Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Lisa Marie Rice.
Capítulo 3
Jasper se mantenía en pie por pura fuerza de voluntad. Por eso, y por el ardiente y devastador sentimiento de culpa que le corroía por haber destrozado la vida de aquella hermosa mujer. No era una coincidencia que sus agresores hubieran actuado mientras se encontraba en el callejón y que la hubieran utilizado para llegar hasta él. Además, sabían quiénes eran. No cabía duda de que Demitri Rutskoi estaba detrás de lo ocurrido.
Rutskoi se había presentado en su despacho con aire jactancioso, esperando ser nombrado su lugarteniente, y no había aceptado de buen grado que Jasper le echara.
El conocía bien a Demetri. Era un auténtico soldado. Si lo había convertido en su objetivo, no pararía hasta que uno de los dos estuviera muerto. Y seguramente se habría asociado con su directo competidor en América, Maria Cordero. De hecho, Jasper había reconocido a dos de los sicarios de Cordero.
De alguna forma Rutskoi se había enterado de la existencia de Alice, lo que significaba que éste y Cordero estaban dispuestos a matarla para llegar hasta él.
La idea le aterraba. Era mucho peor que la herida de su hombro. No era la primera vez que le disparaban y sabía que sólo necesitaría unos pocos días para reponerse. Pero la idea de que Alice cayera en manos de sus enemigos, de que fuera mutilada, torturada o asesinada por su causa… le volvía loco.
Había precisado de todo su autocontrol para quedarse quieto en el ascensor y permitir que Alice decidiera si entraba o no en sus dominios. Hacerle creer que tenía elección sobre lo que le ocurriría a partir de entonces era lo único que podía hacer por ella y ni siquiera era sincero, pues de haber puesto obstáculos, hubiera ordenado a sus hombres que la llevaran por la fuerza por mucho que pataleara y gritara. Hubiera detestado hacerlo, pero lo habría hecho sin dudar.
La alternativa, dejarla marchar, era inconcebible. En aquel momento, el único lugar seguro para ella sobre la faz de la tierra era estar con él. En cualquier otra parte su vida no valdría nada.
Contempló su bello rostro, cerciorándose de que su pétrea expresión no trasluciera nada.
Ella se tambaleaba ligeramente a causa de la adrenalina generada y del frío, y se rodeaba la cintura con los brazos como si necesitara un consuelo que sólo ella podía proporcionarse. La intuición le decía que era algo que hacía con frecuencia, ya que estaba prácticamente sola en el mundo.
Ésa era una de las cosas más impactantes que sabía acerca de ella. Su absoluta soledad, tan atípica en una mujer con su aspecto. Por lo que había podido observar, Harold Feinstein había sido su mejor amigo, y ahora estaba muerto. Asesinado de forma brutal y, lo que era peor, ella lo había visto todo.
La potente luz del ascensor mostraba cada arañazo, cada gota de sangre sobre su pálida piel. Jasper podía ver con toda claridad la herida que se abría en su sien, donde le habían apuntado brutalmente con el cañón de la pistola, y el moratón que él mismo le había causado en la mejilla izquierda cuando la había obligado a permanecer quieta contra el pavimento para evitar que la hirieran.
Estaba en estado de shock, pálida, herida y sangrando. Temblaba visiblemente, tenía el cabello mojado y manchado de barro, y la ropa sucia y desgarrada.
Y aun así, era la mujer más hermosa que hubiera visto jamás.
Sin dudar, pulsó el botón y las puertas del ascensor se abrieron. No vio a ninguno de sus hombres, pero sabía que andaban cerca.
Alice daba la impresión de que fuera a romperse si la tocaba. Estaba lívida y los moretones que mostraba parecían aún más terribles en su pálida piel. No deseaba asustarla, pero parecía que fuera a desplomarse de un momento a otro si no hacía algo con rapidez.
Finalmente, cedió a su impulso y la tomó del brazo. La instó a avanzar y Alice le siguió en silencio.
Cruzaron el gran pasillo desierto sin decir una sola palabra. El lugar estaba bien iluminado y había cámaras de seguridad a lo largo de todo el techo, monitorizadas constantemente por un equipo de nueve hombres en el sótano que trabajaban en tres turnos.
Al llegar a la puerta, Jasper tecleó un código de siete dígitos y luego colocó la palma de la mano sobre un panel de vidrio que sobresalía en la pared. El panel emitió un destello verde intenso y se oyó un leve sonido. Sin perder tiempo, Jasper empujó la gran puerta de acero, que se abrió con facilidad a pesar de que pesaba más de cuatrocientos kilos, evidenciando las excelentes bisagras que poseía. Había sido construida a imagen y semejanza de las cajas acorazadas de los sótanos de la mayoría de los bancos suizos.
—Bienvenida —murmuró cuando traspasaron el umbral.
La observó fijamente y vio que sus ojos se abrían desmesuradamente al contemplar lo que la rodeaba.
Si en algún momento durante el último año Jasper se hubiera atrevido a imaginarse cruzando el umbral con Alice Brandon del brazo, hubiera sido después de una cita, aunque bien sabía Dios que él no tenía citas. Aun así, en ocasiones se permitía el lujo de tener sueños. ¿Quién iba a saberlo? De modo que había imaginado una cena agradable en los salones privados de un restaurante elegante. Después habrían tomado una copa en un club de jazz privado y luego habrían ido a casa.
A casa. Su casa. Tan sólo durante las largas horas de las noches que no podía dormir se permitía imaginarse a Alice en su casa.
Nunca llevaba a mujeres allí. Era su santuario. Poseía otro piso de lujo en otro edificio para ese tipo de situaciones. Más pequeño, pues sólo lo utilizaba para tener sexo. Anónimo como una habitación de hotel y muy adecuado, ya que las mujeres también eran anónimas. Útil para saciar sus necesidades, pero eso era todo. Raras veces mantenía relaciones sexuales dos veces con la misma mujer. Y últimamente ni siquiera eso. Había decidido que no merecía la pena arriesgarse a sufrir una brecha en la seguridad y había optado por limitar al máximo sus encuentros con mujeres.
Hubiera asegurado que su apetito sexual había decaído antes de tiempo de no ser por el hecho de que el más leve contacto con Alice hacía que su grueso miembro palpitara. Si no hubiera perdido tanta cantidad de sangre, habría tenido una erección completa.
Una vez en el vestíbulo, la joven se volvió hacia él y le aferró el brazo como si se preparase para sostener su peso si se desplomaba, a pesar de que eso era imposible.
—Tienes que sentarte mientras llamo a una ambulancia. Deberíamos haber ido directos a un hospital; no sé por qué nos han traído aquí cuando has perdido tanta sangre…
El sonido del teléfono que él llevaba en los pantalones hizo que Alice dejara de hablar. Jasper posó un dedo en sus labios para indicarle que guardara silencio y sacó el móvil con la otra. Pero al ver su dedo manchado de sangre sobre la boca de Alice, torció el gesto y retiró la mano.
—¿Sí?
—El doctor Kane está subiendo, señor.
Jasper cerró los ojos, aliviado, y guardó de nuevo el teléfono.
—Ya viene para acá un médico —dijo con suavidad—. Él cuidará de ti.
—¿De «mí»? —Los hermosos ojos de Alice se abrieron, atónitos—. No necesito que me cuiden, por el amor de Dios. Es a «ti» a quien han disparado. Has perdido tanta sangre que es un milagro que te tengas en pie. ¿Cómo…?
Sus palabras fueron interrumpidas por el leve sonido que hizo la gran puerta de acero al abrirse. El hombre que entró por ella era uno de los pocos a los que Jasper permitiría el acceso directo.
—¡Jasper! —Peter Kane se aproximó a ellos como una exhalación, todavía llevando la bata blanca del hospital en el que trabajaba.
Las batas blancas otorgaban un aura de autoridad a los médicos, pero el rebelde cabello descuidado rubio platino de Kane y su desgarbado aspecto e irregular perilla hacían que pareciese la víctima de un secuestro a manos de un grupo de matones en vez del brillante cirujano de urgencias que en realidad era.
—He venido nada más recibir la llamada —prosiguió, dirigiendo una rápida y exhaustiva mirada profesional a Jasper—. Tienes que dejar de meterte en líos. Eres demasiado viejo para esta mierda. Nos vamos ahora mismo a la clínica. Menos mal que tengo una buena provisión del grupo 0. Vamos, seguidme.
Peter le echó un breve vistazo a Alice antes de ignorarla y empezar a avanzar por un largo corredor mientras la blanca bata se agitaba en torno a sus escuálidas rodillas.
Jasper sabía que el médico estaba intentando ser discreto y también que más tarde intentaría sonsacarle información sobre ella. Sonrió para sus adentros e instó a Alice para que lo siguiera a las dependencias en las que se hallaba la clínica que había mandado instalar en su propia casa en cuanto se mudó a América. Él y sus hombres se movían en un mundo peligroso y lo había considerado necesario. Los hospitales estaban obligados por ley a informar de heridas producidas por arma de fuego, de modo que se había cerciorado de poder ocuparse de eso por sí mismo.
Había montado una verdadera clínica; una habitación grande, esterilizada, con todo cuanto un equipo médico pudiera desear, aunque el único que la usaba era Peter. Se había aprovisionado de todo el equipamiento necesario para ocuparse de todo tipo de heridas, incluyendo un escáner, y Peter se ocupaba de tratar la mayoría de lesiones no mortales con lo que había allí dentro.
Jasper no hizo ningún intento por adelantar al médico. Peter era rápido; estaría preparado para ocuparse de su hombro cuando él consiguiera llegar a la clínica.
Recorrió el corredor con lentitud, apretando los dientes para soportar la espantosa sensación de debilidad que lo invadía. Lo «odiaba». Siempre lo había odiado. Durante toda su vida había sido consciente de que cualquier debilidad, física o emocional, podía conducirle a la muerte.
El pasillo daba la impresión de tener una longitud de más de un kilómetro y el resplandor de la luz le hacía daño en los ojos. Tenía la sensación de estar caminando cuesta arriba por una escarpada montaña.
Había esperado que Alice siguiera a Peter y lo dejara a él atrás, pero la joven se quedó a su lado. Jasper no deseaba que lo viese así y, además, quería que curasen las heridas de la joven antes que las suyas.
—Adelántate —le pidió. Su voz surgió casi como un susurro y tuvo que aclararse la garganta para seguir hablando—. Te alcanzaré.
Resultaba desconcertante ser él el objeto de la intensa y directa mirada de Alice, y no al revés.
—No, me quedo contigo. —Su tono, aunque suave, era firme.
A pesar de que no recordaba que lo hubiera hecho, Jasper era consciente de que Alice le había rodeado la cintura con el brazo. Caminaba despacio, amoldándose a su ritmo, paso a paso, vigilándole con atención.
Maldita sea, Alice necesitaba que revisasen sus heridas.
—¡Ve! —dijo con brusquedad.
Ella se limitó a sacudir la cabeza, sujetándole por la cintura con más fuerza.
Joder. Joder, joder, ¡joder! Era preciso que Alice llegase a la clínica lo antes posible para que Peter pudiera comenzar a tratarla, así que Jasper apretó los dientes con determinación y trató de ir más rápido, pero se tropezó con su propio pie.
—Vamos —le animó la joven al tiempo que posicionaba el hombro bajo su musculoso brazo—. Apóyate en mí.
Jasper nunca imaginó que llegaría a estar lo bastante cerca de Alice como para saber a qué olía. Era increíblemente sensible a los olores. En una ocasión consiguió salir indemne de un intento de asesinato debido a que olió a humo en la ropa del asesino que intentaba matarle en su habitación de hotel, y había rechazado a un buen número de mujeres a causa de lo que había podido oler bajo el perfume y las lociones que usaban.
Estaba absolutamente convencido de que las emociones tenían un aroma propio.
Conocía el hedor del miedo, del peligro, del odio. Sin embargo, el aroma de Alice era totalmente distinto. Olía a mujer. A primavera. A limpio.
Se tambaleó y estuvo a punto de caer, pero Alice consiguió sujetarle a tiempo. Temblaba a causa del esfuerzo y su laboriosa respiración podía escucharse alto y claro en el corredor. Jasper se obligó a erguirse de nuevo y se concentró únicamente en llegar a la puerta de la clínica. Había hecho cosas más difíciles en la vida y podría con ésta. Al cabo de un minuto, estaba sentado en una cama de hospital respirando con dificultad, y Peter, que ya se había esterilizado las manos y puesto los guantes, se inclinaba sobre él. En una bandeja brillaban en fila un buen número de instrumentos quirúrgicos y el joven médico sostenía un par de afiladas tijeras para cortarle la camisa a Jasper.
—Bien, echemos un vistazo a ver qué tenemos. He puesto en marcha la máquina de rayos X por si la necesitamos. —Las tijeras se acercaron y Jasper las apartó de un manotazo.
—Examínala antes a ella.
Peter se quedó inmóvil y miró a Alice, cuyo rostro denotaba el asombro que sentía.
—¿Qué?
—Ya me has oído. Y no creo que necesites que te lo repita. Estás perdiendo tiempo y eso no es bueno para un médico de urgencias. No vas a tocarme hasta que la hayas curado.
Peter respiró hondo.
—Escúchame y deja que te explique una de las causas por las que pedí todos esos créditos estudiantiles que tú pagaste. En la facultad nos enseñan algo llamado triage. Es un término francés que significa selección; la idea es que un médico debe seleccionar a los pacientes en base al alcance de las heridas y tratar primero a los más graves. Y ése, amigo, eres tú.
Jasper se incorporó en la camilla, echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.
—No. Ella primero.
Peter dejó escapar un sonido estrangulado de frustración, ya que sabía que discutir no le serviría de nada.
—Ok. Lo haremos a tu modo.
Jasper abrió los ojos para ver cómo Peter acomodaba a Alice en una silla.
—Maldito testarudo —le dijo el médico a Alice entre dientes—. Bien, veamos qué tenemos aquí.
La joven inclinó la cabeza hacia atrás para mirar a Peter a los ojos.
—Ha estado sangrando mucho —susurró, intentando que Jasper no la oyera—. Tiene una herida de bala en el hombro y lo mío no es nada grave, sólo unos cortes y arañazos. Por favor, atiéndale a él primero.
—No. —Jasper empleó sus últimas energías en aquella palabra.
Peter suspiró audiblemente.
—No es un hombre fácil de convencer —le dijo a Alice, elevando la voz para asegurarse de que Jasper pudiera oírle—. ¿Qué puedo decir? Es él quien paga las facturas. Así que, dígame dónde le duele.
Empezó a colocar en una bandeja los instrumentos que precisaba para atenderla y el sonido de metal contra metal resonó nítidamente en la estancia.
Alice sonrió en respuesta a sus palabras.
—Más o menos por todas partes. Principalmente aquí —se señaló la cabeza—, aquí y aquí —indicó el cuello y el codo—. Odio esto. Odio que me traten mientras él está desangrándose.
Los ojos de Alice se clavaron en los de Jasper, que se limitó a mirarla fijamente hasta que la joven desvió la vista.
—Empecemos de una vez… Por cierto, ¿cómo te llamas? Si voy a encargarme de tus heridas, debería saber tu nombre. —Peter comenzó a limpiarle los rasguños de las manos con cuidado y Alice inspiró entre dientes a causa del escozor del antiséptico.
Al oír aquel sonido, Jasper se sacudió en la camilla como si le hubieran pinchado con una picana eléctrica.
—Pete… —gruñó.
—Lo siento —dijeron Peter y Alice al mismo tiempo.
El médico le lanzó una mirada a Jasper y acto seguido se concentró nuevamente en la joven. Era un buen cirujano, uno de los mejores, así que Jasper trató de relajarse consciente de que Alice estaba en buenas manos. La joven tenía cortes y contusiones por todas partes, por lo que sufriría ciertas molestias mientras Peter la desinfectaba.
Pero, maldita sea, detestaba que sufriera. Lo odiaba.
—¿Y bien…? —Peter sujetaba unas pinzas esterilizadas y estaba ocupado con una herida que ella tenía en la mano—. Volvamos a mi pregunta. ¿Cómo te llamas? Siempre me dicen que tengo que ser más amable con los pacientes, de modo que estaría bien poder llamarte por tu nombre.
—Alice —dijo ella en voz baja antes de lanzar un gemido de dolor. Peter se detuvo de inmediato—. Lo siento. No pasa nada. No suelo quejarme tanto. Alice Brandon.
—Y, ¿a qué te dedicas, Alice Brandon? —Peter tenía ese tono distraído que significaba que estaba profundamente concentrado en lo que estaba haciendo.
—Soy pintora.
—¿Pintora, eh? Yo… entiendo. —Las manos de Peter se quedaron inmóviles durante un instante y lanzó una breve mirada a Jasper. Sabía lo que tenía en el estudio. Después se concentró de nuevo en ella, limpiándole un lado de la cara. Revisó con atención la sien, retirándole el cabello con delicadeza—. ¿Qué te ha pasado aquí? ¿Alguien te clavó algo?
—El cañón de una pistola. —El tono de Alice se volvió áspero—. No fue divertido.
—No, seguro que no lo fue. La herida no tiene buen aspecto, pero, aun así, no quiero darte puntos. No soy cirujano plástico y eres demasiado bella para que yo te estropee la cara. Por el momento te pondré puntos adhesivos y ya veremos luego cómo evolucionas. ¿Qué tal lo llevas, Jass? —Pete elevó la voz sin mirarle—. Estoy terminando.
Alice se inclinó a un lado para sortear el cuerpo de Peter y poder mirarle, y Jasper vio que sus ojos se abrían como platos.
—Escucha, ya estoy bien. Ve con él, por favor.
Peter colocó el último punto adhesivo y miró a Jasper, que se mantenía erguido por pura fuerza de voluntad.
El doctor se cepilló las manos, rápida aunque minuciosamente, se puso un nuevo par de guantes de látex y se acercó a él, sujetando una enorme jeringa.
—Es tu turno. —Cortó la camisa de Jasper, examinando la herida con atención sin tocarla—. Eres un cabrón con suerte. La bala rebotó antes de alcanzarte, pero si te hubiera dado de lleno ahora estarías muerto. Será fácil extraerla. Te has librado una vez más, amigo.
Peter empezó a llenar cuidadosamente la jeringa con un líquido blanco.
—No me pongas demasiada anestesia —dijo Jasper—. No quiero que mi hombro y mi brazo queden inutilizados.
Al ver que Peter le miraba asombrado, Jasper estuvo a punto de sonreír. Era difícil sorprender a un médico de urgencias.
—Estás loco. No puedo coserte una herida de bala si no estás completamente dormido. No podrás mantenerte quieto. No estamos en las llanuras de Afganistán, Jasper, sino en el centro de Manhattan. Limpiar heridas de bala requiere ahondar y limpiar con cuidado toda la zona circundante. No soportarás el dolor si no te anestesio por completo.
—No. —Jasper mantuvo la voz firme a pesar de que le costó un enorme esfuerzo—. Tan sólo lo mínimo y necesario.
No podía permitirse el lujo de perder el uso del hombro y el brazo, aunque sólo fuera durante una hora. No tenía idea del alcance de la brecha de seguridad. El instinto le decía que en sus dominios estaba a salvo, pero tenía que haber un topo y podría estar cerca. La idea de que Alice corriera peligro mientras su brazo y su hombro estaban inutilizados resultaba demasiado aterradora para pensar siquiera en ella.
—¿Y cómo cojones se supone que debo trabajar si te hago daño? —preguntó Peter, exasperado.
Jasper cerró los ojos y se desvaneció.
