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Capítulo 4
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Encanto Uchiha
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«Eramos dos niños tratando de despegar, de vivir en el lado oscuro del Sueño Americano. Nos hubieramos quedado hasta tarde, escuchando nuestra música, mientras crecíamos, nada era lo que parecía...»
Los entrenamientos matutinos no eran su actividad favorita, pero era lo único que podía hacer. Toda una semana completa castigada. Por suerte, terminaba antes los entrenamientos y la hora restante la pasaba en casa de Shikadai...
"Revolcándome como una cualquiera," pensó amargamente en su interior. ¿Pero qué podía hacer? Lo disfrutaba, le encantaba. Aquel patán la hacía sentirse atractiva, algo que nunca había experimentado, y la forma en que su ronca y usualmente aburrida voz gemía su nombre era un coro de ángeles para sus oídos.
Jamás pensó que, realmente, el sexo fuera tan placentero. Claro que al tener a Chōchō Akimichi como mejor amiga sabía todo sobre este y escuchaba cualquier cosa, porque su morena amiga era una descarada que disfrutaba de los placeres de la vida sin decoro. Pero no la juzgaba, después de todo, era ella la que no podía pasar un día sin Shikadai dentro de ella.
Sintió un gran calor llenar sus mejillas pálidas, lo cual la hizo soltar un suspiro. Se estaba acostumbrando demasiado a eso, ¿Qué haría cuando Shikadai consiguiese novia? Porque estaba segura de que ella no sería la primera del dúo en tener pareja.
"Cuando uno de nosotros consiga pareja, el acuerdo se acaba."
Aquella fue una de las reglas establecidas, por parte del Nara por supuesto. Pero no era momento de preocuparse por eso, es decir, ¡Era lo de menos! Solo debía alegrarse de que ese día estaba libre de castigo, y podía quedarse más en la cama si así lo quisiera.
Al llegar al campo de entrenamiento, pudo divisar la cabellera azulada de Mitsuki, quien caminaba de lado a lado, probablemente para pasar el rato mientras los esperaba. No había rastro de Konohamaru-sensei, pero supuso que pasaba tiempo de calidad con Hiromaru, su hijo recién nacido junto a su esposa, Hanabi Hyūga.
Y no lo juzgaba. Si ella estuviese en su lugar, lo cuál no pasaría por su poca fe en que alguien se interesara en formar una familia con ella, también desearía pasar tiempo con su hijo. Los entrenamientos eran lo de menos en esas situaciones.
Caminó con su típica elegancia y aura intimidante, con sus manos en los bolsillos de su short blanco de entrenamiento.
—Yo, Mitsuki —saludó con una sobrisa ladina. "Demonios," se le estaba pegando el saludo del vago de Shikadai.
Este dio media vuelta, sonriéndole de aquella forma tan misteriosa y agradable que sólo él podía conseguir.
—Sarada-chan, te ves radiante como siempre. O quizás un poco más —halagó, con ese brillo en sus ojos ámbar. A decir verdad, él también se veía más alegre que de costumbre—, ¿Todo bien?
Sabía a que iba esa pregunta. Desde hace dos semanas, es decir, luego de que la relación con Boruto y Midori se estableciera, él no había parado de preguntarle si estaba bien. Y lo apreciaba, pero le agotaba ese constante recordar de su terrible situación. Porque el hecho de que disfrutara las tardes y noches con Shikadai, no minimizaba el hecho de que se sentía miserable por su amor hacia el rubio.
Eso la hacía pensar en si Shikadai seguiría sintiéndose mal por Himawari, pero decidió no preguntar eso. Shikadai no era un chico sentimental que se viera afectado por hablar sus problemas, pero prefería no molestarlo con cosas personales. Cada quién lidiaba con lo suyo en privado. Que compartieran cama y conocieran el cuerpo del otro casi de memoria porque lo veían a lo natural cada día no significaba nada. Sonaba algo sarcástico, pero así era.
Fingió una sonrisa, llevándose una mano a la cadera.
—Excelente, a decir verdad. Ya lo he superado —exclamó con orgullo, aunque supiera que estaba mintiendo como una campeona.
Quizás Dios la odiaba, y eso debía ser lo más probable, porque nadie que la amara le desearía algo así. Probablemente Dios se levantaba cada mañana y se sentaba a pensar en cómo arruinarle la vida a Sarada Uchiha, y conseguía un buen número de nefastas situaciones para lograr su cometido.
El punto era, que sus palabras acarreaban una terrible ley de atracción. Las risas cantarinas y adorables de Midori llegaron a sus oídos, y al darse media vuelta tuvo un buen plano focal de la castaña en un abrazo de lado por parte de Boruto Uzumaki.
"¿Cómo puedo lanzarme un Amaterasu a mí misma?" jadeó en sus adentros.
—Boruto-kun, Inuzuka-san, buenos días —saludó el hijo de Orochimaru, sin dejar su usual formalidad de siempre. Ese chico nunca cambiaba.
No quería dirigirles ni una palabra. ¿Qué diablos hacía esa inútil amante de los perros en su entrenamiento? Las ganas de lanzarse un Amaterasu desaparecieron para querer lanzárselo a ella, e incluso al mismo Boruto.
Se cruzó de brazos con una expresión amarga, tragándose sus ácidos y ponzoñosos comentarios que amenazaban con escapar de sus labios.
—¡Mitsuki, Sarada, buenos días! Quise traer a Midori para que entrenara con nosotros-ttebasa, espero que no les moleste —sonrió de forma juguetona, abrazando a su novia.
—Buenos días —saludó la castaña con dulzura y una pequeña sonrisa. Se dirigió a la Uchiha con camadería, recibiendo una fría mirada por parte de esta—. ¿Qué te parece si entrenamos juntas y dejamos a esos dos enfrentarse solos? Siempre he querido luchar contra una chica y no con los orangutanes de mi equipo.
La Inuzuka soltó una risa para acompañar su comentario, y Sarada solo pudo lograr una sonrisa torcida. "Se educada, Sarada. Por lo que más quieras, no la golpees... ¡Pero quiero despedazarla, shānnarō!"
Silenciando a su yo interior, suspiró, dejando sus manos en los bolsillos de su short.
—Yo lo lamento, pero tengo que retirarme, se me olvidó que le prometí a mamá ayudarla en el hospital —se excusó ante las aprehensivas miradas de su mejor amigo, el chico que le gustaba y su novia—. Son tres, entrenen como siempre.
Se iría de allí antes de que realmente explotara y alguien saliera herido. ¿Llegó a pensar que ese sería un gran día? Sí que estaba equivocada.
Caminando por las pobladas y ahora modernas calles de Konoha, meditó sobre qué podía hacer. Entrenar a su hermano era una opción, pero probablemente estuviera en su propio entrenamiento con su equipo, o saliendo con la chica que le gustaba. Era todo un galán, sin envidiarle nada a su padre.
Su madre debía estar trabajando en el hospital, tal como había dicho en su mentira, pero no le apetecía ir con ella, lamentablemente. Nunca había tenido mucho interés en la medicina aunque era excelente, a poco tiempo de conseguir su Byakugō.
Su padre debía seguir en casa o con el Hokage, como siempre. Últimamente tenía menos misiones, y eso era bueno. Pero no le apetecía tener una charla de monosílabos con él.
Ladeó una sonrisa y la mirada cuando un bombillo en su cabeza se encendió. Podía darle una visita a Shikadai, ¿Cómo no lo tuvo de primera opción?
Casi se sabía el camino de memoria. Al subir al segundo piso, solo tuvo que dirigirse a la segunda puerta a su derecha. Sacando las llaves debajo de la alfombra, abrió, dándose paso al pequeño departamento de Shikadai Nara.
Sin embargo, allí no había nadie. Probablemente estaba ocupado. De cualquier forma, no pensaba irse, por lo que se puso manos a la obra para preparar un almuerzo para ambos.
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Lavar los trastes era algo que lo fastidiaba más que de costumbre. Por supuesto, Shikamaru Nara era un vago de primera que toda acción que conllevara un esfuerzo físico lo molestaba, pero esa en específico era un suplicio.
Y aparentemente, el mandado favorito de su esposa.
Sin embargo, recordó aquella charla con su padre, que en paz descansara, sobre su madre. Las mujeres Nara eran problemáticas, mandonas, violentas y dominantes, parecía ser una tradición. Pero poseían una sonrisa capaz de derretir el corazón más frío que existiera.
Cuando sus ojos negros se posaban en Temari, podía ver todo eso, un alma gemela, de carácter endemoniado y lengua afilada, pero con una hermosa sonrisa que lograba hacerlo sentir como un niño de doce años nuevamente.
Quién lo diría; esa mujer tan problemática y cruel de los examenes chūnin, de la cual nunca esperó enamorar, estaba allí, siendo la madre de su hijo y la mujer de su vida.
Se perdió tanto en sus pensamientos mirándola, que olvidó que la llave estaba abierta y los platos llenos de jabón.
—¡Eh, despierta, vago! Vas a gastar toda el agua —gruñó su esposa, guardando algunas cosas en la nevera. Al ver la mirada de su esposo fijada en ella, no pudo evitar que sus mejillas tomaran un tono carmesí. ¿Cómo ese vago podía hacerla sentir como una jovencita después de tantos años?—. ¿Qué miras?
Era gracioso como aquella kunoichi de Suna nunca cambiaba, con esa rudeza al hablar y su ingenuidad en ciertas cosas. Sonrió, perdiéndose en esos ojos verdes, idénticos a los de su retoño.
—A ti. Te ves hermosa hoy —dijo sin decoro, devolviendo su atención a los platos. Los tomaba suavemente entre sus manos y los restregaba en el agua, aún pensando en la belleza de su mujer.
—¿Eh? ¿Estás diciendo que ayer me veía fea? —bufó la kunoichi, colocando una mano en su cadera con el ceño fruncido.
El Nara suspiró, rodando los ojos. No, nunca cambiaba.
—Te ves hermosa siempre, Tem. ¿Todo tienes que tomarlo de mala manera? —soltó con pereza, aunque sin perder su sonrisa—. Qué problemático.
La rubia musitó un 'lo siento' solo audible para ella, y se cruzó de brazos, perdiéndose en sus propios pensamientos.
—Oye, tonto, estaba pensando en algunas cosas... —musitó Temari, acercándose a él para ayudarlo a secar con un trapo los platos que terminaba de lavar—. ¿Crees que Shikadai esté saliendo con alguien?
Shikamaru enarcó una ceja, dejando de lado su sonrisa y concentrándose en las palabras de su esposa, aunque aún así continuaba lavando los dichosos platos.
—¿Uh? ¿Por qué lo dices?
—Instinto de madre —respondió mientras se encogía de hombros, mordiéndose el labio—. Ya no nos visita como antes. Kankurō me escribió una carta hace unos días, dice que tampoco ha tenido mucha comunicación con él. Siempre que lo veo en la aldea es porqe va de misión, y sigue bien arreglado, y sabes que Shikadai pataleaba hasta los trece para no bañarse.
El Nara soltó un resoplido de risa, recordando a un Shikadai de seis años correr alrededor de los jardines del Clan Nara con el trasero desnudo al aire para huir de un baño. Lindos recuerdos.
—¿Qué tiene eso que ver, Tem? Es casi un adulto ya, es normal que se aleje un poco. Y ya era hora de que tuviese la higiene de un ser humano normal —bromeó con una sonrisa torcida, cerrando la llave y secándose las manos con un trapo.
La rubia terminó de secar el último plato y se giró hacia él, con los brazos en jarra.
—A veces eres un idiota, Shikamaru. ¿Recuerdas cuándo empezamos a "salir"? —dijo, haciendo unas comillas con sus dedos al hablar—. Tu madre llegó a odiarme aunque no supiera que era yo porque nunca estabas en casa, e incluso te arreglabas más. Shikadai se parece más a mí, lo acepto, pero sigue siendo una copia tuya y de tu padre.
Alzó ambas cejas, sonriendo un poco mientras se cruzaba de brazos.
—¿Estás sugiriendo que Shikadai tiene una relación en secreto de amigos con derechos para suplantar su afecto por la hija de Naruto y nos lo está ocultando?
—Sí —respondió con cierta duda, casi como una pregunta.
—Tem... Que Shikadai se parezca a nosotros no significa que hará lo mismo que hicimos nosotros. Relájate.
Volvió a soltar una risa. Su esposa por fin se había vuelto loca.
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Su cuerpo aún se sentía rígido por la misión. En realidad, había sido muy corta. Solo controlar unos disturbios en un pueblo cercano. Habían varios ninjas renegados de Iwa dando problemas en el País del Fuego. Todo un problema.
También había recibido una carta de au tío Kankurō quejándose de que casi no le escribía últimamente, y también avisando que por motivos de Kages, pronto ambos tíos visitarían Konoha. También habló de que Shinki y su equipo pasarían, pero nunca dio fecha.
Se había dirigido a la Torre del Hokage para dar su informe de la misión, y luego tomó rumbo a su casa. Estaba cansado y con hambre. Pensó en llamar a Sarada, pero recordó que le habló de un entrenamiento con su equipo, así que quizás estaba en eso todavía. No tenía entre planes fastidiarla más de la cuenta.
Al entrar, pudo determinar un suave y delicioso olor a estofado. El aroma a carne, vegetales y a té oolong llenó sus fosas nasales, mareando su estómago que seguía rugiendo.
Aunque no sabía qué era más sorprendente. El estofado perfecto servido en la mesa, o la curvilínea figura de Sarada Uchiha en la cocina.
Esta se dio medio vuelta, enarcando una ceja.
—Te ves mal. Estabas en una misión —dedujo fácilmente, sirviendo otro plato de estofado.
Dejó la mascara ANBU en el sofá, y luego de soltar un bostezo se sentó en la mesa.
—¿Qué haces aquí? —preguntó con rudeza, mientras la de lentes se sentaba frente a él con su propio plato y una mueca característica de ella—. ¿No estabas entrenando con tu equipo?
La mueca en los labios de la Uchiha se acentuó, mientras masticaba con amargura. Sonrió un poco, deduciendo que había tenido un día de perros.
—Ni me lo recuerdes. Todo bien, Boruto llegó tarde, y cuando lo veo tenía a su novia pegada al brazo como una lapa. Qué asco —gruñó, bebiendo un sorbo de su té.
El Nara frunció el ceño, preguntándose por qué Sarada seguía pensando en el problemático de Boruto. Pero luego recordó que el tampoco había superado a la dulce Himawari, y sonaba algo hipócrita de su parte reclamarle.
Además, ¿Por qué lo haría? Podía gustarle el Genin Eterno para lo que le importaba.
—¿Quién lleva a su pareja a los entrenamientos? —preguntó más para sí que para ella, y suspiró—. No lo tomes en cuenta, a las semanas se le va a pasar toda esa obsesión de pareja reciente. En fin, ¿Entrenaste?
—No —respondió como si fuera obvio, rodando los ojos—. Armé una excusa y me fui, y decidí venir contigo, pero no estabas así que preparé un almuerzo. Mis padres siguen algo histéricos por lo del otro día, así que no me provocaba ir a casa. Ni siquiera estaban.
—Así que soy tu plato de segunda mesa, ¿Huh? —inquirió con sorna, cruzándose de brazos. Tenía tanta hambre que ya se había terminado su plato.
La Uchiha lo miró con si le hubiesen salido tres cabezas, con aquella mueca tan molesta.
—¿Y no haces lo mismo conmigo? A veces eres un idiota, Shikadai —bufó, dejando su comida de lado. Últimamente tenía algo de náuseas cuando se molestaba o estresaba.
—Lo siento, mujer problemática —espetó, recogiendo sus platos. Al no verla picotear la comida asumió que no quería más.
Lo miró llevarlos hasta el lavaplatos, sosteniendo su cabeza con su mano.
—Eso quería preguntarte... ¿Cómo va el tema de Himawari? No quiero sonar entrometida, pero...
—No seas entrometida, mujer —respondió mientras rodaba los ojos, dejando allí los platos. Detestaba lavarlos—. Pero no, no ha pasado nada. Me evita y ya.
Quería relajarse, y sentir el abrazo de la kunoichi lo ayudaba. La tomó del brazo y se lanzó al sofá, jalándola en ese pequeño trayecto mientras esta se quejaba.
Sintió las manos del Nara aferrarse a su cuerpo, tendiéndola a su lado en el sofá con poca delicadeza, pero se había acostumbrado un poco a esa forma de ser de él. Le gustaba, incluso.
Se aferró a él, cerrando los ojos. Aunque lo sentía moverse mucho junto a ella, y eso la estaba incomodando. Al abrir los ojos pudo notar un cigarro entre los labios del hijo del consejero del Hokage, siendo prendido por un encendedor plateado.
Enarcó una ceja. Nunca, en todos los años que conocía a Shikadai, lo había visto fumar, y por lo que veía no era un amateur.
Este notó su curiosidad, puesto que lo alejó un poco de sus labios luego de dar una calada y sentir aquel humo acceder por su garganta y ser expulsado por sus labios, otorgándole una sensación placentera.
—Son de mi padre. No es activo, pero desde que su sensei murió comenzó a fumar en momentos difíciles... No sabe que se los quito usualmente —explicó al sentir aquellos ojos ónix fijarse en él con curiosidad.
Su pálida mano subió por su pecho, sintiendo la calidez que emanaba. Era extraño; a veces, Shikadai tenía una temperatura corporal demasiado fría, pero en ocasiones como esa era caliente.
Aplastó su mejilla contra su pecho, pudiendo así escuchar el suave latido de su corazón a través de su camiseta gris.
—¿Y tú, tonto? —preguntó en un hilo de voz, subiendo la mirada nuevamente—. ¿Lo haces en momentos difíciles?
—No —respondió Shikadai con una pequeña sonrisa—. Me gusta, es relajante. Lo hago a cualquier hora aquí en casa.
Meditó sus palabras, aspirando un poco el humo que desprendía aquel cigarro. Era adictivo, a decir verdad. Una idea surcó por su mente, que la hizo sonreír abiertamente.
—Quiero probarlo —dijo con seguridad, acomodándose sobre las piernas del jōnin—. Ya.
La miró con cierta sorpresa, luego de haberle dado otra calada. Era incómodo dejar ir ese delicioso y relajante artefacto, pero no podía negarle una aventura a su compañera de noches.
—¿Segura? No quiero a tus padres golpeando la puerta porque hice que su hijita fuera una adicta —bromeó con esa arrogante y tentadora sonrisa torcida de marca Sabaku No.
—No seas idiota, llorón. Solo es un poco, quiero ver si es la gran cosa.
Miró divertido a Sarada, que tenía los brazos cruzados y esa expresión retadora en su rostro idéntico al de Sakura Uchiha, con grandes gestos de su padre. Suspiró, colocando con parsimonia y coqueteo el cigarro entre los suaves labios de la pelinegra.
—Ahí. Aspira, y bota... Así es.
—Vaya... Creo que ya entiendo tu gusto —se rió con orgullo, arrebatándole el cigarro para quedárselo ella.
En realidad, lo agarraba con torpeza, lo normal para una primera vez. No pudo evitar verla con ganas de echarse a reír, pero por una parte aquello lo prendía. Parecía una imagen de revista no apta para menores.
Intento dejarla disfrutar de ese cigarro un rato más, pero no podía. La Uchiha ejercía presión sobre su entrepierna al estar sentada sobre él, y sus gestos al fumar eran, realmente, encantadores y algo tiernos.
Cuando su erección se hizo presente, supo que no podía alargar la espera por más que quisiera. Dejó el encendedor encima de la mesa, le arrebató el cigarro que no iba ni por la mitad y lo aplastó en el suelo con su zapato, sin importarle que la madera se ensuciara.
—¡Hn!
Cargó a Sarada, enredando sus piernas alrededor de su cintura. La confusión en su rostro se desvaneció al entender las intenciones del Nara, y se transformó en una coqueta sonrisa.
Llevarla a su habitación no fue nada difícil. Ya era una rutina que, felizmente, se había acostumbrado.
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N/A: Por fin, ustedes pidieron un capítulo más largo, y aquí está. Solo espero que no haya sido tedioso.
Midori no es insufrible, sería extraño que le hiciera bashing a mi OC. Simplemente es la forma en que Sarada la ve. La chica tiene buenas intenciones... por ahora.
Un largo momento Shikatema porque son la pareja secundaria después de todo, y lo necesitaba. Me encantan.
Tengo el headcanon de que Shikadai tomó el hábito de fumar, y que Shikamaru no lo dejó del todo. Me partió el corazón la escena de mi bebé luego de la muerte de Asuma con el cigarro, y no podía dejarlo por fuera.
Después de todo, el fic se llama Nicotina.
¡Gracias por sus comentarios! De verdad, me inspiran a seguir. Amo sus consejos y no saben cuánto me alegra recibir la notificación.
