Nota: Este escrito pertenece a Naty aka Selector18 perdón por tardarme tanto! Lo siento. Pero aquí tienes, con todo el fluff y la miel que tanto querías.
Advertencia: extremadamente fluff, lee bajo tu propio riesgo.

‹‹Galbi››

«Que se busquen jóvenes vírgenes y hermosas para el rey. Que nombre el rey para cada provincia de su reino delegados que reúnan a todas esas jóvenes hermosas en el harem de la ciudad de [...]. Que sean puestas bajo el cuidado de Diavel, el encargado de las mujeres del rey, y que se les dé un tratamiento de belleza. Y que se convierta en reina la joven que más le guste al rey.» Esta propuesta le agradó al rey, y ordenó que así se hiciera.

Me derrito. Me derrito...

Es su último pensamiento consciente. De pronto se siente febril, y agitada como si algo le quitara el aliento. Pero no es algo, sino alguien. Y ese alguien la sujeta con firmeza contra su cuerpo y ella se permite suspirar de un modo que la avergüenza. Su voz sale rota y desesperada entre los besos que apenas la dejan respirar.

No sabe en qué momento ha dejado de cubrirse a si misma, y se aprieta inconscientemente contra el rey, deseando saciar una necesidad acuciante que nace de lo profundo de sus entrañas. De alguna forma desea fundirse a él, sentir su piel así como siente la suave seda de su traje real contra sus pechos desnudos.

En su mente nace un grito de censura, pero así como aparece rápidamente lo acalla. ¿Aquello está mal? No puede pensar que esa sensación que la incendia tan deliciosamente sea mala...

En tanto debate con su mente, las manos del rey han descendido por su columna, quitando los seguros del vestido, descubriendo esa parte de la espalda que pierde su nombre. Le roza la suave curva desnuda con la yema de los dedos y siente que algo se enciende en su bajo vientre haciéndola arquear desesperada contra él, cuya posesión sobre ella se hace más intensa.

Nunca nadie la ha tocado de esa forma y otra vez siente una inquietud que por un segundo nubla todo lo que ese hombre le hace sentir.

La boca masculina libera sus labios y se dirige por su cuello, vuelve a aferrarse a él y esconde la faz en su cuello, todo el cuerpo de rey se siente firme y cálido... le da gusto aferrarse a él porque es lo único estable cuando todo empieza a girar a su alrededor.

—Preciosa...

Escucha la voz del monarca y le cuesta reconocerlo en esa nueva faceta; cuando antes lo ha escuchado furioso, burlón, pero ahora... suena afectado, ronco. Y en cierta medida hasta tierno.

—Sabía que no ibas a negarte a mí... —le suelta contra su hombro —E independientemente de quien te haya tenido antes... no habrá parte de ti que no sea mía cuando este día acabe...

Basta un solo segundo para que esas palabras se hicieran luz en su mente alejando las brumas de esas sensaciones que la enceguecen. Se queda rígida contra él, dándose cuenta por fin de lo que pasa, de su aspecto vergonzoso... de estar casi desnuda y apretada contra él... como una vulgar prostituta...

Justamente las palabras del rey ilustran una mentira que había olvidado. El joven la cree una bailarina; aquella mujer que sabe encantar al hombre con movimientos rítmicos y sensuales, y que por sobre todo es experta en el arte del amor...

El pánico la recorre. Y para estas alturas que se ha quedado tan quieta junto a él, Kazuto parece advertir su cambio. La mira fijamente desde su altura, su respiración tan rota como la de ella.

—¿Qué te pasa?

Asuna no sabe cómo reaccionar a sus palabras, lo único que comprende a ciencia cierta es que se siente humillada y tonta de dejarse envolver por él... por esas sensaciones que desconoce y que al parecer el rey es muy diestro en realizarlas. Rememora sus palabras y la verdad velada que entiende en ellas la pone más furiosa, borrando por fin todo rastro de pasión de su cuerpo. Alza la mano y antes de analizar lo que iba a hacer le cruza el rostro de una bofetada.

El sonido acaba por alejar las brumas del momento, Kazuto la observa estupefacto pues el impacto no le ha dolido pese a que su mejilla se entumece. La acción le resulta jocosa, como si ya esperara una respuesta semejante.

Solo fue su orgullo femenino obrando, conoce bien de eso.

Sin embargo, no deja de sorprenderle la fuerza de carácter que ella posee; toda, toda ella desde la pose tensa de sus hombros redondeados, la manera en la que aprieta los puños, al igual que la profunda arruga que cruza su entrecejo al sostenerle la mirada, habla de cuan indomable es su personalidad. Otra vez ese rasgo de su reina le parece en extremo fascinante.

La acción cometida ha hecho que lógicamente se aleje de la joven, y contemple como sus manos temblorosas buscan cubrirse a sí misma.

—Por favor salga de mis aposentos.

El pedido hace que esboce una sonrisa de lado. Lleva implícito una orden, pero el tono de su voz aún yace ronco y parece condecir lo contrario.

Kazuto no olvida que se mostró muy ansiosa y participativa de sus caricias.

—Vine aquí a hablar y es lo que haremos —pronuncia en cambio. Ve que hay una jarra de jugo de dátil a un costado y va a servirse una copa. También debe apaciguarse de alguna forma, su cuerpo aunque frustrado, se encuentra todavía muy dispuesto.

Asuna sigue sus movimientos horrorizada, no sabe que es peor; si la escena intensa que ocurrió entre ambos, o la conversación que sabe vendrá a continuación.

—¿Po-podría darse la vuelta al menos?

Kazuto la observa con ojos abiertos; claro, su dignidad femenina ante todo. Le da la espalda bebiéndose el líquido de la copa. Desde esa posición estudia el resto del mobiliario, y lo que ve lo pone furioso.

La alcoba está impecable, igual a cuando la ocupaba la anterior soberana... Como si Sachi nunca hubiera abandonado su santuario... ¿Por qué hacerle tal desaire? ¿Sabrá esa joven que esa era la habitación de su anterior esposa?

—¿Qué tiene que decirme?

La voz altiva de la muchacha, lo obliga a centrarse en lo que ocurre. Se gira encontrándola vestida, la nueva túnica en colores cerúleos sin duda le queda muy bien, pero eso no opaca el recuerdo de que sin ella se ve mucho mejor.

Reprime esa puya dentro suyo, al igual que la sorpresa de verla con el cabello completamente suelto... otra vez constata que ha de llegarle a las caderas o más abajo ¿será que puede peinarlo por sí misma?

—¿Señor?

—Kazuto.

—¿Perdón?

—Que me llames por mi nombre —le precisa mientras devuelve la copa a su lugar. Por sobre su hombro advierte que ella abre la boca, seguramente para rebatir, por lo que agrega —En algún momento tendrás que hacerlo, aunque no lo desees.

—Entonces usted...

—Asuna —se apresura a nombrarla, notando como las mejillas de ella vuelven a encenderse, y está vez no es por su contacto.

La sorpresa debe ser tal que se queda callada y tímida. Lo que Kazuto aprovecha para continuar.

—Agil me dijo que estuviste cambiando algunas especificaciones que por años han regido las cocinas del palacio... y me gustaría saber con qué derecho has tomado tales decisiones...

Asuna se esperaba ese encuentro verbal, y la frase de su marido en vez de amedrentarla hace que su carácter rebelde peleé por salir a la luz. Se ha valido de él por años para vender y comercializar entre los pueblitos del norte, para tratar con hombres rudos y no dejarse apabullar por sus demandas, también para cuidar y defender a sus hermanas.

Yui...

El recuerdo la estremece algunos segundos, pero rápidamente recuerda que no puede dejar que él lo sepa. No ahora. Toma fuerzas ante el nombre amado y responde:

—¿Su majestad ha visto la cantidad de alimentos que se desperdician a diario gracias a la mala administración? ¡Es una cantidad exorbitante! —exclama —¡Se cocina más de lo que se come en su mesa!

Él aprieta los puños; es la primera vez que alguien le hace una acotación semejante.

—En mi reino hay abundancia —replica con orgullo.

—¡La opulencia se le acabará más rápido de lo que pestañea sino lo distribuye como corresponde!

—¿Insinúas que ignoro como se manejan las despensas del reino? ¡Tengo consejeros bien dotados que se encargan de racionar las arcas! ¡Confío ciegamente en ellos, sé que velan por mis intereses!

—La verdad señor, no comprendo que clase de gente sea, si la opulencia desborda de su mesa mientras el pueblo desfallece de hambre... —lo enfrenta alzando la barbilla, el ímpetu latiendo en sus iris de miel —¿Le parece justo que el pueblo sufra de esa forma? ¿No es acaso su obligación velar por todos, no solo por la gente que habita en el castillo?

Kazuto no daba crédito a sus palabras... ¿En verdad tenía el descaro de hablarle de esa forma? ¿Poniendo en tela de juicio sus capacidades para gobernar?

—¿Acaso estás cuestionando mi mandato? —aventura con la voz engañosamente más suave.

Con decisión ella niega con la cabeza —No tengo esos atributos, señor, solo me limito a responder su pregunta.

—Dices eso, y sin embargo no comprendo con qué potestad decides que haya menos alimento en mi mesa.

—Con la potestad que me ha sido dada el haberme convertido en su reina a la fuerza. Ese día decidí que ya que no tenía facultad de cuidar de mí, velaría por quienes no tienen voz ni voto frente a usted...

El ardor de sus palabras remueve una sensación extraña en el pecho del monarca. Aprieta los puños cuando una sensación cosquilleante le quema las manos.

No supo como rebatir a eso. No estaba acostumbrado a que una mujer se metiera en sus asuntos y le hiciera frente de semejante forma. Sachi tenía carácter pero la mayor parte del tiempo era sumisa, y todo lo que estuviera más allá de su propia vanidad la aburría.

—No puedes tomarte esas libertades... —replica entre dientes revolviéndose el cabello —¿Y que hay de los cántaros de agua? Agil dijo que lo rebajaste al grado de un siervo...— se detiene al ver que ella avanza los pasos que los separan y extendiendo su dedo índice lo pincha con saña en el pecho.

—¿Es que le parece loable contratar mujeres de edad avanzada para llevar a cabo la tarea de acarrear agua del río? —no parece ser muy consciente de lo que está haciendo. Redobla su acción y se inclina ante él poniendo más énfasis en su gesto —¡Era una anciana! ¡Apenas podía sostener el cántaro entre sus manos! ¿Qué clase de caridad puedo mostrar al pueblo si no soy capaz de resolver algo como eso?

—¿Y que la reina se rebaje al grado de una sierva te parece loable?

Asuna se queda en silencio por algunos segundos, reconoce que actuó de manera precipitada con ese asunto, pero sigue pensando de igual manera —No ha sido mi intención deshonrar su nombre, señor— dice con toda la modestia posible —Tampoco insinúo que despida a la mujer, sino que se le busque un nuevo trabajo dentro del palacio, algo que pueda cumplir con dignidad.

—Lo tendré en mente.

—También hay mano de obra que debería ser mudada, muchos sirvientes entrados en años que deberían ocuparse de tareas más livianas —le sostiene la vista —Por favor, señor.

Es interesante ver cómo la luz ilumina sus ojos conforme lo que dice con tanto ímpetu, Kazuto debe darle la razón a Eugeo cuando le mencionó, tras el incidente con las doncellas, que nunca había visto tanto arrojo y valentía en una mujer. Sencillamente es fascinante.

—Veo que empiezas a adaptarte bien al palacio, que quieres involucrarte en los asuntos del reino...

—¿No tengo derecho a hacerlo?

—Mi reina tiene derecho a todo —sonríe presuntuoso y la contempla con intención —Pero tú... solo tienes el título de nombre, porque no hemos consumado nuestro matrimonio aún...—ante sus palabras la muchacha enrojece notablemente, él no puede evitar reír sin comprender su azoro.

Gira la cabeza y vuelve a ponerse tensa. Desde que cayó en cuenta de lo que se espera de ella se halla intranquila. Sabe que es algo normal entre los recién casados, no ignora los secretos de alcoba, pero... mientras pueda aplazar el momento de entregarse a ese hombre se aferrará a esa esperanza con uñas y dientes. La cercanía que se gestó entre ellos tras su anterior arrebato, comienza a perderse cuando Asuna es consciente de ello, por lo que retrocede.

—¿Aún? —repite con una solemnidad que está lejos de sentir.

Kazuto sonríe presuntuoso —Los deberes de una reina no consisten solo en preocuparse por el reino, sino también por su rey —el gesto se le ensancha—Y antes que soberana de un país, debes recordar que primeramente eres mi esposa.

Los ojos de Asuna tiemblan de pavor pero se aferra a lo que le dice —Señor... no estoy contradiciendo sus palabras, pero pienso que antes...

—¿Por qué es tan difícil entender que te quiero en mi cama? —le interrumpe, claramente hastiado.

—Y si me niego, ¿va a tomarme a la fuerza? —le refuta, y aunque sabe que es una posibilidad aberrante de que eso ocurra no planea mostrarse débil.

Su expresión furiosa decrece por algún motivo, su voz suena hasta cansada cuando réplica —Jamás he violentado a una mujer. Todas las que se han entregado a mi lo hicieron de buen grado.

¿Debe creerle? El mal genio del monarca es conocido en todo el reino, está acostumbrado a tener todo lo que desea y por todos los medios. ¿Acaso no fue por la desobediencia de la anterior reina que ella ahora está allí? Quien se negó a obedecerle y él la castigó quitándole la corona y todos los privilegios...

—...tú no serás la excepción, vendrás a mí espontáneamente sin que yo te lo pida —añade con tanta certeza que se siente estremecer mientras se le aproxima — ...y a juzgar por tu respuesta de hace un momento no veo que tenga que esperar mucho tiempo...

Asuna enrojece sin remedio, a medida que ansía negarse y gritarle que ella no es como las otras que él ha llevado a su cama. ¡Qué exige respeto cuando él ni siquiera le muestra un ápice de ello!

También desea confesarle que no está preparada... y que no sabe cuánto tiempo la mantendrá a su lado antes de que se aburra de su presencia... pero eso haría añicos la máscara de valentía que se ha forjado ante esa situación, por lo que esconde toda vulnerabilidad dentro suyo y pone esa fachada que la ha ayudado en el palacio desde que puso un pie allí dentro.

—No esperaba otra respuesta de su parte —le responde en el mismo tono obviando el bochorno que le quema las mejillas. Se sabe hermosa y altiva—Veremos si le resulta tan sencillo como cree.

Kazuto ríe; de pronto de muy buen humor, solo la observa largamente y se dirige a las puertas las que abre, sorprendido de que les hubieran conferido tanta intimidad. De seguro Alice está tras esto. Ante el nombre de su escolta, se acuerda de algo y agrega sin darse la vuelta —Me alegra que hayas dejado esa ridícula huelga de hambre.

Sin esperar a que ella le conteste, abre del todo y desaparece luego por la antesala. A sus espaldas, la reina Asuna se da un golpe en la frente y maldice en voz baja.

—Fue su idea ¿verdad? —la acusa apenas la ve en el patio que otrora usaban las concubinas. Los ojos de Alice se abren, sus pupilas son tan azules como el firmamento. Es una mujer hermosa, la reina no puede negarlo.

—¿Mi señora? —le responde a su vez parpadeando magistralmente —Me temo que no entiendo a qué se refiere.

Asuna se detiene para sosegarse, luego de la conversación con el monarca ha quedado en un estado de exaltación tal, que no puede controlar. Incluso siente que el corazón le late a contramarcha en la garganta —Te apareciste con una bandeja de comida, ¿quién te envió?

La rubia ríe levemente como toda respuesta ocasionando que la joven escucha suelte un bufido impropio de su nuevo rango —¡No puedo creerlo!

—No es un mal hombre, señora. En verdad se ha preocupado por usted todo el tiempo en que estuvo inconsciente —sin quererlo la pelirroja se aprieta la mano que luce la cicatriz —Y por supuesto su decisión de no probar bocado no hizo más que acrecentar su desvelo. Ciertamente es un poco orgulloso... como usted.

¡Cómo si Asuna no se hubiera dado cuenta! Pero qué de verdad se preocupe por ella le resulta difícil de aceptar...

—No es algo que debas decir con tanta algarabía, Alice.

—Lo cierto es que Kazuto y usted se parecen más de lo que cree —la otra joven la contempla con escepticismo —No es el ser despiadado y cruel que maneja los hilos de la nación con mano de hierro, no. Es un niño asustado que apenas está aprendiendo a reinar... que creyó encontrar a la esposa perfecta para enaltecer su reino... pero ella tenía otras prioridades.

—¿Hablas de mí?

Alice mueve la cabeza en gesto negativo —La anterior soberana se aprovechó de que ella misma era la debilidad del rey y... — nota los orbes ambarinos abiertos desmesuradamente ante lo que oye y se obliga a guardar silencio. Revelar esa información no le corresponde, Kazuto es demasiado receloso en cuanto a ese tema —Ya no viene al caso —finaliza con una mueca.

Pero Asuna quiere saber. Por la forma en la que todos se refieren a la anterior reina puede deducir que ya no es bien recibida dentro del palacio, aunque sospecha que ésta aún se encuentra en el harem por orden real. Si el rey Kazuto la amó tanto como todos mencionan a escondidas, como una verdad secreta, es lógico que no la haya olvidado; y aunque quiera tenerla cerca, por respeto a ella; a la nueva reina, no puede.

Por algún extraño motivo siente un pinchazo en el pecho; algo parecido a la decepción. Aun así, no se atreve a preguntarle a su rubia acompañante por el paradero de la mujer.

—Entonces, ¿ha hablado con mi señor sobre el derroche de la despensa real?

Las noticias corren rápido.

—Creo que no le agrada mucho la idea de que me inmiscuya en esa clase de asuntos.

—Tonterías —Alice suspira. Ha sido amiga del monarca desde que eran pequeños, por ende lo conoce como la palma de su mano. Fue testigo del momento de su coronación, y de su asunción al trono... también de los desbarajustes que eso propinó en su carácter. Fue, es, una tarea difícil para él... ¿Pero cómo explicarle eso a la actual reina sin poner en evidencia a su amigo? Lo que el reino ve con sus ojos es a un joven frío, petulante y altanero. Solo el círculo cerrado en torno al rey lo comprende realmente, y ella desea que la muchacha pelirroja frente a ella sea parte de ese entorno —Kazuto siempre ha tomado decisiones por sí solo, nunca ha recibido ayuda... y todo lo que tiene, todo lo que es, lo forjó con sus propias manos. ¿Cómo se sentiría usted de que viniera alguien a contradecir sus órdenes?

Asuna solo la contempla mordiéndose el labio porque comprende a la perfección. Ella sola ha criado a sus hermanas de la mejor manera que pudo, siendo cruelmente criticada por sus acciones, por ser una muchacha soltera que llevara adelante una familia.

—Alice tú me diste esa idea, que hiciera mío el reino —le reprocha.

—Es cierto alteza, pero no pensé que lo cumpliría al pie de la letra... pensé que se ocuparía de su vanidad, o de hacer suyo los aposentos.

Asuna se detiene en medio del paseo, están frente a la fuente de Stacia, la diosa de la vida. Contempla la hermosa esfinge de la divinidad e inclina la cabeza en respeto. Se hace la silenciosa promesa de más tarde traerle un ramo de flores en ofrenda de gratitud por continuar viva. A su lado la escolta comparte su silencio.

—Alice tengo una petición que hacerte —dice sin quitar la atención del hermoso rostro de la diosa labrado en piedra —No me trates con tanta ceremonia— los preciosos ojos de la escolta se abren impresionados —Realmente no soy mucho mayor que tú...

—Lo siento, no creo que eso pueda ser posible, alteza. Aunque no le guste, su estatus actual es superior al mío y le debo todo el respeto posible.

—Pero llamas a tu rey por su nombre —replica antes de pensarlo.

Los ojos de Alice parpadean con sorpresa —Es que... somos amigos.

Asuna se encoge. ¿Amigos? Las palabras malintencionadas de su marido le enturbian la mente. "Todas las que se entregaron a mí lo hicieron de buen grado". ¿Su escolta entrará en esa afirmación?

¿Y si fue así que tanto le importa?

—¿Hay alguna persona a la que le gustaría ver? ¿Algún enamorado? —sonríe de modo pícaro, quizás malinterpretando el silencio de la joven —Puedo ayudarle, sé que los primeros días aquí le pueden resultar difíciles, y desee ver algún rostro conocido.

Asuna se gira a ella entonces, manteniendo las inquietudes dentro suyo ante la nueva perspectiva que le ofrece —¿De verdad?

—Pero si es un hombre el que desea ver, me temo que será un poco más arriesgado... tendremos que engañar a la guardia y...— frunce el ceño en concentración.

—Nada de eso, solo quiero ver a mi amiga, mi mejor amiga... es una de las bailarinas, su nombre es Rika. Rika Shinozaki.


—Tiene mejor aspecto, por lo menos es capaz de sostener la mirada y ha desechado esa expresión abatida de los primeros días. ¿Has seguido mi consejo y has intentado hablar con ella? —menciona entre susurros el joven lord rubio tras inclinar la cabeza en respeto, cuando la soberana abandona la mesa.

—No quiere hablar conmigo —responde Kazuto en igual tono. Ambos la contemplan hasta que desaparece del salón en compañía de sus doncellas.

—Intuyo que si te muestras prepotente e indiferente todo el tiempo solo estás consiguiendo alejarla de ti.

Kazuto le ignora, bebe una copa de vino y observa complacido a la distancia.

—Finalmente la orden de distribuir las despensas del palacio no ha sido mala, ya no hay derroche de alimentos y Ágil me ha comentado que sus soldados hasta reciben una ración extra para sus familias. La gente del pueblo está profundamente agradecida a ti.

—Me ha sorprendido, no voy a mentirte. No la creí tan observadora.

—Le has felicitado ¿verdad? Porque ha sido brillante.

Kazuto apura otro trago en silencio. No es necesaria su respuesta Eugeo la advierte por si sola.

—Asuna es la antítesis total a tu querida Sachi, ¿te has dado cuenta? Son el día y la noche, tan distintas entre sí... ¿qué? ¿por qué pones esa cara? —se detiene al verlo con una mueca desdeñosa.

—¿Por qué la llamas por su nombre? Para ti es la reina Asuna.

—Oh, tiene razón alteza lo siento —ríe entre dientes.

—No lo olvides.

La risa del rubio se alarga unos segundos hasta que muere, se ha puesto serio de pronto —¿Qué vas a hacer con ella? ¿Aún la tienes confinada dentro del harem?

—No puedo simplemente deshacerme de ella... —la voz del rey finaliza en un susurro doliente.

Eugeo respeta su silencio —¿Has ido a verla?

—No desde que la desterré del palacio. Seré todo lo irracional que tú quieras, pero me debo a Asuna ahora, el pueblo la adora y ansía verla feliz.

—Eso es nuevo, un rey que se preocupa por lo que la plebe desea, lo cual casualmente es la felicidad de su reina.

Kazuto asiente distraído —Por ese motivo he puesto a trabajar a mi mejor subordinado para averiguar todo sobre ella.

Eugeo alza las cejas —¿Qué no era más sencillo ordenarle que te dirija la palabra y preguntarle cuáles son sus gustos?

—¡Estoy hablando en serio!

—También yo. Eres el rey y según tenía entendido eso te daba facultad para actuar libremente.

Kazuto ignora la ironía —Quiero que hagas venir a las bailarinas de palacio, necesito entrevistarme con una en específico, pero no quiero levantar sospechas.

—¿Levantar sospechas? Que no te acabo de decir que tus órdenes son un mandato divino.

—¿Lo harás?

—¿Así sin razón aparente? ¿Y si ella lo considera una afrenta?

—Solo di que necesito el entrenamiento qué solo mis bailarinas saben darme.

La orden le ha parecido extraña, pero obedece todo sin rechistar. Es como un silencioso acuerdo, desde aquella situación bochornosa en sus aposentos, no han vuelto a compartir un momento íntimo. Intuye que mientras siga cumpliendo sus pedidos él se mantendrá alejado de ella en lo que a deberes conyugales se refiere. Lo que le transmite cierta calma.

Aunque a veces, las que más, lo descubre observándola con una intensidad tal que la hace estremecer y recordar eso qué quiere olvidar. Pero no contó con que sepultar en su mente unos cuantos besos y caricias robadas fuera tan difícil.

Cómo ahora que camina a su lado con gracia. Luce tan hermosa, tan elegante, las siervas se han esmerado enormemente en su aspecto; lleva un vestido de seda en tonos esmeralda y azules, y el cabello suelto, con la diadema real como único adorno; develando cuán importante es la festividad que se realiza en la sala del trono que está abarrotada de gente. El rey Kazuto no le quita la vista de encima mientras atraviesan la estancia, sus emblemáticos ojos grises la subyugan, en tanto le tiende la mano y ella la toma antes de pensarlo.

Todos se inclinan ante su paso también, y eso la abruma en demasía. Sin embargo, cuando ve la silueta de su mejor amiga, envuelta en velos con la pose humillada ante ella, siente deseos de soltarse del brazo del soberano y correr hacia la joven para preguntarle por sus hermanas. Pero no puede hacerlo, hoy existe una brecha de estatus gigante entre ambas; Rika es una bailarina; dedicada al placer sensual del monarca, al igual que el resto de sus compañeras que está allí de rodillas otorgándole respeto, y ella... ella es la reina. Debe recordar ese detalle a la fuerza.

Lleva seis semanas prisionera dentro de esa jaula de oro y el recuerdo de su familia es lo único que la mantiene en pie día a día.

El rey ha observado el cambio en su expresión y está satisfecho. Pero guarda todo gesto dentro suyo y se apresura en llegar a su trono. Cómo costumbre oficial su esposa debe permanecer de pie detrás suyo, pero esta vez ha pedido a Agil que colocara un asiento para que su reina pudiera apreciar el espectáculo.

Ni bien ella se deja caer con gracia sobre el mueble, alza la vista y ve que está en la mira de todos los nobles del reino, siente que la respiración se le acorta... Están juzgándola para ver si da a la talla ¿será capaz de acostumbrarse a tanta exposición alguna vez?

Despierta cuando siente como el monarca da un ligero golpe con sus palmas. El silencio se hace tan profundo mientras mira hacia el frente; el corazón le rebota contra las costillas cuando ve la hilera de las bailarinas ubicándose frente a ella para empezar a bailar, todas con sus velos y panderos en alto. Entonces se mueven en sincronía y Asuna las sigue fascinada y avergonzada porque recuerda que así empezó su odisea dentro de ese palacio.

De cierta forma comprende por qué su marido no quita la atención de ellas, juntas bailando conforman un cuadro fabuloso, atrayente, que obliga a seguirlas con la mirada mientras recorren con sensualidad todo el salón.

Tan concentrada estaba contemplándolas que no reacciona sino hasta que advierte la lluvia de aplausos que todos los presentes les dedican a las artistas, ella se les une, y entonces siente una mano ajena en su cabello, acariciándole. Se gira a su derecha y se encuentra de bruces con los ojos grises de su rey; ojos que parecen relampaguear con alguna emoción oscura que le crespa los cabellos de la nuca.

—¿Bailarías para mí si te lo pidiera?

Sus labios están tan cerca que incluso lee su gesto antes de oírlo claramente. Su voz es apenas una caricia que solo ella oye, amparados por el sonido de los vítores. Lleva una orden implícita... su mano sigue anclada a su cabello y eso a Asuna la hace estremecer.

Empero no aguarda su respuesta, la suelta tan rápido como la tomó y ordena claramente.

—¡Quiero a una de ellas en mis aposentos esta noche!

La reina queda clavada en su sitio como si una flecha de Alice le hubiera dado de lleno. Su rostro va perdiendo color mientras intenta comprender lo que ocurre.

—Mi señor —una mujer de aspecto voluptuoso se inclina ante él con la tenacidad propia de un mercader. Es la misma que guió al séquito de bailarinas la primera vez que se presentó dentro del palacio —Dígame cuál le ha gustado para que yo me ocupe de ese asunto.

Y Asuna no da crédito a lo que oye, mira a su marido quien evade el contacto visual con ella, y escucha como si fuera una pesadilla su voz terminante que retumba en todo el ámbito.

—La castaña, la de pecas. La quiero.

Por un instante los ojos horrorizados de Rika se cruzan con los ambarinos de la reina, pero instantáneamente se inclina pese al tremor que sacude sus hombros.

El cepillo se desliza por su cabello una y otra vez, trata de mantenerse tranquila pese a que siente los latidos de su corazón impactando en sus oídos. Las doncellas retocan el kohol de sus ojos, colocan el nuevo perfume de jazmines en su cuello, y aplican el bálsamo de color en sus labios. Prenden collares, pulseras, y revisan que su vestido luzca impecable.

Toda esa ceremonia de preparación es parte de un rito sagrado que se repite día tras día antes de acudir ante el rey. Y aunque al principio renegaba de ello, las doncellas lo hacen con tanta dedicación y esmero que ya no tiene corazón para desairarlas por lo que se deja hacer, es parte de su trabajo, así como Asuna debe aceptar el suyo. Lucir lo más hermosa posible para su marido, pese a que este no ha vuelto a tocarla.

A pesar de que el clima es agradable, siente su cabello pesado, seguramente a causa de los cosméticos que usa para mantenerlo suave. La consienten demasiado y Asuna sabe que toda esa dedicación es real, no tiene nada de fingida.

—¿Puedo recogerlo? Creo que no deseo llevarlo suelto esta noche —alude a su pesada cabellera que cae como lluvia por su espalda.

Las tres doncellas que la atienden se miran entre sí antes que una de ellas, de cabello gris, y la pelirroja reconoce que la vio al servicio de la anterior soberana, le hace una ligera caravana antes de responder.

—Señora son órdenes de que su cabello permanezca así, al natural.

—¿Ordenes? ¿De quién?

Las siervas parecen sorprendidas de que cuestione de esa forma —A nuestro señor el rey le gusta muchísimo como luce su cabello, y le ha encargado a la señora Alice que veláramos por él y por todo el ajuar que la reina necesita para mostrarse ante él.

¿Le gusta mi cabello suelto?

La pregunta nubla todo pensamiento. Puesto a pensar ha llevado el cabello así luego de aquella vez. Y no es que le moleste, cuando estaba en el campo no podía llevarlo suelto porque le estorbaba para sus tareas diarias, así que se había acostumbrado a mantenerlo oculto bajo los gruesos velos. Pero aquí, salvo cuando bailó ante él, no ha vuelto a cubrirlo.

¿Qué clase de orden extraña es esa que su reina no puede peinarse el cabello como quiera?

Agradece a las doncellas y espera a que se retiren de sus aposentos. La ansiedad latente en sus sienes no ha sido opacada por la vanidad. Está profundamente preocupada por Rika, pero hay más; una desazón extraña y dolorosa que le consume el pecho.

Por algún motivo pensó que él no volvería a buscar otras mujeres si la tenía a ella... de nombre.

"Vendrás a mí espontáneamente sin que yo te lo pida..."

Las palabras del rey dan vueltas por su cabeza mareándola. Él la está respetando, ¿pero a costa de qué? sacrificar a su amiga por no querer cumplir con sus deberes de esposa...

—Señora, vengo a acompañarla, la están esperando para cenar.

—Sí, Alice perdona.

Sigue a la rubia escolta que viste de azul. Y mientras camina por los pasillos que como siempre huelen a mirra, se hace a la idea de que debe afrontar su destino, el que fuera aunque no le guste.


—¡Señora espere, no puede correr así!

Ignora los gritos de Alice, mientras toma rumbo por la parte sur del palacio. Una zona que apenas conoce pero que sabe a quién pertenece.

Tras sentarse en la mesa descubre que es la única comensal, y al cuestionar por la ausencia de su marido recibe miradas de pena y la respuesta escueta de: El señor está indispuesto y dijo que no cenaría nada esta noche.

Asuna no es tonta, mira a su escolta pero recibe una expresión inescrutable, dura. Ella no va a decirle la verdad que sospecha. Por supuesto primero debe proteger a su amigo y rey.

No puede comer, no cuando su amiga está entregándose a sí misma y ella es la causante, y puede evitarlo de alguna forma.

Así que sin pensarlo se levanta tajantemente de la mesa, dejando a los sirvientes sorprendidos, y se encamina hacia esa zona del palacio que apenas conoce con Alice pisándole los talones.

—¡Reina Asuna espere!

Pero ignora los gritos de advertencia. No va a detenerse y aunque está a rebosar de adrenalina y otra sensación que no sabe identificar, no sabe bien que va a hacer una vez llegue a destino.

Una fila de guardias encabezada por el general Agil, detiene su marcha de manera inesperada.

—¿Señora? —los hombres se inclinan con fascinación al verla. Se deben a ella y lo hacen con profundo orgullo —Usted no debería estar aquí.

Ha llegado a los aposentos del rey, su pecho sube y baja por el esfuerzo de la carrera, su cabello debe lucir revuelto al igual que sus ropas.

—¿El rey está ahí dentro?

La respuesta la obtiene por sí sola cuando las puertas se abren frente a ella, y su amiga Rika sale con expresión devastada componiendo el velo en su cabello. Cuando ve a la soberana allí frente a ella, baja la cabeza y aprieta el paso sin mencionar palabra.

—¿Asuna?

Vuelve la mirada a quien la nombra con acento terminante. El rey está apoyado en el dintel, de brazos cruzados y tiene una mueca oscura e irritante pintada en la cara.

—¿Qué haces aquí?

La joven pelirroja se encoge, ahora recuerda porque Alice trataba de frenarla. No puede presentarse ante la presencia del rey si este no la ha llamado primero, peor aún si se trata de un lugar tan íntimo, como sus aposentos. Desobedecer de esa forma sus designios acarrearía un castigo sobre ella*.

—Señor traté de advertirle —la rubia llega y se coloca a su lado con aire protector.

Ambos intercambian miradas por algunos segundos, hasta que finalmente el joven reitera —¿Qué haces aquí Asuna?

He llegado tarde... ¡He llegado tarde! He tracionado a Rika y a Ryo...

El rictus en la cara de Rika era tan obvia, tan deprimente...

—Asuna.

—Kazuto —por primera vez lo llama por su nombre, y no se da cuenta o tal vez sí, del brillo que ilumina su mirar de plata, levanta la cabeza para observarlo y luego vuelve a bajarla consciente ya de su arrojo —¿Puedo hablar con mi señor un momento...?

Esta desafiando sus leyes a ciencia cierta, corre el riesgo de sufrir un escarmiento por su atrevimiento. Pero para su sorpresa este extiende la mano hacia ella. Y Asuna la toma antes de darse cuenta, también se inclina en agradecimiento.

—Ven.

Y así con las manos juntas, la reina entra por primera vez a la recámara de su rey.

La puerta vuelve a cerrarse tras su espalda y sus manos tiemblan. Tratando de apaciguarse pasea la vista por el lugar; no se parece a sus aposentos en absoluto. La estancia es mucho más grande, bien iluminada, y con otra clase de muebles.

Entonces sus ojos se detienen en el lecho parcialmente revuelto y su corazón se encoge.

—¿Quieres una copa de vino? —la voz de Kazuto la hace saltar en su sitio. Suena molesto. Su osadía no le ha parecido graciosa en absoluto.

Cuando el joven rey vuelve con las copas a rebosar se encuentra con un panorama que en otra oportunidad le hubiera sacado carcajadas, porque ver a esa mujer con voluntad de hierro arrodillada a sus pies era algo que no hubiera soñado sin antes dar una larga batalla. Pero él ahora se encuentra demasiado conmovido y turbado, por lo que se adelanta dejando las copas en algún mueble y sujetándola de los hombros la ayuda a ponerse de pie.

—Asuna ¿qué haces? —la siente temblar, como si estuviera a punto de quebrarse. Por lo que sin pensarlo demasiado la cubre con sus brazos. El aroma de su cabello lo marea por lo que intenta concentrarse.

—Lo haré. Lo haré. Lo haré... —repite como un mantra —Cumpliré mis deberes maritales...

Sí es lo que él deseaba desde un principio, pero luego de lo que se ha enterado de labios de la bailarina, ya no siente el sabor de la victoria. Se ha valido de una artimaña para tenerla a su merced, pero también es consciente que rechazarla ahora crearía una brecha entre ambos que sería imposible de salvar en el futuro.

—¿Estás segura? —le pregunta en un susurro. Ella asiente una y otra vez no dejándole lugar a dudas.

Kazuto sonríe amargamente, acerca a la joven a su pecho y la abraza. Advierte como ella salta ante su contacto, y aunque tensa se deja hacer.

—Quizás primero debes aprender a acostumbrarte a mí —le confía con suavidad y acaricia su cabello —Y podrías empezar llamándome con propiedad, por mi nombre.

Asuna asiente, tiene mucho miedo, pero está convencida de la decisión que ha tomado. Entregarse a él para cortar las alas que aún espera la ayuden a salir de allí. Sabe qué una vez que eso ocurra, sus ideas de libertad y de comenzar una nueva vida en caso de lograrlo, serán nulas.

Empero, el calor que él desprende es agradable y le habla con suavidad, es una nueva faceta, no es el monarca frío y cruel que le gritaba sus órdenes los primeros días.

—Kazuto, señ-...

El resto de sus palabras muere en su garganta cuando los labios diestros del joven se encuentran con los suyos en un gesto suave. Sí, porque este beso no se parece en nada a los que guarda celosamente en su memoria. Esos tenían un matiz de rudeza y tosquedad, cierta rabia y desdén... quizás porque el rey estaba enojado por lo que había hecho con sus órdenes.

Y ahora también debería estar furioso por desafiarlo de aquel modo, pero su trato es ligero y gentil. Sus manos se demoran en su cabello, al parecer es cierto ese detalle de que le gusta mucho.

—¿Estás muy segura? —la sujeta de las mejillas y la intensidad de sus ojos de acero la deslumbran.

—S-sí.

Kazuto no dice más, con una mano la sujeta de la cintura mientras la restante se ubica bajo sus piernas y de un gesto la levanta en vilo. Vuelve a besarla con suavidad, y entre brumas descubre que se dirigen a su lecho.

Asuna se hunde entre las sábanas y siente el peso de su marido encima de ella, ahora sí ya no tiene escapatoria, cierra los ojos y se deja llevar por la marea que la anega de algún modo y la conduce a donde ella quiere.

Despierta algo aturdida al no entender dónde está. No reconoce el lugar ni la cama donde se encuentra.

Se mira a sí misma y reprime un suspiro de inquietud. No está desnuda pero tampoco está vestida. Lleva puesto la túnica ligera que a veces usa bajo los vestidos.

Ya recuerda; el baile, su tajante decisión, entregarse a él...

A pesar de ello, el rey Kazuto no la ha tocado, al menos no de la forma en que esperaba. La besó por todas partes y la desvistió con premura para arroparla en su lecho, pero nada más. Y tal vez fue por el cansancio del día, o porque aquella decisión drenó su fuerza, pero lo cierto fue que luego de varios minutos se quedó profundamente dormida. Tanto que no lo advirtió en toda la noche, ni cuando él salió de la cama.

Un ligero golpeteo la obliga a cubrirse. Una mujer entra y se inclina ante ella.

—Oh señora ya se ha despertado, en un momento tendremos el baño listo para usted —la doncella habla animadamente, como si no le importara el hecho de que ha dormido en la habitación del rey. Camina por la habitación y sin omitir palabras recoge su vestido del suelo y se lo lleva.

Asuna siente que sus mejillas arden de pena. Finalmente, cuando toma la decisión de salir de la comodidad del lecho, una procesión de doncellas y siervas entra cargando una bañera de madera, la cual llenan en un santiamén.

—Cuando se sienta lista señora —le indica la tina —Traeré su muda para hoy.

Asuna espera que todos salgan de la alcoba antes de sumergirse en las tibias aguas que huelen a jazmines, su esencia favorita. Y mientras talla su piel y se lava el cabello se pregunta tristemente, que habría hecho mal para que Kazuto no tomara lo que ella le estaba ofreciendo.

Esta vez se ha salido con la suya y ella misma se ha recogido el cabello. Lleva un vestido blanco, uno muy hermoso y delicado que nunca había visto. Debe ser nuevo. Tiene tantos vestidos que luego decide hablar con Alice al respecto, ya no necesita más. Con su ajuar actual es más que suficiente.

—Buenos días señora —la nombrada ha salido de algún lugar y se le une, caminando a la par.

—Alice, luego debo hablar contigo —se toca el suave género que porta —¿De dónde ha salido esto? Ya no necesito más vestidos, tengo tantos que ya no sé qué hacer con ellos.

—Pero ese es un obsequio, alteza —responde la rubia sonriendo de lado.

—¿Obsequio? —repite y la observa sin entender, pero la sonrisa cargada de intención que recibe a modo de respuesta la llena de un rubor que la obliga a bajar la mirada.

—Sin embargo, no será el último que reciba hoy.

—¿Eh?

Está entrando a la sala donde usualmente transcurren las comidas, primero ve el rostro del rey Kazuto que se ilumina apenas la ve entrar y entonces...

—¡Asuna! ¡Asuna...!

La joven se queda a medio camino, y se cubre la boca evitando llorar, cuando una pequeña figura de largo cabello negro se lanza a sus piernas y la abraza.

—¡Hermana te ves hermosa!

—Yui... — llora ya sin evitarlo — Yui...

Continuará.

Nota:

Perdón por las faltas de ortografía! No he tenido el tiempo suficiente de revisarlo como se debe y confío que no esté tan mal ! Si es así perdonen xD

Bueno, un capítulo largo! sí es que quiero acabar este fic antes de que termine el año y volcarme en "De espadas & Promesas" que también hace un año lo tengo abandonado. Para este capítulo he querido mostrar algunas costumbres que creo no me han salido del todo bien. El papel de la mujer en ese tiempo era mínimo como verán, una reina no se metía en los asuntos de estado, ni en los mandatos de un rey. Lo que el rey ordenaba era casi un mandamiento divino, por eso hay tanto respeto en torno al soberano, y tanto odio en cuanto a la anterior reina Sachi. La actitud independiente de Asuna choca tanto por ese motivo.

Ella si bien lo desobedece adrede se ha ganado el corazón de todos los habitantes del castillo y del pueblo, y la adoran, Kazuto también aunque aún no lo sabe.

¿Por qué tenía tanto miedo cuando se presentó a la habitación del rey? En tiempos remotos (?) ir a la presencia del soberano sin haber sido llamado equivalía a la muerte, pero como se ve aquí Kazuto le perdonó la vida porque le agradó mucho que su plan diera resultado. Por supuesto los aposentos reales era un lugar al que la reina podía entrar solo si el monarca así lo pedía. Asuna fue demasiado arrojada mostrándose ante él sin invitación previa xD

* mi idea era hacer algo similar a este fragmento bíblico, pero la historia de Ester es tan bella que no sabía como ponerla TT^TT :

Al tercer día, Ester se puso sus vestiduras reales y fue a pararse en el patio interior del palacio, frente a la sala del rey. El rey estaba sentado allí en su trono real, frente a la puerta de entrada. Cuando vio a la reina Ester de pie en el patio, se mostró complacido con ella y le extendió el cetro de oro que tenía en la mano. Entonces Ester se acercó y tocó la punta del cetro.

El rey le preguntó: —¿Qué te pasa, reina Ester? ¿Cuál es tu petición? ¡Aun cuando fuera la mitad del reino, te lo concedería!

Imaginen a Kazuto diciendo algo así! Me muero de amorrrrrr... okno xD

Gracias por leer!
Selector18 todo tuyo! Love you amiga!

Sumi Chan~