Nate River

La suerte estaba de mi lado, definitivamente, de lo contrario ¿cómo podría explicarse la sincronicidad de los hechos? Necesitaba más juguetes para utilizar sobre el cuerpo de Mello, razón por la cual había optado por dirigirme a la mansión. Sin embargo una figura a la distancia llamó mi atención. Por el tono rojizo de su cabello y el ahínco con el que buscaba a su alrededor, no podía tratarse de otro que Mail Jeevas. Inmediatamente me dejé caer sobre la hierba, atrayéndolo como un pez que muerde el anzuelo. Pobre estúpido inocente. Hacer que cayera en mi trampa, para encerrarlo luego en ese oscuro baño fuera de servicio, había sido cuestión de escasos minutos. Me ocuparía de él más tarde.

Regresé al pequeño cuarto portando una gran cantidad de objetos punzantes de distintas dimensiones, cerrando la puerta de una patada. Fui capaz de percibir un brillo extraño en los ojos de Mello. Luego de depositar la carga en un rincón del suelo, me acerqué a él lentamente. Con un paño húmedo comencé a limpiar su rostro. Lo más lógico hubiera sido su rechazo, sin embargo, no lo obtuve. El muchacho permaneció totalmente tranquilo, con la mirada clavada en algún punto del techo. Un sentimiento parecido a la culpa se despertó en el centro de mi pecho, ¿o era angustia? Golpeé la pared con violencia. No podía darme el lujo de sentirme de esa manera. Palabras como "misericordia" o "piedad" no entraban en mi vocabulario. ¡¿Por qué tendría que comportarme correctamente si toda la vida había sido ultrajado?! La voz de Mello ingresó a mi canal auditivo, consiguiendo que volviera a la realidad.

—Nate…

Alcé la mirada ante la mención de mi nombre.

—Si, Mello…

—Por qué sientes tanto odio…

¿Odio? Mis pupilas se contrajeron al tiempo que mi cuerpo entero se tensaba.

—Tú no sabes lo que es el odio, Mello.

—Si, lo sé. Siempre hay un motivo para sentirlo.

—Jamás lo entenderías…

—Por qué haces esto…

—(…)

—Nate…

—¡CIERRA LA MALDITA BOCA!

-—¿Por qué yo, Nate?!

Incapaz de seguir conteniendo las lágrimas, caí de rodillas, ocultando el rostro entre las manos. Luego…imágenes. Montones de ellas hicieron aparición frente a mis ojos. Aquello vívidos recuerdos volvían a destrozarme. Inevitablemente perdí el control, entrando en pánico una vez más.

—¡AAAAAAH! ¡NOOOOOOOOO!

—¡¿Q…?!

—NO… —grité, halando mi cabello con desesperación—. ¡MALDITOS TODOS! ¡MALDITOS! ¡JURO QUE VOY A MATARLOS, LO JURO!

—Hey… calma…

—¡NO PUEDO CALMARME!

Era tal el dolor que sentía, que tomé una de las tenazas, acercándome a Mello. Sin siquiera titubear, sujeté una de sus inmovilizadas manos, arrancando de lleno la uña de su dedo anular.

—¡¿QUÉ MIERDA HACES?! ¡YA BASTA, HIJO DE UNA GRAAAAAAAH!

Curiosamente, valerme del dolor ajeno no estaba ayudándome. Me sentía aún más desesperado.

—Nate…P…puedo escucharte, ¿si? S…soy capaz de… de tratar de entender tu comportamiento, sin juzgarte…

Ante dichas palabras no pude más que largar una amarga risotada.

—Claro, como todos… siempre di…

Sus ojos se volvieron oscuros de repente, haciendo que olvidara el resto de la frase.

—Nate River… háblame.

Mi cuerpo se debilitó, consiguiendo que me desplomara sobre el suelo. Me sentía incapaz de desacatar aquella orden. Sin siquiera saber el porqué de mi accionar, hice lo que él me pedía. Después de años enteros de silencio y dolorosos secretos, finalmente… hablé.

(…)

Mihael Keehl

La sangre que emanaba de las recientes heridas comenzaba a viajar a lo largo de mis muñecas, tiñendo mi piel de rojo intenso. Nate yacía recostado en el suelo, envolviendo sus rodillas con ambos brazos. La posición me recordaba a la de un feto en el vientre materno. La última petición había salido de mi boca en un acto reflejo, más que por verdadero interés. Más allá de eso, sentía cierta curiosidad por conocer el pasado de aquel perturbado muchacho. Repentinamente, su voz se elevó, apenas más alta que un susurro.

—No tengo idea de mi procedencia. No es que me importe demasiado, de todas maneras, pero muchas veces quisiera conocer el porqué de mi comportamiento. Dicen que todo está en los genes. ¿Habré sacado mi intelecto de mis verdaderos padres?

—¿Verdaderos… padres?

—Soy adoptado.

—V…vaya…

Primera sorpresa de la noche…aunque, pensándolo bien, habían sido varias hasta el momento. De uno u otro modo, jamás hubiese imaginado que Nate no fuera el verdadero hijo de los River. Tal vez escuchar un poco más de aquello fuera interesante…

—Hubiese preferido morir con ellos.

—¡No digas eso! ¡¿Eres consciente de la cantidad de personas sin hogar que darían su vida por tener la décima parte de lo que tú tienes?!

—Aunque—continuó, ignorándome—…no sé si hubiese podido aguantar mucho tiempo más en ese puto orfanato. Todas esas burlas, las múltiples golpizas que recibía a diario, la falta de… contención.

—Ahora tienes la contención que tanto necesitabas. Deberías dejar de martirizarte.

—No entiendes nada, ¿verdad?

—Lo que entiendo es que…

Mierda. Acababa de ponerse de pie, acercándose nuevamente.

—Tú no sabes lo que es vivir bajo este techo, no sabes lo que significa ser adoptado únicamente para que te utilicen…No tienes idea de…

—No. No lo sé, Nate. No entiendo absolutamente nada. Necesito que me lo cuentes.

Mis ojos encontraron los suyos y no se apartaron de allí. Eran… tortuosamente cautivantes, al igual que el resto de sus facciones. Los iris negro-grisáceos con motas amarillas, el perfecto puente de su nariz, Su relleno labio inferior…

—Odio que la gente me tenga lástima…

—¿Q…Qué? —tartamudeé, reaccionando finalmente—. Yo no te tengo lástima. Por el contrario, cualquiera que me viera en esta situación sentiría lástima por mí, ¿no crees?

A pesar de mi irónica sonrisa, su semblante permaneció igual de sombrío mientras continuaba con el relato.

—La noche antes de ser… "adoptado", no pude conciliar el sueño. Me sentía tan expectante, tan ansioso… Sin embargo, todo se derrumbó ante mis ojos ni bien hube puesto un pie en esta repugnante casa. Cuando Dorothy y Brian aparecieron en el orfanato, portando todos esos regalos, hablándome tan pacientemente, emocionándose al verme, yo—se interrumpió, dejando escapar un par de lágrimas—… yo creí por un momento haber encontrado mi lugar en este asqueroso mundo… pero una vez más me equivoqué.

Mis ojos siguieron sus movimientos mientras tomaba asiento sobre una de las estanterías de hierro, a unos cuántos centímetros del suelo.

—Mi presunta felicidad duró menos de veinticuatro horas. Cuando desperté, a la mañana siguiente, un conjunto de voces llamó mi atención. Parecían provenir del despacho de Brian. Mi primera intención fue la de dirigirme al baño, pero la constante repetición de mi nombre consiguió que cambiara de planes. Me acerqué sigilosamente, agudizando el oído detrás de la puerta y sencillamente no pude creer lo que escuché. Ese maldito hijo de puta que apenas horas atrás me había endulzado los oídos con sus sermones baratos de buen padre, estaba…—apretando los puños con demasiada fuerza—estaba diciendo que pondría todos sus documentos a mi nombre, ya que los papeles de la adopción eran falsos. Legalmente, mi apellido no es River y jamás lo será. De ese modo, y en caso de sufrir un embargo, nadie podrá tocar un centavo de su fortuna ya que, a partir de ese momento, todo pasó a estar bajo mi nombre. Horas más tarde un sinfín de camarógrafos y periodistas atestaron la puerta principal. Mis recientes padres dieron una conmovedora entrevista, presentándome ante los medios como un nuevo miembro de la familia. Después de eso, el prestigio de Brian subió hasta las nubes. ¿En qué cabeza cabría la idea de desmerecer a una persona tan noble como él quien, a pesar de poder concebir hijos naturalmente, decidió adoptar a un pobre infeliz como yo? Les vine como anillo al dedo…a ambos.

Nate hizo una pausa. Me costaba creer que todo aquello fuera verdad, pero el dolor reflejado en sus ojos lo dejaba en evidencia. Había sufrido demasiado y continuaba haciéndolo a medida que relataba los hechos. Quise interrogarlo, plantear soluciones, pero opté por permanecer en silencio, respetando cada una de las palabras que salían de su boca, y en consecuencia, su decisión de contarme todo aquello. Unos cuantos minutos más tarde, prosiguió.

—Traté de no darle importancia a los asuntos políticos que envolvían a mis padres, creyendo que las movidas efectuadas no tenían porqué estar relacionadas con el afecto que pudieran sentir hacia mí. Cuán equivocado estaba. Un mes más tarde me dirigía a la cocina cuando vi el cuerpo de Dorothy agazapado contra una de las paredes del living. Permanecí en mi lugar, tratando de no ser visto. Brian le gritaba, la golpeaba, la amenazaba de muerte, pero… ¿por qué? Esa misma noche lo descubrí.

Una enferma sonrisa surcó su rostro mientras secaba sus lágrimas con el dorso de la mano.

—Esa perra… esa maldita perra asquerosa apareció en mi cuarto a medianoche. Sus manos recorrieron cada sector de mi anatomía mientras me apuntaba con un arma.

—¡¿Qué?! —espeté, sobresaltándome notablemente— ¡¿Estás diciendo que tu madre…?!

—Ella no es mi madre.

Cuando se dirigió a mí, sus ojos se volvieron dos pozos ciegos. Tuve miedo de caer en ellos, miedo…de comprenderlo sinceramente, de querer consolarlo. Tratando de alejar esos pensamientos de mi mente, aparté la mirada, limitándome únicamente a escucharlo.

—Abusó de mí incalculables veces. Cuando reuní el coraje suficiente para hablar con Brian, recibí una descomunal paliza a cambio. Me llamó fenómeno, monstruo e incluso me utilizó para justificar la mala relación con su esposa, alegando que antes de mi llegada las cosas entre ellos estaban perfectamente bien. Pura mierda. Esos dos nunca se quisieron. ¿Sabes por qué estás aquí? No creas que para protegerme. Lo que realmente custodias es su maldito dinero. Es una especie de círculo vicioso. Brian consigue más prestigio gracias a mí. A cambio de guardar silencio sobre sus verdaderos intereses, Dorothy me usa de juguete sexual. Ella es quién realmente manda. Una palabra que escape de sus labios y el imperio River se desploma en cuestión de segundos. Hay demasiada gente implicada, cantidades descomunales de dinero invertido, cientos de nombres involucrados. Más allá de eso, mi cuerpo ya no puede seguir soportándolo. Seré un monstruo, pero algo aquí dentro duele—sollozó, arrugando su camisa, a la altura del pecho—, y mucho.

Nuevamente se alzó el silencio. Por primera vez observé a Nate como lo que realmente era…una persona. Su comportamiento ya no me resultaba psicópata ni obsesivo, sino que lo veía como el resultado de todas las experiencias que había tenido la desgracia de padecer. Mis ojos observaron su cuerpo replegado sobre sí mismo… el movimiento compulsivo de sus hombros a causa del llanto…el temblor de sus extremidades… Cerré los ojos con fuerza. En ese momento tenía un solo deseo en mente… confortarlo. Como si el muchacho hubiese sido capaz de escuchar mis pensamientos, se volvió hacia mí, acercándose silenciosamente.

—No sé si quiera seguir viviendo.

—No, Nate, escucha…

Con manos temblorosas tomó una de las afiladas herramientas distribuidas a lo largo del suelo, comenzando a llevarla hacia su pálido cuello.

—¡No, espera!

—Ya no más, Mello…

—¡NATE! ¡NO!

El movimiento fue interrumpido cuando la hoja de la pequeña sierra se encontraba escasos milímetros de su piel.

—Por favor, utilízame para quitarte toda esa bronca. Golpéame, no me interesa. Tienes que desquitarte.

En un principio, no pareció comprender mis palabras, pero luego arrojó el arma hacia un rincón, bajando mis pantalones rápidamente. Mis ojos se abrieron de sobremanera al observar cómo se posicionaba encima de mi cuerpo. Sus labios se pegaron al lóbulo de mi oreja, consiguiendo que un intenso escalofrío me recorriera.

—Mello… voy a tomarte.

Era totalmente consciente de que no habría vuelta atrás. Su lengua recorría mi torso de manera compulsiva, bajando hacia mi abdomen. Inevitablemente comencé a jadear ni bien sentí su puño rodeando mi miembro. La manera en que lo observaba era fascinante. Súbitamente agachó la cabeza, succionando con fuerza. Los mechones de su cabello rozaban mi pelvis, provocándome un suave cosquilleo. Quise ser fuerte, demostrarle que permitir aquellos actos sobre mi cuerpo no significaba absolutamente nada para mí…pero fallé. Mi erección crecía desmesuradamente dentro de su boca. Encontrarme maniatado estaba desesperándome. Sus ojos se clavaron en los míos, dándome a entender cuál sería el paso siguiente.

—Nate…

—Llámame Near.

-¿Ne…? ¡Owh!

Mis glúteos se contrajeron al sentir la cabeza de su propia erección presionando mi entrada. Lo merecía. Merecía todo aquello por haberme comportado peor que un cerdo durante tantos años de mi vida. Yo también había abusado de gran cantidad de personas, al igual que Dorothy de Nate, al igual que Nate de mí en ese momento. El jodido karma me envolvía con sus brazos invisibles. ¿Y si todas aquellas muchachas hubiesen adquirido un comportamiento similar? ¿Y si varias de ellas buscaran el suicidio por mi maldita causa?

—¡AAW, JODER NATE!

Estaba en mi interior. Sus movimientos me desgarraban tortuosamente, al punto que múltiples lágrimas se agolparon en mis ojos. Todas ellas habían sentido algo similar, ¿verdad?

Los gemidos de Nate iban incrementándose a medida que sus movimientos se intensificaban. Por mi parte, no podía hacer otra cosa que apretar los dientes con fuerza, recordando parte de mi pasado.

Todo había comenzando con una apuesta. Mike, uno de mis compañeros de preparatoria, me había retado a salir con una de las muchachas más atractivas del salón. Si esa noche lograba tirármela, ganaría, de lo contrario sería el hazmerreír del colegio entero. No podía dejarme intimidar por un idiota como él, así que acepté. Una especie de baile se llevaría a cabo. Obtener una cita con Cloe no había sido demasiado difícil, sin embargo a la hora de intimar, toda esa confianza que parecía salir de ella se desvaneció, dejándome solo en el medio de la acción, o eso era lo que ella creía. Una furia inexplicable se apoderó de mí, tomándola salvajemente del cabello hasta dejarla tendida sobre el suelo de uno de los baños del lugar. El resto es bastante evidente. La historia se repitió con Maria, Katty, Elizabeth, Caroline, Petra, Gina, Sophia, Valery y decenas de otras muchachas. La situación era siempre similar. Las tomaba por la fuerza.

Mis ojos se encontraban húmedos, pero sabía a la perfección que el verdadero motivo de aquellas lágrimas era el remordimiento. Las expresiones de sus horrorizados rostros vinieron a mi mente, volviendo el momento más insoportable aún. Sentí todo el dolor de Nate volcándose en mi interior. Estaba teniendo mi merecido, después de tantos años de salirme con la mía. Mi cuerpo se relajó repentinamente, aceptando de buena gana todo lo que el muchacho me estaba dando.

—S…Si, Near…

Al escuchar aquellas palabras sus oscuros ojos se alzaron llenos de curiosidad.

—Hazlo… hazlo con… con fuerza… por favor… Dame… mi… merecido…

Mi columna vertebral se arqueó debido al ímpetu del impacto. Nate estaba embistiéndome con total salvajismo, utilizando mis rodillas para impulsarse. Su rostro rozaba el mío. El rubor de sus mejillas era rojo intenso, al igual que el delgado hilo de sangre que emanaba de su labio inferior ya que se había mordido a sí mismo con demasiada fuerza. Separé la cabeza de la dura superficie para lamer la herida, sintiendo el metálico sabor en la punta de la lengua. Su respuesta fue un profundo e intenso beso. La situación se estaba saliendo de control… de control. Mi interior se había adaptado perfectamente a su tamaño, por lo que cada arremetida era una profunda oleada de placer desatándose en mi interior. Su mano tomó la cabeza de mi sexo, comenzando a realizar rítmicos movimientos sobre ella. Me estaba llevando al límite.

—Ow… Ow…Nh…Me…Mello…—gimió, entornando los ojos—. Creo que… que voy a…

—Hazlo… Ha…hazlo Near… ¡Hazlo!

Un intenso alarido escapó de lo más profundo de su garganta, al tiempo que su cabeza se extendía hacia atrás. Acababa de alcanzar el clímax, sin embargo continuó moviéndose en mi interior. Incapaz de seguir conteniendo mi propio desenlace, mi cuerpo hizo su debida descarga sobre su palma…por segunda vez. Ambos temblábamos involuntariamente. Ninguno supo que decir. Sus ojos no volvieron a encontrar los míos, sin embargo pude ver lágrimas en ellos. Repentinamente sentí la tibieza de sus manos alrededor de mis muñecas, comenzando a desatar las ajustadas cuerdas que hasta ese momento me habían mantenido inmovilizado. Lo mismo hizo con mis tobillos.

—¡¿Qu…?!

—Eres libre, Mello…—dijo, evitando mis ojos—. Vete.

Mientras frotaba mis adoloridas muñecas me preguntaba qué sería de él una vez me marchara de allí.

—Nate… tú qué…

—Eso no es asunto tuyo —contestó terminantemente—. Sólo desaparece. Si quieres hablar con mis… padres, hazlo. Soy consciente de lo que hice. Siempre lo fui.

Lentamente, su cuerpo se desplomó, de modo que cayó de rodillas.

—Está bien.

—Adiós… Mello.

Su voz se quebró al pronunciar mi nombre. Acomodé mis prendas, caminé hacia la salida y…no pude salir de allí. Me dolía el pecho. Dejar a Nate… Near, era como abandonar una parte de mí mismo con él. Arrojé nuevamente mis cosas, di media vuelta y caí a su lado, envolviéndolo con mis brazos. Luego de eso se alzó el silencio.

(…)