Los personajes de Yuri! On Ice NO me pertenecen, son propiedad de Kubo, Yamamoto y estudios Mappa.

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Después de la caída de los últimos países involucrados, la guerra finalmente se dio por terminada, Yuri se encargó de que fuese el más grande percusor, conocido como Hitler, el que terminase con su vida de propia mano en la compañía de quien a la larga, podría representar un peligro, su esposa.

El mundo humano terminó herido, devastado y evidentemente en ruinas, la desolación se podía respirar por donde fuese que los sobrevivientes caminasen, el hedor y la podredumbre solo traería consigo más destrucción, pestes y muerte en masas, la legión de Otabek y la suya propia estaba cansada, desolados y adoloridos ante la imagen que observaban.

Yuri les dijo ese día que no podían hacer más, ahora lo único que ellos podían hacer por la humanidad seria preservar las almas a fin de regresarlas a un mundo mejor, a fin de darles un poco de la felicidad arrebatada en su nueva vida.

Fue pues entonces cuando las dos legiones de arcontes abandonaron la tierra, expandieron sus alas y llevaron consigo millares de almas, mientras que en la tierra, Yuri permanecía a distancia pero cerca de Otabek, este último lloraba al más preciado de sus hijos, el mismo que se había desvanecido días atrás en sus propios brazos sin que él pudiese hacer algo.

Yuri observaba en silencio, a espera de lo que podría y evidentemente llegaría a pasar, no había forma de detenerle pues consideraba que estaba en su derecho, él mismo hubiese hecho lo mismo si de alguno de sus hijos se tratase, era evidente, pero aun así albergaba la esperanza de no tener que verlo, de no ver en los hermosos ojos de Otabek ese poder desbordante…

La ira del arconte.

Otabek tomó en sus manos el arma arcana de su hijo perdido, la lloro por última vez y la guardó junto a su propia arma, se levantó digno y llevo una fugaz mirada hacia donde Yuri le cuidaba, estaba agradecido por ello, realmente agradecía que el menor guardase su distancia sin abandonarle, realmente lo valoraba.

Dio una mirada al rubio y se elevó por los cielos, por primera vez dejo que fuesen sus alas las que lo guiasen, que esas mismas grandes alas lo llevaran a sobrevolar el cielo azul mientras evitaba descargar su ira de la forma incorrecta, evitándose cometer algún error.

Cerca de él, el rubio le acompañaba en silencio y dejándole ser, respetando su espacio, su dolor y su luto, pero diciendo toda sin decir nada, era confuso pero reconfortante a la vez.

Después de algunas horas, quizás más, comprendió que era el tiempo de volver, debía enfrentarse a la realidad, buscar las respuestas detrás de la partida de su pequeño hijo y encontrar una solución, aunque sabía que nada de ello se lo podría devolver, no existía manera de regresar al arconte a la vida.

El camino hacia el reino de los arcontes fue silencioso, pero por primera vez desde la partida del menor, Yuri pudo avanzar alado de su amigo, pudo verle a la cara sin temer por ver ese rayo de ira en su mirada, pudo verse tranquilo de ver a Otabek en calma.

Llegaron hasta el salón de reuniones, los regidores de los doce eones estaban allí, todos miraban expectantes a los dos recién llegados que andaban de la mano, siempre juzgando, siempre rumorando.

—Bienvenidos, Lucar, Caracar –saludó el líder-.

—Hmm –fue todo lo que respondió el peli negro mientras que Yuri no se molestó en responder-.

—Sé que están cansados pero es necesario un reporte sobre lo ocurrido en la tierra, padre desea saber lo que pasó –dijo con seriedad el hombre que era como siempre acompañado por su esposa-

—La guerra terminó –aclaró con amargura Otabek y se dio la vuelta para salir del salón-

—¿Y las bajas? –cuestionó con una sonrisa el mayor al ver que el primero se retiraba-

Yuri tomo con fuerza el brazo de Otabek, sin embargo era consciente que no podría retenerlo, no si las cosas continuaban de esa forma, ¿Qué rayos pasaba con Xarmaroc?, ¿estaba provocando al Otabek?, si era así, ya debería saber que nada bueno saldría de ello, que rayos era lo que pretendía ese hombre.

El cuerpo de Otabek se tensó al escuchar tales palabras, como era Xarmaroc capaz de preguntar por las bajas, como podía hacerlo con esa inocencia tan falsa, tan sucia y despreciable, los delgados dedos de Yuri que rodeaban su brazo logro calmarlo, no era el momento ni el lugar para enfrentar al causante de la muerte de su hijo, no era correcto siquiera pelear y lo sabía.

—Lucar –hablo con frialdad y rudeza el albino de ojos amarillos- he preguntado por las bajas, ¿debo repetir mi pregunta?

—Una baja, no hay más, nos retiramos –respondió molesto el rubio antes de jalar del brazo de su compañero-.

—¿Cómo murió? –insistió el mayor con calma-

—¿Qué? –cuestionó Otabek sin volver la mirada-

—Te he preguntado cómo es que murió Yiracar

La sala se llenó de un horripilante instinto asesino, Yuri salió volando a causa de la pesada y poderosa energía emitida del cuerpo del peli negro, su delgado cuerpo se golpeó contra uno de los pilares sagrados y estuvo a punto de perder la conciencia.

El resto de los arcontes de levantaron de sus lugares, tomaron sus armas arcanas y apuntaron hacia el cuerpo aun de espaldas de Otabek, sin embargo los cuerpo de estos temblaban sin poder comprender la magnitud del poder que poseía el suba capitán de la legion mayor, la cantidad de poder era simplemente ridícula y lo llevaba a cuestionarse si realmente ese hombre sería capaz de superar en poder a su propio líder.

Randhar se escudó detrás del cuerpo de su esposo, el hecho de ver a un arconte de la magnitud de Otabek irradiando ira le aterraba, era consciente del poder equivalente a la ira del arconte, sin embargo sabía bien que tanto Otabek como Xarmaroc estaban en niveles de poder diferentes.

Otabek irradiaba muerte por doquier.

—Contrólate –dijo con seriedad el albino mientras miraba molesto a Otabek que apenas movía su cabeza hacia ellos-, solo es una simple pregunta

—Yo –dijo con voz tétrica y desplegando su poder- no he dicho que fue Yiracar quien murió

—… -Xarmaroc retrocedió en silencio con su mujer a espaldas, era consciente del error que había cometido-

—Otabek –le llamó el rubio mientras se levantaba del suelo tan rápido como le era posible-, basta, no…

—Detente Yuri –pidió el mayor sin ver a su amigo-, no te metas por favor, no sé si pueda controlarme y no herirte

Otabek extendió su brazo derecho atrayendo su arma arcana, una espada gemela de color blanco que irradiaba luz propia, la tomo con fuerza e incremento su energía, los arcontes cercanos a él se vieron siendo ahogados por la presión asesina de la energía que inundaba la habitación, Yuri avanzó a paso lento buscando detenerle aun sabiendo que nada podría lograr.

Lleno de ira, el segundo hijo del creador de los arcontes avanzo destruyendo todo aquello que encontraba a su paso, con su espada en alto y la mirada clavada en Xarmaroc que intentaba a toda costa proteger a su mujer.

Xarmaroc fue consciente que nada lograría quedándose allí de pie sin hacer nada, era evidente que Otabek estaba furioso y nada lo detendría, no había cordura en las acciones de su menor, solo una cosa podría hacer para mantenerse entero frente a el, liberar su energía y hacerle frente.

La energía comenzó a emanar del cuerpo de líder, mismo que había empujado a su esposa a fin de no lastimarla por la agresividad de su propia fuerza, se puso de pie y espero allí, lleno de determinación a su oponente.

—Lo sabía, sabía que tu habías sido el culpable –recriminó Otabek mientras le atacaba con su espada que fue detenida por la espada de Xarmaroc-

—No me culpes de tus errores, Lucar –respondió el mayor mientras respondía al ataque del peli negro-, tú fuiste quien le llevo a la guerra, tu eres el culpable de su muerte.

—Te dije que yo me encargaría del mundo humano –habló Otabek mientras le daba una patada-, no tenías por qué atacar la tierra

—Estás desvariando –regresó el golpe-, no hay pruebas de las locuras que estás diciendo

—No necesito más pruebas que los rastros de tu poder destructivo en la tierra, no me tomes por estúpido que no lo soy

—La guerra te ha dejado mal, hermano

—No soy tu hermano, asesino

El resto de los arcontes de la sala trataban a toda costa de salir de allí, la presión era enorme desde que Xarmaroc desprendió también su poder, dos de ellos habían quedado sumidos en la inconsciencia, por su parte el regidor del gato trataba de acostumbrase un poco a la presión, debía ir a detener a Otabek antes de que las cosas empeoraran y la decisión de atacar quedase sin retorno.

Con pasos temblorosos caminaba sin luz, siendo solo guiado por el sonido del choque de las espadas, siguiendo la voz grotesca que salía de los labios del regidor del oso, guiado por esa sed de sangre aterradora.

Sus pasos eran inaudibles en la sala, todo, incluso su voz y sus suplicas eran opacadas por los golpes de una espada y otra, por la sensación de pesadez que no dejaba ver, que impedía andar y que negaba el respirar, una sensación letal que podría matar a cualquiera de los arcontes de las legiones menores.

Al escuchar los gritos y golpes más cercanos, puso toda su fuerza en abrir sus ojos y extender sus alas, entonces vio a Otabek amenazando al cuello de Xarmaroc con sus dos espadas, con el filo de ambas armas rebosante de energía, con la mirada oscurecida y una sonrisa de venganza en sus labios.

Buscó con su mirada el arma de Xarmaroc, la encontró a la distancia, en el suelo, solitaria y sin luz, cerca de la mujer del líder que estaba desmayada sin poder respirar con normalidad.

Si no lo detenía en ese momento todo se perdería, lo sabía pero moverse dolía a muerte, a cada paso que daba era como ser destrozado una y otra vez sin piedad.

Cuando finalmente Otabek estuvo a punto de matar a Xarmaroc, Yuri se lanzó sobre Otabek de frente, con sus alas extendidas clavándose una de las espadas del peli negro en el abdomen mientras abrazaba con fuerza al enloquecido hombre

—Beka, basta –le susurró al oído mientras su rostro se llenaba de lágrimas y su voz se quebraba-, por favor detente, aun estás a tiempo.

—Yuri, no…

Rápidamente las espadas de Otabek se desvanecieron en sus manos, este lo abrazó con fuerza atrayéndolo hacia sí mismo e invocando un sello de sanación, debía detener el sangrado de la herida del rubio.

Toda la energía antes oscura de Otabek se transformó en un halo de calidez mientras hundía su rostro en la curvatura del cuello del menor y lo abrazaba con fuerza y anhelo, las lágrimas salían de sus ojos en un torrencial que se llevaba consigo todo el dolor retenido, la ira y el sufrimiento.

Cayó al suelo de rodillas y se abrazó aún más a él sin dejar de sanar la herida, Yuri no le recrimino nada, solo se dedicó a acariciarlo con dulzura mientras le daba pequeños besos para tranquilizarlo.

Finalmente el de ojos marrones se puso de pie con el rubio en brazos, lo apegó a su pecho y se dirigió a la salida, antes de salir se giró hacía el albino que lo miraba impasible.

—El día que mueras –comenzó a decir- no será por mi espada, será por la espada de aquel inocente al que asesinaste, será por la espada de mi hijo –dijo antes de finalmente salir-.

—Así debe ser –susurró Xarmaroc antes de girarse para tomar en brazos a su esposa-.

Otabek caminó por los largos pasillos del salón hasta llegar a la salida de este, allí desplegó sus alas y emprendió el vuelo con Yuri aun en sus brazos, su mirada se centraba únicamente en su destino, deseaba llegar cuanto antes a su lugar de reposo para tratar adecuadamente la herida en el abdomen del menor.

Cuando finalmente hubo llegado a su destino, colocó al rubio sobre la espumosa cama de nubes, retiró las telas blancas que cubrían el delgado cuerpo del menor y revisó la herida con delicadeza. Tal como lo esperaba, era algo profundo y de cuidado, después de todo su espada estaba repleta de toda esa energía asesina, no había manera que Yuri saliese ileso de tal situación.

Sin embargo, aun sabiendo de que fue un accidente, no podía evitar sentirse culpable, queriendo o no, accidente o no, él había herido a su persona más importante, a su mejor amigo, a su compañero, a su confidente y quien de alguna manera se había metido profundo en su corazón.

Con lágrimas en los ojos que amenazaban con surcar su rostro, preparo los sellos de alto nivel y comenzó la purificación de la herida, el pequeño cuerpo del rubio se movió con violencia mientras el mayor extraía de la apertura las energías que fueron asestadas por la espada, todo indicaba que su Yuri estaría bien.

Finalmente Yuri quedo sanado de la herida, pero como era de esperarse quedo sumido en la inconsciencia, misma de la que le tomaría un rato más despertar, ahora que lo observaba, Yuri lucia realmente tranquilo mientras dormía, su semblante era cálido, puro y llenaba de paz, misma paz que se evaporaba apenas el pequeño huraño lograba abrir la boca.

Si lo pensaba de esa manera, se daba cuenta de que su arconte favorito era realmente grosero, siempre con una actitud pedante, agresiva y violenta, era como un huracán que movía todo a su paso, pero lo que para otros era destrucción, para él era simplemente hermoso. Su hermoso Yuri.

Era realmente divertido ver como ese arconte de complexión pequeña y débil podía convertirse en una bestia, tenía el poder suficiente para aplastar a todo aquel que se le cruzara en el camino, un arconte con mucha humanidad, alguien con diferentes facetas, mismas que solo él podía conocer, era tan tímido en ese aspecto, siempre ocultando esa belleza interior que posee, misma que lo hace el ser más hermoso en surcar los cielos, un ser magnifico que él jamás podría merecer.

Yuri comenzó a despertar, su abdomen no dolía en lo absoluto, lo cual significaba que Otabek lo había cuidado muy bien, después de todo nadie tenía ese poder de curación que el mayor poseía, eso era porque no había nadie tan bueno como él, alguien que se preocupase tanto por el resto como lo hacia él, una virtud que en ocasiones se volvía en su contra, esa misma que lo hacía mucho más susceptible al dolor.

Movió con lentitud su cabeza de un lado a otro y allí lo vio, de rodillas junto a la ventana, con la cabeza gacha mientras dejaba ir su dolor en pequeñas y brillantes lágrimas, esas mismas que se convertirían en hermosos diamantes apenas tocasen el suelo de la tierra.

Bajó lentamente y en silencio de la cama de nubes, fue despacio hasta llegar donde los hipidos y el dolor mezclado con el llanto se hacía más audible y más doloroso, cayó de rodillas frente a él, preso del mismo sufrimiento, del mismo dolor.

A Yuri le dolía, le dolía verlo destrozado por que era como si lo destruyesen a él también, por eso extendió sus brazos hacia adelante y con ellos rodeo el tembloroso cuerpo de aquel que era su superior, lo rodeo con su calidez y con su amor, queriendo ayudarlo, consolarlo y reconfortarlo.

Otabek aceptó aquel detalle y se abrazó con fuerza al menor, estaba preso del dolor, el dolor de perder a su amado hijo, el dolor de haber sido traicionado de aquel que fue creado como su hermano, por la traición de aquel que jamás iba a fallarle, la traición de su propia sangre.

El dolor de haber herido a su amor.

—Yuri –lloriqueaba sobre el pecho del rubio-, perdóname Yuri, lo siento tanto, estaba vuelto loco, no sabía lo que hacía y yo… yo te..

—Shhh, no sigas Beka –le habló con suavidad el de ojos verdes-, no fue tu culpa, yo sabía que podía pasar y aun así me lancé sobre ti

—No debiste, Yuri no debiste hacerlo, si no hubiese recobrado la consciencia te habría matado –seguía llorando el peli negro-

—Pero no paso, te detuviste y me salvaste, no te culpes por algo que no paso

—No lo entiendes, yo no podría perdonarme si te hiciese daño

—Pero no lo hiciste, Beka, todo está bien

—Nada está bien, yo no podría vivir sin ti, te necesito más de lo que crees, Yuri yo…

Todo el dolor se evaporó en un instante, se fue con sus preocupaciones y la culpa cuando sus labios fueron apresados por los ajenos, tan húmedos y tibios, reconfortantes y llenos de calma, eran como un bálsamo para su alma, como si creasen un sello que podría sanar el alma, curarla y reconstruirla.

Las manos delgadas de Yuri temblaban en sus mejillas, las apresaban con fuerza y lo alentaban a no alejarse, era como si dijeran que ese era su lugar, sus labios se habían creado para encajar a la perfección a los ajenos.

El regidor del séptimo eón colocó sus manos en la cintura del rubio y lo atrajo mas a él, lo abrazó a su cuerpo y se fundió en un beso más profundo, mas demandante, uno que llenaba de paz a su alma, tan cálido, tan puro, tan hermoso y celestial, justo como el Dios Gopi le había dicho que sería cuando descubriese a su alma gemela, a ese destinado que tanto había anhelado.

No había nadie más perfecto para ser su destinado, nadie que lo amase y que él pudiese amar mejor que Yuri, su Yuri.

Después de aquel altercado que se llevó acabo en la sala de los arcontes, Otabek fue víctima del odio y desprecio de los demás, desde ese día fue llamado el traidor y el demonio entre los ángeles, la mancha oscura del manto sagrado que se suponía debían ser.

Esto a él no podía importarle menos, estaba acostumbrado a recibir todo tipo de desprecios desde la creación de las nuevas generaciones, todo por el simple hecho de haber sido creado diferente, por no ser blanco en su totalidad, tan solo por no ser igual.

Poco a poco, aquello que lo hacía diferente era lo que más amaba de sí mismo, después de todo era lo mismo que Yuri amaba, el rubio alegaba que quería ser diferente tal y como lo era Otabek, no quería ser igual que el resto, quería poder diferenciarse, porque para el, lo diferente era lo mejor y no había nada mejor que Otabek.

Gopi observaba todo desde su asiento, había visto florecer el amor en aquellos que él mismo unió de manera diferente, los vio dudar y temer, apoyarse y sonreír, los vio unirse de manera tan sublime, como una prueba grande y hermosa de lo que era el amor, se sentía satisfecho, pero sabía que no todo iría bien, después de todo apenas empezaban a germinar, les faltaba tanto para finalmente florecer en su totalidad, de manera perfecta.

Temía también por los demás, por su comportamiento, por el juicio tan duro y cruel, suspiro pesado y regresó a sus cosas.

—Finalmente los arcontes no son tan diferentes de los humanos –dijo para si mismo el Dios-, ¿será que tus hijos son más imperfectos de los que creíamos, Thot?...


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Una disculpa por tardar tanto en actualizar, no tengo excusas.

Gracias por el apoyo y leer, al menos se que no es invisible este fic xD