Siempre lo digo, pero perdón por el retraso ^.^ Gomen!

Me ha costado una barbaridad este cap, pero barbaridad absoluta. He buscado un montón de cosas diferentes para poder meter, he hecho caso a todas las propuestas. Juex creo que tus preguntas acerca de la pasividad de Regina tendrán respuesta en este cap.

Veamos, unos cuantos disclaimers. Más adelante se describe una armadura, por si os interesa, ya que no sé si está muy bien descrita, os diré que me he fijado un poco en las armaduras de los guerreros atenienses, y en las cosas que llevaba Xena en el pecho. En un principio quería que fuese su armadura, pero es totalmente obscena, por lo que la he desechado. También sale un escudo de armas, es el de Armenia con una pequeña modificación, he puesto un caballo.

Muchas gracias a Basthest por corregirme acerca de los caballos en Aanatolia(la zona de Turkia, Armenia, Azerbaiyan..), no invente, efectivamente es tierra de caballos y yo ni idea :)

Y gracias a todo el mundo que sigue la historia, en especial a Jansen V., QuieroValeCuatro, pokeresp, helena4love y las incondicionales Juex y Basthest.

Espero que guste.

Salud2


4- Día B. Ya están aquí los problemas. 10 años antes.


-No, no, ¡no! No deberíamos estar aquí. ¿Dónde está Regina? ¡Llévame con ella!-gritó Emma enfurecida al ver a donde le había llevado el hada.

Emma pensaba que el hada la llevaría con Regina y podrían rescatarla de las garras de su madre y de ese matrimonio concertado. Pero en contra de todo lo previsto estaban en su propio castillo, podía reconocer los cuadros y las vistas desde la ventana más cercana.

-Princesa, todo a su debido tiempo- dijo misteriosa el hada.

-¡Claro, nosotras podemos tomar el té mientras Regina está camino a Troya! La quiere casar con ese hombre. ¡Debo impedirlo! Por favor.

-Emma.

Todo el griterío había conseguido despertar a la reina. Después de todo el ala en el que habían aparecido era la que se dirigía a los aposentos reales.

-¿Qué haces aquí, cariño? Pensaba que estabas con Regina-preguntó somnolienta Blancanieves.

-¡Mamá!-grito Emma mientras se lanzaba contra su madre que apenas pudo sostenerla entre sus brazos. -¡Tiene a Regina!

-¿Quién tiene a Regina? ¿Qué sucede Emma? ¿Y qué hace aquí el hada azul?-contestó la reina dándose cuenta de la tercera presencia en la habitación mientras llevaba a Emma hacía sus aposentos.

-Cora… se la ha llevado a Troya mamá.

Después de tremenda revelación, aunque algo confusa todavía. La reina pensó que lo mejor sería despertar a James y discutir las futuras acciones todos juntos.


Estuvieron toda la noche hablando.

Emma con el apoyo del hada azul, la cual no se movió para nada de su lado, les contó todo lo que podía recordar de lo sucedido en la residencia Mills.

-Y entonces metió su mano en el pecho de Daniel-dijo Emma compungida. –Ella… ella le mató y yo salí corriendo, ¡Diós! Tengo que volver…Regina-terminó Emma entre sollozos sujetándose la cabeza entra las manos.

-Emma-dijo su padre pasándole un brazo sobre los hombros. –No podías hacer nada.

-Debemos ir a Troya, padre. Por favor-rogó Emma.

-No podemos cariño. No podemos reunir la tropa en menos de una semana y llegar a Troya.

-Pero yo la amo. Por favor padre, tengo que ir a Troya-rogó Emma.

-Es imposible cariño-dijo la reina apenada viendo el malestar de su pequeña, aparte de la canallada realizada por Cora. –Pero podemos declarar a la bruja persona non grata. No volverá a pisar el reino, y cualquiera con quién se alíe será nuestro enemigo.

-¿Y de qué le sirve eso a Regina? ¡Nada! No sirve de nada, tenemos que hacer algo-gritó Emma mientras se ponía en pie furiosa y se limpiaba las lágrimas.

-Emma…-comenzó su madre preocupada.

-¡No! Tú luchaste por estar con papá, me lo contasteis. No pienso dejar que casen a Regina con ese hombre- terminó la princesa mientras se dirigía hacia la salida con grandes zancadas.

Viendo que nadie la paraba Emma se dirigió a sus aposentos con la intención de recoger sus cosas y marchar como fuese en busca de Regina. Pero en cuanto se puso a buscar su bolsa de viaje se dio cuenta de que tanto su bolsa como sus ropas para viajar o montar estaban en el castillo de los Mills, junto a su caballo y su espada.

Aquella revelación hizo que le temblasen las piernas y terminase sentada en la cama con las manos en su pelo mientras negaba con la cabeza.

"¿Cómo voy a salvar a Regina si ni siquiera soy capaz de preparar una bolsa sin desmoronarme?"

-Princesa-dijo el hada azul.

Se había quedado en la sala con los reyes explicándoles su plan, plan que tenía pensado desde el momento en que escucho la súplica de la princesa.

No pensaba que sus majestades eran malos padres por no querer ayudar a su hija a buscar al amor de su vida, pero sabía desde un principio que no podrían ayudarla.

También sabía que la querían muchísimo, casi tanto como habían llegado a querer a Regina durante todos esos años, pero la traición de la bruja beneficiaba al reino, y en el fondo de sus corazones sabían que al final lo que importaba era la felicidad de las miles de almas que poblaban el bosque encantado.

-Emma-repitió el hada al ver que la princesa seguía metida en su mundo. –Debemos partir, no te preocupes por el equipaje.

Con un simple movimiento de mano la bolsa de viaje de la rubia apareció junto a la cama.

-¿Cómo?-preguntó Emma poniéndose en pie, y viendo que efectivamente eran las cosas que había llevado a casa de Regina.

-Magia. Ahora debemos partir princesa, la Reina Abigail nos espera en su castillo.

-¿La reina Abigail? Pero eso es Frigia, y debemos ir a Troya- dijo la princesa mientras tomaba sus cosas y seguía al hada que ya había salido de la habitación.

-No podemos ir directas a Troya. El único momento en el que podamos entrar será la boda, hasta entonces toda incursión por nuestra parte, o por parte de la Reina Abigail será tratada como un ataque. Vamos-terminó el hada marcando el camino a paso ligero.

Pero según avanzaban por el pasillo Emma se dio cuenta que no se dirigían a la salida, más bien volvían a los aposentos de sus padres.

-No-dijo parándose en seco. Sus padres no querían ayudarla y ella no pensaba volver con ellos.

-Emma, tus padres te quieren, algún día reinaras y verás que a veces hay que sacrificar la felicidad personal en pos del pueblo- contestó el hada mientras ponía una mano en el hombro de la princesa para animar a que siguiese andando. –Venga.

-Cariño, cuídate mucho, no hagas ninguna locura, por favor- dijo Blancanieves mientras se abrazaba a su hija. –Vuelve con Regina, ¿vale?

-Vale mamá. Pero suéltame, me estás ahogando.

-Emma- comenzó el rey James, mientras se acercaba a su ya liberada hija.

-Padre.

-Quiero que lleves esto- terminó mientras tomaba su espada y se la extendía por la empuñadura a su hija. –Volved sanas y salvas.

-Padre, es un honor llevar vuestra espada. Volveré con Regina, lo prometo-dijo Emma, que aunque no estaba de acuerdo con sus padres sabía que tenía que marcharse habiéndose despedido de ellos. Siempre cabía la posibilidad de perecer en el intento por salvar a su amada.

Después de volver a despedirse entre besos y abrazos de la reina, Emma y el hada salieron y se dirigieron hacia las caballerizas dónde una nueva sorpresa aguardaba a la rubia princesa.

-¡Big black!-exclamó al ver que el caballo favorito de Regina se encontraba allí. –Gracias.

Después de sujetar su espada y la espada de su padre al cinto, Emma colgó el petate en la silla de Big y siguiendo las instrucciones del hada sujeto fuertemente al caballo mientras le acariciaba las crines para tranquilizarle.


Una nube de pequeñas chispas brillantes les envolvió. El pelo y las ropas de Emma se movían, el caballo nervioso relinchó, y antes de darse cuenta los establos habían desaparecido dando paso a una llanura de verde y alta hierba. Una gran luna brillante bañaba todo el paisaje de luz, y a lo lejos, a no más de una hora andando se vislumbraba un castillo de proporciones mayores a su propio castillo.

Lo único que Emma tenía claro es que eso ya no era el bosque encantando.

-Bienvenida a Frigia tierra de la Reina Abigail, aliada de vuestros padres, princesa Emma- dijo el hada mientras se recolocaba el vestido y comenzaba a andar en dirección del castillo.

Caminaron en silencio, los pasos y suaves relinchares de Big eran los únicos ruidos que hacían audibles. Aunque si los pensamientos hiciesen ruido, el cerebro de Emma en ese momento estaría aullando.

Todo tipo de ideas le pasaban por la mente; la muerte de Daniel, el supuesto plan del hada, la localización exacta de Regina, si estaría sufriendo, salvarla, sus padres…, pero lo que más le preocupaba en ese momento, aparte de conseguir a su pareja de vuelta, era la actitud que había visto en su morena compañera en el ya lejano establo de la casa Mills.

Toda la vida había pensando en Regina como una gran bruja, siempre la buscaba cuando necesitaba ayuda, siempre se encontraba dispuesta a ayudarla, le enseño a montar a caballo, incluso aprendió pequeños trucos de magia inútiles en combate sólo para divertirla. La Regina que ella amaba era su modelo a seguir, y en ese momento crucial ella simplemente empequeñeció como si fuera una niña pequeña.

-No-dijo el hada parándose en eso, mientras miraba fijamente a Emma. –No pienses eso.

-¿Perdón?

-Emma, la Regina que tú conoces no es la única que existe, pero ella te ama y haría cualquier cosa por defenderte, así que deja de pensar eso- continuó el hada ante la mirada de asombro de Emma.

-Pero ella tiene magia, podíamos haber intentado ganar a Cora, no lo sé… algo- contestó Emma.

-Emma, los momentos más felices de Regina han sido los pasados contigo. Ella ha tenido una infancia muy dura aunque no haya dicho nada. No puedes culparla por no hacer nada- volvió a replicar mientras volvía a andar. –Cora no es precisamente una madre amorosa como habrás podido comprobar.

-Entonces, ¿por qué no la ayudaste?-espetó la rubia mientras aceleraba el paso para ponerse a la par del hada. –Eres un hada madrina, cumples deseos.

- Cuando te conoció lo único que quería era poder pasar el tiempo con su nueva amiga. Al ver un caballo por primera vez deseó con todas sus fuerzas que su madre le dejase aprender, al crecer y comenzar a sentir cosas por ti lo único que llego a pedir era que le correspondieses, y ese deseo se lo diste tú. Aceptó su destino desde pequeña, y nunca me pidió librarse del yugo de su madre- contestó calmada el hada haciendo memoria de todos los deseos de la morena. –Es algo que tendrás que aprender si quieres pasar el resto de tu vida a su lado, Emma. Regina es poderosa, pero su madre ha estado toda su vida sobre ella. Siempre va a temer convertirse en ella y le costará mucho enfrentarla, pero tienes que apoyarla, algún día conseguirá mostrarte todos sus sentimientos, pero debes tener paciencia.

-Vaya.

El resto del camino pasó en silencio, el hada veía los pensamientos de la joven princesa, pero sabía que tenía que hacer esa reflexión sola, por lo que decidió callar.

A su vez Emma pensaba en todo lo dicho por la otra mujer. Era verdad que Regina solía permanecer en silencio a no ser que ella comenzase, y apenas nunca expresaba sus sentimientos. No podía creer que jamás se hubiese dado cuenta de la verdadera situación en el castillo de los Mills, quizás si alguien se hubiese fijado no estarían en esa situación, y eso le carcomía por dentro.

Llegaron al castillo dónde la reina Abigail les recibió amablemente y después de una noche de sueño reparador, Emma por fin se entero del plan del hada.

Era algo simple, la reina llegaría al reino vecino fingiendo haber sido invitada al convite y junto a ella llegaría su "fiel caballero" Emma, una vez dentro del templo se mezclarían con el resto de la gente por si acaso los soldados les reconocían, y una vez allí esperarían al momento adecuado para actuar.


La semana pasó en relativa calma para la joven heredera, cada nuevo día le acercaba un poco más a su meta: reencontrarse con Regina.

Con esa única meta en mente pasó entrenando cada minuto del día: con dos espadas, con una, con espada y escudo, cuerpo a cuerpo…, incluso se atrevió a luchar con sus ojos tapados contra uno de los mejores soldados de la reina. Todo por fortalecer sus habilidades y sentidos antes del gran día.

-Princesa Emma-dijo Abigail mientras salía al patio la que sería la última mañana de la princesa en su castillo.

Todos en el castillo habían visto como la princesa entrenaba noche y día, y en especial la reina no le había quitado el ojo a la adolescente que con tanto ahínco se entrenaba en su patio.

Habían pasado cinco años desde su última visita al reino de los padres de Emma, pero en esos años la niña revoltosa había dejado paso a la mujer que en ese momento se enfrentaba a tres de sus hombres en un cuerpo a cuerpo.

Su cuerpo había cambiado, era algo evidente, sus brazos se habían fortalecido por los años pasados entrenando, sus piernas eran puro musculo recubierto de suave piel, oscurecida por las horas pasadas al sol. La princesa era una perfecta mezcla de feminidad y dureza, pero estaba claro que seguía conservando ese espíritu revoltoso ya que sus llamadas fueron completamente ignoradas.

-Princesa-repitió acercándose más al grupo. -¡Soldados!-terminó al ver que no conseguiría nada llamando a la princesa.

-¡Mi reina!-dijeron los tres hombres parándose al frente de ella.

-Id a descansar mientras hablo con la princesa-ordenó.

-Seguidme princesa-dijo la reina una vez que la princesa había terminado de asearse. –La casa Midas quiere haceros un obsequio para el gran día.

Una vez en el castillo fueron hasta la habitación de la princesa en absoluto silencio, pero una vez que entraron Emma no pudo contener un grito de asombro al ver que en medio de sus aposentos se encontraba una percha con una de las valiosas armaduras frigias, sólo que a diferencia de todos los soldados que había visto hasta ahora, su nueva armadura era más ligera para beneficiar su punto fuerte ante los soldados de Troya: su agilidad.

Las grebas de cuero rojo llegaban hasta las rodillas, el resto de sus piernas estarían expuestas, exceptuando la parte alta de sus muslos que estarían cubiertos por una túnica, pero esa falta de protección agilizarían sus movimientos. La coraza también de cuero le cubriría desde los hombros hasta el bajo vientre, además habían colocado láminas de bronce sobre la zona del pecho para cubrirle esa zona tan sensible, y por último los brazales, también de cuero rojo, tenían cosido con hilo de oro un león y un águila, los nobles animales de la casa Midas.

-¿Qué os parece princesa?-preguntó la reina ya sabiendo la respuesta por la cara de asombro de su invitada. -¿Os gusta?

-Es perfecta-contestó mientras se acercaba y rozaba con la punta de los dedos el borde de la coraza.

-Os falta ver el escudo-dijo la reina señalando la cama, dónde efectivamente descansaba la espada de su padre junto a un escudo claramente frigio: grande, redondo y de brillante bronce, y en medio tenía un león y un águila protegiendo el tallado de una montaña atravesada por un caballo al galope.

-Muchas gracias, los llevaré con orgullo, mi reina-contestó Emma mientras se veía a sí misma a lomos de Big llevando su nueva armadura. Realmente una imagen principesca.

-¿Recordáis el plan para mañana?-preguntó la reina una vez que Emma dejo de mirar la armadura.

-Por supuesto: A primera hora de mañana el hada madrina nos hará aparecer junto a nuestros caballos a una distancia prudente del templo de Troya. Desde ese punto seguro partiremos a galope hacia la boda. Además si algún soldado osa detenernos, les diremos que la Reina de Frigia ha decidido honrar al reino de Troya con su visita en tan esperada fecha-prosiguió Emma.

-Me gusta esa parte-contestó la reina sonriendo al pensar en lo que haría al día siguiente.

-Bien. Una vez en el templo esperaremos a que el enlace esté a punto de terminar, en ese momento entraré en acción, y al final del día Regina volverá a casa conmigo-concluyó Emma esperanzada.


Así hicieron, aunque para desgracia de Abigail nadie oso pararles. Por lo que allí estaban, en el templo, rodeadas de nobles de Troya mirando como un sacerdote hablaba acerca de una unión sagrada entre el heredero de la corona y Regina, la cual estaba preciosa a los ojos de Emma. Su pelo estaba recogido en un intrincado tocado, su cuerpo lucía bello en un precioso vestido ajustado de larga cola blanca, pero toda la belleza exterior se veía opacaba ante la gran tristeza que mostraban sus castaños ojos.

La ceremonia paso lenta entre el constante rechinar de dientes de Emma al ver a la bruja de Cora sonreír desde un lado del altar, además cada vez que el príncipe de Troya tocaba el brazo de Regina, su propio brazo se disparaba a la empuñadura de su espada. Por lo que cuando el sacerdote llego a la parte que estaba esperando salto encantada de poder hacer algo.

-Si alguien tiene algo en contra de este enlace, que hable ahora o calle para siempre-dijo el ya mencionado sacerdote sin saber que efectivamente alguien hablaría.

-¡Alto!-gritó Emma mientras se quitaba la capa dejando ver claramente su nueva armadura y su espada al cinto. –Esa mujer es el amor de mi vida, si deseáis desposarla primero tendréis que matarme.

El templo estalló, el público murmuraba acerca de la procedencia de esa mujer, la bruja Cora dejó de sonreír y comenzó a acercarse a su hija, el heredero al trono no sabía ni qué hacer ante semejante respuesta y su prometida comenzaba a alejarse del altar con intención de ir en busca de Emma.

-Muy bien, ¡apresadle!-dijo el rey callando a todo el mundo al instante.

-¡Alto padre! Si es verdad lo que dice merece una oportunidad. Acepto tu reto-le paró su hijo. –Esta noche, tú y yo pelearemos, si vencéis habréis demostrado merecer la mano de Regina más que yo.

-Vuestra nobleza os honra Héctor, acepto el desafío-contestó Emma sonriente al haber visto cumplidas sus mejores expectativas.

-¡A muerte!-rugió el rey confiando plenamente en las habilidades de su heredero. –Pero antes decidnos vuestro nombre, veo por vuestra armadura y por la mujer que os acompaña que sois un soldado de Frigia, pero quiero saber vuestro nombre.

-Emma, Princesa Emma del Bosque Encantado. Y esa mujer será mi reina-contestó Emma acercándose al altar, mientras señalaba a Regina. –Acepto el reto con una única condición: quiero pasar está tarde en compañía de Regina os doy mi palabra de que su virtud seguirá intacta.

El rey aceptó, después de todo esa muchacha por muy heredera que fuera era sólo una mujer, incluso su hijo más débil podría vencerle, por lo que Héctor no tendría ningún problema. Así que dejo que pasasen la tarde juntas, "Mejor cumplir el último deseo de una condenada a muerte, ja".


El día paso rápido, pero en los aposentos de Regina el tiempo era lo último que les importaba a las dos mujeres. Se abrazaron, se besaron, hablaron, lloraron y volvieron a besarse hasta el momento del combate.

-Ten mucho cuidado Emma-dijo Regina mientras revisaba que la armadura de su pareja estuviese bien sujeta. –Intentará distraerte con mentiras sobre mí.

-Lo sé.

-Y tiene mucha fuerza cuando ataca por el lado izquierdo.

-Vale-

-Y mmm- su último comentario fue callado por un beso de la rubia. Totalmente diferente a los besos anteriores, ese último beso estaba cargado de todas las cosas que Emma deseaba decirle en caso de morir. –Te amo, vale, recuerda eso. Ahora vamos.


El patio del castillo estaba abarrotado, y justo en medio habían montado a todo correr una plataforma donde el rey, la bruja, la reina Abigail y Regina observarían el combate.

-Emma, ten cuidado-dijo Regina por última vez.

Se saludaron mostrando sus espadas.

-Sabs-dijo Héctor en cuando se acercaron. –En cuanto te atraviese voy a ir a por ese culito que tiene tu novia, tiene que ser una gozada sujetarse de semejante trasero mientras la penetro.

-Ni en tus sueños más húmedos, cabrón. Ahora pelea como un hombre-contestó Emma poniéndose firme, mientras apretaba su espada.

Las primeras estocadas no se hicieron esperar. En verdad Héctor era un gran luchador, pero Emma era lo suficientemente ágil como para esquivarlas, por lo que decidió mantenerse firme y esperar a que su contrincante se cansase y cometiese un error.

-¡Deja de bailar y ataca!-gritó lanzando otra estocada a la altura del cuello de la rubia.

Esta se agachó para poder esquivarla, e impulsándose se lanzó contra el cuerpo de su enemigo con su espada por delante, haciendo que Héctor tuviese que lanzarse al suelo para evitar el ataque directo.

Rápidamente se puso en pie enfurecido al ver como la mujer parecía estar burlándose de él.

Sus ataques se hicieron más duros y en un par de ocasiones el filo de su espada pasó acariciando los brazos de su enemiga, haciendo que pequeñas hilillos de sangre saliesen.

Pero aunque fuese joven y fuerte, su armadura de cuerpo entero pesaba más que la de la otra mujer, y sus movimientos comenzaron a ralentizarse con el paso del tiempo.

Momento que Emma aprovecho y sujetando su espada con ambas manos comenzó a atacar con todas sus fuerzas. Sus estocadas no alcanzaban a su objetivo, pero estaban consiguiendo que Héctor se cansase al tener que saltar y bloquear todos los ataques.

Los ataques de la rubia prosiguieron hasta que en un momento dado vio su oportunidad e impulsándose se lanzo espada incluida contra su enemigo, haciendo que esté perdiese la espada en el proceso.

-Ríndete y salvarás la vida-dijo Emma, después de propinarle una patada en la mano al ver que Héctor se lanzaba a por su espada.

El patio enmudeció. Las únicas tres personas felices por la victoria eran Regina, su padre y la reina Abigail, pero aún así la victoria de Emma había sido clara.

El príncipe Héctor estaba en el suelo de rodillas sujetándose la mano mientras el arma de la rubia le apuntaba.

-Vale. Me rindo, me rindo.

Emma estaba eufórica, había vencido y podría volver con Regina, por lo que no se dio cuenta de lo que sucedía a sus espaldas hasta que Regina gritó y vio como un puñal volaba desde las manos del rey. La rubia se agachó por puro instinto y girándose vio como Héctor había intentado atacarle por la espalda.

El puñal de su padre había dado en el blanco partiéndole la garganta y haciendo que la sangre saliese a borbotones mientras el desdichado dejaba caer la espada y caía de rodillas al suelo.

-Ningún hijo mío ataca por la espalda-dijo el rey acercándose a la mujer que había vendido a su hijo. –Sois libre de marcharos habéis demostrado amar a esa mujer lo suficiente como para luchar por su amor, ella también puede marchar.

-¡Filemón!-gritó el monarca llamando a su hijo mayor. –El trono será vuestro, como debería haber sido desde un principio.

-Si padre.

-Que alguien se lleve el cadáver de Héctor-ordenó mientras la gente seguía mirando la escena anonadados.

-Marchaos, excepto tú bruja-dijo dirigiéndose a Cora que ya había comenzado su retirada. –Tú engañaste a todo el mundo. Tienes una deuda con Troya, tú te quedas.

Y diciendo eso sujeto a Cora del brazo y partió hacia el castillo, dejando a todos en el sitio.


-Vamos a casa. Tenemos una boda que preparar-dijo Emma mientras Regina seguía tocándole para comprobar que todo estaba en su sitio.

-Vaya, ¿no vas a proponérmelo adecuadamente?-dijo mirándole a los ojos una vez comprobado que su rubia estaba de una pieza.

-Acabo de luchar por ti, ¿no basta?

-No.

-Está bien, tendrás un anillo enorme en tu mano en cuanto volvamos.

-Supongo que vale-contestó riéndose la morena.

-¡Regina!

TBC


Gusta? Queda caps como mucho, pero me está gustando mucho escribir esta historia.

Por cierto, si queréis leer historias muy cortitas sobre Regina general, con grandes toques de Remma/SwanQueen podéis mirar "Momentos", algunas son buenas lo prometo.

Salud2