Título del capítulo: ¡No soy la esposa de Su-san!
Prompt: #10 "Comida"
Género: Dramita/ y algo de Humor
Categoría: G / K
Palabras: 933


Tino estaba indignado, una vez más lo habían gastado con el chiste de "la esposa de Suecia". ¡Que no era su mujer, maldición!

Primero, él era un hombre y tenía suficientes evidencias como para probarlo. Segundo, ¡no estaba casado! Así que de ninguna manera podía caber en la categoría de marido ni mucho menos de esposa.

Suspiró mientras comprobaba si el estofado estaba listo para luego acomodarse el delantal que se le estaba desatando. Debía seguir buscando más razones para acabar con esa broma de una vez por todas. Por mucho que quería a Su-san no podía evitar echarle la culpa, después de todo Berwald había sido el que había comenzado con el tema, el día que le dijo a Edward que era su "mujer". Literalmente, la vida de Tino cambió irreversiblemente desde ese momento.

"¿Por qué lo habrá dicho…?" se preguntó. Sacudió la cabeza, después de todo su compañero era un misterio y él lo quería así. Probó lo que estaba preparando creyendo que ya estaba listo y al acertar, apagó la hornalla y sirvió el estofado en tres platos. Uno par él, otro para Berwald y el último más pequeño para Hanatamago. Los puso en una bandeja cuidadosamente y se encaminó hacia el comedor.

– ¡Suuu-san! –lo llamó al ver que éste no se encontraba cerca – ¡La cena está lista!

Acto seguido apareció el rubio de lentes cruzando el marco de una habitación contigua junto con el perrito color nieve. Una vez que el hombre estaba sentado a la mesa y el animalito sobre el piso, Tino sirvió la cena. Primero a Hanatamago, luego a Berwald y por último a sí mismo. Comenzaron a comer, conversando de cosas sin mucha importancia hasta que el finlandés notó que el sueco lo miraba cada tanto.

– ¿Sucede algo, Su-san? ¿Tiene algo el estofado? –llevándose un pedazo de carne a la boca, Berwald negó con la cabeza – ¿Entonces…?

–No, el estof'ado está d'licioso –Tino movió la cabeza a un lado, todavía sin entender – Es' del'ntal te qu'da muy bi'n –contestó así sin más señalándolo, e instantáneamente la cara del finlandés se sonrojó una vez escuchado el comentario.

– S-Su-san, no digas esas cosas –rió nervioso levantando sus manos y sacudiéndolas un poco –. Me haces sonar como si de verdad fuese tu esposa.

Berwald lo miró fijo al principio y en un instante su casi siempre inexpresivo rostro demostró cómo su corazón acababa de ser destrozado.

– ¿… Acas' no lo er's? –se animó a preguntar.

– ¿¡Eh!? –¿de verdad el sueco se había tomado en serio ese asunto todo ese tiempo? – ¡P-pero S-Susan! ¿P-por qué dices que soy tu espo-posa? – se puso nervioso ante la expresión en la cara de su compañero, jamás lo había visto de esa manera.

–…Es qu'… Como si'mpre 'stás conm'go, m' cocin's, limp'as la c'sa, yo p'nsé que…

Berwald no terminó su frase y el silencio reinó desde ese momento. Desde su lugar, Tino miró con un poco de sorpresa al sueco y con otro poco de culpa. No podía creerlo, nunca se le había cruzado por la cabeza el considerar que Su-san lo había dicho tan, tan en serio. Aunque si hubiese recapacitado, se hubiera dado cuenta de que lo más probable era que el de lentes lo habría nombrado su esposa de verdad; después de todo Berwald nunca hacía bromas y siempre, siempre decía lo justo y necesario.

Y lo que sentía.

–… Gr'cias por la c'na –se levantó de la mesa y desapareció del comedor sin mirar por última vez a Tino, quien sin reaccionar sólo lo vio partir.

Una vez que terminó su cena, la cual ya estaba un poco fría, se dispuso a lavar la vajilla. Bueno, Su-san tenía razón después de todo: el finlandés tenía el mismo comportamiento que el de una mujer casada. Aún así había algo que no le terminaba de cerrar.

Terminó la labor pensando en que debía disculparse con el otro. No estaba muy seguro del por qué, pero si había algo que sí podía asegurar, era que Berwald acababa de ser lastimado por sus palabras. Se dirigió lentamente hacia su habitación, donde el sueco yacía recostado en la cama de costado, dándole la espalda. Sin siquiera molestarse en cambiarse y ponerse su pijama, Tino se metió entre las sábanas y lo abrazó por detrás.

– ¿Estás despierto, Su-san?

– Sí –contestó suavemente, posando su mano sobre uno de los brazos que lo rodeaban. El finlandés tomó coraje.

– Su-san, lamento lo que dije antes…

– No ti'nes p'r qué d'sculpart' –respondió automáticamente. Tino sabía que eso era una mentira, porque Berwald siempre estaba pendiente de su bienestar, aunque se estuviese muriendo por dentro.

– Sí, sí tengo, Su-san –se le acercó más y le susurró al oído: –. Lo siento mucho –el sueco no respondió, pero comenzó a mimarlo con la mano que antes había posado sobre el brazo de Tino, quien tomo la acción como una buena señal –… Es muy raro ser la esposa, pero ¿puedo ser tu esposo? Ya sabes, Su-san… creo que me falta algo para ser la mujer de alguien –rió lastimosamente mientras Berwald giraba sobre sí mismo para enfrentarlo.

– Clar' que pu'des ser mi esp'so –le regaló una sonrisita, de esas que eran tan raras en él pero tan hermosas a la vez –. ¿Es' sign'fica que s'y yo la esp'sa, v'rdad?

Esta vez Tino rió de verdad.

– Creo que sería mejor si fuésemos marido y esposo, Su-san.

– Me par'ce bi'n –lo envolvió con sus brazos para acercarlo.

"Si ahora alguien vuelve a llamarme la esposa de Su-san", pensó Tino "sólo tendré que corregirlo y decirle que no, que soy su esposo".