Tal como predijo la loba, la tormenta fue muy intensa, castigando Mountain Peak durante varias semanas. Los ponis, acostumbrados a este tipo de inviernos, las pasaban refugiados en sus casas. Salían ocasionalmente para ir a casa de un vecino e intercambiar provisiones, ver al curandero, o hacer algunas reparaciones.

Pero nadie era tan inconsciente como para salir del pueblo con ese tiempo.

Star aprendió mucho aquel invierno. Sin nada más interesante que hacer, y sin una loba que la distrajera todas las noches, acudía puntualmente a casa de Platain Hooves. Las primeras clases fueron realmente aburridas. El maestro la hizo memorizar decenas, sino cientos de plantas. En su mayoría medicinales, algunas venenosas.

Pero pasadas unas semanas, fue enseñándole la parte más práctica de la profesión: Qué plantas se usaban para curar heridas, cuáles para calmar el dolor, para dormir, para no soñar... Incluso le habló de una planta del amor, aunque nunca le dijo cuál era exactamente.

Como era habitual en esa época del año, el trabajo del curandero se reducía a tratar enfermedades del pecho, como resfriados, pulmonías o fiebres. Star fue memorizando mecánicamente qué planta usaban para qué, aunque aún le faltaba mucho para comprender por qué la usaban.

El invierno acabó, y tras él llegó la primavera. O lo que en Mountain Peak entendían por tal: un tiempo que se suavizaba mientras la nieve seguía presente. Era al final de la estación, casi llegado el verano, cuando el sol lograba vencer al frío. Con el deshielo el río volvía a correr, rebosante de agua. La cascada resucitaba y Mountain Peak volvía a la vida.

El año transcurrió tranquilo, pacífico y perezoso, como solía ser en lo alto de la montaña. Ocasionalmente algún mercader osado se atrevía a subir al pueblo, donde pasaba unos días hospedado en casa de algún vecino, vendiendo sus productos.

Star cumplió ocho años.

Cuando el invierno regresó, la pequeña poni esperaba ansiosa la llamada de su amiga. Pero ese año se retrasaba. Normalmente los lobos llegaban poco antes de las primeras nieves. No se atrevió a preguntarle a su madre al respecto. ¿Y si averiguaba que la mejor amiga de Star Whistle era la loba que la salvó? ¡Se armaría un lío tremendo!

Poco antes de que empezara la época realmente dura del invierno, un aullido resonó en la noche. Star se despertó inmediatamente. Era ella. Era su amiga. En silencio se puso su abrigo de invierno, abrió la ventana y salió de casa. Como siempre, dejando una luz a su espalda para poder volver.

Caminó lo más rápido y silenciosamente que pudo hasta la zona donde solían verse. No pensó en esconderse para sorprender a su amiga, ni siquiera recordaba que quería vencerla en el juego de los lobos. Sólo sabía que su amiga estaba ahí.

Llegó hasta el lugar de reunión y no vio nada... hasta que la loba se alzó, camuflada sobre la nieve. Tanto la poni como la loba habían crecido mucho ese año. La loba ya empezaba a tener el porte de un cazador adulto. Star corrió hacia su amiga, la cual solo esperó para recibirla, y chocaron en un "abrazo" de lobos: acariciando con la cabeza el cuello de la otra.

No es que la loba no se alegrara de ver a su amiga. Pero, para un lobo invernal, el porte lo era todo. Por algo eran los señores del invierno.

-Pensé que no vendrías – dijo Star Whistle, hablando en lobo.

-Casi no pude venir. Las manadas han pasado lejos de la montaña. Hoy es la única noche que permaneceremos cerca de tu pueblo.

Star se separó y la miró con los ojos brillantes.

-¿Sólo te quedarás esta noche?

-Sí. Tenemos mucho que contarnos, amiga.

La pequeña poni miró al suelo… y no levantó la vista. La loba se extrañó, ¿qué le pasaba a su amiga? Se acercó un poco, agachando la cabeza, intentando ver el rostro de la poni… cuando ésta levantó la vista. La loba se dio cuenta de su error demasiado tarde: Star Whistle saltó sobre ella, desequilibrándola, y ambas amigas rodaron sobre la nieve, luchando por ganar el combate.

Unos segundos después, la poni se puso en pie sobre su amiga derribada.

-¡Te he matado, amiga!¡He cazado a una loba!

La loba se puso en pie y se sacudió la nieve del pelo.

-Usaste bien la sorpresa, poni, pero no volverá a ocurrir…

Diciendo esto, saltó sobre la poni, la cual esquivó la embestida y echó a correr.

Jugaron, hablaron, y rieron durante varias horas. Fue una noche intensa, divertida, y demasiado corta para las jóvenes amigas. Pero todo lo bueno tiene que acabar, y poco antes del amanecer, la loba regresó con los suyos.

Se despidieron con un largo abrazo, prometiendo que volverían a verse todos los años.


Los años transcurrieron, interminables e intensos, tal cual los viven los niños. Mountain Peak no cambió demasiado. Hubo algunos nacimientos y algunas muertes. Una familia pidió asentarse en el pueblo, a lo que los habitantes del mismo accedieron encantados. Eran una pareja de ponis artesanos con un potrillo un año mayor que Star. Los vecinos ayudaron a la joven familia a construir su casa, oportunidad que todos los jóvenes aprovecharon para aprender cómo se hacía.

El potrillo se llamaba Silver Boulder. Tenía el pelaje de color marrón, ojos castaños y el pelo rojizo, muy corto. Era un poni muy curioso y extrovertido. Le encantaba jugar a los exploradores, y Mountain Peak era el paraíso de todo pequeño explorador. Star hizo muy buenas migas con él. Ella, Silver Boulder y Mulberry se pasaban los días jugando, buscando pasadizos ocultos entre las cuevas bajo la cascada, o construyendo improvisados refugios de madera, apoyados en las rocas, donde refugiarse de sus imaginarios enemigos. Star había hecho por primera vez un muy buen amigo poni en Mountain Peak.

Ello no evitaba que la pequeña potrilla esperara ansiosa la llegada del invierno para poder ver a su amiga. Cada año, en cuanto se escuchaban los primeros aullidos, Star esperaba a la noche para salir de casa y encontrarse con la loba.

El invierno en que Star cumplió 12 años le ocurrió algo muy peligroso: Una tormenta de nieve se echó sobre la montaña cuando estaba con su amiga. Tuvo que regresar corriendo al pueblo, e incluso acompañada por la loba, casi no lo logró. Pensó en que tenía que hacer algo para evitar volver a verse en esa situación.

El año siguiente, en Verano, Star reunió materiales y herramientas en secreto cerca de su zona de reunión. Encontró un lugar ideal: entre una gran roca y un árbol, muy apartado del sendero que llevaba al pueblo. Ese sería el sitio donde construiría su refugio. Le costó todo el verano acabarlo, ya que para mantenerlo en secreto no podía ausentarse mucho tiempo del pueblo. Pero al final obtuvo una pequeña estructura de madera que, si bien no era muy bonita, le serviría para refugiarse si la sorprendía una tormenta.

Pero, no contenta con esto, decidió que haría una chimenea. Hizo un agujero en una pared y puso un círculo de piedras justo fuera de la cabaña. Ahí podría encender fuego si tenía que pasar una noche bajo la tormenta.

Se moría por enseñárselo a su amiga. ¡Y podría preparar té! Sus próximas reuniones serían muy divertidas y calentitas bajo el calor de la hoguera.


El invierno siguiente, ambas amigas se sentaron frente a las llamas. Había una ligera tormenta de nieve y hacía bastante frío, pero sentían el calor del fuego en sus rostros. El viento arrastraba veloces copos de nieve que, como agujas, impactaban contra el pelaje de la loba y Star. El cielo se alzaba sobre ellas, pero las nubes impedían ver ninguna estrella.

Las llamas alzándose hacia el oscuro cielo, cubrían lo que había sido la cabaña de Star Whistle. Lo único que quiso sobrevivir fue el círculo de piedras en el que se inició la descontrolada hoguera.

-Te dije que había demasiada madera, poni.

-Cállate. - Respondió Star con un tic nervioso en el ojo.

Star estaba enfadada. Muy enfadada, pero con ella misma. ¿Cómo no pensó que el calor haría arder la pared de la cabaña? Todo el verano trabajando... ¡para ésto! La loba la observó refunfuñar por lo bajo. Podía entender que estuviera enfadada, acababa de perder su madriguera. Pero a decir verdad, nunca entendió el amor de los ponis por el fuego. ¿Acaso no veían que era peligroso?

De pronto el viento le trajo un sonido lejano. Era muy similar al de una manada de alces asustada, pero mucho más organizado. Alzó la vista hacia la montaña y vio pequeños resplandores que iluminaban el pueblo poni.

-Debes regresar. Los tuyos han visto el fuego.

-¡¿Qué?!

Star miró hacia donde miraba su amiga... y también vio el resplandor. Era cierto, pudo ver algunas antorchas moviéndose entre las casas.

-¡No! Oh no, oh no...

-¿Qué te da tanto miedo? -preguntó la loba

-Los míos nunca entenderán que seamos amigas.¡Podrían atacarte! Y... y se enfadarán mucho conmigo, seguro.

La loba meditó, mientras miraba a la poni dar vueltas, nerviosa. Nunca comprendería a los ponis. Entre los lobos, aunque era algo extraño, nadie puso inconveniente en que una poni fuese amiga suya. Aunque claro, ningún lobo esperaba que un poni intentara devorar a un lobo.

Pero lo primero es lo primero: Star Whistle necesitaba que alguien le indicara el camino a seguir.

-Tendrás que ser una presa tan escurridiza como en nuestros juegos y volver con los tuyos sin que te vean.

Star asintió.

-Tú también debes volver con tu manada. -dijo Star en lobo

-Lo haré. Ten cuidado poni. Volveremos a vernos, amiga, pero seguramente será el año que viene.

Se despidieron con un abrazo de lobos, antes de que la loba echara a correr hacia la oscuridad, montaña abajo. La poni volvió hacia el pueblo dando un rodeo. Su casa estaba en un lateral, alejada del río. Con un poco de suerte podría entrar en su cuarto sin que notaran su ausencia...

… pero, ¿y si su madre ya había visto que no estaba? Sería un desastre. ¡Lo descubriría todo! Y Star nunca había sido buena inventando mentiras.

Cuando estuvo a poca distancia del pueblo ya pudo ver a varios vecinos que, con antorchas en sus pezuñas, miraban hacia la inmensa hoguera que Star había hecho por accidente.

-Vamos, tenemos que ver qué ha ocurrido. Quizá haya heridos. -gritó un vecino.

Star se tranquilizó: no la estaban buscando a ella. Agazapada en la nieve se movió poco a poco, siempre fuera de la vista de cualquiera, hasta su casa. Todo el pueblo estaba en pie, observando por si llegaba alguien a quien auxiliar. Al final, la joven poni llegó hasta la esquina más cercana a su ventana. Ésta seguía abierta. Su madre seguramente no había siquiera entrado en la habitación. ¡Qué suerte!.

Salió de su escondite y galopó los metros que faltaban hasta llegar a su ventana. Pero cuando estaba a punto de alcanzarla, escuchó una voz.

-¡Star! ¿Dónde estabas? ¿No has visto el incendio?

La poni se giró para encontrarse con unos ojos de color castaño.

-Ah... eh... hola Silver Boulder. Sí, sí he visto el incendio. -añadió Star con una risilla.

Silver Boulder la observó de arriba a abajo.

-Pero... ¿por qué tu abrigo está lleno de nieve? ¡Parece que te hubiera caído una avalancha encima! ¿Y por qué no estás con los demás?

-Este... miraba a ver si...

Star se había quedado sin ideas cuando alguien gritó:

-¡Star Whistle!

La madre de ésta apareció tras una esquina, observando a la pequeña con severidad. Star se encogió. Se acabó, la había atrapado. Ahora tendría que contar que su mejor amiga era una loba, que hacía años que se veían cada invierno, y que ella había causado el incendio construyendo una cabaña en secreto. Los ponis perseguirían a la loba y la echarían para siempre de la montaña.

-Star Whistle, ¿qué haces aquí? -preguntó Glittering Star. Silver Boulder se apartó de su camino. Parecía muy enfadada.

-Yo... mami yo...

-¡Te he dicho una y mil veces que no salgas por la ventana! ¿Para qué están las puertas? ¡Y mira como traes la chaqueta! ¿A que has caído de espaldas sobre la nieve? ¿Eh?

Star miró boquiabierta a su madre. ¡Ella le había dado la excusa perfecta! Pero, ¿le había dicho eso alguna vez? ¡Qué más daba!

-Si... ¡sí! He saltado por la ventana y me he caído. Lo siento mamá...

-Pues más lo vas a sentir mañana, porque te tocará hacer la colada.

-¡Pero mamá...! -exclamó Star

-¡Sin peros! Y venga, los dos al centro hasta que se aclare lo del fuego de la montaña.

Diciendo ésto, Glittering hizo caminar a Silver Boulder delante suyo. Antes de darle la espalda a su hija, la miró con media sonrisa y le guiñó un ojo. Star Whistle tardó poco en darse cuenta de qué significaba.

Su madre lo sabía. ¡Lo sabía!

Y la acababa de encubrir ante Silver Boulder.


Los vecinos tardaron casi una hora en ir y volver del lugar del incendio. Explicaron que parecía un refugio mal construido con madera, entre un árbol y una roca. El círculo de piedras de la hoguera les sirvió para saber que ésta era la que había provocado el fuego.

Además, también vieron huellas de lobo y poni, Por suerte para Star, los ponis no son grandes rastreadores, y no lograron averiguar mucho más.

Las teorías corrieron al respecto. Hubo quien dijo que eran unos viajeros que habían sido atacados por lobos. Hubo quien aseguró que un espíritu de la montaña había prendido fuego el refugio, pero esta historia no tuvo muchos seguidores. Pero, ¿qué clase de viajeros llevaban madera encima para construir refugios en la noche? El pueblo iba a tener tema de conversación para mucho tiempo.

Cuando todo se calmó, Star regresó casa. Su madre parecía seria, pero no enfadada. Cerró la puerta detrás de ella, y en seguida dijo:

-Siéntate Star, tenemos que hablar.

Star se sentó frente a la mesa de la cocina. Sentía mariposas en el estómago ante la incertidumbre. Su madre calentó agua para servir té.

-¿Cuánto tiempo hace que te ves con los lobos?

-Pero... ¿cómo lo sabes? ¡Nunca nadie me ha visto! -exclamó Star.

-Es cierto -respondió Glittering Star- pero soy tu madre y ya he notado cuántas noches sales a escondidas de casa. Siempre en invierno, y siempre después de escuchar el aullido de un lobo invernal.

Star comprendió que nunca había podido engañar a su madre. Siempre lo había sabido. Pero, ¿por qué nunca la había intentado parar? La potrilla no entendía nada.

-Entonces, ¿cuánto hace que visitas a los lobos? -preguntó de nuevo

-Hace... seis años, mami. Desde el invierno siguiente a cuando me perdí. Pero no son lobos: solo es una loba. La misma que me salvó de la tormenta. Tiene mi edad, más o menos.

-Entiendo. ¿Y puedes hablar con ella?

Star asintió.

-Cuando aprendes a distinguir los gruñidos es fácil.

La tetera sonó. La madre se levantó y sirvió dos tazas de té con hierbas dulces y sirvió una a su hija. Se sentó al otro lado de la mesa antes de hablar de nuevo.

-Star, nunca te he dicho nada de todo esto. Por algo muy simple: si hubiera intentado impedírtelo, habrías acabado escapando, o peor aún, el pueblo se habría enterado. Y si llevas tantos años viendo a la loba, estoy segura de que no desea hacerte daño. Si no...

Star no necesitó que su madre acabara la frase. Aún recordaba la primera vez que la loba la "mató" jugando. Si estaba viva es porque su amiga nunca la había querido cazar.

-¿Tú hiciste el fuego, verdad? -preguntó Glittering.

-Sí -comenzó star-, era un refugio por si me sorprendía una tormenta. Pero hice una hoguera y...

-Vale, sólo quería saber eso. Es una buena idea.

Glittering volvió a beber té.

-Tendréis que encontrar otro sitio donde veros, hija. Un sitio más escondido, donde puedas construir una cabaña de verdad. Te echaré una mano con eso, pero tendrá que ser en verano. Solo te voy a pedir una cosa Star.

-¿Qué? -preguntó la potrilla

-Que esto siga siendo un secreto. No se lo cuentes a nadie, ni siquiera a tus amigos.

Star prometió que no lo contaría a nadie, como ya había hecho hacía años. No pensaba hacerlo, pero no por la promesa en sí: no quería arriesgarse a que los ponis intentaran hacer algo contra su amiga loba.

Madre e hija acabaron sus tés y luego fueron a dormir.


Al pie de la montaña, los lobos recibieron a su futura líder. Estaban inquietos, pues la tormenta les había traído el olor del fuego. Se tranquilizaron al saber que ella estaba bien y que no había sido atacada. El actual líder de la manada se acercó.

-Las manadas se alejan. Debemos partir.

-Lo se.

Los lobos eran seres que decían las palabras justas y necesarias. La loba miró hacia la montaña con su ojo de vidente. No sintió muerte ni dolor en ella, lo que le indicó que Star Whistle estaba bien. Pero de pronto notó que su vista se oscurecía, hasta que ya no pudo ver la montaña. Ni la nieve. Ni a sus hermanos...

Su ojo de vidente le estaba mostrando algo.

"""

Sintió hambre. Sintió un gran vacío. Sintió que su muerte estaba próxima. Volvió a ver, a través de unos ojos que no eran los suyos. Estaba volando. Hacía frío, nevaba, y hacía mucho viento. Estaba perdida, sola y débil. No sobreviviría.

Y de pronto notó calor, un calor que sintió en su espíritu, y no en su piel. Sintió que tenía una oportunidad de sobrevivir...

"""

La loba notó cómo alguien la empujaba. Sacudió la cabeza, recuperando sus propios sentidos. Un lobo la había sacudido con el hocico al notar que la vidente estaba en trance.

- ¿Qué has visto? - le preguntó.

La loba no respondió, pues ni ella misma lo sabía.