Nota de Autora Desaparecida y muy, muy arrepentida (?):
No se si quedarán aquí personas a las que les siga gustando la historia. Yo igual seguiré escribiendo C:
Oh, se que han pasado meses desde la ultima actualización y yo realmente, realmente lamento la larga espera a la que los he sometido. En serio. ¿Excusas? La más importante creo que es que, practicamente, desde Octubre hasta el 23 de Diciembre no he podido respirar tranquila por el prostituto proyecto de Tesis. En realidad, he estado meses escribiendo mi Tesis, investigando desde abril del 2014, yendo a la empresa Colombiana de la que hice mi proyecto y rogando, suplicando por entrevistas y permisos para focus group, encuestas y formatos de observación. En fin, todo un drama hasta que, por fin, el 23 de Diciembre, expuse mi Tesis frente al jurado y me la aprobaron con honores, tanto, que se ha quedado en la Biblioteca de la Universidad para la posteridad (?). so, I don't regret anything.
Otra excusa que podría dar es que a mediados de Octubre me fui de viaje (imaginense con todo lo de mi Tesis y otros cursos, el horror) porque mi tio abuelo cumplia cien años. Cien de los grandes. No todos los días se cumple esa grandiosa edad, por lo que todos estuvimos obligados a asistir al onomastico. Otra excusa tambien es que comence a hacer pequeñas practicas en una empresa para mi record de trabajo (Curriculo), so, eso, mas avanzar el proyecto de Tesis, más los otros cursos, fue el kaput a mis buenas intenciones. Creo que desde Octubre hasta finales de Diciembre solo escribi 25 paginas y eso es triste xD.
Asi que, aqui estoy. He pasado todo Enero escribiendo este capitulo, esperando terminarlo por completo pero cuando me di cuenta, no llegaba ni a la mitad y ya eran más de 90 paginas, por lo que lo he cortado en dos partes. No os preocupeis, que la segunda parte llegará la semana que viene, el próximo sabado o domingo si las fuerzas del universo lo requieren así.
Unas aclaraciones del capítulo: Esta primera parte es extensa pero no hay casi Ichiruki hasta el final porque es, mas que nada, para comprender los sucesos que se van a dar en los proximos capitulos. No habrá más de este tipo de aclaraciones hasta mucho más adelante. Los capitulos que vienen serán meramente Ichirukistas, con otras parejas, vistazos de Renji, Byakuya y los personajes habituales.
Segundas Aclaraciones: Existen algunas palabras en frances y otra en la parte 3 que aclararé ahora para que no se salten hasta abajo para entender.
Mon Petit: Mi pequeño.
Mon Cherie: Mi querido.
Mon petit lapin: Mi pequeño conejito.
Auschwitz-Birkenau (1): Este es uno de los campos de concentración que existió en la Segunda Guerra Mundial. Muchos podran saber por referencias historicas, peliculas o libros que Auschwitz fue uno de los peores campos de concentración en el que los judios podian acabar encerrados. Éste se dividia en tres partes: Auschwitz I, Birkenau y Monowitz. El primero era usado cómo centro para trabajos forzados, el tercero era el campo de la muerte. Se hace más referencia a Birkenau cómo el peor de los tres porque ahí estuvo el Doctor Mengelé, mejor conocido como "El angel de la muerte". En Birkenau se hacian experimentos con los cuerpos de los judios; la mayoria, preferia morir fusilado que entrar a Birkenau.
Robert McNamara: Este personaje historico fue un ejecutivo de la empresa Ford y el Secretario de Defensa de los Estados Unidos de America desde 1961 hasta 1968. En 1968, abandonó el cargo para convertirse en el presidente del Banco Mundial (1968-1981). Como presidente del Banco Mundial, McNamara despilfarró millones en prestamos a paises tercermundistas, haciendo que estos comprasen e invirtiesen en fabricas de lujos para manufactura que quedarian desactualizadas y sin uso alguno. Fue intimo de J. .
Richard Nixon: Fue el presidente de los Estados Unidos de America durante dos periodos desde 1969 hasta el '72. Renunció a su cargo en 1972 debido a lo que se llamaría el "Escandalo de Watergate". Su sucesor fue Gerard Ford.
Con esto en mente, podrán leer el capitulo entendiendo perfectamente porque estoy haciendo lo que estoy haciendo. Creo (?).
DISCLAIMER: Bleach no me pertenece. Todos los derechos de autor los tiene Tite Troll Kubo que nos trollea cada semana con sus frases exquisitas como "Lo siento, humanos" haciendonos creer que el quincy mayor se va a cargar a todos pero con Tite, nunca se sabe (?).
AGRADECIMIENTOS a Astalina, dos veces a Jessiepersona92 y a "su", jailys-sama y a Otonashi Saya por sus Reviews, me hacen muy feliz :3
DEDICADO A "GABRIEL" & "STANDBYME" POR ESCRIBIR EL FANFIC "TWIST AND SHOUT" QUE ME HIZO NOTAR ALGUNAS LAGUNAS EN LO QUE FUE LA GUERRA DE VIETNAM, LA VIDA EN AMERICA EN LOS '60 Y CÓMO SE EXPANDIO LA EPIDEMIA.
Como un plus, y no me maten...
RECOMENDACIONES DE LA AUTORA(?):
+Si alguno es fan de las series, les recomiendo "Utopia", "Hannibal" y "Homeland", son perfectas para entender el terrorismo internacional, las guerras, las personas y cómo cocinar con Hannibal (?).
+"Game of Thrones" esta a punto de estrenar 5ta temporada. No se lo pueden perder.
+El Fanfic "Twist and Shout" es uno de los más hermosos y tragicos en todos los sentidos de la palabra. Esta en ingles y lo encuentran en AO3. Si lo leen, me avisan... estoy fundando el club de apoyo "After T&S" porque no he podido dormir bien por las noches despues de leerlo. Aspiro a hacerles sentir de esa manera cuando termine esta historia -qué?- (inserte risa malevola aquí)
CAPÍTULO TRES
TIERRA DE NADIE
PARTE I
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"Bienvenido a tu vida, no hay vuelta atras. Incluso mientras dormimos, te encontraremos… Hay una habitación dónde la luz no te encontrará, de la mano mientras las paredes se derrumban. Cuando lo hagan, voy a estar detras de ti.
Tan contento de casi haberlo hecho, tan triste de haberlo desaparecido.
Todos quieren gobernar el mundo."
—Everybody wants to rule the world by Lorde.
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1.-
24 de febrero de 1969.
Estado de Lousiana, Nueva Orleans.
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"Papa te amó tanto, que puso la cosa más importante en la historia de la humanidad… dentro tuyo."
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—¿Te has perdido, mon petit?
El soneto a la libertad de los afroamericanos retumbaba en las paredes de su mente y del espacio que ocupaba en ese momento. Jamás una canción le había parecido tan blasfema por todos los motivos equivocados que mencionaba en ella. Antes de mirar a la mujer de color que le había hablado, observó el lugar a donde había llegado a parar. Hacía tiempo que el caminar sin rumbo se había vuelto uno de sus más grandes pasatiempos, sin mencionar que los estados de ambivalencia en los que parecía sumergirse eran más alargados con el paso de los días. Pudo reconocer cielo azul, despejado y con nubes asquerosamente grises cubriendo el sol, aun así los reflejos giraban en todas las direcciones haciendo parecer que las grandes piedras y cruces que se hallaban a su alrededor fuesen una alucinación barata de su dañado subconsciente.
Pero él no estaba enfermo, solo se sentía perdido.
—No, estoy bien —le respondió, ya no tan seguro de sus palabras.
La mujer le sonrió amablemente para asentir con la cabeza y continuar caminando hacia lo que parecía ser un festival de máscaras con personas en trajes de pingüinos y negro, bastante negro. Se acomodó sus cuadrados lentes sobre el puente de la nariz mientras se sentaba en una de las bancas que habían cerca y observó sin fascinación alguna como aquellas personas levantaban un ataúd, lo hacían bailar mientras otros tocaban la trompeta, otros los tambores y las mujeres repartían ese coro de esperanza. El coro de los afroamericanos desde que la esclavitud había sido revocada hacía ya tanto tiempo. Observó cómo la misma mujer que le había hablado se sentaba a un lado suyo. Ella llevaba una máscara extraña.
—No eres de por aquí, forastero. Conocemos a nuestra gente, —el extraño ruido que hacia al hablar era algo a lo que no se había acostumbrado. El acento sureño siempre le parecería demasiado cantarín para su gusto— así que porque no empiezas diciéndome quien eres y que te trae a nuestra ciudad.
Tenía presente que no debía de hablar más de lo necesario, nunca decir su nombre a extraños porque el peligro acechaba a cada esquina. Eso se lo había enseñado su padre y así quería mantenerlo, sin embargo, su madre siempre le regañaba por no ser lo suficientemente cortes y educado con las personas. Ella solía decir que nunca se debía de dejar a una dama con la palabra en la boca y, por más edad que tuviese esa mujer a su lado, él seguía siendo incapaz de no hacer caso a sus consejos.
—Soy Uryuu, he venido a visitar a mi madre.
La mujer arqueo una ceja.
—¿Tu madre era de los nuestros?
Él se alzó de hombros, no sabiendo que decir.
—No lo sé.
—Creo que deberías empezar a buscar en ese árbol genealógico tuyo. Si ella era de aquí, serás bendecido por Ghede y Papa Legba te abrirá las puertas necesarias para poder visitarla, mon cherie —la mujer saco de la manga de su saco una pequeña tarjeta completamente bañada en negro carbón—. Cógela.
Uryuu, sin mucha convicción, agarró el pedazo de cartón endeble entre sus manos, abrió los ojos por completo cuando leyó lo que había en este.
—Si quieres respuestas, ahí es donde las conseguirás. No hay ningún otro sitio en el que puedas confiar más que en ese.
—Yo no creo en el vudú.
La mujer se rió, estrechando sus labios a tal escala que parecía que su sonrisa se saldría de su rostro y sus dientes cortarían su carne. La visión lo dejo pasmado y tuvo que apretar sus uñas contra sus palmas para evitar que las estúpidas visiones siguieran.
—No es cuestión de si crees o no, mon petit lapin, es cuestión de si eres lo suficientemente valiente para averiguarlo. —Ella se levantó y camino hacia el funeral que se estaba llevando a cabo a unos cuantos pasos de allí— Además, por tu rostro, deduzco que estas aquí por respuestas y yo solo estoy amablemente ofreciéndote una salida.
Cuando se retiró, volvió a leer las inscripciones de la tarjeta negra.
"Black Magic and Voodoo.
What really means if it's you have the courage to do it.
739 Bourbon St."
Con parsimonia, se pasó una mano sobre su cabello y guardo la tarjeta, no estaba seguro para qué.
Ahí estaba él, Uryuu Ishida, uno de los futuros médicos del país, talentoso como su padre, con la habilidad heredada de las agujas de su madre y una fascinación por las cirugías. Si alguien, tiempo atrás, le hubiese dicho que su apellido terminaría siendo mancillado de esa manera, no lo hubiera creído. Cerro los ojos mientras recordaba, no hace mucho tiempo, el momento en el cual su padre le había comunicado que tendría que ir a la guerra, que tendría que cumplir su deber como ciudadano americano y como él lo había aceptado tan normalmente. Si solo supiera en ese entonces lo que sabía hoy, hubiese hecho hasta lo imposible por evitar que su padre se fuera, que no terminara como lo había hecho. Porque Uryuu sabía, claro que lo hacía. Él conocía perfectamente la historia que se contaba en cada rincón del país: Ryuuken Ishida era un traidor. Kuchiki Byakuya se había asegurado de mantenerlo al tanto de todo lo que ocurría e, incluso, no sabía si él era de confiar verdaderamente o si le estaba siendo completamente honesto. Recordó, entre la bruma de su mareada mente, la llamada telefónica que recibió hacía más de dos meses en plena madrugada.
El pitido del teléfono resonó en toda la estancia, gracias al cielo, no despertándolo más que a él. El chico de cabellos azules camino hacia la sala de estar y, aun en la duermevela, alzo el auricular.
—¿Diga?
—Uryuu Ishida —la voz, calmada y fría, fue como un balde de agua helada sobre su espina dorsal.
El muchacho se enderezo completamente, sabiendo perfectamente quien era el que estaba al otro lado del teléfono.
—Es curioso que llame a estas horas de la noche, capitán Kuchiki, ¿qué es lo que puedo hacer por usted?
La voz fría e imperturbable habló con tal certeza que en realidad no supo cómo hacer frente a lo que estaba por venir.
—Claramente no estás en condiciones de brindarme apoyo, Ishida. Ni tú, ni tu padre.
—Por si no recuerda —masculló con los dientes apretados—, mi padre está en ese infierno de lugar gracias a usted. Capitán Kuchiki, no sé porque tuvo que enviar a mi padre a ese lugar sabiendo que había muchos mejores médicos que él que podían tomar su lugar.
—El por qué lo escogí a él no es de tu incumbencia.
—Lo es cuando llama a mi casa a mitad de la noche para decirme que él está muerto o algo peor.
El conocía la mecánica perfectamente. Ellos llamaban en la madrugada, porque era de tarde o mañana en Vietnam, y te decían primero con palabras agradables que había ocurrido un accidente, que habían muchos heridos y unos cuantos muertos. Luego te daban la lista de nombre y, curiosamente, entre ellos se encontraba el familiar de la persona al teléfono. Y después, todo era lo mismo, desde los gritos, los llantos y los porqués. Solo que él no le daría el gusto porque sabía que su padre, muerto o vivo, le daría tremenda cachetada por mostrarse así de débil ante otra persona. Su madre, por otro lado, le abrazaría y le rogaría por sus lágrimas.
Pero ninguno de ellos estaba presente.
Un silencio afónico se dio entre ambos, hasta que su interlocutor soltó un pequeño suspiro.
—Tengo que informarte de lo sucedido, Ishida. El centro de comando hospitalario donde Ryuuken estaba asentado ha sido atacado hace unas horas. Los norvietnamitas han tomado posesión del terreno y no hemos podido determinar cuántas bajas tenemos.
La boca se le seco tan rápidamente que no supo siquiera si podría tragar algo otra vez.
—¿Así que, está muerto?
—No, no lo sabemos con exactitud. Es una situación delicada porque, ha forma de amenaza, los norvietnamitas han crucificado los cadáveres que tenían y los han quemado. No se puede dar una identificación exacta en esas circunstancias, tú más que nadie debes saber que sin tejido no se podrá hacer una declaración de muerte oficial. Además, los cuerpos que han sido sometidos son solo seis. En ese comando habían aproximadamente diez médicos de guardia ese día, tu padre incluido.
—Ve al grano, Kuchiki, porque le estas dando vueltas al asunto y tú no eres así. No tendrías por qué contarme este tipo de cosas. Te conozco demasiado bien, como para saber que me ocultas algo.
Pudo sentir la rabia bullir en sus venas cuando el capitán, al otro lado de la línea, soltó una risa seca. Podía sentir la sonrisa de autosuficiencia frente a él, podía sentir como se burlaba de su dolor.
—Esperaba que fueras más tonto como Kurosaki pero veo que me equivoque…
—Habla —rumió, intentando controlar sus emociones.
Debió suponer que desde ese momento, sus emociones y su vida se desbordarían por completo.
—No creo que no sepas lo que verdaderamente paso, mocoso. —El tono en su voz se había mezclado con la rabia— Eres inteligente, sabias que Ryuuken había aceptado esto por un solo propósito; sabias que él haría algo estúpido porque no le quedaba otra opción. Desde que todo esto comenzó, él no ha sido más que un grano en el trasero.
Ishida golpeo la mesa donde se encontraba el teléfono, haciéndolo saltar. Su respiración era errática, podía sentir sus manos temblar de impotencia. Por supuesto que él sabía. Él siempre lo supo.
—Ten más cuidado de como hables de él, Kuchiki.
—No, tu ten cuidado, niño tonto. Tú y tu padre se acaban de meter a la boca del lobo y yo me encargare de que este los devore hasta hacerlos sangrar.
—¿Qué es lo que quieres?
—Quiero que te largues. —Las palabras le hicieron retorcer su rostro. Ya se había mentalizado al respecto, esto, tarde o temprano, iba a terminar ocurriendo— Te depositare medio millón de dólares mañana por la tarde para que desaparezcas del mapa, a Sudamérica, China, otro planeta, donde quieras, pero para pasado mañana, Ishida Uryuu debe haber desaparecido de la ciudad de Nueva York.
Él cerró los ojos.
—¿Y si no me voy?
—Urahara te encontrará y sabes muy bien que es lo que sigue después.
—Él no me mataría. Sabes que él no le haría ese daño a Kurosaki.
—Esta vez es diferente. Tu padre ha traspasado un límite que no estoy en posición de negociar y te lo voy a decir solo para que te sientas tranquilo: Ryuuken Ishida ya es considerado un traidor dentro de los comandos por haber robado armas del centro de comando hospitalario y por haber hecho esas cosas que tu sabias perfectamente… siempre supiste todo porque él te consideraba lo suficientemente maduro para entender el peligro que tenías que afrontar. Ahora, te pregunto: ¿Serás lo suficientemente maduro para conservar lo poco que te queda de vida y largarte?
Ishida sabía la respuesta.
—¿A qué hora me harás el deposito?
Se maldijo a si mismo cuando pudo imaginar perfectamente la sonrisa de auto suficiencia del capitán Kuchiki.
—A las quince horas, soldado. Has tomado una buena decisión. Sabía que eras un chico inteligente.
—Espera, Kuchiki… —el capitán había estado a punto de colgar pero Ishida lo detuvo. Él se quedó viendo a un punto no definido de la pared. Sentía como toda su cabeza estaba dando vueltas—, tengo que preguntarte una última cosa.
Con el silencio del hombre, él supo que podía cuestionar lo que se le viniera en gana.
—Mi padre… ¿lo ha encontrado? ¿Ha encontrado lo que estaba buscando?
La afonía se volvió a instaurar entre ambos pero fue rota por el chasqueo de dientes del capitán.
—Lo hubiese encontrado si me hubiera hecho caso, si se hubiese apegado al plan que teníamos trazado desde un principio. Esto no entraba en los parámetros que habíamos fijado cuando le propuse la misión.
—La pregunta tiene una respuesta sencilla, es si o no.
Uryuu espero por un largo y agónico minuto mientras escuchaba como algunos papeles eran movidos con insistencia al otro lado de la línea.
—Sí.
Eso fue lo último que escucho antes que su interlocutor cortara la señal.
Esta vez, el ataúd había sido bajado y la música había finalizado el ritual para pasar a otro mundo, sacándolo a él del suyo propio. Parpadeo un par de veces para ver como las personas se abrazaban, algunas lloraban, otras solo miraban al grisáceo atardecer y él, bueno, él empezaba a pensar que era mejor internarse en un manicomio.
Desde esa llamada, su vida cambio por completo. Él sabía que no estaría a salvo en Nueva York y pedirle asilo a Urahara sería inconcebible porque él trabajaba para Kuchiki. Así que, con maletas en mano, decidió hacer un rápido trámite en la universidad para tomarse algunas semanas de asueto, hablo con Ichigo, o lo intentó, porque el cabeza de chorlito le propuso ir con él a ese "paseo de campo". No podía decirle la verdad así que mentirle sería más fácil para él y para Ichigo. Ninguno de ellos saldría lastimado. Muchas veces se planteó entrar al cuarto de Ryuuken y llevarse algunas cosas, algún recuerdo que le permitiese saber que tendría que hacer de ahora en adelante. Minutos antes de partir, se atrevió a hacerlo y ahora, en ese momento, prefirió no haberlo hecho.
Metió la mano por debajo de su abrigo azul marino y saco un sobre amarillo con el sello de "confidencial" en todo lo alto. Lo abrió lentamente y volvió a leer los documentos que allí residían.
En el cuarto de su padre no había encontrado mucha cosa, no hasta que reviso bajo la cama. Miles de sobres que contenían fotografías de lugares que él no conocía, de cosas que no sabía cómo interpretarlas, de personas que no parecían personas. Otros sobres, menos que los anteriores, contenían documentos varios, algunos sin importancia como las cuentas del departamento o los registros médicos de los pacientes de su padre. Pero solo había uno que era importante. Y él lo había tenido que coger antes que alguien más lo hiciera.
Porque él sabía cómo funcionaba eso. Ellos irían al departamento cuando Ichigo no estuviese y registrarían todo lo que hubiese en la habitación de su padre, incluso en la de su compañero. Dejarían todo como siempre estuvo y nunca sabrían que estuvieron allí, simplemente serian una sombra de paso; sin embargo, si Byakuya Kuchiki se hacía de esos documentos, bueno, lo conocía. Nada bueno saldría de su intervención.
—Proyecto Menos Grande, sujeto de prueba 450: Ichigo Kurosaki —susurró, mientras el viento sacudía sus cabellos—. Sujeto de prueba 451: Uryuu Ishida —sus manos temblaron al ver su nombre y diversas fotos de él anexadas al documento donde se leían los datos más importantes de él como la edad, la estatura, lugar de nacimiento y residencia— Accionamiento de la fase 4 desde la base militar Norvietnamita. Estado: Activo. —Trago saliva— Fecha de activación: 1 de enero de 1969.
Sus manos arrugaron un poco el papel mientras guardaba lo más rápido posible el documento.
La noche había caído finalmente y él ni siquiera se había dado cuenta de ello. Ishida se pasó ambas manos por el rostro, cerrando los ojos en el proceso y dejando de luchar contra las alucinaciones que se hacían cada vez más frecuentes con el paso del tiempo. Más reales con el paso de los días, incluso recuerda haber vivido un par de meses en África cuando, según su baúl de recuerdos dentro de su memoria, nunca había sucedido. Habían otros días, los buenos, en los cuales su memoria no se veía afectada y podía vivir unas horas en paz, solo disfrutando de un buen desayuno y de un pequeño rincón desconocido por el gobierno americano. La paz se desmoronaba cuando las voces comenzaban a gritar y a raspar el interior de su cráneo, esperando a salir por las noches a cazar. El hombre se volvió a mirar las manos y, cuando las vio con sangre, se levantó estrepitosamente e intento limpiárselas en su abrigo; sin embargo, sus ojos le mostraban que este estaba goteando rojo por todos lados, aún más que sus mismas extremidades. Empezó a sentir como la sangre caía desde su nariz hasta la barbilla, desde los ojos hasta la boca, cubriéndolo como si fuese una segunda piel.
Una piel roja.
Comenzó a buscar césped, un trapo, lo que sea, cualquier cosa que sacara el líquido rojizo de su piel.
Ishida se tropezó unas cuantas veces, haciéndose raspones sangrantes y dejando sucio su lujoso abrigo azul. Finalmente, cuando vio que había un pequeño lugar con pasto verde, se dejó caer sobre sus rodillas y empezó a limpiarse la sangre. Cuando volvió a ver sus manos, no había nada más que tierra y el césped no estaba rojo, solo un poco removido. Suspiró, intentando calmarse, diciéndose a sí mismo que eso iba a tener que pasar. Porque no había manera que su padre hubiese aceptado experimentar de esa manera con él, por más interés intelectual o medicinal que tuviese. Él no…
Se dejó caer sobre una lápida mientras la niebla empezaba a cubrir el recinto, dejándolo todo en la densa oscuridad. Se quitó los anteojos y froto nuevamente sus ojos pensando que sí, su padre pudo haberlo hecho. No le sorprendería saber que todo lo que decían esos documentos era cierto. Ishida sabia muchas cosas, entre ellas que ese proyecto, lo que sea que le habían hecho, había sido con el consentimiento de su padre y ahora…
Ahora se estaba volviendo loco. Un poco más cada día.
—Él también es parte de esto… —susurro, con el viento como único testigo.
Se preguntó vagamente si a Ichigo también le estarían asaltando las mismas alucinaciones, aunque lo dudaba porque, según los papeles, la fecha de activación era con un año de diferencia. El de él se activaría en enero del próximo año.
Los documentos solo contenían los nombres de unas quince personas… no, no personas, sujetos de prueba, ratas de laboratorio que habían sido usadas desde su infancia para algún tipo de experimento que abarcaba el proyecto Menos Grande. Sin embargo, solo habían perfiles, ninguno de esos papeles decía realmente en qué consistía el experimento o qué era lo que esperaban de este, solo habían fotografías de personas que nunca había conocido y que, probablemente estaban pasando por lo mismo que él. Porque conocía perfectamente su cuerpo, sobre todo su mente, y sabía que esas alucinaciones eran producto de algo más grande que él, que su padre, que Ichigo. Creyó incluso que era mucho más grande que el gobierno. Las alucinaciones comenzaron aproximadamente unas dos semanas desde la fecha en que había sido supuestamente activado, avanzando gradualmente y, lo que antes consideraba gajes del cansancio, ahora lo atormentaban todas las noches. Asumía que dentro de un par de semanas más, sería incapaz de reconocer lo real de lo ficticio, que esos instintos que empezaban a despertar se apoderarían de él y que acabaría terminando con su vida en un par de meses más.
Pero él siempre llevaba un revolver en ese largo abrigo, por si acaso no deseara vivir esa pesadilla.
Se levantó de nueva cuenta, sacando una pequeña linterna de su bolsillo izquierdo, y comenzando a encontrar el camino de salida. Al parecer iba a tener que quedarse un día más en Nueva Orleans para poder encontrar lo que había venido a buscar. Sin embargo, como gracia divina, la lápida cuadrada sobre la que había estado recostado fue iluminada por la pálida luz blanca del artefacto casi sin baterías pero aún se podía leer perfectamente las letras que allí rezaban. Ishida llevo una mano hacia el nombre y lo acaricio con una gracia reverencial, añorando viejos momentos.
—Mamá… —susurró.
Ahí, las negras letras "Kanae Katagiri" se alzaban en todo su esplendor.
Ishida suelta una pequeña risa para nada graciosa y junta sus manos, en son de oración. Su viaje terminaba aquí. Él lo sabía.
Esa noche utilizaría el arma.
—Hola madre —su voz seca y algo ronca por la falta de uso le hizo pensar que ella no reconocería a su pequeño—, sé qué este es tu verdadero lugar, lo sé, porque lo leí en uno de los archivos de padre. No sé qué querían ocultarme tu y él pero se ha terminado —las manos le temblaron. Una sensación de vacío le lleno el estómago por completo, la misma a la que le sobrevenían unos vómitos extraños—. Han pasado muchas cosas desde tu partida, muchas en las que Ichigo, el hijo de tu amiga Masaki Kurosaki, está involucrado directamente. Claro, él no lo sabe.
El viento nocturno comenzó a hacer mella en su cuerpo, debilitado por la enfermedad. Sí, él estaba perdido y enfermo. Era de locos negarlo más. Así qué se puso la capucha para evitar que la brisa le revolviera aún más los cabellos.
—Lamento no haberte venido a visitar antes, mamá… Es solo qué… yo, realmente estaba tan seguro que tu estarías en Nueva York —la voz se le apagaba por minutos y tenía que coger un poco de aire para volver a hablar roncamente—. Pero me equivoque… en muchas cosas. Lamento no haber sido el hijo que tú merecías. Lamento haberme enojado contigo ese día lluvioso. —Un fuerte ventarrón le hizo temblar de pies a cabeza, dejándolo sobre sus rodillas en el césped. Él suspiro— Lamento haber sido tan débil y quizá el tiempo para redimirme nunca llegue pero, de lo que realmente no me arrepiento es de haberle ocultado la verdad a Ichigo… —un quejido salió de su garganta— Él… nunca lo habría podido asumir del todo.
Cerró los ojos, dejando que los espíritus de la magia vudú del cementerio de Nueva Orleans lo envolvieran en su calor. Había estado aprendiendo algunos rezos para hacer pasar a los muertos a mejor vida, para poder velar por ellos incluso en ese otro lugar; él sabía que a su madre le habría gustado eso. De todas maneras, ella provenía de esta parte del país, donde la magia de los antiguos descendientes de Laveu llenaba cada rincón de los barrios franceses, donde la brujería era considerada algo normal y religioso. Él podía aceptar algunas cosas, como unos rituales o canticos, pero nunca creería totalmente en ese tipo de cosas por el simple hecho de haber vivido toda su vida con la persona más racional que alguien podía conocer. Digamos que si Ryuuken lo viese en ese momento, lo desheredaría.
Levanto la mirada hacia la luna, completamente amarilla y con algunas tonalidades de marrón, que se erigía entre el oscuro cielo de Lousiana. Fue entonces que otro ventarrón azotó el cementerio, haciendo que su linterna rodara unos cuantos metros a la derecha. Ishida gatea hasta encontrarla, envuelta en unas enredaderas secas y algo de maleza verde. De pronto, una luz blanca comienza a titilar de sobre la maleza.
—Pero qué… —se frota los ojos porque es demasiado fuerte— Es otra alucinación, debo estar alucinando.
Se frota los ojos con fuerza, dejándoselos rojos, y vuelva a fijar la vista en la maleza y es ahí cuando lo ve. No, no es su imaginación. Hay algo debajo de todos esos arbustos. Con rapidez, comienza a excavar con sus manos, sacando hojas y maleza podrida mientras se va acercando cada vez más a la luz. Por algún motivo, sabe que tiene que excavar, no entiende la razón pero sabe que es así, que tiene que hacerlo. Es como si lo hubiesen hipnotizado y ahora estaba haciendo un hoyo en una tumba de una ciudad en la que Kuchiki podría encontrarlo fácilmente. Y si Kuchiki lo encontraba… bueno, él prefería utilizar el revolver a sufrir tal humillación por parte de él.
Unos minutos después, Ishida pudo descubrir lo que estaba resplandeciendo bajo la noche. Era una lápida de mármol blanco que parecía haber permanecido completamente intacta desde el tiempo que llevaba ahí, como si ni la lluvia ni el sol pudiesen afectarle de alguna manera. Esta tenía luz propia pero más sobre el resaltante nombre.
Fue cuando lo leyó que supo el por qué tenía que visitar a su madre.
Hisana Kuchiki
Amada esposa, hermana y ciudadana.
Que Legba te tenga en su gloria, porque tus hermanas nunca olvidaremos.
Sea el destino quien se llevó la pequeña caja musical de nuestro lado, te ofreceremos eterna sepultura.
Salvum, Covina Maleficis.
Había una pequeña frase debajo de la última que no lograba leer por completo y, por lo que deducía estaba de igual manera escrita en latín popular. Sin embargo, él no lo sabía "todo". Bien, conocía muchas cosas pero el latín aún estaba fuera de sus límites idiomáticos, solo el francés y el inglés se le daban de una manera aceptable, así que no podía traducir más que lo usual. Y ahí estaba, en la tumba de aquella mujer que aun tenia presente en sus recuerdos.
Uryuu Ishida era inteligente. Demasiado para su edad. Y su memoria rara vez le fallaba más que para algunos exámenes sorpresa, así que él aún conservaba memorias, las que la enfermedad no había tocado, sobre su infancia. Ese nombre era una de esas. Podía recordar el olor antiséptico del departamento al cual su padre lo llevo esa única vez, unas semanas antes de la muerte de su madre. Los colores y la decoración minimalista, casi parecía que nadie viviese ahí sino fuese por los juguetes regados en el suelo. Esa primera y última vez, vio a una niña de cabellos negros y ojos completamente cautivadores mirarlo con un vacío que le hizo estremecer hasta los huesos porque era completamente anormal que una niña menor que él pudiese verla como si se fuera a morir de un momento a otro. Supo que no era del todo normal, aunque, cuando le pregunto a su padre, él simplemente contesto que ella estaba triste porque su "madre" estaba muy pero muy enferma. Uryuu también tenía a su madre algo decaída pero no por eso expedía hostilidad a todo el que le mirase. Le parecía maleducado.
Y después vinieron los gritos y los "tapate los oídos, porque mi hermana está muy enferma" de la pequeña niña que ahora lo miraba como un ser humano. Él recuerda la estadía en ese lugar lúgubre y sus conversaciones a medianoche con la niña quien le contaba acerca de cómo podías cazar a un caimán en una alcantarilla de Miami solo con un cuchillo y una cosa que disparaba. Se quedaron una noche, una muy larga debe admitir, porque su padre y el hombre de traje negro debían de hacer negocios para algo importante que solo los adultos podían saber. Él aún era un niño pequeño que no debía escuchar conversaciones ajenas y, sin embargo, la niña de los ojos bonitos le instó a espiarlos. No recuerda de qué hablaron pero si recuerda un nombre.
Hisana Kuchiki, enlazado a una frase extraña que ni la niña ni él pudieron descifrar.
Y ahora, en ese lugar, él reconocía a esa mujer. A la difunta esposa de Byakuya Kuchiki, el hombre que le había mandado a capturar, quien le había dado dinero para toda una vida. Una vida que, supuso, iba a terminar demasiado rápido. Intento recordar algo más, algo que pudiese conectar su pasado con el presente, con lo que estaba sucediéndole en esos momentos. Porque el dolor de cabeza comenzó exactamente a la misma hora de siempre, solo por eso, él supo que eran más de las nueve de la noche.
"¿Puedes oírnos, verdad?"
"Sabes que lo quieres…"
"¡Libéranos, hijo de puta! ¡Libéranos!"
"Oh… pero si tienes miedo…"
"Nosotros somos el miedo, somos la oscuridad"
"Somos tú."
"Somos tus sueños más oscuros, tus instintos más bajos"
"Tú eres el monstruo"
"El asesino"
"Mátalos, ve a la ciudad y mátalos a todos"
"Deshoyalos vivos, comete sus miedos, arranca con tus dientes…"
"Traga la carne fresca, Uryuu, cómela como si fuera tu ultima cena"
"Bébete la sangre del corazón…"
"…Y luego arráncales los ojos"
"Puedes sacrificar tres niños, novato…"
"Comete su corazón mientras siga latiendo"
"Cóseles la boca y rellena sus ojos con arena…"
"Quítales las piernas… pedazo por pedazo…"
"Córtales la polla… y viola a las mujeres…"
"Deja tu semilla en un vientre fértil…"
"Para que nosotros…"
"Volvamos a nacer."
"No, Uryuu… No estás loco…"
"Solo estas… dormido, profundamente dormido…"
"Y nosotros, te ayudaremos…"
"¡A DESPERTAR!"
—¡Cállense! ¡Por favor, cállense! ¡Cállense! ¡Cállense! ¡CÁLLENSE!
Con fuerza, el hombre se golpeaba a sí mismo la cabeza, sabiendo que tendría que reprimir a las voces hasta llegar al cuarto que estaba alquilando. Maldita la hora en la que no había llevado los calmantes consigo.
Fue entonces cuando sintió una mano extraña levantarle el rostro en la oscuridad.
Lo primero que vio fue rubio, cabello rubio en contraste con unos bellos ojos y piel morena como el carbón. La mujer lo miraba como si estuviese analizando sus facciones, evaluando su siguiente reacción. Él podía sentir como las voces comenzaban a hacerse más fuerte y los instintos de coger ese rostro y arañarlo hasta desfigurarlo, de enterrar sus uñas en sus ojos y sacárselos de un tajo comenzaban a ser cada vez más incontrolables. Las manos le temblaban y cogió a la mujer por los antebrazos, clavándole las uñas. No podía hablar, sentía que lo único que saldría serian gemidos y gruñidos animales. Su imaginación había volado hacia un punto de no retorno y, maldición, si mataba a esa mujer Byakuya lo mataría. Esa idea no le preocupaba en ese momento. Lo único que le preocupaba era calmar esos instintos que le hacían temblar y le tenían duro ahí, entre las piernas. Las malditas voces hacían que su cuerpo se sobreexcitara como un animal en celo. Eso no era normal.
Nada humano iba a salir de él en esos momentos.
Al parecer la mujer entendió su suplica por lo miro por última vez y se levantó, dejando al muchacho de rodillas sobre el césped del cementerio. Él pensó que iba a huir, como todo ser humano normal, sin embargo, le cogió del pescuezo y le volvió a mirar. Esta vez, sus ojos resplandecían de la misma manera que lo había hecho la lapida de Hisana Kuchiki, blancos, como si no hubiese nada ahí.
Las voces desaparecieron de inmediato.
Él jadeó, sintiéndose consumido por un calor confortante.
—¿Qué…? —intentó hablar.
—Tienes muchos demonios dentro de ti…
Uryuu se sentó lo mejor que pudo, ocultando su evidente vergüenza, y la miro con ojos cansados.
—¿Quién eres?
La mujer, que llevaba un traje de color blanco y negro, era sumamente hermosa. De hecho, era una de esas personas que poseía una belleza extraña. Algo no humano. El mero pensamiento le hizo llevar su mano al bulto en donde se encontraba su revolver.
—Tus demonios no son de posesión; han sido insertados con tecnología fuera de este tiempo.
—¿Qué? ¿Qué quieres decir?
Los ojos de la mujer seguían siendo blancos, no obstante, el color estaba desapareciendo, dejándolos como antes.
—Mi nombre es irrelevante. Pero el tuyo es imprescindible, porque has llegado al lugar equivocado, en el momento… correcto.
—Uryuu… —susurró.
Ella se quedó muda por un tiempo no tan largo, solo contemplándolo con sus ojos ahora normales. Él podía sentir como atravesaba su cuerpo y veía su alma de frente. De pronto, todos sus miedos pasaron frente a sus ojos, desde esos ruidos bajo la cama, las sombras que pasaban de su armario a su ventana, los ojos sin vida de esa niña en el departamento de Kuchiki, Hisana, el día de lluvia, la llegada de Ichigo, sus quince años hasta el último de estos: las cartas de su padre, las que aun enviaba cuando estaba en Vietnam. Comenzaba a sentirse más débil de lo normal, como si estuviesen absorbiendo su energía poco a poco. Quizá fue producto de su imaginación, no lo sabe con exactitud, pero puede ver, tras la oscuridad de la noche, como un flujo blanco conectado a su corazón pasa de él hacia la mujer morena frente a él. Quizá las voces estaban a punto de venir y eso fuese un efecto colateral. Ella corto la afonía, así como el flujo blanco entre ellos.
—Uryuu, nombre japonés que significa Dragón de lluvia, naciste el 6 de Noviembre del '45, meses después del término de una guerra que no fue tuya. Hijo de Kanae Katagiri y de Ryuuken Ishida. Tipo de sangre AB… y, estas poseído… por tus miedos. Significas la destrucción. Eres una bomba de tiempo andante…
—Lo de la bomba —se rio sin ganas—, ya lo sabía.
—Y haz venido a recuperar tu honor.
Ishida levanto la mirada, mirando a la mujer con determinación.
—¿Quién eres? —espeto con dureza.
La mujer no se inmuto.
—Más que tu honor—se cruzó de brazos—, haz venido a recuperar la dignidad que Byakuya Kuchiki te arrebato. No… —sus ojos se afilaron aún más—, que el mundo te quito.
Al escuchar el nombre del magnate, este desenvolvió el arma y le apunto. Saco el seguro para que ella viese que iba en serio.
—Escucha, no sé quién mierda seas pero si vienes de parte de él, te advierto, no te será tan fácil matarme.
—No quiero matarte.
—Entonces, ¿cómo es que sabes todas esas cosas de mí? —Ishida apretó el agarre sobre el arma. Se sentía paralizado. Hace unos minutos había estado preparado para morir pero ahora… ahora, viendo a la mujer, se decía que no, no podía sucumbir ante Kuchiki. Ya le habían arrebatado lo suficiente— La única manera viable es que él te haya dado un informe detallado, así qué, ¿quién eres? ¿Trabajas para Urahara? ¿Ahora se ha cansado de hacer el trabajo sucio?
—Kisuke Urahara —él vio como saboreo el nombre del sicario como si fuera un viejo amante—, hace mucho que no había escuchado hablar de él. —La sonrisa que le dirigió fue opacada por el gesto retorcido que se podía percibir en su rostro— Al parecer algunas cosas no cambian.
—¡¿Quién mierda eres?! —Sacudió el arma frente a ella.
La mujer no se inmuto y giro su rostro hacia la lápida en la que estaban los matorrales.
—¿Sabes el significado de la última frase, Uryuu?
El hombre se quedó mirándola con extrañez.
—¿De qué demonios hablas? ¡Dime quien carajos…!
—¿Dónde está La viuda Negra?
Ishida negó varias veces con la cabeza.
—No sé de qué hablas.
La afonía volvió entre ellos hasta que ella se puso en cuclillas y le miro con un rostro deformado por la luz de la luna. Parecía una bestia acorralando a su presa. Él era la cena.
—¿Dónde… —de su cinturón saco un pequeño cuchillo que refulgió a la luz de la luna— está… —lo movió hasta ponerlo cerca de su garganta. El arma perdía sentido en momentos como ese— La viuda negra?
Uryuu Ishida no entendía. Él sabía muchas cosas, era muy inteligente, pero, ¿por qué esta mujer le estaba preguntando sobre un arácnido sumamente venenoso? Por lo que él sabía, en Nueva Orleans no podías encontrar de ese tipo de animales, así que, no, no entendía.
—La viuda negra… se encuentra en la selva amazónica, en Nueva Orleans no podrás…
Rápido y casi indoloro. Él vio como la mujer le cortó una de las venas de sus brazos, haciendo que el arma cayese sobre la lápida de Hisana Kuchiki, esparciendo una cosa roja por todo el lugar, embarrándolo como si fuese impuro. Esta vez, la sangre era real porque el dolor era palpable. Así como el grito que llego de lo más hondo de su rota garganta. Con las pocas fuerzas que le quedaban, intento detener la hemorragia que emergía de su brazo mientras veía como la mujer lamia el filo del cuchillo, saboreando su sangre.
—Lo repetiré, una vez más: ¿Dónde está La viuda negra?
Ishida respiraba agitado, no sabía exactamente que responder y tenía la ligera impresión que, pasase lo que pasase, la respuesta siempre iba a ser incorrecta. Así que, sabiendo que todo iba a terminar de una forma u otra, decidió que no se iría de ese lugar sin pelear un poco. Sacando fuerzas de donde sea, se levantó rápidamente y le pateo las pantorrillas, haciéndola caer junto con él sobre la grava del camino. Pudo ver que ella quedo inmóvil por un momento así que se arrastró todo lo que pudo hasta caer recostado sobre la lápida de Hisana Kuchiki, tosió un poco de sangre, volviendo a manchar el mármol mientras intentaba hacer un torniquete con un trapo que había cortado de sus propios pantalones. No iba a morir en un maldito cementerio de Nueva Orleans, por su madre que no lo iba a hacer. Así que, cuando el torniquete estuvo hecho, intento inmovilizar su brazo para no desangrarse más de lo normal pero lo sentía, su cuerpo se estaba cayendo a pedazos otra vez y las voces regresarían con fuerza. Así que, cuando cerró fuertemente los ojos y los volvió a abrir, se encontró con el blanco nombre de Hisana manchado con impuro rojo.
Esta vez lo pudo leer. Claramente.
Sintió un tirón sumamente fuerte en sus cabellos que lo elevó un par de centímetros del suelo. Podía sentir el cuerpo femenino sobre su espalda, ahogándole y, por supuesto, el filo de ese cuchillo naval sobre su garganta.
—¿Dónde está… —apretó un poco la navaja, sacando pequeñas gotas de rojo de su arteria principal—… La viuda negra?
Esta vez no podía equivocarse.
Él lo sabía.
—Aquí.
Lo último que vio antes de recibir el golpe más fuerte de su vida, fueron las palabras ennegrecidas y el blanco mármol tintado en pequeñas gotas de rojo. Supo que no estaba muerto porque sintió como era levantado de la grava por unos brazos femeninos y algo fuertes, la brisa nocturna, ya calmada, le revolvía los cabellos y sus lentes estaban torcidos. Le molestaba tenerlos de esa forma pero su brazo no reaccionaba. Así que, con un poco de esfuerzo, abrió uno de sus ojos. La morena tenía un brillo sobrenatural en sus ojos, como si estuviese convocando algo, de pronto, esos ojos lo miraron imperceptiblemente provocándole un escalofrío ante la sonrisa macabra que le dirigió.
Con eso en mente, cerró los ojos, dejándose llevar por la inconciencia y solo escuchó, como un murmullo, lo que ella le dijo.
—Por cierto, mi nombre es Tier Harribel.
2.-
25 de febrero de 1969.
Estado de Nueva York, Manhattan.
Una estruendosa canción se escuchaba a la lejanía mientras el hombre rubio que estaba dentro de la cabina telefónica intentaba calmar la creciente migraña que se había formado justo entre sus ojos. En serio, ¿acaso nadie le iba a proveer de buenas noticias? ¡Hombre! ¡Llevaba días, no, SEMANAS, intentando encontrar la información que a Yoruichi le había tomado horas conseguir! Definitivamente era un reto y él, como buen hombre orgulloso que era, necesitaba vencerle porque sí, porque sabía que estaba cerca de algo sumamente importante y conocía demasiado bien a su mujer como para saber lo muy cabreada que estaba en esos momentos. Urahara alejó el auricular del teléfono público ante el potente grito que se escuchó desde el otro lado de la línea.
—¡No me estas escuchando, bastardo!
—Es imposible no hacerlo, Yoruichi —dijo, con un tono divertido en su voz— creo que media cuadra te ha escuchado maldecir mis pelotas y las de Kuchiki…
Yoruichi gruño cual león y él simplemente soltó una risita. Era tan divertido provocarla.
—Tú y ese idiota van a terminar desollados en cuanto los vuelva a ver… ¡Ni se te ocurra regresar al café, Urahara! ¡Te juro que te castraré de la manera más sádica e imaginativa que puede haber!
El hombre soltó una risotada que solo sirvió para alterar más a la mujer.
—Oh, te tomaré la palabra, no creo que regrese hasta dentro de un par de días más. La investigación me está tomando más de la cuenta y estoy encontrando cosas muy… —su tono de voz se volvió más delicado— interesantes.
La mujer chasquea al tiempo que le habla— Por la carta que recibí hace unas horas, asumo que estas en buen camino…
—Se podría decir.
—Kisuke…
El hombre pudo reconocer la preocupación en el tono de voz de la mujer, haciendo que sus egoístas sentimientos fueran más fuertes. La decisión había sido tomada desde que Kuchiki le habló sobre la misión: estaría solo, porque no había ninguna maldita forma en que él metiera a Yoruichi en eso. No otra vez. Urahara sonrío a la nada a través del teléfono, sabía que ella no lo podía ver pero aun así, quería transmitirle sus pensamientos, hacerle saber que estaba bien, que nada de lo que hacía era peligroso, no en su total magnitud. Quería que comprendiera porqué había decidido hacerlo solo; sin embargo, dudaba que ella fuese comprensiva. ¡Era Yoruichi por todos los santos! Ella era una mujer de armas tomar, de estar metida en el campo de batalla y no mostrar dolor ante las heridas, por muy profundas que estas sean. Y aun así…
No podía dejar de pensar en cómo le temblaban las manos ese día con Kuchiki, cuando a él le fue asignada la misión.
A pesar de todo, había tomado la decisión correcta: Se hundiría solo.
—¿Sigues ahí?
La voz, ahora más calmada, lo sacó de sus pensamientos. Se aclaró la garganta rápidamente, intentando dejar a sus fantasmas a un lado.
—Sí.
La escuchó suspirar.
—Solo… ten cuidado, ¿vale?
Él volvió a sonreír.
—Lo tendré.
—Eres tan…
—¿Valiente? ¿Un excelente esposo? ¿Mejor empresario que Kuchiki? —la diversión en su voz era palpable.
La escuchó reír suavemente y fue como si un baño de agua tibia y cálida lo inundara por completo, haciéndolo sentir febril y necesitado. Dios, como deseaba regresar a casa.
—Tan imbécil… —susurró— Siempre intentas protegerme y te olvidas de protegerte a ti mismo.
—Sabes porque lo hago —susurró, sintiendo desaparecer esa sensación de calor.
—Lo sé, pero te importa una mierda lo que yo sienta, ¿verdad?
—Eso no es verdad…
Un silencio roto inundo la línea telefónica, solo cortado por la acelerada respiración de la mujer al otro lado de la línea.
—¿Sabes qué? Para otra ocasión, puedes simplemente preguntarme, Kisuke, y decirme "No te involucres". Con eso habría bastado pero no, tuviste que hacer todo a mis espaldas, como siempre, contactar a las personas equivocadas y cagarla monumentalmente. No es como si eso fuese tan extraño en tu forma de trabajar…
Urahara calló y acepto todo lo que la mujer le decía.
—Creo que alguien te está esperando para una charla "informativa", no te demoraré más.
—Espera…
—No —le cortó—, ¿por qué debería de esperarte? Tú nunca lo has hecho, así que hagámonos un favor a ambos y solo…
Bufó exasperado.
—¡Te estas comportando de una manera infantil!
—No, me estoy comportando como la espía indignada qué ha sido embaucada por un sicario que le ha robado todos sus contactos, los equivocados para el colmo de todos, y que ahora va a necesitar una buena coartada para que su cabeza no termine colgada en el puente de Nueva York porque el estúpido sicario cometió un simple error. ¡Un puto maldito error!
—¡No fue mi intención! ¡Yo no sabía…!
—¡Exacto! ¡No sabes nada! ¡Te metiste en mi territorio y ahora me has jodido de una manera que jamás imagine que lo harías! ¡¿Cómo carajos voy a explicar esto?!
Urahara apretó los dientes, rumiando algo incomprensible.
—Te has pasado del límite y habló en serio —la mujer se oía dolida y traicionada. Él se quiso abofetear por ello—, lo mejor que puedes hacer ahora, por los dos, es ir a esa reunión e intentar que no ahonden más en el asunto porque si se llegan a enterar, Urahara…
—No lo harán —replicó con voz firme.
—Por tu bien y el mío, asegúrate que no. Tú no sabes lo que pueden llegar a hacer.
—No debe ser peor que los rusos.
La voz de la mujer se escuchó baja y muy fúnebre, como si estuviese recordando algo horrible.
—Créeme, no quieres averiguarlo.
La llamada se cortó al segundo.
El hombre rubio suspiró audiblemente y colgó el teléfono para salir a las abandonadas calles de un helado Manhattan. Se arregló una vez más el tupido abrigo color café mientras sacaba un pequeño papel de la manga del mismo con una dirección apenas legible. Aumento la rapidez de los pasos ante la llegada de la hora acordada. Urahara Kisuke era un hombre de principios que no seguía muy a menudo porque su trabajo era totalmente opuesto a lo que dictaba su moral y no es que no deseara ser un hombre de bien, ni el típico modelo americano. Lo que sucedía es que había tomado las decisiones equivocadas en los momentos decisivos de su vida, como aquel, en el que había robado la información que a Yoruichi le tomó más de una década recolectar. Desde contactos hasta notas plausibles sobre el caso, todo para terminar en la misma conclusión, sin ninguna recomendación o pasos a seguir. Urahara sabía perfectamente en qué se estaba metiendo cuando aceptó la misión de Kuchiki, semanas atrás. Conocía los riesgos a tomar y también los errores que podían haber, pero no se había imaginado que podría meter a Yoruichi dentro del saco. No, por supuesto que no, solo la había delatado ante sus enemigos porque dejo escapar su nombre en una de las conversaciones y ahora las consecuencias se estaban haciendo visibles cada vez más y dependía enteramente de él recuperar el anonimato antes que todo se fuera de verdad a la mierda.
Surcó algunas calles, acomodándose el vistoso sombrero verde con blanco, intentando mezclarse con la nieve. Claramente ir vestido de esa forma no era el sinónimo de sutileza pero que se le iba hacer. Se alejó un poco de los suburbios, metiéndose de lleno en una desolada área de la ciudad donde solo habían viejos edificios sin ningún valor agregado. El lugar perfecto para una conversación secreta.
Volvió a releer la dirección y se encaminó hacia un bloque en particular, uno que estaba algo más chamuscado por el fuego y que despertaba el morbo en algunas personas de los alrededores. Ese sitio había sido, en su momento, una de las áreas mejor vistas en los suburbios de Manhattan hasta que el incendio del 67 lo destruyó todo, dejando solo ruinas de lo que alguna vez fueron los apartamentos mejor vendidos de la ciudad. Salió en las noticias locales y creyó escuchar algo en Nueva York; sin embargo, las autoridades no le dieron el reconocimiento adecuado debido a algunos pequeños percances que se vivieron durante y después del fatídico suceso. En su momento, Urahara había dudado de los contactos de su mujer al ver varios recortes de periódicos dentro del sobre de información, todos relacionados al atentado; no obstante, la última conversación que había tenido con la persona de confianza, donde la había jodido ya que estamos, le dejó un mal sabor en la boca con respecto a ese lugar. Ahondando más en el tema, llegó a descubrir el por qué nunca se llegó a saber más de ese tema ni por qué jamás se envió al FBI a investigar la muerte de esas cincuenta personas: alguien había donado una exorbitante suma de dinero a la cuenta de la policía estatal para cerrar el caso y darlo como inconcluso. Todo mediante una cuenta falsa, con nombres falsos y compañías fantasmas, de esas que maneja Byakuya Kuchiki.
Cuando llego al edificio donde se había iniciado el incendio, decidió que estaba soberanamente jodido por todos los lados y se preguntó: ¿Por qué Kuchiki lo había mandado a investigar algo que él mismo había provocado? No tenía una respuesta clara, ni siquiera una teoría propiamente dicha porque no tenía todas las piezas del rompecabezas. Pero claro, debería de haberse acostumbrado a no tener todas las pistas después de tanto tiempo trabajando con el magnate. Suspiró imperceptiblemente y se deslizo a la parte de atrás, a la cochera del lugar. Al llegar, alzo una ceja divertida.
—Es una forma poco común de tener una charla informativa.
Ahí, en letras de neón sobre una puerta totalmente negra, la frase "Toca si te atreves" invitaba a los curiosos a salir huyendo o a enfrentarse a la furia que residía dentro del edificio quemado. Sin embargo, él había sido previamente invitado vía telefónica así que decidió que ya no tenía nada más que perder y toco dos veces la puerta, espero los diez segundos reglamentarios y azotó tres veces la puerta con todas sus fuerzas. Casi de inmediato, una pequeña puerta a la derecha se abrió imperceptiblemente sin nadie que saliera a recibirlo. Urahara sonrió de lado, estaba acostumbrado a este tipo de situaciones así que, sin meditarlo mucho, entro al lugar.
Lo primero que sintió al cerrar la puerta fue el cuchillo, filudo y algo oxidado por el olor que despedía, sobre su garganta.
—¿Contraseña? —rumió la voz a sus espaldas.
—Vizards.
La mujer, porque podía sentir sus tensos senos sobre su espalda, soltó el cuchillo y lo empujo levemente al pasar delante de él.
—Sígueme —le ordenó.
Ambos caminaron por el estrecho pasillo húmedo. El rubio se preguntaba quien en su sano juicio podría constatar una cita en un lugar como ese, digo, era el último lugar en el que hubiese imaginado estar, sin embargo, ahí se encontraba, intentando arreglar lo que había fastidiado. La muchacha se detuvo de improviso y Urahara pudo escuchar el ruido de unas llaves moverse con apremio sobre una cerradura. En cuanto abrió la puerta, la luz del lugar lo cegó por un momento. Cuando pudo enfocar su mirada nuevamente, sintió como algo duro y blando a la vez lo noqueaba hasta dejarlo boca arriba.
Los gritos no se inmutaron ante la presencia de Urahara.
—¡Idiota! ¡Ten más cuidado con eso! ¡Ya llevas más de una hora con tu puta rabieta!
A la distancia, el invitado escuchaba en el tocadiscos de la casa una de las canciones más famosas de los Beatles: Obladi, Oblada.
—¡No me interesa! ¡Es tu culpa, dentudo, por haber usurpado mi refrigerador!
La visión de Urahara volvió a la normalidad cuando le quitaron la sandalia de sus ojos y vio a la pequeña figura de una mujer rubia sobre él.
—¡Oye, Shinji! ¡Creo que he matado a Urahara!
—¡Y una mierda! ¡No te vas a escapar de esta! ¡Me debes una disculpa por todo esto! —Gritó, señalando su rostro completamente rojo y con marcas de la sandalia de la chica por todas partes.
—¡¿Qué me disculpe?! ¡Tú eres el que debe disculparse conmigo! ¡Tomaste mi cena del refrigerador!
—¡No fui yo!
—¡¿Y entonces, quien?! ¡El único aquí que repite la cena eres tú! ¡Así qué ya estas empezando a rogar de rodillas y besar mis pies porque no tengo todo el puto día!
—¡Coño, Hiyori! ¡Eres tan…!
El hombre lo había visto venir, por lo que se agacho a tiempo para no recibir el otro zapato de la mujer. La pared no corrió la misma suerte.
—¡No te atrevas a terminar esa oración!
—¡Marimacha! ¡Intento fallido de mujer! ¡Mono de circo! ¡Eso es lo que eres!
Esta vez, el puño de la rubia lo mando directo a un pequeño viaje a la inconciencia mientras que Urahara observaba desde el suelo como Hiyori descargaba su furia contra el pobre hombre que yacía entre la vida y la muerte a un lado del salón. El del sombrero quiso hablar pero la mujer a su costado lo detuvo.
—Yo no haría eso si fuera tú.
—Risa, se están matando.
—Nada a lo que no estés acostumbrado. —dijo, con tono aburrido, mientras sacaba un pequeño libro de su bolsillo y se recostaba en la pared más cercana.
—Pero…
—Si valoras tu vida, como creo que lo haces, los dejarás sacarse la mierda hasta que ella se canse o él se ponga verdaderamente molesto.
—¿Y cuándo sucederá eso?
Ambos observaron como Shinji volvía de entre los muertos y comenzaba una pelea cuerpo a cuerpo contra Hiyori, la cual, para ser pequeña, era bastante fuerte. Urahara sonrió, ella le hacía recordar muchísimo a Rukia Kuchiki.
—Dentro de unos minutos más, créeme, se ponen realmente cachondos cuando terminan de tener una pelea monumental.
Urahara alzó una ceja pervertida.
—Y tú estás en primera fila para verlo, ¿verdad?
Los ojos de Risa brillaron malignamente.
—Eso ni se discute.
Sin embargo, la pelea no duro lo suficiente porque, a pesar que a Urahara le habría encantado ver como ambos tenían uno de esos famosos encuentros post pelea de los que tanto se sabían en los escuadrones, él tenía un horario que cumplir. Y los otros contactos no esperarían como Shinji y Hiyori lo habían hecho. Los otros tenían menos temperamento, así que, y en contra de su mejor juicio, aplaudió sonoramente en la estancia, haciendo que ambos tortolos giraran sus cabezas hacia él y lo miraran como si fuese la tercera rueda de un gran y hermoso sistema que solo debía de tener dos para que funcionase perfectamente. "Están hechos el uno para el otro, aunque ninguno de los dos lo admita" pensó, mientras elevaba la comisura de sus labios en una sardónica sonrisa.
—Lamento interrumpir su festival de amor —la ironía en su voz era una de sus tácticas más famosas con ese par. Era eso o dejar que se lo comieran vivo—, pero desafortunadamente el tiempo que me han concedido no es el suficiente para la plática que nos espera.
El hombre rubio vio como ambos se miraban y solo mostraban muecas desenfadadas, como si no se hubiesen estado matando dos minutos antes.
—Bueno, bueno, bueno —la cínica sonrisa que apareció en el rostro de Shinji lo descoloco un poco, pero luego recordó la forma de ser del antiguo capitán y se sintió más aliviado. Él sabía aparentar tan bien como él—. Supongo que las cosas no han cambiado mucho desde Alemania, ¿no, Kisuke? —Sin embargo, la risa macabra que surgió de su garganta le puso la piel de gallina—. O quizá deba preguntarle eso a Shihouin, que, ya vez, es la que maneja todo este entremés de dimes y diretes.
—Tú lo has dicho.
El hombre dejo de sonreír y los ojos se volvieron oscuros.
—Seré directo, ¿qué es lo que buscas?
Esta vez, el turno de sonreír cínicamente fue del rubio hombre de sombrero verde con blanco.
—Quiero la información que manejan tus espías, Hirako —cuando el hombre vio que el otro rubio de dientes extraños abrió sus ojos con sorpresa, éste se sintió satisfecho. Habia logrado cerrarle la boca a ese cretino—. De hecho, contacte con uno de ellos hace unos días, cortesía de mi dulce y devota esposa, por supuesto —escucho una exclamación de incredulidad en la voz del hombre pero no se detuvo—. Me dijo una de las cosas más interesantes que he podido escuchar. Una historia de hecho, de esas en las que los malos siempre ganan porque, lamentablemente, ellos tienen razón. Pero los buenos, los que quieren paz, los maldicen y los hunden. Al final, nadie gana, todos pierden y no hay vencedor. Solo una persona que maneja todo desde lo alto; un dios. El dios de la muerte.
Esta vez, la voz de Hiyori se hizo escuchar entre los hombres.
—La vieja historia de la viuda negra —la voz de la mujer, a pesar de su altura, fue profunda y macabra. Ocultaban algo, de eso Urahara podría apostar su vida—. Creo que ese estúpido que tienes como espía, Shinji, no le ha dado una información verídica a nuestro huésped —la sonrisa de la mujer se extendió en todo su rostro, haciendo que sus ojos verdes resplandecieran y que las pecas se acentuaran en su pequeña nariz—. Te lo contare:
"Erase una vez, hace muchos años atrás o quizá en un mundo paralelo, una tierra rica y basta, repleta de tecnología y nuevos descubrimientos. Era la tierra prometida. En esta, habitaban colonias de gobiernos que manejaban todo desde el gran epicentro del mundo, no tenía nombre verídico, todos lo llamaban 'la isla de las flores'. Un lugar donde las rosas florecían en todas las épocas del año, donde nunca nevaba ni había accidentes; todo era perfecto. La perfecta ciudad utópica donde nada podría salir mal porque era matemáticamente imposible que fuera así. En realidad, esta utopía era una farsa, nadie lo sabía por supuesto, solo los grandes comandantes que regían las colonias. Esta tierra vivió por miles y miles de años en una conmensurable paz proveniente de la mentira más grande de todos los tiempos; sin embargo, un día cualquiera, uno de los comandantes, el más joven, decidió que lo que hacían estaba mal, que se debía de imponer una nueva forma de gobierno para poder hacer de ese lugar aún más perfecto de lo que era. El joven ambicioso lo quería todo, desde el reconocimiento por el cambio hasta que las flores crearan una nueva combinación de colores que lo conmemore solo a él. Así que, otro día cualquiera, el joven comenzó su plan de perfeccionar lo perfecto y se dio cuenta, tarde, que aquello no era posible si no destruían antes lo antiguo perfecto. Ya no se trataba de perfección, sino de avances, de descubrimientos. Y la guerra comenzó."
"Se luchó durante cien días, noventa y nueve horas, cuarenta y nueve minutos y siete segundos exactos. Las colonias contra la ciudad utópica, el clásico golpe de estado y toma de poder. Sin embargo, cuando los 'buenos' derrotaron a los 'malos' y se hicieron con el premio mayor, este resulto ser peor que la vacuna que intentaron inyectar en el pueblo. El joven, sediento de poder, intento reparar las cosas y vio, con horror, como los campos morían, como el ganado se debilitaba y las rosas dejaban de florecer. Y nadie se dio cuenta que los malos comenzaron su ofensiva, hasta que las bombas cayeron sobre los civiles y mataron a todos y cada uno de los buenos. El joven se quedó atónito ante el mar de sangre y carne quemada que se extendía en toda la ciudad. Ya no quedaba más que cenizas de lo que alguna vez fue su hermosa y perfecta utopía. Embelesado como estaba, no vio a la persona que estaba detrás de él hasta que sintió el cuchillo, filudo, cortar su carne y hacer un sonido seco al arrancarle la vida desde dentro. El muchacho cayó y vio a su atacante, sorprendiéndose de no haber visto nunca a esa persona. Con sus últimas palabras, le pregunto quién era y la extraña figura de negro se quitó el velo, revelando el rostro de una hermosa mujer de fríos ojos blancos. 'Nunca viste más allá de tu ambición' dijo 'nunca viste más allá de tus narices' recalcó 'por eso nunca supiste que era lo que mantenía matemáticamente perfecta a tu utopía' susurro, observando como el hombre se ahogaba en su vomito 'solo sabias que estaba mal, sin saber exactamente cómo o porqué.' Se arrodillo ante él y le acaricio la mejilla, se acercó a su oreja y le dijo 'yo soy la que mantenía a tu ciudad en pie, la que hacía que todo se moviera y floreciera de forma mágica."
"Yo soy la viuda negra, la que todo lo ve y lo sabe. La que desafío a la muerte una y otra vez y ahora tu continuaras mi legado en compensación por tus crímenes."
"La ciudad utópica desapareció sin dejar rastro de la faz del universo más que una tierra árida y llana que nunca crecería porque habia sido habitada por malos espíritus. Sin embargo, lo único que no se habia ido era el joven ambicioso que se despertó, horas después, en la tierra árida y comenzó a caminar hasta el poblado más cercano. Los pobladores lo atendieron bien y, en la noche, cuando la enfermera le pregunto su nombre, él solo pudo susurrar: 'muerte, soy la muerte'. Esa noche, todos en la pequeña ciudad desaparecieron misteriosamente y solo hubo un sobreviviente. Se cuenta, que ese joven hombre vagó por el mundo entero causando caos y dolor, hasta encontrar a otro huésped que sea ideal para el don: ambicioso, malvado y perfecto; para así poder maldecir al mundo hasta el fin de sus días."
La voz de Hiyori Sarugaki se cortó de pronto y Urahara se sintió salir de un trance en el que la historia habia cobrado vida frente a sus ojos. De hecho, él podría dar su mano derecha a que habia visto una ilustración precisa de todos los hechos en su cabeza, dentro de su cráneo. Sin embargo, al hacer una observación panorámica, no era solo él quien se habia quedado estático y atento ante el relato de la mujer. Lisa y Shinji parecían haber entrado en el mismo trance, pero, a diferencia de él, ellos sabían disimular bien. Lástima que Urahara era mejor que ellos.
—Así que, —su voz sonó rasposa— este mito o cuento fantasioso, ¿tiene algo de real dentro de él, no es así?
Shinji chasqueo los labios y miro a la menuda mujer.
—Creo que es mejor que nos dejes solos, Hiyori.
—Y un cuerno, ya le mostré el preludio de la historia, seria inadecuado no mostrarle el final.
El hombre rubio vio como el espía se tensaba sobremanera ante la mención de las palabras de la mujer.
—Te he dicho que te largues, mujer mono.
La mujer se volvió hacia él y su mirada, verde contra ojos almendrados, le hizo retroceder. De hecho, le provoco más que un estremecimiento.
—Y yo te he dicho que me voy a quedar. Yo he recolectado la información que está pidiendo, nada que no sepa, de hecho.
Urahara se tensó ante la mención de la información. ¡Mierda! ¡Se habia vuelto a meter en un lugar donde no sabían nada y, para joderla más, habia dado razones para sospechar de él! De él y de Yoruichi.
—Explícate, Sarugaki.
—Esta idiota —Shinji le dio un leve coscorrón en la cabeza—, no va a decir nada sino está frente a mi o Lisa, así que es mejor tomar asiento, viejo amigo.
Urahara vio como Lisa se acomodaba en uno de los sofás cerca del toca discos que hace rato habia dejado de emitir sonido alguno. Hiyori se sentó cerca de Lisa y el hombre tardo un rato más. Al regresar, el rubio volvió con una botella de Whysky etiqueta negra de la más exquisita marca. Bueno, pensó Urahara, a pesar de vivir en una pocilga pueden dar la bienvenida a sus invitados de la manera adecuada. Shinji le ofreció un vaso y él, gustoso, acepto. Más que cortesía, necesitaba ahogarse en alcohol para poder sobrellevar la sobrecarga de información que Hiyori habia soltado con esa historia. La historia de la viuda negra.
¿Qué demonios tenía que ver eso con el problema de Kuchiki?
Ninguna, se dijo a sí mismo, están jugando con mi mente para ver si dejo caer mis barreras.
—Bueno, primero que nada, estipulemos el pago.
Sonrió. Ellos eran así de previsibles.
Metió su mano dentro del abrigo negro y de este saco un sobre grueso, algo arrugado por haber sido transportado de manera inadecuada. Lo colocó sobre la mesa de estar y lo empujó hacia el otro hombre que estaba frente a él. Shinji abrió la encomienda y sonrió.
—Bien, creo que todo está en orden entonces.
—¿Cuánto? —rugió Hiyori.
Shinji sonrió.
—Dos millones de dólares en efectivo.
La mujer relajo el ceño fruncido y asintió con la cabeza.
—Confío —hablo el hombre rubio con el sobre en la mano— en que el dinero que me has entregado sea exacto en su cantidad. Porque ya sabes lo que sucede si no es así, ¿verdad, capitán?
Kisuke se tensó ante el nombramiento de su ex cargo. Cuando las cosas no podían ponerse peores.
—Creo que, después de tantos años, el que desconfíes de mi es un insulto.
—Y yo creo que tengo todo el derecho de desconfiar sabiendo cómo me dejaste tirado la última vez, ¿no?
—Touche.
Shinji sonrió.
—Bien, entonces —junto sus manos, haciendo un sonido hueco con ellas, y las froto para dar comienzo—, comencemos. Según los reportes de mis asociados, en Vietnam las cosas no están para nada bien. Existen desacuerdos entre los pelotones, desorganización que proviene desde los altos cargos, por lo tanto, muchos de ellos están a la deriva en el campo de batalla. Los reportes no llegan a tiempo, cada semana un soldado se da por perdido en acción y nunca encuentran sus cuerpos. Es como si desapareciesen de la faz de la tierra.
El hombre del sombrero frunció el ceño.
—¿Cómo es eso siquiera posible? Se dé buena fuente que las reuniones de las divisiones con Nixon se han hecho casi inter diarias desde que Ryuuken Ishida y su hijo desaparecieron, utilizando tu tecnicismo, de la faz de la tierra. Incluso, el capitán y el teniente de la décima división fueron a Vietnam hace unas semanas para ver el estado de las tropas y de los comandos enviados. Nada nuevo, según su informe preliminar, todo, relativamente, en orden. Lo más relevante lo van a revelar mañana en la reunión que van a tener. Por la seguridad del país, sin Nixon.
—Es lo que hay, Urahara. —La voz de Hiyori le hizo voltear la cabeza hacia la menuda mujer que lo observaba con esos grandes ojos verdes que pretendían desnudar su alma y succionársela como si de una sanguijuela se tratase— Los comandos con los que tengo contacto han afirmado que existe un tercer infiltrado dentro de la zona de guerra. No existen pruebas sustanciales de quien o quienes puedan ser pero corre un rumor entre los soldados, uno que no beneficiaría a ninguno de los bandos.
—¿Cuál es?
La mirada de Hiyori esta vez paso a una de preocupación y Urahara tembló. Para que la mujer se preocupara de esa manera, tenía que ser algo realmente malo y grande.
—Se dice que este tercero infiltrado es quien se está llevando a los soldados. No solo americanos, también norvietnamitas. Y, como sus cuerpos nunca son encontrados, se está empezando a creer que los utilizan de cebo para operaciones secretas —La mirada de la mujer rubia se endureció y miro a sus compañeros. Urahara observo con miedo en la mirada como Shinji se tensaba visiblemente y como Lisa, que habitualmente no mostraba expresión alguna de sentimientos en su rostro, lo tenía severamente marcado por un ceño de preocupación—. Más específicamente, operaciones que tienen que ver con el gobierno americano en la creación de algo mucho peor que los reactivos que están usando. Se rumorea que la CIA está implicada en una operación para llevar a Vietnam al próximo siglo de las innovaciones bélicas, sabes a qué me refiero.
El hombre rubio se tensó visiblemente y cerró los ojos suspirando con preocupación.
—Una guerra biológica. Piensan que están creando un virus para poder terminar la guerra aún más rápido.
La rubia asintió con la cabeza, frotándose las manos con nerviosismo.
—No quieren terminar la guerra, en eso te equivocas —ante la perplejidad de la expresión de Urahara, la rubia aclaró: — Quieren mejorar el país. Esto, por supuesto, es solo un rumor, nada está confirmado realmente pero es un secreto a voces en todos los comandos de acción.
—¿Cómo es que esto no ha llegado a oídos de las divisiones?
Urahara sabia más cosas de las que planeaba dejar salir en esa reunión porque, y que Dios lo perdonara, no podía involucrar directamente a Kuchiki ni a su esposa; por más verídica o fatal que sea la información que le estuviesen dando. Él habia participado en una guerra, demonios, sabía que los rumores se esparcían como la pólvora en un buen día de matanza, sabía que los altos mandos eran los principales en incentivar ese tipo de ambiente entre los soldados porque les daba una razón para seguir peleando, algo que justifique el tomar un arma y arrebatarle la vida a otro ser humano. Sin embargo, lo que Hiyori le estaba diciendo… no, era imposible. En una guerra, los altos mandos colaboran en los rumores pero siempre son cosas del enemigo, cosas que no involucren a su país. Pero eso… ¿qué les daría a esos hombres en Vietnam la entereza para matar a alguien si se rumoreaba que su propio país está secuestrando personas de su propio ejército? Perderían la fe, la revolución comenzaría. Todo se volvería un caos sangriento.
Urahara conocía a Byakuya Kuchiki como la palma de su mano. Sabía que ocultaba cosas turbias, todos los grandes banqueros lo hacían. Le pareció contraproducente que le enviara a investigar cosas sobre Vietnam cuando él, con uno de sus infiltrados en sus filas, podría haber obtenido la información.
A menos que sea demasiado tarde.
"A menos que ya no se pueda confiar en los soldados porque ellos ya no confían en su país"
Y ese pensamiento le helo la sangre porque, entonces, ¿por qué Hitsugaya, el capitán del décimo escuadrón, habia dicho que todo estaba en orden? ¿Por qué no menciono nada sobre los rumores en su informe?
—Kisuke debes entender que no es así de fácil —esta vez la voz grave de la mujer de cabello negro lo saco de sus dudas interiores—, si el capitán ha ido a Vietnam y ha regresado sin ninguna novedad y, para más ileso, es porque no ha ido al lugar correcto.
—¿Qué…?
Lisa miro a Shinji y luego a Hiyori.
—Ustedes saben bien que yo jamás los traicionaría, pero esto… esto es más grande.
El hombre sentado frente a ellos la miro con determinación y una amenaza velada en sus ojos.
—¿Por qué deberíamos confiar en él? —dijo, dirigiéndose al otro hombre rubio en particular.
—Porque él es el único que puede averiguar porque está sucediendo lo que está sucediendo. —La voz de Lisa se elevó unos decibeles, haciendo que los vellos de los brazos de Kisuke se erizaran ante el amenazante tono con el que hablaba— Arriesgue mi maldita vida en ese lugar, Hirako. —El rubio abrió los ojos con sorpresa. Así que Lisa era la espía infiltrada de los Vizards— Sé que no quieres hablar de ello pero es necesario, es algo que cambiaría toda la perspectiva que se está viviendo. No fui y regrese del infierno para no averiguar que maldita sea está sucediendo en ese puto lugar. ¡No me voy a quedar sin hacer absolutamente nada!
—Lisa… —el susurro de Hiyori la calmo, así como también la firme mano que mantenía sobre su antebrazo— Yo no estuve de acuerdo en dejarte ir a ese lugar, sabes que no teníamos otra opción pero, ¿no podemos investigar primero y luego dar a conocer…?
—No, Hiyori, lo lamento, en serio lo hago —Miro a Shinji con determinación—. Sabes mejor que yo que esto escapa de nuestras manos, él puede ayudar.
Hirako Shinji era un espía de profesión, siempre apegado a su lema, el cual se repetía como una mantra: "Nunca reveles toda la verdad a un solo cliente porque siempre habrá alguien que pague medio millón más por un pequeño detalle inconcluso".
Él fundó su propia agencia de detectives privados, en el apogeo de la guerra fría, para poder solventar algunas deudas bancarias que lo estaban llevando a la ruina. Poco a poco, espías de varias naciones comenzaron a llegar, preguntando por él, infiltrándose en su empresa. A los tres años, Hirako Shinji era uno de los espías corporativos con una cartera de clientes tan amplia que hasta recordaba haber trabajado alguna vez para Kennedy. Lisa era una de sus más antiguas compañeras, de esas que conoces en el campo y sabes que le deberás tu vida incluso con el infierno ardiendo entre sus filas. Ella era una guerrera, no habia nada, o casi nada, que pudiese asustarla o hacerle dudar del objetivo que les habia inyectado cuando se unieron a su corporación. Ella siempre omitía las cosas apropiadas en los momentos precisos y los divulgaba al mejor postor. Por eso, cuando su compañera de campo regreso, demacrada y con una máscara extraña en sus manos, supo que algo malo habia pasado. Lo confirmo al ver sus ojos, vacíos y rotos. Era como si le hubiesen arrancado el alma en ese lugar y, después de escuchar su historia, Hirako no la culpo por nada porque era su responsabilidad y si ahora ella quería contar lo que habia visto y dejar que el mundo arda, bueno, no podría detenerla.
Así que, repitiéndose una y otra vez que los dos millones que le habia dado Urahara lo valían, Shinji le asintió con la cabeza.
"Más te vale no equivocarte, Lisa"
El intercambio de miradas entre ambos compañeros le hizo recordar a Urahara sus buenas épocas, esas en las que conoció a Yoruichi y veía, con asombro, como con una sola mirada hablarle en tantos diferentes idiomas. El hombre del sombrero carraspeó y le dirigió una mirada contrita al otro rubio frente a él, este solo suspiró y volvió a asentir con la cabeza.
Lisa se lamió los labios.
—Me infiltre a inicios de enero en las filas de Vietnam porque otro cliente habia llamado pidiendo el servicio regular solo que en otro país. El trato fue hecho y sabíamos que la información que obtuviese podría valer su peso en oro para otros clientes, como fue tu caso. Cuando llamaste a Hirako para preguntar sobre la información, me di cuenta que teníamos una pieza clave de un rompecabezas que nadie ha podido descifrar. Estuve un mes y dos semanas en ese lugar, logre infiltrarme en varios comandos de casi todas las divisiones y la información que obtuve fue irrelevante; sin embargo, hubo una noche, días antes de regresar a Estados Unidos, donde nos pidieron ir a reconocer una zona no conocida para el nuevo centro médico que iban a colocar. Todo habia ido a la perfección, ya sabes, la típica misión de reconocimiento hasta que escuchamos unas voces.
Urahara se tensó y la observo con detenimiento.
—Nos ocultamos entre los matorrales. Éramos solo yo y otros dos muchachos novatos, no teníamos armas de largo alcance pero podriamos matar si eran los norvietnamitas. Las cosas no se pondrían violentas si actuábamos como se nos habia instruido pero cuando vimos quienes eran…
Y temió lo peor. Él lo sabía, porque Byakuya se lo habia dicho, le creía porque sabía que el hombre no se jugaría con algo como eso. Sin embargo, oírlo de terceros era la confirmación de sus peores temores. Era regresar a las celdas de Moscú.
—¿A quién viste, Lisa? —pregunto cuidadosamente.
—Isshin Kurosaki, por supuesto. Con otros cinco hombres, revisando el terreno que íbamos a implementar nosotros como centro médico.
—Ya me habían confirmado, días atrás, sobre la mágica supervivencia de Isshin Kurosaki.
La mujer se tensó y le miró con rencor.
—¿Te confirmaron también que Ryuuken Ishida estaba con él, vistiendo una extraña túnica con figuras desconocidas?
La afonía sobrecargó el ambiente y Urahara solo abrió los ojos.
Vergonzosamente dejo caer su vaso de Whysky, que se hizo añicos sobre la dura alfombra de mimbre de la sala de estar.
No, definitivamente eso no se lo habia esperado.
—No puede ser cierto…
—Lo es —las palabras de Shinji sonaron amargas, como si algo crudo estuviese subiendo por su tráquea. Bilis, creyó— Ese bastardo se unió a Kurosaki y ahora, Urahara, viene la peor parte.
El hombre observó a la mujer morena, dándole permiso para decir lo que sea que hubiese recolectado.
—La conversación no fue muy esclarecedora en sí, hablaban en clave pero hubo un momento, un preciso momento, en el que nombraron a un hombre que me hizo pensar en lo que estábamos haciendo. Los hombres que tenía conmigo eran del sexto escuadrón, por lo que fue una sorpresa cuando Kurosaki mencionó a Byakuya Kuchiki en una oración coherente con lo que estaban hablando.
Y eso fue todo lo que necesitó para maldecirse a sí mismo, por ser tan crédulo.
—Ellos no nos vieron pero yo tuve que matar a los otros dos hombres y lanzar sus restos al rio más cercano. Esa información era demasiada valiosa para poder dejarlos ir como si nada. Fue una pena, la verdad. No se merecían morir.
—Dile la parte más interesante, Lisa —esta vez, fue Hiyori la que la incentivo a hablar.
¿Más?, se preguntó Urahara. No podía creer que hubiese algo peor en lo que decía. Hasta ahora, iba contando tres traidores entre las filas norteamericanas.
—Lo único que entendí con precisión fue que querían reactivar un proyecto, algo llamado "menos grande" que involucraría a miles de personas. Y luego, el resto era bazofia religiosa, como si estuviese viendo a unos fanáticos que quieren hacerlo todo por su objetivo.
—El proyecto "menos grande"… —susurró Urahara.
—Sé que tu participaste parcialmente en él, Urahara —la voz de la mujer rubia le hizo girar la cabeza y encararla—. Sin embargo, ningún espía ha logrado llegar al fondo de ese asunto, nadie sabe de qué trata ni como lo podrían reactivar.
El hombre rubio se tensó y cerró los ojos con complacencia.
—No puedo hablar de ello, Shinji, es algo que ni yo sé con exactitud. En esa época, los que se manchaban las manos con esa idea eran los altos mandos, la mayoría están revolcándose en el infierno, pero los que siguen vivos… —tragó saliva—. Simplemente no puedo, —la desesperación formo parte de su tono de voz. Un nudo se hizo en su garganta y sintió verdaderas ganas de devolver todo lo que habia en su estómago— no puedo considerar la idea de que alguien quiera reactivar esa pendejada, Lisa. Nadie lo ha logrado.
—Nadie, excepto ellos.
El hombre del sombrerero tenso la mandíbula y rumio:
—Se de alguien quien quiso hacer un trato con ellos, sin éxito alguno. Son demasiado paranoicos para venderles lo que ellos consideran como el santo grial a quien pague el precio, ni siquiera haciéndolo, podrían.
—¿Qué sugieres entonces? ¿A dónde quieres llegar?
La mirada sombría y amenazante que les devolvió a sus compatriotas espías, les paralizo la sangre.
—Que alguien está jugando al divide y vencerás porque es improbable que el capitán Hitsugaya no se haya enterado de todo esto al ir a Vietnam. Es prácticamente imposible.
—Lo que sugieres es que el capitán no ha ido a ese lugar. —La voz de Lisa se tornó oscura— Por lo tanto, solo quedan dos opciones viables.
Urahara asintió con la cabeza.
—Que alguien le halla donado una gran cantidad de dinero por cerrar el pico, lo cual dudo porque ese hombre tiene el honor por todo lo alto. O, lo más probable, que no haya llegado nunca a Vietnam.
La duda se mesclaba con la incredulidad en los ojos de Lisa así que el hombre, apiadándose de su compañera, declaró:
—Tengo la sospecha, que alguien está haciendo todo lo posible para que nadie pise tierra enemiga y están redirigiendo el tráfico aéreo a otros lugares. Mejor aún, que hayan construido una pequeña Vietnam para hacer parecer que todo está bien.
Los tres espías se quedaron mudos, sin decir una sola palabra.
Urahara suspiro y se sacó el sombrero.
Aunque fueran conjeturas sin probar, tenía miedo, de ese sentimiento de pavor que subía por la garganta y te apretaba el corazón hasta hacerlo sangrar. Porque quería estar equivocado.
No quería creer que le habia vendido su alma al mismísimo diablo.
3.-
26 de febrero de 1969.
Estado de Nueva York, Brooklyn.
Las oficinas de las trece divisiones secretas del estado Norteamericano estaban atestadas de gente a más no poder. Secretarias blandiendo informes, corriendo de un lugar a otro, contestando llamadas de personas que no daban nombres; solo un alias y les pedían hablar con el capitán de tal o aquella división. Ese día, se llevaba a cabo la veinteava reunión de capitanes para poder tomar el rumbo de acción con respecto a lo que estaba sucediendo en Vietnam; sin embargo, Byakuya Kuchiki no estaba para nada concentrado en lo que el comandante de la primera división y mano derecha de Nixon estaba farfarrullando. Su mente volaba en los muchos problemas que tenía y que necesitaban una solución inmediata, entre ellos, se encontraba Rukia. Byakuya se vio transportado a un momento determinado en el pasado, recordando como nunca lo hacía, soñando despierto. En esa memoria, podía percibir claramente aquel perfume floral que Hisana le hacía usar a Rukia porque ella también era mujer y debía comportarse como una señorita; sin embargo, la pequeña de ojos completamente cautivadores solo duraba unos minutos con el aroma y luego, ya estaba correteando por el vestíbulo, pidiendo un poco de atención. Jugando con Renji, aquel niño de cabello rojo del que era tan amigo. Embarrando su rostro en el lodo mientras sus pies lucían magulladuras por haber estado caminando descalza. Los dientes blancos manchados con crema de chocolate pero que hacían a Hisana la mujer más feliz del mundo. Si ella era feliz, él lo era. Y luego…
—Capitán Kuchiki.
Byakuya parpadeó, intentando mantener una imagen inexpresiva ante el resto de capitanes. Él realmente, realmente no quería estar en esa reunión.
—¿Sí, comandante?
Genryusai Yamamoto lo miró con la más infinita paciencia que cualquier hombre pudiese tener. El capitán comandante era el líder de los trece escuadrones secretos del gobierno, era quien dirigía las operaciones, quien daba los vistos buenos, quien aprobaba propuestas y planes de ataque. Si bien el resto de capitanes podían dar la aprobación para un ataque en masa, el comandante era quien tenía la última palabra. Cuando Byakuya observó con detenimiento los ojos cansados del hombre calvo, pudo ver, detrás de esa fachada que denotaba paciencia, un pequeño brillo de desaprobación ante su despiste. A él no le gustaría que sus subordinados soñasen despierto cuando él hablaba y, ciertamente, no vivirían para contarlo tampoco; sin embargo, ese no era el caso de Yamamoto.
El hombre de barba larga carraspeo e hizo sonar su bastón sobre el lustroso piso de caoba.
—Estaba diciendo que la noticia que tengo que darles es algo que hemos estado esperando durante un largo periodo de tiempo. Desde el cuarenta y cinco, de hecho.
Las alarmas sonaron en la cabeza del magnate de negocios.
Mierda. Kurosaki.
Kuchiki dio una vista panorámica a la mesa en la que se encontraban todos los capitanes de todos los escuadrones. La mayoría de ellos miraba furtivamente el informe preliminar que Hitsugaya se habia encargado de repartir a todos una hora antes de la reunión, para que sepan lo que habia encontrado en ese lugar. Por lo visto no mucho, ya que las noticias no eran para nada esclarecedoras. El hombre de expresión neutra se dio cuenta que la capitana del segundo escuadrón, Soi Fon, lo observaba con desconfianza y, la verdad, no se lo recriminaba. Él también se miraría de esa manera, o aun peor.
—Como saben —la voz de Yamamoto, rasposa por la edad y por el cansancio que denotaban sus ojeras, lo saco del trance en el que se habia sumido. Era la hora de la verdad—, Isshin Kurosaki no ha sido visto con vida desde el último atentado de Hiroshima, allá por el cuarenta y cinco. Todos lo presumíamos muerto en combate o, como mínimo, siendo rehén de sus propios crímenes. Sin embargo, como ya deben saber todos, estos rumores han sido esclarecidos para dar con la terrible verdad que todos temían: El hijo de puta traidor sigue vivo.
Las exclamaciones de algunos no se hicieron esperar y él solo se removió, incomodo.
La maldita de Soi Fon no le quitaba la vista de encima.
Mierda.
—Nixon, de acuerdo con lo estipulado en la última visita que le hice, dará el aviso presidencial este viernes a las mil ochocientas horas. Oficialmente, se ha ordenado la captura y ejecución de Isshin Kurosaki a nivel internacional.
Byakuya Kuchiki era inteligente, demasiado. Podía encontrar una laguna legal donde no había más que tratos bien recompensados o cantidades generosas de dólares en el cheque, sabía que las cosas se estaban complicando, allá en Vietnam. Sus hombres no habían reportado nada en los últimos días y el informe que Urahara le habia enviado era vago e inconsistente. Como si estuviese guardándose información. Él conocía al tendero, sabía sus debilidades. Si presionaba lo suficiente y en los botones correctos, lo tendría comiendo de la palma de su mano porque todos en esa maldita ciudad le necesitaban y él era consciente de su poder. Él conocía el poder de primera mano.
Así que no titubeo en ningún segundo cuando dijo:
—¿Está usted seguro que esa es la decisión adecuada para el problema, comandante?
La tensión en el ambiente se hizo palpable, como si fuera a cortarse con un cuchillo. De reojo vio como Hitsugaya fruncía el ceño y le mandaba una mirada reprobadora, como diciéndole "porque carajos hiciste eso", mientras que los ojos de Ukitake bailaban entre la incertidumbre y la curiosidad por saber las razones de su pregunta. Soi Fon era otro cantar, a ella la vio apretando la mandíbula con todas las fuerzas, como si se estuviera reprimiendo en decir algo que sabía que la iba hacer quedar mal. Esa mujer era peligrosa, lo supo desde el momento en que poso su vista en ella. Y eso le excitaba. Era un reto.
Pero dormir con el enemigo era algo que aún no habia adoptado como mantra personal, por lo que sus deseos, y esa inesperada erección que se habia hecho presente tan solo con verla entrar a la habitación, quedarían relegados a un plano netamente psicológico. En ese momento, necesitaba concentrarse en qué decir para no joderla monumentalmente.
—Kuchiki, más te vale tener una buena razón para haber dicho eso.
La voz grave de Zaraki Kempachi le hizo pensar que, quizá, ese espécimen lleno de músculos tenía cerebro.
—De hecho, la tengo —le respondió, inexpresivamente. Bien, hora del espectáculo. — Comandante, como verá, fueron los hombres de mi división los que se comunicaron abiertamente con el hombre en cuestión. Según el informe que ellos me enviaron, describen a esta persona como un hombre de vuelo alto, cabello negro y bronceado. Ciertamente, esa descripción física la puede tener cualquiera, el capitán Kempachi, por ejemplo, cumple con esos requisitos respectivos y todos sabemos que él no es Kurosaki. Así que creo innecesario dar una orden tan drástica por algo que podría o no ser verdad porque, hasta donde tengo entendido, y lo confirman las pruebas médicas, el cuerpo de Isshin Kurosaki fue encontrado semi quemado a unos 70 kilómetros a las afueras de Hiroshima. La prueba de autopsia y de carbono 14 corroboró todas las dudas que teníamos sobre su muerte. Así que mi duda es, ¿por qué arriesgarnos por un personaje que ni siquiera sabemos si está vivo o no? ¿Por qué alertar a la población y darles permiso para tomar la vida de un hombre? —Se lamió los labios resecos, intentando que no se le cuartearan— Esto solo hará que el pueblo americano entre en pánico y comience a señalar con el dedo las causas, los porque y los cómo. Y, ¿adivine quién será el primero en ser culpado? Nixon, por supuesto. Su puesto ya está en peligro por sus trapos sucios, ¿de verdad quiere arriesgarse a un golpe de estado por parte de los opositores y sustituirlo por alguien menos corrupto? Seamos sinceros, si Nixon está en el poder es por nosotros y esto solo cimentará su caída. Para cuando él se vaya, será realmente difícil "aconsejar" al nuevo presidente de los Estados Unidos. ¿Es eso lo que quiere, comandante? Si estoy en lo correcto, usted quiere que Nixon reine hasta que se cumplan las expectativas que tiene de esta organización —Cruzo una de sus piernas y apoyo la pantorrilla sobre la rodilla—. Le diré que es lo que pasará porque yo sé perfectamente pronosticar caídas de bolsa en un determinado periodo de tiempo: La noticia se hará pública, el pueblo comenzará a preguntarse el por qué no lo habíamos atrapado con anterioridad; luego, comenzaran a preguntarse cómo es que sucedió todo esto frente a nuestras narices. Después, llegaran las acusaciones de todos lados y Nixon será la causa, el centro de todo. La oposición aprovechará esta oportunidad para revelar los trapos más sucios de Nixon, uno de ellos, esta división secreta. Cuando nuestra sociedad se vea en el reflector de la luz pública, esta simplemente se disolverá como agua porque nadie puede soportar la presión del pueblo. Finalmente, muy aparte de que quizá nunca atrapemos a este supuesto Isshin Kurosaki, las trece divisiones se separan y nada impedirá que los Norvietnamitas ganen la guerra. ¿Sabe cuántos niños han quedado sin padre o madre desde que se inició todo? Sí, sé que la guerra es así pero no podemos simplemente dejarnos llevar por un espejismo de un hombre que, estoy en lo cierto, está muerto. Si lo hacemos, comandante, ¿no quedaríamos, además de expuestos, ridiculizados? ¿Qué pasa si nunca logran capturar a Kurosaki? —la expresión en el rostro de Genryusai Yamamoto era de pasmo total. Sí, nada de eso se habia planteado ni presupuestado. ¿Qué pasaría si Kurosaki no era real y solo un producto de la imaginación de unos soldados estúpidos? Kuchiki observó con inexpresividad como tenía a, al menos, unos diez capitanes comprados. Soi Fon, por supuesto, estaba entre los tres que no querían saber absolutamente nada de su discurso. Toushiro Hitsugaya, el capitán más joven, tenía el cejo fruncido y lo miraba con incredulidad, como si estuviese dudando de lo que decía. El tercer opositor no se lo esperaba: Zaraki Kempachi. El hombre le miraba con hostilidad como si fuese una burla toda esa cháchara sin sentido que estaba soltando. No esperaba que él no le creyese, de hecho, esperaba abiertamente que él se mostrara efectivamente a su favor. Lastima. — Comandante, sé que esto debe ser inesperado debido a los planes que ya se habían trazado para solucionar este… imprevisto, pero espero que reconsidere la solución.
Por un minuto, la sala entera se quedó en completo silencio. Todos pensando los pros y los contra de los pronósticos que Byakuya Kuchiki habia previsto y que, al parecer, ninguno de ellos habia tenido el seso de pensar antes de tomar una decisión definitiva. Sin embargo, Soi Fon no tenía que pensarlo más. Ella sabía que todo eso no era más que una pantomima para que Kuchiki pudiese salvar su pellejo. Así de egoísta era. Porque sí, fueron hombres de la sexta división los que reconocieron a Isshin Kurosaki; lo que Kuchiki no sabía que esos hombres eran, nada más ni nada menos, que espías de su harem secreto.
Porque Soi Fon tenía muchos secretos, demasiados para ser contados. Sus secretos escondían otros más profundos y más desgarradores que ni siquiera Kuchiki, con todo su poder, podría echar abajo. Ella se habia asegurado que nadie volviese a destruir sus tapaderas. Habia aprendido de la mejor, después de todo.
—Fue un discurso muy emotivo, capitán Kuchiki, debo admitirlo —Ella supo que se habia metido en la boca del lobo en cuanto el hombre en cuestión poso sus fríos e inexpresivos ojos sobre ella. No la intimidaría. Nunca más—. Sin embargo, debemos pensar claro y con la cabeza, comandante, sin dejarnos llevar por pronósticos que pueden o no suceder.
—No es cuestión de que puedan o no suceder, capitana Fon —la voz del hombre de cabellos negros dejo entrever un toque de malicia—, sabe muy bien que yo jamás me equivoco en lo que digo. Nunca.
Una risa escéptica sonó a través de la mesa y ambos capitanes vieron a Zaraki, de brazos cruzados y con los ojos cerrados, como si estuviese meditando.
—Vamos, Kuchiki, deja de tocarme las pelotas. No estés tan pagado de ti mismo porque la caída desde el rascacielos no tiene un final feliz. —chasqueo su lengua un momento antes de ver que el comandante tenía toda su atención. Ya era hora, se dijo. Ese vejete siempre prestaba atención a Kuchiki, Hitsugaya o Fon; nunca a los otros. — Lo que estamos viendo aquí es si creer o no en esos hijos de puta que dijeron haber visto al traidor, ¿quieren mi opinión? Que les den, dejemos que el rumor corra por todos lados, que todo arda. Así veremos si realmente existe un tal Isshin Kurosaki y, además, probaremos las lealtades de la paria que dejo en Nueva York.
Ante la mención de Ichigo Kurosaki, todas las alarmas sonaron en la mente de Byakuya y apretó los puños bajo la mesa. Rukia estaba viviendo con ese malnacido. Si descubrían el escondite de Kurosaki, descubrirían a Urahara. Si lo hacían, Yoruichi quedaría al descubierto. Y si eso sucedía, Rukia estaría en medio. No podía permitir eso.
Él se lo prometió a sí mismo.
Aunque ya no fuera parte de sus obligaciones velar por su seguridad.
—¿Por qué sacas a relucir a su hijo ahora? ¿Por qué no hace quince años cuando todo estaba fresco, capitán Kempachi?
La sonrisa que le envió no le gusto para nada.
—Porque el crio no era una amenaza.
—¿Y ahora lo es?
—¿Realmente estamos discutiendo el destino de un joven que no tiene pies ni cabeza en este embrollo? —La voz de Juushirou Ukitake se hizo presente en la discusión de ambos capitanes— Kempachi ten la cordialidad de dejar el tema por la paz, el hijo no es igual al padre, eso es un hecho verídico. Ese muchacho no ha sido arrestado en su vida, no ha cometido ni un solo delito menor. Creo que podemos confiar plenamente en que Ichigo Kurosaki no sigue los pasos de su padre ni está en contacto con él.
—El tema, Ukitake —cortó Kempachi—, no es si el mocoso está en contacto o no con su padre; sino si sigue en contacto con Ryuuken Ishida, el traidor del comando hospitalario.
Byakuya escudriño con la mirada el rostro del capitán de la onceava división. Algo habia pasado, algo realmente malo por lo visto, porque nunca habia escuchado a Kempachi confabular de esa manera para sacar a la luz pública lo de Kurosaki.
—¿Qué tiene eso que ver, capitán Kempachi?
Esta vez, fue Sousuke Aizen quien entro en la discusión.
—Capitán Kuchiki, ¿cómo es posible que no se haya enterado de nada? —Ante la mención de una laguna legal que él no habia visto, Kuchiki le respondió con sus ojos, diciéndole mudamente "habla" — Lo que plantea Kempachi es válido porque, dentro del aviso presidencial y en conjunto con el nombre de Isshin Kurosaki, Ryuuken Ishida será incluido. Él es un traidor después de lo sucedido hace tres meses, lo sabes, se han buscado evidencias que intenten limpiar su nombre pero, por lo menos en el caso de mi división, nadie ha encontrado nada que sea de utilidad.
—Además, —Kuchiki volteo la vista, algo sorprendido de oír hablar por primera vez en esa reunión al capitán de la doceava división, Mayuri Kurotsuchi— sino me equivoco, yo dirigí esas pruebas de las usted tanto habla, capitán —la sonrisa macabra que dio bajo esa mascara espeluznante solo le hizo desconfiar más del asunto—. Aseguré en ese tiempo que, exactamente, era el cadáver de Isshin Kurosaki el que tenía frente a mí; sin embargo, no me gusta que me echen en cara haber hecho un mal trabajo. Lo tomo como un reto. Quiero llegar al fondo de esto y ver si es cierto o no que ese tipo sigue vivo; y si lo está —soltó una risa seca—, déjenme examinarlo primero y luego —la sonrisa que se estiro por sus mejillas fue macabra al extremo—, luego hagan lo que quieran con él.
—Eso no está en discusión, Mayuri. —Espeto Soi Fon, algo harta por tanta cháchara— Si se llega a capturar al hombre en cuestión, se le asesinará. No podemos permitirnos más deslices como estos. No otra vez. —Todos observaron a la capitana de la segunda división, esperando su comentario que, sabían, sería el final— Creo que aquí la mayoría está de acuerdo en que esta "solución" es mejor que nada, capitán Kuchiki, así que creo que esta demás intentar advertir a nadie sobre un futuro que no ha sucedido. Si, al final de todo, lo que usted dice es verdad, tenga por seguro que haremos caso de sus consejos y los seguiremos al pie de la letra. Aquí ya no hay más que discutir.
"Maldita…" pensó el magnate, intentando que su frustración no se dejara entrever en sus facciones. Soi Fon habia atacado, como siempre, con su veneno impartido. Esa era su táctica: Hacer que todos se pusieran en contra de lo que a ella no le parecía.
—Entonces, —la voz del comandante se hizo escuchar nuevamente— creo que podemos escuchar ahora las novedades de lo que sucede en Vietnam, capitán Hitsugaya.
El más joven de toda la reunión se levantó, alisando su uniforme especial, de esos que solo se utilizan en ese tipo de reuniones para evitar que el comandante se erizara. Hitsugaya Toushiro habia visto muchas cosas en Vietnam, en esa semana que hubo viajado, sin embargo habia algo que no cuadraba completamente. Era como si todo hubiese sido perfecto. Y las guerras nunca lo son. Su teniente, Rangiku Matsumoto también habia sentido el ambiente algo falso, como si no fuese ahí donde se suponía que deberían de estar. Era una sensación extraña y habia compartido su inquietud con Ukitake, intentando convencerle de enviar a sus tenientes a Vietnam en un vuelo privado, sin avisar a nadie. Quizá ellos lograran encontrar algo.
—Espero que todos hayan leído el informe previo que envié a sus oficinas —hubieron algunos asentimientos y otras miradas escépticas. Bien, él solo habia intentado que todos estuvieran al día de las actividades de todos. Así era como funcionaban las cosas. — El comando de la décima división ha sido dirigido con eficacia en estos últimos meses y lo he comprobado en mi estadía allí. El enemigo se ha ido movilizando en pequeños grupos, intentando atacar los comandos hospitalarios porque han previsto que son un blanco más fácil; sin embargo, no esperaban más seguridad después de lo de Ishida, así que la sorpresa fue grata. Uno de los más notables errores es que nuestros soldados no están siendo bien entrenados porque no disparan a matar. He hablado con el general a cargo y se ha dado la orden de disparar de esa manera, solo haciéndoles el mayor daño posible. La orden, como deben saber, se ha cambiado. Otro inconveniente es que existe una gran pérdida armamentista. Muchos soldados se han quejado de las fallas que existen en sus armas, los francotiradores requieren un mejor lente para los cañones y mejor soporte del trípode. En el informe adjunte también una solicitud para la inversión en la mejora de armas. Todos lo firman, el comandante da su aprobación y Nixon manda los huesos a los perros.
—Entonces, ¿cuál es la inquietud que tiene con eso, capitán Hitsugaya?
La voz del comandante le hizo dudar. Mierda, ese hombre podía notar cuando algo no estaba del todo bien. Eran solo meras sospechas, algo que habia notado en el ambiente y, sin embargo, quería advertirles. Pero una mirada crítica a toda la mesa y supo que no podía hacerlo. No confiaba en muchos de ellos, primeramente Kuchiki era un bastardo y no creía que sus propios espías no le estuviesen diciendo ya donde encontrar a Kurosaki y él, maldito estúpido, se guardaba la información para poder sacarla en el mejor momento. La mirada de Kempachi tampoco le brindo mucho entusiasmo, es como si él sospechase algo, lo cual era inaudito porque, ¿cómo rayos podría haberlo sabido? Y luego, Aizen. La mirada amable que tenía… no, no se tragaba ese cuento. Él no era de fiar, estaba metido en algo turbio, lo sentía en sus venas, algo que no debería ser parte de los escuadrones del país. Un último vistazo a Ukitake y supo que él le estaba rogando con sus ojos no contar sus sospechas. Él también debía de haberse dado cuenta de la traición. Allí, dentro de los escuadrones, donde se suponía que todo era más limpio que el cristal.
—Bueno, —si bien no podía contar sus sospechas, podía contar otras en las que habia estado pensando después de haber hablado con sus subordinados— creo que todos aquí conocemos a los Shiba.
—¿Shiba? ¿No es esa familia ligada al espionaje corporativo? —la voz de Retsu Unohana se hizo presente por primera vez en la reunión.
—Sí, ellos. Uno de mis hombres ha estado diciendo que le parecía que la división trece ha estado hablando con uno de los hombres de Kuukaku.
—Eso es imposible —espetó duramente Kuchiki—, los Shiba no tienen control alguno en Vietnam. Ellos se lavaron las manos cuando todo nos explotó en la cara, ¿por qué habrían de estar allí? ¿Está seguro de esto, capitán Hitsugaya?
El chico de cabellos blancos suspiro y cerró los ojos. Él más que nadie quería que todo eso no fuera más que un mal sueño. Pero no lo era.
—Tienen una foto de ellos, uno de los corresponsales del New York Times, Kano Ashido, es el que ha enviado la foto a sus directivos. No la han sacado en ningún volumen porque los Shiba han metido a su gente dentro de la editorial. Ellos controlan los medios, por ahora.
La noticia sobre los Shiba tomo desprevenido a Byakuya y solo pudo quedarse pensando en lo muy jodido que estaba. Debía de haberlo supuesto, Kuukaku Shiba no se iba a quedar sin hacer absolutamente nada después del fracaso de la misión a Rusia. Ella quería tener el control de todo lo que le rodeaba, así eran. Y fue en ese momento en que se dio cuenta, en que supo que no solo querían joderle a él. "Rukia…" pensó, mientras intentaba no demostrar pánico en su mirada. Si los Shiba controlaban el New York Times, entonces ellos sabían que su hermana habia postulado al concurso para ser Corresponsal de guerra. Todo habia sido un montaje, claramente. Ella habia ganado porque Kuukaku así lo habia querido, para intentar mermar su poder paso a paso; sin embargo, él creía firmemente que la mujer no se esperaba el contrato de cedo de herencia. Eso cambiaba todos sus planes.
Recordó, sintiendo un vacío en el estómago, lo orgullosa que estaba su hermana de sí misma al haber logrado algo tan grande como eso. Él sabía lo que le hacía feliz, sabia sus miedos, la leía como la palma de su mano y conocía lo muy decidida que estaba a ser corresponsal de guerra. Era su sueño, la escucho decir una vez. Si bien no era lo que él hubiese querido para ella, no pudo evitar sentir un ramalazo de orgullo al ver como Rukia, esa pequeña niña de ojos extravagantes y vestido lila bebe, luchaba por lo que quería. Algo que él nunca hizo. Algo que siempre envidio de ella: su libertad. Pero ahora, con esa información… si ella se llegaba a enterar que Kuukaku Shiba habia montado el concurso solo para joder su apellido. Él conocía a su hermana. Sí, lo soportaría con entereza, pero perdería su fe en la humanidad. La traición era algo que no podía perdonar fácilmente, en eso, era completamente Kuchiki. Byakuya apretó la mandíbula y pensó que iba a tener unas cuantas palabras con esa mujer.
No iba a dejar que nadie lastimase a Rukia y si tenía que ensuciarse aún más las manos para lograrlo, lo haría.
—Los Shiba no son aún una amenaza para el gobierno, no creo que sea prudente tomar líneas de acción cuando solo tenemos piezas de la información —Soi Fon decidió que esa reunión no podía desviarse mucho—, por lo tanto, propongo que, por ahora, se omita la información sobre los Shiba. Eso solo quedara entre los capitanes. —Dirigió su mirada color miel al capitán del sexto escuadrón— Capitán Kuchiki, sé que usted tiene altercados con esa familia, no somos ciegos ante eso, pero sería prudente de su parte no comenzar una guerra que involucre a nuestra organización.
El hombre levanto una ceja y soltó una risa seca, sarcástica.
—Si Kuukaku Shiba se aparece en mi oficina, no le voy a negar una conversación ni un tira y jala de información, si es eso a lo que te refieres. De hecho, me ofendes al pensar que podría ser tan fácil de manipular como piensas que soy.
La mujer agudizo la mirada. Odiaba su soberbia.
—Se la clase de persona que eres, no que me interese, pero no nos metas en tu saco de mierda o te lo haremos pagar.
—Creo que esto se ha vuelto personal, capitana Fon —la voz del capitán del octavo escuadrón se hizo presente, cortando todo argumento por parte de los dos—, asumo que el capitán Kuchiki es lo suficientemente inteligente para saber lo que debe o no hacer, así que resulta innecesario que amenaces o delegues cosas así. Shiba será un enemigo cuando se crea conveniente, que domine un solo periódico no significa nada.
—Es el periódico con más poder en Nueva York —espetó Soi Fon.
—Lo sé, pero no dejemos que eso nos ciegue demasiado. Por ahora, como dices, es mejor no decir absolutamente nada. —Giró su rostro al capitán del décimo escuadrón— ¿Existe algo más que desees compartir con nosotros, Hitsugaya?
El muchacho de cabello blanco negó con la cabeza.
—Es todo lo que hay.
Esta vez, la voz del comandante se hizo respetar en la mesa.
—Entonces creo que la reunión ha terminado. La vigésima primera reunión se llevará a cabo con Nixon para hablar sobre asuntos gubernamentales y se les avisara el día, la hora y el lugar.
—¿No será aquí mismo? —preguntó Aizen, curioso.
El comandante negó con la cabeza.
—Nixon quiere que sus parlamentarios conozcan a los que están detrás de las operaciones en Vietnam. Es muy probable que sea en el pentágono.
Cuando Toushiro observo con detenimiento la sonrisa de Aizen, supo que algo malo estaba pasando. Y por ese motivo, no quería que el capitán del quinto escuadrón fuera al pentágono.
—Pueden retirarse.
Los capitanes se levantaron y comenzaron a vaciar la sala de conferencias de las oficinas de Brooklyn. Al abrir las puertas, fue como si todo el ruido de afuera les llegara, por fin, después de horas de estar sentados. Para efectos de seguridad, la sala de conferencias en donde se realizaban las reuniones de los capitanes estaba insonorizada de adentro hacia afuera, evitando que se filtre información. Existían, al menos, cinco cámaras de seguridad con alto sonido dentro de la sala de conferencias para efectos políticos más que nada. Cuando Kuchiki Byakuya camino hacia su despacho, supo inmediatamente que alguien lo estaba, una mirada rápida y supo que Sousuke Aizen, Ichimaru Gin y Kaname Tousen eran los que se dirigían con él a su oficina. El hombre de negocios supo inmediatamente que algo habia sucedido o no estarían buscando regodearse con él.
Byakuya no confiaba en ellos tres. Junto con Kurotsuchi, pensaba que estaban en algo turbio, aún más de lo que él estaba metido pero si lograban hablar con claridad, quizá el trato fuese lucrativo. Solo esperaba que no estuviesen metidos con los Shiba, porque si lo estaban, no habría dios que no aplacase su furia contra ellos. Con eso en mente, y sin dejar traslucir su evidente curiosidad por lo que esos hombres tenían que decir, el magnate de Kuchiki INC camino rápidamente hacia el ascensor, que se abrió rápidamente permitiéndole la entrada no solo a él, sino también a otras cinco personas más, entre ellas, los tres individuos en cuestión. La subida al quinto piso se le hizo interminable, sobre todo porque sentía fervientemente las sutiles miradas que los hombres le dirigían, como si estuviesen midiendo su temple y su carácter. Si era eso lo que querían encontrar, una debilidad, pues que esperaran sentados porque él, si tenía algún talón de Aquiles, no lo demostraba abiertamente.
Se habia asegurado de cubrir sus huellas con perfecta sincronía.
Cuando pudo poner un pie fuera del ascensor, su secretaria, Momo Hinamori, le dijo que su teniente habia estado esperándolo durante toda la conferencia porque quería hablar de unos cuantos asuntos con él. Solo le dijo unas cuantas palabras mientras entraba a su despacho, dejando la puerta abierta, invitando a sus enemigos a su territorio. Ya sabes lo que dicen: Mantén a tus amigos cerca y a tus enemigos aún más. Aizen, capitán del quinto escuadrón, fue el primero en ingresar y tomar asiento en uno de sus sillones de cuero blanco que tenía dentro del despacho; le siguió Gin quien, con su sonrisa tétrica, era capaz de hacer temblar hasta al más duro de los guardaespaldas de Nueva York. El segundo se recostó sobre el posa manos del mueble en el que estaba sentado Aizen. Finalmente, Tousen ingreso, cerrando la puerta. Byakuya lo vio moverse con soltura a pesar de su fatal ceguera y se acomodó al lado de Sousuke, esperando a que alguien hablara primero.
Pero él siempre habia sabido ser un buen jugador en momentos como aquel. Con parsimonia, se acercó al pequeño bar que tenía en la esquina derecha, cerca de su escritorio, y saco uno de sus mejores Whisky's, sirviéndolo en tres copas diferentes.
—¿Un trago, caballeros? —siempre amable, siempre educado. Siempre alerta.
La sonrisa de Aizen se tornó algo oscura pero acepto de buen agrado la copa, lo cual hizo que sus dos compinches le siguieran el juego. Bien, al menos sabían las reglas básicas para jugar el juego. Byakuya pasó los vasos de Whisky a sus invitados y luego se sirvió el suyo, bajo en alcohol. No intentaba emborracharlos o envenenarlos, simplemente quería tener sus cinco sentidos puestos en la conversación que sabía, se avecinaba como la peor de las tormentas.
El silencio entre los cuatro integrantes es tenso, tanto que se podría cortar con la hoja de una navaja, haciendo sangrar al viento. El magnate comenzó a moverse hacia su escritorio, caminando lentamente como si midiera sus pasos.
—Entonces… —la voz calmada de Byakuya cortó el ambiente— ¿Qué es exactamente lo que quieren?
—¿Por qué deduces que queremos algo, Kuchiki? —la voz de Gin, filuda y peligrosa no lo amilanó para nada.
—Resulta que siempre necesitan algo de mí, sea cual sea la situación. Perdón si malinterpreto su llegada, es solo que siempre quieren algo, no importa qué.
Una risa, oscura y siniestra, hizo que el ambiente se volviese pesado, como si hubiese algo invisible atándolo al cuello. Byakuya lo sintió e, inconscientemente, se llevó una mano al área en cuestión, intentando ver que era lo que le hacía tan difícil respirar. Pero no habia nada. Solo carne pálida. Y aun así sentía como si se estuviese asfixiando. La risa macabra provenía de Aizen, quien estaba mirándolo como si fuera una deliciosa presa a la que quisiera devorar de un solo bocado, arrancándole la cabeza primero y luego comiéndose su corazón. Era extraño, pero Byakuya podía sentirlo, verlo, era como si la sola presencia de ese hombre provocara esas reacciones y no lo entendía. No era miedo, porque él conocía a esa perra. No sentía miedo. Era algo más. Incomprensible.
—Siempre tan pagado de ti mismo, capitán Kuchiki —Aizen le dio un sorbo a su trago—, pero no vengo a pedirte absolutamente nada. Vengo a advertirte.
Los sentidos de Byakuya Kuchiki no se equivocaban. Jamás.
Aun con la sensación de ahogo, hizo mella de todo su autocontrol para enviar su mirada más frígida y llena de rencor que pudo haber usado alguna vez.
—Habla. —escupió, como si doliera.
El capitán del quinto escuadrón se levantó rápidamente, poniendo sus manos, junto con la copa, sobre el escritorio y escaneándolo tras los lentes cuadrados de montura de carey. Al magnate le dio la impresión de estar bajo el polígrafo de la CIA, sintió como si estuvieran midiendo su capacidad para mentir.
—Eres lo suficientemente inteligente como para saber que tu sucio secreto iba a salir tarde o temprano a la luz.
—No sé de lo que me estás hablando —la tensión era palpable en la voz y las facciones de Kuchiki.
—Hablo de que sabemos perfectamente que información has ido a recoger con Kisuke Urahara. —Aizen espero, tranquilo e impertérrito, a que el capitán del sexto escuadrón diera alguna señal de nerviosismo. Sonrió al ver que, como siempre, su expresión era inescrutable— No te equivoques, no vengo a sacarte información que yo mismo he recogido desde hace muchísimo tiempo; pero me asombra que aún no hallas descubierto el meollo del asunto, capitán. Yo siempre he tenido el fiel pensamiento que usted era el más inteligente de los Kuchiki. Su padre, Sojun, definitivamente era uno de los mejores tenientes que un escuadrón pudiese tener. —Esta vez, el rostro del hombro se encogió con rencor. Bien, ya estaba empezando a causar emociones fuertes con él— Lastima que murió como un perro. Una verdadera perdida.
El azote de ambas manos del magnate fue totalmente esperado para Aizen, quien sonrió al mismo tiempo que sus compinches lo hacían. Las emociones ahora se podían leer como si fuese un libro abierto en el rostro del capitán. Bien, era hora de la verdad.
—No te atrevas a decir el nombre de mi padre. No mereces ni siquiera eso, sucia rata hipócrita.
—Oh, no pensaba insultar su memoria, claro que no. Pero sabes perfectamente que fue él, Kuchiki, quien moldeó tu destino. Indirectamente claro. Yo no lo conocí, pero me comentaron muchísimo de él, sobre todo de un proyecto que tenían. El proyecto "menos grande".
Ante la mención del nombre. Gin sacó de un bolsillo interior un sobre color amarillo que tenía el sello de "confidencial" por todo lo alto. Byakuya al principio no sabía que esperar de ellos y ahora, con ese sobre confirmándole sus peores miedos, podía asegurarlo a ojos cerrados. Así que, cuando lo abrió y más de cincuenta fotografías cayeron sobre su escritorio, fue como ver todo en cámara lenta y tras un caleidoscopio de imágenes cortadas, algunas en blanco y negro y otras a todo color.
Él podía contar con los dedos de una mano las veces que algo le habia hecho temer de esa manera, con el pánico subiéndote por la garganta, la bilis burbujeando a tal escala que podías saborearla con solo mover la lengua. Ese miedo que te paraliza todos los sentidos. La primera vez fue cuando tenía ocho años y, tonto e ingenuo de él, siguió a un pequeño conejo blanco por el hermoso prado de su casa en Alemania. Cuando el conejo blanco se metió a su madriguera, quiso seguirlo, como ese cuento ingles que habían publicado. Así que fue Alicia por un momento y se metió a explorar, intentando llegar al país de las maravillas. Lo único que logró fue quedar atrapado en la madriguera durante casi dos días, hasta que un soldado que pasaba por ahí escucho sus gemidos lastimeros y lo liberó de la prisión del conejo. Byakuya recuerda la oscuridad, la desesperación, el olor a tierra mojada, a excrementos, a pis. El miedo olía a mierda, y eso se quedó por siempre en su memoria. La segunda vez fue cuando tenía quince años y conoció a Yoruichi Shihouin, la espía, en una reunión donde su padre era el teniente y ambos estaban haciendo planes para infiltrarse en una especie de guarida secreta de los nazis, donde experimentaban con gente. Más adelante, lo conoció como Auschwitz. La primera llegada de Yoruichi no le intimidó. La segunda llegada, fue lo que le hizo sentir miedo. Real y crudo; porque se supone que ella tendría que haber llegado con su padre y, por el contrario, se encontraba sola, en un estado deplorable, pero totalmente sola. "Lo siento muchísimo, Byakuya. Lo siento tanto… lo siento" Si rememoraba correctamente, aun podía percibir los sollozos quedos de la mujer de ojos miel y piel morena, también podía escuchar, vago y nada claro, los gritos de Ginrei Kuchiki mientras intentaba que la espía hablara y dejara de balbucear incoherencias. Pero él entendía esas incoherencias, con sus quince años podía deducir ese tipo de cosas. Experimentos, bomba, estúpidos nazis, Sojun, mierda, tortura, sin pies ni manos, virus, dolor, estúpido Sojun, mierda, Mozart, lo siento tanto: Esas palabras que salían de los labios de Yoruichi solo podían asociarse en una sola oración coherente. Su padre estaba muerto. Y eso llenó de terror al joven Byakuya; tanto, que regresó a la madriguera del conejo, dejándose caer, esperando a que el soldado lo sacase de nuevo y su padre volviese a regañarlo por hacer cosas estúpidas. Pero nadie lo encontró. Y el miedo volvía oler a mierda, solo que ahora le quebraba la razón. La tercera vez que Byakuya Kuchiki sintió miedo fue cuando sus guardaespaldas le avisaron que su esposa, Hisana, estaba desaparecida. Todos sus nervios estaban a flor de piel y la desesperación cobró un nuevo sentido en su corta existencia. Hisana era su vida, la única persona que habia sido capaz de comprender por completo lo que significaba ser un Kuchiki, lo que significaba ser esclavo de algo y que entendía, oh, como lo entendía. En todos los aspectos, desde los más brillantes hasta los más oscuros y podridos secretos. Por eso, cuando ella enfermó de una manera radical, él comenzó a eliminar a sus enemigos, esperando encontrar al ingenuo que estaba pensando que podía jugar con la vida de los que más le importaban. Pero solo empeoraba, día tras día, y ella no decía nada. En sueños, la escuchaba gemir y susurrar nombres, palabras en un idioma desconocido que solo aplicaban a que su enfermedad le estaba haciendo delirar hasta la locura. Por eso, cuando sus guardaespaldas le dijeron que la señorita Rukia los habia despertado llorando porque Hisana no estaba, fue como si le tiraran un balde de hielo sobre la cabeza. Cuando la encontró, colgada del puente de Nueva York, con sus brazos y piernas colgados en partes a su costado, fue como revivir Alemania pero mucho peor. Él jamás olvidaría la expresión del rostro de su bella Hisana colgada de ese sucio puente: paz, tranquilidad, redención; era como si hubiese encontrado lo que estaba buscando por largo tiempo. Pero a él, esa expresión le provocó pánico, uno tan terrible que tuvo que hacerse a un lado y vomitar todo lo que su estómago tenía en esos momentos. Y, nuevamente, el miedo olía a mierda, le quebraba la razón pero esta vez, le habia arrancado a mordiscos el corazón. Ya no le quedaba nada. Era un caparazón vacío en el que residía un alma que podía vendérsela al mismísimo satán y no sentir remordimiento alguno. Nada. Era nada.
La cuarta y última vez que Byakuya sintió miedo fue en ese preciso momento, con las fotos esparcidas sobre su escritorio de Rukia caminando por Nueva York, en el Café de Paris, con Ichigo Kurosaki caminando tranquilamente por la quinta avenida, en clases a corta distancia de la cámara, con Kaien Shiba, conversando, con Renji y Kaien en un restaurante, en la universidad de Kurosaki mientras le pegaba a alguien, en la puerta de una empresa desconocida. Todas eran fotos de Rukia. Los malnacidos la estaban siguiendo; marcando y apuntando. Porque esas fotos las habia sacado un francotirador, él sabía demasiado de armas como para no reconocer a un soldado entrenado cuando lo veía a tan corta distancia.
El miedo olía a mierda, le quebraba la razón, le arrancaba el corazón a mordiscos y, en ese momento, escupía en lo único que le quedaba: su orgullo.
—Como ve, capitán, tenemos algo que usted… quiere y no dudaremos en hacerlo nuestro si eso es lo necesario para hacerle hablar —espetó duramente Ichimaru Gin, con su sonrisa tenebrosa.
El magnate se sentó en su mullido sillón de cuero marrón mientras observaba las fotos, atónito.
—¿Qué es lo que quieren saber? —esas palabras nunca le habia sabido a tanta traición.
Los tres sonrieron de forma lobuna, mientras Gin se acomodaba al lado de Aizen, con las manos sobre el escritorio.
—¿Por qué abandonaste el proyecto "menos grande"? —preguntó Gin, con una ceja alzada.
—Era bazofia religiosa. —Sacudió su cabeza para intentar dilucidar sus ideas— En ese tiempo, mi abuelo creía firmemente en los ideales de la oposición pero cuando una mejor oferta es hecha, es muy difícil para alguien que ha sido un comerciante durante toda su vida, rechazarla. Cuando metió a la familia en eso, las cosas se complicaron, —esta vez levanto la mirada, llena de odio mal intencionado— tu deberías saberlo Aizen, estabas con Ginrei, lamiéndole el culo. No habrás conocido a mi padre, pero que bien que conocías a mi abuelo.
El hombre de lentes de carey dio una sonrisa apacible. Letal.
—Sí, Ginrei era un buen hombre y un excelente comerciante. Pero no es eso lo que quiero saber, capitán. —Aizen se alejó unos pasos atrás, dejándose caer en el sillón de cuero blanco— Déjame ser más específico: ¿Por qué, cuando tú tomaste las riendas de la familia Kuchiki y de todas las empresas, abandonaste el proyecto?
El hombre en cuestión rio secamente.
—Porque, aparte de ser bazofia religiosa, era peligroso. Habia algo intrínsecamente mal en las ideas propuestas para ese proyecto. No estaban claras, las cosas se estaban complicando e, incluso, cuando contactaron con los creadores de la bomba atómica de Hiroshima y Nagasaki, ellos dijeron que, los que habían creado tal cosa, eran unos imbéciles racistas que jamás obtendrían paz en esta tierra o en la otra si seguían con esos delirios de grandeza.
—Sabes que no es cierto. El proyecto estaba casi completo en ese entonces.
—Entonces simplemente tenía una moral que proteger, Aizen. Créelo si gustas o no, me importa un bledo. Lo que sucedió, fue que destituí a Ginrei de su puesto, la familia volvió a obtener respetabilidad y todo regresó a la normalidad.
—¿Por qué destituir a Ginrei, capitán Kuchiki? —La voz baja y barítona de Tousen le hizo mirarlo— Él era un hombre honorable.
Byakuya asintió con la cabeza.
—Lo era, hasta que su hijo murió a causa de los experimentos nazis en Auschwitz-Birkenau (1) en 1943. Eso lo dejó bastante trastocado. Claro, evitó demostrarlo hasta que estuvo fuera del poder y solo se dedicó a susurrarme demonios al oído.
—Creer en algo no es de locos, Kuchiki —espetó duramente Aizen.
El hombre alzó una ceja.
—¿Sigues creyendo que "menos grande" podría ser reactivado?
La sonrisa que le dio Gin le puso de los nervios, pero la de Tousen fue mucho peor.
—¿Por qué no? Es un proyecto a gran escala, algo que haría bien a la humanidad. —habló el hombre ciego.
Y fue entonces que se dio cuenta.
—¿Están intentando reactivarlo? ¿Han perdido completamente el juicio? —la incredulidad en su voz nunca habia sido tan palpable.
El hombre de lentes de carey y cabello despeinado rio afablemente, eso solo hizo que Byakuya sintiera bilis en su garganta.
—Nadie está intentando hacer nada. Aún estamos cuerdos, Kuchiki, que no se te olvide. Es solo sana curiosidad. Ginrei está desaparecido, tú lo supones muerto, nosotros lo sabemos muerto. Así que no tienes de que preocuparte.
—¿Debería hacerlo? —preguntó el magnate, incrédulo.
—Por supuesto que no. Solo somos capitanes de un régimen consumista que intenta hacer desaparecer la dictadura. Hacemos un bien a la humanidad de todas maneras, así que, ¿de qué nos serviría "menos grande" si ya estamos mejorando al mundo?
Eso no dejo que las alarmas siguieran sonando, cada vez más fuerte, en la mente a mil por hora del magnate.
—Si quieren hablar más sobre "menos grande", creo que esta reunión debería ser compartida —el semblante de los hombres cambio radicalmente ante las palabras escupidas con rencor de Kuchiki. Bien, esta vez, él tenía la delantera—, oh, ¿no lo sabias, Aizen? El capitán Hitsugaya, el capitán Ukitake, la capitana Fon y el capitán Kyoraku también formaban parte del segundo círculo que creó el proyecto. De hecho, ellos saben aún más que yo.
—Hitsugaya no sabe nada —escupió Aizen—. Ese niñato era un bebe cuando todos ya sabíamos correr.
Kuchiki se levantó del sofá marrón.
—Sí, pero eso no evita que el anterior capitán le haya dejado sus antiguas notas, sus diarios, su bitácora semanal del progreso del proyecto. Creo, que de entre todos nosotros, quien ha llegado a saber más de "menos grande" y comprenderlo, por lo menos en la teoría, es el capitán Hitsugaya.
Aizen, sin embargo, no parecía casi alterado por lo que el capitán del sexto escuadrón habia mencionado. Era como si lo tuviese todo perfectamente calculado. Y quizá así era. Pero eso solo hacía que todo se volviese más pesado, más tenso. Las cosas no podían empeorar aún más de lo que estaban, ¿verdad? El hombre de cabellos castaños y lentes de carey se acercó nuevamente hacia el escritorio y se inclinó para poder mirarle de frente, sin ningún intermediario entre ellos. Byakuya no bajo la cabeza ante su escrutinio masivo, de hecho, levanto el mentón con temple y orgullo. Un Kuchiki jamás se amilanaba o se dejaba acobardar por alguien, ni siquiera cuando el miedo fluía por sus venas, paralizándolo.
—Quiero que dejes el camino libre Kuchiki. No estamos espiando a tu hermana para hacerte daño. —Él sonrió ante la sorpresa en los ojos del magnate— Oh, ¿eso era lo que creías? ¿Qué queríamos destruirte mediante ella? No, si quisiera hundirte, creo que recurriría a la capitana Fon para lograrlo —suspiró—. No, ella tiene algo que nosotros queremos.
—La he desheredado —el rictus de sus labios era inamovible y parecía que habia hablado sin siquiera moverlos en su totalidad— ¿Qué quieren de ella?
La sonrisa lobuna del capitán del quinto escuadrón le provocó otra oleada de miedo.
—Lo mismo que ellos querían de Hisana.
Y eso fue todo para que esa mano invisible volviese a apretar su tráquea fuertemente, impidiéndole respirar. Con rapidez, se sentó en el mullido cuero del sillón marrón y evito mirar a los capitanes; de hecho, volteo su silla hacia la ventana para que ellos evitaran mirar cómo, poco a poco, se volvía a romper en pedazos. Odiaba sentir miedo.
Escuchó las pisadas de los capitanes dirigirse hacia la puerta como si fueran pesadas rocas que rasgaban su lustroso piso de mármol, haciéndolo chirriar. El sonido era insoportable, como si pasaran uñas por una pizarra de tiza. Pero él sabía que no era real, lo sabía porque las alucinaciones a veces se hacían parte de su vida cotidiana, haciéndolo caer en una vorágine de sentimientos encontrados, bilis y más miedo. Cuando la puerta de su despacho se cerró con parsimonia, él pudo volver a levantarse y ver que, gracias a Dios, esos bastardos se habían largado. Aún con la conversación fresca, y sabiendo que habia vendido a Hitsugaya, decidió comenzar a unificar sus tropas.
Marcó el anexo 579 en el teléfono de su oficina y al segundo timbre, una voz masculina le respondió.
—¿Diga?
—Ukitake, tenemos un problema.
—¿Kuchiki? —su voz sonaba extraña— ¿Qué es lo que ha pasado?
—Ellos saben.
El silencio que siguió a esas palabras fue roto por el carraspeo del interlocutor.
—¿Cómo es eso posible?
—No tengo idea, pero me siguieron a mi despacho. —Se lamió los labios, debatiéndose entre decirle o no lo de su hermana, luego se dijo que sería idiota si no le advirtiese— Están siguiendo a Rukia.
—¿Existen pruebas?
—Más de cincuenta fotos tomadas por un francotirador, algunas a corta distancia otras a larga. Están asediándola.
—Esto no es acerca del proyecto, ¿verdad?
—Sí y no. Tu conociste a mi esposa, Ukitake, sabes que guardaba secretos; cosas de las que nunca me quiso hablar. Ni a mí, ni a nadie.
—Excepto a… —la voz del hombre de cabellos blancos se fue debilitando hasta enmudecer.
—Sí.
Byakuya sabía que Ukitake era un hombre de confianza, alguien en quien podía depositar un secreto sin que este se chivara a otros capitanes o que siquiera escapara de sus sellados labios. Él era un hombre con el honor por todo lo alto y con un orgullo bien intencionado.
Escuchó al capitán del treceavo escuadrón suspirar con resignación.
—Entonces, ¿estás dispuesto a meterte en un hoyo del que es muy probable no pueda sacarte, ni yo ni nadie?
Ya no le quedaba otra opción, ¿o sí?
"No. Esto ya está llegando a un fondo que no estoy dispuesto a tocar"
—Díctame el número de X-cution.
4.-
27 de febrero de 1969
Estado de Virginia, Langley.
La recepción de ese lugar era de proporciones épicas y eso que él habia visto muchas construcciones asombrosas en toda su vida. Cortesía de su hermana, claro está. Completamente de vidrio polarizado, de adentro hacia afuera, para evitar filtraciones, la mega construcción contaba con un lobby en el que estaba completamente seguro que sería el doble de su modesto apartamento en los alrededores de Tiffany's. La señorita de recepción, alta, rubia, con un estricto moño sobre la cabeza y ojos completamente azules, era el epitome de la mujer americana promedio. De esa de la que todos estaban orgullosos de tener en sus vidas; sin embargo, a él solo le hacía sentir escalofríos por todo el cuerpo porque su mirada, glacial y estrictamente reservada para la familia Kuchiki, le hacía pensar que era como la hermana perdida del magnate armamentista. No obstante, él sabía que no solo esa familia poseía esa forma de observar detenidamente, como si quisieras escanear todo lo que esa persona es y piensa. No, ellos también lo hacían. Es por eso que, cuando le tocó el turno de hablar con la señorita, se fijó en las grandes letras que estaban por todo lo alto detrás de la recepción. En completo relieve y haciendo contraste con los ventanales, rezaba:
"The Work of a Nation"
—¿No es un poco presuntuoso colocar su lema por todo lo alto? —comentó, intentando que su voz sonase tan afable y educada como su familia se lo habia enseñado.
La recepcionista, blonda y con su sonrisa de dientes perlados, le contestó:
—Los lemas están hechos para inspirar. Nosotros trabajamos arduamente para nuestro país; nuestros soldados, cuando regresan de una misión, se llenan de orgullo al saber que han luchado por su nación, ¿a usted no lo inspiraría un lema o una mantra en la que pueda depositar su confianza?
El hombre solo sonrió, extrañado por la respuesta de la mujer.
—No soy un crédulo pero te puedo asegurar que lo que me inspira ese lema es despotismo. Y soy un hombre democrático.
La mujer lo escaneó con la mirada.
—Lastima —escupió ella, cambiando el tono azul de sus ojos, volviéndolos más oscuros—. El director del Banco Mundial y la señorita Kuukaku Shiba lo esperan en el despacho de éste. —Le señaló el ascensor— Quinta planta, tercera puerta a la derecha. No se puede perder. Tiene grabado el nombre del director.
Con una franca sonrisa incomoda, el hombre susurro:
—Gracias.
Dicho eso, el hombre de ojos aguamarina y cabellos negros, Kaien Shiba, camino con paso decidido por la recepción hasta llegar al ascensor. Pulso el quinto piso y noto como, casi inmediatamente, dos hombres robustos con trajes parecidos al de los escuadrones de protección, conversaban amenamente sobre el clima, la comida china y el mejor lugar para comprar porno. "Soldados" pensó, con algo de repugnancia. A él no le gustaba tener que arriesgar su vida por un país, por unos partidarios, que no habían hecho absolutamente nada por él, o por su familia, o por las personas en general. Sí, se hablaba de grandes reformas agrícolas, de grandes cambio para la producción petrolera en otros países, de exportaciones que harán que no solo Norteamérica, sino todo el mundo, se beneficiaran de ellas. Blasfemias, ¿acaso habían visto cambios? Ninguno. Y Nixon, por más recién presidente electo que fuera, estaba haciendo un pésimo trabajo. Cuando entró al ascensor, los dos soldados se ubicaron atrás de él.
—Planta diez, por favor —habló uno de ellos, el que tenía ojos negros.
Kaien volvió a sonreír políticamente.
—Claro.
Él apretó el botón del piso 5 y luego del 10. El ascensor se puso en marcha, parando en el piso dos para recoger gente; sin embargo, aun podía escuchar lo que esos soldados hablaban.
—¿Has escuchado lo que quiere hacer el director? —pregunto el de ojos verdes.
—Sí, aunque no sé con qué derecho. Él ya no es el jefe de este lugar, solo otro simple banquero que cree que puede darnos ordenes —chasqueó, el de ojos morenos— Mierda, eso es lo que es. Se cree gran cosa porque tiene asentado el poder de antemano pero dale un arma y vas a ver qué es tan idiota que no podrá ni matarse a sí mismo.
Su compañero rió levemente.
—No sé si será tan estúpido para eso, pero por lo menos a mí me parece un plan factible. —El hombre quiso susurrar, pero era demasiado obvio que deseaba que todos en el ascensor le escucharan— Enviar a los SEAL a Camboya es algo que podría beneficiarnos.
—Mira, no niego que lo es pero, se suponía que iban a enviar a, ya sabes, "los otros".
—¿El nuevo equipo especializado?
—Ajá.
Y justo en ese momento las puertas se abrieron en la quinta planta. Kaien salió del pequeño cubículo con sus oídos despiertos. La última palabra que captó de esa conversación entre soldados fue "Delta Force".
Oh, él sabía que los de la CIA estaban metidos en algo gordo y malo y que les explotaría en la cara o, como siempre, lo derivarían como un error del estado. De todas maneras, la CIA era como un estado dentro de otro. El poder que tenían era demasiado. Y eso le hacía pensar en las razones que tenía su hermana para citarlo allí con el mismísimo director.
Maldita la hora en que le hizo caso, pero habría mentido si hubiese dicho que no sentía curiosidad por saber lo que quería.
Camino por la recepción del lugar, que era menos grande que la del piso inferior, y se dirigió a donde estaban los despachos. Cuando dio con la tercera puerta, que casualmente era la 503, vio que era la adecuada. Para asegurarme, saco el papel donde habia anotado el nombre del hombre con quien se iban a reunir y lo corroboró con el nombre que rezaba sobre la puerta de roble macizo y en letras doradas.
"Robert McNamara".
Tocó la puerta dos veces y cuando su hermana le abre la puerta con una sonrisa adusta, puede respirar con facilidad.
—Has tardado, Kaien. —Le reprende pero mantiene la puerta abierta— Pasa, pasa, hemos comenzado sin ti, espero que no te moleste.
En realidad, sí que le molestaba. Kuukaku siempre hacia eso pero no era momento de comenzar una pelea de hermanos frente al director del banco mundial, ex secretario de defensa de Norteamérica.
—Señor McNamara, un placer conocerlo —mientras decía esto, le tendió la mano y el hombre en cuestión se la sacudió como si fueran viejos amigos del pasado.
—Así que tú eres Kaien Shiba, el fotógrafo. Un gusto, un gusto, toma asiento, por favor. —Ante eso, el hombre se sienta en la segunda silla que hay en el despacho, al lado de su hermana— ¿Te? ¿Café? ¿Algo que desees?
Él niega con la cabeza.
—No, gracias.
La puerta es cerrada y Kuukaku camina con elegancia en su traje de diseñador hasta tomar asiento al lado de su hermano.
—Mi hermano, tan modesto —rio la mujer de cabello negro y ojos iguales a los del hombre a su costado—. Bueno, creo que debemos ponerte al día de lo que trata esta reunión de emergencia. —Kaien mira con desconfianza como su hermana y McNamara se miran. Como si ocultaran un secreto. — Ayer por la tarde, los capitanes de los trece escuadrones de Nixon tuvieron una reunión de emergencia donde Genryusai dictaminó que el estado norteamericano va a poner a Isshin Kurosaki en busca y captura internacionalmente, junto con su cómplice, Ryuuken Ishida, por confabulación, traición al estado, a la CIA y violación al estatuto de los derechos humanos.
Kaien habia escuchado muchas cosas en toda su larga vida pero esa noticia simplemente lo dejo pasmado. No conocía de nada a esos hombres, pero sabía que el hijo de Kurosaki estaba en algún lado, vivo. Y pensó, ¿qué repercusiones tendrá esa emisión en su vida? Prácticamente estaban marcándolo como cómplice de un delito que jamás hizo. Eso, por una parte, hizo que se compadeciera de él y por otro lado, bueno, la prole era igual a los padres, ¿no? Incluso si Kurosaki no hubiese criado al niño; Ishida lo habia hecho. ¿No significaba eso que el niño probablemente hubiese crecido con problemas de diversos tipos? ¿Dónde quedaba el hijo legítimo de Ishida en esto? Todo era confuso, pero quizá fuese lo mejor.
—Joder… —fue lo único que atino a decir.
—Joven Kaien —la voz grave de McNamara lo sacó de sus cavilaciones—, como usted sabrá, esto se viene cociendo desde hace muchísimo tiempo. Tenía que haberse dado en su momento pero no fue así. Supongamos que la decisión tomada por los capitanes es la adecuada; las repercusiones en cuestión no serán graves, debido a que la mayoría teme al apellido Kurosaki como si fuese a matarlos desde donde sea que este. El tema a discutir es: ¿cuáles son las repercusiones que va a tener esto en Vietnam?
Esto dejo aún más confundido al hombre.
—No entiendo, ¿por qué tendría que tener repercusiones allá? Sería un logro, creo yo. Se supone que están intentando que esta guerra termine lo más pronto posible, entonces, con Kurosaki fuera de línea, las cosas serán más sencillas.
—No, Kaien, no entiendes —Kuukaku habló, con voz paciente y mirando hacia un lado—. Las cosas en Vietnam están algo tensas y se van a tensar aún más porque el gobierno no ha dictaminado ninguna orden de los comandos desde hace siete meses.
—¿Qué? —escupió rápidamente el hombre.
—Se lo que estás pensando. "Es imposible". "Como puedo estar diciendo esas cosas si se supone que para eso están las divisiones de ataque, para controlar las cosas" —esta vez, Kuukaku le miro— El tema Kaien, es que los escuadrones no han dictaminado ninguna de las ordenes que los soldados han recibido en los pasados siete meses porque alguien está interfiriendo las señales. Incluso el telégrafo, maldita sea. —Se pasó una mano por su cabello, intentando controlar la frustración— Y no solo eso: El tráfico aéreo ha sido distorsionado en su totalidad. La única manera viable y factible de llegar a Vietnam es si uno tiene su propio avión y piloto. Lo he confirmado hace unos días, que envié a uno de mis espías mediante un vuelo comercial en Iberia y me dijo que terminó en alguna parte de Nicaragua u Honduras, no sabía cuál de todos, pero que definitivamente eso no era Vietnam. —La mujer observó el rostro impávido de su hermano. Ya era hora de que el muchacho regresara al negocio familiar. — Lo que significa que alguien ha comprado a todas las aerolíneas disponibles para desviar vuelos. No sabemos si es por soborno o por chantaje; lo que sé, Kaien, es que en Vietnam, los soldados han perdido la fe en el gobierno americano.
Y en ese momento, recordó las palabras de la recepcionista de la CIA.
"Nuestros soldados, cuando regresan de una misión, se llenan de orgullo al saber que han luchado por su nación, ¿a usted no lo inspiraría un lema o una mantra en la que pueda depositar su confianza?"
Confianza. Los soldados habían perdido muchas cosas pero lo único importante, lo que él sabía con todo su corazón que no podían perder, era la confianza. Ese único valor era lo que los mantenía cuerdos, lo que ponía un límite entre la desesperación y la libertad.
Libertad. Esa palabra nunca habia sonado tan vacía como en esos momentos.
—Pero, entonces, ¿qué están haciendo las divisiones para contrarrestar esto? ¿Por qué no lo sacan en los periódicos o en las noticias? Esto definitivamente es un complot del estado.
La sonrisa de McNamara no auguraba nada bueno y solo le hizo sentirse incomodo, como si estuviese hablando frente al hacedor máximo de la política internacional. Quizá, de verdad lo era.
—Eso es porque no se han dado cuenta de que están siendo asediados. No saben absolutamente nada.
—Kaien, como sabrás, nuestra familia no es partidaria de los escuadrones de Nixon. Cuando pedimos unirnos, nos rechazaron por nuestro pasado y conexiones; sin embargo, nosotros tenemos algo que ellos no: Información. Gente de confianza en los lugares adecuados. Personas que pueden decirnos específicamente como contra atacar, como dar los primeros pasos. Y esta, es la mejor oportunidad para dar el primer paso.
La ceja del hombre se alzó con desconfianza.
—¿Primer paso?
La oficina se quedó por un momento en silencio, solo con las miradas de dos personas con poder, retándose, y él en medio de todo. Aun no sabía porque habia sido llamado a esa reunión.
—Kaien, —McNamara fue el que recito su nombre con toda la confianza del mundo— tengo una propuesta que hacerte: Necesito un espía. —Él abre los ojos, desconcertado— Uno de confianza, que sea fotógrafo porque para la misión que te encargare, deberás tener buena mano con la cámara. Uno que sepa hablar tres idiomas porque es probable que vayas a estar en el extranjero durante un tiempo, uno que tenga un currículo como el tuyo y que, por supuesto, tenga la influencia que tienes dentro de uno de los más prestigiosos institutos de arte y fotografía del estado. Eres el perfecto candidato que busco para el puesto. La paga no es algo por lo que debas preocuparte, como le estaba diciendo a Kuukaku, será depositada cada vez que termines con una misión y será generosa, no te preocupes. Los horarios que propongo son flexibles, debido a que tendrás espacios de tiempo para descansar entre misiones. También brindo seguro de vida para ti y tus familiares. Todos en general. Tendrás que mudarte a otro apartamento que sea ilocalizable, de eso me encargo yo, no te preocupes y todas tus cuentas pasaran a nombre de la CIA. Es probable que tengas que cambiarte el nombre un par de veces pero no es nada que no podamos arreglar. Trabajarás oficialmente para la CIA y, extraoficialmente, para mí. Tendrás paga de ambos lados con todos los beneficios de la ley. La cuarta enmienda será flexible en tu caso. —McNamara vio como el hombre se habia levantado lentamente y comenzaba a caminar por el despacho como si hubiese visto a un fantasma. Estaba pálido y sus ojos habían perdido brillo, así como parecía que hubiese perdido unos cuantos años de vida. — Como ves, Kaien, es una oferta que no a todos se les hace. Una oportunidad única en tu vida. —El silencio, tenso y afónico, volvió a inundar el lugar. Tanto Kuukaku como Robert se miraban entre sí, midiendo la reacción del hombre que seguía dando vueltas por el despacho. Luego, McNamara carraspeó: — Bien, como veo que aceptas, será mejor que te de la primera misión en concreto que es seguir a…
—No voy a hacerlo.
Kuukaku se levantó de su lugar.
—¿Qué has dicho?
Esta vez, Kaien miro fijamente a su hermana y vio la ira reflejado en sus propios ojos. Bien, que se jodiera, ya le habia aventado toda la mierda una vez, esta no sería diferente.
—No voy a hacerlo, Kuukaku. —Luego se giró al hombre de lentes redondos y cabeza medio calva— Lamento que mi silencio fuera comprendido de una manera equivocada pero no voy a aceptar su propuesta, por muy tentadora que sea. Ahora, si me disculpa, tengo que regresar a Nueva York.
Con todas las ganas de salir de ese sitio y vomitar en la recepción de la CIA, se acercó a la puerta pero la voz de su hermana lo detuvo.
—Creo que no estás pensando con la cabeza, Kaien. Tienes que aceptar la propuesta de McNamara, de hecho, ya lo he hecho por ti.
La risa del hombre, fue sombría y sus ojos volvían a refulgir de ira. Hacia McNamara, hacia Kuukaku, hacia la puta CIA.
—No puedes aceptar algo sin mi consentimiento, hermanita, es ilegal hacerlo. Por mucho que quieras torcer las leyes que nos rigen, yo no voy a hacerlo.
—Hazlo por Miyako —rugió la mujer—. Necesitas el dinero, lo sabes, he consultado tu estado de cuentas y…
Eso fue la gota que derramo el vaso.
—¡Y nada! ¡No tienes por qué meter tus narices en mis cosas, Kuukaku! ¡Para eso le cedi mi herencia a Ganju! ¡Porque no quería volver a este mundo! ¡¿Esto es lo que quieres para tu futuro, hermana?! ¡¿Poder, control, dinero?! ¡Eso no es nada! ¡Cuando mueres, lo que te llevas a la tumba son tus memorias! ¡Los que te esperan en el más allá son tus seres queridos y eso es lo único que importa!
—¡Pero no estás muerto! ¡Estas vivo! ¡Y los vivos necesitan dinero! ¡Y mientras sigan viviendo en la américa capitalista que estamos intentando alzar, seguirán necesitando dinero! ¡Al final, todo se resume a eso! ¡Incluso morir implica dinero, porque necesitas pagar el lugar donde te entierran, la lápida! ¡Las pagas en cuotas anuales hasta que tus otros familiares mueran! Y, cuando ya no quede nadie, te cremarán e incluso eso cuesta dinero… ¡Dinero que tus nietos y los nietos de tus nietos tendrán que pagar! ¡Es una cadena! ¡¿No lo entiendes?!
La mirada que le dirigió Kaien a Kuukaku fue una de completa decepción. Era como estar viendo a otro ser, alguien que tenía el cuerpo de su hermana bonachona y llena de principios. Porque esa persona que hablaba tan fríamente no podía ser ella. Se negaba a creerlo.
—Estás loca. Tú no eres…
—Kaien, —la voz fuerte de McNamara le hizo reaccionar y se giró a ver al hombre sentado en el sillón de cuero negro. Por un momento, creyó estar ante el mismísimo Byakuya Kuchiki pero los ojos del hombre eran más afables que los del magnate. Sin embargo, habia algo, un brillo peligroso en el fondo de su iris que le gritaba peligro— tengo aquí los datos de tu futura familia —le mostró un portafolio lleno de papeles—, veamos, tu esposa está embarazada. Felicitaciones, será un niño. —Kaien se tensó ante la mención de Miyako y su futuro hijo— Que tenemos aquí, juego de cartas, casino, drogas… vaya, Kaien no sabía que tenías todos estos, como decirlo, vicios, en tu haber. Sin embargo, tu esposa no lo sabe, ¿no? Por supuesto que no, es improbable porque lo haces en las horas que supuestamente estas en tutoría. Tutorías que te pagan porque contratas a un externo para que dicte tus clases fuera de hora y, por supuesto, pagándole un salario mínimo, ¿quién será? ¿Un ex estudiante? —Siguió revolviendo papeles— Bueno, al parecer haz hecho un gran trabajo ocultando la identidad de tu falsificador, buen trabajo, ¿ves que si eres bueno para ser espía? Prosigamos, ¡Oh, bien! Vives cerca de la quinta avenida, ¿cómo te puedes costear un apartamento con el salario de profesor que tienes? Claro, las tutorías falsas, la venta ilegal de drogas y, que tenemos aquí, no sabía que también hacías fraude a pequeñas empresas. Claro, dinero sucio, así vivimos los americanos, ¿verdad? —La sonrisa de McNamara fue tétrica, como esas que ocupan todo el rostro y son capaces de cortar la carne solo para asustar a los niños pequeños— Ciertamente, la pobre Miyako no sabe nada de esto. Ella cree firmemente que tú eres una persona con principios y valores. No obstante, ni siquiera el fraude te ayuda a sobrevivir. Gastas más de lo que recibes, todo por complacer a tu bienaventurada esposa… ¿Deberíamos enviarle este informe, Kaien? Porque aquí también salen unas fotos tuyas en un bar, con una chica que no se parece en nada a Miyako y…
—¡Basta! —Rugió el hombre, con los dientes apretados— ¡No tiene derecho! ¡Usted ni tiene ningún derecho a…!
—De hecho, —le cortó McNamara— tengo todo el derecho del mundo a hacerlo. Simplemente aun no te has dado cuenta con quien estás hablando, al parecer.
El hombre de ojos aguamarinas miro furtivamente a ambos personajes. Los detestaba, no sabía a quién más, pero desde ese momento los detestaba. Se suponía que tenían un trato, él y Kuukaku. Se suponía que esto no iba a pasar. Kuukaku vio a su hermano intentar decidir qué hacer, que decisión tomar. Personalmente, esperaba que escogiese la que le convenía porque odiaría tener que enviar a sus hombres a acabar con él y con Miyako, la mujer era adorable y parecía ser el prospecto de esposa perfecto que necesitaba su hermano; sin embargo, ella también sabía que, entre el honor y el amor, los hombres siempre escogerían proteger su honor. Por sobre todas las cosas. Esa era una lección que habia aprendido hace muchísimo tiempo. No obstante, cuando Kaien le dirigió otra mirada airada a McNamara que prácticamente grito "¡Que te jodan!" y estuvo a punto de salir por la puerta, nuevamente, supo que iba a tener que tomar la decisión más difícil.
Y luego, su conciencia le obligaría a quitarse la vida porque, demonios, no podía matar a su hermano. Simplemente no.
—Kaien —dijo con entereza e intentando que su voz sonase lo más grave posible— hablemos. Solo los dos.
El hombre soltó una risa seca.
—¿Para qué? Ya sé tu opinión.
Ella se levantó con parsimonia y avanzo hacia donde Kaien sujetaba con fuerza el pomo de la puerta. Giro la cabeza de espaldas, afilando su mirada hacia McNamara.
—Permítenos unos minutos, Robert. En seguida regresamos.
Sin esperar respuesta, ella hizo que su hermano abriese la puerta y ambos salieron al pasillo desierto pero bien vigilado por cámaras. Cuando la puerta se cerró, el hombre hablo.
—No hay nada, absolutamente nada, que puedas decir para convencerme de esta locura, Kuukaku. Así que ríndete. Yo me largo. —Él intento caminar lo más rápido que sus piernas pudiesen trotar, pero la voz de su hermana, aquella muchacha algo desaliñada que alguna vez le habia curado sus raspones de bicicleta, le dijo:
—¿Es realmente por tu moral que no quieres aceptar o es por miedo?
Esa frase paralizo su cuerpo y lo tenso como la cuerda de un arco. No podía creer que ella, de entre todas las personas, le estuviese preguntando eso.
—¿Qué clase de pregunta es esa?
Ella chasqueó la lengua.
—Una a la que respondes con cualquiera de las alternativas que te he dado: ¿Moral o miedo?
Kaien se giró y regresó los pocos pasos que habia dado, furibundo.
—¿Realmente necesito preguntarte que estás haciendo relacionándote con gente de la CIA? —Su respiración se comenzó a agitar— ¿En qué estabas pensando, hermana? ¡Ellos son peligrosos! ¡Mucho más que todas esas corporaciones a las que has espiado! —a pesar de su furia, un tono de comprensiva y anhelante preocupación se dejaba entrever en sus palabras. No quería que ella sufriese ningún daño; era su hermana, al fin y al cabo. — Ellos te destruirán, Kuukaku, —susurró, intentando que McNamara no escuche demasiado de su conversación— cuando no les sirvas más, simplemente se desharán de ti como si fueses un juguete usado. ¿Es eso lo que buscas?
—¿Moral o miedo, Kaien?
El hombre siguió sin hacerle el menor caso.
—¿Por qué tuviste que hacerlo? ¿Necesitabas dinero, más contactos? Primeramente, ¿Ganju sabe en lo que se está metiendo la familia? Porque dudo que ese muchacho quiera estar mezclado con esta clase de gente.
Kuukaku agudizo su mirada y apretó sus brazos sobre su pecho.
—¿Moral o miedo?
—La familia depende de ti, maldita sea, se supone que tú eras la responsable de que la fortuna no cayese en malas manos… ¿Y ahora? ¿La inviertes en la CIA? ¡Piensa! Si una parte de lo que ese hombre ha dicho es verdad, lo que deberías hacer, lo que la Kuukaku Shiba que yo recuerdo debería hacer es contarle a Byakuya, a Ukitake ¡A quien sea! Lo que está sucediendo en sus narices. No dejar que todo se vaya a la mierda solo por orgullo y un honor familiar que, sinceramente, me vale un reverendo pepino en estos momentos.
La mujer cerró los ojos y dejo que el silencio respondiera por ella. Kaien no sabía que pensar de esa afonía preocupante, solo cuando ella abrió sus labios de nuevo, pudo saberlo.
—¿Moral o miedo?
Él gimió de frustración.
—¡¿Es lo único que vas a decir?! ¡¿Nada de lo que he dicho te importa?!
—¡Solo contesta la maldita pregunta, Kaien!
—¡Miedo! —gritó, haciendo que Kuukaku retrocediera un paso. Los ojos de Kaien estaban cerrados pero podía sentir todo su dolor, toda su angustia en las facciones congeladas de su rostro, con sus puños severamente apretados y totalmente blancos. Empezaba a pensar que podía perder la circulación solo por hacerlo tan fuerte o que, como mínimo, se haría zanjas en las palmas— ¿Acaso tu no lo tendrías también? —camino un par de pasos lejos de la mujer, mientras se frotaba el rostro con manos sudorosas— La última vez que me mandaron a misión, que tú me mandaste a una misión, termine en una puta cárcel en Afganistán, siendo torturado y esperando a que negociaras un rescate. Todo porque tu informante, y te lo recalco porque fue tuyo, no me dio la información correcta.
—Fue un error de cálculo. —Su rostro se habia constreñido en una mueca desesperanzadora. Recordar esos días era doloroso. — Nunca sabrás cuanto lamento…
—No, no lo sientes, hermana. —se burló.
Ella le miro horrorizada.
—¡¿Cómo puedes decir eso?!
Él volvió a soltar un bufido irónico.
—Bueno, no sé, será porque cuando regrese a tus brazos, lo primero que recibí fue una bofetada por no haber obtenido nada de esa misión y que prácticamente habías desperdiciado más de diez mil dólares en planificación y armamento. No sé tú, pero yo no vi que lo sentías mucho en esa ocasión.
Kuukaku Shiba se consideraba a sí misma una mujer de principios, o eso se decía todas las noches para poder dormir sin sueños, sin fantasmas que raspen por encima de su cráneo. Por lo tanto, cuando su hermano le recalcó el fallo de Afganistán, hace diez años, los fantasmas comenzaron a gritar en su cabeza. Y es que Kaien tenía razón, en ese tiempo, ella no era del todo benevolente con los errores, ni con sus propios espías. Si se equivocaban, los despedía y, días después, regresaban rogando que le dejase volver porque el resto de la pandilla estaba intentando asesinarlo. Ella solo sonreía y hacia que sus hombres de confianza entraran a deshacerse de lo que no servía. Claro, eso fue cuando las cosas estaban mancilladas, cuando habia algo que proteger. Después, las cosas simplemente sucedieron en el orden que tenían que pasar y ella comenzó con el cambio y la reestructuración de sus tropas, armamento y fieles políticos. Pero jamás olvidaría Afganistán. Porque no solo fue la misión que más dinero le costó; sino que también casi pierde a su hermano. A un miembro honorario de la familia Shiba. A pesar de lo que diga Kaien, esa bofetada que le dio fue la liberación de toda la tensión que se habia acumulado en esas semanas de incertidumbre, de no saber si seguiría vivo o cuando comenzarían a extorsionarla con partes del cuerpo del hombre en cuestión. Ella era un desastre, pero ver el rostro demacrado y sin afeitar de su hermano le devolvió la poca alma que aún le quedaba en el cuerpo; sin embargo, cuando él le miró, lo supo: Ese no era su hermano, no por lo menos el que recordaba.
Esa persona habia sido absorbida y reemplazada por otra totalmente vacía.
Y en esos momentos, esos mismos ojos vacíos estaban refulgiendo de furia, de despecho, de odio. Su hermano le odiaba y no era como si fuera a culparle.
—He cometido errores imperdonables, Kaien, muchos más de los que necesitas conocer, —el nudo que tenía atorado en la tráquea le impedía hablar con claridad pero intentó que su voz sonara, al menos, firme y serena— pero, ahora, en estos momentos, te pido que dejes ese miedo atrás. Trabajar con McNamara no es cómo trabajar para mí. Él no te mandará a misiones donde arriesgarás tu vida y no tendrás que estar alejado de tu pronta familia por mucho tiempo.
Él le miró escéptico.
—¿Realmente lo crees? Claro, todos son beneficios… hasta que me dé un revolver y me haga volarle la cabeza a alguien, —se acercó poco a poco a ella hasta que estuvieron a dos palmos de distancia— dime Kuukaku, ¿cómo me vería mi hijo si se enterará, más adelante, de lo que hago para vivir? Porque hará preguntas, tarde o temprano las hará. ¿Cómo crees que quedaría yo? Quizás al inicio, como el héroe. ¿Y después? ¿Qué hará cuando tenga el razonamiento necesario para saber lo que implica matar a alguien? ¿Qué le dirá a sus amigos, a su novia o esposa, cuando le pregunten a qué me dedico? —Suspiró, derrotado— ¿Qué le contestaré yo, entonces?
La mujer se le quedó viendo atónita.
—Eso aún no ha sucedido.
—Pero sucederá. ¿Y qué hare yo entonces? Contar la verdad, Kuukaku. —al ver que su hermana estaba por ponerle otro ultimátum, le hizo callar levantando su mano derecha— No, antes que lo digas, hablaré yo primero: —se lamió los labios— Le contaré la verdad, toda, desde la segunda guerra hasta lo de hoy. Todo. Y luego, hare lo único correcto que habré hecho en mi maldita vida: Ir con el FBI a contarles lo que tu haz hecho. No me interesa mandarle mierda a la CIA, pero si yo me hundo a los ojos de mi hijo, tú lo harás conmigo. Y tu caída, te lo aseguró en un cien por ciento, será peor.
No podía creer lo que estaba saliendo de los labios de su hermano. Realmente habia cambiado en ese tiempo que solo se habían comunicado mediante Ganju o cartas esporádicas. Ya no era el hombre que él conocía.
Entonces, lo trataría cómo uno de sus subordinados.
Su rostro se volvió insondable.
—Acepto tu amenaza porque, como veo en el trasfondo de tu cháchara aceptas el puesto de McNamara. Es un trato, entonces.
Kaien sonrió cínicamente.
—Dios, ni siquiera puedo hacerte entrar en razón. Lo siento si te asuste con mi amenaza, hermanita, pero no, no acepto dinero sucio. Y sí, antes de qué hables sobre lo que he estado haciendo, te diré que no te interesa y que lo mío lo puedo resolver fácilmente. Incluso aceptaría ir un par de meses a prisión para resolverlo de una vez por todas. Tu mierda, por otro lado… bueno, si te descubren, espero que no me llamen a testificar porque diré toda la verdad.
El hombre de ojos aguamarina se giró, dándole la espalda a quien alguna vez fue su familia, y comenzó a caminar de forma tranquila en el pasillo. De alguna manera, rechazar la oferta de McNamara limpiaba su carne. Era como ir a confesarse con el cura de la parroquia de un pueblito sin nombre: liberador. Era como saber que, pese a que pusieron todas las tentaciones en bandeja de plata e incluso le amenazaron, él no cedió ante sus principios. Ante su moral. Tenía miedo, lo admitía; pero él no tendría cara para ver a su hijo a los ojos y decirle que habia aceptado un trato sucio solo por cubrirse las espaldas. Él era un hombre honorable, o por lo menos, lo era desde hace diez años.
Sin embargo, cuando llegó al ascensor y presionó el botón del primer piso, Kuukaku le habló nuevamente. Y su voz, tranquila y pausada, le hizo temblar.
—¿Sabías que Byakuya Kuchiki ha contratado nuevamente a Urahara? —el hombre no dio señales de querer escucharla, por lo que ella siguió: — Un caso raro, de verdad, ni yo sé que están investigando exactamente pero, según Yoruichi, algo malo ha sucedido con la misión y tuvieron que abortarla, al parecer metieron sus narices donde no debían y la mujer estaba saliendo perjudicada. ¿Extraño, no? —Kaien vio cómo el ascensor, maldito fuese ese aparato, se tardaba de más en el segundo piso— Lo más extraño de todo, sin embargo, es de lo que me he enterado por medio de unos de mis espías. Si sabes que estamos siguiendo a Rukia Kuchiki, ¿no?
Kuukaku sonrió internamente al ver cómo el cuerpo de Kaien se giraba como un resorte y la miraba con terror. Sí, definitivamente el punto débil de Kaien era Kuchiki.
—¿Qué? —escupió, con los dientes apretados igual de fuerte que sus puños.
—Oh, no soy la única que la sigue, no temas. No le haré nada. Solo es espionaje corporativo, ya deberías saberlo. Se siguen a todas las personas implicadas en el asunto de la corporación y manejo de divisas, la entrada y salida de efectivo, activos y el patrimonio de la empresa. —Se fue acercando levemente hacia el ascensor— Cosas aburridas. Sin embargo, he notado algo peculiar en su comportamiento. No, no es peculiar. Es un cambio drástico.
El hombre solo agudizó la mirada sin abrir la boca, esperando a que su hermana le dijese lo que tenía que decir.
—Al parecer, ya no vive con Byakuya en Madison; sino en un loft en la quinta avenida. Algo extraño si me preguntas, pero eso no es lo interesante. —Se mordió una uña— Lo interesante es con quien comparte ese loft. ¿Sabías que está compartiendo casa con alguien, no?
La voz del hombre salió algo cortada y rasposa.
—Sí, sabía que se habia mudado porque algo habia sucedido con Kuchiki y ella no quería estar en medio o algo así. No nos contó exactamente todos los detalles, solo que estaba a salvo y habia conseguido un buen lugar. —Giro su mirada hacia uno de los ventanales— No sabía que estaba en la quinta avenida.
El rostro de la mujer se tornó un poco más serio.
—Sí, bueno, eso no es lo inquietante, en realidad.
—¿Le ha sucedido algo malo? —aunque quisiera negarlo, el tono preocupante de su voz y el pequeño temblor en sus puños delataban su estado de ánimo.
Ella suspiró.
—Antes que nada, te voy a decir que todo lo que McNamara y yo hemos dicho dentro de esa oficina es verdad. Isshin Kurosaki va a ser puesto cómo terrorista internacional y su hijo será la paria de este país. Tendrá suerte si es que no lo llegan a extraditar o si no se va él por su cuenta. —Al ver el rostro interrogante del hombre, siguió hablando— El tema es, Kaien, que Ichigo Kurosaki vive en la quinta avenida. Hace ya un tiempo que teníamos registrada su dirección y esta no ha cambiado en años por lo que conocemos a ciencia cierta donde está, a donde se dirige y hasta a qué hora va al baño. —Se volvió a lamer los labios, por alguna razón estaban resecos— Mis espías siguieron a Rukia y la vieron entrando al mismo apartamento donde reside Kurosaki.
La afonía que siguió a esto solo fue rota por el timbre del ascensor, maldito sea, que se abrió en par para dejar salir a algunas personas que tuvieron que empujar a Kaien porque este se habia quedado estático en su lugar.
La voz del hombre salió como un graznido.
—¿Me estas tomando el pelo, no?
La mujer negó con la cabeza.
—Tengo fotos y un video en el que se les ve juntos, de compras. Al parecer comparten las tareas domésticas o algo así. No sé mucho sobre eso.
Cuando Kaien recorrió de nuevo el pasillo hasta la primera puerta, supo que ese tipo de información valía la pena.
—No, te estas equivocando, Rukia no haría eso. No es su estilo, —se oía desesperado por entender, por confiar en la veracidad de lo que su hermana le estaba soltando— ella nunca se metería en la casa de un extraño, porque me consta Kuukaku que ellos jamás, jamás se habia visto antes. Así que es imposible que sea ella. Te estas equivocando.
—Mira, no conozco mucho a la chica, tú eres su profesor, la conoces más. Sin embargo, reconozco a la heredera Kuchiki en cuanto la veo. Sé que es ella. Está viviendo con Kurosaki.
Y la furia se desató.
—¡Entonces haz algo! ¡Dale asilo! ¡Si no quiere volver con Kuchiki, dáselo! —Los pocos que recorrían los pasillos del tercer piso de la CIA se le quedaron mirándoles de forma extraña— ¡Ha debido de ser embaucada o algo así! ¡Kurosaki es…!
—Dijiste, —la voz de su hermana sonaba compasiva— hace no mucho tiempo si no mal recuerdo, que no habia que juzgar un libro por su portada. Ichigo no es su padre.
—¡Pero…! —él cerro los ojos, intentando ordenar sus ideas— Rukia es testaruda, es algo impulsiva a veces, lo sé pero ella nunca se iría a vivir con un completo extraño. La conozco.
—No es de tu incumbencia, Kaien. —Alzó una ceja— La muchacha no es anda tuyo, ni un familiar, ni tu amante, ni nada. Ella puede hacer lo que quiera y no rendirle cuentas a nadie.
—¡Está viviendo con el hijo de un terrorista! —gritó, enfureciéndose a cada minuto.
—¿Y?
Y. Esa era la gran pregunta. Se supone que a él no le debería importar y no la amaba, le constaba porque Rukia era solo… su alumna. No sentía ese impulso de estar con ella como se lo impulsaba Miyako o su amante esporádica. No, era algo que no supo definir en esos momentos pero el sentimiento de preocupación de ahogo al saber que algo malo podría pasarle era aterrador. Porque nunca habia experimentado eso con nadie. Ni con su esposa.
Entonces se dio cuenta que habia caído directamente en la trampa de Kuukaku. Claro, por supuesto, típico de ella. Su estrategia era sencilla: Darle un pedazo de pastel y hacer que él, impulsado por la curiosidad, consiguiese el resto. Y solo lograría saber toda la verdad si aceptaba el trato como espía de McNamara. Bien, en esos momentos, estaba algo desesperado por ponerle nombre a lo que se supone que estaba sintiendo pero tampoco estaba tan loco como para aceptar el trato así como así. "Estoy jodido" pensó, mientras se pasaba las manos por su cabello, desordenándolo. Tendría que aceptar. Lo haría por Rukia. No se perdonaría jamás si algo le llegase a suceder, peor aun sabiendo que podría haber hecho algo para evitarlo. Pero no se la iba a dejar tan fácil a su hermana. Por supuesto que no.
—Bien, tú ganas. —Suspiro, mirándola y fijándose en sus facciones victoriosas— Aceptaré el trato de ese hombre.
La sonrisa lobuna de Kuukaku era predecible.
—Es la mejor decisión que has podido tomar.
—Pero… —ella se esperaba la condición— protegerás a Rukia. Ante todo, le darás asilo en nuestra familia hasta que yo muera. Ese es el trato.
La mujer asintió con la cabeza.
—Por el honor de los Shiba, te juro que nadie tocará a Rukia Kuchiki sin que la venganza caiga sobre sus cabezas —toda la frase la dijo de manera poética y algo sonsa que hizo a Kaien sonreír falsamente.
—Bien.
Ambos avanzaron hasta la puerta donde rezaba el nombre de "Robert McNamara", sin embargo, Kaien interrumpió sus acciones y ella vio como los ojos de su hermano se volvían turbios y vacíos nuevamente. Sin rastro de la preocupante desesperación por saber sobre Kuchiki.
—Antes de que firme mi sentencia de muerte, te hare saber que, ahora que he aceptado el trato, tu aceptarás el mío.
Ella frunció el ceño.
—Ya te dije que protegeré a Kuchiki.
Él negó con la cabeza.
—Cuando mi hijo cumpla la edad suficiente para poder pensar y sacar conclusiones por sí mismo, le contaré la verdad. Mi amenaza anterior, ahora es validad. Así que estas advertida, esto ya no es un juego. Tienes hasta que el niño cumpla los 11 años para hacer todas tus mierdas; luego, comparecerás ante la justicia y morirás en la silla eléctrica.
Ella abrió sus ojos, aterrorizada.
—¡No puedes…! —rugió.
—Sí, sí que puedo. —Le dirigió otra sonrisa cínica mientras le palmeaba el brazo como si se trataran de viejos conocidos— Alégrate, hermanita, ambos nos encontraremos en el infierno después de esto. Por fin seremos la "familia" que siempre quisiste que seamos.
Y con eso, abrió la puerta.
Robert vio como Kaien entraba y lo miraba de forma desafiante.
—Acepto.
El hombre solo sonrió de forma autosuficiente. El primer paso ya estaba dado.
5.-
28 de febrero de 1969
Estado de Nueva York, Brooklyn.
"Nada nos hace más vulnerables que la soledad; excepto la avaricia" —Thomas Hardy.
—¡Eh, Renji! ¡Dame el control remoto!
Una voz chillona se escuchó por la sala de estar de las oficinas de los trece escuadrones de Nixon. Todo estaba relativamente calmado para ser un día histórico. Sí, era el día. Para ellos, los soldados de una nación naciente, de ese momento dependían todo su arduo trabajo durante el tiempo que llevaba la organización completa. Rangiku Matsumoto, teniente del décimo escuadrón, estaba intentando que Renji Abarai, teniente del sexto escuadrón y guardaespaldas de Byakuya Kuchiki, le cediera el control remoto de la televisión a color que habia en el living. Era el nuevo modelo que habia salido ese año y, aunque de todas maneras tendrían que agruparse apretadamente alrededor de la caja boba, al menos podrían ver a Nixon a todo color y sin interferencia. Las catorce pulgadas lo valían.
—¡Joder, no! ¿Qué no ves que en unos minutos va a empezar el anuncio nacional? ¡Y tú solo pensando en el show de Chappy!
La mujer hizo un puchero.
—¡Pero es que es el último episodio de la segunda temporada! ¡Por fin van a revelar quien en –C! ¡Y me voy a volver anciana si tengo que esperar al remake del domingo! ¡Vamos, Renji! —reclamo Rangiku, intentando ponerle frente a sus ojos sus voluptuosos senos. A lo que el hombre se sonrojo totalmente.
Oh, dios, sería que Rukia tendría razón y él era un virgen total.
—¡TENIENTE MATSUMOTO! —gritó, mientras se levantaba de un salto del mullido sillón, dejando el control remoto, y esos increíbles senos, fuera de su vista. Como odiaba cuando le tendían esa trampa.
Renji masculló algo entre dientes, a lo que Rangiku solo cogió el control remoto y cambio de canal. La música del show de Chappy empezó a llenar el ambiente del living.
—¡Rangiku! —esta vez, la voz chillona fue de Kiyone.
Y de la nada, el show de Chappy desapareció de la pantalla para verse la rueda de prensa que estaban dando los parlamentarios del pentágono.
—¡¿Eh?! —gimió la teniente, intentando cambiar de canal, sin éxito alguno.
—Es inútil, Matsumoto.
Ella se giró a ver a la voz rasposa que le decía esas palabras.
—¡Eres malo, Ikkaku! —habló, mientras se cruzaba de brazos.
El hombre, teniente del onceavo escuadrón, solo suspiro cansadamente.
—Sabes que hoy se nos permitió estar aquí solo por el aviso presidencial, nada más. Esto es el trabajo, Matsumoto, no una tienda de electrodomésticos.
—Eso dices tú porque no ves el show de Chappy. ¡Hoy se iba a revelar quién era –C!
Renji, quien se habia acercado ahora que no habia peligro, habló.
—Cosas de chicas. No quieres saber, compañero.
—En realidad, —la voz de Kiyone se alzó entre el grupo del living— yo quisiera saber de qué trata. Es que, la última vez que me encontré con Rukia, ella se encontró con una amiga mía y resulta que ambas habían visto el show de Chappy y…
La voz de Rangiku casi dejo sordos a los dos hombres.
—¡¿Alguien más ve el show de Chappy?! ¡Oh, yo sabía que Kuchiki tenía su corazoncito! ¡¿Y quién es esa amiga de la que hablas?! ¡En que capítulos de que temporada irán! ¡Por fin podré hacer teorías de conspiración con alguien!
—¿Rukia ve esa porquería? —susurró Renji, ganándose una mirada airada de Matsumoto— programa educativo. Quise decir, "programa educativo que debería estar al aire a toda hora".
La sonrisa de la teniente hizo suspirar al hombre. A veces las mujeres tenían unos gustos…
—Vale, vale, niños, sentémonos rápido. En quince minutos empezará el pandemónium y tendremos que estar en nuestros puestos para evitar que las llamadas telefónicas saturen la red. —la voz, algo ruda pero melodiosa al fin y al cabo, de Isane lleno el ambiente. Kiyone la vio y sonrió.
—Hermana, ¿qué tal va todo en el cuarto escuadrón? —habló la rubia.
La teniente del cuarto escuadrón solo suspiró.
—La capitana Unohana ha dicho que no podemos mandar provisiones hasta nuevo aviso. Al parecer hay una congestión en el tráfico aéreo y no salen vuelos comerciales.
Ikkaku frunció el ceño.
—¿Pero porque enviarlo mediante vuelos comerciales? Pueden usar los de la milicia americana —dijo.
—No es tan sencillo, teniente Madarame, —rebatió Isane— la milicia está usando en estos momentos todas sus armas. Mandarlas en barco tomaría demasiado tiempo.
—Pero, Isane —esta vez, fue Renji quien habló—, ¿por qué no pedir un jet? Si la capitana lo solicita al comandante y este a Nixon, el estado no tendrá problemas para darles a los escuadrones de protección un avión. Cuando le menciones que son provisiones medicinales para los soldados, con más razón te lo darán y se apresuraran.
—Y es raro que la capitana no lo haya pensado antes —espetó Ikkaku.
—Es que no es tan simple como se ve, muchachos. —La voz de Matsumoto sorprendió a todos, ese tono normalmente aniñado se habia ido para ser reemplazado por su rostro totalmente serio.
Madarame chasqueó la lengua.
—Es así de sencillo, Matsumoto. Pides un requerimiento al comandante, se lo derivan a Nixon, Nixon habla con los charlatanes del pentágono, firman cien papeles, hacen copia doble de esos cien papeles y luego te dan el maldito avión. La burocracia funciona.
Ella suspiró, sentándose en el filo del sillón.
—Es raro, ¿bien? Yo sé que debería ser así de fácil como lo planteas pero, desde que mi capitán y yo fuimos a Vietnam… —su rostro se apretó en una mueca de desagrado— Algo no estaba bien.
—La guerra es así, Rangiku —dijo suavemente Kiyone.
—No, —rugió la mujer voluptuosa— me refiero a que algo realmente no estaba bien en ese ambiente. No era la guerra en sí, o los soldados. Es… —sacudió su cabeza varias veces hasta que gimió frustrada— No, son tonterías, aún estoy aturdida por el viaje, eso es todo.
Los chicos miraron a Rangiku expectantes. En realidad, ellos también querían saber que estaba sucediendo en ese lugar.
—Rangiku. —La mujer levanto la mirada y se encontró con los amables ojos de Isane— Cuéntanos que es lo que viste en ese lugar.
Ella frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque eres la única de entre todos nosotros que ha pisado el campo de batalla —la voz barítona de Renji se hizo escuchar—, eres la más capaz en estos momentos de poder darnos ordenes pero también para darnos una idea general de cómo proceder y poder darle el apoyo correspondiente a nuestros capitanes.
—Mi capitán ya debió de haber dado su informe el pasado miércoles. Todos los capitanes ya deben estar enterados.
La risa seca de Ikkaku hizo saltar a Kiyone debido a su proximidad con el hombre sin ningún pelo de tonto, literalmente.
—¿Y te crees que ellos comparten con nosotros lo que hablan? Vamos, Matsumoto, eres inteligente, sabes que sus reuniones son a puerta cerrada en un auditorio donde ni el aire puede filtrarse. Cinco cámaras de seguridad, micrófonos incorporados y un maldito detector de huella digital.
Ella suspiró.
—Lo que vi fue que el estado del armamento de los soldados no era el mejor. Mi capitán ya ha debido de hacer la solicitud correspondiente y quizá por eso Unohana también está pensando en mandar provisiones. Eso también entraba en el requerimiento. —La mujer se quedó mirando las noticias de un canal americano sin ver realmente nada— Era húmedo, muy húmedo; prácticamente llovió todo el tiempo que estuvimos de misión. Los mosquitos, la cosa más horrible que puede existir en este planeta y el olor a nada. Era como si… —su voz se fue apagando en un susurro hasta que dejo de oírse y solo el hombre del clima, con su sonrisa y cabello rubio tostado, daba las indicaciones que prevenían tormentas de nieve en el norte del país.
Kiyone se quedó observando a Matsumoto, viendo como sus ojos se movían de un lado para el otro, como si estuviese intentando descifrar un código que solo ella conocía. Como si intentara recordar algo que se le habia escapado. Le dirigió una mirada preocupada a su hermana y ella se la devolvió con el ceño fruncido por el desconcierto. Ambas sabían que la guerra cambiaba a las personas, las hacía más conscientes de lo que pasaba a su alrededor y terminaban en charlas de auto ayuda con otros soldados porque no soportaban la presión social de la misma. Taciturnos, deprimidos, suicidas: Síntomas que definían a una persona que habia visto morir a alguien o que habia tomado el alma de otras personas. Kiyone espero, realmente espero, que nada malo hubiese pasado en ese viaje. Si fuera así, ¿no lo habrían sabido ellos también? Pero entonces, ¿qué tenía tan preocupada a su compañera?
Fue Ikkaku, algo más serio de lo normal, pero aún con su tono indiferente el que rompió el silencio impuesto en el salón principal de las oficinas de los 13 escuadrones.
—El capitán Kempachi está organizando una expedición improvisada dentro de un par de meses para colocar una base en 'Nam. Es algo que quiere hacerlo solo con el consentimiento del comandante así que si ustedes abren la boca, ya sabré a quien matar. —Su mirada era peligrosa pero no acusadora.
—¿Por qué nos lo dices, entonces? —pregunto Kiyone.
El hombre calvo suspiro levemente.
—Porque no vamos a llevar a todo el onceavo escuadrón. El capitán solo me ha dado a mí y a Yumichika esta información porque quiere, al parecer, que se recluten personas que vayan con nosotros. El siguiente paso a tomar lo decidirá el comandante; no él, y solo cuando tengan el número suficiente de exploradores para tantear terreno.
La voz del teniente del sexto escuadrón sorprendió a los presentes.
—Apúntame en la expedición.
El hombre abrió los ojos, asombrado, e hizo una mueca incrédula.
—¿Por qué te dejaría ir? —El pelirrojo alzó una ceja de subestimación— Eres mi compañero, Renji, casi te podría considerar un amigo pero el caso aquí es que tu perteneces al escuadrón de Kuchiki y él no se puede enterar de esta misión.
El pelirrojo alzó sus hombros.
—No estaba esperando que lo hiciera.
—¿Por qué quieres hacerlo?
El silencio volvió a fundirse entre ellos. Matsumoto esta vez miraba la televisión con expresión confundida, como si estuviese esperando por una milagrosa contraseña que le hiciera descubrir el misterio que solo ella sabía. Kiyone e Isane se miraban entre sí, sabiendo que lo que Ikkaku decía era válido. Entre Kempachi y Kuchiki había habido roces demasiado agresivos. Ambos eran testarudos y sabían que sus personalidades no eran las más adecuadas para coexistir, menos en un ambiente tan hostil como zona de guerra.
Sin embargo, Kiyone se sorprendió cuando el rostro de Renji liberó una emoción que ella jamás le habia visto. Como si estuviese furiosamente preocupado y, a la vez, feliz. Sus ojos se mostraban decididos y algo acuosos, la mandíbula apretaba solo denotaba su intrínseca emoción de protección. Y Kiyone comprendió su lenguaje oculto tras su máscara de indiferencia. Lo hizo porque Rukia también hacia lo mismo.
—Algo ha ocurrido dentro de Kuchiki INC. —Isane y Matsumoto tuvieron por completo su atención; Ikkaku solo lo volvió a mirar con cautela— Es confidencial, Ikkaku, pero te aseguro que no quiero estar dentro cuando todo explote. Ese lugar será tierra de nadie dentro de poco y nada de lo que mi capitán haga va a poder solucionarlo. Lo sé.
—¿Qué ha sucedido, Renji? —La voz de Rangiku se escuchó nuevamente.
Él solo meneo la cabeza.
—Me es imposible decir algo mientras siga trabajando para Kuchiki INC. —Su mirada regreso hacia el teniente de la onceava división— No te voy a rogar, así que dime si me aceptas o no. Si es no, ya buscaré otro modo de entrar a Vietnam.
Madarame era conocido por su temple agresivo, su impulsividad y por su fuerza bruta. Aunque eso le servía para los trabajos sucios de los escuadrones, también le hacía una persona enteramente consciente de lo que pasaba a su alrededor. Vale, no habia luchado en una guerra pero, por los cojones, él no era un debilucho que terminaría rogando por una misericordia que sabía no merecería. Nadie que haya hecho lo que se hacía en una guerra, merecía misericordia. Eso se lo habia enseñado su capitán. Así que, cuando observo a Renji Abarai pudo darse cuenta de lo que estaba intentando hacer: Huir. El cobarde estaba huyendo de algo que le haría daño, como un niño inmaduro. Apretó los dientes, haciendo que su mandíbula se sentara. Odiaba a ese tipo de personas, que solo huían o se dejaban mangonear por sus superiores y corrían hacia las faldas de sus mamis ante cualquier adversidad. Quizás un poco de realidad no le sentaría nada mal a Abarai.
"Quizá pueda romperse" Pensó.
Con eso en mente, y esperando a que Yumichika no le diera el sermón de su vida por enlistar gente sin su permiso, asintió la cabeza solemnemente.
—Bien, eres el primero de muchos, Abarai. Bienvenido a los niños exploradores. —Dijo, mientras le daba una sonrisa lobuna de medio lado.
Él solo rio secamente, esperando que su decisión fuese la correcta.
—¡Chicos!
La exclamación de Isane los saco a todos del momento y la observaron. Ella solo tenía su mirada puesta en la pequeña televisión de catorce pulgadas que adornaba el living. Nixon, en un traje de pingüino negro con corbata gris, entraba al podio de entrevista. Detrás de él, el águila de los Estados Unidos de América se erguía, poderosa e insinuante, ante las cámaras. Una nación fuerte, que no dejaba pisotear por nadie. Una nación de secretos.
—Joder, ya va a empezar.
Todos los presentes tomaron asiento en los sillones que habia dentro del pequeño salón, menos Kiyone e Isane, que se sentaron junto a Matsumoto. Nixon, el actual y recién electo presidente de los Estados Unidos sonreía para las cámaras, brindando confidencia y protección en cada mueca y gesto de su rostro. Ese hombre habia sido electo y propuesto como el presidente del pueblo, el que escuchaba. "El vendedor de autos".
"Buenas tardes a todos, ciudadanos americanos, amas de casa, valientes soldados que van y vienen, he convocado esta rueda de prensa para dar un anuncio presidencial de suma importancia y que concierne a todo el pueblo en general. Sé que muchos están preocupados por los eventos que se están desatando en Asia menor y el departamento de Estado está haciendo todo lo posible para minimizar los efectos; sin embargo, tenemos que seguir luchando por lo que creemos y esto es no dejar que el comunismo se haga con nuestros ideales. Se ha prometido que esta guerra sea lo más corta posible y se cumplirá en medida de lo que nuestros recursos lo permitan; así que, desde el mes de Marzo en adelante, todo aquel que escuche su fecha de nacimiento en los anuncios que se harán esporádicamente, deberá acercarse inmediatamente a la oficina de reclutamiento más cercana a su domicilio y enlistarse en el ejército por trece meses de servicio. Terminado su servicio, se les pagará por los daños que hayan sufrido o no dentro de la zona específica…"
—¡No puede hacer eso! —Grito Kiyone, con los puños apretados— ¡Está mandando a personas inexpertas a pelear en una guerra, por dios santo!
Renji solo gruño algo, igualmente disconforme con el anuncio.
"...de esa manera. Tengan presentes, jóvenes, que todos serán recompensados por sus servicios y el país se los agradecerá. Ahora, continuando con el anuncio presidencial, tengo que informar sobre un sucedo que ha estado en manos de muchos de nuestros parlamentarios y ha sido cuidadosamente manejado por el Departamento de Seguridad Nacional. Creo que muchos recordamos los escabrosos sucesos del '45, algunos con más dolor que otros. Sin embargo, se está dando alerta máxima para un sujeto en particular que ha escapado de su retiro autoimpuesto: El criminal buscado Isshin Kurosaki." Los jadeos de impresión de los periodistas fueron completamente esperados. "Se tienen evidencias concretas de su paradero y actual colaboración con la oposición en Vietnam, ayudándoles con armas de dudosa procedencia, posiblemente nazi. Debido a que es algo que no podrá escapar del escrutinio público por mucho tiempo, también se corrobora la colaboración parcial de un ciudadano americano que fue supuestamente secuestrado en una emboscada al centro hospitalario unos meses atrás. Es conocido como el médico forense del hospital general de Nueva York Ryuuken Ishida." Las fotos no se hicieron esperar. El mundo alrededor de Nixon empezaba a enloquecer. "La fuente de esta información es completamente verídica por lo que, en conjunto con la ONU y otras entidades internacionales se ha tomado la decisión de hacer valida la orden de busca y captura de dos criminales peligrosos que pueden entrar por diversos medios a nuestra venerable patria." Las fotos de Isshin y Ryuuken, ambas en blanco y negro, fueron colocadas bajo la imagen de Nixon. "Si usted, ciudadano americano, llega a ver a alguno de estos hombres rondando, debe llamar inmediatamente al número que aparece en pantalla y alejarse de ahí lo más rápido posible. No intente confrontarlos, ni detenerlos si están haciendo algo ilegal, simplemente llamen de la cabina más cercana a su localización o, de preferencia, vaya a casa." El número de los trece escuadrones de protección desapareció de la pantalla tan rápido como apareció, o así se hizo ver. "No dejaremos que esto nos hunda. Todos somos el pueblo y todos venceremos contra el enemigo. Las ratas serán eliminadas."
La señal se cortó y la programación habitual regresó, todos extasiados ante el conmovedor discurso de su presidente, comentándolo sin ton ni son.
No obstante, el silencio en la sala de estar era completamente abrumador.
—¿…Ishida? —susurró Matsumoto, frunciendo aún más el ceño.
—Eso es lo que dijo Nixon —hablo quedamente Isane.
—Pero se supone que se habia quedado en que solo iban a mencionar a Kurosaki —habló decididamente Kiyone.
Renji agito la cabeza negativamente.
—Cuando las cosas se ponen feas, es más fácil culpar al que menos mierda tiene en el embrollo. Los apellidos están relacionados desde antes del '45, era de esperarse que esto sucediera pero… —jadeo quedamente— joder, el chico de Ishida debe estar deseando que se lo trague la tierra.
—No, Renji —la voz, oscura y siniestra de Ikkaku le hizo abrir los ojos—, debe estar deseando morir.
La televisión se apagó de improviso y todos saltaron ante el sonido de succión que hizo el aparato al dar un cierre a esas imágenes sin sentido que pasaban. Giraron la cabeza hacia el mando universal que apuntaba directamente hacia la caja boba y vieron a una mujer, nada voluptuosa, de cabello negro y ojos grises mirarlos furiosamente y con la boca fruncida hacia arriba. El uniforme de los escuadrones se ceñía a su cuerpo de luchadora dándole una figura algo aforma pero que aún denotaba femineidad. Sin embargo, ningún emblema que denotaba la división de procedencia adornaba su pecho.
—Los teléfonos están sonando como si fueran la maldita sinfonía de Beethoven, —gruño— vamos, es hora de trabajar.
—Pero, Arisawa… —Matsumoto hizo un puchero infantil y la mujer de cabello negros solo frunció más el ceño.
—No, teniente Matsumoto, ya verá el remake del Show de Chappy el domingo. Ahora, las líneas esperan. Todos en América dicen haber visto a Kurosaki o a Ishida —Renji notó como le temblaba la voz al mencionar el nombre de Kurosaki. Siempre lo habia notado— y la mayoría está culpando a sus vecinos de ser terroristas, así que, ¿después de ustedes?
Matsumoto se levantó del mullido sillón, seguida de Isane y Kiyone que saludaron con una pequeña inclinación a la secretaria general de todas las divisiones, Tatsuki Arisawa. Sin esa mujer, ese lugar sería un manicomio para todos. Ikkaku Madarame le siguió, sacándole la lengua y haciendo que la mujer sonriera con autosuficiencia, devolviéndole el tonto saludo. Ella sabía que quedaba alguien más dentro de la sala de estar, así que, entrando y sentándose en el sillón grande que antes ocupaban las tenientes del décimo, cuarto y treceavo escuadrón, observó al chico pelirrojo que tenía frente a ella. Los ojos cerrados, la mandíbula marcada con furia y sus dedos aplastando sus brazos cruzados. Ella alzó una ceja.
—He dicho que las llamadas no se van a atender solas, teniente Abarai.
El hombre solo abrió un ojo, escrutándola rápidamente. Chasqueó la lengua.
—No estoy de servicio, Arisawa. Así que hoy no pertenezco a las oficinas gubernamentales. Otro está tomando mi lugar en la línea telefónica.
Tatsuki agudizó la mirada, casi echando chispas por los ojos.
De todas las personas que trabajaban en ese lugar, de entre todas, al que más le tenía manía era a ese hombre pelirrojo que parecía subestimarla solo por ser mujer o por ser solo una maldita secretaria. Siempre mirándola por encima de su hombro, con burla e insipidez en cada pequeño escrutinio que se daban. Ella quería creer, al inicio, que la profunda intimidación que sentía hacia él era porque ser parte del escuadrón de Kuchiki tenía que ser duro y, por tanto, los soldados del mismo debía de ser groseros y algo ariscos. Sin embargo, mientras el tiempo fue pasando, se dio cuenta que ningún miembro de ese escuadrón era de la misma manera. Bien, a Byakuya Kuchiki le tenía respeto y sabía que no debía mirarlo fijamente a los ojos o corría el riesgo de convertirse en piedra. A él si lo respetaba; a su mono de circo, para nada. Esa intimidación paso a animadversión y ésta, a la vez, se convirtió en una sensación acida bajando por su garganta, como bilis. Y en ese momento, viendo cómo ni siquiera parecía respetar que todos estaban en hora de trabajo menos él porque, oh, señor que todo lo puedo, "ese día no estaba de servicio", le hizo sentir ira irracional.
Hacia el sexta división, hacia Nixon, hacia Estados Unidos, hacia todo el puto mundo. Pero solo todo, hacia él.
Así que se levantó, acomodándose el enterizo de falda de tubo por debajo de las rodillas, y caminó hacia él. Vio como este ponía todas sus alarmas en alto cuando la observó inclinarse sobre él, invadiendo su espacio personal con sus manos sobre cada asa de ese sillón personal.
—He dicho que te largues de mi sala de estar, Abarai, o llamaré al capitán Kuchiki y le diré que estas holgazaneando, ¿quieres eso?
Los ojos de Renji se abrieron pero no demostraron ninguna emoción palpable. Solo sorpresa en su más pura expresión.
—Quítate de encima, Arisawa.
Con un gesto brusco, la empujo un poco, haciéndola trastabillar de una manera que tuvo que cogerse del televisor. No hubo mano amable que la sujetase, no hubo palabras caballerosas. Solo una mirada de arisca indiferencia mientras el gorila pelirrojo caminaba hacia la salida con parsimonia, chasqueando la lengua y maldiciendo que no haya personas más competentes que contratar para la recepción.
Ella cerro los ojos y tuvo la imperiosa necesidad de quitarse los tacos, llegar hasta Abarai y estancárselos en la garganta, hundiéndoselos tan fuerte que solo escucharía un gorgojeo estúpido de él ahogándose en sus propias mierdas. Cuando vio que el hombre habia desaparecido por completo, se enderezó y miró hacia la televisión, aun apagada y de la que se estaba sujetando levemente. La acarició por encima, notando la textura de la madera sobre la yema de sus dedos. Caoba, probablemente. Suspiró y su mirada se hizo acuosa mientras los recuerdos, algunos buenos otros simplemente dolorosos, bombardeaban su mente como si fuesen imágenes en movimiento. Como una película de Charles Chaplin, sin sonido, en blanco y negro. Vacías.
—Ichigo… —susurró lo más bajo que pudo.
Quitó las manos de la caja boba y se sentó en el sillón en el que Abarai habia estado. Se froto el rostro con las manos, intentando que la desesperación no tomara parte de su temperamento. Se quedó así, un par de minutos, hasta que, de pronto, se levantó rápidamente y caminó hacia su recepción. Cogió el teléfono rápidamente pero luego recordó que era la hora del almuerzo y que muy probablemente él no estaría disponible.
—Intentare llamarlo más tarde —se dijo, mientras volvía a suspirar. Estaba preocupada, realmente lo estaba. ¿Habría visto el anuncio presidencial? Ella esperaba que no— Ichigo, ¿en qué demonios estas metido?
No quiso seguir maldiciendo su suerte, por lo que comenzó a ordenar una pila entera de facturas que habían llegado. Las detracciones no se ingresarían por si solas.
De lo que nunca se dio cuenta, fue que, escondido entre los estantes más lejanos de otro pasadizo, estaba Renji, observándola con renovada sorpresa.
Él habia escuchado todo.
6.-
"¿En dónde puedo encontrar un corazón que no tenga ni una sola herida? Me pregunto el viento mientras soplaba rozando mi cuello.
No tengo ninguna buena respuesta a esa pregunta"
Él sintió perfectamente como las bolsas con casi todas las compras de la semana resbalaban de sus dedos que se sentían, por alguna razón, entumecidos de la peor manera. Giró su cabeza en todas las direcciones y pudo escuchar claramente el susurro de las personas hablando a su alrededor, no tan alto como si estuviesen gritando, pero lo suficiente para ver acusación en sus miradas. Lo suficiente como para que el pánico comenzará a subirle por la garganta.
Y, nuevamente, él dejaba de ser "Ichigo" para ser "El hijo del médico loco". Solo que ahora, ese medico loco, era un terrorista.
Era el hijo de un terrorista.
—Ichigo, ¿estás bien?
La voz, suave y femenina, le hizo espabilar un poco y observó a la pequeña Rukia, nunca mejor dicho, frente a él, con el ceño fruncido y cara de pocos amigos mientras veía como todos a su alrededor se detenían un momento a observarlo; luego, se iban más rápido de lo que venían. Ichigo Kurosaki, parado frente a una tienda de televisores en la Quinta Avenida con Rukia a su lado, se sintió completamente desamparado. No solo por el hecho de que todos le estaban viendo como si él supiese exactamente donde estaba su padre, sino también porque Rukia no sabía. Ella no sabía nada. Absolutamente nada.
Y no quería que lo hiciera, porque si lo hacía, sería como el resto: indiferente, temerosa. O eso le quería hacer creer su cruel mente.
Comenzó a respirar rápidamente en lo que la chica de ojos grandes le ponía una de sus manos completamente enguantadas sobre su brazo derecho. El solo contacto, a pesar de estar bajo la ropa, quemo como si se tratase de mil soles y su miraba preocupada en contraste con la cara de perro con la que fulminaba a todos, no hacia nada por mejorar las cosas.
—¿Ichigo?
Rukia estaba ciertamente preocupada. No habia visto la mirada de Ichigo así de turbia desde el incidente en la cocina, hacia una semana. Era como si todo lo malo hubiese resurgido de alguna manera y las miradas ariscas de las personas no hacían nada por mejorar el estado de ánimo de su acompañante.
Minutos antes, ambos habían estado hablando animadamente, retándose y peleando sobre cosas estúpidas. Luego, ella se quedó mirando la tienda de electrodomésticos y pensó que, si ahorraba un poco de dinero, podría comprar un televisor para el apartamento ya que el idiota de Ichigo era tan anti social que ni quería enterarse de lo que sucedía en el mundo. Bien, allá con él, ella necesitaba estar preparada para Vietnam, para lo que vería. Y fue ahí, cuando el anuncio presidencial de Nixon los cogió, en plena Quinta Avenida, rodeados de nieve y gente desconocida que también se habia parado a escuchar lo que su recién electo presidente quería decirles.
Era medio día cuando Nixon mencionó que darían fechas de nacimiento al azar para enviarlos a Vietnam.
Era medio día cuando Nixon anuncio que el terrorista Isshin Kurosaki y su cómplice, Ryuuken Ishida, eran considerados terroristas de máxima seguridad.
Era medio día cuando las bolsas de comida que su acompañante traía cayeron desparramadas por el suelo.
Y eran las malditas doce del día cuando escuchó a la gente hablar a sus espaldas, sin razón aparente. Primero pensó que solo estaban debatiendo sobre lo oído en boca de Nixon; pero cuando comenzaron a alejarse de ellos, de Ichigo en concreto, le recordó a la pelea que habia tenido el chico días atrás, en su facultad. Con furia, porque no pensaba que razón podría tener esa gente para alejarse de él como si fuese algo malo, se giró el rostro hacia todos y gritó:
—¡Que ven! ¡Lárguense de una vez! —sintió a Ichigo saltar quedo, al parecer no se esperó que ella le defendiese. Era idiota, ya lo habia hecho en su pelea anterior, como si fuera a dejar de hacerlo ahora. — ¡Aquí no hay nada que ver! ¡Largo!
La gente que habia estado pasando por detrás de ellos, aceleraron el paso, algunos, incluso, comenzaron a correr ante la mirada furiosa de banshee que les daba esa menuda mujer. Cuando hubo despejado el camino, sintió cómo Ichigo se agachaba y ordenaba nuevamente los viveres dentro de la bolsa de compras. Vio como la leche se habia derramado por completo sobre la nieve, haciendo un pequeño agujero y como algunos huevos no habían sobrevivido a la caída. El resto parecía estar intacto. No obstante, la mirada turbia del hombre le inquieto aun más.
Era cómo ver nuevamente a ese Ichigo llorando y vomitando en la cocina del apartamento.
Y lo odiaba.
—Ichigo, —murmuró, él se giró a verla con el cejo fruncido. No habia ninguna emoción flotando en sus irises de color miel— ¿estas…?
No termino la oración porque sintió como el peso extra de las dos bolsas de víveres eran puestas delicadamente en sus manos. Ella tuvo que hacer equilibrio para no caerse y abrir sus piernas, encontrando el balance.
—¡Oi! —se quejó.
Él le sonrió.
No habia nada cálido en esa sonrisa.
—Lo siento, Rukia, ¿podrías adelantarte al apartamento? He recordado que tenía algo que hacer.
—¿Qué? —Habló la chica, mientras veía como el hombre se daba la vuelta y comenzaba a caminar pausadamente en dirección opuesta a su residencia— ¡Ichigo!
Él levanto la mano y gritó sin mirar atrás.
—¡No me esperes despierto! ¡Llegaré tarde!
Con esas últimas palabras, dejo a Rukia con cuatro bolsas de víveres en plena avenida abarrotada de gente. Ella frunció el ceño.
¿Cosas que hacer? ¿Qué cosas tenía que hacer?
Si hoy era el día libre de Ichigo.
Regresó su vista a la tienda de electrodomésticos en la que ahora se veían diversos programas como Stark Trek, The Twilight Zone, The New York News, entre otros. No entendía el extraño comportamiento de Ichigo pero, sabiendo que el tocino se iba a congelar hasta el punto de no retorno, dio la vuelta en dirección al apartamento de Ichigo, recordando no haberse sentido más inútil desde hace ya bastante tiempo.
Solo esperaba que, cuando Ichigo regresara a casa, estuviese de una pieza o nunca se lo perdonaría.
7.-
Una semana antes…
Continuará.
