En el camino hacia el refugio de Kasumi, Ger no habló demasiado. Kuniko y Gaijin se dieron cuenta de que los eventos que acababan de ocurrir le habían afectado a su amigo en un nivel desconocido para ellos. Lo mismo se aplicaba a Yui, esa misteriosa chica que había aparecido, y que, sumida en llanto, le había pedido perdón a Ger por algo que también era ajeno a ellos. Gaijin se estaba muriendo de ganas de interrogar a su amigo, tanto acerca de esos extraños individuos que los habían atacado, como acerca de quién era exactamente esa chica. Pero las miradas de Kuniko bastaban para hacerle entender que ese no era un buen momento para hacer preguntas.

Los cuatro caminaron por el bosque durante poco más de media hora, con Ger a la cabeza. No muy lejos suyo, Yui le seguía el ritmo, algo cabizbaja. Luego de ese abrazo que se habían dado tras su violento reencuentro, la chica no había vuelto a abrir la boca, y Ger, sin dar ninguna explicación a sus compañeros, había decidido apurar el paso y dirigirse al refugio de su maestro. Desde ese momento, el grupo se la había pasado caminando entre los árboles, acompañados por un silencio incómodo.

Finalmente, Ger se detuvo para contemplar, a unos cien metros de distancia, cuesta abajo por una colina, la entrada a una cueva, situada en la base de un pequeño cerro.

- Vamos, te está esperando –dijo, por fin, Yui, esbozando una pequeña sonrisa al pasar junto a Ger, pero sin mirarlo a los ojos. Ger se dio vuelta para hacerle una seña a Kuniko y Gaijin, que inmediatamente lo siguieron.


03
Cosas que hice


La entrada a la cueva estaba cubierta por una larguísima enredadera silvestre que nacía en la cima del cerro, como si fuera una "cortina" para el refugio. Los tres Shinigamis y la joven atravesaron la enredadera, y continuaron avanzando por el interior de la cueva. A medida que se adentraban en ella, el camino se hacía cada vez más descendente, hasta que el suelo fue tomando forma de escalones, dando la sensación de que estaban dirigiéndose a un calabozo. No pasaron muchos metros hasta que pudieron vislumbrar una tenue luz, provocada por antorchas colgadas en las paredes de la cueva.

Cuando los escalones terminaron, la luz ya no se "vislumbraba", sino que, directamente, se encontraban en una habitación iluminada por muchísimas antorchas. Se trataba de un recinto considerablemente espacioso, con mesas, sillas y escritorios de madera rústica. Incluso había algunos sillones, con almohadones rellenos de lana y forrados con cuero. En una de las paredes había una gran cantidad de espadas, cuchillos y demás tipos de armas colgadas, junto a algunos tapices decorados. El lugar transmitía una particular sensación de calidez, pero no dejaba de parecer que estaba hecho para permanecer oculto del resto del mundo.

Ger caminó lentamente hacia el centro de la habitación. En su rostro había una expresión melancólica que hacía evidente su relación con ese lugar, pero, al mismo tiempo, no parecía sentirse muy cómodo, como si hubiera algo que le estuviera mordiendo por dentro.

- Veo que todo sigue igual… -comentó, mientras tocaba una de las rústicas sillas.

- No todo... –dijo una voz masculina, que en un primer momento sobresaltó a Kuniko y a Gaijin.

En una de las paredes, una enredadera, muchísimo más pequeña que la de la entrada a la cueva, servía de cortina para separar a la habitación de otro ambiente. Por esa "cortina" se asomó un hombre bastante alto, vestido con un haori de color marrón oscuro. Su cabello era castaño oscuro y ondulado, al igual que el de Yui, pero lo llevaba corto por la altura de los hombros, y descendiéndole por ambos lados del rostro. Sus ojos, también al igual que Yui, eran negros y profundos, pero además llevaba anteojos.

- ... tú has cambiado mucho, Ger –terminó de decir, mientras se acercaba al Shinigami.

- ¡Kasumi-san! –exclamó el Shinigami, algo emocionado, y le dio un abrazo.

Kuniko y Gaijin contemplaron el reencuentro de Ger y su maestro, todavía algo confundidos por la situación. Yui "interrumpió" esa confusión, tomando a Gaijin de la mano.

- Vengan- les dijo a ambos, con una tímida sonrisa, y condujo a Gaijin hacia uno de los sillones. Kuniko los siguió, y se sentó junto al Shinigami, mientras Yui se disponía a colgar su espada junto al resto de las armas, en la pared.

Ger presentó a Gaijin y a Kuniko ante su maestro, comentando que eran dos Oficiales de alto rango de la División Seis, tras lo cual Kuniko esbozó un "exagera". Poco después, le comentó cuál era la misión por la cual los habían enviado a Hokutan, hasta que pasó a explicarle el encuentro que habían tenido con las Sombras.

- Eran ellos –dijo-, estoy seguro. Gaijin le cortó el brazo a uno, y se rompió en pedazos. Estoy seguro de que son los culpables de todo, y si es así, los han enviado para hacerme aparecer… Por eso eligieron este lugar… Por eso dejaron las camelias… Es obvio que me están buscando, Kasumi-san.

- Bueno, tu teoría tiene sentido, pero hay algo que no encaja –dijo Kasumi, mientras caminaba hacia uno de los tapices colgados en la pared-; si ellos te relacionaron con Hokutan, es porque saben que has pasado tiempo viviendo en este distrito… Y si saben eso, deberían saber que Yui y yo también estamos aquí.

Mientras decía eso, Kasumi tomó un jarro bastante grande, que estaba ubicado en una mesa, justo debajo del tapiz, y sirvió agua en unos vasos de madera. Tras eso, se los alcanzó a Ger, Kuniko y Gaijin.

- Es evidente –continuó- que están buscándote. Tú lo has dicho, las señales son muchas, y son obvias. Si no estuvieran detrás tuyo, no habrían enviado a las Sombras. Pero no entiendo por qué te buscan sólo a ti. Ya deben estar al tanto de nosotros –dijo, observando a Yui, que les estaba dando la espalda, mientras pasaba una de sus manos por la hoja de un hacha colgado en la pared-. No veo motivo para considerarte más traidor a ti, Ger, que a alguno de nosotros.

- Tú no los traicionaste, Kasumi-san –respondió Ger-. Elegiste seguir tu propio camino, y eso fue hace mucho tiempo. No deberían tenerte rencor. En cuanto a Yui… -dijo, observando con una mirada de tristeza a la joven, que seguía dándoles la espalda- …ya deberían haber dejado atrás lo que sucedió con ella.

- Vamos, Ger –dijo Kasumi-, hablas como si no los conocieras. Y tú, particularmente tú… deberías conocerlos mejor que nadie. Ellos no olvidan.

- Disculpen- interrumpió Kuniko, levantándose del sillón-; no pretendo ser grosera… pero, Ger-kun, no entiendo de qué demonios están hablando.

- Kuni-chan…

- Dijiste que todo lo que había ocurrido era tu culpa. Nos atacaron dos tipos hechos de cristal, a uno de los cuales se le rompió un brazo delante de mis ojos. También dijiste que los conocías, y que respondían a gente superior. Ahora, este lugar, y tu maestro… Lo siento, Ger-kun, pero no comprendo qué está pasando. ¿Quiénes enviaron a esos tipos?. ¿Por qué te buscan a ti, a tu amiga y a tu maestro?

Ger intercambió una mirada con Kasumi, que luego de unos segundos, cerró los ojos y se dirigió hacia un escritorio, desentendiéndose. Ger volvió a mirar a sus amigos, que esperaban una respuesta.

- … Lo siento, Kuni-chan… pero no puedo hablarles del tema. Me haré cargo de esto; me entregaré a ellos, si es necesario para detener las matanzas. Pero no puedo explicarles quiénes son.

- ¡Al diablo con eso, Ger! –exclamó Gaijin, levantándose, y haciendo que Yui girara su cabeza por encima de uno de sus hombros, para mirar-. Somos tus amigos. Sabes que puedes contar con nosotros desde hace mucho tiempo, incluso antes de egresar de la Academia. Y aún así, nunca confías lo suficientemente como para contarnos tus problemas. ¡¿Por qué no dejas que te ayudemos?!

Ger se sentía muy incómodo: nunca había visto a Gaijin así. La verdad era que quería contarles todo a ambos, pero la indecisión en su interior se lo impedía.

- Gaijin-kun, yo…

- Es por mí –dijo Yui, dándose vuelta, y llamando la atención de todos, incluyendo a Kasumi-. Ger tiene miedo de ponerme en peligro… por eso los mantiene al margen.

- ¿Al peligro de qué?. ¿De quiénes? –preguntó Kuniko.

- Del clan al que pertenezco –respondió, acercándose lentamente-. En realidad… del clan al que pertenecía.

- Yui… -dijo Ger, dirigiéndose a ella.

- No, está bien –lo interrumpió, tomándole la mano, y luego continuó hablándole a los Shinigamis-. Ger ha tenido que pasar muchas cosas por mi culpa… por protegerme. A pesar de que le pedía que no lo hiciera, él siempre me protegía. Incluso, hasta hoy –dijo, sonrojándose un poco-. Pero ya no quiero seguir poniéndolo a él, ni a nadie más, en riesgo. Quiero que esto se termine.

- Yui-chan ¿por qué te persigue tu clan, a ti y a Ger? –preguntó Gaijin.

- Por cosas que hice –contestó, sin mirarlo a la cara-, cosas que nunca me perdonarán. Por esas mismas cosas, Ger tuvo que traicionarlos.

Ger apretó su puño derecho con fuerza, y sintió como una herida en su muñeca parecía volver a arder, pero esa sensación desapareció con una caricia de la mano de Yui.

- No tengo problema en contarles todo –continuó-, pero antes… me gustaría hablar a solas con Ger.

Yui miró al Shinigami a los ojos, y este asintió con la cabeza, pero desviando la mirada. Tras eso, la joven lo llevó de la mano hacia la salida del refugio, y los dos salieron, ascendiendo los escalones.

- Bueno –dijo Kasumi, sonriendo a Kuniko y Gaijin-, ya que estos dos tienen temas que resolver, será mejor que nos prepare un poco de te.

- Disculpe, Kasumi-san –dijo Kuniko, algo preocupada- ¿estará bien que Yui y Ger salgan? Esos tipos… las Sombras ¿verdad?... Si están buscándolos ¿no correrán peligro allá afuera?

- No te preocupes –respondió Kasumi, mientras se dirigía hacia la enredadera que los separaba del otro ambiente-, seguramente Ger no es tan poderoso como ustedes, pero sabe defenderse de las Sombras. Conoce demasiado bien su forma de pelear y de moverse, así que no pueden hacerle daño. Además, las Sombras no son tan peligrosas como parecen, excepto si actúan en grupo.

- ¿Por qué sabe usted tanto acerca de las Sombras? –preguntó Gaijin.

Kasumi se detuvo, dándoles la espada, justo cuando estaba por atravesar la enredadera. Se quedó callado por algunos segundos.

- Porque yo fui quien las creó –respondió, mirándolos por sobre su hombro izquierdo, y luego avanzó hacia el otro ambiente.

Kuniko y Gaijin se miraron uno al otro, sin decir nada.


A pocos kilómetros de Hokutan, detrás del monte Akegata, se extendía un mediano asentamiento formado por varias comunidades de almas. Si bien estaba conformado por bastantes integrantes, la mayoría conocía al menos los rostros de los demás, por lo tanto, no resultaba muy difícil identificar a un extraño. Por eso, a muchos les cayó mal ver a un desconocido rondando.

Vestido con un haori negro al que le faltaban las extremidades, dejando sus musculosos brazos al descubierto, el hombre caminaba entre los demás, como si estuviera examinándolos, y sin dirigirles la palabra. Con la mano derecha, se rascaba la parte trasera de la cabeza, arañándose el cabello, negro y bien corto, pero con una pequeña trenza al final. Con la otra, jugueteaba con su espada, quizás intentando intimidar a cualquiera que osara increparlo.

Cuando terminó de recorrer el asentamiento, se dirigió hacia una arboleda cercana, que bordeaba un pequeño lago. No pasó mucho tiempo hasta que una figura emergió de entre los árboles. Estaba vestido con un traje completamente negro que le ocultaba todo el cuerpo, llegándole hasta las puntas de los pies. De su cabeza, sólo se podía ver un poco de su pelo, negro azabache, y bien lacio, asomándose por debajo de la capucha que lo resguardaba del intenso atardecer.

- Lo sentiste ¿verdad, Ben? –preguntó el misterioso individuo.

- Sí, señor –respondió, volviendo a guardar su arma en la funda de su espalda-. Demoró bastante tiempo, pero el plan por fin funcionó.

- ¿Examinaste la comunidad?

- Sí, son bastantes, y no hay tipos demasiado fuertes. Las Sombras se podrán encargar de ellos, todos juntos. Por cierto, señor… -Ben parecía algo incómodo con lo que estaba por decir- ¿Es imprescindible hacerlo? Las Sombras ya han matado demasiada gente… y si es por él, yo mismo puedo ir a buscarlo, en este momento.

- Ben, no recuerdo que alguna vez te pidiera un consejo –contestó fríamente su superior. Ben tragó saliva, algo nervioso.

- Lo sé, señor… disculpe –dijo, frunciendo un poco las cejas.

- En media hora lanzaré la señal. Encárgate de dar las órdenes a las Sombras, y diles que se tomen su tiempo: sólo deben generar una distracción. Tú, ocúpate de él –ordenó, dándose vuelta.

- Sí, señor –respondió Ben, y luego de hacer una reverencia, también le dio la espalda a su superior, dirigiéndose de regreso al asentamiento.

- ¡Ben! –exclamó la figura, haciendo que su subordinado se detuviera de golpe- Ni se te ocurra olvidarlo…. No lo mates.


Próximo capítulo:
Confluencia (Lo que me dijiste)