Capítulo 4

Como una luciérnaga

"I shut my eyes and all the world drops dead; I lift my eyes and all is born again."

("Cierro mis ojos y el mundo cae muerto; levanto mis ojos y todo nace de nuevo.")

Sylvia Plath


Ella permanecía de pie congelada, casi inmóvil en el exterior de la puerta de la torre, con sus ojos fijos en la ventana oeste.

Estaba cerrada. Nada había cambiado, todo estaba igual.

Ya había oscurecido. Una noche en Escocia.

Ella ni siquiera recordaba cuánto tiempo llevaba ahí de pie. El frío de la noche la hizo estremecer; el temblor que sentía en su alma hacía que sus piernas también temblaran.

Ella no debería estar ahí. La habitación estaba iluminada y ella se sobresaltó.

Inconscientemente retrocedió. Ella esperaba no ser vista. Silencio.

Ella sintió que su corazón se tranquilizó un poco. Un paso hacia adelante. La ventana se abrió.

Ella contuvo su respiración.

Una silueta masculina apareció entre las sombras.

Un paso hacia atrás, lentamente. Un cigarro se encendió. Una íntima figura se iluminó como una luciérnaga y desapareció. Un paso más hacia atrás.

"... Así como una luciérnaga", ella pensó.

Y otro paso más hacia atrás. Lágrimas silenciosas. Y otro paso más atrás.

"... Se ha ido ..."

Otro más... lentamente... y otro … y otro. Hacia adelante.

Ella corre.

"¿Hacia dónde vas? ..." gritó su mente.

Ella corre. Hacia adelante, hacia el futuro ... Ella debe ir hacia allá… ella debe.

"... ¡Adiós!" Ella está llorando con toda su voz.

Ella corre.

Grita y llora, una y otra vez.

Sin tomar un sólo respiro, se detiene, cierra sus ojos y deja a la luciérnaga libre para volar desde su alma.

Un rayo de luz la atraviesa.

Ella abre sus ojos y sonríe débilmente.

"... Hacia el fututo, hacia allá … debes ir… hacia allá debes ir… Candy"

Se dijo a sí misma y comenzó a caminar calmadamente hacia adelante.

Sólo hacia adelante.


Un milagro

El amanecer encontró a todo el personal de Lakewood en plena agitación. Al medio día llegarían los huéspedes, familiares y amigos queridos de los Ardley. Para comenzar, se había planeado dar un pequeño coctel festivo en el jardín. Más tarde, al anochecer, seguiría la gran recepción.

Dorothy tocó suavemente a la puerta de Candy y entró sin esperar una respuesta, como fuera, era un golpe puramente informal. Era justo la hora en la que ella siempre iba a despertar a Candy. Sin embargo, sorpresivamente, Dorothy vio que Candy estaba ya despierta y se encontraba parada frente a la ventana. En sus manos sostenía una fotografía.

- "Buenos días Candy" dijo acercándose a ella, y entonces notó que Candy sostenía la foto de su boda.

- "Buenos días, querida Dorothy" respondió ausente.

- "... Tú fuiste la novia más bella que he visto jamás en mi vida, Candy" - Le dijo Dorothy nostálgicamente.

- "Dorothy, ¿Quieres hacerme sonrojar después de todos estos años?" le preguntó y sonrió.

- "... No me tomes el pelo Candy, estoy diciendo la verdad..."

- "Lo sé ..." dijo Candy aún con la mirada ausente y colocó la fotografía junto con el resto, sobre su mesa de noche.

Su colección era grande y hermosa. Recuadros con varias fotografías, embellecían la mesa de noche con diferentes momentos de su vida... Sus seres queridos, cada uno de ellos tenía un lugar especial en su corazón, la rodeaban y sonreían. Ella amaba esas fotos y las resguardaba como a un tesoro. Muchas de esas fotografías eran tan antiguas, que habían comenzado a desvanecerse, y otras eran tan nuevas y vividas, dando la impresión de que los rostros en ellas podrían hablar en cualquier momento.

En el momento en que Candy volteó a ver a Dorothy, su mirada recayó en un cuadro en la última fila... la foto la retrataba a ella; sentada sobre el pasto, en la Colina de Pony. Su rostro no miraba a la cámara sino más allá, hacia el horizonte, su mirada estaba perdida en el profundo cielo azul, y una expresión de serenidad definía su perfil. Sin darse cuenta de ello, Candy se dejó arrastrar por la mirada de la chica, en la cima de la Colina…


- "Albert, ¿dejarías de tomarme fotografías en algún momento?" dijo Candy supuestamente molesta y arrugando su nariz.

- "¡¿Es tan malo que quiera capturar este día?!" – Albert preguntó él como si tuviera el corazón roto. Albert. Sin embargo, no se dio por vencido, "¡¿Sabes que estas serán las últimas fotos tuyas como la Señorita Candy, y que desde mañana serás llamada Sra. Ardley?!"

El rostro de Candy brilló como el cálido sol del verano y sin pensar en ello, cayó entre los brazos de su amado.

La boda de Candy y Albert tomó lugar en un hermoso día de otoño en la pequeña capilla del orfanato. A la ceremonia de su boda acudieron solamente sus pocos seres queridos. Archie y Annie, casados ya hacía un año y medio antes, quienes esperaban a su primer hijo; Patty y Tom - quienes habían iniciado un pequeño y estable romance - y que muy pronto seguirían a aquellos también hacia las escaleras de la iglesia. El Doctor Martin, Dorothy, la Hermana Lane y la Señorita Pony, y por supuesto, George.

Fue una linda y romántica ceremonia llena de emoción, sonrisas y felicitaciones. Ninguno de ellos olvidaría jamás en sus vidas, el luminoso ángel rubio, envuelto en color blanco, caminando ese día hacia el atrio de la iglesia.

La recepción que siguió fue una pequeña y animada fiesta con baile, bebidas y comida; donde todos estuvieron entretenidos hasta tempranas horas de la mañana.

Aunque la Tía Elroy fue invitada, decidió no hacerse presente en la boda. La cual había objetado, casi hasta el día en que Candy trajo al mundo al pequeño Anthony. En ese día, algo casi mágico quebró el hielo en su corazón. Ante sus ojos, ese recién nacido y pequeño bebé, era un milagro.

Un milagro que ella nunca esperó ver en su vida. Un milagro que parecía un extraño regalo de esa pequeña niña huérfana. Un pequeño bebé con dorados rizos, ojos azules como el cielo y pequeñas pecas, que eran las únicas que parecían recordar quién era su madre. Desafortunadamente para la Tía Abuela Elroy, no pudo verlo crecer. Poco después del tercer cumpleaños del pequeño Anthony, la Tía Elroy abandonó este mundo para hacer su último largo viaje.


Un movimiento de celos

Unos días después de su boda, Albert partió hacia Chicago para ajustar algunos asuntos del viaje, al cual partiría con Candy. Era tarde en su oficina cuando le pidió a George que ingresara.

- "Hola William, ¿preguntaste por mí?"

- "Sí..."

- "Si se trata de tu viaje con la señora Candy, todo está arreglado. En una semana estarán saliendo hacia África."

- "...No, no, yo no te llamé por eso..." cortó la frase, de alguna manera preocupado.

- "Todos los otros temas han sido aplazados hasta tu retorno, si esa es tu preocupación."

- "George, quiero que salgas, tomes un barco y partas hoy para Inglaterra", dijo Albert de repente.

- "¿Puedo preguntar la razón William?"

- "Irás a Escocia, con la mayor discreción posible y te encargarás de vender la casa de verano que se encuentra allí."

George lo miró sorprendido.

- "¿Estás seguro acerca de esto...?"

Albert suspiró.

- "... No, no estoy seguro George, pero quiero que esto se haga."

- "Muy bien, entonces aquí debemos decir adiós, debido a que pasará algún tiempo hasta que nos veamos de nuevo" Y con ello, le tendió su mano a Albert.

- "Buen viaje amigo mío. Tienes toda mi confianza."

- "Y la mía también, William" dijo George y salió de la oficina.

Albert puso sus manos sobre su cabeza, pensativo. "... Confianza…", se dijo a sí mismo: "Confío en ti... Candy... Pero simplemente no puedo dejar que nada te una a ese verano en Escocia... nada".

No se sentía orgulloso de sí mismo por llevar a cabo tal acción; sin embargo, sentía que no podía hacer otra cosa. Un simple movimiento de celos de su parte, una acción que mostraba que se arrepentía de su insistencia por enviar a Candy a Escocia a decir "adiós". A pesar de que ahora sabía, que Candy había dicho adiós en su propia y única manera y no como él había imaginado. Y se había dado cuenta de ello en la primera noche de su matrimonio.

La inocencia de Candy no había sido tocada, "…Qué estúpido…" pensó acerca de sí mismo.

– "Lo siento tanto... Candy" se dijo a sí mismo y decidió que tenía que ser fuerte y decírselo.

Más o menos una semana más tarde, durante su viaje, Albert confesó a Candy lo que había hecho.


Promesa

Esos días que Candy y Albert viajaron hacia África en su luna de miel, llena de sueños y esperanzas de su futuro juntos, nunca podrían haber imaginado que alguien más estaba regresando a América en otro barco, después de recibir un telegrama urgente. Por supuesto, él no estaba al tanto de su boda, ni habría de oír hablar de ello, pronto.

Cuando Terry recibió el telegrama, ellos acababan de terminar sus actuaciones con la compañía en Francia y en tres días partirían hacia Austria, en donde iban a terminar la gira.

Sorprendido sostenía el telegrama en sus manos, leyéndolo una y otra vez por completo inconsciente y abstraído.

Querido Terry. Punto. Susana hospitalizada. Punto.

Ella te necesita. Punto. Condición crítica. Punto.

. Punto.

Al principio él no sabía qué pensar. Con Susana tenía una correspondencia algo frecuente, desde el día que había partido hacia Europa. A pesar de que por su parte, él la había mantenido en un nivel muy formal para responder en intervalos de tiempo largos, mientras que del lado de Susana, estaba llena de tensión y era bastante densa.

Para el momento en que recibió el telegrama, no había pasado por su cabeza que Susana tenía más de un mes que no había escrito. Confundido pensó que tal vez Susana tenía un resfriado de nuevo y su exagerada madre había decidido telegrafiarle. Terry, sin embargo, por lo poco que había conocido a Susana, comprendió que ella nunca haría nada para interrumpir su gira. Sin perder tiempo, envió un telegrama diciendo que regresaría en tres semanas. La respuesta no tardó mucho en llegar.

Usted no va a lograrlo. Punto. Por favor vuelva. Punto.

Susana tiene la gripe. Punto.

En un corto periodo, después del final de la Primera Gran Guerra, estalló otra guerra informal que privó la vida de millones de personas en todo el mundo. La gripe* que nadie sabía cómo ni de dónde venía. La propagación fue rápida y los médicos, en la mayoría de los casos, se daban por vencidos.

Después de su accidente Susana, a pesar de que tenía un alma fuerte y estaba tratando de no darse por vencida, y teniendo a Terry siempre a su lado, se había convertido en una joven enfermiza. Donde con el menor resfriado, sufría y tardaba en recuperarse.

En el momento en que Terry leyó el segundo telegrama; se dio cuenta de que tenía que dejar la compañía antes de que la gira terminara. Después de todo, sólo quedaban cuatro presentaciones. Robert probablemente gruñiría, pero al final cedería y la gira terminaría con un poco menos de gloria de lo que habían pensado.

Terry había hecho una promesa. Una promesa que tenía la intención de honrar a toda costa.

"... Cuida de Susana, Terry ella te necesita...", como si fuera ayer, escuchaba su dulce voz. Él ya una vez, había roto su promesa. No se permitiría hacer lo mismo dos veces.

En la cubierta del barco y al mismo tiempo en que Terry estaba solo y perdido en sus pensamientos, esperando y deseando llegar a tiempo para Susana, dos señoras bien vestidas pasaron al lado de él comentando la boda del Señor William. A. Ardley con su joven protegida.

Él no las escuchó.

Cuando Terry llegó a Nueva York, corrió directamente al hospital, en donde encontró a la madre de Susana desesperada. Los médicos no permitían más que alguien visitara a Susana pues temían que se transmitiera la enfermedad. Terry gritó y amenazó, y eventualmente, bajo su propio riesgo, obtuvo acceso a su habitación. La conmoción que sintió Terry cuando vio que el bello rostro de Susana se había "difuminado" debido a los muchos días de fiebre, no lo abandonaría nunca mientras viviera.

Se acercó a ella lentamente...

- "... Aquí estoy Susana…"

No hubo respuesta, solo su profunda respiración ... Acarició su frente con suavidad...

- "... Ter... Terry…" murmuró y abrió sus ojos como si fuera lo más difícil del mundo.

- "No, no hables Susana... Ya estoy aquí."

- "... Tú... no deberías..."

- "Todo estará bien..."

Silencio... una débil sonrisa apareció en el rostro cansado de la joven...

- "... Terry ... Yo… lo siento..."

El corazón de Terry se contrajo.

- "Ahora duerme querida Susana... mañana estarás mejor..."

Pero ella no lo estaría. Tres días después del regreso de Terry, esta desafortunada joven mujer dio su último aliento.

* (La gripe española de 1918)


Un día para una fiesta

El cielo estaba azul claro y el sol de primavera jugaba con malicia, enviando sus rayos sobre el follaje de los árboles. "Es un día maravilloso para una fiesta", pensó Patty en el momento en que entraba al jardín de Lakewood; en donde ella, felizmente, se dio cuenta de que un grupo bastante grande ya se encontraba reunido y sus alegres conversaciones llenaban el aire.

El primero en ver a Patty acercarse a ellos fue Archie.

- "¡Candy!" la llamó, mientras Candy mantenía una animada charla con su nieto Bert y su hijo Anthony.

- "¡Candy! ¡Hey Candy! ..." Archie prácticamente aulló de nuevo.

- "Oh querido, no grites así..." Annie se molestó.

- "No te molestes tía Annie, él probablemente quiso ser un marinero en su juventud" comentó Terrence alegremente.

Eventualmente Candy le puso atención y felizmente comprendió por qué Archie estremeció todo el lugar con sus gritos.

El querido rostro de Patty sonreía desde lejos.

- "¡Patty! ¡Mi Patty!" Ahora Candy gritaba también.

Terrence tocó el hombro con complicidad a su hermano Bert y susurró...

- "…Imagina si se comportan así ahora, ¡Cómo habrán sido en sus días de juventud!" Con ese comentario ambos jóvenes rieron.

Todo el mundo dio la bienvenida a Patty con alegría, y muy pronto las tres amigas, lo más discretamente que pudieron, se tomaron una a la otra por el brazo y fueron a dar un paseo hacia el jardín de las rosas.

Quien empezó a hablar fue Candy.

- "Patty, ¿por qué Tom no vino contigo?" preguntó Candy impaciente. Había extrañado a su amigo.

- "... Tom...", dijo Patty y resopló suavemente.

- "¿Está bien?" Annie preguntó sobresaltada.

- "¡No, no, está bien, él se encuentra bien! Él sólo está de mal humor con Candy" ... y en el segundo que Patty dijo esto, se mordió la lengua.

- "¡¿Conmigo?! ¡¿Por qué?! ¡¿Qué he hecho esta vez ?!" Candy preguntó con sorpresa

- "... ¡Ah! Candy… nada, no has hecho nada malo. Sólo que, ayer por la tarde Tom te vio, junto con tu nieto Terrence, yendo hacia la Colina de Pony. Después de ello, no pasaste por nuestra casa... y eso es todo... En dos palabras Candy querida... ¡Viejo gruñón!"

Momentáneamente Candy se sintió triste... "...Más tarde, tendremos tiempo para hablar", pero eventualmente se rió de los numeritos de Tom.

- "... ¿Él no vendrá entonces?"

- "¡Oh! ¡Él vendrá! ¡Sólo quiere demostrarte que él es un hombre duro!

- "Candy, ¿Patty sabe de la invitación que le enviaste a Neal? ..." Annie dijo de pronto.

- "¡¿Qué tú hiciste qué?!" Patty preguntó desconcertada.

- "... ¡Bueno, sí!" Candy rió. "Eh, tú sabes… se enteró acerca de la casa..."

- "¿Él sabe todo acerca de Lakewood?" Patty preguntó ansiosa.

- ".. Uh, no ... ¡La mejor parte me la he reservado para el final!" Candy respondió con malicia y les guiñó un ojo.

- "¡Candy, ¿has pensado que se lo dirá a Eliza y que ella puede presentarse en la fiesta?!"

- "... ¡Hmm precisamente eso es lo que espero chicas!" ella respondió y mostró la más brillante y juguetona sonrisa.


Un trato

Lucy como perdida entre los invitados buscaba con los ojos a Candy, cuando se sobresaltó por una joven voz masculina proveniente a sus espaldas.

- "¡... Yo también, me siento igualmente perdido con tal cantidad de parentela!"

La chica saltó del susto y se giró hacia la voz, y vio con sorpresa y vergüenza al Sr. Terrence sonriéndole juguetonamente.

- "Eh… Yo estoy…" ella comenzó a decir.

- "¡¿Sí? ...!"

- "Yo estoy buscando a su abuela, Sr. Terrence..."

- "¡Ahhh... no, no, no...!"

Lucy lo miró aturdida. Terrence sonrió. Él la dejó perpleja y como resultado, hizo que se sonrojara aún más. Terrence se dio cuenta, pero la cara sonrosada de la chica hacía que tuviera deseos de continuar molestándola.

- "¡Bien bien…. todo está bien entonces!"

Lucy de repente se dio la vuelta.

- "Sr. Terrence, ¿sabe dónde podrá su abuela...estar? Necesito encontrarla inmediatamente."

- "Hmm... Escucha... haremos un trato…"

- "... ¡Eh ¿qué...?!"

- "Te diré dónde se encuentra ella, si dejas de llamarme Sr. Terrence ¡Como si tuviera cien años de edad!" dijo imitando su delicada y linda voz.

- "Eh…"

- "¿Sí...?"

- "De acuerdo..."

Ah… ¡¿Qué tan tonta puedo ser?! ... ¡Dios! Lucy pensó.

- "Ok... ¡Es un trato Terrence…!" dijo finalmente.

- "Ella está en el jardín de las rosas, cerca de las Dulce Candy" el chico respondió y le guiñó un ojo.

- "¡Gracias!" exclamó y voló como un tornado.

"¡Me gusta esta chica!" pensó Terrence con una brillante sonrisa y se mantuvo observándola hasta el momento en que se perdió de su vista girando hacia el jardín.

Sin aliento, la chica encontró a Candy sentada en un banco entre las rosas blancas, charlando felizmente con las otras dos mujeres. "Me pregunto, por cuánto tiempo han sido amigas…"

Las tres mujeres notaron a la chica que se acercaba a toda prisa y se sorprendieron.

- "¿Está todo bien Lucy, mi niña?" Candy le preguntó.

- "Sí Señora Candy, siento interrumpirla, pero tiene una llamada telefónica..."

- "¡Oh! ¡¿Alguien me está esperando ahora en el teléfono?!"

- "No, le hemos dicho que usted está afuera, en el jardín; y nos dijo que volvería a llamar en diez minutos."

- "Entonces, probablemente, tengo que entrar para esperar la llamada telefónica..." dijo Candy con un tono de duda, preguntándose acerca de quién podría haberla llamado. "Discúlpenme Annie, Patty, las veré en un momento, ¡¿Quieres escoltarme Lucy querida, de vuelta a casa ?!" Y sin esperar una respuesta, Candy tomó por el brazo a la chica y comenzaron a caminar hacia la mansión.

- "Tomaré la llamada desde la oficina de Albert, Dorothy" le dijo Candy cuando la vió en la entrada de la casa, dando algunas órdenes sobre el mantenimiento doméstico a un joven que era parte del personal.

Durante los últimos años era en realidad la oficina de Candy, pero ella nunca dejó de llamarla, la oficina de Albert.

Era una hermosa oficina, con un acogedor mobiliario de madera de nogal marrón, grandes estantes para libros y papel tapiz Victoriano de color verde. Candy se sentó en el sillón cerca de la ventana y esperó. No pasó mucho tiempo para que sonara el teléfono fuertemente.

- "¿Hola? ...", Preguntó entre el asombro y la curiosidad acerca de quién podría estarla llamando.

- "¡¿Candy…?!"

"Ahh... no puedo creerlo..." suspiró...

- "¡¿No tuviste la paciencia para desearme Feliz Cumpleaños de manera más cercana después de todo?!"

Pausa.

- "No estoy llamando debido a esa razón, Candy"

- "¡Oh! ¡Y además de ello estás siendo grosero!"

- "¡Escúchame, tú, terca mujer!"

- "...Escuchando…"

- "Candy, Arthur lo sabe. Me amenazó con ir a los periódicos..."

Pausa.

- "... Supongo que sabíamos que eso pasaría en algún momento..." añadió él "¿Sigues ahí? ..."

- "Sí ... aquí estoy... Terry"

-".. ¿Qué estás pensando...?"

- "... Nada, no sé… ya no importa más. ¿Qué tanto es lo que Arthur sabe?"

- "... Hmm... lo único seguro es que él no sabe toda la verdad, y esto es lo que sospecho. ¡Que él lo distorsionará ante los tabloides!"

- "Hmm probablemente, sí…"

- "Candy, ¿Aún no has hablado con ellos?"

- "... No, aún no. En la tarde... planeaba hacerlo..."

Pausa.

- "Bien... Solamente recuerda, ¡Cualquier cosa que hicimos no fue inmoral Candy! ¡Lo hemos mantenido oculto con el fin de protegerlos a ellos!... Eso era lo que tú deseabas… ¡¿Lo recuerdas Pecosa?!"

- "Sí, lo recuerdo... lo recuerdo... Terry" le dijo con una tenue sonrisa.

"...Una tarde invernal en la segunda colina de Pony..."

- "No quiero alejarte por más tiempo de tus acompañantes, aunque debo confesar... ¡Estoy celoso de no estar allí hoy!"

Ella rió.

- "Te veré en unos pocos días Terry."

- "Sí..."

Candy volvió a colocar el auricular en el teléfono.

- "¡Bueno... éste es! ¡El día de las confesiones llegó Candy!" Se dijo a sí misma y respiró profundamente para obtener más valor.


Continuará