blanco y azul de la pastelería Sweet on América olía a las mejores cosas del mundo: chocolate, regaliz y las demás cosas que vendía en la tienda de golosinas de la estación Grand Central. Me había traído «muestras gratis», como siempre hacía cuando yo venía a casa.

Todos los hombres estaban babeando, y Hestia hizo aparecer un cuenco de chuches para cada uno, a lo que estos soltaron un sonoro "gracias".

Nos sentamos juntos en el borde de la cama. Mientras yo atacaba las tiras de arándanos ácidos, me pasó la mano por la cabeza y quiso saber todo lo que no le había contado en mis cartas. No mencionó mi expulsión, no parecía importarle. Pero ¿yo estaba bien? ¿Su niñito se las apañaba?

Le dije que no me agobiara, que me dejara respirar y todo eso, aunque en secreto me alegraba muchísimo de tenerla a mi lado.

-Eh, Sally, ¿qué tal si nos preparas un buen pastel de carne? —vociferó Gabe desde la otra habitación.

Todos en la sala gruñeron, excepto los de siempre.

Me rechinaron los dientes. Mi madre es la mujer más agradable del mundo. Tendría que estar casada con un millonario, no con un capullo como Gabe.

Por ella, intenté sonar optimista cuando le conté mis últimos días en la academia Yancy. Le dije que no estaba demasiado afectado por la expulsión (esta vez casi había durado un curso entero). Había hecho nuevos amigos. No me había ido mal en latín. Y, en serio, las peleas no habían sido tan terribles como aseguraba el director. Me gustaba la academia Yancy. De verdad. En fin, lo pinté tan bien que casi me convencí a mí mismo. Se me hizo un nudo en la garganta al pensar en Grover y el señor Brunner. Ni siquiera Nancy Bobofit parecía tan mala.

Hasta aquella excursión al museo…

-¿Qué? —me preguntó mi madre. Me azuzaba la conciencia con la mirada, intentando sonsacarme—. ¿Te asustó algo?

-No, mamá.

-Nunca hay que mentir a una madre –dijo muy serio, para sorpresa de todos, Hermes

No me gustó mentir. Quería contárselo todo sobre la señora Dodds y las tres ancianas con el hilo, pero pensé que sonaría estúpido.

Apretó los labios. Sabía que me guardaba algo, pero no me presionó.

-Tengo una sorpresa para ti —dijo—. Nos vamos a la playa.

Puse unos ojos como platos.

-¿A Montauk?

-Tres noches, en la misma cabaña.

-¿Cuándo?

Sonrió y contestó:

-En cuanto me cambie.

No podía creerlo. Mi madre y yo no habíamos ido a Montauk los últimos dos veranos porque Gabe decía que no había suficiente dinero.

-No me extraña, se lo gastaría todo en cervezas –gruñeron las cazadoras y la misma Artemisa.

En ese momento Gabe apareció por la puerta y masculló:

-¿Qué pasa con ese pastel, Sally? ¿Es que no me has oído?

Quise pegarle un puñetazo, pero crucé la mirada con mi madre y comprendí que me ofrecía un trato: sé amable con Gabe un momentito. Sólo hasta que ella estuviera lista para marcharnos a Montauk. Después nos largaríamos de allí.

-Ya voy, cariño —le dijo a Gabe—. Estábamos hablando del viaje.

Gabe entrecerró los ojos.

-¿El viaje? ¿Quieres decir que lo decías en serio?

-Lo sabía —murmuré—. No va a dejarnos ir.

-Claro que sí —repuso mi madre sin alterarse—. Tu padrastro sólo está preocupado por el dinero. Eso es todo. Además —añadió—, Gabriel no va a tener que conformarse con un pastel normalito. Se lo haré de siete capas y prepararé mi salsa especial de guacamole y crema agria. Va a estar como un rajá.

-Chantaje –dijeron Hermes y Apolo –cada vez me gusta más.

Con este comentario acabaron dándose una ducha con vista de fauna y flora por el Ático.

Gabe se ablandó un poco.

-Así que el dinero para ese viaje vuestro… va a salir de tu presupuesto para ropa, ¿no?

-Sí, cariño —aseguró mi madre.

-¿QUEEEE?, NADIE SE METE CON LA ROPA –Adivinar quien dijo esto.

Atenea siguió leyendo para evitar un gran discurso de la diosa del amor

-Y llevarás mi coche allí y lo traerás de vuelta, a ningún sitio más.

-Tendremos mucho cuidado.

Gabe se rascó la papada.

-A lo mejor si te esmeras con ese pastel de siete capas… Y a lo mejor si el crío se disculpa por interrumpir mi partida de póquer.

«A lo mejor si te pego una patada donde más duele y te dejo una semana con voz de soprano», pensé.

-Hazlo –dijeron todos

Pero los ojos de mi madre me advirtieron que no lo cabreara. ¿Por qué soportaba a aquel tipejo?

Tuve ganas de gritar. ¿Por qué le importaba lo que él pensara?

-Lo siento —murmuré—. Siento de verdad haber interrumpido tu importantísima partida de póquer. Por favor, vuelve a ella inmediatamente.

Gabe entrecerró los ojos. Su minúsculo cerebro probablemente intentaba detectar el sarcasmo en mi declaración.

- Si no lo detecta es más tonto de lo que pensaba –dijo Jasón.

-Bueno, lo que sea —resopló, y volvió a su partida.

-No sé para que me molesto –volvió a decir este.

-Gracias, Percy —me dijo mamá—. En cuanto lleguemos a Montauk, seguiremos hablando de… lo que se te ha olvidado contarme, ¿vale?

Por un momento me pareció ver ansiedad en sus ojos —el mismo miedo que había visto en Grover durante el viaje en autobús—, como si también mi madre sintiera un frío extraño en el aire. Pero entonces recuperó su sonrisa, y supuse que me había equivocado. Me revolvió el pelo y fue a prepararle a Gabe su pastel especial.

Una hora más tarde estábamos listos para marcharnos.

Gabe se tomó un descanso de su partida lo bastante largo para verme cargar las bolsas de mi madre en el coche. No dejó de protestar y quejarse por perder a su cocinera —y lo más importante, su Camaro del 78— durante todo el fin de semana.

-Lo que más le importa es el coche –dijo asqueada una cazadora.

-No le hagas ni un rasguño al coche, cráneo privilegiado —me advirtió mientras cargaba la última bolsa—. Ni un rasguño pequeñito.

Como si yo fuera a conducir. Tenía doce años. Pero eso no le importaba al bueno de Gabe. Si una gaviota se cagara en la pintura, encontraría una forma de echarme la culpa.

Al verlo regresar torpemente hacia el edificio, me enfadé tanto que hice algo que no sé explicar. Cuando Gabe llegó a la puerta, hice la señal que le había visto hacer a Grover en el autobús, una especie de gesto para alejar el mal: una mano con forma de garra hacia mi corazón y después un movimiento brusco hacia fuera, como para empujar. Entonces el portal se cerró tan fuerte que le golpeó el trasero y lo envió volando por las escaleras como un hombre-bala.

Zeus y Hércules pensaron que era muy poderoso si con tan corta edad podía hacer eso.

Puede que sólo fuera el viento, o algún accidente raro con las bisagras, pero no me quedé para averiguarlo.

-Muy bien, hay que huir una vez hecha la broma –dijo Hermes con aprobación.

Subí al Camaro y le dije a mi madre que pisara a fondo.

Nuestro bungalow alquilado estaba en la orilla sur, en la punta de Long Island. Era una casita de tono pastel con cortinas descoloridas, medio hundida en las dunas. Siempre había arena en las sábanas y arañas por la habitación, y la mayoría del tiempo el mar estaba demasiado frío para bañarse.

Me encantaba.

Íbamos allí desde que era niño. Mi madre llevaba más tiempo yendo. Jamás me lo dijo exactamente, pero yo sabía por qué aquella playa era especial para ella. Era el lugar donde había conocido a mi padre.

Todos se taparon los oídos esperando el grito de Afrodita, que nunca llegó, ya que Artemisa le tapó la boca antes de que gritase.

-Muy buenos reflejos mi señora –dijo Zoë.

A medida que nos acercábamos a Montauk, mi madre pareció rejuvenecer, años de preocupación y trabajo desaparecieron de su rostro. Sus ojos se volvieron del color del mar.

Llegamos al atardecer, abrimos las ventanas y emprendimos nuestra rutina habitual de limpieza. Luego caminamos por la playa, les dimos palomitas de maíz azules a las gaviotas y comimos nuestras gominolas azules, caramelos masticables azules, y las demás muestras gratis que mi madre había traído del trabajo.

Supongo que tengo que explicar lo de la comida azul.

-Si –dijeron muchos en la sala.

Verás, Gabe le dijo una vez a mi madre que no existía tal cosa. Tuvieron una pelea, que en su momento pareció una tontería, pero desde entonces mi madre se volvió loca por comer azul. Preparaba tartas de cumpleaños y batidos de arándanos azules. Compraba nachos de maíz azul y traía a casa caramelos azules. Esto —junto con su decisión de mantener su nombre de soltera, Jackson, en lugar de hacerse llamar señora Ugliano— era prueba de que no estaba totalmente abducida por Gabe. Tenía un lado rebelde, como yo.

-Se equivoca –dijo Nico.

-Eso no es una novedad –dijo Thalía –pero, ¿en qué?

-En que él no tiene solo un lado rebelde, él es todo rebelde –le contestó Nico, a lo que toda la sala comenzó a reírse.

Cuando anocheció, hicimos una hoguera. Asamos salchichas y malvaviscos. Mamá me contó historias de su niñez, antes de que sus padres murieran en un accidente aéreo. Me habló de los libros que quería escribir algún día, cuando tuviera suficiente dinero para dejar la tienda de golosinas.

Al final, reuní valor para preguntarle lo que me rondaba por la mente desde que llegamos a Montauk: mi padre. A ella se le empañaron los ojos. Supuse que me contaría las mismas cosas de siempre, pero yo nunca me cansaba de oírlas.

-Era amable, Percy —dijo—. Alto, guapo y fuerte. Pero también gentil. Tú tienes su pelo negro, ya lo sabes, y sus ojos verdes.

-Es verdad –dijo Orión – el que más se parece de nosotros a nuestro padre es Percy.

-Tienes razón –dijo sonriendo Teseo.

Mamá pescó una gominola azul de la bolsa de las golosinas—. Ojalá él pudiera verte, Percy. ¡Qué orgulloso estaría!

-Lo estoy –dijo este –de todos mis hijos.

Me pregunté cómo podía decir eso. ¿Qué tenía yo de fantástico? Era un crío hiperactivo y disléxico con un boletín de notas lleno de insuficientes, expulsado de la escuela por sexta vez en seis años.

-¿Cuántos años tenía? —le pregunté—. Quiero decir… cuando se marchó.

Observó las llamas.

-Sólo estuvo conmigo un verano, Percy. Justo aquí, en esta playa. En esta cabaña.

-Pero me conoció de bebé.

-No, cariño. Sabía que yo estaba esperando un niño, pero nunca te vio. Tuvo que marcharse antes de que tú nacieras.

Intenté conciliar aquello con el hecho de que yo creía recordar algo de mi padre. Un resplandor cálido. Una sonrisa. Siempre di por supuesto que él me había conocido al nacer. Mi madre nunca me lo había dicho directamente, pero aun así me parecía lógico. Y ahora me enteraba de que él nunca me había visto…

Me enfadé con mi padre. Puede que fuera una estupidez, pero le eché en cara que se marchara en aquel viaje por mar y no tuviera agallas para casarse con mamá. Nos había abandonado, y ahora estábamos atrapados con Gabe el Apestoso.

Poseidón bajó la cabeza apenado.

-¿Vas a enviarme fuera de nuevo? —pregunté—. ¿A otro internado?

Sacó un malvavisco de la hoguera.

-No lo sé, cariño —dijo con tono serio—. Creo… creo que tendremos que hacer algo.

-¿Porque no me quieres cerca? —Me arrepentí al instante de pronunciar esas palabras.

-Más le vale –dijo Thalía echando pequeñas chispas.

Los ojos de mi madre se humedecieron. Me agarró la mano y la apretó con fuerza.

-Oh, Percy, no. Yo… tengo que hacerlo, cariño. Por tu propio bien. Tengo que enviarte lejos.

Sus palabras me recordaron lo que el señor Brunner había dicho: que era mejor para mí abandonar Yancy.

-Porque no soy normal —respondí.

-Bien, el primer paso es reconocerlo –dijo Leo, a lo que los demás se rieron y Percy bebe hizo un puchero.

-Lo dices como si fuera algo malo, Percy. Pero ignoras lo importante que eres. Creí que la academia Yancy estaría lo bastante lejos, pensé que allí estarías por fin a salvo.

-¿A salvo de qué?

-De los idiotas de mis hermanos –dijo Poseidón a lo que sus hermanos se quejaron.

Cruzamos las miradas y me asaltó una oleada de recuerdos: todas las cosas raras y pavorosas que me habían pasado en la vida, algunas de las cuales había intentado olvidar.

Cuando estaba en tercer curso, un hombre vestido con una gabardina negra me persiguió por un patio. Los maestros lo amenazaron con llamar a la policía y él se marchó gruñendo, pero nadie me creyó cuando les dije que bajo el sombrero de ala ancha el hombre sólo tenía un ojo, en medio de la frente.

Todos miraron a Poseidón en busca de respuesta, a lo que él solo se encogió de hombros.

Antes de eso: un recuerdo muy, muy temprano. Estaba en preescolar y una profesora me puso a hacer la siesta por error en una cuna en la que se había colado una culebra. Mi madre gritó cuando vino a recogerme y me encontró jugando con una cuerda mustia y con escamas, que de algún modo había conseguido estrangular con mis regordetas manitas. En todas las escuelas me había ocurrido algo que ponía los pelos de punta, algo peligroso, y eso me había obligado a trasladarme.

Sabía que debía contarle a mi madre lo de las ancianas del puesto de frutas y lo de la señora Dodds en el museo, mi extraña alucinación de haber convertido en polvo a la profesora de mates con una espada.

Pero no me atreví. Tenía la extraña intuición de que aquellas historias pondrían fin a nuestra excursión a Montauk, y no quería que eso ocurriera.

-Siempre igual –suspiraron varios semidioses que le conocían bien.

-He intentado tenerte tan cerca de mí como he podido —dijo mi madre—. Me advirtieron que era un error. Pero sólo hay otra opción, Percy: el lugar al que quería enviarte tu padre. Y yo… simplemente no soporto la idea.

-¿Mi padre quería que fuera a una escuela especial?

-No es una escuela. Es un campamento de verano.

-El campamento mestizo –dijeron alegres los griegos.

La cabeza me daba vueltas. ¿Por qué mi padre —que ni siquiera se había quedado para verme nacer— le había hablado a mi madre de un campamento de verano? Y si era tan importante, ¿por qué ella no lo había mencionado antes?

-Lo siento, Percy —dijo al ver mi mirada—. Pero no puedo hablar de ello. Yo… no pude enviarte a ese lugar. Quizá habría supuesto decirte adiós para siempre.

-¿Para siempre? Pero si sólo es un campamento de verano…

Se volvió hacia la hoguera, y por su expresión supe que si le hacía más preguntas se echaría a llorar.

Esa noche tuve un sueño muy real.

Había tormenta en la playa, y dos animales preciosos —un caballo blanco

-Yo –dijo Poseidón.

y un águila dorada

-Yo –dijo Zeus.

intentaban matarse mutuamente entre las olas de la orilla. El águila se abalanzaba y rasgaba con sus espolones el hocico del caballo. El caballo se volvía y coceaba las alas del águila. Mientras peleaban, la tierra tembló y una voz monstruosa estalló en carcajadas desde algún lugar subterráneo, incitando a las bestias a pelear con mayor fiereza.

Todos miraron a Hades y este contestó que no era él.

Corrí hacia la orilla, sabía que tenía que evitar que se mataran, pero avanzaba a cámara lenta. Sabía que llegaría tarde. Vi al águila lanzarse en picado, dispuesta a sacarle los espantados ojos al caballo, y grité «¡Nooo!».

-Si gané –celebró Zeus, a lo que Poseidón, como ser maduro que es, le sacó la lengua.

Me desperté sobresaltado.

Fuera había estallado realmente una tormenta, la clase de tormenta que derriba árboles y casas. No había ningún caballo o águila en la playa, sólo relámpagos que iluminaban todo con fogonazos de luz, y olas de siete metros batiendo contra las dunas como artillería pesada.

Al siguiente trueno, mi madre también se despertó. Se incorporó con los ojos muy abiertos y dijo:

-Un huracán.

Eso era absurdo. Los huracanes nunca llegan a Long Island al principio del verano. Pero al océano parecía habérsele olvidado. Por encima del rugido del viento, oí un aullido distante, un sonido enfurecido y torturado que me puso los pelos de punta.

-Cómo pudiste olvidarlo Tío P –dijeron Apolo y Hermes "horrorizados". La sala entera estalló en risas, y el dios del mar puso los ojos en blanco por las tonterías de sus sobrinos.

Después un ruido mucho más cercano, como mazazos en la arena. Y una voz desesperada: alguien gritaba y aporreaba nuestra puerta.

Mi madre saltó de su cama en camisón y abrió el pestillo.

Grover apareció enmarcado en el umbral contra el aguacero. Pero no era… no era exactamente Grover.

-He pasado toda la noche buscándote —jadeó—. ¿En qué estabas pensando cuando te largaste sin mí?

Mi madre me miró asustada, no por Grover sino por el motivo que lo había traído.

-¡Percy! —Gritó para hacerse oír con la lluvia—, ¿qué pasó en la escuela? ¿Qué no me has contado?

Yo estaba paralizado mirando a Grover. No podía comprender qué estaba viendo.

-O Zeu kai alloi theoi! —Exclamó Grover—. ¡Me viene pisando los talones! ¿Aún no le has contado nada a tu madre?

Estaba demasiado aturdido para registrar que él acababa de maldecir en griego antiguo… y que yo lo había entendido perfectamente. Estaba demasiado aturdido para preguntarme cómo había llegado allí él solo, en medio de la noche. Porque además Grover no llevaba los pantalones puestos, y donde debían estar sus piernas… donde debían estar sus piernas…

-¿Qué hay? –dijeron Leo y los Stoll exasperados, a lo que los demás les miraron como si fueran tontos.

Mi madre me miró con seriedad y me habló con un tono que nunca había empleado antes:

-Percy. ¡Cuéntamelo ya! Tartamudeé algo sobre las ancianas del puesto de frutas y sobre la señora Dodds, y mi madre se quedó mirándome con una palidez mortal a la luz de los relámpagos. Por fin agarró su bolso, me lanzó el impermeable y exclamó:

-¡Meteos en el coche! ¡Los dos! ¡Venga!

Grover echó a correr hacia el Camaro, pero en realidad no corría, no exactamente. Trotaba, sacudía sus peludos cuartos traseros, y de repente su historia sobre una dolencia muscular en las piernas cobró sentido. Comprendí cómo podía avanzar tan rápido y aun así cojear cuando caminaba.

Sí, lo comprendí porque allí donde debían estar sus pies, no había pies. Había pezuñas.

-Ah con que era eso –dijeron Leo y los Stoll.

- ¿Qué os pensabais que había? –preguntaron los demás. Estos se encogieron de hombros, no sabiendo que decir.

Entonces apareció la luz blanca otra vez y cuando esta cesó se encontraron con Lupa en su forma humana y con un grupo de semidioses que hizo que a los griegos se les callase el alma a los pies. Ya que estos eran…


Perdón por la tardanza en subir los capítulos, pero a parte de los problemas con el conservatorio y el instituto, mi ordenador tuvo unos problemas técnicos. Así que espero que me disculpen por la tardanza y que les guste el capítulo.