En lo alto de una colina que ocupaba casi el centro de la planicie que era la aldea completa, se alzaba una construcción de madera, cilíndrica y ascendente, con los muros blancos cubiertos completamente de motivos espirales tallados, el tejado era de barro cocido sin pintar, y por una de sus tres chimeneas continuaba saliendo el humo verdoso, aunque más daba la impresión de tratarse del cordel que sostenía a la inmensa nube que ya cubría en su totalidad el cielo sobre la aldea casi uniéndose con las cumbres de las montañas, dejando pasar solo un par de agonizantes rayos de luz provenientes del mundo al otro lado de la frontera rocosa.
Cuatro escaleras, ubicadas según los puntos cardinales y marcando claramente lo que eran los cuatro sectores de la aldea, subían la colina hasta la construcción. Sobre los peldaños de piedra tallada había también un grupo de personas que, a rastras, con los miembros retorcidos hasta niveles grotescos, se empeñaban en subir, intentando alcanzar la cumbre sin inmutarse siquiera por el dolor que deberían tener.
Minato y Kushina usaron los árboles para evadirlos, ignorando sus súplicas para que les ayudaran a llegar al "lugar maravilloso", que suponía ser el templo mismo, acentuando con ello la seguridad de que se trataba del punto clave para todo lo que sucedía.
—No nos han seguido…— apuntó Minato sin despegar la vista del frente.
—Hay una escolta en el templo porque ahí se guardan los registros de todas las técnicas ninja que ha desarrollado Uzushio desde su fundación, ttebane.
—Hay que estar preparados entonces.
Kushina asintió aunque no estaba verdaderamente segura de que resultara tan lógico como lo pensaban, después de todo, las cosas no estaban marchando de manera convencional. Minato se adelantó y saltó del árbol para caer en la pequeña explanada, dispuesto a repeler cualquier ataque, pero no había guardia alguno…
— ¡De nuevo tú! — exclamó Minato evadiendo al muchacho con el que anteriormente había tenido un enfrentamiento en la calle. Aquél levantó el rostro mostrando sus ojos saltones, la expresión desencajada, propia de quien ya no tiene entero dominio de sí mismo.
—Kushina-chan es la chica más hermosa del mundo… y yo le demostraré que soy la espiral perfecta. — dijo de pronto girando la vista hacia donde se encontraba la kunoichi con la cejas muy juntas y los labios apretados.
—Hey, Minato-kun… — dijo cerrando los puños con fuerza; —Adelántate… Esta vez no tomará tanto…
Kushina negó con la cabeza.
—Creo que sé qué tiene planeado… y no será agradable, ttenabe.
El largo cabello de la joven ondeaba muy por encima de su cabeza, con una voluntad propia y hasta el momento impredecible, formando pronunciadas espirales que parecían susurrar. Se apartó un poco el flequillo y tomó posición de combate. Tan solo por un instante, Minato pensó en contrariarla, pero la determinación en sus ojos opacó esa necesidad de ser partícipe de sus batallas como tantas otras veces desde que eran niños. Asintió quedamente y siguió su camino hacia el templo sin mirar atrás.
— ¿Tendrás una cita conmigo, Kushina-chan?
—… Sí… la primera y la última… pero será a mi manera.
El chico sonrió espantosamente ladeando su cabeza hasta que tronó, enseguida sus brazos se retorcieron por sí mismos y empezaron a ondear como el cabello rojo de ella.
— ¿Lo vez? Soy la espiral perfecta…
—Lo sé. — respondió entrecerrando los ojos para poder distinguir mejor los hilos de chakra que movían sus articulaciones dislocadas.
Cuando eran niños, solía hacer eso también, un tipo de contorción extrema que por lo general terminaba con él en el hospital esperando que el quiropráctico pudiera reacomodarlo sin fracturarle nada. Y por más veces que lo riñera por ello, siempre volvía a hacerlo, metiéndose en diminutas cajas para salir, cual muñeco sorpresa, tomando desprevenidos a más de uno.
Con el paso de los años, era de esperar que llevara su técnica a un nivel más alto, y no menos peligroso, ya no para él, sino para quien le enfrentara.
Kushina tenía problemas para seguir el curso de sus movimientos, y sin un orden natural en las articulaciones para hacer llaves, estaba lejos de poder inmovilizarlo, además, los golpes los recibía sin problema. Al ya no estar completamente conectado, el impacto se reducía a una limitada área sin repercutir en el resto.
En algún momento lo perdió de vista.
Se concentró todo lo que pudo, pero para cuando pudo reconocer su posición, ya estaba prácticamente sobre ella, envolviéndola con brazos y piernas como lo haría una serpiente. Trató de quitárselo, pero no tenía un punto fijo sobre el cual rechazarle y su cabello lejos de ayudar, únicamente se revolvía más impidiéndole ver con claridad. Forcejeó tanto como pudo, y al igual que una serpiente, solo consiguió que la sujetara con más fuerza, el brazo que rodeaba su cuello no era la excepción y empezaba a quedarse sin aliento.
El chico recargó la cabeza en su nuca, dejándola sentir su respiración cálida y relajada pese a lo que sugería ser un gran esfuerzo.
— ¿Por qué no me amas? — preguntó en voz baja, con un tono aniñado para su edad pero de la misma forma mecánica en la que actuaba desde la mañana, como si no pensara realmente ni en lo que hacía ni en lo que decía.
—Siempre has sido tan inoportuno, ttebane…— gimió Kushina, y el abrazo se volvió más fuerte. Empezó a sentir que se desmayaba, con la visión cada vez más borrosa, pronto se apoderó de ella un sutil letargo que la condujo hasta un lugar bastante familiar, aunque no por ello más alentador…
—Seamos felices juntos, en el lugar que guarda mil maravillas…
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Minato observó la escalera circular que iba en dos direcciones, lo que le daba dos opciones; arriba con el techo por límite, o abajo con una prolongación indefinida, pues se perdía en la oscuridad de las entrañas de la tierra. Se sobresaltó al escuchar un ruido a su espalda, pues no había sentido ninguna presencia. Miró sobre su hombro, dentro del templo no se había encontrado ni con sacerdotes ni con la guardia que le había advertido Kushina.
El silencio total se había apoderado de la estancia nuevamente, ni siquiera el viento que descendía por el enorme agujero o el eco de sus propios pasos. Sin embargo, ya era absurdo pensar que sería tan sencillo, o que realmente podría acceder al corazón del problema sin tener un enfrentamiento de por medio.
Miró hacia abajo dejando caer una bengala pequeña que había sacado de su chaleco. La luz y el humo se perdieron de vista y solo escuchó un muy lejano golpe. Pero la débil luz le reveló además una grotesca escena de lo que debió ser la guardia de la que Kushina hablaba: inertes sobre los escalones yacían los cuerpo retorcidos, como muelles de sofá, de varios ninjas con uniforme Jōnin, y más abajo lo que supuso que sería el sacerdote del templo, aún retorciéndose como una larva… aunque como no podía definir detalles, pensó que quizás entre las túnicas había otro hombre caracol.
Finalmente se decidió por ir abajo, aunque antes de saltar sacó de uno de sus bolsillos un kunai especial que clavo en el borde. Nunca estaba de más ser precavido. Sin más, saltó por el hueco que quedaba en medio de los peldaños recibiendo en la cara el olor rancio de la tierra húmeda.
Mientras caía, pensó que quizás era cosa suya, pero el túnel se había extendido mucho más de lo que había calculado con la bengala, además, el trecho por el que había descendido, el hueco central de las escaleras, se hacía cada vez más angosto. Maniobró para caer correctamente según las nuevas circunstancias, alcanzó a tocar uno de los escalones, y en lugar de continuar con una caída libre, continuó dando saltos en tramos más pequeños.
Alcanzó a ver que ya llegaba al final, pero una estrepitosa caída o obligó a cubrirse el rostro con las manos: el sacerdote, pálido y exudando la misma sustancia viscosa que el resto de los caracoles, había extendido súbitamente su mano tomándolo fuertemente por el tobillo. Minato lanzó una patada a la cara del sacerdote, pero ni siquiera la fuerza impresa sirvió para alejarlo, en lugar de chocar contra la nariz rompiéndosela, su pie se hundió en el cuerpo viscoso. El ojo del hombre sobresalió por debajo de la sandalia alzándose con aire perdido hasta que consiguió enfocar completamente al ninja.
—Agua…— dijo, con una voz seca, alargando la palabra, tanto que le tomó decirla lo que a otra persona una frase completa.
Minato forcejeó y consiguió desprenderse de ese cuerpo viscoso retrocediendo enseguida.
—Solo resista un poco más…— dijo volviendo a saltar para apartarse.
— ¡Agua! — exclamó con más fuerza y rapidez.
El ninja debió evadir a un par de brazos espirales que se abalanzaron contra él. Los inertes guardianes de pronto cobraron agilidad, y como los muelles de un sofá, salieron disparados sujetándole con fuerza y haciéndole caer el tramo que quedaba.
Chocó contra el suelo directamente con la cabeza. Al instante, pudo sentir perfectamente que al final de aquél inmenso túnel, la presencia de los sellos era más fuerte, su mente se desvaneció mientras su chakra hacía vibrar cada parte de su cuerpo, como si de pronto deseara abandonarle por la fuerza rasgando sus músculos y la piel…
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—Eres una ruina, Kushina, un niño tan estúpido va a matarte…— gruñó desde su encierro en la oscuridad el colosal zorro abriendo sus ojos rojizos que destellaban una furia acumulada desde hacía mucho tiempo, pero aguardaba el momento adecuado para dejarla salir en una devastadora explosión.
—No veo que hagas mucho al respecto, ttebane.
— ¿No?
La kunoichi se acercó cautelosamente hasta los enormes barrotes que contenían a la criatura. No podía ver su cuerpo completo, se había agazapado en la oscuridad y el único indicio de que estaba ahí era el brillo de sus ojos y sus gruñidos. Pero aún con la limitada visión, fue capaz de notar que había algo más encerrado ahí también y trataba de escabullirse por entre los barrotes.
— ¿Qué es eso?
—Eres una Uzumaki, de sangre impura, pero la más poderosa del clan, por eso te eligieron para mi… ¿No crees que ya deberías de haber enloquecido como todos?
—Minato dijo que debían de haber estado bajo la influencia del sello mucho tiempo, ttebane.
—Los dos sabemos que la distancia no corta los lazos de sangre.
La pelirroja frunció el ceño, molesta por no haber notado nada en todo ese tiempo de lo que era más que evidente: ella también debería estar ya víctima de aquella fuerza que azolaba la aldea.
— ¿Por qué no aprovechaste para salir? — preguntó desdeñosa; —Hubiera sido muy fácil para ti tomar el control estando yo maravillada con mi propio cabello, ttebane…
El zorro rugió, todo a su alrededor se estremeció con fuerza.
— ¡Eres estúpida! ¡Este sello devora toda voluntad! ¡La mía se hubiera visto afectada también si salía de aquí!
—De manera que tu prisión se convirtió en un refugio…
—Aquí adentro todo poder es reprimido, incluso el de Uzumaki, aquí no puede influenciarte, pero tampoco a mi…
Kushina comprendió al instante que con Uzumaki, no se refería ni a ella ni a nadie de su clan, hablaba de manera literal, de la fuerza que envolvía la aldea y podía notar el recelo del zorro, que si bien actuaba en beneficio propio, agradecía que le ayudara de manera que el único de sus problemas fuera el cabello rizado y no una peligrosa demencia.
—Supongo que no deseas terminar en esta aldea, justo ahora ¿Verdad?
Un gruñido fue su respuesta, pero sintió claramente cómo le permitía parte de su chakra para recobrar las fuerzas perdidas.
Abrió los ojos.
Se encontraba en lo que parecía ser una cueva o un refugio subterráneo en el que predominaba una niebla verde. El piso de piedra presentaba surcos curvos. No le costó demasiado imaginarse que desde arriba podría ver una enorme espiral y que ella estaba en el centro.
Ya se encontraba de pie, una punzada en la cabeza le hizo consciente de que el motivo por el que no estaba en el piso, era su propio cabello, que había crecido longitudes descomunales formando una bien definida red espiral de mechones rojos que ondeaban en todas direcciones, algunos sujetando como capullos de seda a los ninjas que habían conseguido llegar al templo movidos por su inminente atracción a ese punto particular.
Parpadeó un par de veces, se sentía entumida y tras analizarlo un poco finalmente consiguió comprender que no quedaba casi nada de su propio chakra y la conciencia que tenía la había ganado gracias a la fuerza de su iracundo inquilino que no tenía planeado permanecer en ese lugar, y con amenazas susurraba en su cabeza para que dejara su estado contemplativo y se moviera.
—Buenos días, Kushina-chan…
Ella giró el rostro con algo de dificultad y vio lo que quedaba de aquél impertinente ninja, completamente retorcido, tambaleante, con la expresión de rostro perdida aunque pareciera que la miraba.
—Deja ya de pretender ser él, ttebane. — se quejó.
Una risa hueca cargada de desprecio se escuchó, aunque el joven ninja no movió los labios. De pronto, su cuerpo cayó lánguido sobre la piedra, como una marioneta a la que acababan de cortar los hilos.
—No debiste venir, Kushina Uzumaki. — susurró de nuevo la voz, pero la kunoichi no fue capaz de identificar al dueño.
—Entonces Minato-kun estaba en lo cierto, nuestra presencia aceleró las cosas.
—Su presencia no es más una molestia, gracias a ti y tu fuente de chakra…
Kushina forcejeó, su cabello pareció ceder permitiéndole un poco de movimiento, lo suficiente como para poder hacer una exploración visual en busca del dueño de aquella voz, y responsable de todo lo ocurrido.
— ¿En dónde está? — preguntó frunciendo el ceño al caer en cuenta de que Minato debía de haber llegado primero, en el supuesto de que la hubiesen llevado a las cámaras subterráneas del templo, que era con toda seguridad el lugar en el que estaban.
Pudo verle parcialmente, pues se encontraba inmerso en una maraña de cabello rojo. Le gritó con tanta fuerza que pareció hacerle reaccionar, pero tan solo abrir los ojos le costó un esfuerzo monumental. Emitió algo como un quejido, pero no tuvo fuerza suficiente para completarlo.
Los mechones retorcidos cedieron un poco ante los movimientos de su dueña permitiéndole acercarse a él lo suficiente como para que pudiera tomarlo por un brazo y jalarlo hacia ella.
—Es cuestión de tiempo… tú serás la espiral perfecta de esta aldea…— susurraron muy cerca de oído.
— ¡No te atrevas, ttebane! — chilló.
—Kushina…— la débil voz de Minato volvió a captar su atención; —Me alcanzó…— siguió diciendo apenas entreabriendo los ojos; —Corta tu cabello… sal de aquí…
— ¡Ya te dije que no digas estupideces, ttebane!
—Me queda muy poco chakra… puedo usarlo para ayudarte a salir…
— ¡Ya dije que no! — gritó con todas sus fuerzas tirando del cabello para aflojar el amarre. Todo el nido se removió pesadamente y las puntas que aún quedaban libres se retorcieron como resortes tensos.
Minato emitió un grito y ella le soltó temiendo haberle lastimado, pero pronto comprendió que se debía principalmente a que los gruesos mechones de cabello que lo tenían sujeto, habían empezado a retorcer su cuerpo.
— ¡Maldición!
El gruñido del zorro resonó dentro de su cabeza.
— ¡Deja a ese imbécil! ¡Sal de aquí!
— ¡No voy a dejarlo!
—No tienes opción.. él ya está acabado.
— ¡No!
— ¡Entonces corta tu estúpido cabello!
— ¡Nunca!
Tirando con toda su voluntad, el chakra del zorro de las nueve colas empezó a fluir a través de ella, sintió su cuerpo estremecer, la resistencia a la invasión que representaba esa energía que se había apoderado de la aldea y buscaba convertirla en el centro y fuente de ese poder. Las espirales que se formaban en las puntas se agitaron con violencia, avanzándose contra de su propia dueña, enroscándose furiosamente en todo su cuerpo para separarla del rayo amarillo de Konoha.
Sintió que su chakra cambiaba de color, y poco a poco el rojo sangre empezó a dominar con una furia ardiente y violenta. Minato se quejó un poco entreabriendo los ojos solo para encontrarse con una cola roja ondeando entre los mechones de cabello, meciéndose amenazante junto con una presencia fuerte, casi asfixiante que obligaba a la niebla verdusca a retroceder entre chirridos agudos, como de un animal herido.
—Kushina…
— ¡No te atrevas Jinchūriki! — exclamó aquella voz sin dueño a medida que la kunoichi se empeñaba en sacar una segunda cola extendiendo redes de chakra rojo a través de cada hebra de cabello buscando el origen de la fuerza que lo había afectado.
—Mírame hacerlo, ttebane…
La segunda cola surgió y con ella, una revelación sobre la posición de aquél que buscaba. No se encontraba lejos, en las ruinas sepultadas del templo más antiguo.
El chakra del zorro venció la influencia ejercida sobre su cabello y este soltó todo lo que estaba sujetando, dejando caer a Minato sobre el suelo, apenas consciente.
— ¡No escapes, maldito! — exclamó en cuanto aquél saltó de su escondite para emprender la huida.
El ninja de Konoha haló una bocanada profunda de aire, abrió los ojos y alcanzó a tomar a Kushina de una mano saltando en cuanto sintió que la presión de los sellos se relajaba vagamente.
—Puse un kunai en la entrada. — dijo sujetándola con fuerza y haciendo uso de la técnica que le había dado sobrenombre.
Tal como era de esperarse, llegaron mucho antes de que él, pero el esfuerzo había dejado demasiado aturdido a Minato que cayó de rodillas mientras Kushina saltaba sobre el ninja.
— ¡Así que eres tú! ¡Vas a pagar ttebane!
La kunoichi cayó sobre la espalda del ninja derribándolo, sin darle tiempo a recuperarse le propinó dos patadas a la cara, y una más al estómago con la que le dejó varios metros lejos.
—No importa cuánto lo intentes, no puedes detenerme. — dijo poniéndose de pie mientras se limpiaba la sangre de la boca.
— ¡Especialistas en genjutsu! ¡Hablan de superioridad hasta les pateas el culo!
El ninja rio de una manera espantosa.
—No lo entiendes… ya solo te quedan dos opciones…
Kushina desvió la mirada.
—Tengo que matarte para detener la influencia de la técnica. Pero si lo hago, no podré obtener información…
—De cualquier forma, no quedan más que tres personas con vida en toda la aldea ¿No acaso soy de más utilidad con vida?
—Tres es suficiente.
Las colas del zorro se agitaron con violencia, tanto como los mechones de cabello que parecían resistirse al influjo del Kyūbi. La kunoichi corrió hacia el ninja y en después de un estridente alarido que se escuchó en toda la aldea, una columna de chakra rojo se alzo al cielo atravesando la densa nube que oscurecía toda la aldea.
El silencio abrazó tiempo y espacio mientras la luz se habría paso entre las nubes.
Kushina permaneció en silencio, con la cabeza hacia arriba, ya sin rastro alguno de la energía que celosamente el zorro guardaba de nuevo. Sintió una fuerte punzada en su pecho, un dolor agudo que atenazaba su corazón y bajaba hasta su estómago.
Sin embargo, quería verlo, comprobar uno por uno a todos los habitantes de la aldea. Dio un par de pasos trémulos hasta que salió del templo. Las cuatro escaleras estaban llenas de babosas gigantes, inmóviles, apenas con rastros de lo que fueran sus ropas y algunas bandas ninja. Corrió hacia uno de ellos arrodillándose a su lado, no sabía cómo revisarle, no quedaba nada de humanidad en ellos y no reaccionaban ni a sus llamados ni a lo mucho que intentó sacudirlas.
Solo una de ellas abrió un ojo, elevándolo en la antena que crecía en lo que fue su rostro, la miró con extrañeza para enseguida cerrarse pesadamente, cayendo lánguido sobre el resto de su cuerpo viscoso.
Kushina bajó un poco más, aquellos que no se habían transformado estaban sobre el suelo, retorcidos de formas imposibles, sus ojos cristalizados mirando el templo y la sonrisa demente en los labios.
Escuchó su nombre y vio a Minato que había conseguido ponerse de pie para seguirla. Los ojos le ardían pero no comprendió que estaba llorando hasta que él la abrazó y ella no podía sostenerse más.
Lentamente su cabello volvió a su largo natural, cayendo sobre sus hombros y los de Minato, libre de toda presencia ajena, con él único movimiento que causaba el viento al pasar por la devastada aldea.
Comentarios y aclaraciones:
Mejor ni digo los motivos de la demora, solo lo dejamos as ¿Si?
Tercera función: El año del lobo por El Gran Kaiosama
Cuarta función: Hikari
¡Gracias por leer!
