Capítulo 3. El silencio (Bella POV)
Bella acaba de soltar la mano de Esme después de agradecerle silenciosamente su actuación. Se sentía tranquila y segura, hacía mucho tiempo que no se encontraba de esa manera. Agradecía en su fuero interno que Esme no la hubiera regañado por caerse del taburete, y agradeció en un silencio aún más grande y más profundo, a aquel chico que la cogiera. A pesar del susto era consciente de que si no lo hubiera hecho habría terminado en el suelo con bastante dolor.
Esme continuaba hablando ahora contaba algo del jardín y de las flores y de lo que le gustaba cuidarlas, de lo bonito que estaba ahora en los comienzos de la primavera y comentó algo de un columpio y le preguntó si ella quería ir. Cuando escuchó esto Bella se tensó, le apetecía salir de aquel salón y sentirse libre y los columpios siempre habían conseguido esa falsa sensación, así que intento por todos los medios hacerle entender a Esme que si quería ir al columpio.
Se puso de pie dejando a un lado la mantita rosa que la tapaba y cogió la mano de Esme señalando con la otra y la muñeca el jardín. Esme sonrió y entendió lo que la pequeña quería así que abrió la gran puerta acristalada de su despacho, que daba al jardín directamente, y guió a la pequeña al columpio. Una niña de su edad seguro estaba esperando que ahí la llevara, Esme dudaba mucho que las flores y las plantas tuvieran algún interés para ella.
Esme cogió la mano de la pequeña Bella con fuerza, a lo que ella reacción con un leve temblor que cesó en unos segundos, y la llevó a un pequeño jardín que parecía secreto y que ahora se encontraba lleno de flores blancas, amarillas y rojas por doquier, algunas campanillas moradas adornaban el alto de los cipreses, colándose entre ellos como queriendo coronarlos en su majestuosidad. En esa zona del jardín la luz se filtraba a través de las flores y daba un ambiente mágico al lugar. Bella se maravilló al llegar al lugar y se quedó mirando fijamente el columpio que allí colgaba, era un pequeño tablón de madera blanco, sujeto grácilmente con unas cuerdas blancas que parecían lianas. De nuevo en las cuerdas observó las mariposas azules, iguales a las que colgaban de su dosel. Sin darse cuenta se acerco de manera lenta al columpio, pero al llegar observó que estaba demasiado alto para que ella pudiera subir por sus propios medios. Giró su cara hacia Esme y está entendió su mensaje y con delicadeza y manteniendo cierta distancia la cogió en sus brazos y la posó sobre el columpio. Bella se agarró fuertemente a las lianas y coloco la pequeña muñeca de trapo dentro de camiseta para evitar que cayera con el movimiento. Esme se colocó detrás de ella y comenzó a empujar suavemente el columpio para que el vaivén comenzase.
Bella se sentía flotar, ese era el lugar en la tierra más cercano a su lugar feliz. No había dolor, no había preocupaciones en ese momento, sólo el aire que rozaba su cara como una dulce caricia, sólo el sol calentando su rostro y su cuerpo con esos rayos delicados que la primavera traía.
Bella se había puesto unos pantalones vaqueros y una camiseta blanca de manga larga. Ahora, en la tranquilidad del columpio y con el suave vaivén, pensaba que llevaba un año o más vistiéndose sola, sin dejar que su madre la viera desnuda, aún recordaba las excusas que daba por sus moratones, siempre la llamaban torpe porque en los brazos en las piernas llevaba algún que otro morado. Se cansó de poner excusas y comenzó a bañarse y vestirse sola, era más fácil así simplemente... aunque a veces la sangre que salía de su cuerpo la asustaba, había aprendido a curarse y tapar cada marca que él le hacía. Nadie se extrañaba de que fuera siempre con manga larga, por suerte donde vivían el tiempo nunca acompañaba demasiado y llevar manga larga no era algo extraño. Así era más fácil. Estaba perdida en sus divagaciones cuando de repente escuchó la dulce voz de Esme tarareando una melodía suave que ella no reconoció, cuando prestó más atención escucho la música de un piano sonando a lo lejos acompañando esa melodía. Era bonita pensó Bella para si misma y sin saber cómo una pequeña sonrisa escapó de sus labios a la vez que cerraba los ojos y sin pensar sólo se dejó llevar por el vaivén del columpio y el sonido de la dulce voz de Esme y las notas del piano lejano.
Esme que miraba con atención a la pequeña Bella en el columpio vio ese sutil cambio y pensó que sería duro pero no imposible conseguir curar sus profundas heridas. Agradecía a su hijo que tocara, le ayudaba a relajarse y ahora era ella la que se podía perder en sus recuerdos, estar en ese jardín secreto con Bella, era como estar de nuevo con ella... es curioso pero esa pequeña nunca sabría que al igual que Esme curaría sus heridas, sería ella quien curara las heridas de Esme.
Había pasado alrededor de media hora en la que Esme y Bella compartieron un silencio agradable y dulce que las llevó a las dos a momentos felices y no tan felices de su vida, cuando un impaciente Carliste apareció tras Esme. Le dio un pequeño toque en el hombro, Esme pegó un pequeño brinco que pasó inadvertido para Bella y sonrió a su marido. Ni siquiera habló sólo le miró y él comprendió que no debía interrumpir ese momento. Carlisle vio la sonrisa de la pequeña en el columpio y una furtiva lágrima resbaló por su mejilla. Esme besó la lágrima sobre la mejilla de su marido sin dejar de prestar atención al vaivén de la pequeña que tenía delante. Carlisle antes de que Bella pudiera ser consciente de su presencia se alejó en silencio y con el pensamiento puesto en ella.
Pasado un tiempo Esme decidió que ya era suficiente columpio por hoy y fue frenando suavemente a Bella. Bella ni siquiera fue consciente de que estaba frenando en su vaivén, su cabeza estaba muy lejos de allí, pensando en días felices en casa con su madre y su padre a su alrededor, sus sonrisas eran tan claras que Bella por unos instantes había olvidado donde se encontraba. Ella estaba en casa jugando con su madre, mientras su padre las observaba con ese amor distante que el jefe de policía había impuesto. Bella sonreía y era una niña, entonces él no existía, él no estaba en su vida, entonces era feliz. Cuando Bella sintió la mirada de Esme sobre ella, se sobresalto levemente y comprendió que había acabado del tiempo de juegos. Esme la bajó del columpio y ella saco de su camiseta la delicada muñeca y la apretó de nuevo con la mano contra su pecho. Entonces Esme fue consciente de la muñeca que Bella llevaba en su mano. Mil pensamientos se arremolinaron en su cabeza, como habría conseguido esa muñeca? Se supone que estaba perdida, hacía años que no la veía, como la pequeña Bella la habría encontrado? Ella estaba segura que en el cuarto donde Bella se alojaba no estaba... así que se atrevió a preguntar con cautela:
- Isabella pequeña, dónde encontraste esa muñeca? - Esme espero paciente que la pequeña hablase, pero la pequeña sólo se tensó y abrazó con fuerza la muñeca sobre su pecho, cerrando su cabeza alrededor de ella, temiendo que Esme se la quitara, a lo mejor no podía cogerla, se asustó y comenzó a temblar. Entonces alargo la mano con la muñeca y se la tendió a Esme mientras las lágrimas traicioneras comenzaban a brotar de sus ojos.
- No pequeña, no he dicho que me la devuelvas – le sonrío Esme tranquilamente – sólo pregunté donde la encontraste, es una muñeca muy especial que creía perdida hace tiempo.- continuó con voz lo más calmada posible, escondiendo sus nervios - Pero puedes quedártela sólo tienes que saber que se llama Leticia y que debes cuidarla mucho.
- Le-ti-cia – susurró la pequeña Bella despacio casi para sí, tan bajito que nadie más que la muñeca pudo escucharla. La volvió a abrazar sobre su pecho y continuó andando de la mano de Esme.
Llegaron rápidamente a la casa pero no entraron por la puerta del despacho que habían salido, Bella se dio cuenta enseguida que se dirigían a otro lugar lo que la tensó levemente. Cuando atravesaron las cristaleras Bella vio un hermoso salón en tonos blancos y cremas. En el centro de la sala había unos grandes sofás de piel que rodeaban una gran televisión, a la derecha se encontraba una mesa gigante de cristal, la más grande que Bella había visto nunca y estaba rodeada de finas sillas en color marfil. A la izquierda había un pequeño altillo y de ahí provenía suave una melodía que salía de un gran piano de cola negro. Al piano se encontraba el chico de cabellos cobrizos. Tenía los ojos cerrados y tocaba una melodía que a Bella le pareció triste, pero que acompañaba, de manera perfecta, en esos momentos a su corazón. Inconscientemente soltó la mano de Esme y se acercó al piano. Cuando se sintió demasiado cerca se detuvo y se sentó en el suelo. Esme se quedó observando en silencio toda la situación. Bella observó al chico de cabellos cobrizos maravillada por el rostro calmado que tenía y la soltura con que sus manos se movían por el piano, parecieran mariposas que se posaban rápida y suavemente sobre las teclas haciendo que un maravilloso sonido surgiera del gran piano. Cuando la música se detuvo todos oyeron algo que les sorprendió:
- Por favor continúa. - Una bajita y fina voz se escuchó con claridad en aquel gran salón. Bella había roto su silencio de manera inconsciente pues quería seguir escuchando aquel maravilloso sonido. Edward al entender que esas palabras eran porque él había parado de tocar comenzó de nuevo a tocar una alegre sonata que recordaba.
Esme casi rompe a llorar ahí mismo al escuchar la linda voz de esa pequeña que se encontraba en el suelo. Su hijo sin siquiera mirar a la pequeña empezó a tocar de nuevo y volvió a cerrar los ojos. Ella se sintió completa por un segundo. Era todo tan familiar, tan fácil que cuando sintió unos brazos que la rodeaban pensó que iba a caerse, pero como siempre su marido la sostendría. No queriendo romper el embrujo que en la sala se había formado, Carlisle y ella se dirigieron a la cocina.
Bella siguió asombrada escuchando las dulces melodías a la vez que apretaba fuertemente a Leticia contra su pecho. Desde ahora estaba segura que su lugar feliz ya nunca sería silencioso, estaría lleno de esas melodías que ella estaba memorizando y atesorando en su mente. Cuando tuviera que volver no habría dolor, no habría pena pero si habría música, esa música que surgía de aquel gran piano negro. De aquellas manos que la habían sujetado con delicadeza para que no cayera y que ahora traían esas melodías que la llenaban por completo. En ese momento Bella tuvo una revelación que se le presentó clara y firme, esas manos nunca podrían hacerle daño. Tomando un poco de valor se levantó del sueño y se acercó al piano, sin notar que Edward la observaba con los ojos entrecerrados. Ella rodeó el gran piano acariciando cada borde como si fuera el objeto más preciado que nunca había tenido entre sus manos. Cuando se fue a acercar a la banqueta del piano deshizo su camino y de nuevo se alejó y volvió a sentarse en el suelo escuchando las delicadas melodías que inundaban la sala y dejándose llevar por el calor de la luz del sol que se filtraba por los amplios ventanales.
Así pasó la mañana y gran parte de la tarde, sólo se levantó para comer cuando Esme la hizo acompañarla a la cocina. Cómo prometió comieron solas. No supo donde comieron Edward y Carlisle pero supuso que en el gran comedor, porque cuando terminaron y volvió a su lugar Edward seguí tocando el piano como si no se hubiera levantado del lugar. Ni siquiera fue consciente de que el grandullón de Emmet no se encontraba en la casa. Nada, ningún ruido interrumpía el agradable silencio que habitaba todo el lugar, salvo las dulces melodías del piano, algunas alegres, otras tristes, otras transmitían sentimientos que Bella ni entendía pero que llenaban su corazón y su alma de una extraña manera.
Alrededor de las 6 de la tarde un fuerte golpe en la puerta sobresaltó a la pequeña Bella que seguía inmóvil, sentada en el suelo, con la muñeca entre sus brazos, meciéndola como si quisiera dormirla. Cuando la puerta del comedor se abrió Bella se asustó y se levantó, dentro de su torpeza, todo lo rápido que pudo y se dirigió a su habitación. Cuando llegó cerró la puerta y comenzó a respirar pesadamente, intentando tranquilizar la respiración que se había vuelto agitada. Unos segundos o minutos después alguien tocó la puerta. Bella no habló sólo esperó de pie a que la puerta se abriera. Cuando se abrió reconoció unos brillantes ojos verdes... Esme la observaba con cautela y le preguntaba si se encontraba bien. Bella sólo asintió con la cabeza se dirigió hacia la cama. Allí se sentó mientras que Esme entraba y cerraba la puerta tras de sí.
- Pequeña no debes asustarte por Emmet, él es algo brusco pero muy bueno, es sólo un niño grande que a veces olvida que no todo el mundo entiende sus juegos. Te apetece cenar algo? - se aventuró a preguntar Esme, esperando escuchar de nuevo esa fina voz. Pero nada salió de los labios de Bella.
- Bueno como veo que no lo tienes claro dentro de un ratito te traeré mi famoso sandwich de queso fundido con mantequilla, estoy segura de que te encantará. - Y sonriendo salió de la habitación. Bella hubiera querido decir a esa dulce mujer que le encantaba el sandwich de queso pero su voz no salía de su garganta.
Una vez a solas en la habitación se puso a recordar las melodías que habían acompañado su día, las rememoraba una y otra vez intentando grabarlas a fuego, sobre todo una que había tocado Edward en varias ocasiones, era como una nana, porque parecía que incitaba a irse a dormir. Esa era la más especial de las piezas que sin duda había tocado, o al menos así se lo parecía a ella. Sin darse cuenta comenzó a tararearla suavemente al oído de Leticia mientras que una pequeña sonrisa escapaba de sus labios. Bella pensó que si no fuera por el bruto de Emmet estar en aquel lugar no sería tan malo.
No fue consciente de cuando tiempo pasó cuando Esme entró con una bandeja entre sus manos. Encima había dos bonitos platos cada uno con un sandwich de queso que a Bella le pareció enorme, y dos vasos con zumo, supuso por el color que serían de naranja. Esme se sentó a su lado y comenzó a hablarle mientras le entregaba el plato con su sandwich:
- Creo que debo explicarte la rutina que vamos a seguir Isabella. Por las mañanas después de que los chicos vayan al instituto nosotras daremos unas cuantas clases, que estés aquí querida no quiere decir que descuidemos tu educación. Después comeremos algo y por la tarde comenzaremos con tus sesiones. Voy a necesitar que hables conmigo pero tendremos paciencia con eso, aunque tienes una voz muy bonita – Bella se sonrojó furiosamente cuando Esme le dedico ese halago – Después de nuestra sesión que durará como una hora u hora y media tendrás tiempo para jugar o hacer lo que quieras hasta la hora del baño. Se que te bañas tu solita así que sólo te diré que si necesitas ayuda me lo hagas saber como puedas. Después cenaremos y creo que leeremos un poquito juntas y luego a dormir. Has comprendido Isabella? - Bella asintió lentamente con la cabeza y de nuevo quiso hablar pero las palabras no salieron de su garganta. Quiso preguntar si podría volver a escuchar música, quiso decir muchas cosas pero nada salió de su boca.
Así acabó su segundo día en aquella casa. De alguna manera extrañaba a sus padres pero se sentía segura en aquel lugar así que pensó que sería mejor acostumbrarse a todo aquello, porque parecía que iba a quedar por mucho, mucho tiempo allí.
Cuando acabó de cenar Esme se llevó los platos y le dio un beso en la frente. Ella sólo miro al vacío y espero a quedarse sola de nuevo. Cuando Esme desapareció se fue hacia el baño y se duchó. Al ver su cuerpo desnudo se dio cuenta de que tenía varias marcas en los brazos y en las piernas. Prefirió no mirar y se metió bajo el agua caliente lo que la relajó de inmediato. Cuando comenzó a enfriarse salió de la ducha y vio que había un albornoz con capucha de color blanco con algunas flores rosas. Se lo puso y salió a la habitación. Buscó en el armario su pijama y se lo puso.
Cuando se iba a acostar se dio cuenta de que tenía el pelo demasiado mojado, conociendo su suerte si no se lo secaba se constiparía... se acercó al baño e intentó buscar algún secador pero no encontró ninguno, así que se aventuró a salir de su cuarto. Abrió un poquito la puerta y se asomó, escuchó suaves voces abajo en el comedor, pero no escucho nada en el pasillo en el que se encontraba, así que salió al pasillo y se encaminó hacia la escalera. Bajo a penas dos escalones cuando se quedó paralizada, no podía moverse, no podía hablar cuando vio a Edward frente a ella, no supo como reaccionar.
- Qué haces aquí pequeña? - Bella no respondió estaba a punto de gritar cuando él lo hizo – Mamá! Mamá! Isabella está en la escalera creo que te necesita. - Bella se quedó más paralizada si cabe. Edward por el contrario se alejó lentamente de ella con los brazos en alto y sin dejar de observarla. Esme apareció detrás de él y comprendió que lo que Bella necesita.
- Vamos pequeña sube conmigo te secaré ese pelo, olvidé dejarte un secador en el baño, perdona, a veces soy un poco distraída. - Dijo Esme con una sonrisa y le agradeció silenciosa a su hijo por el aviso. Cogió de la mano a la pequeña y la llevo hacia el cuarto de baño donde amorosamente le secó y peinó su larga cabellera, a la vez que tarareaba la canción que tanto le había gustado escuchar ese día.
Así, con esa dulce melodía en la cabeza, abrazada a la pequeña Leticia, terminó por dormirse deseando no soñar, no sufrir esta noche... no volver a verlo a él.
