#Distancia#

Asmita seguía andando con un torpe ritmo, tanteando de vez en cuando la pared que transcurría a su costado a cada paso que daba, vacilando cuando sus dedos se topaban con aire en vez de superficie.

Defteros le seguía de cerca. No le había costado mucho desistir de caminar a su lado. Una sarcástica sonrisa apareció en su rostro al darse cuenta de la irónica situación. Se suponía que era él el que tenía que guiarle, y estaba ocurriendo todo lo contrario. Era Asmita el que le estaba conduciendo hacia un destino por el cuál él no tenía interés alguno. La proximidad de un inminente cruce sacó a Defteros de la corriente de pensamientos absurdos que le habían estado poniendo voz a su solitario seguimiento, y su mirada se agudizó presa de una inmensa curiosidad. ¿Cómo diablos se lo montaría Asmita para cruzar?. En ese encuentro de calles, uno de los más concurridos de Atenas, no había señalización acústica en los semáforos para ayudar a los invidentes en su trayecto. Un grumo de la buena voluntad que aún dormía en su corazón hizo que Defteros alcanzara a Asmita en su paso antes de llegar al cruce, y con sincera inocencia decidió volver a intentar hablarle.

- Ahora llegamos a un cruce un poco jodido.

- Ya lo sé.

- ¿Te digo...cuándo puedes cruzar?- Defteros vaciló al pronunciar la pregunta, y rápidamente había obviado la palabra "ayudar", temiéndose una ruda negación.

- No.

Defteros suspiró al corroborar que la ruda negación había aparecido de todas maneras.

- Oye...¿alguna vez te han dicho que eres un poco desagradable?

Asmita no ofreció ningún otro tipo de respuesta más, ignorando completamente a Defteros, que con rabia soltó un gruñido, sacudiendo su cabeza y alborotando aún más su largo cabello añil.

- Mira, haz lo que te de la gana...

Una vez alcanzado el cruce, Asmita se detuvo al notar mucha presencia de personas a su alrededor, esperando que el semáforo de peatones cambiara de color y les diera el permiso para pasar. Defteros aguardaba un paso atrás, entre curioso e intrigado para ver cómo narices se las arreglaría Asmita para andar en un espacio repleto de gente y sin ninguna superficie que le ofreciera un sólido amparo a su mano libre.

El momento no se hizo esperar. La luz cambió, y toda la gente empezó a cruzar en ambos sentidos, con demasiadas prisas y escasa consideración por el prójimo. Asmita hizo el intento de dejarse llevar por la corriente, pero inevitablemente acabó topando con la avalancha que deseaba alcanzar la orilla que ellos aún pisaban. Asmita fue empujado a diestro y siniestro, sin que casi nadie se percatara del blanco bastón que alertaba de su condición. La contemplación de esa escena no gustó para nada a Defteros, pero luchó contra él mismo para dejar a Asmita hacer.

Al cabo de unos pocos segundos, la marabunta de gente cesó, y Asmita se sintió libre de movimientos. Fue entonces cuando decidió cruzar él, pero el semáforo de peatones ya estaba titilando, y los conductores no conocían la paciencia, así que la mayoría de ellos arrancaron sin calma. Asmita se encontraba irremediablemente abocado a un campo de proyectiles a gasolina, y un fuerte bocinazo le sobresaltó enormemente, haciendo que en un acto reflejo retrocediera, sintiéndose desorientado y perdido. Fue entonces cuando una fuerte mano se asió a su brazo y tiró de él, devolviéndolo otra vez a la vereda de dónde había salido segundos antes. El susto se reflejaba en su pálido rostro, y el fuerte palpitar del corazón casi se podía escuchar con los oídos.

- No pretendas ser el rey de la selva tan rápido, muchacho...

Asmita se limitó a agachar su rostro y fruncir su ceño perpetuamente serio, zafándose del agarre de Defteros de un tirón.

- No me toques...

- ¡Ay...usted perdone!- Exclamó Defteros, notando como el crédito de su paciencia se estaba agotando peligrosamente.- Si quieres, la próxima vez dejo que te hagan trizas...

El silencio volvió a ser la única respuesta audible en medio del bullicio de ruidos que ofrecía la ciudad. Defteros le observaba de reojo, al tiempo que iba vigilando el semáforo. Aquél chaval le estaba consumiendo un temple que hacía tiempo que no abundaba en él, y no iba a permitir que su descarada actitud le venciera. Por descarado, él. Así que había llegado el momento de demostrarle a Asmita quién podía ser más tozudo.

Una nueva congregación de gente se había vuelto a reunir a su alrededor, y cuando el color verde dio vía libre a la impaciente avalancha, Defteros agarró de nuevo a Asmita del brazo con fuerza, haciendo inútiles sus intentos por descolgarse de él, y le abocó al descontrolado río de personas que los avasallaban por doquier. En un destello de ira, Asmita ladeó su rostro hacia Defteros, que hizo grandes esfuerzos por mantener la vista al frente, aumentando la presión de su agarre ante los estériles intentos de Asmita para liberarse de él. Con decisión avanzaron entre la muchedumbre, no sin recibir diversos empujes por ambos lados, hasta hacerse con la acera contraria. Allí Defteros aflojó su agarre, y Asmita recogió su brazo con brusquedad, haciendo evidente que el contacto al que le había condenado Defteros durante unos interminables segundos no le había gustado nada. Defteros no reprimió una interna sonrisa de victoria ante la pequeña batalla que acababa de ganarle a Asmita, el cuál no aceptó muy humildemente su insignificante derrota.

- ¿Y ahora qué?- Preguntó Defteros, imprimiendo cierto desagradable retintín en su tono.

- Recto. Tres cruces más y habremos llegado.

- Entendido.

El resto del camino transcurrió en silencio. Defteros sólo se aceró a Asmita en cada cruce que se presentaba como un reto a las fuerzas de la ley de la jungla urbana en la que estaban zambullidos de lleno, regocijándose en la notable incomodidad que se apoderaba de Asmita cada vez que le tomaba del brazo con fuerza para cruzar esos ríos de asfalto más peligrosos que el mismo Amazonas.

Una vez hubieron traspasado el tercer cruce, Defteros pudo percibir como Asmita iba contando mentalmente sus pasos, hasta llegar a descifrar "sesenta y ocho" en sus casi sellados labios. Y allí Asmita se detuvo en seco, pronunciando con la misma sequedad unas pobres palabras.

- Es aquí.

Defteros levantó la vista y pudo ver erigirse frente a él un gran edificio que lucía un título inequívoco: "Centro Educativo para Invidentes". Infinitas veces había caminado frente a esa mole de cemento y cristal que se presentaba imponente frente a los dos, pero nunca se había detenido a ver en qué consistía ese edificio de aspecto sobrio y gubernamental.

- A partir de aquí me las puedo arreglar solo perfectamente.- Anunció Asmita, con su peculiar frialdad.

- De acuerdo. ¿A qué hora sales?

- A las cinco de la tarde.

- Muy bien. Temo decirte que aquí me encontrarás. Espero que no me hagas la putada de engañarme con la hora...

- No soy tan mezquino...

Asmita no dijo nada más, y emprendió su camino hasta el acceso principal de ese edificio gris y pobre, asiéndose con su mano libre a la barandilla que acompañaba la sutil escalinata que conducía a él. Defteros aguardó hasta que vio a Asmita acceder al interior y perderse de su vista. Una vez se supo completamente libre de la primera etapa de su condena, Defteros se sentó en un pequeño murito que guardaba algunos arbustos que coloreaban un poco la ciudad, y sacó el tabaco para liar del bolsillo interior de su vieja cazadora de cuero. En un santiamén se lió un cigarrillo que le acompañaría en un trayecto sin destino que le alejara de ese centro y le condujera hasta algún lugar más apetecible.

Defteros estuvo vagando durante rato sin un rumbo aparente, hasta que sus ojos se percataron que los pies maliciosamente le habían conducido hasta las puertas del instituto donde trabajaba Aspros. Debían transcurrir las once de la mañana más o menos, y en la distancia pudo ver que en una cafetería cercana al instituto, Aspros se hallaba sentado en una de las mesas de la terraza, dando cuenta de un refresco y un bocadillo, acompañado por dos colegas de profesión, que habían llegado a convertirse en algo parecido a amigos. Seguramente era la hora del recreo, y Defteros se cobijó en la protección de uno de los árboles que delineaban esa calle, estudiando a su hermano en la distancia. Aspros parecía relajado y alegre, y Defteros sintió una pizca de repulsión al constatar que Aspros sólo se mostraba algo feliz cuando estaba lejos de él. En la mesa le acompañaban dos chicos más, Hasgard y Sísifo. Defteros los conocía porqué, a menudo, los sábados por al noche se reunían en su casa para cenar algo antes de salir a tomar algunas copas en cualquier bar nocturno. En la mesa, en frente de Aspros, se encontraba Hasgard, hablando animadamente y gesticulando sin vergüenza, seguramente acompañando con esos gestos alguna anécdota de las que a diario le regalaban sus alumnos. Su gran y robusto cuerpo iba ataviado con ropas deportivas, que delataban a la legua que Hasgard era el profersor de educación física. A su lado se encontraba Sísifo, profesor de historia, vestido tan decentemente como Aspros, escuchando con atención los exagerados relatos de su compañero.

En ese momento, Defteros sintió una punzada de envidia rasgarle el corazón. Él conocía de sobras a esos tipos, pero Aspros siempre se cuidaba de invitarlos a su casa cuando sabía que Defteros no estaría en ella, y se molestaba soberanamente cuando la presencia de Defteros rompía sus planes. Como si su simple presencia le importunara. O le avergonzara. Y entonces, él se limitaba a pasar por su casa como si fuera una sombra que no tuviera el permiso para pisar esas baldosas, escabulléndose a su habitación y desapareciendo de las cercanías del pequeño núcleo de amistades que rodeaban a su hermano.

Hasgard seguía hablando, gesticulando enérgicamente, hasta que concluyó su explicación con una gran carcajada que rápidamente se contagió en Sísifo y Aspros. Luego, Defteros pudo ver cómo el siempre responsable Sísifo miraba preocupado su reloj, y pedía la cuenta de lo consumido. Al llegar dicha cuenta en la mesa, fue el mismo Sísifo el que se ofreció a pagar para los tres, y acto seguido todos se alzaron de sus sillas y emprendieron el camino de regreso al instituto. Hasgard seguía hablando, y de vez en cuando una carcajada compartida a tres bandas se cebaba con ellos.

Aún quedaban algunas horas para llegar a las cinco de la tarde, y Defteros sospesó la posibilidad de pasarse por casa y comer algo. Aspros no iba a estar, de éso se sentía seguro. Aspros acostumbraba a comer en el mismo bar dónde le había visto a media mañana. Sin muchos ánimos emprendió el camino hacia su piso, y una vez en él, un extraño arrebato de responsabilidad y cooperación doméstica hizo que pusiera una lavadora, éso sí, sin hacer discriminación alguna con los colores, y recogió un poco su habitación, abriendo las ventanas para ventilarla debidamente y poder respirar en ella algo de aire fresco y limpio.

Una vez en la cocina, abrió la nevera para ver qué podía hacerse para comer, pero con decepción averiguó que sólo había un par de huevos y algo de verdura medio pocha para hacerse una ensalada. No había otra opción que cocinarse una tortilla, y comer lechuga como si fuera un conejo.

La verdad era que Defteros sabía cocinar, y muy bien. Pero hacía años que no se veía con fuerzas de desarrollar sus artes ante los fogones. Ya no había nadie que le animara a hacerlo, y menos aún que le dijera que todo estaba sabrosísimo aunque supiera como a mil demonios.

Habiendo dado cuenta de la comida que se había preparado, extrañamente fregó los cacharros usados, que se habían unido a los del desayuno, y ordenó más o menos el mármol de la cocina. No deseaba contrariar a Aspros más de lo que su sola presencia solía hacer. Empezaba a estar cansado de tanta batalla inútil. Y pensándolo bien, era lo mínimo que podía hacer por su hermano, que se pasaba la semana trabajando para los dos.

Todavía no eran las tres de la tarde, y aprovechó para internarse en su habitación y hacerse con la guitarra española que muchos años atrás le había regalado su madre, tocando unos acordes que desde hacía días se habían instalado insistentes en su mente. La repetición de esos acordes era incesante, y concienzudamente iba anotando en una libreta los que le parecían más válidos y tachando los que no le convencían, en lo que sería la creación de una nueva canción que casi seguro que nunca vería otra luz que no fuera la propia de su mente.

Estaba tan sumido en su tarea de composición que la alarma del móvil le sobresaltó sobremanera. Había tenido una buena idea en activarla, ya que sabía que cuando se sumía en su mundo de música podían pasarle las horas sin ser consciente de ello. Las cinco se estaban acercando peligrosamente, y no podía llegar tarde otra vez. Dejó la libreta y la guitarra tiradas sobre la cama, se enfundó su chaqueta de cuero y salió en busca del ser más desagradable y arisco que se había encontrado nunca frente a sus narices.

Cuando llegó, respirando pesadamente debido al rápido ritmo que había tenido que someter las piernas, maldijo el hecho que encontrar a Asmita sentado en el mismo murito dónde horas antes él mismo había usado para armarse un cigarrillo, con el mismo aire serio y el ceño fruncido que le había recibido esa misma mañana. No podía ser, pero era evidente que otra vez llegaba tarde. Sacó el móvil del bolsillo de su chaqueta para comprobar la hora, y su chisme marcaba que aún no eran las cinco. Pero allí estaba Asmita, esperándole con cara de pocos amigos...pero esperándole.

- Lo siento...veo que vuelvo a llegar tarde...- Dijo Defteros, sin saber ya que hacer con la vergüenza que le despertaba su ineptitud.

- No llegas tarde.- Dijo Asmita.- Yo he salido antes...

Defteros soltó un suspiro de liberación al escuchar estas palabras y al ver que Asmita había hecho el esfuerzo de aguardar su llegada. Bien podría haber emprendido el camino por su propia cuenta y dejarle en pelotas frente a su deber a cumplir. Pero no había sido así, y sin rencor alguno Defteros se lo hizo saber.

- Gracias Asmita.

- ¿Por qué?

- Por esperarme y no ponerme en un marrón peor.

- No soy tan mezquino. Ya te lo he dicho.

- De todas maneras, te lo agradezco. Bueno...y ahora...¿cuál es nuestro próximo destino turístico?

Asmita se puso en pie y extendió su blanco bastón, emprendiendo un nuevo camino. Defteros empezó a seguirle tal y como había hecho esa misma mañana, ya sin esperar ninguna respuesta audible por parte de Asmita, que extrañamente, le contestó.

- El hospital.

La sangre de Defteros se heló al instante. Sus pasos se detuvieron, y un frío sudor, acompañando la repentina aceleración de su corazón, empezó a empapar su frente. Asmita seguía andando, pero pronto advirtió que Defteros había detenido su seguimiento.

- Tengo visita.- Aclaró Asmita, deteniéndose a su vez.

La voz de Asmita llegó tenue y diluida a los oídos de Defteros, que empezaron a ensordecerse con una serie de voces y sentencias que pertenecían al pasado, y las cuales no deseaba recordar. Con rabia sacudió su cabeza, intentando liberarla de unos recuerdos que ahora no debían tener lugar, y emprendió de nuevo sus pasos tras Asmita. El hospital no estaba lejos, pero Defteros hacía años que no pasaba ni tan sólo cerca de él. Y ahora, tener que acompañar a Asmita hasta allí...era algo con lo que no contaba. Y que le superaba.

Ya en la entrada del hospital, Defteros volvió a pararse en seco, respirando dificultosamente y mordiéndose su labio inferior con esos colmillos tan característicos en él. El corazón le latía tan desbocado que le parecía que iba a salirle por la boca, y una invisible fuerza paralizó sus pies.

No podía volver a entrar.

Aún no.

Defteros luchó con todas sus fuerzas para hacer el intento, pero no pudo. No paraba de someter su mandíbula a una gran presión, y el frío sudor empezaba a recorrerle las sienes, humedeciendo los mechones de cabello que caían sobre su rostro y nacían en su nuca.

- Asmita...- Dijo con grandes esfuerzos, notando como su voz salía distorsionada por la aprensión que le despertaba ese lugar.- A partir de aquí...¿puedes seguir tú solo?

- Sí.

- Bien...pues te espero aquí fuera, ¿de acuerdo?

Asmita se abstuvo durante unos momentos de proseguir en su avance, notando como Defteros había cambiado repentinamente de actitud. Si algo le había aportado de positivo su ceguera era la agudización más profunda de todos sus demás sentidos, y algo le indicaba que en ese momento, Defteros desprendía miedo.

Y dolor.

- ¿Por qué no quieres entrar?.- Se atrevió a preguntar, rompiendo así con el arisco comportamiento que había lucido durante todo el día.

Defteros no respondió en seguida. Se tomó unos instantes de reflexión mientras intentaba tragar saliva repetidas veces para aclarar una voz que amenazaba con emerger débil y tomada.

- Porqué su olor me marea.

Asmita no preguntó ni dijo nada más. Únicamente se limitó a asentir levemente con su cabeza, ignorando si Defteros había percibido el gesto o no.

- Está bien. No creo que tarde mucho.- Añadió al fin.

Dicho ésto, se adentró en el edificio, y Defteros se apresuró en alejarse de la puerta principal todo lo que su visión en la distancia de la misma le permitía.

No muy lejos divisó un banco, en el cuál tomó asiento, moviendo nerviosamente las piernas y deseando tener entre sus manos una dosis de su infalible calmante sensorial. Pero no lo llevaba encima. Se había prometido no volver a hacer uso de él en la calle, y lo había ocultado en un cajón de su habitación, con el estúpido intento de engañarse a sí mismo.

Durante su espera muchas cosas pasaron por su mente. Muchas escenas que le destrozaba por dentro recordar. Y la visión de ese edificio anfitrión de la vida, y también de la muerte, no pudo hacer otra cosa que hacerle más palpable la brecha que esas paredes habían abierto entre Aspros y él.

Una brecha de silencios y reproches.

Una brecha de dolor no compartido.

Una brecha de profunda distancia.

#Continuará#


¡Gracias a todos los reviews!

Tincho, no conocía la canción que me mencionaste, y la escuché. Tienes razón, ¡le va niquelada a la escena de la cocina!. Muchas gracias por tenerte otra vez conmigo en esta nueva locura. Espero que la disfrutes :).

¡Saludos a todos!

Nos vemos en el próximo capi.