Capítulo 3: La fiesta del Rey

Han pasado varios siglos desde la ultimas vez que Thranduil soñó con su amada esposa, con su estel*, luz de su fëar*. Legolas ha crecido demasiado rápido para el gusto de su padre, apenas aparenta los dieciocho años humanos; sin embargo le faltaban poco menos de doscientos años para cumplir dos milenios.

Era el año dos mil dos de la tercera edad del sol. Aquel día se celebraba el cumpleaños del rey Thranduil. Una gran celebración preparaba; todo el reino estaba totalmente ocupado: trasladando la bajilla, sillas, mesas, mantelería, cubiertos, platillos y de más.

La guardia del sur a cargo de Barahir inspeccionaba por última vez el terreno, poniendo un perímetro de soldados alrededor del claro para evitar alguna emboscada, había pasado casi un milenio desde que el Gran Bosque Verde ya no era un lugar muy seguro, incluso los hombres de los alrededores comenzaron a llamarlo el Bosque Negro.

El rey no quiso festejar en los salones de palacio, prefirió escoger una hermosa pradera a no más de cinco millas del reino, ya que cada salón le recordaba todas aquellas fiestas a su lado de Luinil, todas sus danzas y cada una de sus risas. Ahora no le quedaban ánimos para festejar su cumpleaños, lo único que lo convenció fue su Hoja Verde.

El rey elfo se encontraba en su estudio sentado con la vista perdida; su pensamiento divagaba en tiempos lejanos. El cálido crepúsculo de verano empezaba a llegar a su fin. Buscaba la soledad con el único motivo de ver a su estel*; desde aquel invierno donde la vio por última vez en sus sueños, las estrellas se fueron apagando lentamente ante sus ojos, incluso la luz de ithil* también se extinguió. Su corazón quedó en obscuridad. Si bien Legolas lo había hecho inmensamente feliz, no se sentía completo, tenía un gran vacío dentro de su fëar*.

Su carácter con el paso de los años se fue tornando amargo y cada vez, más y más orgulloso. Apenas se le veía sonreír; eran esas pocas ocasiones en las que compartía tiempo con su hijo en que sólo entonces esbozaba una tenue sonrisa.

Se dedicaba por completo a su reino, con el único propósito de mantener seguro lo poco que le quedaba de corazón, protegiendo de sobre manera a Legolas. Tenía tanto miedo de perder lo único que le quedaba de Luinil.

La tarde ya había llegado a su fin. Los ojos azul celeste de Thranduil comenzaron a nublarse por las lágrimas; en su mente repasaba una y mil veces la última conversación con Luinil.

Meleth in* ¿Dónde está aquella estel* que me prometiste? ─su voz era baja con una combinación de reclamo, tristeza y desesperación─. Lentamente el brillo de las estrellas se ha ido extinguiendo ante mis ojos… ya no puedo continuar así ─comenzó a derramar pequeñas lágrimas.

Legolas entre abrió la puerta del estudio buscando a su adar*, solo se quedó inmóvil asomando la cabeza dentro. El rey no se percató de su llegada.

─¿Por qué te marchaste? Si no hubiera insistido en tener heredero tal vez seguirías aquí… ─Legolas sólo suspiró conteniendo las lágrimas al escuchar aquella frase─ ¿Por qué tuvo que llegar y quitarme mi felicidad? ¿Dime qué he hecho para merecer esto?... Estel in*, daría cualquier cosa con tal de regresar al pasado y evitar esta desgracia… no puedo ni verlo sin recordar que tú ya no estás a mi lado, su amor no me llena… ─suspiró─. Me siento vacío, su sola presencia me hace daño… Lo odio, lo odiaré para siempre, él te alejó de mi lado… Ojalá no hubiera nacido ─sus palabras eran frías y llenas de odio.

Guardó silencio durante unos minutos.

─No, él no tiene la culpa ─esto último lo pronunció tan bajo, que ni Legolas con su fino oído alcanzó a escuchar.

El lugar quedó en un silencio de muerte, sólo se escuchaban los sollozos del rey.

Adar* ─por fin el príncipe se había atrevido a romper el silencio, manteniendo sus sentimientos ocultos; le era muy difícil pero después de todo el rey y el príncipe eran expertos ocultando lo que sentían─, te he estado buscando ─fingió alegría─. ¡Sólo faltas tú!, la fiesta no puede comenzar sin ti ─Thranduil se limpió las lágrimas rápidamente─ ¡Por Eru! Todavía no te arreglas ─lo tomó del antebrazo viendo cómo andaba vestido─. Vamos, tenemos que apresurarnos. Son quince minutos a galope ─lo mandaba como si fuera un niño pequeño al que hay que instruirlo sobre todo lo que tiene que hacer paso por paso.

─¡Gracias…por la calurosa felicitación!... Tú también te vez muy bien hoy ─un claro sarcasmo se reflejó en su voz.

Amin hiraetha, ada* ─se paró en puntas y lo abrazó por la espalda besándole la mejilla; Thranduil era mucho más alto que Legolas─, pero tenemos que apresurarnos, la cena está programada dentro de unos minutos ─lo sacó a pequeños empujoncitos del estudio.

Thranduil se vistió rápidamente. Llevaba puesto una hermosa túnica dorada con bordados dorados, botas de cuero cafés, pantalones color avellana; en su mano derecha traía dos anillos: con el que le pidió matrimonio a Luinil y el anillo de señor elfo era un pequeño ópalo blanco rodeado con mithril, adornado con pequeñas hojas de árboles forjadas en oro y finos detalles con plata; llevaba puesta la corona. Thranduil no era como los demás reyes que les gustaba usar una corona con gemas preciosas; a pesar de amarlas tanto, a él le gustaba usar una corona forjada en fina madera con adornos relativos a la estación del año. En este caso, su corona estaba adornada con frutos de la temporada.

─Creí que ya estabas listo ─Thranduil salió de su habitación y se encontró con su hijo en la puerta con un traje diferente al anterior: llevaba puesta una túnica verde oliva, botas de piel café obscuro; su cabello estaba adornado con dos finas trenzas a los lados para después unirse en una sola; una fina diadema de plata adornaba su cabeza.

─No, te estaba buscando… ─se excusó el príncipe rápidamente─ ¡Vamos, se nos hace tarde! Orel ya tiene listo tu ciervo blanco desde hace un buen rato ─caminaron rápidamente hacia los establos.

Les tomó diez minutos llegar hasta la pradera, todos los invitados ya estaban presentes. Eran aproximadamente quinientos elfos, sin contar a la guardia del sur. El rey bajó elegantemente del ciervo blanco, todos comenzaron aplaudir la llegada del elfo sindar, caminó tranquilamente hacia la mesa principal con Legolas a su derecha, Orel y Barahir detrás de ellos; ambos llevaban el uniforme del ejército del Bosque Negro.

Se paró enfrente de su asiento y alzó su mano como señal para guardar silencio.

Hanon le* ─hizo un movimiento con la mano para que tomaran asiento─. Les agradezco a todos su compañía. Hoy cumplo cinco milenios ─planeaba decir más pero le era tan difícil, pues cada palabra le recordaba a Luinil y a sus padres, así que todo el discurso escrito por Borlach lo suprimió por completo.

«En todo este tiempo he reflexionado mucho ─continuó─; no podemos cambiar el pasado, el futuro es incierto, nadie sabe qué puede suceder… Pero el presente ─volteó a ver a Legolas buscando su mirada; el príncipe lo estaba viendo mientras hablaba─ es el más hermoso regalo… nada se repite dos veces de la misma manera. Por eso hoy, en este día, no brindo por los años que cumplí ─regresó la mirada a los invitados─, sino por mi presente, por este momento.»

Alzó su copa de cristal recubierta con oro, todos copiaron su movimiento y en una misma voz dijeron "por el presente". Thranduil bajó su copa.

─La fiesta es para ustedes, disfruten de los manjares ─se sentó en su silla y con su mano indicó que podían comenzar a comer.

La música comenzó a sonar por el lugar bien iluminado por las antorchas; la luna brillaba en lo alto, muchas risas sonaban por toda la pradera. Los platillos eran suculentos y el vino elegido personalmente por Thranduil fue el mejor que habían probado jamás. Pronto en el centro las parejas comenzaban a animarse a bailar. El rey estaba de buen humor, veía como jóvenes elfos giraban al compás de la música.

─¿Por qué no te animas a bailar? ─la voz de Legolas lo regresó a la realidad─; a varias elfas de la corte les agradaría acompañarte.

─No es debido que un rey… ─las palabras se quedaron en el aire─, no me apetece bailar.

Ada*, veo en tus ojos que extrañas bailar… me han dicho que en tu juventud eras un muy buen bailarín.

─Claro, como todos los elfos… y, ¿por qué no bailas tú? ─la pregunta sorprendió al príncipe─, eres joven y apuesto, muchas elfas estarían encantadas de acompañarte si se los pidieras ─Legolas se sonrojó ligeramente.

─Es que…

─No me digas que te da pena invitar a bailar a una hermosa dama.

─No, no es eso… es que… ─el príncipe se sonrojó aún más bajando la mirada.

─¿Entonces qué es? ─el rey elfo miraba muy penetrantemente a su hijo.

- Nosébailar ─dijo entre dientes.

─¡¿Cómo que no sabes bailar?! ─soltó una risita─. Me rehúso a creerlo, ¿cómo un hijo mío no va a saber bailar?, eso se lleva en la sangre… es como si negaras que eres un elfo…

─No es que no sepa… pero…

─¿Entonces sí te dan miedo las elfas?

─¡No, no! ─contestó rápidamente Legolas─. No creo que sea debido que un príncipe baile con cualquier elfa que se encuentre en su camino.

─No me refiero a eso, lo que quiero decir es que tú a tu edad no deberías estar sentado en una fiesta, la noche es joven ¿y no la disfrutas?... ¡Vamos!, levántate, quiero verte en el centro de la pista ─empujó suavemente al joven elfo rubio.

Legolas, obedeciendo a su padre, se levantó no queriendo. Se comenzó a pasear entre las elfas buscando a una con quien bailar; estaba a punto de volverse a sentar rendido por no encontrar pareja, no precisamente porque las elfas no lo aceptaran; de hecho él era el elfo más codiciado del Bosque Negro, su belleza sobrehumana hacía suspirar a más de una elfa. Caminaba tranquilamente hacia su asiento, desde lejos sintió la penetrante mirada de su adar*, se detuvo un momento sosteniéndola y al cabo de unos segundos Thranduil sacudió su cabeza negativamente mientras mostraba una cálida sonrisa; el príncipe giró su cabeza hacia los lados buscando compañera.

─¡Tauriel! ─gritó mientras alzaba una mano para que lo ubicara más rápidamente.

La elfa estaba hablando con Belthronding, uno de los pocos elfos que Legolas no soportaba ya que era muy engreído en toda la extensión de la palabra: con su cabellera negra y resplandeciente atraía a varias elfas, su perfecta sonrisa, era un tanto más alto que Legolas y su porte era imponente, era un par de siglos mayor que el príncipe. Para desgracia del elfo rubio, a su amiga le agradaba mucho Belthronding.

─Te he estado buscando ─se acercó a Tauriel y ella se levantó de su asiento─. ¡Vaya, qué hermosa te ves! ─exclamó el príncipe maravillado; pocas veces ella usaba vestido, esa noche llevaba uno color verde fuerte sin estampado o bordado, sandalias color avellana y su cabello estaba adornado por dos delgadas trenzas.

─¡¿A ti quien te ha invitado, princesita?! ─interrumpió Belthronding levantándose de su silla empujando a Legolas hacia atrás.

─Se te olvida que la fiesta está dedicada a mi ada* ─dijo con un tono altanero regresando el empujón.

─¡Oh! Lo siento su alteza, si lo he incomodado ─hizo una reverencia con claro sarcasmo; la sangre le hervía a Legolas en las venas pero no lo demostró, después de todo no quería arruinar la fiesta de su padre─. Me retiro, antes de que el hijo de papi se vaya a quejar… ¿vienes, preciosa? ─le extendió una mano a la elfa, que veía divertida la pelea.

─Creo que me quedare un rato con Legolas.

─Como prefieras ─le agarró su mano besándola dulcemente, sabiendo que esta acción irritaría al rubio elfo─. Nos vemos mañana, hermosa ─caminó rumbo a otra mesa donde estaban sus amigos. La elfa pelirroja tomó asiento y el príncipe la siguió.

─Cómo detesto a ese tipo ─refunfuñó Legolas cuando Belthronding se alejó lo suficiente como para no oírlo─, no sé cómo te puede agradar ─hizo una mueca de asco.

─Es muy gracioso, cariñoso, es todo un caballero, usa la espada como ninguno, su forma de entrenar… y su fuerza ─Tauriel hablaba con mucha admiración; Legolas la observaba estupefacto con la boca entreabierta─. Me encanta tu cara cuando te pones así ─rio Tauriel.

─¿Así cómo? ─se cruzó de brazos un poco molesto.

─Así, como elfito cuando no le parece nada ─volvió a soltar una risita; el príncipe, por otra parte, la veía penetrantemente con la mirada fija─. Vamos, ¡ríete! ─le dio un empujoncito en el hombro.

─Ja, ja, ja ─la elfa se le quedó viendo detenidamente─. Me dijiste que me riera ─ambos intercambiaron miradas, riendo de vez en cuando. Su amistad era muy grande, no necesitaban decir palabra para que el otro descifrara sus pensamientos─. ¿Quieras bailar? ─el príncipe se levantó al sentir la mirada del rey sobre él, haciendo una reverencia en forma de invitación hacia la elfa. Tauriel se le quedo viendo muy sorprendida ante invitación tan espontanea─. Mi ada* quiere que invite a bailar a una dama ─explicó rápidamente, la hermosa elfa comprendió al momento al ver de reojo al rey y aceptó su invitación.

─¿Sabes bailar, por lo menos? ─cuestinó Tauriel mientras se dirigían al centro de la pista; ella colgada del brazo del rubio.

─¿Qué clase de pregunta es ésa? ¡Claro que sé bailar!, por favor, soy un elfo.

─Jamás te he visto, por eso lo decía.

─Yo tampoco sabía que usaras vestido ─la giró sobre sus talones acomodándola para comenzar el vals, barriéndola con la mirada─. Y mírate ahora ¿Dónde dejaste los pantalones? ¿Y las dagas? ─ambos comenzaron a reír.

Una nueva melodía comenzaba a sonar; era una combinación perfecta entre los violines, el arpa y las pocas flautas que había, todos los instrumentos tenían una perfecta combinación; la canción era romántica, todas las parejas se acercaron más. Pequeñas exclamaciones de asombro sonaban por el lugar al ver al príncipe del Bosque Negro justo en el centro de la pista bailando con Tauriel.

Legolas danzaba con elegancia y delicadeza, dirigiendo a la perfección a su compañera. Ambos parecían flotar sobre el suelo, apenas lo tocaban sus finos pies, giraban de vez en cuando, Tauriel se giraba envolviéndose en los brazos del príncipe con suavidad; todo el mundo los observaba incluyendo a Thranduil. Algunos decían que hacían bonita pareja, pero ellos sólo eran amigos y lo tenían muy claro. La canción concluyó dando paso a otra un tanto más alegre. La pelirroja se giró hacia el elfo rubio, intercambiaron miradas pero no seguían bailando, sólo estaban parados sin hacer nada.

─¿Qué tienes? ─la elfa acaricio el rostro de Legolas.

─No es nada ─apartó su mano al notar que todos los veían con mayor asombro ante la prueba de afecto de Tauriel, en especial el rey que poco le faltaba para levantarse.

─A mí no me engañas, te conozco bien.

─Vamos a otro lugar ─su amiga se colgó de su antebrazo asintiendo.

Las parejas comenzaron a reincorporarse para danzar. Thranduil seguía con la mirada fija en su hijo; le gustaba que se divirtiera con sus amigos pero comenzaba a desagradarle la idea de que a todas partes fuera con Tauriel.

─¡Qué buena fiesta! ─le interrumpió Barahir dándole una palmada en el hombro.

─Así es ─respondió secamente.

─Todos se divierten, hasta el príncipe... La hija Falathar es muy hermosa, ¿no lo crees? ─Thranduil giró la cabeza para ponerle más atención.

─Por supuesto, los años le han favorecido grandemente…

─Además, es la primera en las clases de combate… no había visto talento igual, ni siquiera en elfos, no cabe duda que ocupará un lugar dentro de la guardia.

─Ya lo creo… ella y Legolas desde pequeños han querido ser parte del ejército.

─El príncipe no pudo haber escogido mejor compañera… – la expresión del rey cambió por una muy grave.

─Todavía es muy joven para pensar en esas cosas – lo interrumpió bruscamente.

─Tienes razón… Pero todos hemos notado que la mayor parte del tiempo se la pasan juntos, ya sea entrenando o paseando a solas por el reino, ¿no has pensado en la idea de que Legolas y Tauriel sean algo más? ─el elfo rubio agudizó su mirada.

─Claro que lo he pensado ─aquello le irritaba de sobremanera. Lo que Barahir le decía sólo confirmaba lo que pensaba: ellos pasan mucho tiempo juntos─; sin embargo ellos me han dejado muy en claro que sólo son amigos ─volteó la mirada al pueblo enfatizando la palabra amigos.

─Lamento si te he ofendido ─se disculpó levantándose de la silla─, iré a verificar el perímetro ─el rey asintió con la cabeza.

Barahir era un elfo demasiado alegre, en muchas ocasiones hablaba de más pero siempre diciendo la verdad; su código de honor era no mentir a nadie. Era el capitán que más hacia enfurecer al rey por sus palabras; sin embargo, era el mejor de todos, pues mientras los demás flancos del bosque eran atacados, el suyo permanecía casi intacto, a todos los enemigos los hacía retroceder manteniendo la frontera segura. Era alto, su cuerpo era musculoso pero delgado a la vez, su cabello cobrizo tenía un perfecto lacio, sus ojos eran color miel claros y profundos; en ellos jamás se reflejaba alguna mentira; en su piel se reflejaban todas las horas bajo el sol, su voz grave y profunda reconfortaba el espíritu de los soldados en momentos de crisis, su mayor cualidad era su sonrisa, era de los pocos elfos que casi todo el tiempo estaban sonriendo, el mundo no se le cerraba ante un problema.

La luna brillaba en lo alto del firmamento, Legolas y Tauriel caminaban un poco lejos del bullicio, buscaban un lugar en el cual pudieran hablar tranquilamente sin ser molestados.

─¿Ahora sí me vas a decir qué te sucede? ─se paró en seco y lo miró a los ojos.

─No es nada importante… ─se sentó encima de una gran roca.

─Ya te he dicho un millón de veces que tú a mí no me logras engañar ─lo tomó de la cara y lo obligó a verla a los ojos─. Mírame a los ojos y dime que no te pasa nada.

Respiró profundamente haciendo un esfuerzo por aguantarle la mirada, pero era imposible, a ella no la podía engañar. Se apartó de sus manos esquivando la mirada.

─Sabes que puedes confiar en mí, ¿verdad?

─Sí, lo sé…

─¿Y entonces por qué no me cuentas qué sucedió entre tu adar* y tú? ─Legolas abrió los ojos, él aun no mencionaba nada y su amiga logró descifrar una de las personas involucradas─. Vamos, te escucho ─se sentó alado de él.

─Tauriel, bien sabes que mi ada* raramente me lastima ─ella asintió. Legolas tenía la mirada clavada en el suelo, le costaba mucho hablar de sus sentimientos con alguien más, pero con ella no tenía otra opción─. Hoy en la tarde, mientras lo buscaba ─suspiró─, lo encontré en su estudio, como de costumbre, con la vista perdida en el atardecer.

«A veces lo interrumpo porque no me gusta verlo así ─prosiguió─: triste, decaído y sin un propósito. Pero otras lo dejo a solas para que piense y se hunda en sus recuerdos y me marcho en silencio para no interrumpirlo ─guardó silencio─, pero… hoy fue diferente ─cerró los ojos; Tauriel lo rodeó con un brazo para mostrarle apoyo─: se estaba lamentando ─su voz comenzaba a quebrarse y se esforzaba por contener el llanto─. Cuando abrí la puerta lo encontré sentado, le estaba reclamando al cielo por la muerte de nana*».

Apretó los ojos tratando de no dejar escapar las lágrimas, pero el recuerdo lo doblegaba. Tauriel lo abrazó fuertemente.

─Todavía tengo grabadas sus palabras: "si no hubiera insistido en tener un heredero aún seguirías aquí", "daría cualquier cosa con tal de regresar al pasado y evitar esta desgracia", "su sola presencia me hace daño"… ─comenzó a llorar desconsoladamente; cada palabra era una daga envenenada que atravesaba su corazón. Legolas se apoyó en su pecho ocultando el rostro, ella comenzó a acariciarle el cabello.

─Tu adar* te ama, siempre te lo ha demostrado…

El príncipe se levantó bruscamente.

─¡Tauriel! Yo lo escuché; mis oídos no me fallan. "Lo odio, siempre lo odiaré. Ojalá nunca hubiera nacido" ─nuevas lágrimas de dolor comenzaron a brotar de sus ojos. Aquella frase quebrantaba su espíritu, lo doblegaba de tal forma que prefería cualquier forma de tortura existente; cada una de aquellas palabras quedaron grabadas en su corazón con fuego, como cuando un amo marca a su caballo con metal caliente.

Legolas se cubrió con ambas manos el rostro; la elfa pelirroja se levantó, silenciosamente se acercó a su amigo, le despegó las manos de la cara y lo vio fijamente. Sin decir nada, éste se lanzó contra su hombro, ella sólo le dio un fuerte abrazo acariciándole sus trenzas doradas. Poco a poco el príncipe comenzó a tranquilizarse, y cuando lo hizo del todo, se hartó del abrazo de su amiga.

Mellon in*, tal vez sólo fue un momento de debilidad ─Tauriel le habló tranquilamente─, él ha sufrido mucho…

─¿Y yo? ¿Yo no he sufrido con la muerte de nana*? ─la elfa sólo se quedó pensativa sin saber qué responder─ Todo lo que hago es por él… ¡Todo!, sólo para que sienta orgullo de mí… Por eso me esfuerzo tanto en los entrenamientos, en ser el príncipe bien educado delante de la realeza, el que nunca protesta ante su palabra, el que trata de arreglar lo más que puede en el reino… ¿Y todo para qué? ─suspiró amargamente controlando sus lágrimas.

─Sé lo que sientes…

─No, no sabes…, tú tienes a tus padres contigo, has crecido con ellos… Yo lo único que tengo es a mi ada*… Siempre creí que me amaba como yo a él, pero ahora me doy cuenta que no… ¿Cuántas veces ha tenido que fingir por mí? No lo sé, tal vez siempre ha sentido eso hacia mí.

─Trata de comprenderlo ─lo invitó a sentarse junto a ella en la roca─; velo desde su punto de vista ─el elfo rubio trató de interrumpirla, pero ella le vio mortalmente haciendo que éste se comiera sus palabras─. Tu nana* fue el amor de su vida; tú bien sabes que los elfos no somos como los demás seres sobre la tierra, no andamos por ahí enamorándonos de cualquiera. No, nosotros solo tenemos una pareja, ¡una sola!, a quien entregarle todo, dejando atrás todo con tal de estar a su lado.

El príncipe bajó la mirada; Tauriel lo tomó por la barbilla obligándolo a verla a los ojos.

─Mírame a los ojos, Legolas. No es lo mismo perder al amor de tu vida, que perder a alguien que no conocías ─el príncipe nuevamente trató de interrumpirla pero la elfa posó un dedo en sus labios, él solo bajó la mirada al suelo─; además, tú sabes muy bien que al morir, tu abuelo no demoró en elegir a la reina que le seguiría… Conoce a tu madre y a los pocos años la pierde…, somos inmortales pero no estamos hechos de mithril, tenemos corazón y por tanto sentimientos… No esperes que tu adar*, después de todo este dolor, no se doblegue con el paso de los años… ¿Qué le pasa a la roca cuando tiene un contacto directo con insignificantes riachuelos de agua sin descanso durante largo tiempo? ─Tauriel esbozó una pequeña sonrisa ladeando la cabeza para buscar su mirada.

─Comienza a perder partes de ella, deformándose para darle paso al agua ─respondió sin conocer el motivo de tal pregunta.

─Así es justamente lo que pasa con tú ada*: al principio se mostraba fuerte e inquebrantable, pero con el paso de los años ha ido cediendo al dolor.

─¿Entonces llegará un momento en el cual desaparezca al ceder al dolor?

─Claro que no… La roca, a pesar de ceder al agua, jamás desaparece; llega un momento en el cual, roca y agua, se transforman en un hermoso paisaje sin molestarse mutuamente. Tu adar* ya llegó a esta etapa; ya tolera el dolor y lo ha hecho parte de su rutina diaria, es parte de él ─Legolas alzó la mirada─. ¿Ahora comprendes?

─Eso creo ─se levantó extendiendo una mano a su amiga, ella la aceptó. Para su sorpresa el príncipe tiró fuerte del enlace para acercarla a él y darle un fuerte abrazo─. ¡Gracias!, muchas gracias… por escucharme y brindarme sabias palabras ─le dijo dulcemente en el oído, ella suspiró impregnándose del cálido perfuma a lavanda de su amigo.

Ambos continuaron abrazados durante largo tiempo, la tranquilidad del bosque los envolvía, una fresca briza de noche chocaba contra sus caras dándoles un brillo espectacular, como pequeños diamantes en el rosto.

Un estruendoso sonido los hizo despegarse, muchos gritos de terror llenaron al lugar en cuestión de segundos. Ambos elfos intercambiaron miradas rápidas y sin pensarlo se tomaron de la mano y corrieron lo más rápido que sus extremidades inferiores les permitieron.

Aquellos gritos provenían del lugar de la fiesta. Mientras más se acercaban vieron a lo lejos diversas llamaradas saliéndose de control; aquello los impulsó aún más.

Al llegar al lugar vieron cómo todo estaba consumiéndose por el fuego. No tardaron mucho tiempo para percatarse de los diversos grupos de arañas y orcos invadiendo el lugar.

─¡Legolas! ¡Tauriel! Salgan de aquí ─les gritó ferozmente Barahir, que luchaba contra un orco; dio un par del golpes clavándole la espada en el estómago al final, la criatura cayó sin vida. El capitán se acercaba veloz hacia los dos jóvenes que habían quedado inmóviles─. ¡El rey te ha estado buscando! ─los tomó por las muñecas llevándolos lejos del lugar─. Súbanse ─le dio las riendas de su caballo a Legolas y le dio instrucciones─: No voltees por nada, galopa sin descanso hasta el palacio. No vayas por el sendero, no es seguro… toma ─le dio su carcaj lleno de flechas y su arco al príncipe─. Pase lo que pase no se detengan ─antes de terminar la frase le dio un golpe al caballo que salió disparado.

La elfa se aferró a la cintura del príncipe para que este tuviera la seguridad de ir más veloz. Ya habían recorrido media milla cuando un grupo pequeño de arañas cayó de los árboles detrás de ellos.

─¡Tauriel, toma las riendas! ─gritó desesperado el príncipe, mientras por su costado le pasaba las riendas del caballo─, necesito que liberes un poco mi cintura para poder usar el arco.

La elfa obedeció al instante; a pesar de ser buena guerrera Legolas estaba más adiestrado en el arco, en especial cuando se trataba de lanzar y montar al mismo tiempo.

Con un rápido movimiento, el príncipe acomodó el arco en forma de ataque, se giró y vio a su primer objetivo: era una araña joven, lo sabía por su tamaño ligeramente menor y la corteza más delgada que las demás.

Apuntó con la flecha tensando el arco lo más que pudo, en menos de una milésima de segundo la flecha estaba encajada justo en medio de la cabeza del animal; fue tal la fuerza que utilizó que no requirió de otra flecha para aniquilarla. Sonrió para sus adentros pero esto no lo distrajo del peligro del momento. Con un movimiento tan veloz que los ojos de Tauriel no lograron seguir, las manos del príncipe cargó otra flecha; esta vez su objetivo era una alimaña más grande que la anterior.

Repitió los pasos anteriores, pero esta vez le dio en parte del estómago y se vio obligado a utilizar otra flecha. El joven príncipe comenzó a tomar confianza en sí mismo, no faltó mucho en que su arco comenzara a silbar constantemente, algunos tiros eran con doble flecha y otros, simples; en cuestión de minutos la pequeña comitiva de arañas quedó derrotada por el joven elfo de ojos azules.

A pesar de haber acabado con aquel grupo de alimañas, la elfa pelirroja no dejó de cabalgar rápidamente hacia el palacio. Normalmente a esa velocidad hubieran llegado en menos de 15 minutos, pero el sendero estaba invadido, así que tuvieron que inventar uno nuevo en medio del bosque.

Pasados veinte minutos comenzaron a divisar una de las entradas al palacio y conforme se fueron acercando, uno de los guardias reconoció al príncipe a escasos metros de la puerta.

─¡Abran las puertas! ─gritó desesperado; dos arañas los iban persiguiendo de cerca y el carcaj de Legolas estaba totalmente vacío. Las puertas se abrieron y diversas flechas salieron disparadas dando en el blanco.

─¿Se encuentran bien? ─preguntó el guardia apenas hubieron desmontado.

─Estamos bien ─contestó el príncipe sin ninguna expresión en el rostro.

─¡Legolas! El rey te ha estado buscando, será mejor que vayas lo más rápido posible ─Orel acababa de llegar a la entrada, él había acompañado personalmente a Thranduil brindándole protección tomando al caballo de Barahir.

El príncipe asintió con la cabeza y se puso en marcha.

─¿En dónde está? ─se paró en seco.

─En su habitación, ¡vete ya!

Legolas desapareció por el pasillo.

El joven elfo caminaba por los pasillos rápidamente, sabía que su padre estaría muy preocupado y además molesto; ni aunque le contara sus heroicas hazañas para mantener con vida a Tauriel lo haría cambiar de opinión. Algo tenía seguro: la reprimenda sería muy grande, tal vez un año entero sin arco o sin salir del palacio, quizá no lo dejaría entrenar, posiblemente lo mandaría a la biblioteca a estudiar o muy probablemente todas las anteriores. Sea cual fuera el castigo tenía que darse prisa o cada segundo que tardara aumentaría el tiempo de la sanción.

─¿Puedo pasar? ─abrió ligeramente la puerta, su voz era temerosa como la de un niño pequeño siendo descubierto tras haber roto un florero.

─Pasa ─su voz no tenía emoción alguna, lo cual era una mala señal.

El rey estaba parado frente al balcón con las manos en la espalda viendo hacia el bosque, su habitación estaba tan alta que rebasaba las copas de los árboles y desde ahí podía ver claramente toda la extensión de su reino; sus cabellos dorados se movían al compás del viento.

─Cierra la puerta ─pronunció aquellas palabras fríamente, giró la cabeza y casi al instante se volteó de nuevo─. Acércate ─en la habitación el aire se sentía muy denso; el príncipe se acercó lentamente hacia el balcón parándose justo al lado de ada*; respiró profundamente.

Durante unos momentos ninguno de los dos pronunció palabra alguna o chocaron miradas; Thranduil parecía no prestar la mayor importancia a su hijo; cada segundo que pasaba para Legolas era como ser envenado muy lentamente: estaba temblando de pies a cabeza. A lo largo del tiempo había aprendido que nada era tan peligroso como el silencio del rey cuando algo malo había sucedido, su silencio sólo significaba que pensaba en cuál sería el castigo, y cuando al fin articulaba palabra su furia era inmensa.

Legolas había sido víctima del silencio espectral de Thranduil; en esa ocasión apenas tenía la apariencia de un niño de diez años, había sido castigado durante cinco años sin cabalgar adonde fuera, tenía que ir caminando. Su pequeña travesura fue dejar abierta las puertas del establo, provocando que todos los caballos salieran: primero al mercado y posteriormente fuera del reino. Los soldados los buscaron por varias horas; la tarea hubiera sido sencilla si los caballos hubieran sido maduros, pues ellos están entrenados para obedecer las órdenes de su amo, en cambio los que fueron liberados apenas comenzaban su entrenamiento.

Los minutos trascurrían lentamente y ninguno se dignaba a pronunciar palabra alguna; Thranduil comenzaba a voltear recurrentemente hacia Legolas, a los segundos regresaba a su postura anterior con un suspiro; el pobre príncipe solo se mordía el labio inferior, el silencio ya lo carcomía internamente.

─¿Cuánto tiempo crees que ha pasado desde que atacaron? ─rompió el silencio el rey con palabras frías, el príncipe sólo suspiró tragando saliva.

─No… no mucho ─tartamudeó─, al menos una media hora ─dudó al responder.

─¡No mucho! ─exclamó molesto Thranduil girando el cuerpo a dirección a Legolas con la mirada penetrante─. Ha pasado hora y media del ataque… En cuanto desapareciste, arañas y orcos nos emboscaron ─Legolas en verdad no había escuchado nada tiempo antes, tal vez era por lo dolido que estaba o no tenía cabeza para pensar en nada más, sus facciones demostraban ese miedo interno─ ¡¿Sabes acaso lo preocupado que estaba?!... te busqué durante media hora y no había rastro alguno ─a Legolas le pareció que su padre tenía los ojos vidriosos.

Amin hiraetha*, no fue mi intención alejarme tanto…

─Legolas, ya no puedes seguir tomando las cosas tan a la ligera…, el bosque ya no es lo mismo de antes y bien lo sabes ─suspiró─. Yo te hubiera buscado hasta el cansancio de no haber sido por Barahir que me afirmó que ya te habías regresado al palacio.

─Legolas ahora comprendía la preocupación del capitán y el porqué de sus acciones.

Thranduil se acercó un poco más a él mientras suspiraba fuertemente.

«Cuando llegué al castillo te seguí buscando ─agregó─, todos los invitados ya habían regresado acompañados por diversos soldados en la pradera, sólo quedaba la guarida sur ─el rey buscó la mirada del príncipe que tenía clavada en el piso─. Minutos después de que llegaran todos, Orel hizo una lista rápidamente de todos los invitados y sí, ya habían llegado; sólo faltaban tú, Tauriel y una pequeña de cien años que se había perdido y no la encontraban en ningún lado ─su voz se tornó triste─. Ver a sus padres destrozados por la desaparición de la elfita… ─una lágrima corrió por su blanca mejilla, su voz sonaba desgarrada─. Legolas, no sabes lo mucho que me dolería perderte.

El rey tomó entre sus brazos a su hijo; eso agarró por sorpresa al príncipe, pero aun así respondió a su abrazo recargándose en su pecho.

─Eres lo más preciado que tengo ─comenzó a sollozar silenciosamente─. Mi pequeña hojita verde, te amo… daría cualquier cosa con tal de que tu estés bien… ¡Cualquier cosa!

─Yo también te… quiero ─su corazón aún dudaba; sabía que le hablaba con franqueza en aquel momento, pero las palabras de aquella tarde rebotaban en su mente.

Padre e hijo disfrutaban del momento. Legolas quería demostrar a su adar* que a pesar de lo sucedido su cariño era incondicional y haría hasta lo imposible con tal de volver a verlo sonreír como antes.

Thranduil atesoraría aquel momento en su memoria, guardando el olor de su hijo, la fuerza del abrazo, la frescura de la noche, sintiendo la suave briza; aquello sería un recuerdo que lo reconfortaría eternamente.

─Tienes que descansar, ada* ─Legolas se separó suavemente de su padre regresándolo a la realidad.

─Tú también, ha sido un día agotador ─el joven elfo hizo una reverencia.

─Que tengas buenos sueños, descansa ─el príncipe se dispuso a marchar.

─Un momento, jovencito.

Legolas se paró en seco cerrando los ojos, la frase que estaba temiendo finalmente había llegado. Se giró sobre sus talones.

─No creas que me he olvidado de tu reprimenda ─sonrió con malicia─; no voy a pasar por alto tus faltas… Cuando termines de entrenar te dirigirás a la biblioteca, ahí buscaras libros y pergaminos sobre la creación de los orcos ─el príncipe suspiró de alivio─; pero no es todo: además de eso buscarás los venenos utilizados por ellos, sus efectos y cómo contrarrestar el veneno; todo eso lo escribirás en Eldarin y me lo mostrarás, tendrás que hacer dibujos y explicar muy bien los procesos. Tienes dos años para entregarlo.

─¡Dos años! ¡Y en Eldarin!... Es casi imposible, mi Eldarin no es muy bueno, aun no teniendo nada que hacer, dos años es muy poco para redactar pergaminos con esa temática.

─Es fácil si te lo propones, sólo tienes que leer y prácticamente copiar lo que se dice.

Legolas hizo un mohín, molesto.

─Es eso o un año élfico sin armas y entrenamiento alguno…

─Haré los pergaminos ─aceptó entre dientes bajando la mirada─. ¿Me puedo retirar, aranya*?

─Puedes retirarte ─concedió con su mano.

El príncipe salió rápidamente de la habitación y cerró la puerta.

Thranduil se dirigió a su biombo para cambiarse de ropa, a lo lejos aún se alcanzaban a escuchar lo mofados del príncipe quejándose sobre su castigo; el rey solo sonreía para sus adentros.

Se puso una bata de seda color café-anaranjado, debajo de ésta únicamente llevaba puestos unos pantalones del mismo tono; le gustaba mucho dormir con el torso descubierto. Se lavó la cara, se dirigió a su cama distendiéndola y se metió entre las sabanas recostándose sobre la almohada.

─Ilúvatar, me has bendecido regresándome a mi pequeño con vida… Te ruego devuelvas a esa pequeña a sus padres, no puedo ni imaginarme el dolor que están sintiendo, tan sólo tiene cien años; haz que sus pasos la traigan de regreso… ─con aquellos pensamientos se quedó dormido.


Estel*- Estrella

Fëar*- Alma

Ithil*- Luna

Meleth in*- Mi amor

Adar*- Padre

Amin hiraetha ada*- Lo siento papá

Hanon le* - Gracias

Mellon in*- Amigo mío

Aranya* - Mi Rey


Notas de autor:

Endoriel:Hay pobrecito de Legolas quien le manda ser tan imperactivo.

Apartir de este capitulo todos los demas ya seran más frecuentes, espero y les haya gustado.

Reviews para saber que es lo que piensan acerca del fic, acepto sugerencias de que es lo que les gustaría que ocurriera.

Antes de despedirme quiero agradecer a mi amiga Mell-chu por ser mi correctora de estilo personal

Reeditado