CAPÍTULO III

Siempre me pregunto por qué los pájaros permanecen en el mismo lugar cuando podrían volar a cualquier lugar de la tierra. Entonces me hago a mí mismo la misma pregunta.

YARUN YAHYA

Desde que había dejado a Alec, Magnus vivía en Londres. No sabía realmente por qué se había mudado allí, si era por el recuerdo de los tiempos tan felices que había vivido tiempo atrás o por el hecho de que necesitaba vivir en una gran ciudad. Ya hacía mucho tiempo que había abandonado las costumbres nómadas; al principio resulta interesante tener toda la eternidad y el mundo entero donde poder vivir, pero al fin y al cabo siempre hay una sensación de necesidad de encontrar un hogar, de establecerse.

Vivía en una de las enormes mansiones que rodeaban Holland Park y ahora era llamado Magnus Bane el gran Brujo, sin añadirle ningún lugar a modo de apelativo.

Aquel sábado había celebrado una de sus famosas fiestas llenas de desenfreno. La mayoría de los invitados se habían marchado ya. Bueno, para ser honestos, les había echado porque un hombre lobo había derramado licor de hada en su preciada alfombra hindú y se había dado cuenta de que ya estaba hasta el gorro de todos ellos. Los únicos que quedaban eran unos gemelos hada con los que pensaba pasar el resto de la noche muy entretenido.

Ellos ya estaban en su habitación, pero Magnus todavía no había entrado. Acababa de ver cómo Presidente Miau volvía a casa al ver que todo el mundo se había marchado. Esperó a que entrara por la ventana y lo abrazó apretándolo contra su pecho.

–Mi pequeñín, ¿nunca te acostumbrarás a mis disparatadas fiestas? –le acarició y se miraron, ojos de gato contra ojos de gato– A veces pienso que eres un gato demasiado tímido para mí, ¿sabes?

Y sin quererlo, en ese momento, su cabeza hizo un clic y le vino la imagen de Alec a la mente. Alec, el tímido Alec que se sonrojaba sólo de verle. Pocas veces pensaba en él, llevaba ya muchos años evitando hacerlo.

Miró por la ventana de su casa para intentar despejar sus ideas. Pero en realidad, se dedicó a ensoñar con él por unos minutos. No podía evitarlo, las pocas veces que le venía a la mente, aprovechaba y pensaba un buen rato en él. ¿Qué aspecto tendría? Tenía cuarenta y tres años, llevaba muy bien la cuenta; pero seguro que era el cazador de sombras más sexy de su edad. Su pelo seguiría siendo negro, y sus ojos seguirían teniendo un brillo mágico en los ojos, o al menos eso esperaba. Su cuerpo tendría muchas más cicatrices de guerra, pero él seguiría siendo, como siempre, hermoso.

Sabía que había sobrevivido a la guerra contra Sebastian. Era la única información que se había permitido recabar de él. Además sabía que tras sobrevivir a la batalla, con sólo dieciocho años, le había sido asignada la dirección del Instituto de Nueva York. Y nada más. Desde entonces, había vivo veinticinco años sin recibir ninguna noticia suya.

Siguió mirando las luces de la ciudad acariciando a Presidente Miau. ¿Tendría pareja? Por una parte, la parte que le amaba con todo su corazón, quería que sí, que fuera feliz; por la otra parte, que era la misma parte que le amaba con todo su corazón, no quería que otra persona intimara con él como él mismo lo había hecho. No quería que suspirara, que gimiera, que…

–Magnus, ¿no piensas venir? –preguntó una de las hadas con impaciencia ¿Era Ellyllon o Gwyllion? Que estaba apoyada prácticamente desnuda contra el marco de la puerta en una postura más que insinuante.

Magnus dejó a Presidente Miau sobre su sofá preferido e hizo aparecer una mantita para que éste estuviera más calentito. Después, se giró hacia el chico hada.

–Tranquilo, Lion, no tengas prisa –le puso una mano en la punta de la barbilla y miró a esos ojos completamente verdes, que a más de uno podrían ponerle los pelos de punta.

–Soy Ellylon –respondió ofendido.

Magnus le sonrió y lo atrajo hacia él para besarle en los labios.

De pronto, apareció el otro hada y sin perder ni un solo segundo desnudó la parte inferior del cuerpo de Magnus y se llevó su miembro a la boca.

Magnus paró de besar a Ellylon para soltar un gemido de sorpresa. Sí, aquella noche la iba a pasar muy entretenido.

Ya había amanecido hacía varias horas. Por las cortinas, que Alec había olvidado cerrar la noche anterior, entraba mucha luz. Aquél era uno de esos días de espléndido sol de los que había realmente pocos en Londres.

Tanto Godfrey como Alec dormían plácidamente. Alec estaba boca abajo, con la cabeza prácticamente enterrada en la almohada. Godfrey, a su lado, dormía boca arriba sin que las sábanas le cubrieran su absoluta desnudez.

Fue Godfrey, a causa de los rayos de sol que le empezaban a picar los ojos, quien se despertó primero.

Con sólo girar ligeramente la cabeza, pudo ver a Alec, durmiendo profundamente. ¿En serio tiene veinticinco años?, se preguntó. Durmiendo aparenta dieciséis. Pero en la cama… –pensó recordando la noche anterior– parece tener la experiencia que tendría alguien que tuviera más de cien años. Ante esto, no pudo evitar sonreír.

Alargó el brazo para coger el teléfono y llamar al servicio de habitaciones. Con voz muy baja, pidió el menú desayuno romántico. Sí, eran las doce de la mañana (o de la tarde, dirían muchos otros), pero pagaba lo suficiente por la suite como para pedir lo que deseara y conseguirlo.

Después de colgar el teléfono, se giró para observar a Alec. Tuvo que contenerse para no meterle mano y volver a besarle, pero quería dejarle descansar. Después de todo el "ejercicio" de la noche anterior, quería dejarle reposar… hasta esa misma noche, si le era posible.

Al poco rato tocaron a la puerta de la habitación. Se levantó, se puso el albornoz del hotel y fue a abrir. Advirtió al camarero que fuera en silencio, esperó a que dejara el carrito del desayuno, le dio la propina y cerró la puerta. Entonces, se sentó en la cama y Alec abrió los ojos.

–Buenos días –murmuró encantado al ver que su acompañante se despertaba–. ¿Has dormido bien?

Alec se sentó en la cama, con la espalda apoyada en el cabecero. Se alborotó el pelo y enfocó sus ojos en Godfrey.

–Buenos días –respondió en voz baja, con un tono de voz extraño.

A Godfrey le pilló desprevenido su mirada. No recordaba lo profundos que podían ser los ojos de Alec. Después, Alec apartó su mirada de él, dejándole por un momento desolado, y miró hacia la ventana, antes de exclamar.

–¡Por el Ángel, es tardísimo!

–¿Es que tienes que hacer algo? –preguntó Godfrey, mientras Alec se empezaba a levantar– Es domingo por la mañana…

–¿Cómo me he podido dormir hasta tan tarde? –Alec se volvió a alborotar el pelo. ¿Era ese su tic?

–Cariño, ¿es que no te acuerdas de lo de anoche? –preguntó con voz melosa– Como tú dijiste tantas veces, "por el Ángel", nunca me habían dando tanta caña. Apostaría, si no hubiera estado contigo, a que cenaste viagra en vez de pato a la naranja.

Alec, con las mejillas absolutamente rojas, fue hasta el baño y cerró la puerta tras de sí.

Se miró al espejo. Estaba completamente desnudo, tenía el pelo alborotado, arañazos, marcas de mordiscos y lo que empezaban a ser moretones por todo, absolutamente todo el cuerpo. Godfrey no era un masoquista, pero se había dejado llevar durante toda la noche. Y Alec le había dejado hacer de muy buen grado.

Pero no había sido aquello lo que le había dejado un regusto raro en el cuerpo. Era el hecho de haber sido capaz de dormir hasta tan tarde. Por mucho que se hubiese pasado la noche practicando sexo salvaje, a Alec le resultaba prácticamente imposible conciliar el sueño con sus compañeros de cama. Una hora, dos a lo sumo, si estaba realmente exhausto. Y después, cansado de dar vueltas en la cama y hasta el gorro de escuchar las respiraciones de sus amantes, se acababa marchando. Así no tenía que soportar las charlas de buenos días, dormiste bien, ¿te gustó lo de anoche?, los desayunos incómodos ni las pintas espantosas de la gente cuando se levantaba.

Así que, a pesar de tener muchísima experiencia con las citas, aquello era completamente nuevo para él.

Godfrey tocó ligeramente a la puerta del baño.

–Alec, ¿estás bien?

–Sí, descuida.

–¿De verdad? –preguntó pareciendo realmente preocupado– Si quieres, puedo fingir buscar mi reloj debajo de la cama mientras te largas al haber visto cómo te he dejado lleno de arañazos y mordiscos. No serías ni el primero ni el último, créeme.

–Tranquilo, no pasa nada. No es eso.

–¿Entonces qué es? –preguntó interesado.

Alec se miró al espejo, buscando una respuesta que darle.

–Nada. Es una tontería.

–Me gustan mucho las tonterías. ¿Puedo pasar?

Alec asintió. Al darse cuenta de que Godfrey, obviamente, no podía verle, le abrió la puerta.

–Buenos días, preciosidad –Godfrey llevó sus manos a ambos lados del rostro de Alec–. ¿Qué es lo que te pasa?

–Pues… –Alec agachó la mirada, sabiendo que tendría las mejillas rojas– Es que esto es nuevo para mí.

–¿El qué? –Godfrey se había quedado con mirada de absoluta sorpresa. ¿Quiere decir que era virgen? No, eso es absolutamente imposible. Entonces, ¿qué? No se le ocurría nada.

–No suelo dormir con… nadie. Nunca me quedo a ver el rostro de la gente cuando se despierta.

Godfrey le miró, encontrando de nuevo su mirada para internarse en ella.

–¿Y cómo es mi rostro al despertarme?

–Uhm… preciosa. Estás muy bueno –respondió con voz baja pero, estando tan cerca de él como lo estaba, Godfrey le escuchó.

–Bueno, entonces te dejo que me comas y me muerdas todo lo que quieras. Después de los mordiscos que te he dado, es lo mínimo, ¿no? –preguntó guiñándole un ojo.

Alec rió ligeramente, a lo que Godfrey le sonrió.

–¿Y qué quieres hacer? Puedes marcharte ahora mismo o… esperar y ver cómo es la mañana de después con Godfrey Gao.

–Creo que –respondió Alec pensativo– me quedaré a ver qué tal es. Pero sólo por mero interés académico.

Esta vez fue Godfrey quien rió.

–En ese caso, voy a preparar un buen baño para dos.

Magnus se despertó con la cabeza apoyada contra el pecho de uno de los gemelos nunca sabría quién era quién) y las piernas sobre el pecho del otro, que dormía con la cabeza a los pies de la cama.

La noche anterior, como él había augurado, había resultado verdaderamente interesante. Hacía demasiado tiempo que no pasaba una noche con hermanos gemelos, y había olvidado lo memorables que éstas podían llegar a ser. Aunque estos hermanos habían resultado demasiado egoístas –como todas las hadas, se recordó a sí mismo– y en algunos momentos había deseado mandarles a Marte para que dejaran de pelearse por quién estaba recibiendo más atenciones del Gran Brujo.

En cuanto se levantó, se puso su bata china preferida y fue al salón. Allí se encontró con Presidente Miau, que le miraba con un gesto que decía: "Mira que eres escandaloso, macho, ochocientos y pico de años y no eres capaz de contenerte. Menuda suerte he tenido convirtiéndome en tu mascota, menudas nochecitas que me das".

Magnus rió al comprender lo que pensaba su gato, y lo abrazó contra su pecho.

–¿Qué quieres que hagamos? ¿Les tomamos un poco el pelo a esos hermanos hada antes de echarles, crees que eso te haría más feliz?

Presidente Miau se apretó más a él y ronroneó.

–Me lo tomo como un sí –sonrió–. ¿Y qué propones que les hagamos?

En aquel momento, un mensaje de fuego apareció ante él. Magnus lo cogió al vuelo.

–Ha llegado la hora de echar a esos dos patanes de aquí –dejó a Presidente Miau sobre el sofá–. Acicálate bien, vamos a tener visita.

Entró en su habitación provocando gran estrépito, descorrió las cortinas y exclamó:

–¡Hora de irse, haditas!

Los dos hermanos se despertaron con gestos de fastidio.

–¡Venga, daos prisa, espero visita! Vestíos rápido u os mandaré a la calle desnudos. Ya sabéis que no miento –dijo con una sonrisa maléfica.

Se vistieron a toda prisa y, una vez en la puerta, mientras salían, uno de los dos dijo:

–Eres el brujo más borde del mundo.

–¡Menuda mentira! –exclamó.

–No podemos mentir –le recordó el otro.

–Eso, mi querido Silmarillion, es otra enorme mentira.

Y cerró la puerta de golpe.

–Voy a vestirme. ¿Ya has averiguado quien viene? –le preguntó a Presidente Miau, con una sonrisa en los labios– No se vale leer el mensaje, ya sabes que es correspondencia privada. Si lo lees –le señaló con el dedo, amenazante–, volveré a pintarte tus preciosas garritas con esmalte de purpurina.


La verdad es que este capítulo no me ha salido para nada como me lo esperaba. Quería escribir más sobre la vida de Magnus, pero no me ha salido… Además, me está gustando demasiado escribir sobre Godfrey (puede que ayude haber visto ayer una foto en la que salía él con Cassandra y Sarah Rees Brennan, y era tan asdfghjklñ adorable… si no la habéis visto, hacedlo, es un auténtico regalo para la vista), que estoy empezando a pensar que la historia va a tomar un giro que no había previsto. ¿Qué opináis de Alec y Godfrey? ¿Os gustaría que escribiera cómo pasan la mañana o preferís que continúe con la historia?
Muchas gracias por leer y… ave atque vale!