Capítulo III
Ese mayordomo, disfruta
El Mayordomo Negro se quedó observando a su Amo fijamente un segundo sin siquiera respirar.
— ¿Qué?—soltó. Un sentimiento de irreverente hilaridad estuvo a punto de hacerlo estallar en carcajadas. El placer sombrío que le produjo la petición del muchacho lo exaltó hasta hacer temblar su sangre en las venas pero congeló su expresión y moduló su voz. — ¿Qué está diciendo?—cuestionó sin lograr ocultar su deseo por escuchar de nuevo esas palabras, por comprobar que la situación que se le presentaba era la que él creía.
El Joven Amo lo miró a los ojos y percibió su estado, enderezó los hombros, los músculos de la espalda se le tensaron por el desagrado que le provocó la expresión que su Mayordomo intentaba ocultar.
—No puedo dormir—. Le miró enfadado por entre las pestañas provocando escalofríos en el cuerpo del sirviente, sin embargo, en el fondo no era enfado lo que el joven sentía, estaba avergonzado y no sabía que más hacer. —Sebastian—. Intentó de nuevo, concentrándose en controlar el creciente vacío que carcomía el suelo a sus pies y le producía nauseas.
— ¿Sí?—preguntó el Demonio demasiado agradecido de la situación para contener su tono de voz a uno más apaciguador.
Ciel le miró aireado, apretando los dientes, con los puños crispados. Pasó a su lado, se acercó la cama y se sentó. El Mayordomo estaba encantado mientras veía el hermoso rostro —ahora más alargado— con la misma expresión caprichosa de allende.
Se acercó a su Señor unos pasos antes de agacharse frente a él para quedar a su altura, reprimió sus ganas de burlarse del asunto y optó por tomar partido.
—Me disculpo, monseñor, por decir cualquier cosa que pudiera incomodarle—expresó el sirviente arrodillado frente al joven y mirándolo a los ojos con impresionante sinceridad, aquello pareció amainar la vergüenza y molestia del muchacho, quien bajó los brazos que cruzaba sobre el pecho y apoyándolos en la cama lo miró un poco menos molesto y más que nada frustrado.
La pose fue en absoluto sensual y el inocente puchero constituido —de forma inconsciente— en los labios del muchacho junto a la frustración de sus cejas, terminaron por hacer sucumbir al Mayordomo, quien se paralizó con los ojos muy grandes y el corazón desbocado. Se sintió contrariado nuevamente, los cambios diversos que veía en el Conde no correspondían en lo absoluto con el niño que él conoció.
—No puedo dormir—repitió el Joven Amo agotado, suspiró mirando sus manos entrelazadas sobre las piernas. Sebastian contuvo las ganas de bufar, el mal humor que llevaba sintiendo durante tanto tiempo de pronto era reemplazado por desconcierto, no comprendía muy bien qué sucedía ni qué quería hacer al respecto.
Luego de un instante se decantó por la opción más sencilla, que era aprovechar la debilidad del Joven Señor y divertirse con él un rato. Trazó rápidamente un plan de acción en su mente al tiempo en que convertía su rostro en una máscara de compostura a la altura de la situación, en un silencio casi ceremonioso Sebastian fue poniéndose de pie lentamente.
Ciel lo siguió con la mirada, y de pronto cayó en la consideración de lo que podía estar pasando por la cabeza del Mayordomo —sin acertar, por supuesto—, el espanto le hizo enderezarse.
— Hey…—dijo atropelladamente. —Espera un momento, Sebastian—. Retrocedió sobre la cama lo más que pudo. — ¡Yo solo quiero dormir!—. Intentó reflejar toda su indignación en su voz pero esta flaqueaba y le temblaban las manos.
El rostro esculpido del Mayordomo se ensombreció —siguiendo su papel—. La desesperación de Ciel aumentó al ver como Sebastian se acercaba lentamente con un aura cada vez más amenazadora.
— ¡Espera!—terció, intentando contenerlo. Se sentía completamente indefenso frente la amenaza que representaba el Demonio frente a él, el muchacho había olvidado su que ya no era humano, por un instante, se sintió completamente congelado. Le faltaba el aire, su mente se sentía vaga, veía neblinoso pero no podía dejar de levantar los abrazos para detener el inminente avance del sirviente, lo que Ciel no sabía era que todos esos síntomas se debían a la influencia del Mayordomo sobre él.
Finalmente cayó de espaldas, sus rodillas estaban separadas, le temblaba el cuerpo mientras resoplaba por la boca. El Demonio lo miró. El muchacho tenía los ojos entrecerrados, miraba a través de las pestañas negras y una capa de leve sudor le hacía brillar el precioso rostro.
— ¿Joven Amo?— Se detuvo el sirviente cerca del camastro a observarlo. La blancura de las piernas le pareció graciosa al tiempo que descubría que en ciertas zonas era más sonrosada. Se imaginó besando su rodilla y trazando con su lengua una línea zigzagueante hasta su ingle, la idea lo sorprendió un poco.
Se concentró nuevamente en el rostro.
—Ayer—. La voz clara del joven le despabiló. —Ayer tú estabas durmiendo—. Se detuvo para tomar aire—Parecías muy tranquilo—agregó, el sirviente intentó recordar que estaba soñando, pero a pesar de no poder descubrirlo exactamente supo que soñaban con Ciel, como lo había hecho a lo largo de esos años. —Yo no puedo dormir—explicó cansado. —Estoy agotado, pero no logro dormir—.
—Quiere decir, Joven Amo, que durante estos años usted no ha logrado descansar—. No era una pregunta, solo afirmaba un hecho perfectamente normal en los primeros años de vida de un demonio, luego vendría la lenta evolución.
—No tuve necesidad—respondió el Joven Señor a la ligera, encogiéndose de hombros, pero sus palabras dejaban entre ver algo que inquietó al Mayordomo, nuevamente sintió que había algo oculto en el fondo de la situación, que algo más sucedía, algo que no alcanzaba a descubrir. Se detuvo mientras el ígneo cuerpo del muchacho se extendía con las piernas abiertas frente a él.
Lo miró a los ojos.
— ¿Qué ha estado haciendo durante estos diez años, Joven Amo? —pronunció las palabras lentamente, al mismo tiempo refrenaba el desagrado que hervían en su entrañas —el cual aumentaba debido a la gran curiosidad que sentía— y las ansias inhumanas que le adormecían las caderas volviéndolas pesadas.
—Muchas cosas—declaró el joven al tiempo que intentaba no mirarlo a los ojos.
—Excepto dormir, claro—. El rostro del sirviente se alzó y miró desde la altura y distancia de su posición el cuerpo indefenso de Ciel, como un dios cruel y acusador. El joven percibió por instinto el tipo de pensamientos que rondaban al Demonio, guardó silencio dejándole llegar a la conclusión que quisiera.
—Por supuesto—soltó el sirviente, con los puños crispados y la voz gélida. —Y ahora que está tan cansado desea dormir—prosiguió, el muchacho esperó con el corazón trastornado. Sentía una presión constante en todo el cuerpo, como miles de dedos apoyándose ligeramente sobre su piel, poco a poco, todo fue haciéndose más claro. Respiró —como le habían enseñado— y separó las cosas dentro de su mente para analizarlas por separado. Su sirviente se mantenía a cierta distancia y parecía una estatua de mármol.
Iba a decir algo, cuando el Mayordomo le interrumpió:
—Bien, permítame llevarle de vuelta a su habitación—. El sirviente se acercó y le aferró el cuerpo del muchacho contra el suyo. Ciel jadeó sorprendido de verse de pronto entre los brazos del Mayordomo, sus manos sujetaba sus piernas pero la suavidad de los guantes le cosquilleaba la piel.
—Es-Espera ¿Qué estás haciendo? —reprochó cuando el Mayordomo lo alzó en vilo como princesa.
—Llevarlo a su cama, por supuesto—repuso tranquilamente. —Si desea dormir, es necesario que sea en un lugar agradable como su dormitorio—explicó, lo miraba con intensidad, apretándolo contra su pecho. —A menos que desee dormir en mi cama el resto de las noches—propuso sensualmente con una sonrisa. El joven enrojeció.
— ¡I-Idiota!—. Le soltó, pero no sabía que más decir, tan solo imaginarse allí lo volvía a poner a la defensiva y de mal humor. El Demonio torció el gesto convirtiendo la mueca de su rostro en una dulce sonrisa burlona que encubría su decepción.
En medio segundo ya se encontraban en la amplia y tibia habitación de Ciel. El Mayordomo Negro le dejó de inmediato en el suelo con mucho cuidado. El lugar era cálido y conocido, el joven lanzó un suspiro. Era agradable, de una forma diferente a la habitación de Sebastian, más luminosa y grande pero sin aquel aroma que el muchacho recordaba de la noche anterior.
El sirviente volvió a ordenar la cama y la dispuso para recibir nuevamente a su Joven Amo. Una vez acostado, el Mayordomo tomó el candelabro y acercó su rostro al del joven.
—Ahora, cierre los ojos y descanse—murmuró. El aroma de su cuello tibio relajó a Ciel —muy pese a él— pero no lo suficiente para hacerlo dormir.
—No te vayas todavía—exhortó susurrando mientras se acurrucaba de lado. —Estoy cansado pero no logro dormirme—.
—Debe relajarse Amo Ciel, no hay nada que temer aquí—. Su aliento rozó su rostro y erizó los vellos del cuello al muchacho, quien sonrió no muy convencido de ello. Se quedó un momento en silencio, muy quieto y tranquilo. Luego volvió a abrir los ojos y miró al Mayordomo.
—No da resultado—rezongó. Sebastian lo miró con detenimiento.
— ¿Qué es lo que le molesta? —inquirió acercándose a dejar el candelabro en su lugar.
—Que no puedo dormir—espetó el Señor con malhumor. El sirviente sonrió.
—Sí, pero… ¿Hay algo puntual que le preocupe?—. El muchacho pareció meditarlo, la razón la sabía de sobra pero no estaba dispuesto a decirlo en voz alta, ni siquiera en su mente pensaba aceptarlo.
—No—.
—Ya veo, es bastante extraño—musitó mientras se sujetaba la barbilla con aquella pose suya. Ciel lo miró. — ¿Está cómodo?, ¿No siente frío?—interrogó con seriedad. El joven parpadeó ante la visión del bello rostro que estaba frente a él y lo ponía tan incómodo, finalmente negó con la cabeza.
El sirviente continuó pensando un momento más hasta que una sonrisa le transformó el rostro, se atrevió a acercarse y cuando su cara estuvo ya muy cerca, lo suficiente como para sentir su respiración y dijo:
— ¿Quiere que le cante una canción de cuna?—. Rió entre dientes complacido por el efecto de su broma en el semblante de Ciel. Disfrutó por un momento de burlarse del joven que lo observaba con cara agria. Al cabo de un instante dejó a un lado la diversión y miró a su Amo para comprobar que no estuviese demasiado molesto.
Se encontró con la fría mirada del muchacho, quien con irritación, le dijo:
—Acuéstate—. El Mayordomo se congeló, no podía acabar de creerse lo que había escuchado pero al ver la expresión de su Señor, no le calló duda. Nuevamente quiso ponerse a reír a carcajadas — o tal vez, frotarse las manos con deliciosa satisfacción—. En silencio y sin decir nada, se quitó la levita y el chaleco sin dejar de mirarlo a los ojos.
Cuando hubo terminado, tomó el borde de la ropa de cama y recostándose en las almohadas le dio la espalda. Nuevamente el Demonio no acababa de creerse lo que estaba sucediendo, pero sin detenerse caminó alrededor de la cama, se quitó los zapatos y entró en ella lentamente.
Se recostó para quedar a la altura de su Joven Amo, el muchacho tenía los ojos fuertemente cerrados, el corazón le palpitaba estruendosamente y estaba del todo cubierto por las frazadas. Sebastian no lo miró durante un largo tiempo, regodeándose en silencio de los planes que podría en práctica. Finalmente, levantó las manos colocándolas detrás de su cabeza y miró al techo sin decir nada.
Al pasó de unas horas el Mayordomo pudo notar como la respiración del Joven Amo se acompasaba lentamente hasta hacerse casi imperceptible, su cuerpo se relajó a su lado. Sebastian sonrió, cuando el muchacho se acomodó en la cama y su mano rozó su costado derecho, despertando nuevamente las ganas de tomarlo ahí mismo.
Con un profundo respiro se contuvo, soltó las manos detrás de su cabeza y las estiró a sus costados, disfrutando el calor del cuerpo de su Señor. Espero un instante, comprobó que Ciel durmiese profundamente antes de voltearlo y acomodarlo a su lado.
Lo envolvió entre sus brazos, la diestra fue a dar al pelo de Ciel, aferrándose a el cerca de la nuca y acariciándolo delicadamente, la siniestra le sostuvo el brazo acercándolo más a su torso. El sirviente procuró tapar bien el cuerpo de su Señor mientras se acomodaban el uno contra el otro.
Ignoró por ese momento el irreverente deseo que crecía en su interior pero estuvo a punto de darlo vuelta, arrancarle la ropa y devorarlo cuando Ciel paso sus piernas entre las de él, cruzándolas.
Sebastian no durmió esa noche, prefirió repasar su plan para divertirse con el Conde que tenía a su lado, pensaba gozar de su nuevo deseo sin detenerse por nada ni nadie.
