Tras recibir ese tesoro, decir que Emma había pasado los días con una alegría casi palpable era quedarse corto. Iba por la calle sonriendo, hablaba con dulzura y amabilidad, había limpiado la casa e incluso había empezado a preparar dulces de forma diaria, paseando acompañada por el delicioso olor de los bizcochos y galletas que había hecho.

Pero todavía no había escrito nada más que un mensaje para hacerle saber cual era su correo y que había sido respondido horas después.

¿Acaso alguien podía culparla por no ser capaz de enviarle un e-mail a su ídolo? No, pero ella sí se estaba culpando, ahora que tenía los medios para hablar con él y que estaba de tan buen humor no parecía ser capaz de escribirle nada, sus días no estaban llenos de nada más que cosas mundanas y simples y por muy habladora que fuera no se veía capaz de enviarle a Lukas un correo hablándole de su día a día, ¿Cómo podía interesarle que ella le contara que había visto a un gato de camino a casa? ¿O lo que le había ocurrido a sus compañeras de universidad? No había nada que contarle.

Pero finalmente, tras comprar un CD en el que había una de sus canciones, se armó de valor y escribió una felicitación por su buen trabajo y el deseo de poder encontrar más trabajos suyos en las tiendas de música. La respuesta no se hizo esperar, un simple gracias y una pregunta, ¿qué era lo que le gustaba tanto de su trabajo?

A partir de esos e-mails (además de uno muy largo en el que la joven belga decía con todo lujo de detalles porque era su músico favorito), empezaron a intercambiar los mensajes casi diariamente, no solían hablar de algo que uno considerara interesantes, una conversación tan común no parecía merecedora de tanta emoción por parte de la rubia, pero ella tampoco podía evitarlo, cada vez que veía su nombre aparecer en la bandeja de entrada una sonrisa aparecía en su rostro y se apresuraba a responder a lo que fuera que le hubiera dicho.

Se podía decir que estaba contenta con como estaban las cosas entre ellos, no se veían, pero hablar todos los días con él le parecía casi un sueño hecho realidad y era suficiente como para que estuviese satisfecha, además, ya le había intentado mandar un mensaje para quedar, pero nada más pensar que parecía que fuera una cita, sus manos empezaron a sudar y sus mejillas se calentaron (no solo por la idea de tener una cita con él sino solo por pedírsela y por la posibilidad de que le dijera que no), así que se limitaba a hablar con él a través de cortos mensajes diarios.

Y un día igual que otro cualquiera le llegó un e-mail que, si bien corto, dejaba clarísimo cual era el mensaje con apenas diez palabras.

"Han abierto una pastelería cerca de mi casa, ¿Quieres venir?"

Tras cinco minutos de saltos por la habitación y gritos de alegría, tuvo que sentarse a escribir la respuesta pues su vecino de abajo (un alemán con muy malas pulgas) había empezado a dar golpes con la escoba en su techo, esperando detener por fin a la muchacha y sus celebraciones.