Capítulo Tres: One Hundred Failures Of Life

Intentó ignorar los chillidos molestos, pero aquello resultó ser completamente imposible, sólo continuó observando como los tres elfos domésticos frente suyo se miraban unos a los otros con nerviosismo en sus miradas.

— ¡Los asesinaré! ¡No se atrevan a hacerlo porque juro que les arrancaré sus asquerosos dedos uno por uno!

Uno de los elfos dio un paso hacia atrás, asustado ante las amenazas que estaba recibiendo. La pequeña criatura mantenía sus escuálidas manos juntas, retorciéndolas con inquietud, para luego alzar sus enormes ojos verdes y observar a su amo con miedo.

—Amo Malfoy… — él susurró con fina voz, sin saber qué hacer.

Y otra vez los gritos comenzaron a retumbar.

— ¡Criaturas estúpidas! ¡No se atrevan a hacerlo!

Draco contempló al elfo y luego movió la mirada por detrás de él, captando al instante el retrato que contenía la figura furiosa de Damaris Malfoy. Ella fue la esposa de Abraxas Malfoy, su abuelo paterno, pero murió a una temprana edad por causas que nunca se supieron. Sin embargo, no había dudas de que había sido una hermosa mujer; lucía joven, quizás en sus cuarenta. Su largo y ondulado cabello castaño caía a ambos lados de su rostro, y su fina piel era tan pálida como la de Draco, ni siquiera había un tinte de rubor en sus mejillas. Ella vestía un largo y refinado vestido negro.

El rubio notó como las elegantes facciones de la mujer se endurecían hasta el extremo, mientras que de su boca continuaban saliendo protestas insoportables. Sus ojos avellanas destellaban de una ira que era palpable en el ambiente, y, por un instante, Draco no pudo evitar compararla con un cuervo enfurecido. La mujer continuaba chillando como desquiciada a los elfos, descargando su rabia en ellos, quienes sólo la miraban aterrados.

Draco seguía escuchando sus amenazas, sintiendo como un dolor punzante comenzaba a formarse en medio de su cabeza ante sus gritos. En ese momento, él comprendió por qué su retrato había sido colocado en la parte más desolada de la Mansión, en medio de un largo pasillo que sólo los elfos transitaban cuando era necesario.

Lucius nunca había hablado de ella, y, en las pocas veces que había estado con su abuelo, él tampoco lo había hecho. Ninguno de los dos hombres jamás le contaron lo qué había sucedido con Damaris Malfoy, o la razón de su muerte. La única información que había encontrado sobre ella, era que su retrato se encontraba lejos de la parte habitada de la Mansión Malfoy.

— ¡Malditas bestias inmundas! ¡Soy una Sangre Pura, soy su superior, y tienen que obedecerme! — la mujer continuó vociferando con odio, y su boca se abrió nuevamente para continuar haciéndolo—. ¡Ustedes, asquerosos, repugnantes criat…!—

—Cállate.

Eso fue todo.

Damaris Malfoy corrió al instante su mirada de fuego de los elfos frente a ella para localizar la fuente de aquella demanda. Rápidamente, se encontró con los fríos ojos de Draco, quien estaba apoyado en la pared a unos pocos metros del retrato, contemplándola con completa indiferencia.

La boca de la mujer había quedado abierta en una amenaza que nunca pudo terminar de salir de su garganta, pero, al notar la figura del rubio, su boca comenzó a cerrarse lentamente. No dijo palabra alguna por algunos segundos, pero luego en sus ojos avellana apareció un resplandor de comprensión y sus labios formaron una fina línea recta.

—Mi propio nieto… mi propia sangre — ella murmuró con una frialdad que haría honor a su apellido de casada—. No me sorprende… claro que no… — continuó murmurando sin quitar su vista de él.

Draco ignoró sus comentarios y volvió su mirada a los elfos, quienes ahora lo observaban expectantes, pero aún con miedo brillando en sus grandes ojos.

—Háganlo.

Los tres elfos asintieron levemente con sus cabezas antes de dar un paso hacia el retrato, pero Damaris Malfoy había escuchado esto último e instantáneamente la ira retornó con mucha más fuerza.

— ¡Cómo te atreves, maldito niño! — comenzó a gritar de nuevo, y los elfos, inseguros, detuvieron su camino al instante, mas ésta vez notando que aquellos gritos no eran para ellos, sino para su amo—. ¡No tienes ningún derecho! ¡Ninguno!

Su voz gritona volvió a recorrer los oídos del rubio con molestia, pero su rostro siguió impasible.

— ¡Eres una vergüenza! ¡Pagarás por esto!

Draco notó como las manos de la mujer se transformaban en puños y, de pronto, ya no existía más belleza en ella. Se separó de la pared, observando como los elfos acababan de llegar al retrato y comenzaban a colocar sus esqueléticas manos en los costados inferiores del marco.

Sólo segundos tardó el pasillo en repetir el eco del grito horrorizado de la mujer, un grito propio de una Banshee. Su perfecto rostro se había contorsionado en una terrible mueca de espanto al ver como aquellos elfos domésticos empezaban a mover su retrato de su lugar en la sucia pared.

— ¡No, no, no! ¡Deténganse, deténganse ahora mismo! — ella rugió con violencia y horror, pero ninguna de las criaturas se molestó en hacerle caso—. ¡Estúpidos! ¡Malditas bestias! ¡Se pudrirán como la inmundicia que son!

Draco ya había tenido suficiente de sus gritos y decidió que era momento de largarse de allí. Giró su cuerpo y dejó que sus piernas lo guiaran lejos de aquel pasillo. Sin embargo, no logró dar ni dos pasos cuando los gritos de Damaris Malfoy llegaron a sus oídos nuevamente.

— ¡Tú! ¡Tú tienes la maldita culpa! — la escuchó exclamar tras su espalda, pero no se giró, sólo comenzó a caminar, alejándose de allí—. ¡Mi hijo tenía razón! ¡Lucius estaba en lo cierto! ¡Siempre lo estuvo!

Fue en ese instante, justo cuando aquellas palabras llegaron a su mente, que Draco Malfoy se detuvo por completo.

Su cuerpo de repente se sintió rígido, tenso. Sus ojos quedaron fijos en la oscuridad del pasillo, y la frialdad del mismo abrazó su cuerpo. Pudo sentir una brisa helada caminar por su lado y desaparecer lentamente. No se giró, continuó estancando en su sitio, mientras que los gritos seguían llenando el lugar sin descanso.

— ¡Tú eres su mayor fracaso! ¡Estaba tan decepcionado de tenerte como hijo! ¡Eras débil y lo sigues siendo! ¡Eres una decepción! ¡Lucius siempre lo decía! ¡Siempre!

Su voz estaba rebalsada de odio y satisfacción al notar cómo aquello había comenzado a afectar a Draco. Ella acababa de tocar un hilo nervioso en él, y lo estaba disfrutando de una forma tan perversa.

El rubio sabía eso también. No era estúpido como para no sentirlo, pero, aún así, siguió parado en medio del pasillo, sin moverse un centímetro, mientras que los gritos malignos de la mujer no se detenían.

En algún rincón de su mente, Draco sabía que no había razón alguna para dudar de lo que salía de la boca de la mujer. Aquello sonaba como algo que diría su padre, como algo que él mismo había escuchado tantas veces. Entonces, ¿por qué sentía un extraño dolor en su interior? ¿Por qué le afectaba tanto la realidad que Damaris Malfoy estaba gritando? ¿Por qué si desde hace tantos años él ya se había acostumbrado a esa verdad?

Lucius Malfoy jamás había sentido algo más por él que sólo molestia. Todo lo que Draco había hecho para ver en los desalmados ojos de su padre algo de orgullo, nunca había sido suficiente. Nunca recibió la mirada que tanto buscaba, y su padre siempre se había encargado de recordárselo. Sus palabras se habían clavado en su interior, pero, a pesar de sus intentos por cambiar la idea que Lucius tenía de él, el joven rubio siempre supo que nada cambiaría la concepción de su padre.

Draco seguiría siendo una carga, un error irreparable… un punto en la línea de la familia que no se podría eliminar por completo. Y lo aceptó. Se tragó su dolor y siguió trabajando en sus intentos desesperados por ganarse la apreciación de un hombre incapaz de amar. Por años lo hizo, y, aún ahora, sentía que continuaba haciéndolo. Después de que las mismas decisiones lo llevaran a la miseria que era su vida, él se veía como una máquina programada para seguir sintiendo el desprecio de su padre, un ser sin alma con un vacío lleno de oscuridad.

Eso no cambiaría.

Él estaba bien con eso, porque su mente ya había sucumbido ante esa realidad. En ese instante, todo dentro de él se enfrió completamente, transformándose en una pieza de hielo inquebrantable.

— ¡Traidor! ¡Eres un traidor! ¡Una vergüenza para la familia! ¡Una vergüenza para mi hijo! ¡Lucius lo sabía! ¡Él lo sabía, maldito niño!

Las palabras continuaban, y a su paso su interior se congelaba aún más. Draco las escuchaba, oía como aquella mujer, cuya misma sangre corría por sus venas, gritaba con arrebato, como lo maldecía y amenazaba, mientras que los elfos intentaban bajar su retrato con terror.

— ¡No puedo creer que seas mi nieto! ¡Sólo eres una decepción!

Las hojas amarillas revoloteaban a su alrededor, creando una danza única de otoño. El pasto bajo sus pies estaba repleto de ellas, algunas con tonos más naranja y escarlata; era como si estuviese parado sobre una extensa manta natural. Era un extraño día hermoso. El cielo parecía haber sido pintado de color celeste con una brocha, ya que no podía verse ni una sola nube en él. Y no había viento, sólo una suave brisa que jugueteaba con sus cortos mechones rubios.

Algunos pájaros cantaban libremente, otros se dedicaban a volar a unos cuantos metros sobre la tierra. El sonido de los árboles llegaba lentamente, los pocos que aún tenían hojas en ellos se encargaban de crear una sinfonía final. Sin embargo, él parecía ignorar todo aquello. Sus ojos grises jamás se habían movido del mausoleo que se alzaba frente a él. El monumento era grande y pulcro: dos largas columnas de cerámica se situaban en ambos lados de la entrada, y en el centro habían dos escalones, del mismo material, que llevaban a una enorme puerta negra con extraños pero hermosos diseños en ella. Sus paredes anchas eran, al igual que las columnas y escalones, de cerámica blanca. Eso lograba que el sepulcro resaltara entre el paisaje otoñal.

Él observó detenidamente cada detalle del lugar, notando las rosas rojas en la entrada del mausoleo y la escritura sobre una placa reluciente de plata que se encontraba en la puerta negra.

Severus Snape

Cuando los mares y las montañas caigan

Y llegue el final de mis días

En la oscuridad escucharé un llamado

Llamándome hacia aquel lugar

Allí donde iré

Y volveré

1960 – 1998

Sintió los rayos del Sol acariciar su pálida piel, vio algunas hojas secas adherirse a sus zapatos negros, en un llamado de atención, y escuchó como los pájaros aumentaban el volumen de su canto. Pero su mirada jamás se movió, sus ojos estaban fijos en aquella placa.

Una sensación agria se formó en su boca al entender.

Sus puños se cerraron, pero su cuerpo siguió detenido frente al mausoleo. Sin embargo, su mente no dejó de hacerse la misma pregunta: ¿Por qué? ¿Por qué tuvo que morir? En ese momento, una ya conocida emoción transitó en su interior. Una emoción de la que intentaba escapar. No debería sentir lo que estaba sintiendo, sabía que estaba mal, pero era inevitable.

Si, era cierto, Snape estaba muerto, aquello no era una noticia. Mas estar frente a su tumba había encendido un incómodo dolor en él. Y ahora sólo quería que esa sensación desapareciera. No podía soportar esa opresión en su pecho, era como si alguien lo estuviera apuñalando una y otra vez. Y en algún lugar de su cabeza sabía perfectamente cuál era la razón, pero era mejor no verla… era mejor que continuara escondida en las penumbras de su mente.

Severus siempre fue una gran persona.

Escuchó la voz de una mujer detrás de él, pero no se giró. No era necesario hacerlo para reconocer a Minerva McGonagall.

Después de tantos años de conocerlo, él jamás cambió. Era alguien difícil de tratar y algo tenebroso, pero con el pasar del tiempo comencé a entender su silencio — la nostalgia en su voz era palpable—. Debemos recordarlo como lo que fue, como un gran hombre, con fuertes convicciones y una fidelidad inquebrantable.

No dijo nada, pero sus ojos no se habían movido de su lugar. Algunos segundos después, escuchó como las hojas en el pasto comenzaban a quebrarse bajo los pasos de aquella mujer, quien se acercó lentamente hacia él hasta colocarse a su lado.

Los dos quedaron en silencio, dejando que sólo la brisa interrumpiera sus pensamientos. No había mucho para decir, las cosas habían estado claras desde hace mucho tiempo. Ahora sólo quedaba en el aire la sensación de pérdida, una que no sólo él conocía muy bien.

El ser humano siempre reaccionó de la misma manera ante esas situaciones: las personas mueren y, los que siguen con vida, sufren por eso, pero luego continúan con sus vidas, olvidando el dolor y la tristeza momentáneamente hasta que otra persona fallece y todo vuelve a repetirse otra vez. Es un círculo que todos transitamos, que todos sufrimos… que todos arrinconamos en el lugar más profundo de nuestro ser. Tal vez está en nuestra naturaleza, tal vez no podemos cambiarlo. Tal vez es nuestra forma de soportar el dolor.

Tenemos que pasar por esas situaciones para comprender, pero eso es todo. A veces no hay respuesta alguna, a veces debemos pasar por eso solos… A veces, esa es la patada que necesitamos para abrir los ojos.

Penar no tiene por qué ser una vergüenza, Señor Malfoy — la oyó decir lentamente—. Hay momentos en los que es necesario dejar salir el dolor, sino éste consumirá lo poco que nos queda de paz.

McGonagall tenía razón, él mismo lo sabía, pero no podía hacerlo. Aquello estaba más allá de su propio alcance.

Eso nunca funcionó conmigo — Draco respondió con simpleza y con un tinte de indiferencia.

La mujer no dijo más nada, y él joven rubio lo prefirió de esa manera. Ambos quedaron en silencio nuevamente, sus miradas perdidas en algún lugar del sepulcro. Ambos aceptando la partida de diferentes maneras.

Los segundos comenzaron a desaparecer, los minutos a transcurrir, pero en el cielo celeste nunca apareció una nube que rompiera su hermosura. Los pájaros cantaban alejándose con rapidez, creando piruetas en el aire. Mientras que el olor frío y antaño del bosque se adentraba en sus fosas nasales melancólicamente.

Él te valoraba… Te entendía mejor que nadie — McGonagall musitó con tranquilidad—. Severus te apreciaba mucho, no porque eras un Slytherin, o porque el apellido Malfoy decoraba tu nombre… o, incluso, porque era tu padrino. Lo hacía porque sabía que no ibas a fallar.

Draco al oír aquello sintió que algo se movía en su interior, algo que dolió demasiado.

Yo fallé… cometí errores — dijo, frunciendo levemente los labios.

Sintió a la mujer suspirar a su lado, pero nunca giró su cabeza para observarla. No quería hacerlo.

¿Y quién no lo hizo? Todos cometimos errores, yo lo hice, el mundo entero lo hizo… pero él sabía, yo sabía que ibas a arreglarlos, porque tú eres una buena persona.

Ese fue el único incentivo que Draco necesitó para correr sus ojos del sepulcro y posarlos en la figura de la Directora de Hogwarts. La mujer lucía cansada, su expresión normalmente severa había sido reemplazada por una extenuada. Su rostro estaba repleto de arrugas que sólo demostraban como los últimos años la habían consumido. Sus ojos verdes podían verse opacos detrás de sus gafas cuadradas, más opacos de los que él recordaba. Tal vez lo único que seguía en su lugar era su cabello negro recogido en un apretado rodete, y su común vestimenta que consistía en una túnica verde esmeralda.

La observó fríamente, olvidando que alguna vez ella había sido su profesora y, ahora, actual directora del colegio en el cual había transcurrido una gran parte de su vida. Quería decirle tantas cosas, pero no… no debía hacerlo. Era inútil incluso intentarlo. Quiso reír. ¿Él? ¿Buena persona? Por primera vez en mucho tiempo sintió ganas de largar una fuerte carcajada. Él era de todo menos bueno, una persona como él no podría definirse necesariamente como "buena".

No soy una buena persona — musitó con frialdad, contemplando a la mujer a los ojos—. Usted no sabe nada sobre mí, sobre lo qué hice, así que no se atreva a decirme que tengo algo bueno dentro de mí porque eso no es cierto.

A pesar de todo, el rostro blanco de la mujer pareció no inmutarse ante sus palabras, sólo lo miró sobre sus gafas con una ceja alzada levemente, mas detrás de su expresión ahora seria, todavía podían verse los rastros del agotamiento que sentía.

Quizás tienes razón. No sé mucho sobre ti, pero Severus sí lo hacía — comentó alzando su barbilla unos milímetros—. Incluso si no lo demostraba, se preocupaba por ti, te cuidaba, te protegía. Nunca lo dijo, pero yo aprendí a leer entre líneas.

Fue entonces cuando la frialdad de sus ojos grises comenzó a disiparse, dejando lugar a una mirada perdida. El interior de Draco, de un segundo al otro, se había transformado en una tormenta de profundas emociones, que se agolpaban en su pecho deseando escapar y ser libres de una vez. Pero él no se los permitió, incluso en su estado de escepticismo, no podía dejar que lo que sentía saliera de la jaula que había creado.

Podía sentir la penetrante mirada verde de McGonagall sobre él, pero la única verdad era que Draco no supo qué hacer. En ese instante, deseó jamás haber decidido ir a Hogwarts para visitar la tumba de su padrino. Snape, quien había sido una de las personas que Draco más había admirado, un mago que siempre había salido a defenderlo, alguien, quien dos años después de la guerra, era sólo un cadáver. Sin embargo, no quería creer que aquel hombre lo había apreciado más que su propio padre.

Y entonces el dolor retornaba, arrasando con lo poco que quedaba de pie en sus adentros. Quiso gritar, golpear algo, lanzar una maldición, mas su mirada continuó perdida en un universo de arrepentimiento, adentrándose en un abismo de nada.

Mientras tanto, por el rostro de McGonagall cruzó un destello de entendimiento y bajó la mirada por un segundo.

Sé que la situación en la que te encuentras no es la mejor, sé que estás pasando por un momento difícil — comenzó a hablar en un tono bajo, muy lejos de la voz rigurosa que solía utilizar—. Sólo quiero que sepas que nuestros errores, nuestras decisiones, no hacen lo que somos… somos mucho más que eso. Deberías saberlo ya que vendrán momentos en los que dudes de eso y sentirás el peso del mundo sobre tus hombros… Y es ahí donde tendrás que recordar que hubo un hombre excepcional que te estimó mucho y que confiaba en ti — al oír aquello, los ojos de Draco parecieron reaccionar y observaron a la mujer, intentando esconder la vacilación que habitaba en ellos—. Recuerda a Severus como la persona que hasta en sus últimos momentos cuidó de ti… Y, por sobre todas las cosas, recuerda que no estás solo.

Draco jamás movió su mirada, pero sus labios se sintieron tensos.

Es algo tarde para eso — murmuró casi con acidez.

McGonagall negó suavemente con su cabeza, mientras que las esquinas de su boca se alzaban en una sonrisa agotada.

Si hay algo que aprendí en todos estos años, es que nunca es demasiado tarde — mencionó, luciendo perdida en sus propios pensamientos.

¿Por qué me está diciendo todo esto? — inquirió Draco en un murmullo.

Él sabía que nunca había sido alguien que mereciera el agrado de McGonagall. Por esa razón era que sentía que allí había algo que no encajaba en la situación. Él era la última persona a la que la profesora se atrevería a hablar, pero, sin embargo, ahí se encontraban… unidos ante el recuerdo de Severus Snape.

Rápidamente, la imagen de la antigua profesora de Transformaciones llegó a su mente, la imagen de una mujer a la que nada ni nadie podía vencer, alguien quien desprendía seguridad con su sola presencia…alguien que ahora no era ni la mitad de lo que fue años atrás. El perfil de la mujer de pronto se notó más roto que nunca, las profundas arrugas en las esquinas de sus ojos y en sus mejillas caían, pintando cien años más en su persona y logrando una expresión desolada en su rostro.

Un año antes de la guerra — ella comenzó, el Sol chocando contra su cara—, antes de que todo se derrumbara, cuando Albus aún seguía con vida — ante el nombramiento de aquel hombre, Draco instantáneamente se tensó, pero no hubo signo alguno de acusación en McGonagall—, él me pidió algo, algo que debería hacer en vísperas de la finalización de la batalla si yo seguía con vida. Al principio no entendí, era difícil de comprender… Albus era una persona muy enigmática cuando quería serlo — una pequeña y decadente sonrisa curvó los labios de la mujer—. Pero luego, Severus me dijo algo, mucho antes de que muriera… sus palabras fueron exactamente las mismas que las de Albus. Y fue ahí cuando finalmente lo comprendí. Lo único que debía hacer era confiar en ellos.

Draco no entendía qué era lo que intentaba decir, pero sabía que debía preguntar. Una extraña sensación recorrió su piel.

¿De qué está hablando? — se animó a inquirir.

McGonagall quedó en silencio, mientras que la fina brisa movía algunos mechones de cabello canoso. Le regaló una última mirada al mausoleo, antes de volver sus tranquilos ojos verdes y fijarlos en los del rubio.

— ¡Eres una deshonra! ¡Mi hijo jamás se sintió orgulloso de ti!

Volteó su cuerpo e inmediatamente se encontró con el furioso retrato de Damaris Malfoy, quien soltaba maldiciones con ira, contorsionando su perfecto rostro furibundamente. Mientras tanto, los tres pequeños elfos continuaban sosteniendo el cuadro, sus delgadas piernas temblando a causa del peso del mismo.

—Desháganse de ella.

Y con esa orden, retomó su camino lejos de aquel lugar, escuchando los rabiosos gritos de una mujer olvidada entre las sucias mantas del tiempo. Sus zapatos chocaban contra el piso empedrado, creando un ruido sordo sobre los alejados alaridos de su abuela, que seguían impactando contra su espalda. Su rostro se encontraba inexpresivo y sus orbes grises tan gélidos como el hielo.

En el abismo de su interior, él sabía cuan profundo habían llegado las palabras de Damaris Malfoy. Su padre jamás se había sentido orgulloso de él, jamás lo había verdaderamente apreciado, jamás se había preocupado más allá de lo mínimamente necesario por él. Aquello era una verdad que dolía, pero en aquel momento hizo lo mejor que sabía hacer. Él enterró todo su pesar en lo más recóndito de su ser, y rellenó ese hueco con un solo pensamiento. Tal vez el único descubrimiento que había valido la pena en todos esos años.

Él no era Lucius Malfoy, nunca lo sería.

Y tampoco quería serlo.

Eso era todo lo que importaba.

Ella lo observó, permitiendo al tiempo seguir su camino, y él fue testigo de cómo el semblante de Minerva McGonagall se transformaba en una vieja laguna de melancolía.

Ambos lo hicieron… En sus últimos días de vida, ambos me pidieron lo mismo…

"Cuida a Draco"

OOO

Pequeños copos de nieve descendían lentamente desde el cielo gris, realizando un largo y tranquilo viaje que finalizaba en el pasto nevado y sobre los enormes pinos que poblaban el lugar.

Todo parecía haber sido cubierto por un grueso velo blanco; los colores no existían y lo único que resaltaba en el monótono paisaje eran los oscuros troncos de los árboles. Mientras que en la lejanía, allí donde todo comenzaba a convertirse en simples borrones, se alzaban las siluetas de monstruosas montañas que perdían sus altos picos entre las nubes grisáceas. Aquel era un hermoso paisaje de invierno para ver en primera persona, pero Hermione Granger mantenía estancada vista entre las páginas del libro en sus manos.

Lucía ajena a la belleza del lugar que la rodeaba, sentada en los escalones de madera de la parte trasera de la cabaña que llevaban al bosque frente a ella, e inmersa en ese mundo de letras tan bien conocido por ella. Sus ojos mieles se movían de izquierda a derecha a gran velocidad, y, luego de algunos cuantos segundos, sus manos, cubiertas por guantes rojos, tornaban la hoja hacia la siguiente página. Sus piernas se encontraban cerca de su pecho, utilizando sus rodillas como base para sostener el libro. Su respiración era tranquila y sus labios estaban entreabiertos, dejando salir en su respiración delicadas nubes de vapor.

Se abrazó a sí misma, luego de sentir como una fría ola de viento helado chocaba contra su cuerpo. Sentía los copos de nieve rozar en su abrigada campera muggle, la cual tenía una capucha que cubría su cabeza por completo y ocultaba la mayor parte de su rostro.

Continuó leyendo, almacenando en su mente toda la información que aquellas páginas contenían. Sin embargo, el sonido de la puerta abriéndose a sus espaladas desprendió toda su atención del libro. Al instante, pudo escuchar el piso de madera crujir ante los pasos sobre él. La sombra de una figura se proyectó frente a ella, antes de que ésta diera dos pasos más y se encontrara sentada a su lado en los escalones.

Hermione alzó la mirada, sabiendo perfectamente quién era la persona junto a ella, y lo observó. Él se encontraba igual de abrigado que ella pero, a diferencia de su vestimenta muggle, él vestía una capa negra. Su corto cabello azabache se despeinaba al viento, dejando a la vista su frente y la cicatriz en forma de rayo en ella. Él no la observaba, sino que sus brillantes ojos verdes contemplaban el paisaje frente a él. Lo analizó durante algunos minutos, notando todos los cambios que habitaban en su persona.

Por supuesto, ya no era el mismo joven de hace diez años atrás. Él ahora era un hombre maduro, alguien quien nunca había tenido una vida fácil, pero que había hecho todo lo posible para superarse día a día. Ella estaba feliz de continuar teniéndolo a su lado, más allá de todo el dolor que aún vivía en ellos.

Bajó la mirada nuevamente, posándola en el libro antes de pasar a la siguiente página, evitando que la hoja continuara llenándose con copos de nieve.

—Necesitas un gorro.

Aquel comentario tranquilo, fue lo primero que salió de su boca.

Ella no lo miraba, pero sabía a la perfección que en ese momento los labios de su acompañante ladeaban una sonrisa.

—Eso arruinaría totalmente mi imagen de héroe — él respondió en tono de broma.

Hermione alzó la mirada otra vez y la colocó en el rostro de su amigo. Miró su perfil, que no había borrado la ligera sonrisa, y de repente allí ya no se encontraba sentado un hombre de veintiocho años, sino un niño bajito y delgado de once años, con unas extrañas gafas redondas alrededor de sus ojos verdes, mientras que en su rostro podía verse una expresión maravillada ante el nuevo mundo que acababa de conocer.

Definitivamente, extrañaba a ese niño… extrañaba a la niña que ella misma había sido. Extrañaba esos años en donde la única preocupación presente era aprobar con la calificación más alta todas las clases. Quería que aquello regresara, deseaba volver al pasado y quedarse allí, en aquel pasado tan presente y tan lejano al mismo tiempo. Pero sabía muy bien que ni siquiera la magia más pura podría llevarla ahí.

Regresó a la realidad, y a su lado volvió a encontrarse sentado el mismo hombre.

—Tu complejo de héroe ya es imposible de arruinar, Harry. Así que no debes preocuparte — Hermione comentó finalmente.

El pelinegro movió lentamente su cabeza, logrando que sus miradas colapsaran instantáneamente. Él la contempló con un brillo especial en sus ojos, y ella no necesitó de ninguna explicación para comprender que él se encontraba navegando en los océanos de sus recuerdos, al igual que le había sucedido a ella algunos minutos antes.

—Tal vez tienes razón — Harry mencionó con voz madura y un gesto pensativo—. ¿Cómo crees que se verían en mí esos gorros con orejas de oso? — preguntó de golpe, tomándola por sorpresa.

Hermione, de pronto, sintió algo que hacia tiempo no sentía. Su interior parecía haberse llenado con una emoción casi forastera, una que logró que cada bello de su cuerpo se alzara estremecido. Y sin poder evitarlo, una sonrisa comenzó a dibujarse en su pálido rostro. Ella parecía incluso no haber notado que su fisonomía había sido contorsionada en una expresión que se había perdido con los años.

El mago junto a ella fue testigo de eso, y por dentro guardó aquella imagen que hace tanto tiempo no veía. En ese momento, su sonrisa era lo más parecido a un valioso tesoro que podía tener. Su amiga estaba sonriendo de nuevo. Dolor, angustia y sufrimiento no eran parte de aquel espectáculo.

Hermione sólo… sonreía.

Eso fue todo lo que necesitó para saber que aún quedaba algo en ella que podía ser salvado. Todavía había esperanzas de que volviera a ser la misma persona de siempre. Harry se aferró a ese pensamiento con todas sus fuerzas, porque eso era lo único que podía hacer en ese instante.

—Pagaría por verlo, Harry — dijo, después de que la imagen de su amigo vistiendo aquel tipo de gorro cruzara por su mente.

El susodicho largó un suspiro exagerado.

—Estoy seguro que lo harías.

Hermione negó suavemente con la cabeza, antes de volver toda su atención al libro. Ella realmente no estaba leyendo, hace unos cuantos minutos que no lo hacía; su mente estaba a kilómetros lejos de allí, perdida entre las grandes montañas en la distancia. La presencia de Harry lo único que logró fue aumentar su desconcentración. Sabía por qué estaba allí, pero era más simple ignorar aquel hecho y continuar con su vida, como últimamente estaba acostumbrada a hacer. Y eso sólo la hizo sentir más desagrado por sí misma.

Escuchó como el viento comenzaba a soplar cada vez más fuerte, mientras que los copos de nieve apresuraban su caída hacia cualquier superficie. Hermione había aprendido a entender el clima, algo que no había sido difícil después de años de práctica. Podía saber cuándo iba a estar soleado, o cuándo el frío sería más insoportable de lo normal. Mas en éste caso, ella sabía que una gran tormenta se acercaba con lentitud. No necesitaba alzar la mirada hacia el cielo gris para saber lo qué iba a suceder, ella lo notaba por la forma en que el viento de pronto se había vuelto más furioso, y por la sorpresiva cantidad de copos que ahora cubrían las páginas de su libro.

Sintió a Harry removerse a su lado, y supo que era tiempo de dejar de ser una cobarde.

— ¿Es hora?

Su pregunta murió con el viento.

De repente, todo se encontró tranquilo.

De repente… no necesitó respuesta alguna.

Cerró su libro y lo dejó descansar sobre sus piernas. Ninguna emoción cruzó en ella, ningún sentimiento hizo presencia. Su interior se convirtió en un lugar helado y desolado, con sólo los latidos de su corazón retumbando en cada rincón de su ser, formando un eco infinito.

Sus ojos mieles abandonaron su posición para fijarse en el hermoso paisaje. Tal vez ésta sería la última que vez que lo vería en su vida, sabía perfectamente que las posibilidades de volver allí eran casi nulas, pero aún así… no, la verdad era que no servía de nada soñar, lo había aprendido a la fuerza. Entonces lo mejor era archivar aquel lugar en su mente en forma de recuerdo. El tiempo continuaría con su camino, pero los recuerdos jamás se moverían, ni se modificarían. Ellos se quedarían ahí, en su cabeza, congelados, esperando porque alguna vez se hicieran realidad de nuevo frente a sus ojos.

Entre recuerdos la esperanza siempre aguarda.

—Hermione… — la voz de Harry irrumpió en sus oídos—. Puedo comprender por qué estás enfadada conmigo y realm…—

—No estoy enfadada contigo — Hermione cortó sus palabras antes de que pudiera continuar. Ella dejó que su mirada se escondiera entre los árboles mientras hablaba—. Hiciste lo que debías hacer, lo que pensaste era la decisión más adecuada, y no discutiré sobre eso — se detuvo por un segundo, sintiendo el frío chocar contra sus mejillas—. Sé que estos años no han sido nada fáciles, y en parte es mi culpa… yo soy la única que debe disculparse contigo.

Al instante, él comenzó a negar con la cabeza.

—No, tú no tienes que disculparte cuando nunca has hecho nada malo — musitó con seriedad, colocando su mirada verde sobre ella—. Mírame Hermione — demandó.

Y ella lo hizo, sólo para encontrarse con el rostro fruncido de Harry.

—Me prometí a mí mismo que cuidaría de ti pase lo que pase, y fallé…—

—Tú nunc…—

Ella intentó interrumpirlo.

—Escúchame — ordenó y Hermione quedó en silencio—. Yo te fallé, y no me interesa que digas lo contrario. Pero ahora no dejaré que nada te suceda… Y ésta vez no fallaré, te prometo que no lo haré.

Hermione lo contempló, notando en su mirada la misma seguridad de sus palabras. Él le estaba prometiendo algo imposible, ambos lo sabían, pero aún así todo sonó tan sencillo. Una parte de ella le creyó febrilmente, mientras que el resto quedó en una tranquilidad tormentosa. Eso sólo significaba que poco a poco todo dentro suyo comenzaba a rendirse paulatinamente, sin peleas ni discusiones.

Ninguno de los dos corrió sus ojos, había un solo pensamiento que unía aquel lazo invisible. Pero como cualquier lazo, éste se podría romper.

Eso era lo que él más temía.

— ¿Crees que estaba destinado a suceder? — ella inquirió suavemente—. ¿Tú crees que la muerte de Ron debía ocurrir? ¿Crees que todo podría haber sido diferente?

Esa pregunta movió cada partícula en él.

Hubo silencio.

Harry sintió su pecho arder al oír el nombre del que alguna vez fue su mejor amigo. Habían pasado tantos años y aún así el dolor continuaba haciendo estragos en su interior.

El mago desvió su mirada, permitiendo que ésta se perdiera en algún punto invisible entre la nieve del suelo. Sabía cuánto le costaba a ambos hablar sobre Ron, aquel parecía ser un tema más que delicado, y era evidente el esfuerzo que Hermione había tenido que hacer para preguntar aquello.

—Siempre me arrepiento por no haber estado allí… me enojo conmigo mismo porque siento que podría haber cambiado las cosas — murmuró, recostando los brazos sobre sus rodillas, sin expresión en su rostro—. No sé si lo que sucedió ese día estaba predestinado a suceder, Hermione, pero sucedió y no podemos cambiarlo.

Ella sabía que él estaba en lo cierto, sabía que no había forma alguna para cambiar el pasado, pero aún así… Hermione cerró los ojos por unos pocos segundos, sintiendo el frío adherirse a su cuerpo violentamente, mientras que sus mejillas comenzaban a sonrojarse ante la helada que chocaba contra su rostro. No dijo nada, todavía sentía las palabras de Harry recorrer su mente, quebrando cada pensamiento en ella.

Sus párpados se abrieron lentamente, notando al instante como el cielo, poco a poco, comenzaba a oscurecerse; las nubes grises eran cubiertas por una tenebrosa manta negra y podían verse a lo lejos, cerca de las montañas, como furiosas luces relampagueantes empezaban a adornar el cielo.

Permaneció callada, sus ojos observando aquel espectáculo de la naturaleza, hasta que comprendió que evadir el tema jamás había sido la acción más inteligente. Sus labios se abrieron brevemente y dejó que las palabras escaparan de ellos.

—Me siento culpable — admitió con un sabor ácido en la boca—. Fue mi culpa… yo debería estar enterrada cinco metros bajo tierra, no él — añadió, notando como los relámpagos cada vez se acercaban más y más.

Fueron segundos en el que el silencio reinó nuevamente, pero las emociones explotaron hacia todos lados.

Harry entrecerró los ojos.

—Ron dio su vida para salvarte, no deberías pagarle de ésta manera, sintiéndote culpable por algo que estaba fuera de tus manos.

Para Hermione, aquello fue como una patada en el estómago. La firmeza de su voz la hizo sentir como el ser más vil de la Tierra, mas su rostro jamás demostró lo herida que se sintió. Quizás lo que dolió aún más fue el saber que él tenía razón.

Ron dio su vida por ella, fue asesinado por ella, ¿y así le agradecía lo que había hecho?

—Pero tú eres el único que me entiende, Harry — murmuró, sintiendo una fuerte punzada en su pecho—. Tú sabes lo qué es sentirse culpable, tú sabes lo qué es no poder dormir por las noches. ¿Cómo haces para vivir con ese sentimiento? ¿Cómo soportas que las muertes de las personas siempre recaigan sobre tus hombros?

Harry sintió una expresión dolorosa apoderarse de sus facciones, mientras que uno tras otro los rostros de todas las personas a las que había perdido se formaban en su mente. Sus padres, Sirius, Ron… Dumbledore. Sabía que Hermione no lo había hecho a propósito, pero, sin embargo, eso no detuvo que el penetrante sentimiento se colara en su interior.

A pesar de todo, la entendía. Harry comprendía lo que Hermione sentía ya que la culpa en algún momento se había vuelto parte de él, parte de lo que era. Y ésta no se iba, no desaparecía con un hechizo de magia, ni en la oscuridad de la noche. Al contrario, la culpa jamás abandonaba a su portador, uno aprende a vivir con ella, pero eso es todo. No hay solución mágica que logre hacerla desvanecerse. Una persona no se despierta de un día para otro y siente que la culpa ya no lo acompaña más… Eso no es posible.

Él lo sabía mejor que nadie.

Harry soltó un inaudible suspiro, ignorando el hecho de que su mente seguía bombardeándolo con recuerdos dolorosos.

—La única manera de no sentirme culpable, incluso si sé perfectamente que nunca fue mi culpa, es viviendo… — él respondió con calma, observando los copos caer al suelo—. Viviendo cada día por ellos, demostrándoles que el sacrificio que hicieron no fue en vano.

Harry movió su mirada verde hacia ella, notando como su rostro se curvaba en una expresión cansada.

—Pero yo no puedo hacerlo… no puedo vivir cada día. Todo es dolor y recuerdos, y después de eso no hay nada… no estoy sintiendo nada, Harry — ella posó su mirada rota en Harry—. Sólo lo siento a él.

Eso fue todo.

Harry sintió su cabeza comenzar a girar y girar, mientras que un violento sentimiento se formaba en lo más profundo de su ser. Pero, a pesar de todo, él quiso llorar porque comprendió que el daño de Hermione ya era irreparable. Porque nada ni nadie, ni siquiera él, podría ayudarla, sacarla de ese hoyo y mostrarle que no todo estaba perdido. Sin embargo, lo intentaría.

—Te ayudaré, no voy a permitir que…—

Pero ella negó con la cabeza, pidiendo en una súplica silenciosa que no continuara.

—Sabes que no hay nada que pueda ayudarme, Harry. No hay nada dentro de mí, todo está vacío — susurró.

El rostro del hombre se volvió tenso, sus ojos de un verde oscuro, y sus labios en una fina línea. No obstante, era evidente que detrás de la máscara que cubría su rostro, se encontraba la figura de una persona que a cada segundo luchaba por no perder las esperanzas, por no dejarse llevar por todas las razones que lo arrastraban hacia un precipicio de sufrimiento.

Quiso decir algo, pero ninguna palabra salió de su boca. Hermione lucía tan segura y resignada al mismo tiempo, y él no podía soportarlo. Ella no era así, nunca lo había sido. Hermione siempre encontraba algo que la motivara a seguir, una razón, por más mínima que fuera, para no resignarse. Pero la mujer a su lado… Harry comprimió los puños. No era la misma de antes, él lo sabía perfectamente, y tal vez jamás volviera a serlo. Todos habían cambiado, él mismo lo había hecho, pero ella no lo hizo porque quisiera, Hermione había sido obligada a cambiar, a dejar de ser la persona que había sido durante toda su vida para convertirse en alguien que había olvidado cómo seguir adelante.

Y él se odiaba por eso. Ella no merecía lo que le había sucedido, nadie lo merecía. Pero así es la vida, uno trata de hacer las cosas bien, de luchar por lo que vale la pena… de ser feliz, mas luego todo se derrumba lentamente frente a tus ojos, y tú te quedas ahí, estático, sin saber qué hacer para evitarlo, sintiéndote tan impotente que los pensamientos no tienen lógica. Y cuando finalmente puedes dar un paso hacia delante, decidido a arreglar las cosas, todo a tu alrededor es un completo desastre. Ya no hay nada que hacer, nada por qué luchar, y el dolor regresa mil veces más fuerte.

Así era exactamente cómo Harry se sentía en ese momento.

Sus manos no estaban atadas, pero Hermione era la que le estaba colocando una soja invisible a su alrededor.

Iba a decir algo, cualquier cosa para demostrar que estaba equivocada, pero justo en ese instante, la puerta tras ellos se abrió, creando un molesto sonido.

— ¿Harry?

Él escuchó la voz de Luna. Cerró sus ojos por un segundo, antes de abrirlos para alzar su mirada sobre su hombro izquierdo.

Parada bajo el marco de madera de la puerta se encontraba la rubia, quien observaba la espalda de Hermione con una pequeña arruga en medio de su frente.

— ¿Si, Luna? — inquirió él, logrando que ella desviara sus ojos claros de la castaña y los posara en su figura.

—Los Aurores ya están listos — ella comentó en un suave tono de voz.

Harry asintió, notando como Luna volvía a colocar su mirada sobre Hermione, quien no se había movido de su lugar.

—Gracias, Luna, diles que en un segundo vamos.

Ella sólo movió su cabeza en asentimiento y observó a Hermione por un momento, antes de adentrarse nuevamente a la cabaña, cerrando la puerta tras ella.

Harry soltó un suspiro hondo y volvió a poner toda la atención en su amiga. Ella mantenía la mirada perdida en algún punto inexistente frente a ella, mientras que la capucha de su abrigo muggle comenzaba a atestarse de copos de nieve sobre su cabeza, al igual que el libro entre sus manos.

Continuaron en silencio durante un largo rato, hasta que Harry sintió a Hermione alzarse con lentitud de su lugar, sacudiendo toda la nieve sobre su ropa.

—Debemos irnos — ella dijo, girando su cuerpo y comenzando a subir los pocos escalones que llevaban hacia la puerta.

Él la escuchó, pero no se movió de su lugar. Siguió sentando, observando como los relámpagos ahora se encontraban sobre ellos.

Las palabras salieron solas.

—No estuve cuando Ron murió, no estuve cuando a ti… — se detuvo, sin poder terminar aquella oración; respiró profundo y continuó—, no estuve, pero estoy ahora y no voy a dejar que algo te suceda. No voy a perder a otro amigo… no ésta vez.

Hermione se había detenido en el último escalón, oyendo la desesperación que él intentaba inútilmente ocultar. Le hubiera gustado poder creerle ésta vez, pero sabía que aquello no iba a poder ser.

La realidad era mucho más fuerte que simples sueños, y quizás era tiempo de que él despertara de ellos.

Un fuerte trueno resonó; pequeñas gotas heladas comenzaron a caer del cielo, mezclándose con la nieve.

Hermione miró al suelo y lo dijo.

—Harry, ya estoy muerta, lo sabes… pero gracias por intentar.

Sus calmados pasos y la puerta abriéndose y cerrándose fue lo último que se escuchó en el lugar, mientras que el hombre quedó paralizado en su sitio.

Ella había tenido razón.

La tormenta acababa de comenzar.

OOO

Disclaimer: Todo es propiedad de J. K. Rowling, yo sólo juego con los personajes y la trama.

Sí, lo sé, actualicé bastante rápido, ¿pero qué puedo decir? Digamos que mi propia historia me enganchó y quise saber con desesperación qué iba a suceder luego.

Espero que éste capítulo haya sido de su agrado. Soy consiente de que es igual de denso que los anteriores, pero prometo que en los siguientes habrá más "acción". Entre muchas de las razones del por qué estos capítulos son tan pesados, está que me encanta hacer sufrir a las personas metiéndoles el bichito de la intriga, y, por otro lado, lo que sucede es que siento que es necesario mostrar un poco sobre qué es lo que pasa en las vidas de los personajes. A mi me gusta que sean realistas, que uno mismo pueda meterse en sus vidas y comprender por qué son como son, las causas y consecuencias de sus acciones, etc. Por eso creo necesario utilizar estos capítulos para explicar en detalle todo eso, no me gusta que parezcan figuritas sin alma.

Sé perfectamente que todavía no se entiende mucho de qué va la cosa, pero no se preocupen, en cada capítulo se explicará algo, pero todo a su tiempo. No creo que la trama principal de la historia se pueda explicar en un solo capítulo por más largo que sea.

Otra cosa, la frase que aparece sobre la placa de Snape no es de mi invención. La tomé prestada de una canción que se llama "In Dreams" de Edward Ross, y aparece en El Señor de los Anillos. Lo único que hice fue cambiarle algunas palabras para que le diera un mejor sentido a lo que quería transmitir, pero si quieren saber cómo es la frase original, pueden buscarla en Google.

El siguiente capítulo lo subiré a penas lo tenga terminado, y prometo no tardar tanto.

Nos leemos.