Esta historia tiene contenido adulto. Se aconseja discreción.
Marinette se removió sobre la cama, debatiéndose si debía seguir durmiendo o si era buen momento para levantarse y comer el tocino que Tom ya estaba preparando para las personas que llegaban a su posada.
Esa debía ser la segunda ronda de alimentos que el hombre preparaba, lo sabía por el olor tan cargado que llegaba a su nariz. No pudo evitar sonreír, todas las personas ya debían estar trabajando, pero ahí estaba ella, disfrutando de una paz que pocas veces era capaz de sentir. Todo por Tom.
El hombre siempre se había mostrado amable con ella. Dándole de comer cuando pasaba sola por la posada, regalándole alguna prenda de vestir cuando podía permitírselo e incluso, dejándola dormir ahí cuando discutía con su madre.
Durante un tiempo fantaseó con la idea de que él era su padre y que por eso hacía todas esas cosas que le calentaban el corazón, ¿por qué no pensarlo? Ambos se llevaban bastante bien y él parecía siempre dispuesto a escuchar lo que tenía que decir. No sabía demasiado sobre cómo debía comportarse un padre, pero lo que hacía Tom parecía ser más que suficiente. Aun cuando fuera una mentira para que su corazón no doliese tanto.
Aún recordaba con exactitud la forma en la que supo la verdad, en cómo había corrido durante la noche, después de que un hombre demasiado ansioso como para esperar a que Sabine estuviese sola intentó tocarla, recibiendo un golpe en la entrepierna que ella realizó con su rodilla. Entrando a la posada por la parte trasera, que daba directo a la cocina para encontrarlo ahí, lo suficientemente ebrio como para contarle todo y no recordar al día siguiente que ella dormía en una habitación.
Le había contado entre sollozos sobre su llegada a París, pocos años antes de conocerla y que se había asentado en las afueras del pueblo tras perderlo todo en Italia, por culpa de un hombre sin cordura que había matado a su esposa y a su hija. Un hombre que se quitó la vida poco después del crimen, dejando a Tom sin ninguna clase de justicia.
Esa conversación lo cambió todo para ella, porque si eso le había pasado a él que era uno de los mejores hombres que conocía, ¿qué podía esperar ella o cualquier otro? Lo que sea, supo de pronto, pues no importaba lo buena que fuera una persona, al final, la vida seguía siendo una completa mierda.
Para su lastima, esa no era la única enseñanza que Tom le dio esa noche. Pues el hombre continuaba trabajando cada día de forma justa y llenándola de cariño como si de su padre se tratase. Como si en medio de toda la escoria existieran cosas que valían la pena.
Marinette se levantó de la cama con pesar, a sabiendas de que no podría dormir más después de recordar todo eso, sintiendo al instante una punzada golpear su cabeza por la cantidad de alcohol que había consumido la noche anterior. Suspiró con desdén mientras metía el extremo de su camisa bajo su pantalón y se calzaba sus botas desteñidas, guardando con cuidado sus armas en la bota derecha y en su espalda. Después tomó la jarra de agua que estaba ahí y vertió su contenido en un tazón hondo, con el cual se lavó la cara antes de salir.
Estaba segura de que había perdido al menos una hora preparándose por la pereza con la que se movió por la habitación; de tratarse de otra persona, Tom ya habría aparecido en la puerta para pedirle que se levantara, bajara a desayunar o se marchase de una buena vez, en un tono de voz amigable al igual que autoritario. Pero ella no tenía que pasar por eso, podía quedarse toda la tarde en la habitación y solo la hubiese buscado para asegurarse de que comiera algo.
Marinette bajó las escaleras, llegando al gran comedor que era atendido por Lila, una chica de su edad que vivía cerca de ahí y que, siendo sincera, nunca le agradó demasiado. Sin prestarle más atención de la necesaria, Marinette cruzó la puerta que daba a la cocina, sentándose frente a la mesa donde Tom solía cortar los alimentos antes de prepararlos.
—Buenos días —Lo saludó, recibiendo al instante una taza de café negro.
—Pensé que ya te habías ido al muelle.
—Todavía no. El viaje fue complicado y les prometí a mis hombres unos días de descanso.
—¿Problemas? —Marinette no tuvo que ver a Tom para saber que la miraba con desaprobación, intentó centrarse en su café. Amargo, como le gustaba.
—Ya sabes, lo usual. Peleas con la guardia real, sobrevivir a la tormenta... —Conocer un tritón...
—¿Los guardias te hicieron eso? —Preguntó, pasando sus dedos por debajo de su oreja, donde ahora tenía una pequeña abertura.
—No en realidad —Se limitó a contestar, recordando que ese era el pequeño regalo que Adrien le había hecho al salvarla. Una especie de branquias, que le permitía respirar bajo el agua, pero no tan funcionales como para permitirle vivir como un pez.
—¿Te duele?
—No. Creo que es más aparatoso de lo que en realidad es. ¿Crees que me hace ver más ruda? —Intentó bromear sin éxito.
—Al menos no se ve infectado —Tras decir eso, el hombre regresó a su lugar frente al fuego —¿Fuiste al médico?
—Sabes que Nino es perfectamente capaz para mantener mis partes unidas y sin la necesidad de ponerme sanguijuelas encima.
—Las sanguijuelas son buenas para la salud.
—Eso es lo que quieren que creas —Contestó al momento, nunca le habían gustado esos animales.
—Al menos deberías de comer esto —Dijo el mayor, aventándole una naranja —No quiero que te dé escorbuto.
—Tranquilo, siempre hay naranjas en el barco, pero la tomaré con gusto.
—Ojalá tomarás algo más que mi comida y mi techo.
—¿Como qué? —Preguntó aun cuando sabía a qué se refería.
—Mis consejos.
—Vamos, ¿eso de nuevo? Pensé que ya había quedado todo claro.
—No dejaremos de hablarlo hasta que consiga que lo dejes. sabes que me preocupa que un día te vayas y nunca regreses.
—Lo sé, pero ¿qué haría aquí? ¿Casarme? ¿Tener hijos? ¿Hacerles la vida miserable cómo mi madre lo hizo?
—Marinette —Le riñó, la azabache se mordió la lengua. Sabía perfectamente que a Tom no le gustaba que hablara mal de su madre.
—Lo siento, es solo que... de tan solo imaginarme anclada a tierra firme me duele el pecho.
—Un día entenderás que estar en un solo lugar no es malo, solo debes encontrar la razón que le dé sentido.
—¿Cómo qué? —Preguntó con la boca escurriéndole el jugo de la fruta.
—Una persona, un lugar o un objetivo.
—¿Y si mi objetivo es caminar sin mirar atrás?
—No está mal, pero nada se soluciona sino te detienes por un momento. Hay cosas que merecen la pena el esfuerzo de cuidarlo y trabajarlo.
—Quizás solo estoy buscando eso, un objetivo. Algo que lo cambie todo —Contestó, recordando lo que Adrien le había contado y su posible lugar en todo eso.
—Eso suena muy ambicioso.
—¿Crees que no puedo lograrlo?
—En realidad, me hace temer por cualquier persona que se ponga en tu camino cuando lo encuentres.
—Deberías venir conmigo, quizás así entiendas por qué no quiero dejarlo.
—Estoy muy viejo para eso, hija.
La chica sonrió, acercándose al fuego para preparase un huevo frito y almorzar con el mayor que justo se había sentado. Lila entró en ese instante, dejando algunos platos sucios junto a unas cubetas de agua antes de desaparecer con una escoba.
A Marinette le divertía, la chica le tenía suficiente miedo como para apenas cruzarse con ella. Usualmente se hubiese divertido molestándola un poco, pero no tenía tiempo para eso. No cuando pensaba en Adrien y todo lo que le había contado.
—Humanos y tritones ¿juntos?
—Viviendo como iguales, sí —La de ojos color cielo empezó a reír, extrañando al ser que estaba sentado al otro extremo de la pequeña mesa —¿Por qué te ríes?
—Amigo, creo que el agua salada te ha hecho mucho daño. ¿Sabes la clase de escoria con la que quieres que interactúen los tuyos? Maldición, todos los piratas sueñan con atrapar una sirena y venderla por todo el oro del mundo. Y eso hablando solo de los piratas.
—Tu no pareces una mala persona.
—En definitiva, eres muy malo juzgando.
A pesar de sus negativas, el varón se mantuvo firme en su propuesta, permitiendo que la chica cediera ante la duda. ¿De verdad era tan mala idea? Maldición, ella tenía branquias ahora, si lo hacía correctamente podría bajar al fondo del mar y ver a un kraken dormido o robar un barco perdido.
No sabía si los hombres tenían algo que ofrecer a los tritones, pero, aunque no fuese el caso, ella podía sacar muchos beneficios de todo eso. A menos que todos la creyeran una loca y la mandaran a la horca por todo lo que había robado en esos años.
¿Realmente valía la pena?
—Tom —Lo llamó tras sentarse a comer.
—¿Mmm?
—Crees en... ¿duendes y esas cosas?
—¿Duendes?
—O brujas. Ya sabes, esos seres sobrenaturales que nadie ha visto.
—No me gusta creer en lo que no he visto, lo sabes. Pero ¿quién sabe? El mundo es muy grande y no conocemos todos sus secretos.
—Sí, supongo.
—¿Por qué pequeña? ¿Me trajiste un duende para que lo cocinara?
—No, es solo que en nuestro viaje encontramos a un hombre que hablaba de eso y... no sé, parecía muy seguro de lo que decía.
—Bueno, yo creo que soy el mejor hombre en París y no por eso ves a todas las mujeres del lugar haciendo fila afuera de la posada. ¿Verdad? —El comentario hizo reír a Marinette.
—Tu eres el mejor hombre de París, Tom.
—Lo dices porque eres una chica inteligente.
—Es lo que me ha mantenido viva en el mar —La comida siguió en un silencio reconfortable, hasta que la chica se levantó para besar la mejilla del hombre y caminar a la salida.
—Recuerda pasar a verme antes de irte de nuevo —Pidió el hombre sin voltear a verla.
—Por supuesto, esta vez te traeré nuevas especias para que hagas algunos experimentos.
—Esa es mi chica.
—Tu no dejes que Lila se acerque a la cocina, quiero encontrar este lugar de pie cuando regrese —Continuó despidiéndose la azabache.
—Oye, de algún modo debe aprender.
—Pero tus comensales no deberían sufrir por eso.
—¡No te metas en muchos problemas! —Gritó Tom, cuando la chica ya estaba fuera del lugar.
—¡No prometo nada!
Y así, la chica se fue..
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