Bueno como les dije los personajes no son míos son de Stephanie Meyer y la Historia la estoy adaptando de la novela de Sophie Kinsella . Bueno aquí un nuevo cap. espero que les guste

Gracias a todas por sus rewievs nos leemos.-

Capitulo 4

El lunes por la mañana me despierto inusitadamente enérgica y positiva, y me pongo el conjunto habitual para ir a trabajar, que consiste en vaqueros y una camiseta chula, por ejemplo, una de French Connection.

Bueno, para ser sincera, la encontré en una tienda de segunda mano, pero aún conserva la etiqueta. Mientras le deba dinero a mi padre no tengo muchas opciones a la hora de comprarme ropa.

Imaginen que me ascienden, que se lo digo a todo el mundo. Mi madre me preguntará: «¿Qué tal te ha ido la se­mana?», y yo le contestaré: «Bueno...»

No, lo que haré será esperar a estar en casa y entonces les entre­garé mi nueva tarjeta de visita sin darle ninguna importancia.

O tal vez vaya a verlos con mi nuevo coche de la empresa. Bue­no, no sé si el resto de los ejecutivos de marketing tiene uno, pero nunca se sabe. Puede que a partir de ahora nos lo den. O quizá me digan: «Hemos elegido uno especialmente...»

-¡Bella!

Me giro y veo a Rose, mi amiga de Personal, que sube jadeando detrás de mí. Lleva alborotada su sensual y rubia melena y va con un zapato en la mano.

-¿Qué te ha pasado? -le pregunto cuando llega arriba.

-El zapato éste -dice desconsolada-. Me lo arreglaron el otro día y ya se me ha vuelto a romper el tacón. Vaya día más desastroso. Y me he pasado un fin de semana horrible.

-Creía que habías estado con James -comento sorprendi­da-. ¿Qué ha sucedido?

James es el último novio de Rose, con el que sale desde hace unas cuantas semanas. Habían planeado ir a la casa que él tiene en el campo y que arregla en sus ratos libres.

-Ha sido una pesadilla. En cuanto llegamos dijo que se iba a jugar al golf.

-Bueno, está a gusto contigo y actúa con toda normalidad -insinúo, intentando ver el lado positivo.

-Puede -acepta dubitativa-. Después me preguntó -si me importaría hacer algo mientras él estaba en el club. Le contesté que no y entonces me dio una brocha y tres botes de pintura. Me asegu­ró que si era rápida, podría acabar el cuarto de estar.

-¿Qué?

-Luego volvió a las seis y me dijo que lo había hecho muy mal. -Su voz suena más y más desconsolada-. No era verdad, simple­mente me había dejado un trozo porque la mierda de la escalera no era lo bastante alta.

La miro, estupefacta.

-No me digas que pintaste la habitación.

-Pues... sí-contesta fijando en mí sus enormes ojos azules-. Lo hice para ayudarlo, pero ahora que lo pienso, creo que me utilizó.

No tengo palabras.

-Pues claro que se estaba aprovechando de ti -consigo arti­cular por fin-. Quiere un pintor que le salga gratis. Debes mandar­lo a paseo enseguida. ¡Ya mismo!

Se queda en silencio unos segundos y la miro, nerviosa. Su cara no refleja nada, pero bajo la superficie veo un montón de cosas. Es como cuando en Tiburón el bicho desaparece en el agua y sabes que en cualquier momento...

-¡Tienes razón! -exclama-. Me ha estado utilizando. Y es culpa mía. Cuando me preguntó si sabía algo de fontanería o de arreglar tejados, tendría que haberlo sospechado.

-¿Cuándo te dijo algo así? -suelto sin poder creerlo.

-En la primera cita. Pensé que sólo estaba, ya sabes, dándome conversación.

-La culpa no es tuya -le aseguro apretándole el brazo-. ¿Có­mo ibas a saberlo?

-¿Pero por qué me ocurren estas cosas? -se lamenta parada en medio de la calle-. ¿Por qué sólo atraigo a auténticos impresen­tables?

-Eso no es verdad.

-Sí que lo es. Fíjate en los hombres con los que he salido -dice empezando a contar con los dedos-: Daniel me pidió un montón de dinero prestado y luego se largó a México. Gary me dejó plantada en cuanto le encontré trabajo. David me engañaba con otra... ¿No crees que la historia se repite demasiado?

-Esto... Bueno, es posible.

-Debería darme por vencida -afirma derrotada-. Jamás en­contraré a nadie que valga la pena.

-No, no lo hagas. Sé que tu vida va a cambiar por completo y que te cruzarás con un hombre encantador, amable y maravilloso.

-Pero ¿dónde? -pregunta con expresión de impotencia.

-No sé, pero ocurrirá -digo con los dedos cruzados detrás de la espalda-. Tengo un presentimiento muy fuerte.

-¿Lo dices en serio?

-Por supuesto -respondo pensando rápidamente en algo-. Te voy a dar una idea. ¿Por qué no pruebas a comer en un sitio dife­rente? Puede que allí conozcas a alguien.

-¿Tú crees? -pregunta indecisa-. Vale, lo intentaré. -Suelta un sonoro suspiro y echa a andar por la acera-. Lo único bueno del fin de semana -añade cuando llegamos a la esquina- es que con­seguí acabar mi nuevo top. ¿Qué te parece?

Se abre la chaqueta orgullosa y da una vuelta. La miro durante unos segundos sin saber qué responder.

No es que no me guste el ganchillo...

Bueno. La verdad es que no me gusta en absoluto.

Sobre todo los jerséis de escote generoso y calados. A través de los agujeros se le ve el sujetador.

-Es... fantástico -consigo decir al final-. Absolutamente en­cantador.

-¿Verdad que sí? -corrobora con. una sonrisa agradecida-. Los hago rapidísimo. Ahora me voy a hacer una falda a juego.

-Estupendo -murmuro-. Te salen divinos.

-No me cuesta nada. Me divierte.

Sonríe con modestia y vuelve a abrocharse la chaqueta.

-¿Qué tal te ha ido a ti? -pregunta mientras cruzamos la ca­lle-. ¿Has pasado un buen fin de semana? Seguro que sí. Jacob estuvo maravilloso y romántico contigo. ¿A que te llevó a cenar o algo así?

-La verdad es que me pidió que me fuera a vivir con él.

-¿De verdad? -exclama con melancolía-. ¡Qué bien! Sois la pareja perfecta. Me dais esperanzas de que algún día me suceda algo igual. Para vosotros debe de ser muy sencillo.

No puedo reprimir un cosquilleo de satisfacción en mi interior. Jacob y yo. La pareja perfecta. Modelo para los demás.

-No es fácil -aseguro con una risilla humilde-. También nos peleamos, como todo el mundo.

-¿Si? -Parece sorprendida-. Nunca os he visto discutir.

-Pues claro que lo hacemos.

Me estrujo el cerebro e intento recordar la última vez que Jacob y yo tuvimos una bronca. Evidentemente las tenemos. Muchas. Como todas las parejas. Es muy sano.

Venga, esto es ridículo. Seguro que...

Sí, una vez estábamos en el río y yo afirmaba que aquellos pája­ros blancos eran gansos mientras Jacob mantenía que eran cis­nes. ¿Veis? Somos normales. Lo sabía.

Estamos cerca de la sede de Vampire. Cuando subimos los escalones de piedra, en los que hay un hombre inclinado de granito, algo amenazante, empiezo a ponerme un poco nerviosa. Eleazar querrá que le haga un informe completo de la reunión con Tree Oil.

¿Qué le voy a decir?

Seré franca y sincera, pero sin contarle la verdad.

-¡Mira! -me reclama Rose, y vuelvo la vista hacia donde indica.

Tras el cristal distingo un gran revuelo en el vestíbulo. Esto no es normal. ¿Qué estará pasando?

¿Habrá habido un incendio o algo así?

Mientras empujamos la pesada puerta giratoria nos miramos desconcertadas. El caos es absoluto. La gente corre de un sitio para otro, alguien está sacándole brillo a la barandilla de latón, otro lim­pia las plantas de plástico y Demetri, el gerente de la empresa, apremia a nuestros compañeros para que vayan hacia los ascensores.

-¿Quieren ir a sus oficinas, por favor? No debe haber nadie en recepción -dice con voz estresada-. Aquí no hay nada que ver. Por favor, vayan a sus puestos de trabajo.

-¿Qué ocurre? -le pregunto a Dave, el guarda jurado, que está apoyado contra la pared con una taza de té, como de costumbre. Él toma un sorbo, lo paladea y sonríe.

-Va a venir nuestro "Jefazo", el dueño de todo esto

-¿Qué? -exclamamos Rose y yo, y nos quedamos con la boca abierta.

-¿Hoy?

-¿En serio?

En el mundo de Vampire Corporation es como si viniera el Papa, o Santa Claus. Es el cofundador de la compañía, el que inventó la Vampire Cola. Lo sé porque he mecanografiado datos sobre él un millón de veces. «En 1997, el y su mejor amigo compraron la deficitaria empresa de refrescos Night, embotellaron la Nightcola con el nombre de Vampire Cola, inventa­ron el eslogan "Muerde lo que quieras" y marcaron un hito en el mer­cado.»

No me extraña que Demetri esté nervioso.

-Llegará en cinco minutos -apunta Dave mirando el reloj-. Más o menos.

-Pero ¿cómo...? -pregunta Rose-. Es decir, ¿así sin más?

Los ojos del guarda parpadean. Seguramente lleva toda la ma­ñana repitiendo lo mismo y se está divirtiendo de lo lindo.

-Al parecer, quiere ver cómo va la sucursal de Estados Unidos.

-Creía que se había alejado del mundo de los negocios -in­terviene Jane, de Contabilidad, que se ha puesto detrás de nosotras y escucha muerta de curiosidad-. Pensaba que desde que murió Seth Peltier, se sumió en la tristeza y se recluyó. En su rancho, o don­de sea.

-Eso fue hace tres años -puntualiza Rose-. Puede que ya esté mejor.

-¿Querrá vender la empresa? -sugiere Jane en tono amena­zador.

-¿Por qué iba a hacerlo?

-Nunca se sabe.

-Yo creo -dice Dave, y todas estiramos el cuello para escu­charlo- que quiere ver si las plantas brillan lo suficiente. -Mira hacia Demetri, y nos echamos a reír.

-Tenga cuidado, no rompa los tallos -regaña nuestro gerente a la limpiadora, y después se gira hacia nosotras-. ¿Qué hacen ahí todavía?

-Ya nos vamos -responde Rose, y nos dirigimos hacia las es­caleras, que siempre utilizo para no tener que ir al gimnasio. Ade­más, por suerte, el departamento de Marketing está en la primera planta.

-¡Dios mío! ¡Es él! -exclama Jane nada más llegar al rellano.

Una limusina acaba de parar frente a las puertas de cristal.

¿Qué tendrán algunos coches? Están tan brillantes y bruñidos que parecen hechos de un material diferente.

Como por obra de un mecanismo de relojería, las puertas del as­censor del fondo del vestíbulo se abren y vemos a Graham Hilling­don, el director, seguido por el director ejecutivo y otros seis tipos, todos con impecables trajes oscuros.

-Ya basta -le susurra Demetri a la pobre limpiadora-. ¡Déjelo!

Las tres permanecemos donde estamos, riendo como niñas, es­perando a que se abra la puerta de la limusina. Un hombre de pelo rubio y abrigo azul marino sale por ella. Lleva gafas oscuras y un maletín con pinta de ser carísimo.

¡Caray! Vaya lujo.

Graham Hillingdon y su séquito han salido y se han alineado en las escaleras. Le estrechan la mano al recién llegado y lo acompa­ñan al interior, donde lo aguarda Demetri.

-Bienvenido a Vampire Corporation -dice él con exagerada efusión-. Espero que haya tenido un buen viaje.

-No ha estado mal, gracias -responde el hombre con acento ingles

-Como podrá observar, es un día normal de trabajo...

-Mirad -dice Rose-. Alec se ha quedado fuera.

Alec Davey, uno de los diseñadores, está en las escaleras, in­deciso, sin saber si entrar o no. Pone una mano en la puerta, se apar­ta, vuelve otra vez y echa un vistazo dentro.

-Pase -le ordena Demetri con sonrisa feroz-. Es uno de nues­tros diseñadores. Debería haber llegado hace diez minutos, pero no importa -le explica al jefazo mientras empuja al atónito Alec hacia el ascensor; después mira hacia arriba y nos indica que desapa­rezcamos.

-Venga-murmura Rose-. Será mejor que nos vayamos.

Y las tres subimos corriendo los escalones intentando no reír­nos.

El ambiente de Marketing recuerda un poco al de mi habitación cuando estábamos en el instituto y preparábamos una fiesta. La gente se peina, se perfuma y arregla sus papeles cotilleando entu­siasmada. Cuando paso ante la oficina de Neil Gregg, que se ocupa de la estrategia publicitaria, me fijo en que está colocando cuidado­samente su premio a la eficacia en marketing sobre la mesa, mien­tras su ayudante, Fiona, saca brillo a las fotografías en las que Neil estrecha la mano de gente famosa.

Cuando estoy dejando mis cosas en el escritorio, Eleazar, el jefe de nuestro departamento, me lleva a un lado.

-¿Qué diablos pasó en Tree Oil? Esta mañana he recibido un correo electrónico muy extraño de Aro Vulturi ¿Le echaste algo encima?

Lo miro horrorizada. Se lo ha dicho. Pero si me prometió que no lo haría.

-No fue exactamente así -aclaro enseguida-. Sólo intentaba demostrarle las cualidades de Vampire Force y... derramé el líquido de la lata.

Eleazar arquea las cejas con un gesto nada amistoso. -Vale, era pedirte demasiado.

-No, no lo era. Es decir, todo habría ido bien si... Si me das otra oportunidad, te prometo que lo haré mejor.

-Ya veremos -zanja mirando el reloj-. Será mejor que te pongas en marcha. Tienes la mesa hecha un desastre.

-Muy bien. Esto, ¿a qué hora es mi evaluación?

-Bella, no te has enterado quien ha venido a ver­nos -me informa con todo el sarcasmo de que es capaz-. Pero si crees que tu evaluación es más importante que la persona que fun­dó la empresa...

-No es eso. Sólo...

-Ordena tu escritorio -me pide con voz cansada-. Y si le ti­ras a alguien mas una Vampire force encima, estás despedida.

Mientras voy a toda prisa hacia mi puesto, Demetri entra con cara de pocos amigos.

-¡Atención! -grita dando una palmada-. Atención todo el mundo. Esto es una visita informal, nada más. Así que tra­bajen con normalidad, aunque, evidentemente, lo mejor que pue­dan. ¿Qué son estos papeles? -inquiere de pronto mirando un mon­tón de pruebas que hay en un rincón de la mesa de Fergus Grady.

-Son..., esto..., material gráfico para la nueva campaña del chi­cle Vampire-contesta Fergus, que es muy tímido y creativo-. Me falta sitio.

-Bueno, pues ahí no pueden quedarse -replica cogiéndolos y entregándoselos-. Deshágase de ellos. Si les pregunta alguna cosa, contesten con amabilidad y naturalidad. Cuando llegue, quiero que todos estén haciendo lo que harían en un día cualquiera. Algunos pueden estar llamando por teléfono; otros, tecleando en el ordena­dor; un par, discutiendo ideas. Recuerden que este departamento es el eje de la empresa. Vampire Corporation es famosa por su efica­cia en cuestión de marketing.

Se calla y todos lo miramos sin atrevernos a decir nada.

-¡Vamos! -exige dando otra palmada-. No se quede ahí pa­rada -añade dirigiéndose a mí-. ¡Venga, muévase!

¡Dios mío! Tengo la mesa llena de cosas. Abro un cajón y meto un montón de papeles. Después, intranquila, empiezo a ordenar los bolígrafos. En el escritorio de al lado, Tanya Denali se retoca los labios.

-Conocerlo va a ser muy inspirador -dice mirándose en un es­pejito de mano-. ¿Sabes?, mucha gente cree que transformó el mun­do del marketing él solito. ¿Camiseta nueva, Bella? ¿De dónde es?

-De French Connection.

-Este fin de semana estuve allí. -Entrecierra los ojos-. Y no vi ese modelo.

-Puede que se les hubiera acabado -sugiero dándome la vuelta y fingiendo que estoy organizando el cajón superior.

-¿Cómo debemos llamarlo? -pregunta Caroline.

-Cinco minutos con él -suplica febrilmente por teléfono Garret, uno de los ejecutivos de marketing-. Es lo único que necesito para comentarle la idea de la página web. Si la aceptara...

Joder, este ambiente tan entusiasta es contagioso. Con una su­bida de adrenalina, saco el cepillo para el pelo y compruebo mi bri­llo de labios. Nunca se sabe, a lo mejor advierte mi potencial. Puede que, de todos, se fije en mí.

-Muy bien, chicos -dice Eleazar entrando en el departamen­to-. Está en esta planta. Primero va a ir a Administración.

-Sigan con sus tareas cotidianas -nos ruega Demetri-. ¡Ya!

Diablos, ¿qué es lo que hago todos los días? Cogeré el teléfono para escuchar los mensajes.

Miro a mí alrededor y veo que a todo el mundo se le ha ocurrido lo mismo.

Todos no podemos estar con el auricular pegado a la oreja. Esto es ridículo. Ok, encenderé el ordenador y aguardaré a que esté a punto.

Mientras contemplo cómo cambia de color la pantalla, Tanya empieza a hablar en voz alta.

-Creo que la esencia del concepto es la vitalidad -comenta mirando hacia la puerta sin cesar por el rabillo del ojo-. ¿Entiende lo que quiero decir?

-Sí, claro -afirma Garret-. En un entorno moderno de marke­ting es preciso buscar una... fusión de estrategias y tener una visión progresista.

Pues sí que va lento el ordenador hoy. Cuando llegue el trajeado todavía estaré esperando como una tonta.

Ya sé lo que voy a hacer. Seré la persona que sirve los cafés. ¿Hay algo más natural?

-Voy a por un café -anuncio tímidamente, y me levanto de la silla.

-¿Puedes traerme uno? -me pide Tanya alzando la vista un momento-. De todas formas, en el máster que hice sobre adminis­tración de empresas...

La máquina está cerca de la puerta, en un hueco. Mientras es­pero que el nocivo líquido llene el vaso, veo que Graham Hillingdon sale de Administración, seguido de otras dos personas. ¡Mierda! Vienen hacia aquí.

Vale, mantén la calma. Aguarda a que esté listo el otro vaso, sim­pática y natural.

Ahí está: rubio, con un traje que parece muy caro y con gafas os­curas. Pero, para mi sorpresa, retrocede para dejar el camino libre.

De hecho, nadie lo mira. Toda la atención se centra en otra persona. Un tipo que lleva vaqueros y jersey negro de cuello alto.

Mientras lo observo fascinada, él se gira. Cuando le veo la cara siento un tremendo impacto en el pecho, como si me hubiera gol­peado una bola de billar.

¡Oh, no! ¡Es él!

Los mismos ojos rodeados por las mismas líneas. Se ha afeita­do, pero es él.

El hombre del avión.

¿Por qué estarán todos pendientes de él? Ahora ha empezado a hablar y todo el mundo se deleita con sus palabras.

Se vuelve otra vez, e instintivamente me escondo para que no me vea. ¿Qué estará haciendo aquí? No puede...

Es imposible que...

Temblorosa, regreso a mi mesa intentando no derramar el café.

-¡Eh! -llamo a Tanya con una voz dos tonos más alto de lo normal-. Esto... ¿Sabes qué aspecto tiene?

-No -contesta cogiendo el vaso-. Gracias.

-Tiene el pelo cobrizo -apunta alguien.

-¿No es rubio? -pregunto tragando saliva.

-¡Ya viene! -susurra otro.

Me dejo caer en la silla y tomo un trago sin saborearlo. -Nuestro jefe de marketing y publicidad, Eleazar Fletcher –dice Graham.

-Encantado de conocerte -responde una voz de terciopelo con acento ingles.

Es él, no cabe duda.

Bueno, tranquila. Puede que no me recuerde. Fue un vuelo solamente. Seguro que viaja muchísimo.

-Atención todo el mundo -anuncia Eleazar llevándolo al centro de la oficina-. Tengo el placer de presentaros al fundador de esta empresa, el hombre que ha influido e inspirado a toda una genera­ción de especialistas en marketing, Edward Cullen.

Estalla una ovación y el aludido mueve la cabeza sonriendo.

-Por favor, no es para tanto. Continuar con lo que suelen hacer normalmente.

Comienza a andar por la sala y se detiene de vez en cuando para hablar con alguien. Eleazar va delante haciendo las presentaciones, y detrás, silencioso, camina el tipo rubio.

-¡Ya llega! -susurra Tanya, y en nuestra parte de la oficina todo el mundo se pone rígido.

El corazón empieza a latirme con fuerza y me encojo en la silla para ocultarme tras el monitor. Quizá no me reconozca. Es posi­ble que...

¿Qué?, me está mirando. Noto la sorpresa en sus ojos; levanta las cejas, y esa sonrisa, la misma cuando le conté cada tonto detalle.

Me ha visto.

«Por favor, que no venga -rezo en silencio-. No te acerques.»

-¿Y ésta quién es? -le pregunta a Eleazar

-Isabella Swan, una de nuestras jóvenes auxiliares de mar­keting.

Se aproxima. Tanya ha dejado de hablar. Todo el mundo está observando. Me he puesto roja como un tomate.

-Hola -me saluda él con amabilidad.

-Hola, señor Cullen -consigo decir.

Bueno, me ha reconocido, pero eso no significa que necesaria­mente recuerde lo que dije. Fueron unos simples comentarios al azar, dichos por la persona que estaba sentada a su lado. Puede que ni siquiera estuviera escuchando.

-¿Y qué trabajo desempeñas?

-Esto..., colaboro con el departamento de Marketing y ayudo a poner en marcha iniciativas promocionales -farfullo.

-Bella estuvo en Volterra la semana pasada, en viaje de ne­gocios -añade Eleazar con una sonrisa falsísima-. Estamos conven­cidos de que hay que dar responsabilidades a nuestro personal más joven cuanto antes.

-Muy inteligente -dice Edward Cullen asintiendo. Pasea la vista por mi mesa y la detiene en mi vaso de poliestireno con sumo inte­rés. Levanta la cabeza y clava sus ojos en los míos-. ¿Qué tal es el café? ¿Bueno?-, su sonrisa torcida brilla igual que sus ojos

De repente parece como si tuviera una grabadora en la cabeza y me oigo parlotear como una estúpida: «El café de la oficina es la cosa más repugnante que he bebido en mi vida, un auténtico vene­no...»

-Es estupendo. Realmente... delicioso.

-Me alegra oírlo -comenta con mirada risueña, y siento que me ruborizo aún más.

Se acuerda, mierda.

-Y ésta es Tanya Denali -le presenta Eleazar-. Una de nues­tras ejecutivas de marketing más brillantes.

-Tanya -repite Edward Cullen pensativo, y da unos pasos ha­cia su mesa-. Tienes un bonito escritorio. ¿Es nuevo?

«... el otro día llegó un escritorio nuevo y se quedó con él...»

¡Dios mío! ¿Qué más dije?

Permanezco inmóvil con sonrisa de buena empleada mientras Tanya responde dándose autobombo. Pero mi mente rebobina con frenesí, intentando reconstruir mis palabras. Se lo conté todo sobre mí. ¡Todo! Qué tipo de bragas llevo, el helado que me gusta, cómo perdí la virginidad y...me quedo helada.

«... no debería haberlo hecho, pero tenía tantas ganas de que me dieran el puesto...»

Le confesé que había falsificado el sobresaliente de mi currículum.

Bueno, ya está. Es el final.

Ahora me despedirá. Me abrirán un expediente por mentir, na­die volverá a contratarme nunca más y acabaré en un documental sobre los peores trabajos de todo el país, limpiando establos…si eso.

No, que no cunda el pánico. Seguro que puedo hacer algo. Sí, me disculparé. Diré que fue un error, que lo lamento profundamen­te, que nunca pretendí engañar a la empresa y...

No. Aseguraré que sí que lo saqué, y después falsificaré el certi­ficado. A fin de cuentas, es ingles, nunca se en­terará de la verdad.

No, eso es imposible. ¡Dios mío!

Bueno, puede que mi reacción sea exagerada. Veamos las cosas con perspectiva. Edward Cullen es un pez gordo. Tiene limusinas, laca­yos y una gran compañía que mueve muchos millones al año. Le traerá sin cuidado que uno de sus empleados tenga un puñetero so­bresaliente o no. La verdad...

Me echo a reír por culpa de los nervios y Tanya me mira extra­ñada.

-Quiero decirles que estoy encantado de estar aquí –anuncio nuestro "Jefazo" mirando a la silenciosa oficina-. Me gustaría pre­sentaros a mi ayudante, Jasper Hale -añade indicando al hombre rubio-. Me quedaré unos días, así que espero tener la oportunidad de conoceros mejor. Como ya sabéis, Seth Peltier, con quien fundé Vampire Corporation, era norteamericano. Por esa ra­zón, entre otras, este país ha sido siempre muy importante para mí.

Se oye un espontáneo murmullo. Él levanta una mano, saluda con la cabeza y se va, seguido por Jasper y todos los ejecutivos. Per­manecemos en silencio hasta que ha salido y después estallan los comentarios.

Siento que todo mi cuerpo se relaja. Gracias a Dios.

La verdad es que soy tonta. Por un momento he pensado que se acordaría de lo que dije. Ni que le importara. ¿Cómo iba a perder tiempo de su valiosa y ocupada agenda en algo tan insignificante como una nota falsa? Cuando le doy al ratón para abrir un nuevo documento, la sonrisa ha vuelto a mi cara.

-Bella. -Levanto la vista y veo a Eleazar al lado de mi mesa-. Edward Cullen quiere verte.

-¿Qué? -pregunto, y mi risueña expresión se desvanece-. ¿A mí?

-En la sala de reuniones, dentro de cinco minutos.

-¿Sabes por qué?

-No.

Dicho lo cual se aleja, y yo me quedo frente a la pantalla del or­denador con la mirada perdida y ganas de vomitar. Tenía razón desde un principio.

Voy a perder el trabajo por culpa de un estúpido comentario en un ridículo vuelo.

¿Para qué querría que me ascendieran? ¿Por qué tuve que abrir la boca? Soy una imbécil, una bocazas.

-¿Por qué querrá verte? -pregunta Tanya un tanto descon­certada.

-No sé.

-¿Va a ver a alguien más?

-No tengo ni idea -contesto vagamente.

Aturdida, empiezo a escribir tonterías en el ordenador para que deje de interrogarme.

No puedo perder este empleo y arruinar otra carrera profesio­nal. No puede despedirme. No es justo. Yo no sabía quién era. Si me hubiera dicho que era mi jefe, no le habría mencionado lo del currí­culum ni... nada de nada.

De todas formas, no es que haya falsificado mi título ni que ten­ga antecedentes penales. Soy una buena trabajadora. Me esfuerzo, no me escaqueo muy a menudo, me quedé un montón de horas ex­tra para hacer la promoción de la ropa deportiva y organicé la rifa de Navidad.

Cada vez tecleo con más fuerza y mi cara va adquiriendo una tonalidad más rojiza.

-Bella-me llama Eleazar mirando de forma significativa su reloj.

-Voy.

Inspiro profundamente y me pongo de pie.

No voy a dejar que me eche. No permitiré que ocurra algo así.

Cruzo la oficina y recorro el pasillo hasta la sala de reuniones, llamo y abro la puerta.

Edward Cullen está sentado en una silla cerca de la mesa de confe­rencias, escribiendo algo en una libreta. Cuando entro, tiene una expresión tan seria que el estómago me da un vuelco.

Debo defenderme. He de conservar mi puesto.

-Hola. ¿Puedes cerrar la puerta? -Espera hasta que lo he he­cho y luego me dice-: Isabella, tenemos que hablar de una cosa.

-Ya lo sé -respondo intentando mantener firme la voz-. Pero me gustaría dar mi versión primero, si es posible.

Durante un momento parece perplejo, pero luego arquea las cejas.

-Sí, claro. Adelante.

Avanzo tomando aire y lo miro a los ojos.

-Señor Cullen, ya sé para qué desea verme. Me equivoqué; fue unerror de cálculo que lamento sinceramente. Lo siento muchísimoy le aseguro que nunca volverá a suceder. -Noto que cada vez elevo más la voz-. Pero he de alegar en mi defensa que durante aquel vuelo no sabía quién era usted y creo que no debe condenar­me por un fallo.

Se produce un silencio.

-¿Eso crees que voy a hacer? -pregunta por fin arrugando el entrecejo.

¿Como puede ser tan insensible?

-Sí. Estará de acuerdo conmigo en que si hubiera sabido con quién hablaba, jamás habría mencionado nada de mi currículum.

Fue como... una trampa. Si esto fuera un juicio, desestimarían el caso. Ni siquiera...

-¿El currículum? –Edward Cullen relaja la frente-. Ah, la califi­cación. -Me lanza una penetrante mirada-. Mejor dicho, la falsi­ficación. -Oírlo en voz alta me deja muda. Siento que cada vez me arde más la cara-. Mucha gente lo llamaría fraude -añade recos­tándose.

-Ya lo sé. Fue un error. No debería... Pero eso no afecta en ab­soluto a mi forma de trabajar. No significa nada.

-¿Eso crees? -replica moviendo la cabeza pensativo-. No sé, pasar de un suficiente a un sobresaliente es un salto muy grande. ¿Qué ocurrirá si necesitamos que hagas alguna cuenta?

-Sé hacerlas -aseguro desesperada-. Pregunte lo que quie­ra. Venga.

-Muy bien. ¿Ocho por nueve?

El corazón me late a toda velocidad y tengo la mente en blanco. A ver, nueve por uno, nueve; nueve por dos...

Ya está. Diez por ocho es ochenta, así que nueve por ocho será... -¡Setenta y dos! -grito, y me estremezco al verlo sonreír, esa sonrisa del lado, se pasa una mano por el cabello y niega con la cabeza.

-Estupendo -me alaba indicándome una silla-. ¿Has acaba­do con lo que tenías que decirme o hay algo más? Me paso una mano por la cara, confundida.

-¿No me va a despedir?

-No -responde con paciencia-. ¿Podemos hablar ya?

Me siento y me invade una terrible sospecha.

-¿Quería verme por mi currículum?

-No -contesta con suavidad.

Me gustaría morirme.

Aquí, ahora mismo.

-Muy bien -digo apartándome el pelo en un intento por re­cobrar la compostura y parecer profesional-. ¿Qué desea enton­ces?

-Tengo que pedirte un pequeño favor.

-Bien -acepto ilusionada-. Lo que quiera. ¿De qué se trata?

-Por varias razones -empieza a decir lentamente-, preferi­ría que nadie supiera que la semana pasada estuve en Italia. ¿Po­drías no mencionar que nos vimos?

-Sí, claro -digo al cabo de un rato-. Por supuesto.

-¿No se lo has contado a nadie?

-No. Ni siquiera a mi... A nadie.

-Estupendo. Te lo agradezco. -Sonríe y se levanta-. Ha sido un placer conocerte, Isabella. Estoy seguro de que volveremos a ver­nos.

-Bella-, corrigió mientras el vuelve a sonreír asintiendo, -¿Eso es todo? -pregunto sorprendida.

-Sí, a menos que haya otra cosa que quieras comentar.

-No.

Me pongo de pie rápidamente y me doy en el tobillo con la pata de la mesa.

¿Qué esperaba? ¿Que me encargara la dirección de un impor­tante proyecto internacional?

Cullen abre la puerta y la sujeta para que pueda salir. Estoy casi fuera cuando me detengo.

-Un momento. -¿Sí?

-¿Qué respondo si alguien me pregunta de qué hemos ha­blado?

-¿Por qué no les dices que hemos estado charlando de logísti­ca?, al cabo tu entiendes cierto… -me aconseja levantando las cejas, sonríe de forma torcida y después cierra la puerta.

Bueno otro cap.…………………………se acepta de todo denle GO???

Miss Mckarty