Ash, lamento la demora, pero esa cosa llamada 'Inspiración' no llegaba nunca, y cuando lo hacía, no estaba en mi casa. Pero intenté hacer el capitulo largo como recompensa. Y habrá mucho InuYasha, como prometí.
Supongo que todos saben que los personajes no son míos, solo la historia.
Do You Believe In Ghosts?
IV
Siempre fui alguien con buena actividad física.
Desde que recordaba, corría siempre y siempre sacaba dieses en los exámenes de deporte. Por eso jamás sufrí de dolores musculares, ni órganos malos, pero no pude evitar que mi corazón se disparará en el preciso momento en que sus labios tocaron su frente. Hace solo unos segundos mis dientes castañeaban de frío, y ahora solo quería abanicarme el rostro con la mano.
Pensé en Bankotsu y en la manera que le había alejado ésta tarde. Ahora podría hacer lo mismo, pero estaba temporalmente petrificada. Un olor peculiar me llegó a la nariz, era como a pino combinado con el olor a mar. Una combinación realmente exquisita a quien quisiera olerla, por mi parte, jamás había olido algún perfume masculino que fuera tan dulce y potente a la vez.
Cuando sus labios dejaron mi piel, supe que no habían pasado más de cinco segundos, pero una parte de mi mente, la parte menos inteligente, me dijo que el mundo se había acabado y vuelvo a nacer en esos cinco segundos. Una de su mano acarició suavemente mi mejilla – ahora – caliente, pero el fuego de su piel seguía allí, y con un movimiento relativamente lento, de esa lentitud desesperante, delineó el contorno de mi mentón y me hizo levantar el rostro. No me había dado cuenta que había bajado la mirada en cuanto alejó sus labios. Nuestros ojos se encontraron en ese preciso momento y mi corazón latió con más fuerza. Estaba sufriendo un ataque probablemente, ningún corazón sano podría latir así.
Podía distinguir tantos sentimientos escondidos en el mar de agua negra que no terminaría jamás de nombrarlos. La alegría, el alivio… la tristeza, la melancolía…y algo más, algo escondido, algo que en algún lugar de mi mente sabía lo que era, pero era un capitulo totalmente negro que no podía leer. Pero sin duda alguna, era un sentimiento que conocía, o había conocido en algún tiempo de mi vida, pero como todo lo demás, estaba bloqueado de negro.
Tan negro como sus ojos.
—Siempre sirvió hacer esto para tranquilizarte —murmuró con voz divertida, y el brillo pícaro de sus ojos opacó todos los sentimientos que veía y me vi devuelta a la realidad de una cruda bofeteada imaginaria.
Me tomó un par de segundos recordar y analizar todo de un viaje.
—Fantasma —gemí y retrocedí sobresaltada, golpeando mi nuca contra las raíces del frondoso árbol —. ¡Ay!
Su risa rompió todo el silencio del lugar e hizo que mis mejillas ardieran con fuerza. Quise recriminarle, pero por el momento no me vi más que observándole atontada un rato. ¿Era posible que alguien se viera bien riendo a carcajadas? Cuando alguien se ríe, todos los músculos del rostro se contraen, los ojos se entrecierran, los orificios de la nariz de expanden, las orejas se mueven, los pómulos resaltan y la boca se convierte en una gran caverna oscura. Cuando alguien ríe, su rostro se trasformaba en una imagen divertida más que nada. Pero frente a mí estaba la primera persona que se veía guapo, incluso Bankotsu parecía un globo de aire a punto de estallar cuando estaba así.
Cuando su risa se fue apaciguando hasta transformarse en un pequeño temblor de hombros, sus ojos se volvieron a abrir por completo para poder verme fijamente. Sus mejillas estaban alborotadas y sus ojos brillosos por el esfuerzo que le presentó reírse de mi dolor.
—Disculpa, —se aclaró la garganta un par de veces después de eso — pero no puedes decir que no fue divertido.
Apreté mis yemas sobre mi nuca, un pequeño levantamiento se estaba haciendo presente de forma rápida. Genial, ahora tenía un chichón.
Me moví un poco al sentir el musgo pegarse a mis pantalones y mojarlos con verde, notando como sus manos estaban sobre mis rodillas y su cuerpo ligeramente inclinado hacía mí, mientras que yo estaba recostada de forma casi diagonal sobre las raíces mojadas. Me erguí deprisa, poniéndome de pie e intentando salir de entre el conjunto de raíces. Tropecé un par de veces, pero no me hubiera dejado pasar la vergüenza de caerme. Me afirmé como pude y cuando volteé a verle nuevamente, el seguía sobre las raíces del árbol, solo que estaba vez estaba apoyado en ellas con las piernas cruzadas y las manos entrelazadas sobre sus piernas.
Una pose realmente elegante, si me preguntaban.
—Así que… —sacudí las hojas y el musgo de mis pantalones en un intento de parecer casual, y no como la loca aterrada que era —. Eres un fantasma ¿No?
Una de sus cejas se arqueó.
— ¿Tengo que repetirlo? —se puso de pie y dio unos pasos hacía mí, tuve la primera intención de retroceder, pero como dije, no quería mostrarme como la loca aterrada que era.
—Si, por favor —una sola cosa. Necesitaba una sola cosa más para saber que él no era de éste mundo y que yo no estaba loca, ni alucinando.
Ni siquiera tuve tiempo de pestañar cuando ya lo tenía frente a mí, con los pechos casi rozándose. Y esta vez no pude evitar retroceder dos pasos mientras soltaba un jadeo pequeño.
— ¿Y? —incitó, mostrando sus relucientes dientes.
—Eres un fantasma —acepté con voz quebrada. El trasgredía todos los términos conocidos como fantasma, y rompía todo lo escrito sobre un ánima, pero ¿Era importante ya? Seguir negando lo obvio era seguir volviéndome loca. Como pude recuperé la compostura y alisé mis cabellos con mis manos, seguramente era la diosa del desastre, y no es que me importara verme bien frente a él, pero a su lado hacía que mi autoestima bajase en circunstancias como estas, incluso aunque fuesen solo los animales los que nos vieran —. Y ¿Qué te trae por aquí? —oh, estúpida pregunta…
Me mordí la largura.
—Quiero decir… me… ¿Me estabas buscando? Que no puedes… aparecer y desaparecer —mis manos se movían como locas en mi intentó de explicarle, así que decidí guardarlas donde estuvieran seguras de no hacer el ridículo. En mi espalda —. Ya sabes… eso que hiciste hace un momento, un Puff y un Paff…
— ¿Puff Paff? —genial, se estaba divirtiendo a costa mía.
Y rayos, no podía culparlo, estaba actuando como total idiota.
—Sí, te estaba buscando —respondió sereno y una parte de mí, una muy grande, se alegró de que me sacara de esa vergonzante escena. La otra simplemente seguía avergonzándose.
— ¿Por qué?
— ¿Por qué, qué?
Arrugue la nariz, ¿Le era esto divertido de algún modo?
— ¿Por qué me estabas buscando? —espeté de forma brusca, haciéndole saber que no me gustaba que jugaran así conmigo, pero solo conseguí que su sonrisa se anchará más. Mierda.
—Porque normalmente se busca a las personas perdidas.
— ¿Cómo supiste que estaba perdida?
—Llegué a la posada donde estaban, te busqué pero no te encontré. Justo después de eso tu amiga andaba preguntando por ti y alguien dijo que te vio salir con un tipo de la posada. Luego vieron que él llegaba solo y dijo que no estaba contigo en ningún momento, y ahora todos están como locos buscándote.
Estúpido Bankotsu, ¿Qué le costaba decir que me había visto meterme al bosque? Idiota, mil veces idiota. Por su culpa había pasado mucho tiempo caminando en círculos, soportando la lluvia y ensuciándome la ropa.
Idiota.
Esa me las iba a pagar caro.
Me crucé de brazos enfuruñada, cosa que volvió a parecerle gracioso ya que oí su suave risa. Le miré de reojo, pero hubiera preferido no hacerlo. Sus ojos estaban algo entrecerrados por la radiante sonrisa que me estaba dando, su nariz levemente arrugada y sus dientes brillantemente blancos. Sentí que mi corazón explotaba.
Seguramente había perdidos mis lentillas contra la belleza.
— ¿Y por qué no solo apareciste junto a mí antes de que anocheciera y punto…? —arqueé una ceja, tomándole por primera vez alguna importancia a las ramitas y hojas secas que estaban pegadas en su cabello y ropa —. ¿Me estuviste buscando?
—Claro —la naturalidad de su tonó me desconcertó —. No sabía donde estabas.
—Pero…
—Puedo aparecer donde quiera, pero no tengo idea de cómo saber donde estas —contestó adivinando mi duda.
—Entiendo —murmuré. Era sorprendente como todo podía tener lógica —. Espera, que no era que un fantasma es algo sin cuerpo que puede atravesar todo —le vi con intención de contestar, pero le interrumpí —. Si, si. Ya me explicaste el hecho de poder tocarme, pero ¿Y los árboles? ¿La lluvia? Digo, no solo pudiste volverte, ya sabes, transparente.
—Eso es algo fácil de explicar —esperé a que continuara en silencio, me sentía más atenta a él de lo que alguna vez estuve a alguna clase, pero el tenía la apariencia de alguien que no tenía intenciones de seguir hablando.
Pasó un minuto, lo sé porque conté cada segundo de silencio entre nosotros. Y sin conseguir decir palabra alguna, dio tres pasos pasando junto a mí, deteniéndose solo para hacerme el típico gesto que hace alguien con la cabeza cuando quiere que lo sigan. Pensé en muchas cosas antes de seguirle a la distancia.
Los fantasmas no podían matar a alguien ¿Verdad? Ni abusar de ellos en un bosque oscuro… no ¿Verdad, verdad?
Inconsciente – y algo consiente – me abracé el torso con los brazos, protegiéndome de mis pensamientos y del frío que estaba sintiendo.
— ¿Dónde me llevas?
— ¿Dónde se lleva a los perdidos? —preguntó de vuelta.
—A… ¿Casa?
— ¿Y en éste caso seria?
—A la posada —concluí, para luego agregar: —Si llegas conmigo, te verán.
—No lo creo —fue su simple respuesta.
Intenté volver a poner un tema de conversación, me sentía incomoda caminando con un… fantasma que no hablaba mucho, y en un bosque el cual la luna se resignaba a aparecer y apenas si podía encontrar mis manos entre tanta oscuridad. Llegó un momento en que pensé agarrarme a su chaqueta para no perderme, pero solo decidí seguir el ruido de sus pisadas a menos de un metro de mí. Finalmente pude identificar una pequeña luz a lo lejos, que mientras nos acercábamos se hacía más grande, no tardé más de algunos minutos en sentir el alivio de ver la posada a poco más de veinte metros, con todas las luces encendidas.
—Me salvé —fue mi primera palabra en mucho tiempo. InuYasha no dijo nada, pero con la poca luz que estaba frente a nosotros pude distinguir como sus hombros vibraban. Se estaba riendo de mí… nuevamente.
Apresuré el pasó aún más, distinguiendo pequeñas luces que se hacían ver entre sombras en movimiento.
— ¡Sango! —jamás creí estar tan feliz de verla en toda mi vida.
Ella volteó enseguida, atontada, y luego corrió hacía mí. Nuestros pechos chocaron de manera tan potente que casi rebotamos hacía atrás, pero no hubo tiempo ya que nuestros brazos tenían bien sujeta a la otra.
— ¡Estábamos tan preocupados! —gritó y no supe en que momento millones de brazos nos envolvían a ambas.
Al parecer, yo era más querida por mis compañeros de lo que hubiera pensado.
Cuando el abrazó en grupo termino volteé ligeramente sobre mi hombro. InuYasha estaba apoyado en el primer árbol más cercado, a unos diez metros, de brazos y piernas cruzadas mientras me miraba fijamente, con una sonrisa que no supe apreciar a que se debía. Tuve que dar un informe largo y tendido a mis profesores, estuve sentada sobre mis piernas lo que creí horas antes que me dejaran ir.
Me dirigí a una ventana cercana camino a la habitación, mirando al lugar preciso donde estaba InuYasha la última vez que le había visto, pero no estaba, y era de suponer ¿Qué esperaba? ¿Qué se quedará afuera? ¿Con el frío que hacía?... ¿Los fantasmas sentían frío?
Sango llegó en ese preciso momento sacándome de mi dilema y me llevó a la habitación donde me hizo coger ropas limpias y luego me llevó al baño. Luchar por un pequeño espacio en las aguas al aire libre no fue tan terrible como lo fue por las habitaciones, ya que debido a la lluvia – y a mi pequeño desaparecimiento – las actividades del día se habían resumido a tomar té y jugar cartas, y la mayoría de las chicas se habían bañado anteriormente, por eso cuando entramos no vimos a más de veinte totalmente relajadas y charlando entre ellas.
—Te lavaré el cabello —se ofreció Sango caminando hasta las regaderas de mano y tomó un banco de madera algo añejo. Ella se sentó en una silla de plástico, sin respaldo y mucho mas alta que el pequeño banco de de veinte centímetros. Me miró en el momento exacto que lo palpó con la mano —. Ven, siéntate aquí.
Hice lo que me dijo y me senté ahí. Sus rodillas sobresalían a los lados de mis hombros y la podía escuchar moverse por detrás. De pronto, un mar de agua caliente me bañó de pies a cabeza.
— ¿Cómo te perdiste? —preguntó mientras untaba shampoo en sus manos y me lo ponía en el cabello.
—Bankotsu me estaba siguiendo —lo bueno de tener una mejor amiga, era poder contar la verdad que a otros no —. Estaba hecho un acosador total.
—Estábamos hablando de Bankotsu, claro —murmuró con recelo —. Y te perdiste cuando quisiste escaparte de él, ¿Verdad?
—Verdad —asentí —. Y el muy idiota ni siquiera pudo decir que me vio meterme al bosque, será un…
—Momento. ¿Cómo sabes eso?
Oh, oh…
Piensa rápido, piensa rápido…
—Los profesores me contaron toda la historia —bien. Es lo mejor que he dicho en todo el día.
—Ya veo —murmuró.
Debería comenzar a tener mucho cuidado con todo esto. Estaba totalmente dispuesta a contarle a Sango sobre InuYasha como lo había hecho con mi madre, pero no ahora, y no estaba muy segura si seria algún día cercano, primero quería averiguar algunas cosas sobre él, pero sobre todo, ¿Por qué yo?; luego de eso ya me abriría a Sango sin miedo a nada.
Porque vamos, una cosa es contarle a tu madre que ves gente muerta sabiendo que no te dirá nada, a contarle a un amigo que puede que se alejé de ti, y eso es a lo que le temo. Sango no me dejaría, es seguro, pero nadie puede culparme por ser precavida. Además, aún tenía que mostrarle a mi mamá que InuYasha era real, así que ahora tenía que ver como le hacía para que él apareciera-
Instintivamente tomé la toalla que estaba a mis pies y cubrí mi pecho y mi bajo vientre en un movimiento demasiado rápido. InuYasha era un fantasma, y aún cuando no sabía mucho de lo que él era capas de hacer, ser invisible era algo… ¿Verdad? Y si fuese así, ¿Él…? No, imposible. Analicé cada pequeño espacio de la sala, e incluso algunos árboles que se veían a lo lejos, pero además de ver chicas, nada. Eso es obvio, Kagome, es invisible ¿Recuerdas?
—InuYasha, si estas por aquí te juro que…
— ¿Dijiste algo? —Sango asomó su cabeza por sobre mi hombro y me miró. Negué rápidamente intentando parecer casual.
—Nada.
El resto – de lo que tenía que ser mi relajante baño – fue un horrible martirio.
Cuando llegué a la habitación solo me dejé caer sobre un montón de futones doblados y amontonados en una esquina. Lo bueno de todo, es que al parecer las chicas sintieron compasión de mí y me dejaron un espacio perfecto para dormir sin estar doblada, pero mi IPod fue totalmente necesario para no escucharlas. Estaba enfadada conmigo misma mientras el sueño me ganaba. Era la última noche, la noche donde todo el licor escondido que no se tomó la noche anterior se tomaba. Y yo aquí, muriéndome de sueño y cansancio. Si hacía memoria, lo único bueno que tenía el día había sido ver a InuYasha y saber que – gracias a dios – no estaba loca. El problema sería que a la mañana cuando despertara, tendría que hacerme nuevamente a la idea de que él no era un espejismo.
El viaje de regreso fue casi o más lento que el de ida. Era como si el conductor sintiese lastima por la tortuga que iba caminando al lado y quisiese que ella ganara ventaja. Muy amable.
No importó cuanto nos esforzamos con Sango por sentarnos lo más lejos posible de los hermanos idiotas, de todos modos se las arreglaron para pedir – educadamente, claro – los asientos de atrás a las chicas que babosas se los concedieron. Así que aquí estaba yo, soportando como pateaban mi asiento y luego se disculpaban con un "lo siento" bastante fingido. Sango tuvo que pararme muchas veces para no saltar e ir a por ellos, y no era justo, a ella no le hacían nada porque era la presidenta de la clase y podía hacerles vivir una mierda si se lo proponía.
—Solo cálmate —me susurró agarrándose a mi brazos.
Refunfuñe algo que ni yo misma entendí y miré por la ventana.
Debieron haber tocado las dos de la tarde cuando el autobús nos dejó a las afuera del colegio, tendríamos que haber llegado una hora antes, pero bueno, llegamos al fin y al cabo. Era viernes, por lo tanto mi madre estaría durmiendo para despertarse en unas tres horas más para irse a trabajar.
Saqué las llaves que estaban debajo del tapete que decía 'Bienvenido' y la metí en la cerradura. La casa era un desastre sin mí por aquí, como era de suponerse, mi madre no desperdiciaría sus pequeños minutos de tiempo libre para meter la ropa a la lavadora o fregar los platos. Me preguntaba que se pondría hoy para ir a trabajar, porque por lo que vi, todos sus pantalones de trabajo estaban amontonados a la mitad de la sala. Dejé mi bolso sobre el suelo de madera y metí todo a la lavadora, separando las ropas blancas y oscuras. Recogí las basuritas que estaban en el suelo y fregué los platos. Luego metí su ropa de trabajo a la secadora. Casi nunca ocupábamos la secadora, era una gran gastadora de electricidad, pero estaba segura que no se alcanzaría a secar por si sola cuando ella despertara.
Revisé la nevera para ver que había, casi nada, como era de suponerse – nuevamente – pero quedaba algo de arroz y unas verduras. Miré el reloj de la pared preguntándome si era temprano para la cena, nop, casi eran las cinco.
Tan abstraída estaba en mi labor que no sentí cuando me mi madre había bajado las escaleras y ahora estaba de pie en el marco de la puerta, observándome.
— ¡Dios! —exclamé al verla —. Quieres matarme.
— ¿Cuándo llegaste? —se acercó a mí y besó mi mejilla. Podía ver el cansancio en sus ojos —. Debiste haberme despertad-
— ¿Has estado trabajando más? —la interrumpí, señalándole con los palillos. Ella solía trabajar de más cuando algo le perturbada.
—Necesitábamos más dinero —se encogió de hombros —. Y era para no pensar en ti…—murmuró bajito, pretendiendo que yo no estaba ahí.
—Mamá —reproché con voz grave. Algunas veces los papeles se invertían.
— ¿Qué cocinas? —si bien, cambia el tema.
—Ya veras. Además, mamá ¿No pudiste haber hecho algo en casa? ¿Lo que sea?
Su rostro se desfiguró cuando – supongo yo – recordó algo.
— ¡No tengo nada limpio! —gritó y salió corriendo de la cocina.
Me debatí internamente si decirle o no…
Bueno, que ella sufriera y lo descubriera por si misma.
La siguiente hora se pasó volando entre sus alaridos hasta por fin dar con la ropa en la secadora. Cenamos juntas, hablando de su trabajo y de mi viaje, del cual obviamente omití el hecho de InuYasha. No le hablaría nuevamente de él hasta que él apareciera frente a mí nuevamente.
Se bañó y vistió para marcharse. Cuando se hubo ido, hice lo de siempre, cerré toda la casa y me tiré en el sofá para ver una película añeja. Los minutos pasaban lento mientras intentaba seguir 'Lo que el viento se llevó, parte dos' y mi cabeza caía a mi costado. No sé si tenía sueño o era que realmente la película no me sujetaba, pero de un momento a otro todo se volvió negro y comencé a ver ovejitas.
Pequeñas y rechonchas ovejitas.
Si había algo que me encantaba, eran las ovejas. Cosas redondas y peludas. Las amaba. Tenía muchos muñecos de ellas en mi habitación. Incluso mi tazón favorito tenía una dibujada. Era mi pequeña y sana obsesión que nació desde que tengo memoria. Era la única cosa – animal – que jamás dejaría de lado, sin contar a mi madre, claro.
—Ovejitas —susurré abalanzándome sobre ellas.
Saltar sobre ovejas era como saltar sobre las nubes. (Claro, siempre que sea en un sueño, no seria capas de saltar sobre una en realidad) Alargué mis manos y me agarré a sus pelajes, hermosos pelajes blancos, brillantes. Inhalé con fuerza sus olores, olían casi igual que a un bosque de pino… y a mar, casi podía sentir el sabor salado del aire en ellas.
Un olor familiar.
Bastante familiar…
Luego desperté. Abrí los ojos despacio, adaptándome. Mi vista estaba inclinada un poco, podía ver la televisión y la película aún seguía andando, así que no me había dormido mucho tiempo. Volví a cerrar los ojos un momento, y luego los volví a abrir de golpe.
—Woow —gemí alejándome rápidamente del pecho de InuYasha – donde estaba recostada – para pegarme a la otra punta del sofá con cara de sorpresa.
InuYasha rió acompasadamente y pasó la mano por sus cabellos. Sus ojos titilaban diversión y su boca estaba totalmente arqueada en una deslumbrante sonrisa. Me tomé un par de segundos para ver si seguía soñando o no, y de pasó, analizarlo. Traía unos jeans azules, bastante azules y una camisa negra, abotonada hasta solamente su pecho. Su cuerpo estaba casi inclinado sobre el sofá, parte de su espalda estaba sobre el respaldo y la otra parte sobre el reposa brazos. Una de sus piernas estaba extendida a la longitud del sofá y su pie caía junto a mis caderas, mientras que la otra estaba apoyada en el suelo.
Aquel pequeño lugar entre sus piernas fue donde yo estaba.
— ¿InuYasha? —murmuré intentando no parecer demasiado sorprendida o algo —. ¿Cuándo llegaste aquí?
Se movió ligeramente y por un momento creí que se sentaría correctamente, pero en vez de eso solo se acomodó más y puso las manos tras su nuca.
—Estaba aquí cuando estabas despierta. Bueno, casi despierta —sonrió —. Tu cabeza rebotaba de manera muy graciosa.
—Entonces fuiste tú el que me… —tosí deliberadamente —, ya sabes, me recostó.
—Oh, no. Claro que no —parecía muy divertido hablando de todo esto —. Tú fuiste quien cayó sobre mí, y yo solo me acomodé para estar más cómodo.
Mis mejillas estaban rojas, sin duda, era como si hubieran encendido un par de fogatas a cada lado. Bajé la mirada avergonzada y luego busqué algo desesperada, no sabía que era, pero tendría que sacarme de aquel aprieto vergonzoso. ¿Cómo era posible pasar desde un mundo feliz rodeada de ovejitas hasta un mundo donde todo lo que hacía era avergonzarme frente a un chico?
Finalmente divisé el cambiador sobre la mesa y me alargué para tomarlo. Apagué la televisión y me puse de pie, acomodando mi cabello de forma desinteresada. No me atrevía a voltear a verlo, mis mejillas aún ardían como demonios.
—Me iré a dar un baño —solté rodeando el sofá —. Tú… —me miró curioso por sobre el sofá, aún no se ponía de pie —. Tú quédate aquí… no te muevas.
— ¿A dónde podría moverme? —inquirió divertido.
—A ningún lado, y mucho menos al baño. Te lo advierto.
No me contestó, solo soltó una sugerente risa y agitó su mano, intentando tranquilizarme.
Corrí escaleras arribas sintiendo que mis piernas no querían ayudarme a no parecer idiota, pero como pude llegue al baño y me senté sobre el retrete, respirando de forma exagerada mientras me hacía a la idea de que un fantasma estaba sentado en mi living. Tranquila Kagome, me dije, no es nada extraño a estas alturas.
Le di una mirada al cuarto de baño, y me convencí a mi misma de que InuYasha no estaba por ahí. Me quité la ropa a toda prisa y me metí a la ducha, jabonando mi cuerpo rápido y un poco brusco. Mi piel estaba rojiza cuando salí y me envolví en la toalla. Corrí a mi habitación – que para alivio mío, era la puerta de junto – y me puse mi pijama de invierno. Inhalé profundamente y bajé las escaleras, concentrándome en parecer casual y no una boba.
—No me he movido, señor —bromeó desde el sofá, pero no pude ver su cabeza hasta rodearlo y sentarme en el otro extremo, con mi espalda rígida y mis manos en puño sobre mis rodillas.
Si Kagome, te ves muy casual… casualmente rígida…
Lo miré de reojo un segundo antes de volver a mirar la pinta de mis pies. El seguía en la misma posición.
—No me refería a que realmente no te movieras nada —relajé mis hombros un poco, sintiendo ya un poquito más cómoda. No es que él fuera a hacerme algo malo, ¿Verdad?
Verdad.
—En ese casó —se estiró completamente y se enderezó para sentarse correctamente.
Lo observé detenidamente sin que él se percatara. Además de ser alguien realmente lindo (más que el idiota de Bankotsu. ¡Ja! Tomate esa, marica) y de ser un ser que no ésta vivo, o no es de esta tierra, o no sé qué, y tener unos movimientos realmente finos aún cuando solo estira sus agarrotados músculos… parecía un chico normal.
Pero no lo es.
Solté un poco la rigidez de mi espalda y me recargué en el respaldo del sofá, jugando con la punta húmeda de mis cabellos.
—Así que, InuYasha —volví a ponerme rígida cuando lo sentí voltearse hacía mí. Tenía muchas preguntas, pero todas estaban atoradas en mi garganta intentando salir primero. Tendría que comenzar por la más fácil, pero no sabía cual era, todas me resultaban increíblemente difíciles de que él pudiera tener una respuesta que satisficiera mi curiosidad. Así que me decidí por la central, la que suponía yo llevaría a las demás.
Volteé mi cuerpo levemente para poder encararlo y no perderme un pequeño deje de mentira si era necesario. El ya estaba mirándome y sentí mis mejillas volver a arder, pero me tranquilicé y aparté un poco la mirada, solo un poco.
— ¿Por qué yo? —mi vos sonó firme, gracias al cielo. Tenía miedo de que se quebrara en el último segundo.
InuYasha levantó un poco el mentón mirando el techo, sus brazos estaban cruzados sobre su pecho y su mirada era inescrutable. Desde mi posición, era muy fácil quedarse pensando que era una pintura del siglo diecinueve si no fuera por las ropas que tenía.
Finalmente bajó el mentón y me miró con diversión y tranquilidad.
Si bien yo recordaba, la primera que vez que le había visto – en sueño como en realidad – él tenía siempre el ceño fruncido, y ahora solo podía ver diversión de sus ojos a cada momento, y todo desde aquel sueño…
Me sonrojé. No me gustaba pensar en aquel sueño, ni mucho menos en mi patética actitud.
Su respuesta llegó suave y con determinación.
—Porque eres tú —su voz estaba tranquila y suave, y si se me permitía decir, algo recelosa. Estaba claro por el brillo de sus ojos que estaba atento a cualquier reacción mía.
Mi boca se abrió un poco, normalmente, en estos casos, millones de preguntas como: ¿Solo por ser yo? ¿Y los demás? ¿Por qué soy especial? ¿Por qué, por qué, por qué? Pero nada de eso salio de mi boca y solo callé. El silencio entre ambos se esparció por cada rincón mientras un pequeño lugar de mi mente, ese donde estaba la habitación oscura y sucia donde guardaba mis recuerdos, un pequeño cobre se removía entre los demás que le superaban de tamaño.
Era un pequeño recuerdo que se removía inquieto, pero por más que lo intentaba, había olvidado donde estaba la llave para abrirlo.
« Porque eres tú »
— ¿Kagome?
La voz.
El pequeño cobre se revolvió más fuerte y mi corazón se disparó. ¿Por qué no podía recordar?
Sentí como mi respiración se aceleraba de forma rápida y continua, me estaba poniendo de nervios pero no sabía porque. Necesitaba un baso de agua con urgencia. Intenté ponerme de pie pero ahora si mis piernas eran como gelatina y volví de regresó al sofá. Mi cabeza comenzó a doler con horrores y gemí levemente mientras la presionaba.
Luego todo pasó en cámara lenta.
El hilo que me mantenía sujeta al pequeño cofre se acortó, y a mi mente llegaron imágenes. Muchas imágenes a demasiada velocidad. Pude sentir como las manos de InuYasha sujetaban mis hombros con fuerza y me impulsaban hacía él. Sus brazos me envolvieron por completó y me vi sumida en un lugar que se me hacía familiar. Tan familiar.
Una imagen fue más nítida que las otras. Ésta se mantuvo más tiempo, no tango como hubiera deseado, pero si lo suficiente para poder apreciarla.
Era el campo, sin duda alguna, podía ver praderas verdes a hasta donde los cerros comenzaban. Y frente a mí había un ganado de ovejas, blancas, grises, pastel. Millones de ellas.
Ovejitas
Y volví a la realidad.
Sentí como el aire volvió a mis pulmones se súbito y me pregunté en que momento había dejado de respirar. Todo estaba oscuro, y tardé un par de minutos en encontrarme a mí misma y atender que estaba en mi habitación. ¿Cómo había llegado hasta ahí? Lo último que recordaba era estar siendo abrazada por InuYasha…
InuYasha.
¿Dónde estaba él?
— ¿InuYasha? —dios, mi voz sonó horriblemente lamentosa, como si hubiera sufrido la más horrible de las agonías y no solo un potente dolor de cabeza.
—Aquí estoy —no supe si había estado a mí lado todo éste tiempo (no me había movido ni un centímetro al despertar), o si había aparecido con ese Puff Paff que hacía, pero mi cuerpo tembló ligeramente al escuchar su voz.
Ahora sonaba distinta. Era la misma, pero para mí sonaba distinta. No sé porque.
Quise preguntarle que había pasado, pero temía que al decirme algo volviera a suceder lo de hace unos minutos – u horas, no sé realmente que hora es.
Y de pronto recordé que me moría por un baso de agua. Me senté en mi cama y encendí la lámpara de mesa que estaba a mi costado. La habitación se iluminó levemente y pude ver a InuYasha más claramente, su rostro estaba marcado por las sombras y el brillo que daba la luz haciendo que sus ojos negros se vieran aún más oscuros que antes. Ahora tenía muchas sensaciones en mi pecho, la primera era que sentía que todo de él me era conocido de algún lado, la segunda era que ya no me sentía – tan – tarada hablando con él. Las demás eran sensaciones pequeñas que no podía apreciar del todo.
—Voy por agua —murmuré dando el primer pasó bajo la cama. Mi cabeza estaba algo resentida, pero el dolor ya sé había ido por completo.
—Iré yo —se puso de pie junto a mí pero fui más rápida y le sujeté de la muñeca.
—Me siento bien. Quédate aquí —le empujé levemente hasta que se sentó al borde de la cama —. Vuelvo enseguida.
Podrían llamarme necia algunas veces, incluso yo misma me daba cuenta cuando intentaba negar lo real – como por ejemplo, InuYasha – pero lo que pasó hace unos momentos no me dejaba de dar vueltas por la cabeza. Tomé un gran sorbo de agua helada que extrañamente me quemó por dentro y volví a llenar el baso para volver a mi habitación. InuYasha estaba en el mismo lugar en el cual lo había sentado y se puso de pie en cuanto entré, nuevamente me recordó a aquellas películas antiguas.
— ¿Qué hora es? —pregunté tímidamente mientras volvía a ponerme sobre mi cama. Acomodé unas almohadas para poder sentarme de forma cómoda y tapé mis piernas.
—Pasan de las dos —caminó hasta sentarse en la silla de mi escritorio.
—Mamá debe de estar por llegar —sin que pudiera evitarlo un bostezó se escapó de mi cuerpo y tirité levemente.
—Estás cansada, ¿Por qué no duermes?
—No, no —agité levemente mi mano en el aire —. Estoy bien, además mañana es sábado.
Pero sin embargo, realmente me sentía cansada. Jamás fui alguien que trasnochara – sin contar la primera noche con las chicas, claro – y siempre me daba sueño muy temprano, tampoco era como que la calida y leve iluminación de la lamparita me diera menos sueños. Pero tenía algunas dudas, una muy grande, pero necesitaba saber más cosas antes de lanzarla.
— ¿Siempre has estado aquí? —pregunté —. Ya sabes, aquí de aquí junto a mí, sin que pudiera verte o… solo es ahora…
—Siempre aquí —contestó como si no fuera la gran cosa, pero fue una apuñalada para mí.
Cuando decía 'siempre' no se refería a siempre ¿Verdad? Y si era así, sería muy vergonzoso. Yo no era como las típicas niñas de las películas o de los libros que siempre les sale todo bien, a la que nunca se le cayeron los mocos cuando hacía frío, o la que jamás se le escapaban gases o eructos mientras dormía, ¡O la que jamás se enfermó del estomago y pasó horas en el baño! Yo era normal, por favor, estaba dispuesta a ponerme de rodillas ahí mismo si era necesario para que me dijera que no estuvo en aquellos momentos tan vergonzosos. Ya podía imaginármelo comience la risa.
—Cuando dices 'siempre' ¿Es TODO el tiempo?
Di que no, por favor, di que no.
—No —hablaba enserio sin duda alguna. Llevé presurosa una mano a mi pecho.
Oh, dios, casi muerto de un ataque al corazón…
— ¿Entonces…?
—Bueno, en si sí e estado aquí siempre, pero no todo el tiempo —me guiño un ojo —. Creo que tú necesitas privacidad ¿O me equivoco?
— ¡Claro! —asentí frenéticamente. Gracias a dios, mi lado más horrible aún seguía en la oscuridad.
Me acomodé un poco más en las almohadas luego de que la tensión en mi cuerpo bajara. Me sentía más tranquila y relajada de lo que me había sentido antes con él. Supongo que ya me estaba acostumbrando a su presencia.
—Ahora… —murmuré — ¿Me dices como haces para...-
— ¿Para Puff Paff? —preguntó divertido.
—Si —bien, estaba consiente que mis terminaciones a aquello no fueron las mejores, pero que más daba —. ¿Me dirás?
—Puedo intentar explicártelo —y en un abrir y cerrar de ojos ya estaba junto a mí, arrodillado a un lado de la cama e inclinado, con nuestros rostros demasiado juntos —. Pero ni yo mismo lo sé muy bien.
—B-bueno… —apreté con fuerzas las sanabas y me moví un poco, apartándome. Sentía que mi corazón latía en mis oídos —. Puedo intentar entender.
Y entonces, nuevamente, ya estaba sentado sobre la silla.
— En teoría, solo tengo que pensar donde quiero estar para ir. Es algo con lo que he vivido años, es casi parte de mí. Pero solo puedo ocuparlo aquí.
— ¿Aquí? —pregunté —. ¿En mi habitación?
—No —sonrió —. Aquí, en este mundo.
—Oh, —cierto. El era un fantasmánima, y eso significaba que no pertenecía a éste mundo, pero eso daba a que existía otro lugar… — ¿Cuál es tu mundo? ¿El cielo? ¿El paraíso? ¿Realmente existe algo así? ¿Tienes un dios que-
—Wow. Tienes grandes pulmones.
—Lo lamento. Estoy algo efusiva con todo esto ¿Sabes? —me encogí de hombros —. Tú puedes darme las respuestas que todo el mundo se pregunta y, bueno, yo tengo muchas…
—Y te contestaré las que más pueda —volvió a sonreír mostrando sus dientes.
—Vale. La primera, ¿Cuál es tu mundo?
—Es un lugar… —su mirada se pasó por toda mi habitación apenas iluminada por la pequeña lamparita de mesa. Se puso de pie y camino hasta mi closet tomando mi calendario que había pegado allí a comienzo de éste año. Le ojeó los doce meses en diferentes hojas y cada uno con un dibujo propio, finalmente vi como la comisura de sus labios se curvaban en una mueca alegra y caminó hasta sentarse en mi cama, a un lado de mí. Inconscientemente, brinqué un poco lejos de él. Eso le pareció divertido —. Observa —me señaló un mes cualquiera —. En mi mundo los días no se guían por las estaciones del clima, un día puedes ver esto —y me señaló la verde pradera que no tenía fin — y al siguiente puedes quedar anonadada con esto —dio vuelta algunas paginas saltándose los meses hasta dar con un bosque de pinos totalmente sepultados en la nieve.
Mi mandíbula se desencajó mientras tomaba el calendario en mis manos. ¿Realmente podía existir un mundo que fuese así? Era tan… raro, pero por sobre todo, excitante. Ya podía imaginarme lo que era vivir ahí, levantarte cada día con la incertidumbre de no saber que tocará. A mí personalmente me gustaban el otoño y la primavera. Dos meses en los que jamás hacía mucho frío ni mucho calor.
—Debe de ser difícil planear un picnic —bromeé y el rió conmigo.
—Un poco, si. Pero es algo con lo que vivimos desde el momento de nacer, como dije, ya es parte de nosotros.
—Entonces… —le di una última ojeada a las fotos —. ¿Qué es exactamente tu mundo? ¿El cielo?
—A no ser que me creas un ángel, no lo creo —ahora fue su turno de bromear, pero yo no me reí, creo que solo me sonrojé.
— ¿El paraíso, quizá? —volví a insistir.
—Solo te diré que nunca he muerto.
— ¡Ya va! Hace unos segundos podía jurar que el cielo y el paraíso eran uno solo, y ahora me entero que son dos partes y además, hay uno más —achiné los ojos —. Estas rompiendo todas mis creencias.
Su risa rompió el silencio que toda la casa tenía de una forma muy acompasada, por un segundo también estaba dispuesta a reírme junto a él cuando paró enseguida, mirando un punto muerto. Abrí para boca para preguntarle que pasaba pero el me calló con su mano. Segundos después, sentí un ruido pequeño en el primer piso. Puse más atención y pude percibir el ruido de la puerta al cerrarse. Le di una rápida ojeada al reloj.
—Es mi mamá —susurré.
El pánico me invadió. Me levanté enseguida y comencé a correr de extremo a extremo pensando donde esconder a InuYasha. Era muy grande para esconderse en mi closet y bajo mi cama, ¿Debería arrojarlo por la ventana? ¿Qué tan mal quedaría luego de la caída?... sea como quedara, no sería tan malo como yo luego de que mi madre descubriera un chico en mi habitación.
—Vamos —le dije y tiré de su brazo para levantarlo de la cama.
— ¿Qué? —arqueó una ceja con clara confusión.
—Tienes que saltar por la ventana, ahora —le jalé más fuerte, pero apenas si se movió —. InuYasha ¿Qué haces? Mi mamá está en la casa. Tienes que irte.
— ¿Estas bien? —preguntó. Arrugué el ceño lista para saltar sobre él cuando la puerta de mi habitación se abrió y mi madre se asomó a cuerpo completo.
Los segundos me parecieron horas mientras ella me miraba sorprendida. Estaba segura de que no sentía mi corazón latir.
—N-no es lo que… —intenté decir, pero ella me interrumpió.
— ¿Qué haces despierta tan tarde?
— ¿He?
Y nuevamente la risa estrepitosa de InuYasha rompió el silencio que había. Sabía que tendría que haberlo recordado antes, pero me había segado por el miedo. Miré a mi madre que estaba totalmente ajena a las carcajadas del fantasma. Inhalé profundo.
—Insomnio —murmuré.
— ¿Quieres alguna pastillas?
—No. Estoy bien.
—Bien. Intenta dormir —se acercó y besó mi frente —. Buenas noches.
InuYasha se puso de pie cuando la puerta se hubo cerrado nuevamente y pasó junto a mí. Dejó el calendario colgado donde principalmente estaba y volvió a sentarse sobre la silla del escritorio, a espaldas a mí. No tenía que ver su cara para ver la diversión en ella. Me sentía avergonzada y tonta, ¿Cómo haberlo olvidado?
— ¿Kagome? —me nombró.
—Si, bien, lo había olvidado. No te burles más —gruñí y me metí en mi cama. Apagué la lamparita de mi mesa y me cubrí toda la cabeza con las mantas.
— ¿Te duermes ya?
—Si —asomé ligeramente mi cabeza por entre las mantas —. ¿Dónde duermes tú?
—En mi casa —contestó. Me miró con la palabra 'Obvio' escrita en su cara.
Me encogí de hombros.
—Me lo contaras luego ¿Verdad? —inquirí incorporándome sobre mis codos.
—Claro —sonrió.
—Bien —murmuré y volví a mirarlo —. ¿Puedo hacerte una última pregunta?
— ¿Sobre qué?
—Bueno,… —pasé una mano por mi cabello, apartándolo de mi cara —. Jamás me explicaste lo del Puff Paff.
—Oh —movió la cabeza a los lados con diversión y antes de que pudiera terminar de exhalar, ya estaba sentado en mi cama. Mi respiración se atoró en mi garganta —. Te dije que no sé mucho sobre esto tampoco, pero supongo que se debe a mi carencia de cuerpo terrenal en este mundo. Al no tener nada físico aquí, ni la gravedad ni nada me puede molestar, ¿Entiendes? Pero puedo tocar las cosas materiales debido a que algunas personas, como tú, ya saben de mi existencia. Me dan un poco de realidad por así decirlo.
—Entiendo —susurré con poca voz. Tendría que comenzar a acostumbrarme a sus Puff Paff seguidos (Nótese que estoy dando por hecho verle más seguido) — ¿Puedes volar?
—En parte, si. Pero no me gusta.
— ¿Por qué?
—Imagínate que estas en un sueño y quieres moverte, pero sientes que tus extremidades no son parte de ti.
—Creo entenderlo… ¡Oh! ¿Y sabes? Le conté a mi madre sobre ti.
— ¿Si? —arqueó una ceja. No estaba enfadado, eso era seguro.
—No tenemos secretos —contesté —. Ella dice que quiere conocerte —y antes de que pudiera evitarlo, bostecé.
InuYasha soltó una leve carcajada y me miró antes de inclinarse y besar mi frente. Una vocecilla comenzó a regañarme de que ya era suficientemente malo tener a un chico en mi habitación como para dejar que me bese sin hacer nada, supongo que era mi conciencia, pero mi cuerpo no la escuchaba. Estaba totalmente paralizada de pies a cabeza.
Y luego lo sentí. Mis recuerdos se removieron nuevamente y todo me pareció imposiblemente familiar.
Mi habitación. Las ganas de dormir. InuYasha. El beso.
—Buenas noches —susurró con las puntas de sus labios aún rozando mi piel.
Y, sobretodo, ese 'Buenas noches'
Tan estupefacta estaba que no tuve tiempo de reaccionar cuando el retrocedió unos pasos y desapareció.
De pronto me vi incorporada en mi cama, con el rostro ardiendo, el corazón paralizado y sola en mi habitación. Genial, pensé, ya no tengo sueño.
Cuando abrí los ojos al otro día me sentía pésimo. Tenía el cuerpo agarrotado debido a una mala posición en la que debí haber dormido y mis ojos estaban llenos de lagañas, típico de una noche de desvelo. Rodé sobre mi cama y tomé el despertador para mirarlo. Las doce de la mañana.
Que tarde.
Gruñí y volví a rodar cayendo ésta vez al suelo. Me sentía tan cansada que no podía con mis pies ni nada, pero como pude, me arrastré al baño y lavé mi cara con abundante agua fría. Pasé el peine por mi cabello enveredado y chille un par de veces cuando me jalaba muy fuerte, estaba repleta de nidos.
Bajé las escaleras a tropezones, Era sábado ¿Mi madre habría llegado ya del trabajo? ¿Estaría durmiendo? ¿Qué era ese riquísimo olor a especies? Claro, todos los sábados mi mamá cocinaba para mí y pasábamos tiempo juntas antes de que se fuera a dormir. Entré en la cocina arrastrando los pies y recargué mi cabeza en el marco, bostezando.
—Una mano completa cabría allí —bromeó InuYasha sentado sobre una de las sillas frente a la mesa.
El susto fue tan grande que sentí como me iba hacía atrás, pero justo en ese momento mi madre volteó y se enfocó en mí, así que tuve que erguirme y aparentar normalidad.
—Buenos días, Kagome —me sonrió amablemente y le devolví el saludo. Hice un gran esfuerzo por convencerme de que InuYasha no era visto por mí madre —. Dormiste bastante, tendrás que esperar a que termine la comida.
—Vale, no importa —intenté como pudo arreglar los nidos de mi cabello cuando recordé que seguramente él me había visto en peores.
Me senté en una silla junto a él y le dediqué una mirada que quería decir '¿Qué demonios haces aquí?' y solo me sonrió en respuesta, como sonríe un niño luego de hacer una travesura. Entrecerré los ojos, ¿Qué podría haber hech-
— ¿Kagome? —interrumpió mis pensamientos mi madre, aún de espaldas a mí —.¿La salsa la quieres dulce o salada?
—Salada —contesté sin quitar mi vista de InuYasha.
— ¿Y tu InuYasha?
—Salada también, gracias.
No supe exactamente que había pasado después de eso, pero cuando abrí los ojos pude ver los azulejos del techo de la cocina y la mirada preocupada de mi madre.
— ¿Estas bien? —murmuró mi madre y aparté el cabello de mi cara. Una ilusión me dije, pero todo se fue al infierno cuando dijo: —. Si no fuera por InuYasha, te hubieras golpeado la cabeza.
— ¿Cómo tu… él… —tragué y apunté a InuYasha desde mi posición en el suelo — ¿Cómo sabes que él está aquí?
—Dijiste que ella quería conocerme —le escuché y gruñí. Mi madre me ayudo a incorporarme y levantar la silla.
—Bueno hija, tampoco es para tanto —me dijo y me regaló un beso en los cabellos antes de volver y revolver la olla.
Miré nuevamente a InuYasha y luego a mí madre. Finalmente, dejé caer la cabeza sobre la mesa.
Definitivamente, eran muchas para una semana.
Continuará.
En el próximo capitulo explicaré más de InuYasha y la madre de Kagome :D
Se que tendrán muchas dudas, pero tranquilos, no tardaran mucho en descubrir todo. No creó que esta historia sea muy larga, por eso me enfocaré en capítulos larguísimos (para mí y mi estrujado cerebro). Y claro, muchísimas gracias por todos sus comentarios, no esperaba tantos.
Nos veremos – si se puede – muy pronto nuevamente.
Bye.
