Fracaso
Saint Seiya ni sus personajes me pertenecen, son de propiedad exclusiva de Masami Kurumada.
Hola, una nueva palabra :).
Siegfried con tan solo seis años no podía dejar de llorar. Y Sigmund entendía el dolor que su hermano pequeño soltaba en cada lágrima, aunque este no comprendiera del todo lo que estaba sucediendo. Tenía nueve años, pero sabía que su madre ya no volvería. La enfermedad la había consumido, siendo socorrida por la muerte para cesar con el dolor que su cuerpo ya no era capaz de soportar. El cuerpo inerte sobre las sabanas de su cama era la prueba más fehaciente de ello. Los dioses habían pedido por ella.
Y ese momento previo fue el inicio del infierno.
Los días siguientes las personas iban y venían. Los dos hermanos no habían vuelto a ver el cuerpo de su madre, y su padre apenas había hecho acto de presencia. Sigmund sentía que no podía con el peso de consolar a Siegfried cada vez que las lágrimas rebosaban en sus ojos al pedir por su madre. Pues él también sentía unas enormes ganas de quebrarse y llorar. Su madre que tanto amaron ya no estaba con ellos. Y fue ahí que el mayor de los hermanos entendió que los dioses también podían llegar a ser muy crueles.
—¿Dónde está mamá? —le volvió a escuchar Sigmund a Siegfried. No tenía una respuesta que darle, Siegfried hasta ese momento había sido un niño feliz cuidado por la calidez de su madre y custodiado por los ojos de su hermano mayor. Sin embargo, ambos entendían la naturaleza de la vida y conocían el concepto de la muerte.
—Ella no volverá Sieg, mamá se ha ido con los dioses.
Aquella era la confesión que por días había estado rehuyendo, y el dolor en los ojos celestes de su hermano menor eran la loza de su fracaso, no podía evitarle el dolor a Siegfried. Ni tampoco el suyo que estaba carcomiendo sus entrañas y colocaban un peso en su corazón. La tristeza y la soledad formarían parte de su vida desde ese momento, sin que pudieran hacer nada. Sigmund se aproximó hasta su hermano pequeño y lo abrazó con calidez y confort. Protegiéndolo y sosteniéndose así mismo, o al menos los pocos pedazos que quedaban del niño que fue. Cada lágrima que se expandía por sus mejillas se llevaba su infancia y los recuerdos de su madre. Debía cuidar a Siegfried, justo como se lo prometió a su madre hace tantos años cuando este nació. Aquel invierno terminó siendo el más helado de todos.
