CAPÍTULO 4
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—¿Y bien? ¿Vamos a entrar?— Preguntó Eliza.
—Claro que vamos a entrar— Le respondió Archie rápidamente y emprendiendo camino con suma velocidad.
Cruzaron el portal del elegante apartamento pintado en varios tonos caoba y adornado con varias elaboradas formas hechas en hierro, que cubrían las ventanas y las puertas. La pared frontal del edificio entero, estaba cubierta por enredaderas, de las que se desprendían pequeñas florecillas amarillas en forma de diminutas campanas. Eliza contemplo los muebles al sumergirse en la seductora penumbra que los envolvía, apenas si eran formas sin mucho color, pero dispuestos armoniosamente en los distintos espacios, que en un gran salón y de manera continua, llevaban de la sala al comedor, y de éste a la moderna cocina de diseño americano.
Ella le deslizó los brazos por el pecho, esperando que la descargara sobre la alfombra de la sala, pero él la mantuvo en sus brazos dirigiéndose a la escalera. Subieron a la segunda planta sonriéndose el uno al otro, e ingresaron a una elegante habitación plagada del naciente estilo fovista, y pudo identificar al menos dos obras de Alfred Henry Maurer colgando de las paredes. Una enorme cama isabelina con dosel se imponía en el centro del cuarto, contrastando con todos los demás elementos en la habitación, pero armonizando curiosamente con el conjunto general del apartamento. Archie la recostó suavemente en aquella cama y ella como un gato probó su suavidad, amplitud y comodidad.
—Deliciosa cama primito— Ronroneó Eliza.
Él no la miró, con los músculos del cuello tensos se dirigió a la maciza camarera victoriana de cedro. Allí en la pequeña mesa rodante estaban dispuestos sin ningún orden aparente, varios licores que brillaban con la escasa luz que se filtraba por las cortinas. Sin detenerse, se sirvió un whiskey, profundamente concentrado en la tarea, como si de una coreografía se tratase, tomando un vaso, destapando la botella y vertiendo el ambarino líquido. Tomó aire y se giró sonriéndole.
—¿En verdad te gusta primita?—
—Así es, me encanta, no puedo evitar pensar en la infinidad de deliciosas perversidades que podrías hacer en ella— Respondió Eliza removiéndose sobre los cobertores.
Archie dio unos cuantos pasos y se sentó en la mullida otomana entre la cama y la chimenea, dándole la cara a su inquietante invitada. Se quitó el saco y despacio desajustó su corbata hasta hacerla deslizar por el cuello de su camisa y sacársela por completo —Me parece que yo tampoco puedo evitar pensar en ello— Le dijo desviando la mirada y quitándose los gemelos de oro de los puños de la camisa —Justo el tipo de cosas que no deben hacer los primitos—
Ella abrió los ojos con picardía —¿Y cuáles son esas cosas?—
—No podría decírtelo Eliza, ese tipo de cosas son de aquellas que no puedes describir… sólo disfrutar—
—Interesante— Susurró Eliza —Ilústrame entonces—
—No estoy seguro— Sonrió Archie desajustando los dos botones superiores de su camisa.
—Mmm— Canturreó Eliza —Déjame ver… Tal vez si— Le dio la espalda mientras con habilidad desabotonaba su vestido, luego lo deslizó por sus brazos y dejó que el corpiño le colgara por la cintura, dejando que él se bebiera la imagen de su blanca espalda desnuda. Tomó una de las cortinas del dosel y se la envolvió en el pecho, se giró con cadenciosos movimientos y lo miró justo a la cara —¿Tal vez algo como esto?—
Archie se acomodó en la otomana y la miró con fiereza, sintiendo como la erección le reclamaba espacio entre sus pantalones —Es posible… Tal vez algo como eso, sin embargo… aún no estoy seguro— Murmuró con aire indiferente.
Ella inclinó su cabeza sobre uno de sus hombros y con gracia infantil soltó la tela del cortinaje y dejó al descubierto sus senos desnudos —¿Y algo así?—
Archie tragó duro, se levantó y caminó hacia ella con movimientos depredadores, descargó su vaso de whiskey en la camarera, y sin dejar de mirarla un sólo minuto, destapó con pericia una botella de champaña, se acercó más y le entregó una copa repleta y espumeante —Exactamente querida prima… algo así—
Eliza le recibió la copa y bebió un largo sorbo que se deslizó tibio y burbujeante por su garganta, y lo contempló complacida al ver su rostro enajenado por la visión que sus redondos senos le ofrecían. Sin reparos, lo haló por el brazo y lo pegó a sus labios, dándole un beso salvaje y demandante que los dejó sin aire a los dos. Le mordió los labios y le exploro la boca con su audaz lengua impregnada del dulzor del champaña.
Se detuvo intentando recobrar el aliento y le besó el cuello con paciente dulzura —Eres perfecta Eliza, perfecta— Le susurró al oído, calentándola con su aliento —Te he imaginado desnuda sin descanso cada noche en la soledad de mi habitación, me he tocado recordándote, imaginando cada centímetro de tu cuerpo— Jadeó apretándole la cintura mientras Eliza se contorsionaba en sus brazos —Son hermosos— Le dijo al tiempo que le cubría los senos con las manos —No puedes hacerte una idea de cuánto me encantas, de qué tan loco estoy por ti, de cuánto te deseo, no te imaginas todo lo que quiero hacerte y hacer contigo—
Eliza le sonrió complacida —Tal vez, sólo tal vez, aquello coincida un poco con todo lo que tú me inspiras, con todo lo que voy a hacerte hoy— Suspiró mirando la copa en sus manos, luego lo miró a él a los ojos mientras volteaba el cristal y dejaba que el líquido dorado se derramara por su pecho, haciéndolo brillar a la luz del fuego de la chimenea. Las gotas del champaña se deslizaban por las curvas de sus senos como una invitación irresistible a beber de ellos.
Sin detenerse a pensarlo un segundo más, bajó su cabeza y con la lengua bebió el licor de su pecho, mirándola a los ojos con lujuria, haciendo círculos con su lengua le rodeó las sonrojadas aureolas, Eliza contraía el vientre enfebrecida por el irresistible contacto, torturada con la cálida caricia. Le lamió los pezones, haciendo que sus ojos se cerraran al placer, y sin avisos, apretó entre sus labios uno de sus pezones, Eliza abrió los ojos desconcertada por la tormenta de sensaciones que abrumaban sus sentidos. Archie acarició los cabellos que le caían sobre el pecho, los llevó a su espalda y aumentó la succión insoportable, encerrando entre sus dientes el hinchado pezón, lo mordió con calculada precisión, haciendo que ella soltara desde el fondo de su pecho, un gemido fuerte y desesperado.
Eliza arrodillada en la cama, gemía incontrolable mientras Archie se dedicaba a exacerbar el placer en su piel, sus labios y su mente. Despacio reclinó sus piernas, y él con besos le recorrió el abdomen y con su lengua le acarició su ombligo en lentas y estremecedoras lamidas. Le retiró el broche de la falda, y ésta cayó condenada por la gravedad desparramándose en la cama, la recostó con suavidad entre los almohadones y delicadamente le retiró el vestido por completo mientras se subía en la cama encerrándola entre sus piernas a horcajadas, le pasó torturantemente despacio las yemas de los dedos desde el esternón hasta llegar sus caderas, bailando con sus manos de un lado a otro, con caricias tan leves y delicadas que ella no podía estar segura si aquello era real o era una afortunada travesura de su mente. Archie bajó por su costado, acariciándola con su aliento, le besó el vientre y con su índice derecho retiró de a pocos el liguero rojo, luego se detuvo incapaz de contener la sonrisa que se dibujaba en sus labios.
—Bellísima lencería, sólo verla en ti ha significado un premio que jamás pensé tener, lo demás ha sido una visita al mismo cielo, Eliza—
Sin dejar de mirarla le desajusto los broches del liguero. Retirándolo y dejándolo caer al piso, le tomó la pierna derecha y la puso sobre su hombro sin perderse ni un segundo los carnales gestos de Eliza al ser atravesada por el placer. Con suavidad le retiró las medias, acariciando su pie desnudo le besó las pantorrillas y dejó caer las contorneadas piernas sobre el colchón, sorprendiéndola le mordió los muslos, haciéndola gritar de placer y sonreír perversa entre sus rojos rizos, que rebeldes se dispersaban sobre las sabanas y su sonrosado rostro.
Archie se detuvo en su pubis calentándola con su respiración, y sobre la pantaleta roja le dio varios besos tentadores que la obligaron a apretar sus muslos uno contra otro, buscando más contacto, más placer. Perverso, templó sobre su cuerpo la delicada tela aumentando la fricción, y sobre la tensa lencería paso su lengua, presionándola, acariciándola, degustándola.
Los parpados de Eliza se apagaban rendidos al placer mientras Archie le retiraba la única prenda que quedaba de su juego interior, le besó el monte de venus con devota ternura y descendió con ligereza a sus labios femeninos, con la lengua se abrió paso entre ellos, dejando expuesto su centro de placer inagotable. Lo acarició con lentitud, lo lamió sin premuras, aumentando con cadencia el ritmo de su lengua, intimando con ella de manera tan profunda que podía sentir como su alma se fracturaba por vez primera. Delirante, la pelvis de Eliza se movía al compás de las lamidas que él le procuraba, y ella gemía, gritaba y suplicaba por más, por más de ese infinito gozo.
Archie obediente continuó, apretándole las piernas y las nalgas con sus manos, consumido en la necesidad de hacerla suya. Deslizó por su húmeda vagina el dedo medio, acariciando su suave interior, acompasando el ritmo de sus caderas al invasor dactilar, sin detenerse en su beso, sin dar tregua a los amables latigazos de su lengua en los pliegues suaves y cálidos.
La respiración de Eliza quemaba caótica en su pecho, y en el tormento de las suaves contracciones de su creciente orgasmo gritó algo indescifrable, rasgando el aire en la obscura habitación. Aún agitada y exhausta, su cuerpo le pedía más. Más de Archie y su ardiente piel, de sus besos, más de sus miradas de miel ardiente consumiéndola sin tregua. Jadeante se sostuvo en sus codos exigiéndole que le devolviera lo que ella le había dado. Su desnudez.
Se sentó en la cama, le retiró la camisa y la tiro al suelo con displicencia, lo obligó a acostarse y le quitó la correa arrancando luego con increíble rapidez sus pantalones y ropa interior. Se maravilló sedienta ante el descubrimiento de su erecto e irresistible pene, lo tomó en sus manos y lo masajeó de arriba abajo, mirándolo hambrienta, famélica, delirante. Archie cerró los ojos entregándose al desbordante placer, apretando entre sus puños la lisa tela de las sabanas. Con movimientos felinos, Eliza se inclinó sobre él, desplazando sus cabellos como una roja cortina en su costado izquierdo, acariciando la cadera de Archie con sus rizos juguetones. Sus labios se abrieron como las puertas del éxtasis y lo besó profundamente, siguiendo el ritmo de sus manos, ascendió y descendió con su boca, rodeándolo con su cálido aliento, lo lamió y lo urgió a culminar su gozo, entonces se detuvo abruptamente, haciéndolo maldecir y sisear entre dientes, sonriéndole le acarició el pecho, al tiempo que subía por su torso llenándolo de pequeños besos que le prometían la gloria.
Los cabellos ambarinos de Archie se habían adherido húmedos a su rostro, y ella con ardiente delicadeza le despejó la frente y las mejillas, soplando con suavidad en su piel caliente y sudorosa. Le besó el cuello y el rostro, susurrándole perversas exigencias, demandándole que se hundiera en su cuerpo en ese justo momento. Y sin embargo, lo contuvo por las muñecas obligándolo a permanecer en la misma posición, lo besó de nuevo y tomó entre sus manos su pene texturizado por las tensas y repletas venas, que bombeaban sangre con tanta desesperación como sus ganas por enterrarse en ella de una bendita vez.
Despacio, mirándolo a los ojos y con la boca abierta, lo ubicó en su entrada, deslizándose suavemente en su aterciopelada longitud, haciéndolos gemir a los dos, quemándolos con el ardiente contacto de sus cuerpos, con aquella unión que tan desesperadamente habían esperado.
Con gesto suplicante él le pedía que continuara con aquella fiesta, Eliza sonriendo, lo apretó entre sus muslos y se tomó pelo rojo, amontonándolo en su coronilla, sosteniéndolo entre sus manos, sin dejar de sacudir sus caderas en el torturante vaivén de la lujuria, acoplándose a él, ajustando sus formas, volviéndose una con él. Cabalgó en Archie con destreza, moviendo con acierto sus caderas, enloqueciéndolo con el caleidoscopio de sensaciones que les apremiaban, deslizando sus cuerpos uno contra otro, resbalándose en el sudor de la pasión. Sus manos enloquecían, él le apretaba las piernas y ella le estrujaba el pecho, arañándolo, marcándolo para siempre.
Archie se levantó con lentitud, sosteniéndose en sus brazos tensos la besó, y ella continuó moviéndose con destreza, calentándolo y enloqueciéndolo en cada nueva y decadente embestida. Archie le dedicó una mirada abrasadora, y con un gruñido salvaje se acostó sobre Eliza, haciéndose con el poder, meneando con lentitud y fuerza su pelvis contra ella, sin darle tregua, dispuesto a enloquecerla tanto como ella lo había hecho con él.
Eliza le enmarcó el rostro entre las manos —Más— Le exigió —Más Archie, no te atrevas a detenerte—
Sonriéndole se separó de ella y se quedó de pie en el piso frente a la cama, la atrajo hacia su cuerpo por las piernas, dejándola suspendida en el borde del lecho, se tomó el pene entre las manos y la penetró sin permiso, sin avisos, sin delicadezas. En un acto reflejo inundado de un profundo gemido de satisfacción, Eliza recogió sus piernas sobre la cama apretando el colchón con sus uñas, suplicando piedad, pero él se movía con más fuerza y decisión, la penetraba rápida y ansiosamente, acariciándole los senos, presionando con sus pulgares la piel de su vientre hasta posarse inclemente en su clítoris, masajeándola, imitando con sus dedos el ritmo de sus deliciosas embestidas. El sol se asomaba aún tímido en el cielo de Chicago, y el placer aún abría sus bocas ávidas de aire, entonces los dos gritaron inarticuladas palabras sin sentido, perdiéndose en un afinado orgasmo que los hizo gemir desgarradoramente, apretando sus cuerpos el uno contra el otro. Eliza, le arañó la espalda en el momento justo en que la inundaba con su cálido semen, sobrecogiéndola por la deliciosa culminación de aquel frenético encuentro.
El cielo en Illinois se iluminó y tímidos rayos de luz se asomaron por entre las pesadas y obscuras cortinas, invitando a los jóvenes amantes a un nuevo y delirante encuentro de sus cuerpos anhelantes de placer.
CONTINUARÁ…
