Capítulo 4 —Te presentaré a Elisa, mi recepcionista, y luego subiremos al piso de arriba, al apartamento, y te enseñaré tu habitación. Levante la cabeza bruscamente cuando Albert cerró la puerta del cuarto de los perros y se volvió. Al ver la mirada en blanco de mi rostro se quedó quieto y me miró con sus ojos azules —Lo siento, Albert —dije. Debía disculparme como era debido antes de que pierda el valor de hacerlo—. Siento lo que dije… lo de tu esposa… —Candy… —No, escúchame, por favor —dije inspirando profundamente, volviendo a juntar las manos casi inconscientemente, aunque el hombre alto y rubio que me estaba mirando escrutaba todos mis movimientos—. Has sido muy amable al ayudarme y luego ofrecerme un lugar donde quedarme, no es más que… — ¿cómo explicar lo inexplicable?—. No estoy acostumbrada a que la gente sea amable conmigo —murmure con desesperación—. Sé que a veces soy un cardo… —Los erizos tienen una cara muy dulce —dijo Albert con voz gruesa y sedosa—. ¿No te habías dado cuenta? — ¿Los erizos? Por un momento no comprendí la metáfora y luego me ruborice intensamente. —Y no pasa nada, de verdad. Olvídalo. — ¿Que lo olvide? —repetí. Aquello fue como una bofetada. ¿Realmente pensaba que era tan superficial que podía pasar por alto la pena y el dolor que debían de haber acompañado su afirmación de «Mi esposa murió hace dieciocho meses»? —. No puedo, y te agradezco que… —No quiero que me agradezcas nada —me interrumpió Albert. La seda se había rasgado y, por un momento, apareció el acero—. No es necesario, Candy. Disfruta de tus vacaciones, ¿de acuerdo? —Albert… Estaba abriendo la boca para decir algo más, para contarle que no estaba de vacaciones, que tenía la misión de encontrar a alguien, que me habían traicionado y despreciado, pero en aquel momento se abrió la puerta de recepción y perdí la oportunidad. —Me pareció oír voces —dijo una joven. Era bonita, muy bonita, de rostro redondo y ojos grandes y cafés, y tenía una exuberante melena de color rojizo que debía su esplendor a un bote de gel, pero que no dejaba de ser llamativa—. Sólo estaba comprobando que todo estuviera en regla. —Gracias, Elisa —dijo Albert con voz fluida e incluso afectuosa, y supe por qué. Elisa tenía el atractivo y la figura de una modelo—. Venía a presentarte a Candy. ¿Recuerdas que te dije que iba a quedarse en el apartamento durante un tiempo? —Sí, lo recuerdo —repuso Elisa. Los ojos cafés eran claros y fríos como el cristal cuando me miraron, aunque sus primorosos labios sonreían con delicadeza—. ¿Cómo estás, Candy? ¿Ya estás recuperada de tu pequeño accidente? Me hizo sentir como una niña que se había caído y se había hecho un corte en la rodilla, pensé esto mientras sonreía y aceptaba su mano. —Sí, gracias, ya estoy bien. Siento haber causado tanto alboroto. —Sí… —repuso Elisa, y luego su rostro se suavizó al dirigirse a Albert —. Albert, me temo que hay una lista de llamadas para esta tarde, incluida una de la granja de Beck. Esa vaca sigue sin dar leche a su ternero, y ya han pasado varias horas. Albert asintió lentamente. —Ya hemos tenido problemas con ella, pero una inyección la pondrá en marcha y será una buena madre —Albert posó su mirada en mi—. Revisaré mi maletín y luego te llevaré arriba y podrás descansar un rato —añadió distraídamente, porque era evidente que sus pensamientos ya estaban puestos en la vaca de la granja de Beck y en su ternero. —Pasa —dijo Elisa, despegando los ojos de la espalda de Albert con evidente esfuerzo, y entró en la recepción sin esperarme—. Entonces… ¿cuánto tiempo piensas quedarte en Towerby? —No estoy segura —contesté en voz baja—. No quiero abusar de la hospitalidad de Albert y Rosse. Han sido muy buenos. —Albert es el mejor dando cobijo a extraviados —rió Elisa alegremente, aunque su risa no era agradable—. Me refiero a los animales, por supuesto —añadió en tono de burla, y mi rostro se puso rígido. Había vivido con el rechazo lo suficiente como para reconocerlo enseguida—. Su trabajo es toda su vida, claro está —prosiguió Elisa, mirándome con ojos entornados—. Sobre todo, después de la tragedia con Aracely. —Su esposa, sí, ya me lo ha dicho. «Gracias, gracias, por no tener que preguntar a qué se refería», rece en silencio. A Elisa le habría encantado. —Yo era buena amiga de Aracely, en parte por eso acepté el trabajo cuando cayó enferma. Ella también era la recepcionista de Albert, sabes. ¿Trabajas? —me dijo bruscamente. La manera de interrogarme, más que la pregunta en sí, era claramente impertinente, pero me esforcé por no replicar ante el antagonismo de la joven. A fin de cuentas, era la recepcionista de Albert y él podía llegar a darse cuenta de la enemistad que había entre nosotras. Además, no quería hacerme una enemiga a los pocos minutos de estar en su casa. —Ahora mismo no —dije con cautela—. Y como tenía algo de dinero ahorrado, me pareció que era el momento de tomarme unas vacaciones y descansar antes de buscar otra cosa. — ¿Y por qué Yorkshire? —preguntó Elisa, sugiriendo que cualquier otro lugar habría sido una idea mejor. — ¿Y…Por qué no? —replique alegremente. —Bueno, no hay vida nocturna, para empezar —respondió Elisa con voz tensa—. Y viniendo de Londres, estoy segura de que sabes lo que es la diversión —añadió con mordacidad. ¿Qué había dicho o hecho para despertar aquel enojo? Hice una pausa antes de contestarle. —Me gusta divertirme, y eso es exactamente lo que pienso hacer aquí: largos paseos al aire libre, paz y tranquilidad, y tiempo para hacer lo que me plazca. —Vaya. La definición de lo que para mí era diversión no encajaba con la idea de Elisa. Pero antes de que pudiera decir nada más, Albert reapareció con expresión preocupada y su recepcionista se volvió para sonreírle con una dulzura empalagosa que Albert no pareció percibir. — ¿Lista? —Me preguntó antes de voltearse a mirar a Elisa y tenderle un montón de papeles—. Pásalos a máquina al registro de la consulta, ¿quieres? Volveré sobre las cuatro. Tienes la lista de las visitas en caso de que haga falta localizarme antes, ¿verdad? Ja ja… no esperó respuesta sino que me tomó del brazo y me condujo con firmeza al pasillo y luego por las escaleras que estaban a un lado de la puerta principal. Se detuvo en un descansillo amplio y señaló con la cabeza los escalones que seguían hacia arriba. —Sólo hay arañas y desvanes ahí arriba —dijo brevemente—, además de la chatarra que han dejado varios veterinarios a lo largo de los años —abrió la pesada puerta de roble que había delante de nosotros con una llave y luego me la entrego—. Es tuya, por cierto. Si la pierdes hay otra más para las emergencias y está colgada junto a la ventana, en el dispensario. Entra y sal cuando quieras. —Está bien —dije. La velocidad con la que me estaba despachando me mantenía con la boca cerrada. —Tu habitación es la que está al final del pasillo, pero date una vuelta por donde quieras —dijo haciéndome pasar al departamento—. Debo irme, pero sírvete tú misma café, comida, lo que quieras. —Sí, gracias —repuse con cautela. Albert se percató de mi actitud defensiva cuando estaba saliendo y se detuvo, girando otra vez para escrutarme con sus ojos azules maravillosos entornados e indescifrables. —No tengas miedo —me dijo con suavidad—. Tal vez te hayas metido en la boca del lobo, pero puede ser bastante civilizado cuando se lo propone. — ¿Cómo? — ¿No pensarías que iba a saltar sobre ti a la primera oportunidad? —inquirió con ironía. —No, claro que no. — ¿No? —Repuso Albert, dejando claro que no me creía, y mi rubor, ya tan normal a este punto se intensificó hasta cubrirme el rostro y el cuello de color púrpura—. Entonces, ¿por qué estás tan nerviosa conmigo, tan a la defensiva? —No lo estoy —replique. Esto es horrible, realmente horrible me dije a mi misma. —Creo que sí —dijo Albert con voz suave y cortés, cuando hablaba así me envolvía como el acero—. ¿Te ha hecho daño algún hombre, Candy? ¿Han abusado de ti, tal vez? — ¡No! —exclame en un tono demasiado agudo, traté de moderarlo—. No, de verdad. —Está bien, está bien —repuso Albert. Vi su rostro y el alivio que lo invadió hizo que me temblaran las rodillas por la intensidad. Él sospechaba algo, estaba segura, él sabía o creía saber que algo me atormentaba. Pero me propuse firmemente dejarlo con la duda. —Has… has dicho que tenías que irte —dije con voz trémula. —Ya me voy. No me di cuenta de que todo el dolor que sentía había hecho que mis ojos de color verdoso parecieran negros, sólo sabía que aquella conversación tenía que acabar. Albert estaba siendo amable y yo no era más que otra de sus ovejas descarriadas. Como Elisa había dejado bien claro, sentía lástima por mí. —Espero… que la vaca esté bien. Vi cómo Albert se mordió el labio inesperadamente. Emitió un sonido ronco y ahogado y pasó un momento antes de que me dijera con una falta total de expresividad: —No voy a tomar el té con ella, Candy. ¡Se estaba riendo de mí! Me puso rígida, y la indignación se hizo evidente en todas las líneas de mi cuerpo, pero Albert se inclinó hacia delante para tocarme la mejilla suavemente con la palma de la mano con ánimo de tranquilizarme, aunque sólo consiguió turbarme más. Sobre todo porque su proximidad estaba haciendo que percibiese el leve olor masculino que emanaba, la amplitud de su pecho, la forma en que el vello rubio y sedoso de su cuerpo se asomaba por el cuello de su camisa. —Relájate —me dijo Albert al notar mi retirada física en la forma en que cerraba los labios y entornaba los ojos—. Como ya te he dicho, puedo ser bastante civilizado cuando me lo propongo. No lo dudaba, pero lo que él no comprendía era que yo no estaba preocupada por su falta de control. Por alguna razón, mis hormonas parecían decididas a volverse locas cuando estaba cerca de Albert Andrew. Me sobresaltaba de forma absurda y eso tenía que parar. Inspiré profundamente, levanté la barbilla y forcé una sonrisa. — ¿Y si te acompaño al Land Rover y traigo mi maleta? —pregunté animadamente—. Así podrás salir volando… —Ya está en tu habitación, la subí mientras charlabas con Elisa —dijo Albert saliendo del apartamento mientras hablaba, aunque hizo una pausa en el descansillo iluminado por el sol—. Rosse está durmiendo todavía, pero se levantará dentro de poco. Querrá darse una ducha y comer algo antes de ir al hospital. Su habitación es la contigua a la tuya, por cierto. —Bien. Me sentí profundamente agradecida de que haya algo más que una delgada pared separándonos. Por algún motivo, la idea de oír cómo se preparaba para acostarse o se metía en la cama era estremecedora, por humillante que me resulte reconocerlo. Tampoco me ayudaba mucho admitir que me estaba comportando como una colegiala atolondrada por la que Albert ya me había tomado. Vaya, ¿por qué habría aceptado alojarme en su departamento? No era lo que quería. Todavía estaba dándole vueltas al asunto cuando me di cuenta de que Albert ya estaba a mitad de la escalera y que yo no le devolví la despedida. El departamento era sorprendentemente grande y luminoso, con una vista magnífica al pueblo desde la ventana del salón. La pequeña cocina era compacta y estaba resplandeciente, y me quedé embelesada al encontrar una bañera de hierro forjado con patas en el cuarto de baño. Pero cuando fui a la que iba a ser mi habitación, realmente me enamore del lugar. No era una estancia especialmente grande, al menos comparada con la ratonera que había sido mi habitación durante veintiún años, pero era la enorme ventana que ocupaba casi toda la pared del fondo y la vista que ofrecía, lo que le daba todo el encanto. Avancé por el soleado cuarto de moqueta y paredes de color limón pálido y muebles y cortinas de color marfil que reflejaban hasta el último destello de luz, y me asomé por la ventana pensando que parecía como si la mitad del condado de Yorkshire estuviese ante mis ojos. —Hermoso… —dije inhalando el aire húmedo y dulce durante unos momentos embriagadores—. Sencillamente hermoso. Desde mi posición, observe los prados verdes en los que los terneros corrían hacia sus madres, y mire aún más allá hasta una ladera que ascendía cubierta de árboles hacia el cielo azul infinito. Y pensar que había personas viviendo y trabajando en aquellos parajes todos los días. Personas como Albert…Aquel nombre interrumpió mi tranquilidad… ¡de nuevo! ¿Qué diría Albert si averiguara que había ido a aquel rincón del mundo para enfrentarme a una mujer que nunca había visto, a una mujer que decididamente no quería verme, que había ignorado mi existencia durante veintiún años? No tenía razones para pensar que mi madre siguiera viviendo en este lugar; pero, sin embargo, en lo más profundo de mí ser, tenía la convicción de que mi madre estaba aquí. No podía decir por qué lo sabía, pero estaba segura… ¿o tal vez sólo fueran vanas ilusiones? — ¡Basta! —grite con furia y aspereza. Tenía que poner fin a aquel perpetuo interrogatorio, me estaba volviendo loca. Me decide a deshacer la maleta y echarme en la cama durante unos minutos hasta oír a Rosse levantarse. Era increíble lo cansada que me sentía, teniendo en cuenta que había estado en cama durante dos días… Me desperté cuando las sombras suaves del atardecer invadían la habitación, y el calor del sol había dejado una tibieza que era como un bálsamo sobre mi piel. Permanecí tendida sintiéndome más relajada de cuerpo y alma y pensé que podría ser feliz aquí. La idea surgió antes de que pudiera sofocarla e hizo que me levantara bruscamente de la cama. Al mismo tiempo, oí la voz grave de Albert diciendo algo en algún lugar de la casa y los tonos más suaves de Rosse en la distancia. Se me aceleró el corazón y emití un sonido de disgusto a causa de mi propia debilidad. Albert no estaba en lo más mínimo interesado en mí, y eso era bueno, muy bueno. Tenía que concentrar todo mi tiempo y energía en llevar acabo una investigación muy sutil sobre una mujer que se había trasladado a esta región hace veintiún años y tenía todas las probabilidades de fracasar. Las complicaciones sentimentales no me convenían. Si mis pesquisas daban fruto, tendría que irme de Yorkshire inmediatamente después de ver a mi madre, de lo contrario la situación sería muy difícil y embarazosa para todos. Si no la encontraba, tendría que irme de todas formas para continuar la búsqueda. En cualquier caso, Yorkshire me estaba vedado. Ignore el golpeteo de mi corazón y cruce la habitación hasta el pequeño tocador, me senté pensando que hacer con mi aspecto de colegiala, me cepillé el pelo hasta que mis ondas rebeldes y plateadas me cayeron por los hombros. Luego me quite hasta la última gota de maquillaje y me mire de nuevo el rostro brillante y pálido recién lavado en el espejo por un momento. Desde luego que parecía que tuviese dieciséis años, pero eso jugaba a mi favor teniendo en cuenta cuál era mi misión. Una vocecita en mi interior me pregunto: « ¿Y Albert?» « ¿Y si él piensa que pareces una niña desmañada y tosca?». Un suave golpe en la puerta interrumpió mis pensamientos. —Adelante. —Hola —me saludó Rosse, entró en la habitación vestida de uniforme y con una taza de té en las manos—. Has dormido toda la tarde, y eso es exactamente lo que yo habría prescrito —sonrió alegremente—. Albert está preparando la cena, pero yo que tú lo vigilaría si no quieres que te envenene. — ¿Tú no vas a cenar? —pregunte ansiosamente mientras aceptaba el té con una sonrisa de agradecimiento, y mi corazón volvió a desbocarse ante la idea de una cena íntima con Albert. —No, ya he tomado un sándwich, y eso es todo lo que puedo comer cuando trabajo de noche —dijo Rosse arrugando la nariz—. Este turno causa estragos en mi sistema digestivo. Tengo que salir volando, Michael también tiene turno de noche así que pasará a recogerme en un par de minutos. — ¿Trabaja en el hospital? —pregunté con interés. —Es médico —respondió Rosse con expresión radiante—. Pero no fue allí donde nos conocimos, si es eso lo que estás pensando. Lo conozco de hace años… de toda la vida, en realidad —se oyó una bocina y Rosse puso fin a la conversación dándose la vuelta rápidamente—. Ahí está, tengo que irme. Y salió de la habitación con el atropello característico de la hermana de Albert. Tal vez se parecieran físicamente, pero eso era todo. Rosse carecía de la serena autoridad de su hermano y de su control casi frío y formidable. — ¿Te sientes mejor? Antes parecías estar agotada. Oí su voz suave proveniente de la cocina cuando salí al pasillo después de tomarme el té y cambiarme los pantalones y blusa arrugados por unos vaqueros viejos y cómodos y una camiseta larga y holgada. Mi anterior resolución de parecer mayor y sofisticada se esfumo gracias a una buena dosis de sentido común que me decía que no iba a lograrlo. Era como era y no había cambio en eso. —Sí, gracias —contesté deteniéndome en el umbral. Albert estaba de pie delante de la pequeña y estrecha barra cortando champiñones. Llevaba un paño colgado de la cintura de sus vaqueros negros y se había remangado la camisa para dejar ver brazos magros y musculosos cubiertos generosamente de vello rubio. El contraste de familiaridad hogareña y sex appeal era embriagador. —Bien —dijo levantando la vista de la tarea que tenía entre manos para mirarme de arriba abajo con sus devastadores ojos azules—. Espero que te guste el pollo frito con verduras. Mi destreza culinaria es un poco limitada. —Sí, pero tendría que ser yo la que lo estuviese haciendo… — ¿No me digas que eres una de esas pocas mujeres que creen que su lugar está en la cocina? —Inquirió en tono de burla—. Sería demasiado bonito para ser verdad. —No —le solté, estaba agitada y no me pude controlar, no tenía ni idea los nervios que sentía junto a él—. Lo que quiero decir es que en vista de lo ocurrido, lo menos que puedo hacer es preparar la cena. — ¿Qué ha ocurrido? —Repuso Albert encogiéndose de hombros—. Teníamos una habitación libre y tú necesitabas un sitio donde quedarte, así de sencillo. Toma, sirve una copa de vino para cada uno si insistes en ayudar. La botella está abierta. Con las prisas por obedecer, derramé un poco de vino tinto, pero Albert menos mal no se dio cuenta… creo y aceptó la copa que le tendí. Una vez dentro de la cocina parecía de mala educación salir, y me subí a una de las banquetas de la barra, perfectamente consciente de que en aquel reducido espacio los movimientos de Albert resultaban excesivamente próximos. —Háblame un poco de ti —dijo Albert con naturalidad, pero esto era precisamente lo que estaba temiendo y por un momento no fui capaz de pensar. —No hay mucho que contar —le dije, y tome un sorbo del vino, suave y aromático, antes de continuar—. Nací y me crié en Londres, tengo veintiún años —Albert levantó las cejas con ironía al oír eso, indicándome que no había olvidado nuestra anterior conversación—, y estoy aquí de vacaciones, eso es todo. — ¿Eso es todo? —Inquirió torciendo los labios con incredulidad—. ¿Y tu familia, los amigos, el trabajo? —preguntó mirándome con ojos penetrantes. —Mi familia son mis padres, un hermano y una hermana —dije llanamente—, y… —Oye, espera un momento —me interrumpió Albert tocándome el brazo, y sentí el roce en todos los nervios de mi cuerpo—. ¿Los ves a menudo? ¿Tus hermanos son mayores que tú…? —Son más pequeños, bastante más pequeños, pero entre ellos sólo se llevan un año, así que siempre están como el perro y el gato. Mis padres… —inspire profundamente y rece para mantener el control—, no son como yo… —«gracias a Dios», pensé— y nunca nos hemos llevado bien. —Entiendo. Sabía que no me entendía pero no le di oportunidad de seguir preguntando. —Los amigos, tengo muchos, el trabajo, soy secretaria, y creo que el pollo se está quemando —concluí en el mismo tono. Albert tardó un momento en comprender lo que dije y luego se abalanzó hacia la sartén, rescatando la comida antes de que se hubiese producido ningún daño mientras yo daba gracias porque mi ángel de la guarda hubiese estado para salvarme. Poco después cenamos en la vieja mesa de madera en un rincón del salón, con las amplias ventanas abiertas al aire perfumado de la noche mientras las luces del pueblo empezaban a encenderse. Albert charló cómodamente mientras comíamos, entreteniéndome con historias divertidas sobre su trabajo. — ¿Tarta de manzana con nata? — me preguntó poniéndose de pie para llevar su plato vacío, y su movimiento hizo que percibiera el olor leve pero penetrante de su aftershave durante un fugaz segundo. — ¿Te importa si sólo tomo café? —le dije en voz baja. —Sí —contestó. Lo miré con cara de pocos amigos y vi como hacía una mueca al ver mi expresión—. Estás demasiado delgada, necesitas alimentarte —declaró con firmeza—. Si no te gusta la tarta de manzana, hay helado de chocolate o pastel de fruta. —No quiero nada —replique, poniéndome rígida ante la crítica—. Gracias —añadí entre dientes segundos más tarde. —No quiero decir que no estés bien como estás —prosiguió Albert como si no hubiese hablado, paseando la mirada por mi cuerpo y hablando en tono pensativo, casi analítico—. Pero está claro que te hacen falta algunos kilos más. —Escucha… —Así que, ¿qué te apetece? —Albert… — ¿Dos tartas de manzana? —continuó en voz baja, pero con una firmeza tal que no tuve fuerzas para retarlo. —Está bien —murmure de mala manera—. Si insistes. —Insisto —dijo con voz sombría y suave—. Ya te he dicho que no acepto un no por respuesta cuando quiero algo. Y… —hizo una pausa para que lo mirara—, mi profesión me ayuda a reconocer si una persona ha estado enferma, y tú lo has estado. Era una afirmación, no una pregunta, pero asentí de todas formas. —Tampoco es que pesara antes dos toneladas —dije con mordacidad, todavía mortificada por su crítica—. No todas las chicas tienen grandes… —me calle bruscamente al ver sus cejas levantadas—. Tienen muchas curvas. — ¿Quién ha hablado de curvas? —repuso Albert. Y se fue a la cocina. Me puse de pie para admirar el paisaje por la ventana cuando Albert regresó con dos platos de tarta humeante, pero no sé por qué me volví enseguida, casi con sentimiento de culpa, al oírlo entrar. Albert sacó la silla para mí, y la empujó hacia la mesa mientras me sentaba. Como todo un caballero, aunque sentí su mirada penetrante en todo mi cuerpo. Nerviosa dije: — ¿Tu esposa era de por aquí? — En parte quería entablar conversa para protegerme de la intimidad de aquella cena para dos, pero tarde me di cuenta de mi falta de tacto—. Lo siento, no tenía que habértelo preguntado, no quise… — ¿Por qué no? —me interrumpió con voz serena e inexpresiva—. Aracely no era de aquí. En realidad se crió en Londres, como tú. Nos conocimos en la facultad. Lo observe mientras se sentaba y vi cómo tomaba un bocado de tarta antes de volverme a hablar. No sé porque pero verlo devorar la tarta me hizo sentir extrañamente acalorada. — ¿Y tú? ¿Has dejado algún corazón roto suspirando por tu ausencia? — ¿Yo? —pregunte. Pero para mi pesar, enrojecí vivamente ante esa pregunta —. No, ninguno. —Ya. La inflexión de su voz me hizo querer inspeccionar aquel rostro bronceado, pero las facciones duras y masculinas parecían remotas, implacables, cuando me miraron. Volví a repetirme. «No debí haber aceptado quedarme aquí». Una vez más, la idea surgió en mi cabeza, pero en aquella ocasión, con tanta fiereza y urgencia que me estremecí. Continuara... Buenas noches chicas! Bueno llegando despues de un dia super agetreado el cual continuara por 3 semanas... asi que en este cap les aviso a las personas que leen Celos que no voy a actualizar por estas 3 semanas... no alcanzo ha escribir full tiempo laboral... pero no se preocupen esta vez les dare dos cap de PQE y si tengo por ahi otra sorpresita mistica... les traere... muchos abrazos y gracias por leerme..
serenasexilady: jejejejejej esa es la idea... mis albert son extremos... y eso que todavia no conocen un Albert insaciable que tengo por ahi... jajajjaja pero ya les traere amigas bellas... mil gracias tu review y ahora dejo dos caps... de disculpa...
monapecosa: jajjajajaj sip... y creeme querras a este albert muchisimo aaaaaaaaaay a mi me encanta jajjajaj besos
Magdy: estuvo de lujo eso del perro jajajajjajajajjajajaja no pues me encanta tus comentarios.. y eso de conociendome siiiiiiiiiiiiiiii una nunca sabe que se me puede ocurrir...
AMIGAS DISCULPEN LA TARDANZA CON CELOS PERO A CAMBIO TRAERE ALGO BASTANTE CANDENTE ATENTAS::: ES SOLO POR FALTA DE TIEMPO PARA ESCRIBIR SORRRYYYYYY
Saludos buena semana
KARIN
