Soy de Buenos Aires; Argentina.
Es un placer conocerlas.
—Bien, porque no estoy de humor, y necesitarás fuerzas para lo que se viene, porque me vas a escuchar. De una maldita vez vas a escucharme, Rachel Barbra Berry…
El agraciado rostro de Santana, su amiga, su compañera, su confidente, se volvió el de un demonio en pocos segundos…
Rachel apretó los labios, comenzando a dibujar un verdadero puchero de arrepentimiento, aun sabiendo que no alcanzaría…
—Lo siento, de verdad lo siento.
Y lo hacía. Estaba siendo sincera.
—¡No, tú no lo sientes! ¡Tú te cagas en tus amigos! —comenzó a gritar airosa Santana López en toda su gloria, dejando la taza en el suelo—. Sabes que Blaine está aquí por pocos días, y llamaste a Kurt a las cuatro de la mañana por tus andanzas. Sabías que este fin de semana era importante para Dani y para mí, y si no llamaba a Kurt esta mañana para controlarte, quién sabe cuándo me hubiese enterado de toda esto.
Las palabras de Santana se le clavaron en el pecho, humedeciendo sus ojos sin poder evitarlo.
—No digas eso, por favor… No es así…
—Santana… —advirtió el chico, acercándose a Rachel.
—¡No Kurt! Ella me va a escuchar. ¡Ya estoy harta!
—¡No hubieses venido y punto! ¡Ya está! —estalló Rachel, intensamente presionada por esa catarata de acusaciones que no podía soportar.
Trató vanamente de defenderse, siendo injusta, dejando asomar las primeras lágrimas, pero su amiga era impasible y no se detendría.
Ante esas palabras, un gesto de indignación cruzó las facciones de Santana.
—Iría por ti hasta el infierno y lo sabes, diva. Eres asquerosamente injusta… ¡No es la primera vez que te salvo el culo!
Se levantó, comenzando a caminar hacia ella sin perder la expresión descompuesta—. Pero ahora me excediste, Rachel…
—Basta Santana, por favor… Tú no entiendes… —murmuró la otra, secándose las lágrimas con pesadez; la cabeza comenzó a latirle de una forma vertiginosa.
Santana frunció el ceño y observó a Kurt, que se abrazó a sí mismo y le rogó con la mirada, sabiendo lo que se avecinaba.
No tendría indulgencia; después de todo era Santana López.
—¡Claro que entiendo! ¡Entiendo perfectamente lo que pasa y te lo diré en la cara! —gritó amenazadora, cada vez más cerca de ella, cada vez más tensa—. Tú no me perdonas. Más allá de todo lo que sientes y más allá de creer que eres la única que padece… no me perdonas que me haya acostado con Quinn.
Un puñetazo, esa cruel verborragia dolió todo lo que duele un puñetazo en el estómago y más.
Rachel desorbitó los ojos, observando ese dedo delante de su cara, observando la mirada acongojada de Kurt que desvió al instante.
Era un maldito golpe bajo…
—Lo que dices es horrible… —acertó a murmurar Rachel, con la garganta apretada por un puño furioso.
—Puede ser; seguramente soy horrible en tu pequeño mundo de eterna lástima, pero esa es la verdad —se detuvo unos segundos, torciendo el rostro por la emoción que la embargaba siempre que el tema volvía entre ellos—. Hemos pasado tanto juntas… ¡Supéralo!
Finalmente Rachel se levantó de un salto, como si hubiese sido zamarreada, sintiendo que no estaba viviendo ese momento, sintiendo que no tenía derecho a hacerle pasar ese penoso trago.
—¡Y qué pasa si no puedo superarlo! ¡Qué pasaría si me siento demasiado herida como para superarlo! ¿Me juzgarás hasta cuándo?
La voz le volvía a temblar, al igual que las manos, el pulso y todo su pequeño cuerpo.
Santana la conocía demasiado, pero en algo se equivocaba.
Ella no tenía nada que perdonarle, porque en definitiva, todo lo sucedido se llevó a cabo entre dos; nadie obligó a nadie. Lo que en verdad Rachel no podía superar era esa vieja negación que la llevó al infierno una y otra vez…. Mezclada ahora con una repentina y dolorosa muerte.
—Te juzgaría, te obligaría a entrar en razón las veces que fuera necesario, porque estás acabando con tu vida. Y después te diría que no es conmigo con quien deberías tener una conversación. ¡Yo también estoy pasándola horrible! ¡No eres el ombligo del mundo, Rachel!
Santana estalló finalmente, secándose con violencia unas lágrimas que con resistencia trató de contener.
—Y con quién quieres que hable si no hay nadie… —el rostro se le desencajó a Rachel en una tristeza incontenible, abriendo los brazos—. ¡No hay nadie aquí, Santana! ¡Mira!
Con un murmullo frustrado su interlocutora se volvió, para alejarse unos pasos y volver a enfrentarla luego, con los brazos cruzados.
La herida de Rachel comenzó a sangrar nuevamente. Ella procuraba aplacar el flujo envenenado que la llenaba de rabia, mas en esos momentos nada podía detenerla, porque estaba abarrotada de despecho.
También se cruzó de brazos, acorazándose, como sucedía siempre que hablaba de Quinn.
—¿Por qué no aparece? Tú que eres su "amiga", respóndeme por qué no fue a Ohio para despedirlo. ¡Maldita sea, también significó algo para él…! —escupió con una mezcla imposible de sentimientos—. ¡Dímelo! Actúa como si fuera su enemiga… y soy su amiga, supuestamente era su amiga…
Las últimas palabras fueron susurradas, perdiéndose en el silencio cargado e incómodo que se formó entre los tres.
Santana bajó la mirada por unos instantes, abarcando luego la llorosa de su amiga.
—Tú no eres su amiga, Rachel. Por más que quieras repetírtelo decenas de veces, mientras te castigas abriéndote de piernas con la primera que se te cruza.
La diva apretó las mandíbulas, roja de vergüenza.
—No tienes derecho a decirme eso.
Santana movió la cabeza, hastiada de ese absurdo berrinche.
—Tengo todo el derecho del mundo a decirlo, desde el mismo momento en que me confesaste tu verdad.
Con un jadeo horrorizado, Rachel dio un paso hacia ella.
—No traigas del pasado algo que ya está enterrado…
—¡Eres tan cobarde! —volvió a explotar la otra—. Ni aunque se te caiga el techo en la cabeza admitirás que te enamoraste de una perra delirante con falda de animadora a los quince, con decenas de idas y venidas, y lo sigues estando cinco años después… y eso te aterra, Berry.
La acusada comenzó a mover la cabeza de un lado al otro, empezando a sentir la histeria invadir su vientre hasta desgarrar su garganta.
—E-éramos crías… —balbuceó, completamente sonrojada, apretando más sus propios brazos contra su pecho palpitante—. Sucedió… simplemente… fue natural…
Su mirada culpable fue directamente hacia un silencioso Kurt, que le devolvía un semblante sereno, pero con la emoción llenando su rostro aniñado.
El suspiro que lanzó Santana pareció un bálsamo a su propia expresión llena de regaño.
—Era natural, por supuesto. Y hoy qué eres; porque ya se fue la adolescente que vivió para negarlo y engañarse... al igual que lo hace la adulta…
—Yo no lo negué, Santana…pero todo fue diferente después —espetó con desaliento; no lo aceptaría, no aceptaría que la expusiera de esa manera—. Tú no sabes cómo pasó…
—No lo sabré, pero te olvidas que estuve ahí, siempre —aseveró con un gesto nervioso de sus manos—. Y jamás me detuve a juzgarte como lo haces tú conmigo. Pero sí te patearía el culo tantas veces como me sea posible, hasta levantarte.
—¿Podrías dejar las groserías?
Santana no la escuchó y continuó.
—Prefieres encerrarte en la víctima insensible para no seguir viviendo, para rechazar tus sueños y olvidarte de todo, con lo que te costó estar donde estás… ¿O también quieres dejar la universidad y tus ensayos…? ¡Por fin acaricias un poco de sueño y lo echas todo por la borda! Ésa no eres tú, enana.
Rachel la miró profundamente afectada; toda esa verdad la estaba aniquilando.
—Eso no es cierto… yo… yo lo siento todo…
—Sí, es verdad, lo sientes todo, pero lo que más sientes es culpa… la culpa enorme de querer a Quinn; porque eso has hecho todos estos años Rachel, hayas estado con quien hayas estado. Estés con quien estés hoy… y esa culpa es una mierda. No lo deja descansar a él en paz y no te deja ver la vida que pasa delante de tus ojos. Porque esa culpa es una mierda, una verdadera mierda.
La que estaba contra la espada y la pared tragó visiblemente saliva. Tenía la boca seca, mientras por su retina pasaban esas secuencias surrealistas.
Su alma estaba completamente desnuda ante ellos; cómo volvería a vestirse en las horas siguientes, cómo se continuaba después de aquello.
—Justamente tú me dices eso —contraatacó amargamente.
¿Por qué no exponer todas las miserias? Ya las cartas estaban echadas.
—Sí, justamente yo… —respondió Santana sin aliento, visiblemente afectada, borrando de otro manotazo la humedad que seguía marcando sus mejillas profundamente rojas—. Porque tardé demasiado en amar bien, y aún amo y a la vez entiendo que no se puede… —respiró hondamente—, y trato de seguir. En cambio tú no terminas de entender que amaste como pudiste, que pudiste lo que pudiste, y no por ello eres una porquería…
—¡Basta, basta las dos! —interrumpió por primera vez Kurt—. ¡Esto no debía convertirse en una malograda confesión de las miserias de cada una!
Con una mueca angustiada fijó sus ojos enrojecidos en el rostro descompuesto de Rachel; sus manos volaron a su pecho, como tratando de contener la angustia que quería salir de allí.
—Esto no se trata de Quinn, ni de Brittany… ni de... Finn…
Ese último nombre dicho con todas las letras fue un puñetazo que dio con la misma fuerza en el pecho de cada uno.
—Se trata de ti, Rachel, de lo que fuiste y en lo que te has convertido… ¿O crees que no sentimos lo que haces? ¡Por la razón que sea! Verte sin rumbo solo nos causa más dolor.
El ademán impotente que hizo con sus manos, acompañado de la pena en su rostro, finalmente deshizo el llanto de Rachel, que llegaba con el dolor no solo propio, sino también el de ellos, sus amigos, su familia.
Tampoco estaba orgullosa del rumbo que había tomado su existencia; no lo merecía ella, ni nadie.
—Quinn me ha buscado desde el principio —confesó finalmente Kurt, una vez se hubo calmado Rachel, que se negó a ser consolada.
—Lo sé... pero no basta; nada basta… —murmuró ella el rostro agachado, mordiéndose ansiosamente los labios irritados.
Por ello no vio la mirada que Santana y Kurt se prodigaron, una mirada que delataba conocimiento en común, del que Rachel no estaba enterada hasta ese momento.
—Ella habla conmigo... desde entonces. Conversamos mucho, Rach… Me confesó algunas de sus razones…
A medida que el chico hablaba, la cabeza embotada de la más pequeña se erguía con incredulidad.
El calor inundó su cuerpo endeble.
—¿Habla contigo? —preguntó en un susurro descompuesto.
Kurt asintió lentamente.
—¿Qué…?
—Todo.
Con más horror e indignación, Rachel dejó caer los brazos al costado de su cuerpo, observando la expresión de honda resignación que tenía su amiga, y la indecisión de su amigo.
Se sintió avasallada. Había sido dejada de lado; estaban elucubrando relaciones y la dejaban de lado.
—Esto es inaudito…—poco a poco la furia estaba ganando su lugar—. ¡Todos saben, todos se comunican, todos se enteran menos yo!
—No lo hagas parecer un drama sin retorno, Rachel, por favor —rogó esta vez Santana.
—Claro, cómo no lo ibas a saber tú —soltó sarcástica—. ¡No lo puedo creer… ustedes son mis amigos!
Con un murmullo, Kurt se acercó a Santana antes de que ésta arremetiera contra la guardia demasiado alta de la diva, y le apoyó una mano suave en el brazo.
—Aquí no hay contrato de exclusividad. Quinn fue muy sincera conmigo. Ella… es una persona increíble. Nunca lo pensé…
—¡Basta, basta! —gritó Rachel, tapando con ambas manos sus oídos, como una niña caprichosa que se negaba a escuchar—. ¡No quiero escuchar lo maravillosa que es Quinn! Lo que me faltaba…
De pronto, con gesto brusco comenzó a caminar de un lado al otro y a refunfuñar, tocándose la frente de forma nerviosa.
—Me traicionaron…
—¡Ah no, Berry, eso sí que no! ¿Me oyes? —la interrumpió Santana, dando unos pasos amenazadores hacia ella, soltándose definitivamente de la condescendencia que intentaba mantener Kurt.
—Rachel, escucha… —se apresuró a intervenir el chico, un poco alterado ya—. Después de sincerarse, Quinn habló de…de que ella sola debía ser la que responda ante ti. Me lo pidió, Rachel. Ella quiere acercarse y no me sentí con el derecho a decirle que no; tampoco lo hagas tú…
—Bueno, pues un poco tarde para eso ¿no?
Arrastró las palabras trémulas, queriendo huir de la presencia de los dos en ese segundo.
—Y ya que tú también hablas con ella, yo sí te doy el derecho a decirle que se olvide de mí… ¡y ustedes también olvídense de mí!
Fue demasiado; los nervios y la decepción estrujaron la cabeza de Rachel, cegando una vez más su cordura.
Sin otra palabra despejó su camino de sillas, mesas y sillones, y tuvo la huida dramática que tanto necesitaba.
Atónitos, enmudecidos por esa desmesurada reacción, Kurt y Santana la siguieron con la mirada hasta que desapareció; si eso era posible en un sótano como aquél.
—¡Tú y yo sí somos amigas Rachel, no lo fastidies!
Gritó Santana en su dirección, recibiendo un portazo como respuesta.
Kurt se desplomó en el sillón, echando la cabeza hacia atrás a la vez que largaba un fuerte suspiro.
Santana descomprimió con un insulto, sentándose también a su lado.
—No fue buena idea decírselo. Qué haremos… —preguntó el chico en un murmullo, mirando el suelo.
—Nosotros nada… Hay una sola persona que puede resolver esto… y yo ya estoy harta de escucharlas a las dos.
Kurt elevó una mirada temerosa hacia ella.
—¿Qué vas a hacer?
—Algo que debería haber hecho hace tiempo…
