El Fantasma De Ti.
Erilenne.
Nota: Dentro del capítulo hay fragmentos de la canción "Ojala pudiera borrarte" interpretada por Maná.
Capítulo 4. Primer Encuentro
Lo meditó por algunos segundos, quería hacerlo, irse de ahí, era la forma más sencilla de escapar a esa pesadilla.
— No…— Respondió finalmente, con determinación.
Sango la miró entristecida y preguntó — ¿Por qué no?
La joven viuda la observó muy seria. Realmente no tenía una razón, una justificación. No entendía ni porque se había negado.
— No sé Sango— Le dijo y su voz sonó molesta, fría— Simplemente no quiero.
Dicho esto ocultó nuevamente su rostro en la almohada, aferrándose a ella, aún le parecía increíble todo aquello, como todo su mundo cambió en un instante y perdió a su marido, se creía culpable de lo sucedido, ahora simplemente quería desaparecer, que la tierra la tragara junto a su sufrimiento.
La secretaria prefirió no insistir por el momento, la comprendía o al menos trataba de hacerlo. Respiró profundamente, dejándose caer también en la acolchonada cama, miró hacia el techo y pensó en lo sorpresivo y trágico del asunto. Ambas quedaron en silencio por un largo tiempo.
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Ojalá y te me borraras de mis sueños y poder desdibujarte.
Poco a poco los rayos de sol se fueron filtrando a través de la ventana, anunciando el amanecer. Suspiró amargamente y notó que otra vez no pudo conciliar el sueño, pese a que en verdad lo intentó, deseaba dormir largamente para no pensar pero también le temía a la oscuridad que podría encontrar en sus sueños. Estaba hecha un caos. Su cabello completamente desarreglado, la mirada ojerosa, casi como si la hubiesen golpeado y los labios resecos.
Miró a su alrededor y encontró a Sango dormida de medio lado. La notó cansada y se sintió mal por las molestias que le causaba. Se levantó y vio en el buró de al lado los platos de comida que amablemente Shoga les llevó horas atrás. Apenas había ingerido un bocado, obligada por su amiga.
Luego caminó hacia el baño, preguntándose si los Fujita aún se encontrarían ahí abajo después de que ella no encontrara fuerzas para bajar nuevamente. Su corazón se oprimió con mucho dolor. Sin tan solo existiera la forma de regresar el tiempo.
— ¿Pasa algo Kagome? — Preguntó Sango inquieta, con los ojos entreabiertos.
— No es nada, solo me daré un baño, descansa — Le pidió suavemente, fingiendo una leve sonrisa.
Sango asintió y después la pelinegra entró al baño, abrió le regadera, se desvistió y dejo que el agua tibia de la mañana bañara todo su cuerpo, el cual estaba muy débil. Finalmente lloró en silencio, reteniendo los sollozos y quejidos en su garganta.
Ojalá y se me olvidara hasta tu nombre, ahogarlo dentro del mar.
-.-.-.-.-.-.-
Tenía poco más de quince minutos buscándolo. Podía jurar que hasta se escondía. Estuvo a punto de resignarse e irse pero en eso lo observó caminar por el pasillo muy calmado. ¡Bingo! Pensó sonriendo con malicia, entonces lo alcanzó.
— ¡Inuyasha! — Exclamó alegre al momento en que palmeó su espalda.
El hombre gruñó despacio y frunció el ceño.
— ¿Qué demonios quieres Miroku? —Reclamó enfadado.
— Que mal carácter tienes— Le dijo y el ojidorado ladeo el rostro. No estaba de humor para aguantarlo.
—He venido para que me acompañes a almorzar, me gustaría charlar contigo.
—No tengo tiempo —Contestó desganado.
Empezó a caminar intentando alejarse pero el ojiazul lo siguió.
—Anda no seas así, vamos aunque sea al restaurante de enfrente— Insistió e Inuyasha recordó lo terco que podía llegar a ser. Suspiró con pesar, devolviéndole la mirada.
—Está bien, que sea rápido.
El joven lo miró agradecido. Después caminaron juntos hacia la salida de la empresa, al pasar por la recepción, Miroku dio un vistazo rápido deseando ver a cierta muchacha que lo traía loco pero no la encontró. Se sintió decepcionado pero prefirió preguntarle luego a Inuyasha.
Salieron y cruzaron la calle. Justo enfrente se situaba un pequeño local de comida rápida japonesa. Cuando entraron, la mesera los recibió con bastante familiaridad, los llevó a una mesa junto a la ventana y ambos ordenaron lo de siempre: Gyūdon (un platillo consistente en un bol de arroz cubierto con carne de ternera picada y cebollas remojadas en salsa de soja).
— Oye, ¿y Sanguito? —Preguntó para abrir tema de conversación.
Inuyasha mantenía la vista fija hacia el exterior.
—Mi padre le dio unos días para visitar a una amiga en problemas, creo—Le contó, dejando ver un aire de resentimiento.
—Oh, ya veo... —Murmuró y recargó la cabeza en el asiento mientras esperaban.
Durante el silencio que guardaba, Inuyasha se dio cuenta de lo ruidoso y pequeño del lugar, de su simpleza. Sonrió nostálgico recordando a Kikyo, por como ella odiaba ese tipo de lugares. Extrañaba incluso lo superflua que siempre fue a pesar de reclamárselo en tantas ocasiones. Suspiró melancólico, pero ahora se encontraba mejor. El día anterior encontró un buen departamento para vivir, cerca del parque que tanto le gustaba. No estar en contacto con las fotos y cosas pertenecientes a su difunta esposa realmente le había traído la paz que tanto necesitaba. El fantasma que lo atormentaba casi había desaparecido. Francamente ya estaba muy tranquilo y daba gracias por eso. Todavía le dolía, pero empezaba a vivir con ello.
—Ya conseguí departamento— Se animó a contarle.
Miroku se enderezó del asiento incrédulo, sorprendido.
—¿De verdad dejaste la mansión? —Consultó con los ojos muy abiertos.
Inuyasha medio sonrió, como pocas veces.
—Te lo digo enserio, además te agradezco por animarme a hacerlo.
El ojiazul se sintió gratificado y muy contento por él.
—Espero que tengas muchas citas dentro de ahí.
No se resistió a decírselo. Su mente perversa no se lo permitió. Desde su perspectiva aquello era lo que el empresario necesitaba para mejorarse completamente.
El semblante del ojidorado se ensombreció al escucharlo, inclusive se alteró gravemente.
—No digas estupideces—Advirtió, oprimiendo los dientes.
—Por favor, necesitas volver a ser hombre— Se arriesgó a continuar, recibiendo a cambio la mirada dorada y asesina de Inuyasha. Tragó con dificultad cuando lo vio levantarse con los puños apretados.
—Eres un idiota, jamás olvidaré a Kikyo— Aseguró, con la voz gruesa y firme.
Salió del restaurante sin escuchar su respuesta ni esperar el desayuno. Miroku sabía cómo irritarlo hasta el límite. Una cosa era el deseo de salir adelante y otra muy distinta volver a enamorarse. Eso era imposible, no era capaz ni tampoco quería. Kikyo lo había sido todo, todo en su vida.
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Vuelve corazón, vuelve a mi lado.
Las miradas incriminatorias la tenían completamente intimidada. Mantenía la cabeza inclinada pero su fleco azabache poco la ayudaba a esconderse.
Estaba en el cementerio, acompañada por las mismas cuatro personas de la noche anterior. El sol de mediodía le calaba más de lo normal debido a su vestimenta negra, sofocándola, asfixiándola, aunado a todas las emociones que en ese mismo instante experimentó. La tristeza, el desconsuelo y los remordimientos se agolparon duramente contra su pecho.
Escuchó a las palas recoger la tierra y después dejarla caer sobre la tumba de Kouga, anunciándole el momento del último adiós. Tragó dolorosamente y se aproximó hacia el terreno escavado.
—Espero que desde donde estés puedas perdonarme— Expresó quebrantada, mientras por sus mejillas rodaban lágrimas de amargura.
Dejó caer un lirio blanco y de esa manera se despidió. Recordó fugazmente los momentos vividos, comprendiendo entonces que jamás volvería a verlo.
Su llanto se acrecentó, oyéndose con fuerza. Sango se acercó tomándola de los hombros, preocupada porque pudiera desfallecer y así fue, luego de que el acto terminara ambas tomaron un taxi devuelta a la mansión, y al entrar en ella, Kagome se desmayó. Se encontraba demasiado afectada por lo sucedido.
Ojalá y te me borraras para siempre, de mi vida, para no volverte a ver.
Afortunadamente, uno de los empleados ayudó a llevarla al sillón e inmediatamente Shoga se acomidió a traer algo de algodón con alcohol para acercarlo a su nariz.
—Kagome, ¡gracias a Dios que despertaste! —Exclamó Sango aliviada cuando la vio abrir los ojos.
—Perdón…—Susurró débilmente— Estoy muy cansada.
—Duerme, yo estaré aquí para cuidarte.
—Es mejor que te vayas, no quiero que descuides tus obligaciones por mí— Le pidió, sonando seca y un tanto enfadada.
La secretaría la miró extrañada, confundida en parte.
—No digas eso, sabes que no es verdad— Aclaró
—Claro que sí, regresa a Tokio, yo estaré bien.
Como si pudiera creerle. Nadie podía estar bien después de vivir esa horrible experiencia. Sango arrugó la frente y cruzó los brazos.
—Regresaré solo si te vas conmigo.
La pelinegra hizo una mueca molesta, manteniéndose firme.
—No tengo nada que hacer en Tokio— Aseguró con terquedad, dando así por entendido la nula posibilidad para un cambio de opinión.
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Y ojalá y te me borraras por las noches, en el día, para no volverte a ver.
Pasaron dos semanas desde la muerte de Kouga, aún continuaba en pie pero terriblemente deprimida. Sango ya se había marchado sin lograrla convencer, su familia ni se había enterado, estaba sola, únicamente veía de vez en cuando a los sirvientes de la mansión a consecuencia de pasar la mayor parte del tiempo en su habitación. Las noches eran verdaderamente un infierno, dormía poco debido a las horribles pesadillas. Cada noche creía escucharlo inculpándola por su muerte, por lo infeliz que lo hizo en vida. Fue una tortura, sabía que si seguía viviendo de esa forma acabaría por volverse loca.
—Señora Kagome…—Escuchó la voz temerosa de una anciana detrás de la puerta— Tiene una llamada importante del licenciado.
La pelinegra bufó, harta de no hacerlos entender que no quería hablar con nadie.
—Disculpe mi señora, pero dice que es urgente— Agregó, nerviosa.
Kagome se incorporó de la cama y abrió la puerta. Recibió el teléfono de mala manera, sin decirle nada. El ama de llaves no se ofendió puesto que comprendía los sentimientos de su patrona.
—¿Diga? —Consultó al teléfono después de cerrar la puerta.
—Buenas tardes señora Fujita, necesito que venga al despacho, es importante que firme algunos papeles..
—Que sea después— Interfirió, enfadada.
El hombre al otro lado optó por insistir.
—Verá, si no fuera importante no la molestaría, pero si queremos seguir llevando el asunto con suma discreción debe venir.
La pelinegra respiró profundamente. Realmente para que la prensa no interfiriera y la noticia no saliera a luz pública los Fujita habían tenido que despotricar una buena suma de dinero, después de todo Kouga fue un multimillonario influyente.
—Está bien, llegaré en quince minutos— Se resignó. Solo por el hecho de no tener que lidiar con las preguntas y chismes malintencionados de la gente.
Y ojalá te me esfumaras de mis sueños, vida mía, para no volverte a ver.
Recogió su cabello en una coleta alta, notando enseguida en el espejo sus grandes ojeras. Sonrió angustiada de verse así, optando por disimularlas con algo de maquillaje. Se puso un pantalón negro y una blusa formal color gris, proyectando su tristeza. Tomó su bolso y ordenó al chofer llevarla hasta ese despacho.
Cuando llegó pudo notar la presencia de las camionetas de lujo pertenecientes al patriarca Fujita, eso la puso nerviosa y vino a ella un mal presagio. Tuvo intenciones de mejor marcharse pero prefirió enfrentar lo que viniera, total, ya su vida estaba destrozada qué más podía perder.
Entró al lugar y pudo reconocer la sonrisa hipócrita del licenciado al recibirla.
—Pase por favor siéntese — Le pidió, amable.
La joven viuda observó las sillas a su alrededor, viendo claramente el rostro del patriarca que casi la fulminó.
—¿A qué viene esta reunión? —Preguntó, posicionándose a la defensiva.
—Pues ya que vienes con ese tonito insolente, seré directo— Habló el anciano, levantándose de su asiento, acercándose a ella.
Kagome lo miró con seguridad, altiva.
—No estoy dispuesto a permitir que una chiquilla tan insignificante como tú se quede con parte de nuestra fortuna, menos después de haberle provocado la muerte a mi hijo.
La pelinegra se quedó sin oxígeno. No por la idea de quedarse sin nada, eso nulamente le importaba. Fue por el tono con el que la culpó. Se sentía culpable, sí, pero solo ella conocía las razones. ¿Por qué rayos ese viejo la inculpaba nomás así?
Quiso reclamarle pero apretó los puños para contenerse. A final de cuentas de una u otra manera si era culpable, según ella.
—¿Eso es todo? ¿Viene aquí a pelear por su sucio dinero? —Sonrió sarcástica. —Quédeselo todo, no quiero nada, nada de ustedes.
El patriarca sonrió triunfal, ocultando la sorpresa que le causó la reacción de la mujer.
—Entonces firma el desistimiento de los bienes que te corresponden.
El licenciado se acercó con los documentos, ese par de canallas tenían todo completamente planeado.
La muchacha le arrebató los papeles y los firmó. Ambos hombres esbozaron un gesto victorioso pero ella de ningún modo de sintió derrotada, al contrario, hacerlo le provocó una gran sensación de liberación.
Después salió del lugar y regresó a la mansión. Acomodó en maletas sus pertenencias, llevándose de su difunto marido solamente una foto. La anciana Shoga entre lágrimas le pidió no marcharse pero Kagome solo la abrazó y le agradeció sinceramente los años que la acompañó.
Tomó la decisión de regresar a la pequeña casita que habitaba antes de casarse. Era lo único que tenía pero no se sentía mal por ello. Existían otros motivos por los cuales sufrir verdaderamente, eso ya lo vivía en carne propia.
Se pasó la tarde arreglando el empolvado lugar, concentrada en no pensar en su gran pena. Dejó todo reluciente, impecable. Después salió a comprar el periódico, entusiasta y dispuesta a conseguir un empleo. Era el momento para ejercer su carrera de contabilidad.
Los días transcurrieron, uno a otro sin aminorar el dolor de su alma. No dormía bien por las noches, casi no comía y por las tardes buscaba trabajo sin éxito. Su inexperiencia siempre era el pretexto para no ser contratada. Si continuaba así sus ahorros terminarían pronto. Lucía muy demacrada, más delgada incluso.
¿Cómo puedo yo borrar tus besos vida?, están tatuados en mi piel.
Esa tarde llegó triste a casa, decepcionada de su suerte. Dejó la bolsa de pan sobre la mesita de madera y caminó cansada de tanto andar hacia el baño. Estaba harta, cansada de seguir así.
Una vez adentro, abrió la llave de la regadera y esperó por la salida del agua caliente. Mientras tanto, se quedó mirando un rato su reflejo frente al espejo, ubicado encima del lavamanos.
Ya no quería vivir ¿para qué? Si ya no estaba él, el hombre que la protegía y amaba, el que no supo valorar. Su garganta se anudó. Si tan solo pudiera tener una segunda oportunidad para reparar sus errores.
Entonces cruzó una absurda idea por su cabeza: Frenar su propia vida. Cerró los ojos llorando. Si lo hacía, probablemente podría detener todo ese sufrimiento. Luego su imaginación voló y pensó en quizás cortarse las venas o tomar una sobredosis de algún medicamento. En verdad deseó suicidarse.
El sonido del agua al caer y el bochornoso vapor caliente la trajo de vuelta a la realidad. Se avergonzó ampliamente de sus intenciones, pero gracias a eso pudo reconocer lo mal que estaba. Necesitaba ayuda, salir de ese lugar lleno de fantasmas.
Apresurada, cerró la llave y salió corriendo del baño. Agarró su bolso, sacando de él su móvil. El miedo se reflejaba en su rostro, las manos le temblaron. Rezó para que Sango le contestara y estuviera aun disponible la propuesta.
Ojalá y la lluvia me ahogue entre sus brazos, para no pensar en ti.
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—Es todo Sango, gracias— Le dijo, mostrándose cordial.
La muchacha se quedó de pie, nerviosa.
—¿Sucede algo? —Preguntó el anciano, enarcando una ceja.
Sango lo miró dudosa e Inu Taisho extendió el brazo indicándole que tomara asiento. La pelicastaña tomó aire discretamente, deslizó la silla y finalmente se sentó.
—Dime, ¿en qué puedo ayudarte?
—Bueno yo..
Se estaba poniendo más nerviosa de lo normal y es que siempre le pedía algo. Seguramente su jefe la tomaría por una abusiva.
—Se trata de mi amiga que vive en Chiba, la que le conté que perdió a su marido...
—Oh si, la famosa Kagome —Recordó el anciano, sonriendo gentil.
La secretaria asintió con la cabeza, enfocó los dorados ojos del hombre y continúo.
—Bueno el punto es que le han quitado todo, no tiene trabajo, está sola… Sr. Inu Taisho ella es una excelente contadora, no tiene experiencia pero no le quedará mal se lo aseguro…
—¿Y quieres que la contrate aquí? —Consultó esbozando una sonrisa.
Sango se sonrojó levemente.
—Si… por favor…
—Ok Sango, tu sabes que la persona en ese puesto será la asistente de mi hijo Inuyasha, él mismo lo solicitó ¿por qué no le preguntas a él?
El anciano sonrió travieso cuando vio a la muchacha palidecer. En realidad había hecho el comentario solo para ver esa reacción. De sobra sabía que Inuyasha se negaría, debido a la inexperiencia de la joven, pero el muy pícaro quiso jugar un poco con las emociones de su secretaria.
—Está bien, no te preocupes, dile a tu amiga que está contratada, mañana mismo puede presentarse.
Sango se levantó completamente entusiasmada. Comenzó a agradecer al viejo sin parar. Casi lloraba de felicidad. Fue tanta su labia que el líder de los Taisho se sintió apenado. La muchacha por su parte estaba feliz, no cabía duda de que el corazón de ese hombre era inmenso, comparado con el de sus fríos hijos.
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O que pase un milagro, pase algo, que me lleve hasta ti.
Cuando bajó del avión, pudo sentir el sol intenso quemarle suavemente en la piel. Era como si Tokio le diera una cálida bienvenida. Caminó junto a su pequeño equipaje y pudo ver a lo lejos los brazos de Sango haciéndole señas. Se acercó a ella sonriendo, con la firme pretensión de dejar aunque fuera por unos momentos su dolor de lado. Sango la abrazó efusiva y la pelinegra le correspondió.
Ambas tomaron un taxi que las condujo hasta el departamento de la secretaria. Se trataba de un lugar discreto, localizado en el tercer piso. Contaba con una recamara, el baño, la cocina, un par de sillones y un sencillo antecomedor chocolate oscuro.
El ambiente se respiraba agradable ahí dentro, llevándole algo de tranquilidad para el atormentada alma de la joven viuda. Luego juntas, entraron en la recamara.
—¿De verdad es una litera? —Consultó sin retener la carcajada —¿Qué acaso eres todavía una niña?
Sango cruzó los brazos, haciéndose la ofendida.
—Oye… no seas así. Después de todo yo nunca me he casado.
El comentario provocó una gran tristeza en Kagome. Su rostro desencajado lo reveló. La secretaria se replicó internamente por su torpeza. Pensó luego en la forma de remediarlo.
—Kagome, no te he contado pero ¡mañana mismo comienzas a trabajar!
La muchacha dio un brinco, con el corazón agitado.
—¿Cómo dices? — Consultó, impresionada.
—Si, por la mañana hablé con mi jefe y aceptó ¿no es genial?
Kagome sonrió, con los ojos temblorosos, apunto de salírsele las lágrimas de ellos. Sango era una gran amiga, la mejor de todas, su bote salvavidas en todo momento.
—Gracias amiga, espero poder un día pagarte todo lo que haces por mí. —Expresó, de todo corazón. Luego sintió una palmada en su espalda.
—Tranquila, no es nada, mejor dime ¿prefieres dormir arriba o abajo?
—Abajo, por supuesto— Contestó, riendo.
Después se echó a la cama como una chiquilla mientras Sango la observaba de pie, dichosa, rogando porque todo cambiara para bien.
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Llegó muy emocionada, a un edificio alto, de bonita construcción. En la parte más alta pudo leer claramente "Taisho Inmobiliaria".
De pronto, un escalofrío le recorrió toda la espalda. Comenzaba a tensarse y como no, si por primera vez ejercería como contadora.
Entró junto a Sango, atenta a todos los detalles del lugar. Caminaron por el pasillo y pudo percatarse de un cuchicheo muy extraño. La mayoría de los ahí presentes la observaban muy raro, como sorprendidos, murmuraban incluso pero no podía entenderles. Se preocupó pensando rápidamente en que pudiera tratarse de su vestimenta, pero no creyó que fuera de mala manera. Llevaba un pantalón de vestir café y una blusa menta de mangas cortas con un ligero escote en V, también procuró cubrir sus ojeras con maquillaje, su cabello azabache estaba suelto con sus ondas naturales, bien arreglado. Prefirió restarle entonces importancia. Enseguida vio a Sango detenerse.
—Ok ahora te presentaré a tu futuro jefe —Le avisó Sango, tocando después la puerta.
—Adelante.
Oyeron y a Kagome casi se le detuvo el corazón por los nervios. Entraron tranquilamente, recibidas por la gran sonrisa de un hombre de avanzada edad.
—Bu… buenos días Sr. Taisho— Balbuceó.
El anciano la miró, impresionado.
—Buenos días Srita. ¿Higurashi? O más bien debo decir Sra. Fujita
La muchacha entristeció, pero le sonrío levemente.
—Cualquier forma estará bien señor.
Inu Taisho conocía escasamente la historia de Kagome, por las pláticas que alguna vez Sango le dio como justificación a sus permisos. Pero realmente lo que lo sorprendió fue otro motivo.
—Optaré mejor por decirte por tu nombre Kagome, ¿está bien así?
La joven viuda asintió.
—¿Sabes? Te pareces mucho a una mujer que conocí…—La contempló de arriba abajo, de forma respetuosa —En verdad sí…
Ella lo observó extrañada, sin entender.
—Aunque no estamos aquí para hablar de eso, discúlpame por favor y bienvenida seas —Expresó alegre, estirando su mano.
Kagome la estrechó agradecida y entonces preguntó.
—¿Qué es lo que debo hacer Sr. Taisho? Quisiera empezar cuanto antes ya verá que no lo defraudaré.
—Serás la asistente contable de mi hijo Inuyasha. Como ya sabrás, una inmobiliaria se dedica a la compra-venta de viviendas. —Le comentó y ella lo escuchó con atención.
—Vamos, te presentaré con él.
El anciano se dirigió a una de las oficinas ubicada a no más de tres metros de la suya, seguido por ambas mujeres. Solo esperaba que su terco hijo no fuera cometer una de sus tantas imprudencias. Ya el día anterior se lo había dicho, que no quería batallar con una principiante, niñata, inexperta y un sinfín de adjetivos que le enumeró. Exhaló preocupado. Pero bueno, el jefe seguía siendo él y mientras así fuera, seguiría disponiendo de todo.
Abrió la puerta de la oficina, ingresando los tres en ella. Inuyasha mantenía la vista fija en la computadora, concentrado.
—Hijo, ya llegó tu asistente. Ella es Kagome— Le avisó y la muchacha observó su endurecido semblante. Eso la tensó.
El ojidorado volteó, molesto. Finalmente el viejo de su padre se saldría con la suya, poniéndole como asistente a una chiquilla novata. Que coraje tenía.
Torció los labios, pero luego el alma le abandonó el cuerpo cuando la examinó, se quedó sin aliento.
—¿Ki… Kikyo? —Susurró inaudible, brutalmente asombrado. ¿Qué tipo de broma cruel era esa?
Continuara…
Ups… esto último me recordó un poco a la serie jeje. Bueno chic s aún hay mucho por delante, ya iremos viendo cómo evoluciona este par. Gracias por tomarse el tiempo de leer, espero que les haya gustado. No olviden dejar su comentario, se los agradeceré mucho. Es una motivación más.
Saludos, que tengan buen fin de semana.
Erilenne.
