Quiero llorar. Tralka me ha cambiado. ¡Es tan tierna, por la mierda!

Antes, yo era quien mataba los corderos para celebrar el dieciocho. Ahora ya ni puedo matar un pollo. En los ojos de esos animales veo los ojitos de Tralka. No puedo matarlos, no después de darle mamadera a mi yegüita. Ahora entiendo al anormal de mi hermano cuando se revolcaba en el polvo jugando con los siete cachorritos. Ahora lo tiendo cuando dice todas esas weás cursis sobre el cóndor en la montaña, el venado y toda esa mierda de los poetas.

Mi hermano sospecha. Me mira con esa mirada de mierda que tiene, que dan ganas de ir y sacarle la chucha. No puedo dejar que descubra a Tralka. Para ir a verla invento una weá de que ando rastreando al zorro, y aunque mis viejos se la creen mi hermano no es tan weón como ellos.

Me acecha... lo sé, está detrás de mí, me persigue quiere robarse a Tralka, ¡pero no lo dejaré!