Capítulo III
Pesadilla Real
De inmediato el forense se percató de la cara de Graham, y antes de dirigirse hacia la víctima para dar las instrucciones y concluir así la extracción del cuerpo de la pared, le comentó
- Detective Humbert, ¿se encuentra usted bien?
Obviamente no lo estaba, y no lo podía disimular. A su cara de horror se le había aunado un temblor en las manos, la sudoración fría y excesiva, que en cuestión de segundos empezó a emanar de sus sienes, cuello y manos, y que sintió a través de los guantes de látex. Dejó caer de repente la grabadora, como si las fuerzas lo hubiesen abandonado; y casi lo podría haber jurado, porque estaba a punto de caer de rodillas. Sus piernas ya no le daban para más.
Se dirigió con dificultad hacia un mueble para libros cercano, quitando la vista de Elsa, y se apoyó haciendo uso de los guantes.
El forense que lo miraba algo sorprendido y temeroso se dio cuenta de que arrastraba las piernas y de su temblor y sudoración corporal excesiva.
Se volteó y miró con la misma expresión al forense, una expresión de sorpresa, terror y tristeza
- Whale – le comentó al Forense, casi con un hilo de voz de autómata, mientras éste tomaba del suelo la grabadora – no puedo llevar este caso, conozco a la víctima…
El Doctor Whale Stein, que había trabajado con el Detective Humbert innumerables veces, no sabía qué decir en esta ocasión. Transcurrió casi un minuto hasta cuando pudo pronunciar palabra
- Lo… lo lamento Graham – Apenas se escuchó su voz. Aclaró la garganta y prosiguió – ¿Pero de quién se trata?
No podía hablar más… No sentía que pudieran confirmarle a otra persona lo que sus ojos le habían confesado. No era capaz de moverse y ya no era capaz de mirar. Señaló con su mano derecha a la víctima, haciendo un movimiento como indicándole que mirara el cuerpo. Whale se dio la vuelta y volvió a observarla.
- Mantengan el cuerpo en esa posición y no lo muevan más. Vamos a tomarle las huellas para llevarlas a "identificación", y las demás fotos – Dijo el forense con tono serio, haciendo ademanes con las manos para apurarlos, y con la cara descompuesta por la revelación del Graham
Miró la cara de la víctima con atención, y un escalofrío le recorrió el cuerpo, como denotando que sí, existían rasgos familiares para él también, pero que aún no le decían quién era la mujer. Se regresó donde estaba su compañero, que permanecía temblando en la misma posición.
La verdad es que el despistado hombre no había reparado en el rostro de la víctima antes de eso, pues estaba inicialmente concentrado en recabar la información detallada de la colocación del cuerpo.
Whale, había comenzado como ayudante del forense, y tras haber ascendido, era excelente en su trabajo. Años atrás había conocido casualmente a la chica, que para aquél entonces era más joven que él, en alguna de las reuniones de la policía a la que Graham la había llevado. No había conseguido reconocerla hasta la terrible afirmación del detective.
- Es Elsa – Dijo Graham, sin reparar en el tono quebrado de su voz – es mi Elsa Whale.
El Forense abrió los ojos completamente y experimentó una nausea inusual que le llegaba a la garganta, en la cual se le hizo un nudo. Tuvo que respirar profundo unos segundos antes de hablar nuevamente
- Oficial, por favor, acompañe al detective Humbert hacia la patrulla – Habló en voz alta. Bajó el tono y se dirigió al detective que estaba en shock – Graham, creo que debes salir de acá. No hay necesidad de que veas esto ahora. Te haré llegar toda la información que me pidas después.
Graham asintió de forma automática y giró hacia la salida. No era él el que caminaba, no era consciente de que se dirigía a la salida. Era su cuerpo, su necesidad de salir de allí, su deseo de supervivencia lo que lo impulsó a irse.
A medida que caminaba se sentía débil y ligeramente aturdido. Sintió náuseas. A su encuentro acudió el oficial al que Whale había pedido que lo asistiera.
Al salir le pidió a éste que solicitara por radio al Detective Wayne, para que se acercara a la escena del crimen
- Dígale que es requerido con urgencia para encargarse del caso – Dijo con pesadumbre y resignación, aun sintiendo el mareo y las náuseas
Estaba solo, David estaba de permiso, así que no había nadie para llevarlo a casa, por lo que se lo solicitó al oficial que lo había escoltado. No creía que pudiese manejar. Antes de llegar a la puerta de su patrulla sintió que no podía seguir más allá y vomitó.
- Señor, digo, Detective, ¿se encuentra usted bien? – le preguntó el joven oficial
- Si… No… ¡no sé!... No estoy bien
- ¿Quiere que lo lleve a una clínica?...
Con la mirada extraviada y luego de haberse limpiado el rostro con la camisa y haberse sentado en el puesto del copiloto con la cabeza hacia atrás y los ojos a media asta, tomó del porta-vasos una botella con agua y se enjuagó. Parecía que no estaba escuchando al muchacho cuando de repente le respondió
- No, no necesito un doctor. O tal vez sí, no lo sé – respiró profundo y sintió el dolor que esa acción le causaba – lo que necesito es que me informe si ya llamó al Detective Wayne y qué respuesta obtuvo de esto – estaba hecho un desastre
- Sí señor. Lo he llamado y ha respondido. Se dirige para acá. ¡Estamos de suerte!, estaba en la estación
¿Estamos de suerte? Estaban en la escena de un crimen. Si se encontrara en condiciones normales habría descargado al joven oficial hasta correrlo del lugar. Pero lo cierto es que no era él mismo. En estos momentos se sentía como un alma en pena.
Estaba pasando por los minutos posteriores al Post-it en el que lo habían cortado, directamente a encontrarse a la mujer que amaba muerta en ese anexo de los suburbios. ¿Nada había cambiado en él? ¿Cómo era posible que ella lo hiciese sentir así todavía?
¿Pero qué demonios estaba pensado? Sea como sea, era una mujer inocente, víctima de homicidio, de algo terrible… y era Elsa, su Elsa. Sintió pena y desprecio por él mismo.
Tenía que salir de allí. No quería aceptar que esa era una pesadilla, sí, pero era una pesadilla real. Esa realidad que lo estaba sobrepasando en esos instantes. Sentía ganas de salir corriendo pero sus piernas no les respondían. Sentía ganas de gritar pero su voz no salía. Empezaba a sentir nauseas nuevamente cuando las ganas inmensas de llorar lo embargaron.
- ¡Señor! – De nuevo le decía el joven oficial – ¿necesita algo antes de irnos? ¿A dónde lo llevo? – dijo, y al instante recordó la primera orden de llevarlo a su casa.
- Pídale al Doctor Stein que venga por favor… De inmediato.
El chico trató de no mirarlo para no hacerle sentir peor, pero ya se había percatado del nuevo estado del detective. Se dio la vuelta para ir a cumplir lo que Humbert le había pedido, observando al caminar que se había generado un lío de patrullas y un forcejeo alrededor de la zona acordonada con cinta amarilla.
- Disculpe Señor. Va a demorar, déjeme ver qué pasa… ¿Puede esperar?
Graham asintió, observando por el espejo el barullo que generaba la policía con los periodistas.
Ya el lugar estaba rodeado por la prensa. La patrulla de Graham, así como otras dos y la camioneta del forense, se encontraban en el jardín delantero de la propiedad, dentro de la banda amarilla, y las demás por fuera, apostadas en la entrada principal y en los accesos adyacentes, a modo de resguardo y control de la prensa y curiosos, que ya se vislumbraban como una molestia. Sobre todo por el colapso que su salida del lugar iba a generar.
- Acaba de llegar el Detective Wayne. Por eso el alboroto. ¿Quiere que le avise a él primero que usted está aquí?
- ¡No!. Que vaya directamente con Stein.
- Sí Señor. ¿Y si el detective me pregunta por usted? ¿Qué le digo al Doctor Stein?
- No creo. Pero si lo hace que le digan que ya me fui – total la patrulla estaba en una zona oscura, y permanecería oculto allí, hasta que su chofer designado se dignase a sacarlo de aquél infierno – Y ya no es necesario que llame al Doctor Stein.
Se volteó con cuidado de no alborotar sus ganas de vomitar, en lo que vio al Detective Wayne dirigirse molesto, por el forcejeo que tuvo que soportar para poder ingresar, hacia la entrada del anexo. Pero no iba solo, por eso asumió que la molestia era por el circo que había tenido que atravesar su acompañante.
La acompañante de Wayne era una mujer elegantemente vestida. Tuvo la impresión de que la había visto antes… sabía que la había visto, pero no recordaba de dónde, pese a no haber visto su rostro.
Le llamó poderosamente la atención que Wayne le dirigiera múltiples atenciones, como si se tratase de una personalidad de alta importancia. Además, la mujer venía acompañada de un asistente al que nadie le prestaba la más mínima atención, preparado para anotar todo, y llevaba consigo una grabadora y una cámara.
De repente recordó la escena, de qué se trataba, de que era Elsa, y pensó con algo de molestia, que no deberían estar allí.
- Oficial
- Dígame Detective
- Es hora de que me saque de aquí
- Sí señor, voy a cuadrar que despejen el área para poder sacar la patrulla.
- Aunque sea en Taxi, oficial, pero ¡sáqueme de aquí! – empezaba a recuperar sus fuerzas y su carácter impaciente – Dígame algo antes, ¿sabe quién es la mujer que lo acompaña?
- Sí señor, es decir… – ante el comportamiento errático del detective, el chico había empezado a sudar y a sentir algo de temor – creo que es la nueva Fiscal de Distrito, de la que todos hablan.
- ¿De la que todos hablan? – trataba de jugarle una broma al oficial y a su mente para distraerse. Y ciertamente algo había escuchado de ella.
- Sí, la nueva Fiscal de Distrito… bueno, de la que todos hablan, la que está buenísima, y disculpe pero así dicen
- ¿Y no es así? – levantó una ceja mientras veía con atención al chico.
- Sí, pues… No, bueno…
- ¿Por qué está aquí? – había decidido dejar en paz al muchacho con el tema de "está buenísima…"
- Ellos tiene derecho a inspeccionar…
- ¡Lo sé! – dijo ahora, con menos paciencia e interrumpiéndolo – me refiero a por qué tan rápido
- Perdón señor. Imagino que está nueva en la… ¡¿Qué sé yo?!
- ¿Sabes algo más de ella? – apenas si la había visto con la poca luz de la luna y de la que había en el jardín, ya que los reflectores de la policía estaban en sentido contrario
- Sólo sé que se apellida Mills y está buenísima – dijo el joven, esta vez riendo
El oficial se dedicó a despejar el área para sacarlo de allí en su patrulla. Se montó en el lugar del piloto y Humbert le indicó cómo llegar a su casa.
En el camino, iba callado. Pensaba en todo lo que acababa de pasar. En cómo le desearía estar de vacaciones nuevamente. Recordó al Elsa, el lunar en sus caderas que solía besar y que la excitaba tanto…Cómo adoraba ese Lunar.
Pensaba en todo lo horrible de la escena. ¿Quién le había hecho eso? ¿Cómo era posible? ¿Por qué lo dejó? Siguió torturándose durante el camino, y se sorprendió al darse cuenta que pensaba que el apellido "Mills" le sonaba y que pensaba que conocía a esa mujer. ¿Por qué pensaba en esas tonterías justo ahora? Ese apellido "Mills"…
- Mills, Regina… Regina Mills es que se llama – dijo el joven oficial interrumpiendo el silencio
- ¿Quién? – Preguntó dudoso de haber cavilado en voz alta, y confuso por la tormenta de pensamientos que los asaltaban
- La mujer que acompañaba al Detective Wayne, la Fiscal de Distrito. Su nombre es Regina.
Asintió como para cerrar el asunto y se quedó pensando unos minutos "Regina, Regina Mills".
- Llegamos Detective… ¿Es aquí?
- Sí. Mañana pasas por mí a primera hora – dijo Graham antes de seguir atormentándose con sus pensamientos
- Sí Señor. Que tenga feliz noche
Feliz noche… ¡Feliz Noche! Acaso no sabía cómo estaba él y de dónde venían. Respiró, porque entendió que había sido simple cortesía y abrió el portal del edificio.
Subió las escaleras que lo llevaban hasta el quinto piso, sin pensar siquiera en el ascensor o en lo que había pasado.
Estaba seguro de no poder dormir. Abrió la puerta, se quitó la chaqueta casual que llevaba, y la colgó en el perchero. Se dirigió al baño y mirándose al espejo pensó "¡Qué suerte tuve de haberme mudado!". Ya tenía dos años en aquel apartamento, gracias a sus mejoras salariales.
Se lavó el rostro, se quitó los zapatos y los colocó en su lugar, la ropa en la cesta correspondiente – la lavaba todos los jueves – y se metió a la ducha.
Rápidamente estaba en la cama, tendido con la toalla ceñida a la cintura, mirando al techo, los pies en el suelo… Iba a soñar, de eso estaba seguro… Iba a soñar con todo aquél infierno, con Elsa, con el cuerpo empotrado en la pared… con Regina.
- ¡Con Regina Mills! – exclamó sobresaltado, porque acaba de recordar quién era ella y que había representado para él.
