N:A: LOS PERSONAJES PERTENECEN A ECHIIRO ODA Y LA HISTORIA NO ES MÍA SOLO ES UN ADAPTACIÓN LA CUAL LA PASE A ESTE ANIME QUE ME GUSTA MUCHO.
Sólo era un viernes más, se dijo Nami mientras salía de la escuela. Luffy pasaría a recogerla, irían al videoclub a alquilar un par de películas, volverían a casa de él, comerían palomitas y verían las películas.
Habían pasado muchas noches de viernes de esa manera, y ella nunca había sentido ese hormigueo en el estómago. Pero también era verdad que nunca antes se habían detenido, de camino al videoclub, en el ayuntamiento para conseguir una licencia de matrimonio.
No había ninguna razón para estar nerviosa, se dijo. Eso era lo que ella quería, y era un plan perfecto para los dos. Pero no consiguió tranquilizarse. Pensó que era normal. Al fin y al cabo, no proponía matrimonio temporal a un hombre todos los días. Se acercó al bordillo de la acera al ver que se aproximaba la camioneta granate de Luffy.
El se detuvo junto a la acera y se inclinó para abrirle la puerta desde dentro. Lo primero que ella notó al meterse en el vehículo fue que Luffy no llevaba vaqueros, sino unos pantalones de vestir de color azul marino y una camisa de rayas de manga corta.
Curioso. Ella normalmente llevaba pantalones a la escuela, pero ese día se había puesto un vestido. Era como si inconscientemente los dos hubieran pensado que ese día merecía un vestuario algo mejor de lo habitual.
—¿Todavía no has cambiado de opinión? —preguntó él en cuanto ella entró en la camioneta.
—No, ¿y tú?
—Por lo menos cien veces desde anoche —admitió—. Pero cada vez que decidía no hacerlo la voz estridente de mi madre me resonaba en la cabeza.
Nami sonrió.
—¿Y qué te decía?
—Lo de siempre. Que cuándo me voy a casar otra vez, que si me hubiera casado con una chica de Rafthel desde el principio no me habría divorciado, que se morirá antes de que yo siente la cabeza y le dé nietos… —se separó del bordillo—. Nami, debes estar agradecida por tener una hermana. Ser hijo único puede ser un infierno.
—¿Qué va a decir cuando nos divorciemos? —preguntó ella.
—Supongo que terminará aceptando que me quede soltero.
—Y tendrá un nieto —le recordó Nami.
Luffy aparcó frente al ayuntamiento y se giró para mirarla.
—Nami, antes de que entremos creo que tenemos que hablar de algunas cosas.
—¿De qué?
—Si ahora conseguimos el permiso, supongo que podemos ir el sábado a ver al Sr. Smith para que nos case —El Sr. Smith era el juez de paz de la ciudad—. Y doy por sentado que te vas a mudar a mi casa. No pienso ir a ese apartamento tan pequeño que tienes.
Namj ni siquiera había pensado en eso. Por supuesto que tendrían que vivir juntos, y tenía sentido que lo hicieran en el rancho de Luffy. La idea de mudarse a su casa hizo que todo pareciera más real, y volvió a sentir un hormigueo en el estómago.
—En cualquier caso, debería seguir pagando el alquiler del apartamento durante un mes o dos más —dijo pensativa—. Ah, y antes de que se me olvide, mamá me ha llamado para preguntar si podría comprarle algo en la farmacia y llevárselo de camino a tu casa.
—No hay problema —contestó. Seguía mirándola a los ojos, y ella nunca los había visto tan negros—. Última oportunidad para cambiar de opinión, Nami.
—No voy a cambiar de opinión, Luffy. Sé lo que estoy haciendo. Tú me das un bebé y yo te concedo el divorcio. Puedes participar en la vida del bebé mucho o poco, lo que quieras, pero en cualquier caso después todo volverá a ser igual entre nosotros.
—Es como un plan perfecto —abrió su puerta y ella hizo lo mismo.
Obtuvieron la licencia de matrimonio en sólo unos minutos, y después fueron a la farmacia y al videoclub.
De camino a casa de los padres de Nami los nervios que ella había sentido ya habían desaparecido. En el videoclub habían discutido sobre qué películas iban a alquilar, igual que hacían siempre, y Nami se tranquilizó al ver que nada había cambiado entre ellos.
Durante el camino hablaron de lo que habían hecho durante el día. A Nami le encantaba oírle hablar de su trabajo con los animales, y él escuchaba pacientemente mientras ella le hablaba del mal comportamiento de algún alumno o alababa las virtudes de otro.
—Casi no puedo creer que sólo quede una semana para que termine el colegio —dijo ella.
—Eso será estupendo para mí. No tendrás que trabajar y podrás cocinar y limpiar la casa —la miró burlonamente—. Eso es lo que hacen las esposas.
—Te has equivocado de siglo, Luffy. Y sobre todo te has equivocado de mujer. Si crees que me voy a pasar el tiempo recogiendo tus calcetines sucios y renovándote el tubo de dentífrico, vas listo.
—Sabía que era demasiado bueno para ser verdad —dijo mientras tomaba el camino que llevaba a la casa de los Hikari.
Nami sintió una oleada de calidez al ver la granja de sus padres. En esa casa de tres habitaciones donde Nami había crecido estaban todos sus recuerdos.
—Parece que tenemos compañía —dijo Edward señalando a unos cuantos coches aparcados en el camino.
—Debe de ser la noche del bridge —contestó ella—. Seguramente por eso mi madre me pidió que fuera a la farmacia. Estará ocupada limpiando y cocinando para los que vengan a jugar.
Luffy detuvo el vehículo.
—Te esperaré aquí.
Nami asintió con la cabeza y bajó de la camioneta. Antes de llegar a la casa su hermana Jewelry salió a recibirla.
—Jewelry ¿qué estás haciendo aquí?
—Law trabaja hasta tarde, así que pensé en venir a hacer una visita —miró la camioneta de Luffy y le hizo señas con la mano para que se uniera a ellas.
—¿Cómo estás?
Jewelry se tocó el vientre, aún liso, e hizo una mueca.
—Bien, pero ya he empezado con las náuseas por las mañanas. Con los otros tres embarazos no me habían aparecido tan pronto.
Nami sintió una punzada de envidia. Jewelry lo tenía todo: un marido que la amaba y un montón de niños. Tenía el cabello rosa y la piel blanca, como su madre. Sin embargo, Nami había salido a su padre. Genzo Hikari, más conocido en Rafhel como el jefe Hikari.
Luffy se unió a las hermanas.
—Monkey D. Luffy, sabes que si no entras a saludar papá y mamá se molestarán —dijo Jewelry.
—Yo sólo iba a dejar esto —Nami levantó el bote de pastillas que habían comprado.
—Bueno, entrad —contestó Jewelry—. Vamos, Luffy, los chicos querrán verte.
Los tres atravesaron la puerta principal y entraron en el salón, donde había un montón de gente esperando.
—¡Sorpresa! —gritaron todos a la vez.
De repente Nami empezó a ser abrazada y besada por numerosos amigos, vecinos y compañeros de trabajo. Atónita, se dio cuenta de que los globos y demás adornos no eran para la partida de bridge, sino para Luffy y ella.
Le echó una mirada a Luffy y pudo ver el pánico en sus ojos. Habían decidido que todo se desarrollara en la intimidad, sin armar ningún escándalo, sabiendo que iba a ser temporal. Pero deberían haber sabido que no se podía hacer nada discretamente en Rafhel.
—Querida —Hina la madre de Luffy, la abrazó con fuerza—. Siempre nos hemos preguntado cuándo os daríais cuenta de que estáis hechos el uno para el otro.
—Hina… deja que la chica respire —dijo Dragón, el padre de Luffy.
—Cállate, Dragón. Tengo derecho a darle un abrazo a mi futura nuera —soltó a Nami y dio un paso atrás—. No puedes imaginarte lo felices que estamos. ¿Cuándo es el gran día?
Todos se habían quedado callados, y Nami miró a Luffy en busca de ayuda. Él se puso a su lado.
—Queremos celebrar una pequeña ceremonia el sábado que viene.
—¡El sábado que viene! -Bellemere miró a su hija horrorizada—. Eso es imposible, no podemos organizar una boda en una semana.
—Mamá, ni Luffy ni yo queremos nada complicado, sólo una ceremonia sencilla.
—Ya veremos —contestó Bellemere, y abrazó a Nami—. Mientras tanto, tenemos un pastel y otras cosas ricas esperándonos.
Luffy estaba en estado de shock. Aunque racionalmente sabía que no podrían acudir al juez de paz para que los casara sin más, se había agarrado desesperadamente a esa posibilidad. Pero las futuras suegras ya estaban hablando sobre las flores, los colores y todas esas cosas que convertirían una ceremonia sencilla en un circo.
Se sirvió un vaso de ponche y miró a Nami, que estaba en medio de un círculo de mujeres. Parecía que el sonrojo se le iba a salir de la piel, y supo que estaba luchando contra el mismo sentimiento que él. En las breves charlas que habían mantenido no habían tenido en cuenta que la situación les obligaría a mentir a amigos y familiares.
A Lufft no le gustaba mentir, pero si les contaba a todos la verdad el desastre iba a ser aún mayor. Rafhel tenía la moral de los años cincuenta, y si la ciudad se enteraba de que la profesora de sus hijos se iba a casar sólo para quedarse embarazada, eran capaces de echarla de la ciudad.
—Luffy, hijo mío —Genzo Hikari le dio una palmada en la espalda y sonrió—. No se me ocurre ningún hombre mejor para amar y honrar a nuestra Nami.
—La quiero —contestó Lufft. Y era cierto. Siempre había querido y adorado a Nami, pero no de una manera romántica.
—Hijo, todos sabíamos que os queríais. Nos preguntábamos cuánto tiempo tardaríais en daros cuenta —dijo Genzo.
Genzo habló con él unos minutos más y después se acercó a la mesa a por un trozo de pastel. Luffy aprovechó la oportunidad para salir al exterior y tomar un poco de aire fresco.
Ya había anochecido y la brisa era fresca. Se acercó al columpio del porche y se sorprendió al ver a Nami sentada en él.
—Ah, otra fugada —dijo mientras se sentaba a su lado.
—Se lo están pasando tan bien que pensé que nadie me echaría de menos —contestó ella.
—Sí, yo pensé lo mismo.
Durante unos segundos se columpiaron lentamente en silencio, escuchando únicamente las risas y las voces de la gente y los zumbidos de los insectos.
Luffy notó un ligero aroma floral y miró alrededor, intentando ver de dónde procedía. Ya no era época de las lilas y era demasiado pronto para las rosas.
—Qué desastre —dijo finalmente.
Ella asintió con la cabeza.
—Me siento culpable —se incorporó un poco y de nuevo luffy notó ese aroma floral.
De repente se dio cuenta de que la fragancia procedía de ella. Frunció el ceño pensativo. ¿Siempre había olido tan bien? Nunca había prestado atención, y por alguna razón eso le hizo sentirse inquieto.
Se levantó y se acercó a la barandilla del porche.
—Creo que tu madre y la mía han desarrollado un caso de «fiebre de las bodas» —dijo él.
Oyó que ella se levantaba del columpio y un momento después estaba a su lado, apoyada en la barandilla y mirando al horizonte.
—Mi madre pensaba que yo era un caso imposible. Creía que me iba a quedar soltera toda la vida.
—Eso es ridículo. Ni siquiera tienes treinta años. Hay muchas mujeres que se casan después de los treinta.
Ella le sonrió.
—En esta ciudad no. En Rafhel a las niñas se las educa para que consigan dos cosas: la corona de Miss Vaca Lechera y un anillo de bodas.
Lufft sabía que tenía razón. La pequeña ciudad se regía con unos valores pasados de moda en lo que se refería a las mujeres.
—¿Cómo es que nunca te has presentado a Miss Vaca Lechera? —preguntó con curiosidad.
Los ojos cafés de Bella brillaron con la luz que se colaba de la ventana.
—No me tomes el pelo, Luffy. Conozco mis limitaciones desde que era pequeña. Una chica con la cara pálida y el pelo naranja no es precisamente el prototipo de belleza.
La puerta principal se abrió antes de que él pudiera responder.
—Aquí están —dijo la madre de Luffy—. Vamos, venid aquí, volved a vuestra fiesta. Tengo un regalito para vosotros.
Luffy y Nami se miraron con recelo mientras entraban en la casa.
—Atención… prestad atención todos —Hina golpeó la mesa con la mano.
—¡Por Dios, Hina, estás zarandeando toda la mesa! —exclamó Dragón.
Luffy hizo una mueca, deseando que sus padres dejaran de criticarse por una vez en sus vidas. Estaba harto de sus discusiones y se había preguntado a menudo por qué seguían juntos.
La relación de sus padres era una de las razones por las que él no había querido casarse. Pero había superado todas sus dudas al conocer a la encantadora Hancock, aunque ella se había encargado de destruir todas sus esperanzas de amor y felicidad.
Había aprendido todo lo que necesitaba saber del matrimonio gracias a sus padres y a su matrimonio con Hancock. Según él, un certificado de matrimonio sólo era un contrato que permitía que dos personas se pelearan y discutieran durante el resto de sus vidas.
—Dragón, acércame el bolso —dijo Hina interrumpiendo los pensamientos de Luffy.
Dragón le dio un bolso negro del tamaño de una maleta pequeña. Nami se quedó al lado de Luffy y lo miró con curiosidad, pero él se encogió de hombros, indicándole que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo su madre.
Hina sacó una cajita del bolso.
—Lufy y Nami, éste es el anillo que Dragón me regaló hace años cuando pidió mi mano —abrió la caja y apareció un delicado anillo de oro con forma de corazón y un rubí en el centro. Se acercó a Luffy y Nami y lo sacó de la caja—. Ya sé que no es un diamante. Dragón no pudo permitirse el lujo de comprar uno hasta que llevamos diez años de casados.
—Tuve que trabajar todos esos años para comprar un diamante enorme con el que cerrarle la boca —bromeó Dragón haciendo reír a la multitud.
—Bueno —continuó Hina desconcertada—. Para mí este anillo tiene un gran valor sentimental. No se lo di a Luffy para esa mujer que trajo de la universidad, pero nada me satisfaría más que verlo en el dedo de Nami.
Puso el anillo en la mano de Luffy y él lo miró a regañadientes, consciente de que todos lo estaban observando.
—Gracias, mamá —se inclinó y besó la mejilla de Hina.
—No te quedes ahí parado, ¡pónselo a Nami! —Exclamó Esme—. Me he dado cuenta de que aunque os habéis prometido, no lleva ningún anillo.
Luffy se volvió a Nami, que tenía los ojos como platos. Sabía exactamente lo que su amiga estaba pensando.
Le agarró la mano izquierda, dándose cuenta por primera vez de lo pequeña que era y de que se había pintado las uñas de rosa pálido. Tenía la mano fría como el hielo y algo temblorosa. Le deslizó el anillo en el dedo y dejó caer la mano.
—¡Que la bese! —gritó alguien entre la multitud, y enseguida los demás lo corearon.
—¡Que la bese!
—¡Que la bese!
Luffysintió que una oleada de calor le subía al rostro, y al mirar a Nami vio que ella también estaba ruborizada. Se inclinó hacia ella y la besó como había hecho miles de veces, con un ligero beso en los labios.
La multitud comenzó a abuchearlos.
—¡Yo beso a mi abuela mejor! —gritó una voz masculina.
—¡Vamos, Luffy, bésala de verdad! —exclamó otra voz.
Nami se sonrojó aún más, y Luffy decidió que lo mejor era tomarse las cosas con sentido del humor. Subiendo y bajando las cejas como hacía Groucho Marx, abrazó a Nami y la inclinó hacia atrás. Mientras la gente lo animaba, la besó en la boca.
Se sorprendió al notar que los labios de su amiga estaban ligeramente separados, como si estuviera esperando el beso de un amante. «Está actuando», pensó mientras ella le pasaba los brazos alrededor del cuello. Pero la sorpresa de encontrar sus labios separados no fue nada comparada con la sacudida eléctrica de puro placer que le atravesó el cuerpo al saborear la dulce calidez de Nami.
Terminó el beso rápidamente y se separó de ella mientras la gente lo vitoreaba. Evitando mirarla, hizo unas reverencias de manera teatral y suspiró aliviado cuando la gente volvió al pastel y comenzó a charlar de nuevo en pequeños grupos.
Durante el resto de la fiesta Luffy no hizo más que decirse que besar a Nami no había sido tan placentero como había pensado al principio. Solamente había sido la adrenalina del momento, porque sabía que todos estaban mirando.
Lufft se sintió feliz cuando la fiesta empezó a disolverse. Se quedó con Nami en el porche, despidiendo a la gente y dándoles las gracias por haber ido. Cuando el último de los invitados se hubo marchado, dejando a Nami y a Luffy solos con sus respectivos padres, volvieron al interior y empezaron a recoger.
Luffy comenzó a recoger los vasos vacíos y los platos de plástico, intentando ignorar a sus padres, que estaban discutiendo sobre qué era mejor, si la ensalada de patata con mostaza o con mayonesa. Miró a Nami, que estaba limpiando la mesita de café, que se había manchado de ponche.
—Te juro que me parece que siempre están buscando cosas sobre las que pelearse.
Ella sonrió y volvió a poner el centro floral en la mesita de café.
—Siempre se han comportado así, Luffy.
—Ya lo sé, pero a veces me molesta mucho —metió un plato en la bolsa de la basura y miró alrededor para ver si se había olvidado alguno—. Creo que no habría podido salir peor. ¿Te llevo a casa?
—Vete tú. Mamá dijo que me llevaría a casa después.
Luffy asintió con la cabeza.
—Iré a la cocina para despedirme —al salir se dio cuenta de que desde el beso Nami y él se habían sentido incómodos, y eso lo preocupaba.
Ella había estado muy callada y había evitado mirarlo. Lo último que él quería era que todo se estropeara entre ellos. Nami siempre había sido una constante en su vida, la única persona con la que había podido hablar, de la que había podido depender y con la que había podido divertirse sin ningún problema.
Nami lo acompañó a la camioneta, y Luffy volvió a sentir ese aroma anaranjado que emanaba de ella. ¿Por qué no lo había notado antes? Tal vez su amiga había cambiado últimamente de perfume, se dijo.
Volvió a sentir esa incomodidad entre ellos, y se preguntó qué era lo que la causaba. No podía haber sido el beso. No había significado nada, sólo habían estado fingiendo.
—Me aseguraré que tu madre recupere el anillo cuando todo se haya acabado —dijo ella cuando llegaron al vehículo—. Y si nos hacen algún regalo de boda los dejaremos en las cajas y los devolveremos después del divorcio.
Luffy se pasó nerviosamente una mano por el cabello, empezando a arrepentirse.
—Habría sido más fácil si le hubiera dicho a Rebecca que soy gay.
Nami se rió.
—Eso sí que habría dado de qué hablar. Sé que estás deseando dar marcha atrás, pero no lo hagas, por favor —le puso una mano en el brazo y lo miró con sus ojos grandes y luminosos—. He tenido citas con prácticamente todos los hombres solteros de la ciudad, y no he conectado con ninguno de ellos. Luffy, dame un bebé y no te pediré otra cosa mientras vivamos.
Él quería romper el trato, pero no podía olvidar la ayuda que Nami siempre le había prestado. Tras su divorcio ella nunca le había hecho preguntas, no se había entrometido, pero siempre había estado allí para recoger los pedazos y ayudarlo a ser fuerte de nuevo.
Nunca había sido capaz de decirle a Nami que no, y esa vez no era diferente.
—Recogerás mis calcetines sucios mientras dure nuestro matrimonio. Ella sonrió.
—Trato hecho —levantó dos dedos cruzados—. Amigos.
Él también levantó dos dedos cruzados.
—Compañeros.
Juntaron los puños.
—Colegas —dijeron a la vez.
Era un ritual que habían inventado en cuarto curso, cuando habían tenido su primera y única pelea, y al hacerlo Luffy se sentía reconfortado.
Se inclinó y la besó en la mejilla. Después abrió la puerta de la camioneta.
—¿Me llamas mañana?
—En cuanto me despierte.
Se subió al vehículo sintiéndose aliviado. La tensión había desaparecido y volvían a ser los de antes. Ella tenía razón: podían llevar a cabo el plan y nada cambiaría entre ellos.
Aqui un nuevo capítulo^^
FELIZ AÑO NUEVO .
Porfin se nos casa Luffy .
¿Reviews?
