Renuncia: todo pertenece a Lynn Flewelling, no gano nada con ésto ni pretendo otra cosa que no sea divertirme con ella y entretener a quien se sienta interesado en leerla.

Espero que disfrutéis con la lectura.

Los Rubíes de Skheglio

Capítulo 4
Miedo

A los dos días de cautiverio, sólo Brem, Riham y su bebé y el propio Alec seguían con vida. El herrero había sido el primero en no regresar y, cuando al subir poco rato después Alec había visto su cinturón colgando de un perchero en la cabaña, supo que el hombre no había aguantado más.

Fue la tarde del segundo día, cuando Alec empezó a ser consciente de que posiblemente no saldría de allí con vida. En sólo un par de días habían llevado a la muerte a la mayor parte del grupo y él empezaba a tener los dedos, rotos la primera vez que lo habían subido, amoratados e hinchados, infectados por la rotura del propio hueso. Sólo había subido una vez más y de aquella visita guardaba unos bonitos latigazos en la espalda que fueron lavados allí mismo con agua y sal.

El bebé de Riham empezó a llorar, sacándolo de aquellos pensamientos lúgubres y trayéndolo a un mundo oscuro y con olor rancio.

— Shhhh… —chifló Brem, acurrucado en el suelo— shhhh… Riham, mécelo un poco, que no se canse mucho…

El día anterior, la ya fallecida Stía, les había hecho ver que Riham no podía alimentar al niño y que era posible que el bebé muriera de hambre si su cautiverio se alargaba mucho. Había sido mucho más suave al decirlo, pero todos lo habían comprendido. Luego ella había muerto y su llanto se había parado.

— Riham… ¡Riham! —llamó otra vez Brem— ¿Estás…? —el muchacho se levantó tambaleante, dejando ver su espalda desollada y la parte de la nuca, donde le habían arrancado la mayor parte del pelo y el cuero cabelludo— ¡Oh, por Dalna!

Alec se levantó entonces, para comprobar el estado de Riham. La chica parecía afiebrada y sólo por estar tumbada en aquél camastro, el bebé no había caído al suelo, sin sujeción de aquellos brazos inertes.

— ¿Está… está muerta? Sakor de la Llama, ¿está muerta?

— No, no… —murmuró Alec poniendo torpemente la mano de dedos rotos sobre la frente de la chica— sólo inconsciente… tiene fiebre.

Alec sabía que la chica iba a morir, posiblemente antes de que volvieran a por ella, porque el siguiente en subir sería él posiblemente, pero no quería atormentar a Brem, ese chico dulce y simpático, inocente como le fue él una vez, tiempo atrás, en el norte.

Repentinamente, recordar el norte, su primer encierro con aquél molinero y con Seregil. Recordar a Seregil, le llenó el pecho de añoranza y se quedó quieto junto al camastro mirando la nada.

Talí…

— ¿Eh? —preguntó de pronto, despertando de su ensoñación al notar que Brem se seguía dirigiendo a él. El chico tenía al bebé en brazos y lo miraba preocupado.

— ¿Qué hacemos con Riham? ¿Cómo la curamos?

— Pongámosle la manta. Si suda un poco le bajará la fiebre… —masculló, intentando alentar al chico.

Entre los dos taparon a la muchacha y volvieron a colocarse en sus lugares. Brem arrullaba al niño que lloraba, posiblemente, por el hambre.

Lentamente todos se sumergieron en un sueño inquieto y doloroso que sólo hizo empeorar a Riham y recuperar a Brem y a Alec lo suficiente para aguantar otra tortura más.

La mañana del tercer día amaneció tan lluviosa y húmeda que incluso las paredes del seco agujero donde estaban encerrados parecían empapadas y un frío inquieto y penetrante calaba los huesos de Riham, que seguía inconsciente en la cama, y los de Alec.

Brem había muerto la noche anterior. Al ver a la joven inconsciente, los hombres habían tomado al muchacho, dejando al bebé al cuidado de Alec. No había vuelto.

El niño había llorado toda la tarde, hambriento y sucio, y Alec había empezado a asustarse de verdad. Alguna parte en él, aunque remota y silenciosa, había estado luchando encarecidamente con el optimismo serio y realista que hasta entonces lo había dominado, el que le decía que Seregil sabía que algo malo le había ocurrido y que había movilizado a Thero para buscarlo. Ahora, la otra parte, la que había estado murmurando que no iba a salir de allí con vida porque nunca hubo esperanza, estaba ganando terreno y se alojaba cada vez con más facilidad en su mente.

La comida llegó interrumpiendo sus pensamientos y, por primera vez, Alec se dirigió a los guardias suplicante.

— Tenéis que llevaros al niño, es muy pequeño —dijo pegado a la reja, observando cómo introducían la bandeja por el hueco destinado a ello— ella no puede amamantarlo y… ¡por Dalna! Ella va a morir y lo va a hacer pronto. No podéis dejar que…

Pero los hombres se habían marchado por las escaleras hacia la superficie sin ni siquiera mirarlo y Alec no podía hacer absolutamente nada.

Se sentía frustrado, sólo y totalmente vencido. Y aunque el sabía que no era así, que era un superviviente, no podía sentirse de otra forma con los huesos de las manos rotos, la piel cosida a latigazos, el cuerpo casi muerto de una chiquilla poco mayor que él a su lado y un bebé hambriento entre los brazos.

Suspiró.

No puedo morirme sin haberme despedido de Seregil. Ni puedo dejar que este niño muera. No puede pasar.

Posiblemente la propia fiebre era lo que le hacía tener esas divagaciones sueltas y faltas de una lógica que las respaldara, pero le dolían los huesos y tenía que hacer que el bebé comiera algo. Con decisión se dirigió a la bandeja y se sentó frente a ella. El niño observó la comida, deteniendo el llanto y enfocando los ojos en las viandas.

Alec no sabía cómo se llamaba si quiera, o no se acordaba, no estaba seguro, pero calculaba que debía tener poco más de un año y, aunque parecía que todavía mamaba, era posible que ya le hubieran agregado algunos alimentos duros a la dieta, porque el bebé tenía algunos dientes pequeños y blancos que auguraban una dentadura tan bonita como la que había tenido su atractivo abuelo.

— Vamos a probar con un poco de caldo…

Acercó uno de los cuencos al bebé. El niño estiró las manos pero apenas palmeó el recipiente y fue Alec quien se lo colocó en los labios y con mucha suavidad lo volcó. El bebé se separó un poco y algo del líquido se derramó, peor volvió a colocarse él mismo contra la madera y abrió los labios chupando el borde. Era un movimiento torpe, porque parecía que intentaba sorber más que tragar y el caldo se deslizaba por las comisuras constantemente, pero el niño bebía y Alec pensaba que podía echarse a llorar.

Haciendo pausas para que el bebé pudiera centrarse realmente en lo que estaban haciendo y Alec pudiera retirarle un poco de líquido de la cara, el caldo se terminó y sólo quedaron dos patatas cocidas y un trozo de carne en el fondo del pequeño cuenco. Dudando, porque no estaba seguro de si era mucha o poca comida, Alec decidió arriesgarse a darle un poco de ambos. La patata pareció ser toda una novedad, tal vez hasta entonces sólo había comido corteza de pan, porque cuando se le deshizo en la boca y entre los labios el bebé gritó asombrado y rió mirando a Alec con unos grandes ojos azules que tal vez se volverían verdes con el tiempo.

Acostó al niño junto a su madre en la cama de la celda y dio cuenta del guiso. Dudó un poco entre intentar despertar a Riham o dejarla dormir, bastante convencido de que la muchacha estaba inconsciente y de que posiblemente no despertaría, pero sintiéndose culpable por, tal vez, no atenderla como debería. Las manos le dolían ya como un recuerdo lejano, posiblemente los huesos estaban soldándose en malas posturas y el cuerpo se había cansado de señalarlo. La espalda también le dolía en oleadas sordas y ardientes.

Seregil estaba desesperado. Nervioso, pálido y con los ojos casi enfebrecidos. Junto a él, Miccum cabalgaba en completo silencio, casi sin resentir la pierna y tan preocupado como él. A ambos lados de ellos, un grupo más o menos informal de guardias de Rhíminee galopaban a buen ritmo, entremezclados con Thero y otros dos magos de la Oresta.

El pequeño batallón se había reunido con una presteza envidiable cuando, tras un aterrador presentimiento, Seregil había llegado poco después del alba a la aldea de la derecha para encontrarla silenciosa y salpicada de algún que otro cadáver a las puertas de las casas. Había corrido gritando el nombre de Alec mientras entraba en cada uno de los edificios de piedra, pero no lo había encontrado, igual que no encontró ningún superviviente. Las cosas del joven estaban en una de las casas donde dos hombres yacían muertos. También había objetos que tenían que pertenecer a una mujer y a un bebé, pero ninguno parecía haber muerto en la casa.

Cuando junto a la cama que tenía que haber ocupado Alec, Seregil encontró su cuchillo largo, había sentido que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Hoy no, talí… hoy no, por favor.

Un poco aturdido tomó aire y bajó corriendo, buscando el rastro de huida que todavía debería estar fresco. No fue complicado para él ver la senda rumbo al este que habían tomado. Caballos y hombres con armadura a pie. No irían muy lejos, probablemente.

Seregil corrió hacia su caballo, con la melena oscura ondeando tras él, y se hubiera lanzado sin pensarlo a la espesura del bosque si no hubiera recordado, casi como un fogonazo, el cuchillo caído de Alec.

Tenía que haber estado despierto y con él en la mano para que llegara a un par de metros de la cama, junto a la ventana. Alec los había visto y ellos lo habían apresado junto a un grupo indeterminado de pueblerinos. Tenían que ser más de lo que habían elucubrado u hombres preparados.

Apelando a la razón, Seregil había girado su montura y se había precipitado rumbo a Rihimmine. Tres días después, el pequeño batallón estaba tomando la desviación al pueblo de la derecha.

El silencio era respetado incluso por los soldados. Seregil estaba seguro de que la ausencia del bebé, posiblemente secuestrado también por aquellos hombres había impactado fuertemente a los guerreros. Robaban rubíes mágicos y se llevaban a un infante. No había que ser un mago para ver la necromancia bajo aquellas acciones.

— Alec está hecho de buena pasta —habló Micum, de repente, con voz seria pero reconfortante—se lo han llevado porque lo querían vivo, y vivo lo vamos a encontrar.

Seregil bufó por la nariz, enfadado por el consuelo y confortado por su presencia. O al revés. No estaba seguro.

— Lleva cuatro días desaparecido y nos queda medio para llegar al pueblo. Y no sabemos si podremos seguirlos, o alcanzarlos… Teníamos que haber ido los dos juntos. Al mismo pueblo. Si nos hubiéramos equivocado… bueno, habríamos terminado estando en el último pueblo. Ellos estaban condenados, han muerto igual…

No estaba siendo muy claro en sus ideas, pero la adrenalina había estado corriendo por su cuerpo desde el alba en la que había abandonado la posada de la izquierda y había encontrado el pueblo de Alec arrasado. Se sentía cansado pero alerta y lleno de fuerza, de impaciencia. Y preocupado, agobiado, triste y azogado. Y no quería volver a sentirse así. No quería estar separado de Alec tanto tiempo, ni preocupado por alguien preciado. Quería que todo fuera tranquilo, pero emocionante, o algo así. No sabía muy bien qué quería.

Pero quería a Alec bien y a su lado. Ya.

La llegada al pueblo fue rápida, pero dejó a los soldados con la moral baja. Los cuerpos habían comenzado a pudrirse y algunas aves carroñeras estaban terminando con lo que los lobos y algunos otros animales habían dejado de los cuerpos. En el santuario dálnico los sacerdotes, que habían sido desmembrados, permanecían intocables y fueron los únicos a los que el grupo dio una rápida sepultura antes de adentrarse por el este hacia la ruta ya extinta que Seregil recordaba haber visto.

Pequeñísimos detalles en aquél bosque frondoso que crecía con velocidad eran los que iban guiando a Miccum, pero debían avanzar con rapidez y todos temían trazar una curva indebida o continuar una recta inexistente. Y el cielo amenazaba lluvia.

Alec apenas sintió el impacto contra el suelo cuando lo dejaron caer nuevamente en la celda. Antes de que lo hicieran, uno de los hombres -creía que una mujer, en realidad- había entrado para comprobar si Riham seguía con vida. Había hecho un gesto de asentimiento hacia sus compañeros cuando había encontrado respiración y había mirado de reojo al bebé dormido entre el cuerpo laxo y la pared, pero no había hecho amago de cogerlo.

— Tenéis que salvarlo… —había murmurado él, desmadejado entre sus dos captores— es tan pequeño…

Si los hombres se miraron entre ellos o si sus palabras costosas y bajas les habían afectado, Alec no lo supo. Fue llevado a la entrada de la celda y dejado a su suerte. Calló sin remedio al suelo y oyó el conocido fundir de metales que lo dejaba atrapado allí sin escape.

El bebé se despertó entonces y empezó a llorar bajito mirando a los soldados tras las rejas y luego a Alec, pero el rubio estaba demasiado cansado, su cuerpo no respondía y sentía los hombros desencajados. No podía levantarse a por el niño.

Viendo como se acurrucaba contra su madre cada vez más fría, Alec cerró los ojos y durmió.

Se despertó aturdido, sin saber si el llanto del niño lo había levantado o el ruido de la puerta de las escaleras se había colado en su subconsciente poniéndolo alerta. Se sentó sin apoyar los brazos. Tenía, efectivamente, ambos desencajados y las magulladuras de las cuerdas con las que habían tirado de ellos alrededor de las muñecas habían cogido un color feo que olía levemente a pútrido.

Se arrastró sobre las piernas hasta llegar a la cama donde yacían madre e hijo y observó bajar al mago y algunos mercenarios.

Sentía una especie de terror sordo. Tanto miedo que casi había desaparecido. No sobreviviría a otra tortura. O tal vez sí, un par de horas en aquella celda. Luego moriría.

Pero los soldados pasaron junto a él y levantaron a Riham sin contemplaciones. Desmayada en la fiebre, el soldado la cargó sobre un hombre y se la presentó al anciano.

— N-no… —murmuró Alec— ¿Qué…?

Nadie le prestó atención.

Después de comprobar que seguía viva, salieron de la celda y la sellaron. Sorprendido y asustado, Alec consiguió ponerse en pie y dejarse caer sobre la cama, todavía tibia por el cuerpo de Riham, donde el bebé miraba a su alrededor en silencio absoluto, encogido contra la pared y chupándose un dedo ansiosamente.

Pasó más de media hora antes de que Alec fuera realmente consciente de que acababan de llevarse a la chica, probablemente para matarla antes de bajar a por él. Tal vez habían durado demasiado tiempo, tenían que robar el último rubí y necesitaban deshacerse del lastre. Pero podrían haberla matado allí o haberlo llevado a él también. Y estaba el bebé ¿qué iban a hacer con el bebé?

Horrorizado, Alec consiguió subirse a la cama donde el bebé seguía en silencio. Ya era lo suficientemente mayo como para sentarse solo, pero muy pequeño para haber empezado a hablar. Alec lo acercó hacia su pecho sin poder hacer fuerza real, dispuesto a darle un poco de sosiego y carió antes de que finalmente bajaran a por él y terminaran con la vida de ambos.

Como buen Dálnico, Alec rezó durante el tiempo que estuvieron solos. Fueran horas o minutos, Alec repitió un mantra, primero susurrado, luego a voz en grito y después en silencio, cansado y casi deseoso de que por fin terminaran con su suplicio.

Dalna, principio y fin, que con éste fin empiece en paz. Que con este fin empiece en paz.

Aquella braveza juvenil y vital que siempre le había acompañado había desaparecido en aquellos días de encierro, posiblemente porque esta vez sí había llegado a conocer a los muertos o tal vez porque la existencia de aquél bebé le corrompía las entrañas a sabiendas de que no podía hacer nada por él.

Dalna, principio y fin, que con éste fin empiece en paz. Que con este fin empiece en paz.

Cuando finalmente oyó la trampilla abrirse y los pasos de los mercenarios bajando con sus botas pesadas, abrazó al bebé y gritó:

— ¡Dalna, principio y fin, que con éste fin empiece en paz! ¡Que con este fin empiece en paz!


¡Muchas gracias por leer!