Feliz año nuevo!


El libro es mi mejor amigo

Es un hecho innegable: Madame Pince ama la biblioteca de Hogwarts. Ama los libros. Ama los conocimientos encerrados en los libros polvorientos y antiguos. Ama el aire que se respira, un aire de santuario, un aire protegido del exterior. Sobre todo ama como se siente entre esas cuatro paredes.

Hija única de Jacob y Anita Pince, la joven Irma creció en la casa de sus abuelos maternos. Sus padres, un par de bohemios artistas no podían soportar la responsabilidad que conllevaba cuidar a una hija. Decidieron por lo tanto, dársela a los padres de Anita, con la única condición de que conservara el apellido del padre, un, en palabras de su abuela, "inútil que no tiene donde caerse muerto". Sus abuelos eran demasiado mayores, demasiado viejos, demasiado seguros de sus ideas. La joven Irma creció sin amigos, ni primos, ni siquiera conocidos con los que pudiera jugar y desenvolverse.

Una de las cosas que más le gustaba de la casa de sus abuelas era su amplia biblioteca, provista de muchos y fabulosos libros. Se refugió en los libros. Se convirtió en una ávida lectora, en una devoradora de conocimientos, en una amante de los libros viejos y polvorientos que tomaba de las estanterías y se llevaba a escondidas a su habitación. A los cinco años podía memorizar cientos de libros, conversar sobre diversos temas y dar sus propios aportes.

- Mi nieta es una niña muy inteligente - solía decir su abuelo.

- Ya lo creo, Brismack. Me lo has dicho miles de veces.

- Estoy segura que mi Irma será una Ravenclaw - acostumbraba a decir su abuela.

- Por supuesto. Si no lo hace, la desheredarán, ¿no?

Sus abuelos estaban muy emocionados con su nieta, hablaban maravillas de ella frente a sus viejos amigos, nietos de muchachos demasiado mayores para Irma.

La carta de Hogwarts llegó una soleada mañana de verano. Y fue el principio de algo nuevo, aunque en ese momento Irma Pince ni siquiera sospechaba que sería ese algo nuevo. Ya sabía todo sobre Hogwarts: sus fundadores, los años que llevaba en pie, su sistema educativo, algunas de sus habitaciones, los profesores actuales, la supuesta maldición del puesto de Defensa Contra las Artes Oscuras… Estaba impaciente por aprender cosas diferentes, por utilizar por primera la magia, por, y esto era un pensamiento que se reservaba para sí, por tener amigos. La mañana del primero de septiembre, Irma traspasó la barrera mágica en compañía de sus abuelos. Se despidieron en la plataforma e Irma subió al expreso. Ya desde ahí supo que las cosas en Hogwarts no serían nada fáciles.

Desde el primer momento se burlaron de su aspecto. De sus inmensas y gruesas gafas. De sus amplias y largas pestañas. De lo alta que era. De su pequeña cabeza. De su cabello negro, sin vida, y recogido en un severo rodete. De su rictus de profunda insatisfacción. Tampoco en Hogwarts tuvo amigos. El Sombrero envió a Irma a Ravenclaw, el único lugar que podría aceptar aquella inmensa fuente de conocimiento. Pero tampoco allí encajó. Sus compañeras de habitación se sorprendieron con ella. No podían ser amigas de una chica que nunca sonreía, que siempre era tan meticulosa, que jamás fallaba en una respuesta a un profesor, que parecía tan inhumana. Le escondían sus cosas, o bien se las pedían y jamás se las devolvían, o se las dañaban. Pintaban cosas en los espejos en honor a ella. Se burlaban, tanto a sus espaldas como en frente de ella. E Irma Pince soportó todo eso sin replicas, sin chivarse a un profesor, sin quejarse, hasta el día gris en que a alguna de las muchachas se le ocurrió tomar uno de sus preciados libros.

Nadie en Hogwarts sabe exactamente que pasó aquel día. Ni que recursos utilizó Irma para vengarse, ni siquiera si se vengó por una afrenta que consideraba hacia sí misma. Por más que preguntaron, investigaron, e inquirieron, nadie jamás obtuvo una respuesta y aquel día quedó como un día de leyenda. Lo cierto es que después de allí, nadie nunca se metió con Irma Pince, ni con sus sagrados libros. Nadie tampoco fue su amigo. Sus compañeros se acostumbraron a ignorarla. Nadie le hablaba, nadie le preguntaba cómo estaba, nadie se interesó por ella. Sólo los profesores le hablaban, le hacían partícipes de sus teorías y conocimientos, le prodigaban la mejor atención. Irma Pince se refugió en la biblioteca. Allí nadie la espiaba, nadie le hacía comentarios, nadie esperaba nada de ella. Pero se sentía sola. Sin nadie con quién hablar, sin nadie con quien establecer una conversación banal, sin poder hacer lo que hacían las chicas de su edad.

Alcanzó el sorprendente metro noventa, motivo por el cual adquirió la costumbre de encorvarse sobre sí misma. También era muy delgada, y eso parecía acentuarse con las camisas holgadas que su abuela le obligaba a vestir. No era considerada fea, pero tampoco era especialmente bonita. Sus ojos estaban demasiados separados, su boca era muy fina, su nariz era muy prominente. Era siempre demasiados. Sus cartas no reflejaban ni una línea de verdad, le escamoteaba la realidad a sus abuelos, fingía ser siempre feliz, fingía que sus amigas no iban a su casa simplemente porque sus padres no las dejaban. Sus abuelos seguían siendo las personas más importantes para ella. Su ancla. Su gran refugio.

Un día de enero, Manri, la lechuza de la familia trajo la carta que sacudiría los cimientos de su vida con una fuerza volcánica. Era la noticia del fallecimiento de su abuelo. Aunque era previsible, por la edad en que se encontraba, a Irma le pareció demasiado repentino. Le concedieron permiso para ir a las exequias. Los amigos de su abuela la visitaron todos los días, pero abuela y nieta estaban inconsolables. A mitad de la semana regresaron Jacob y Anita Pince. Ellos habían recibido el aviso y habían llegado lo más pronto que podían. La noticia del padre muerto había golpeado a Anita como un balde de agua fría. Aunque hace muchos años que no se veían, si habían mantenido contacto por medio de las cartas, cartas que el abuelo escondía al fondo de un viejo baúl del cual su esposa no tenía idea. Los Pince venían para quedarse, para tomar posesión de uno de los cuartos de la vieja casona.

Otra noticia vino a perturbar la aparente calma en la que se encontraban: la del testamento. Así fue que se enteraron que Charles Brismack estaba en total bancarrota. No tenía siquiera un knut. Toda la fortuna de la familia había sido dilapidada a lo largo de los años en casas de juego. Al enterarse, Madame Brismack uso las únicas influencias que le quedaban para hacer cerrar todas las casas de juego del país. Medida en la que las mujeres más importantes convinieron para alejar a sus esposos y a sus hijos del pernicioso acto de apostar. Con todo, debieron mudarse pues la casa era propiedad del banco de Gringotts. Jacob compró una casa en el Londres muggle. La nueva vivienda era de color azul, el color favorito de Anita, quien también fue la encargada de acondicionar y poner en orden aquella casa de locos. Abuela y nieta tuvieron dificultades para adaptarse, acostumbradas a vivir cómodamente en la gran casona propiedad de los Brismack, la nueva casa quedaba francamente pequeña. Jacob Pince se atrevió a decir que podían donar los libros de la bien abastecida biblioteca, pero ante la mirada de Madame Brismack, decidió por su propia salud, no hacer ningún otro comentario. Una de las habitaciones de la vivienda fue mágicamente ampliada para que con dificultad entraran miles de libros, y los libros mismos parecían que se quejaban por la reducción de espacio.

Cansada de tantos cambios en su vida, Irma volvió a Hogwarts. En poco tiempo se adaptó al ritmo de las clases. La gente la trataba igual, los profesores le preguntaban las mismas cosas, y la biblioteca no se había movido de lugar. Parecía que llevaba años con esa nueva calma, cuando otro episodio vino a perturbar su vida. Se trataba de un chico de Hogsmeade, que había venido a pasar algunos días con sus abuelos paternos. Era tan alto como ella, pero tenía un cierto atractivo, un cierto talento para adaptarse a cualquier situación, que lo hacían merecedor de admiración. Al cabo de una semana se hizo con un puñado de amigos, amigos que pronto le presentó a Irma, y los cuales parecieron aceptarla como una más del grupo. Su vida que hasta entonces había parecido aburrida y rutinaria, se transformó de pronto en una sucesión de experiencias. Él consiguió el permiso para ser aprendiz del profesor de Transformaciones. Ese puesto le valía para que por las tardes, cuando terminaban las clases, llevaba a Irma a pasear por los terrenos del colegio. Era tan dulce y considerado que casi parecía irreal. Irma era feliz, por primera vez era completa y absolutamente feliz. Estaba abstraída y como ensimismada, pero los profesores se lo pasaban porque se alegraban que su alumna favorita estuviera tan feliz, tan enamorada, tan profundamente satisfecha consigo mismo. Hasta sus compañeras debían admitir que el amor le daba cierto brillo a su entonces aburrida compañera.

La fecha de San Valentín de ese año coincidió con el primer aniversario de su relación. Irma compró con anticipación el regalo para ese día, regalo que le daría en Hogsmeade. Él pasó a buscarla y la llevó al pueblo mágico. Pasearon por las diversas tiendas, se rieron de los enamorados del salón de té de Madame Pudipie, tomaron cervezas de mantequilla en Las Tres Escobas, se atiborraron de dulces en Honeydukes, se hicieron fotos con una cámara que habían regalado a Irma por su cumpleaños.

- Este ha sido un día mágico - susurró Irma.

- Y aún no termina - susurró él.

- ¿Hay más?

Él se rió.

- Por supuesto. ¿Vamos a mi casa y te lo muestro?

Hace dos meses que había comprado su propia casa. Era de dos pisos y estaba lejos de la concurrida calle del pueblo. Irma la había ayudado a decorar, esperanzada, pero sin decirlo, de que algún día, ella pudiera llamarse señora de esa vivienda. Se sentía bien en la casa, así que dijo:

- Sí, claro.

Él sonrió ampliamente y la condujo hasta la otra calle.

Horas después, Irma Pince salía corriendo de aquella casa, jurando jamás volver. Las lágrimas le empañaron los ojos. Se tropezó y hubiera caído de no ser por unos brazos que la sostuvieron. Al instante, se dio cuenta que se trataba del guardabosques de Hogwarts, que la veía preocupado desde su altura. Irma no quiso preguntar cómo se veía. Fatal, se dijo.

- Acompáñeme al colegio, por favor.

Luego, se desmayó. Cuando despertó, tomó su decisión.

Era la primera y última vez que Irma Pince se enamoraba. En adelante, todo su amor sería para sus libros.


¿Reviews?