- CAPÍTULO 3. CERO -
Cinco.
Era la certeza aplastante del moribundo. La última cuenta atrás. El Fin. Sus recuerdos podían estar rotos, mancillados, esparcidos en un huracán de miedo ante lo inminente y desconocido; pero al menos tendría el consuelo de morir siendo consciente de sí mismo. No fallecería mientras dormía, envuelto en un halo de cobardía. No. Lucharía hasta el último aliento. Aquello, por desgracia, era lo más que podía hacer en memoria de su familia.
Cuatro.
Su verdugo le miraba entre los barrotes, insondable. La cara parcialmente quemada parecía ensombrecerse con cada palabra que pronunciaba. ¿Qué le estaba diciendo? Ya ni siquiera podía oír. Al siguiente parpadeo, como si se tratar de una escena a cámara lenta, se encontraba sumergido de nuevo en la oscura solitud.
Tres.
Así tenía que ser. El líder debía cargar con el pesar de la familia. Era un precio a pagar, un tributo al destino por haberle ahorrado a sus hermanos y su padre una muerte lenta y dolorosa. A veces sentía que su alma comenzaba a desligarse de su cuerpo y se miraba desde arriba. Encogido en el suelo, ojeroso y escuálido, rodeado de sus propios desechos. Una patética y banal existencia.
Dos.
Y aún así no quería morir. Todo era cada vez más frío, oscuro y solitario. Las manos de la Muerte le agarraban y asfixiaban. No tenía fuerzas siquiera para extender los brazos, con tal de que alguien inexistente acudiera, dándole el apoyo que necesitaba para afrontar lo que estaba por venir.
Uno.
Su cuerpo estaba listo. Los pulmones se llenaban de aire para exhalar el último aliento. Un aliento que nadie escucharía y se perdería en aquel ambiente miserable y sucio. Cerró los ojos, mientras dejaba escapar una última lágrima.
Y los vio. A Mikey, a Donnie, a su padre. A Raphael. Le tendían la mano, envueltos en un aura luminosa que contrastaba con la oscuridad. Aprovechó al máximo aquel último segundo de existencia para embriagarse de aquella visión.
—Estoy de vuelta en casa... —susurró con un amago de sonrisa.
Cero.
Día cero
No podía dormir. Por más que intentaba cambiar de postura no conseguía conciliar el sueño. Miró el reloj que reposaba en su mesita de noche. Se trataba de una nave espacial en miniatura que Donnie le había regalado por su último cumpleaños (probablemente inspirada en «Héroes del Espacio», su serie de televisión favorita). En la parte lateral, resaltado en un azul neón, vio que aún era las tres de la mañana.
«¿Tanto tiempo llevo dando vueltas en la cama?».
Una parte escondida de su conciencia parecía asentir en el silencio. Llevaba desde la tarde sintiendo una extraña opresión en su pecho; no podía describirlo con palabras. Era como si algo no fuera del todo bien.
Tragó saliva. Tenía la garganta rasposa. En dos parpadeos decidió que no pasaba nada por ir a por un vaso de agua en la cocina, y en el camino podría despejar aquella extraña preocupación.
Abrió la puerta de su cuarto hasta dejarla entornada. Desde hacía un tiempo sabía que, si se abría lo suficiente, empezaba a emitir un chirrido que bien podría despertar a sus hermanos. Salió por el resquicio libre y volvió a cerrar la puerta con cuidado.
Sonrió para sí mientras pasaba al rellano del salón. Un escalofrío recorrió la médula espinal del pequeño. Se abrazó a sí mismo y tiritó un poco. Realmente hacía frío esos días. Miró al techo, con los ojos azules brillando de la emoción.
¿Estaría nevando en la superficie?
Recordó la primera vez que oyó hablar de la nieve. Eran muy pequeños, y aún dormían en la misma habitación que su padre. Por aquel entonces apenas tenían unas mantas. Algunas noches eran duras, pero cuando veía que alguno de sus hijos tiritaba lo acunaba en sus brazos hasta que sus músculos volvían a relajarse y apoyaba la cabeza en su pecho, sonriendo.
Y luego estaban las historias sobre la nieve.
Muñecos que cobraban vida, reinas que construían castillos de hielo... Leonardo podía rememorar todos y cada uno de esos detalles. Splinter sonreía cada vez que sus cuatro hijos contenían la respiración y sus ojos se abrían al máximo, expectantes por que su padre contara otro cuento.
—¿Alguna vez iremos a jugar juntos en la nieve? —preguntaba Mikey, dando saltitos de alegría.
Éste sonreía de manera serena, y respondía en voz baja.
—Algún día, Michelangelo. Algún día.
Volvió a la realidad y dirigió la vista al dojo. Se extrañó al ver que el interior se encontraba iluminado.
¿Acaso su padre estaba despierto?
El silencio de sus pasos fue interrumpido cuando corrió la puerta que separaba la sala de entrenamiento del resto de habitaciones. La oscuridad reptaba hasta las esquinas, salvo el centro. Ahí el techo se abría a alguna parte de la alcantarilla donde la luz de la superficie era capaz de llegar. En aquellos momentos unos haces de luz nocturna atravesaban las hojas del Árbol. A sus pies, Splinter se encontraba meditando.
—¿Qué te ocurre, Leonardo? —preguntó sin abrir los ojos.
Su hijo miró a otro lado, repentinamente nervioso.
—No puedo dormir, padre.
Pausa.
—¿Hay algo que te preocupe, hijo mío? —Aquella vez su voz iba acompañada de un tono más paternal.
Por alguna razón, Leonardo no quería admitirlo. Le resultaba tan... inmaduro, infantil. Cambió el apoyo del pie mientras apoyaba la cabeza en la puerta corredera.
Splinter abrió los ojos y se levantó. Su kimono parecía susurrar cuando los bordes acariciaron el suelo, levantando algo de polvo que resaltaba a la luz. Sin mirar a Leonardo se dirigió al otro lado de la sala de entrenamiento, donde se encontraban los escasos vestigios de su vida pasada, cuando era llamado Hamato Yoshi. Fue entonces cuando se volvió hacia su hijo y le hizo señas para que se acercara.
—Todo el mundo tiene miedos. Todo el mundo duda. Sin excepción. Incluso a un anciano que ha pasado por tantas cosas como yo le asaltan las preocupaciones —Cogió la foto donde sonreía junto a su mujer, Tang Shen. Entre los dos se encontraba Miwa, la hija de ambos. Ambas fallecieron hace mucho tiempo—. Hay momentos en los que pienso que la venganza no ha terminado, que siempre nos seguirá como una sombra. Pero luego pienso en vosotros —Volvió la vista hacia su hijo. Le puso la mano en el hombro y la apretó suavemente, con cariño—. En el mundo hay fuerzas oscuras que se ocultan en diversas formas. Rompen, dividen, destruyen... debes estar preparado para ellas, pues no cesarán hasta consumirte.
—¿Y si no me quedan fuerzas? ¿Y si no soy capaz de seguir?
La mano de Splinter ascendió hasta acariciarle la mejilla. Habló con infinita paciencia y cariño, sin prisa pero firme.
—Cuando te encuentres desesperado, rodeado de maldad, piensa en esto: nunca estarás sólo. Tus hermanos y tú compartís un vínculo más allá de todo poder terrenal. No puedes medirlo, no puedes percibirlo; pero está ahí. Si algo os llegara a separar, pensad que ese vínculo será el que os guíe de vuelta...
—¿Adónde? —inquirió Leonardo, con un toque de inseguridad.
Su padre se acercó algo más. Posó la otra mano en su pecho, donde su corazón latía con fuerza. Acto seguido lo empujó contra él, abrazándolo con suavidad. Leonardo se sorprendió ante tal gesto fraternal. Segundos después cerró los ojos y levantó los brazos.
—A casa.
Todo fue demasiado rápido. Un trueno, y luego el silencio. Una sensación dolorosamente caliente recorrió su hombro izquierdo antes de darse cuenta de que estaba en el suelo. La estancia se encontraba repentinamente iluminada, pero algo más cargaba el ambiente...
Era humo.
—¡Leonardo! —exclamó Splinter, aunque la tortuga lo escuchó amortiguado. Estaba sobre él, apoyando las manos en el suelo a ambos lados de su cabeza. Cuando enfocó la vista pudo ver sus ojos marrones preocupados. Una de las mangas de su kimono estaba chamuscada. El joven palideció al ver que la piel del brazo estaba en carne viva. Incluso humeaba ligeramente— ¿Estás bien?
—Tu brazo... —susurró con los ojos abiertos de la impresión.
Su padre no respondió. Tras cerciorarse de que no estaba herido, se levantó rápidamente. Le tendió la mano. Sacudió levemente la cabeza y aprovechó la ayuda para levantarse. No tardaron mucho en descubrir que estaban parcialmente rodeados por fuego.
—¡¿Qué ha pasado?! —exclamó Leonardo, mirando a su alrededor, impotente.
El humo entraba en sus pulmones, y tosió fuertemente. Se llevó el dorso de la mano a la boca, en un gesto instintivo para protegerse de la toxicidad. Miró a su padre, en busca de respuesta, pero éste dirigía la vista fijamente al frente. El quelonio hizo lo mismo, y se le cayó el alma a los pies.
Un hombre enorme embutido en un mono granate había aparecido entre el fuego. Llevaba partes de armadura tachonada negra, cubierta de pinchos. Un casco del mismo color tapaba todas sus facciones salvo los ojos, que brillaban con malicia en contraste con el fuego.
—¿Un ninja? —concluyó, sin poder contener la sorpresa.
Éste respondió con una risa sarcástica, durante la cual desenfundó la katana que llevaba a su espalda. Fue en esos momentos cuando Leonardo se fijó en su complexión extraordinariamente fuerte.
—Nuestro informador estaba en lo cierto. Hamato Yoshi... convertido en una rata. Y además, criando bichos hasta más feos que él —imprimió cada palabra con todo el veneno del que era capaz. Sin decir nada más se llevó una mano a la cabeza y habló alto y claro— ¿Maestro Shredder? Al habla Bradford. He encontrado a Hamato Yoshi. Envíe refuerzos a mis coordenadas.
Splinter frunció el ceño y dio un paso adelante. Extendió un brazo ante su hijo, en gesto protector. Su vista osciló rápidamente entre la salida al salón y el hombre que se hacía llamar Bradford.
—Leonardo —habló, sin perder la vista del enemigo. Éste dio un paso más, acortando la distancia que los separaba—. Escúchame atentamente. Despierta a tus hermanos y huid de aquí. Os daré tiempo de escapar...
Las manos de Leonardo comenzaron a temblar. ¿Qué le estaba diciendo? Todo estaba pasando demasiado rápido.
—Padre, ¿qué...?
—¡No hay tiempo! —Exclamó, casi gritando, y volvió la vista fugazmente hacia su hijo. Pudo ver en firmeza en sus ojos... y preocupación. Una gran preocupación— ¡Tus hermanos están en peligro!
Aquello le despertó. Sus hermanos. ¡Tenía que avisarles!
Bradford gritó y enarboló la katana hacia ellos. Splinter le empujó a un lado mientras se desplazaba en dirección contraria, esquivando la tajada.
—¡CORRE, LEONARDO! —gritó de nuevo. Leonardo notó en cada fibra de su ser la urgencia de su padre. El ninja, que había escuchado eso, dirigió la mirada hacia la tortuga y se dispuso a correr hacia él. Splinter, adelantándose al peligro, cogió su muñeca y le hizo una llave. La sorpresa hizo que soltara la katana, otorgándole al joven unos segundos de importancia vital— ¡CORRE POR TUS HERMANOS!
Los pies de Leonardo respondieron por él. Tropezó. Se hizo una herida en la rodilla, pero se repuso enseguida. Su corazón martilleaba con fuerza, amenazando con salir despedido de su caja torácica. Splinter retuvo al ninja con todas sus fuerzas hasta que salió del dojo. Fue entonces cuando el hombre trastrabilló unos pasos y quedó frente a frente con él, preparado para luchar.
—Vivid, hijos míos... —susurró, aun sabiendo que no le escucharía. Por un momento recordó cuando Leonardo no tendría más de un año. Le miraba con esos ojos azul intenso, extendiendo los brazos, y sonreía ampliamente cuando pronunciaba su primera palabra. «Papá». No era el momento adecuado, pero no pudo evitar sonreír a tiempo que cerraba los ojos y dejaba escapar una lágrima. Querría haberse despedido de los demás, darles unos consejos y unas palabras de ánimo. Michelangelo estaría abrazándole, sin querer separarse de él, incapaz de asimilar la situación. Donatello sí comprendería la situación, pero le miraría con una profunda tristeza, impotente, sin saber qué hacer. Raphael se enfadaría, incluso gritaría hasta que su garganta se secara para siempre.
Ninguno de ellos estaba preparado para aquello. Tan rápido. Tan brusco. Los imaginó perdidos, rechazados por la sociedad, tratados como alimañas, asesinados de las maneras más crueles. Sólo tenían diez años...
«No», se reprendió a sí mismo. Vivirían. Tenía fe en ellos. Pasara lo que pasara hallarían la manera de estar juntos. Porque compartían un vínculo más allá de todo poder terrenal.
Porque hallarían la manera de volver a casa.
Se puso en posición de combate. Estaba dispuesto. Estaba dispuesto a dar a sus hijos tanto tiempo como hiciera falta. Incluso si ello implicaba ofrecer su vida.
Gritó, y cargó contra Bradford.
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—¡Despierta!
Leonardo entró en la habitación de Raphael, sacudiéndole con todas sus fuerzas. Éste gruñó por lo bajo mientras se incorporaba.
—Más te vale que sea por...
Se oyó otra explosión proveniente del salón. Aquello sirvió para alertar al menor, que pegó un respingo.
—¡¿Qué ha sido eso?!
—¡No hay tiempo! ¡Tenemos que irnos! —respondió mientras tiraba de él.
Cuando salieron de la habitación de Raphael encontraron a los dos más pequeños. Mikey sollozaba y temblaba, cogido del brazo a Donnie, que miraba paralizado el salón.
El fuego había ido más allá del dojo. La escalera central de madera que el genio construyó con ayuda de sus hermanos se consumía en el centro de la sala. La televisión echaba chispas, incendiando el escaso mobiliario que se encontraba alrededor.
Leonardo entró rápidamente en su habitación y cogió las katanas. Antes de acostarse había estado entrenando a escondidas. Entonces estaba intranquilo porque Splinter le pillara manejando sus armas fuera del dojo, pero ahora agradecía sus impulsos irrefrenables por practicar.
—¿P-p-pero qué ha pasado? —Donatello seguía sin poder moverse.
—¡Tenemos que dirigirnos a la salida de emergencia antes de que el fuego nos bloquee el paso! —explicó, intentando mantener la calma por sus hermanos. Ocultó su mano izquierda, que seguía temblando.
—¿Y Splinter? ¿Dónde está? —sollozó Mikey mientras sus hombros se convulsionaban.
—¡VAMOS! —gritó el mayor, cogiendo del brazo al más pequeño. Raphael, recuperado del impacto inicial, hizo lo mismo con el otro.
Bordearon el salón, evitando el incendio tanto como les era posible. El líder interpuso su cuerpo entre las llamas y Mikey tanto como podía. Sentía cómo el calor entraba en su piel y le quemaba. Raphael tosió fuertemente mientras se agachaba junto a Donatello. Leonardo pasó el brazo por el hombro del pequeño e hizo lo mismo.
Llegaron al laboratorio de Donnie. El mayor se quedó en la puerta, asegurándose de que sus hermanos pasaran antes de cerrar la abertura corredera. Allí no había humo, mucho menos fuego. Los cuatro pararon un momento para recuperar el aliento.
La habitación daba a la sala de energía de la antigua línea de Nueva York, que era el lugar donde vivían. A su vez llevaba a un entramado de pasillos que terminaban en los diversos raíles que en la actualidad estaban abandonados. Perfectamente podrían encontrar un escondite y escapar.
Sin embargo...
Las llamas comenzaron a brillar con más intensidad a través de los resquicios de la puerta. El humo iba asomándose amenazante. De repente algo golpeó la puerta, haciendo que los hermanos dieran un par de pasos hacia atrás.
—Leo —Raphael le puso una mano en el hombro. Volvió la mirada hacia él. Sus ojos verdes brillaban con furia—, ¿qué ha sido de Splinter?
«No lo sé», querría haber respondido. Pero algo en el fondo de su corazón le susurraba lo contrario. Aquella certeza arrebató momentáneamente sus fuerzas. Notaba la mirada preocupante de sus hermanos, mirada que no pudo aguantar. No pudo aguantar unas lágrimas silenciosas.
—No podemos huir los cuatro —replicó en su lugar—. Alguien tiene que quedarse atrás para dar tiempo a los demás...
Sus hermanos empezaron a reaccionar antes de que terminara la frase. La boca de Donatello dibujó una mueca mientras se llevaba las manos a la cabeza, susurrando palabras ininteligibles. Michelangelo se quedó de pie donde estaba y abrió los ojos al máximo, negando con la cabeza mientras Raph le cogía por los hombros y lo zarandeaba.
—¡¿Se puede saber qué mierdas estás diciendo?! —Podía sentir su aliento contra el suyo. Apretaba tanto los dientes que podía oír cómo rechinaban.
—¡No podemos escapar todos, Raphael! —Leonardo estalló, empujando a su hermano menor con ímpetu mientras le miraba con determinación. Justo en ese momento se oyó otro golpe en la puerta—. Al otro lado hay alguien que no parará hasta matarnos a todos. Si nadie lo retiene, ninguno sobrevivirá —Dio un paso adelante, de manera solo él oyera lo que tenía que decirle—. Alguien tiene que cuidar de Mikey y Donnie. Raph, dependen de ti. Por eso tenéis que huir ahora. Por favor...
Otro golpe en la puerta. Esta vez se abombó. Mikey dio un chillido y se quedó en cuclillas, llorando lastimosamente. Raphael, que había desviado la mirada hasta entonces, estableció contacto visual. Pudo sentir el dolor que desprendía cada centímetro de su ser. Él deseaba permanecer con sus hermanos, no separarse jamás. Pero era imposible.
—Más te vale salir vivo de esta —replicó en voz baja, frunciendo el ceño—. Si no lo haces, yo mismo iré a sacarte de entre los muertos.
Sin volver a mirar atrás cogió a los pequeños y comenzó a arrastrarlos hasta la puerta de salida. Mikey comenzó a chillar, extendiendo los brazos hacia el hermano que quedaba atrás. Donnie parecía un muñeco de trapo con los ojos abiertos, susurrando algo que Leonardo pudo leer con los labios: «Leo».
Éste miró hacia adelante. Con solemnidad desenfundó las katanas, dispuesto a darlo todo. Cada segundo que resistiera suponía una oportunidad más para que sus hermanos pudieran sobrevivir.
«Más te vale salir vivo de esta».
Los dos sabían que aquello nunca ocurriría. Deseó en lo más profundo de su corazón que pudiera realmente perdonarlo. Cerró los ojos, inspiró y espiró profundamente.
La puerta se abrió como un volcán. Leonardo se hizo a un lado antes de que los restos de la explosión le dieran de frente. El humo entró a mansalva, rodeándole e instándole a toser bruscamente. Adelantó un pie y levantó las katanas, quedando en posición de combate. No tardó en vislumbrar varias siluetas que se abrían en semicírculo. Todas iban embutidas en el mismo mono negro, de extremidades grisáceas. Cuando le vieron, tan pequeño como aún era, no pudieron evitar echarse a reír.
—¿Y estos son los discípulos de la rata? ¡Una tortuga! Mira tú por donde —exclamó uno que se encontraban a su izquierda. Agitó la punta de su katana en el aire en movimientos circulares, mofándose del pequeño— ¿Dónde está el resto de tu camada?
Leonardo no respondió. Tan sólo era consciente de su propia respiración acelerada.
—Qué malos modales les ha enseñado su maestro —Otro a la derecha intervino. Hablaba con veneno, arrastrando las palabras—. ¿No sabes que cuando alguien mayor que tú pregunta debes responder?
Dio un paso hacia él. Leonardo, con el corazón en un puño, levantó una de sus katanas.
—Ni se te ocurra dar un paso más —amenazó con los dientes apretados, dirigiendo la punta hacia el pecho del segundo ninja.
Todos los demás se echaron a reír, obviamente sin tomarle en serio. Su muñeca tembló ligeramente, pero se obligó a mantener la compostura.
—Anda, pequeñajo, baja ese juguete y di dónde están los demás —habló una voz conocida. El hombre que se hacía llamar Bradford surgió en medio del grupo. En aquellos momentos no llevaba casco, desvelando las facciones de un hombre de mediana edad, de pelo y barba castaños. Parte de la piel de la mejilla izquierda colgaba a un lado, dejando una herida que sangraba profusamente. Pese a eso seguía sonriendo mientras agitaba su katana, soltando gotas de sangre que previamente manchaban la hoja. En la mente de Leonardo se fue formulando una horrible conclusión—. Quizá de esa manera seamos clementes y te concedamos una muerte rápida. Al igual que tu maestro...
Aquellas últimas palabras cayeron sobre su conciencia como un chorro de agua fría.
—No...no puede ser —musitó mientras retrocedía, negando con la cabeza. El temblor de su muñeca aumentó, dejando caer la katana.
Bradford comenzó a reír, deleitándose con la sorpresa y el sufrimiento del quelonio. Habló con gravedad, asegurándose de que se le oía alto y claro:
—Fue un hueso duro de roer, tengo que admitir. Pero poco tenía que hacer contra diez de nosotros a la vez. Segundos antes de que atravesara su corazón con mi hoja se le veía en el suelo tan vulnerable. Tan viejo. Tan...desgraciado.
»¿Pero sabes qué fue lo más gratificante? Que suplicó por vuestra vida. ¡Pidió que os dejáramos vivir! El muy estúpido pensaba que con unas lagrimitas de abuelo se nos ablandaría el corazón. Me dio un buen motivo para escupirle en la cara mientras se ahogaba en su propia sangre.
Leonardo quedó de rodillas, escuchando cada una de aquellas palabras como si de un martillazo se tratara. Aquel fue el primer recuerdo que fue consumido por el fuego: su padre, siempre sereno, bondadoso, sabio, un guía. Casi podía ver cómo su imagen, envuelta en un halo de luz, se resquebrajaba lentamente en un amasijo de sangre oscura.
«Dijiste que todos compartíamos un vínculo especial», lloró en su fuero interno. «Dijiste que daba igual lo que nos separara, siempre encontraríamos el camino de vuelta a casa»
¿Por qué les había abandonado?
—Acabad con él —la voz de Bradford sonaba distante, pero audible—; no es ninguna amenaza. Haced lo que queráis. Si lo troceáis lo suficiente quizá cenemos sopa de tortuga.
No. Splinter no les había abandonado. Él lo había matado.
Sintió cómo su respiración se aceleraba. Algo en su interior comenzó a expandirse hasta el último centímetro de sus extremidades. Su vista, en aquellos momentos enfocada en el suelo, se volvió artificialmente nítida. Incluso el tiempo parecía ralentizarse.
Oyó cómo un ninja a su izquierda desenfundaba uno de sus kunais. Con un rápido movimiento ocular localizó su katana, a un par de centímetros de su mano derecha.
Fue rápido e instintivo. Demasiado rápido siquiera para que los otros ninjas, siquiera Leo, pudiera percibirlo. En el siguiente momento del que fue consciente se encontraba de pie, con la katana cogida al revés. Dibujó un arco en el espacio, seguido de una ráfaga de sangre que manchaba parcialmente su campo visual. En el siguiente fotograma un cuerpo caía a su lado, sin cabeza.
Aquello pilló desprevenidos a los demás, que tampoco llegaron a visualizar esa oscilación inesperada. Envuelto en un frenesí incontrolable, aprovechó la sorpresa y hundió la katana en el pecho del primer ninja que vio. Gritó con todas sus fuerzas mientras la hoja se iba hundiendo más y más, hasta convertir en lo que era un hombre un maniquí sangrante sin vida.
—¡COGEDLE! —gritó Bradford, extendiendo el brazo a modo de orden.
En un segundo el resto de los ninjas se abalanzó sobre él. Rápidamente le arrebataron las katanas y comenzaron a bloquear sus extremidades. Mordió, pataleó y forcejeó...
Pero fue en vano.
Cuando sintió la primera patada en el estómago notó cómo la locura y el frenesí de combate le abandonaba como había venido. Un golpe en la cabeza, otro en la rodilla. Cayó al suelo. Su vista se nubló de negro. No sabía si era porque estaba perdiendo la consciencia o por los ninjas, que le habían rodeado. No dudaban en darle puntapiés por todos los sitios posibles. «Basura» oyó que alguien le gritaba. «Una mierda que eres, ¡púdrete!», escupió otro. Alguien le pisó en la cara, y notó el sabor de su propia sangre. Quizá había perdido algún diente con el golpe.
El dolor era insoportable. Los golpes no cesaban. Sentía que se iba rompiendo en pedazos mientras imaginaba entre patada y patada cómo en su cuerpo se dibujaban multitud de hematomas.
Pero lo peor era la sensación de soledad. Era paradójico, por no decir extraño; pero aquella violencia que le rodeaba y consumía le hacía sentirse horriblemente vulnerable. Fue entonces cuando recordó que, pese a todo, seguía siendo un niño.
Comenzó a sollozar, aunque no se oyó entre los insultos de los hombres. Quería que su padre estuviera presente, le curara, ahuyentara todo lo malo y le acunara en sus brazos, susurrándole que todo iba a ir bien.
Pero su padre estaba muerto.
—¡Parad ya! ¡Levantadlo, y tenedlo bien sujeto!
Los golpes cesaron. Las fuerzas habían abandonado a Leonardo, que apenas podía murmurar sonidos ininteligibles. Cuando lo posicionaron delante de Bradford, sujeto por las extremidades, notó que sólo podía ver a través de un ojo. El otro estaba tan hinchado que de haberse visto en un espejo no se habría reconocido. Escupió un amasijo de sangre mientras el hombre fornido se acercaba hasta quedar frente a él.
—Si hubieras muerto como un chico obediente no habrías pasado por todo este dolor. Has de pagar por la muerte de mis hombres —espetó con enfado mientras se ponía algo en la mano derecha. Un brillo característico ayudó a Leo a reconocer un nudillo de acero—. A estas alturas no esperes clemencia de mí.
Al escuchar aquella palabra, Leonardo levantó la cabeza con las pocas fuerzas que le restaban.
—No quiero clemencia de un inútil que necesitó ayuda de otros tantos incompetentes para matar a un solo hombre.
Bradford abrió la boca y la volvió a cerrar. La tortuga vio cómo apretaba los dientes y una vena se le marcaba intensamente en la sien.
—Que así sea, entonces —sentenció con veneno.
Estiró el puño.
Agua.
Sintió cómo entraba en su garganta seca. Un acto reflejo se encargó de deglutirla, hidratando su maltrecho cuerpo. Un cuerpo demasiado débil para moverse, pero vivo a fin de cuentas. Bebía con tanta ansia que casi se atragantaba. Notó que algo (¿una mano?) levantaba su cabeza para que pudiera tragar con mayor facilidad.
—Bebe más lento —Le indicó una voz aguda—. A este ritmo te vas a ahogar.
«¿Mikey?», pensó, confundido. A lo mejor estaba muerto, y aquello no era más que el preludio del cielo. Claro, si es que existía un cielo para ellos.
Con un esfuerzo infinito volvió a abrir los ojos. Tenía la vista desenfocada, pero en la periferia del campo visual pudo reconocer que seguía en su celda húmeda y sucia. Una cara se mostraba frente a él, aunque no podía reconocerla bien...
—¡Hey, me alegra que sigas vivo! Pensaba que ibas a dejarme, justo cuando acabamos de conocernos.
No. No era la voz de Mikey. Ni de Donnie. Ni siquiera de Raph. Se inclinó hacia él. Lo primero que vio claramente fueron unos ojos castaño claro que le analizaban con brillante curiosidad. Leonardo inquirió, no sin cierta dificultad:
—¿Quién...eres?
N/A: ¡Hola holita, vecinitos! Como bien podéis ver, sigo vivo por aquí. Prometí que actualizaría a mediados de Noviembre, pero la facultad realmente absorbe bastante tiempo. Y cuando me encuentro libre estoy tan agotado que ni siquiera tengo fuerzas para escribir.¡Pero finalmente he podido actualizar! Otro motivo de mi retraso es que el capítulo salió más largo de lo que esperaba, y también tenía dudas sobre qué decir y qué no (ya sabéis, por generar intriga...).
Siento mucho si tampoco he leído vuestras historias. Espero que estas semanas pueda aparecer por aquí, ya que hasta enero no vuelvo a tener prácticas clínicas.
Paso a mencionar a cada una de las agradables personitas que se han esmerado en comentarme todas sus impresiones y críticas (constructivas, claro): Kryptonita (Tus reviews me retroalimentan de una manera espectacular. Con comentarios tan concienzudos es un placer escribir. Soy consciente de la «debilidad» de Raphael, pero actualmente es más pequeño que en la serie, lo cual justifica en parte que no sea tan intenso. Tengo pensado que evolucione en una dirección propia de él, si bien con algún matiz debido a las circunstancias. Gracias por desearme lo mejor de cara a la Universidad. Sí, ha sido extenuante, pero igualmente satisfactorio) - Jamizell Wolf Blood Amatista (Me alegra que te guste ese toque realista. Cuando iba viendo la serie de Nickelodeon había ocasiones en las que decía que se podían llevar los acontecimientos de una manera más profunda. Aunque este principio sea distinto del de la serie, intentaré establecer algunas analogías que se acerquen a mis deseos de cómo hubieran ido ciertos asuntos) - WakaiSenshi - Nightcathybird (Puedo decirte con toda tranquilidad que este personaje aparecerá como es debido. Tengo que afinar algunos detalles sobre su arco argumental, pero su presencia está cien por cien asegurada) - I Love Kittens Too - Leona NTF 01 (Créeme que hay momentos que tengo planeados en los que me gustaría abrazar a nuestros chicos hasta que dejen de sufrir. Quizá soy un poco cruel con ellos, pero así es la vida. O te adaptas y sales adelante, o mueres) - lovemikey 23 (Quizá en este capítulo no hayas descubierto nada sobre el estado actual de Mikey...pero puede que más pronto de lo que piensas sepas algo de él)
marita y Bad Girl: No sé si estaréis por aquí o llegaréis siquiera a leer estas palabras, pero muchísimas gracias por los comentarios. Sobre vuestros interrogantes, todo a su debido tiempo se sabrá...
Con esto termino ya. No sé cuándo actualizaré la próxima vez, quizá para el mes que viene, ya que más o menos estoy manteniendo un ritmo mensual. No puedo asegurarlo, pero tengo planeado lo que abordaré en el siguiente episodio. Eso es mejor que nada, ¿no?
¡Un besito a todos! Espero que hayáis disfrutado de este capítulo.
Con muchísimo cariño.
Jomagaher.
