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Levantó la mirada suavemente para descubrir que aquella bella personita con cabellos de oscuros estaba inmóvil observando la escena. Cuando Edward fue a decirle que no tuviera miedo, Bella empezó a gritar y a correr. Edward fue detrás de ella por toda la casa para callarla, pues si el guarda que rondaba los alrededores oía gritos, de seguro entraría a ver qué pasaba.

Estirándose, consiguió agarrarla del brazo y volverla cara a él. Bella, con el rostro pálido del susto que había pasado, miró a los ojos a aquel chico y se vio reflejada en ellos. Se quedó perpleja, pues nunca había visto cosa semejante. Mirándose se quedaron olvidando que había un mundo a su alrededor, lo único que importaba en ese momento eran él y ella, ese cruce de miradas, ese brazo tan delicado sujetado por una mano más seca y rasposa. Lentamente, sus cuerpos empezaron a acercarse más y más, el cabello flotando en el aire de ella, esos labios pequeños pero tiernos, la naricilla achatadilla, las suaves curvas que empezaban a desarrollarse en esa mujercita cubiertos por un traje blanco que se moldeaba perfectamente a su cuerpo...y él, que estaba fuera de sí, pues le parecía estar frente a un ángel, no, un ángel no, una diosa mas bien. ¿Y qué importaba lo demás si sus labios estaban a punto de unirse? ¿Qué más daba si el mundo estaba sufriendo o llorando, si ellos estaban allí juntos? Ya notaban la respiración del otro, los latidos del corazón que cada vez eran más rápidos, inquietos y sonoros, las manos temblorosas de la emoción, todo era perfecto.

-¡¡¡¡¡¡¡¡¡EDWARD!!!!!!!!!! ¡¿Qué te dije?! ¡Todo menos acercarte a mi hermana! ¡Es lo único que te pedí! ¡Yo...yo....aaaaaaaaaaahhhhhhhh! ¡Te mato, te juro que te mato!

-Emmet yo...no...lo...lo siento, no sé que decir, no se cómo disculparme, todo esto ha sido tan extraño, tan rápido, tan, tan...

De nada sirvieron sus disculpas, cuando se dio cuenta, ya era demasiado tarde para esquivar el puñetazo que Emmet le daba sobre su mejilla izquierda. Edward cayó al suelo y de su cara empezó a salir sangre.

Emmet quedó sorprendido, le había pegado a su mejor amigo, a su único amigo, y le había cortado. Miró su mano y se dio cuenta que había olvidado quitarse su anillo, el único anillo que llevaba, el anillo que le había regalado su abuelo justo antes de morir.

Bella, muy angustiada por la escena, empezó a golpear en el pecho a su hermano, pero él seguía quieto, con los ojos inundados en lágrimas pero sin llorar. Vio que era mejor estar al lado de ese chico misterioso con el que estaba hace un momento, que estar pegando a su hermano. Intentó despertarle, pero como no funcionaba, fue a la cocina a por un paño húmedo para la frente y se acercó a la acequia para coger agua fría y ponérsela sobre la herida. Emmet, muy arrepentido, lo cogió entre sus brazos y lo subió a su cuarto.