—Papá, necesito contarte algo sobre Emil—negó con la cabeza y, tomándole de la mano al checo, volvió a empezar—. Emil y yo necesitamos contarte algo. Hace mucho que nos conocemos y me avergüenza admitir que no siempre le he tratado como se merece. No puedo negarle, papá; sería como negarme a mí mismo, a todo lo que siento. ¿Lo entiendes? —preguntó con suavidad, retomando su discurso cuando su padre negó bruscamente con la cabeza—. Lo que trato de decir, y te pido por favor que no me interrumpas, es que él y yo estamos saliendo desde hace unos meses.
»Necesito que me entiendas. Yo jamás he buscado algo así y menos de parte de un hombre, pero cuando llega, bueno… No está de más recibir el amor con los brazos abiertos, ¿no? Además, fue tan insiste que prácticamente no me pude negar.
Su discurso no había sido en lo absoluto conciso, tal y como a él le gustaba que fueran, y había pecado de adornarlo con frases que realmente sólo aportaban —en teoría—, cierto sentimentalismo al conjunto en sí mismo. Si ya de por sí no decía suficiente que estuviese aferrado a la mano de su novio como si ese fuese el único nexo de unión con el mundo de los mortales, además se vio en la obligación de sincerarse como un libro abierto ante su progenitor.
No sólo ante él, en quien apenas confiaba, sino también ante su propia hermana y ante Emil. El pavor, canalizado en una impetuosa adrenalina, le provocaba un efecto similar al del alcohol y, embriago en ella, apenas podía discernir entre las palabras y el vívido recuerdo de todas aquellas noches en vigilia pensando en el checo. Tanto así que eludió la mueca de horror de su padre y continuó hablando incesantemente, con el pecho hinchado de un usual orgullo.
—Le amo —dijo, convencido de ello a pesar del inherente rechazo que sentía hacia esa expresión—. Te pido como hijo tu compresión o, como mínimo, tu tolerancia.
—Papá, no importa que sea un hombre —intervino Sala, aparentemente inquieta—. Emil es una persona maravillosa y de haber visto malas intenciones con Mickey, yo habría sido la primera en evitar cualquier tipo de acercamiento entre ellos.
A pesar de su actitud suplicante, similar a la de un niño tras romper el cristal de una ventana, la expresión de su padre no se vio alterada en ningún momento. Ceño fruncido, cabeza alta y mandíbula apretada, todo eso unido en una expresión tan amenazadora que parecía acrecentar la presencia del hombre que hasta hacía unos segundos se había presentado como un hombre claramente amable.
—Michele.
—¿Sí, padre?
El mundo entero dejó de girar. Cuando reanudó su movimiento, lo hizo de forma tan abrupta que Mickey no entendió qué había pasado durante el tiempo en el que había estado conteniendo la respiración. Sólo sabía que, cuando todo el aire contenido fue expulsado en forma de un sonoro jadeo de sus pulmones, Sala estaba abrazada a su espalda y Emil, quien ahora le apretaba aún más la mano que les mantenía unidos, había parado unos nudillos que pretendían hundir toda su frustración en su rostro de un solo golpe.
La mirada defraudada de su padre le amedrentaba sin necesidad de palabras. Algo escondido muy dentro de él comenzó a resquebrajarse con dolorosa lentitud, pero era muy consciente de que el efecto que aquello provocaba en él no era dolor. Las lágrimas contenidas no eran de dolor, mucho menos el nudo en la garganta que le dificultaba el habla. Era rabia en su estado más puro, junto a la desesperación y la impotencia de no saber qué hacer.
—¿Por qué? —fue todo cuanto pudo preguntar para expresar su acuciante desconcierto. Su padre le miraba asqueado y, por primera vez, no pudo reconocer en su mirada los ojos benevolentes del padre que le había criado durante 22 maravillosos años. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano, evitando el inminente llanto.
—¿Por qué? —repitió Francesco, inclinado levemente hacia delante—. Porque eres un ingrato, Michele. Después de todo lo que he hecho por ti, por vosotros —puntualizó, apuntando con el índice a su hija—, a diferencia de la zorra de vuestra madre, me lo pagáis así. Trayéndome a mi propia casa la prueba de que he fallado como padre.
—Yo jamás he insinuado que hayas fallado como padre —replicó en voz baja—. Así soy feliz, eso debería ser suficiente.
—Feliz… Qué sabrás tú de ser feliz —murmuró, aprensivo—. Claro que no, Michele. Un hombre no puede encontrar la felicidad en otro hombre, es tan simple como cierto. Sin embargo, parloteas como si tuviesen una remota idea de lo que es el amor. ¡No seas ingenuo, niño idiota!
Su padre le cogió de los hombros y, de un único tirón, le soltó de las manos que se protegían de la incertidumbre. Su hermana ya no le estaba abrazando y la presencia de Emil parecía haberse esfumado, dejándole totalmente expuesto a las crueles palabras de un padre que ya no era más que un desconocido resentido.
Se sintió solo y acorralado, expoliado de toda entereza.
—Siempre has sido tan inteligente, Michele, no comprendo cómo ahora te has dejado engañar por el pecado de una forma tan absurda. ¡Qué deshonra! Ese falso amor te matará por dentro y sólo cuando vuelvas a mí, destrozado y arrepentido, volverás a ser mi hijo; entonces comprenderás que todo cuanto he dicho ha sido por tu bien. Hasta ese día no quiero volver a saber nada de ti.
Más que dolido, se llegó a sentir incluso aliviado de oír aquella sentencia, porque ya no tenía que seguir temiéndole a que llegase el impacto tras la caída; él ya había tocado fondo. Su padre le había rechazado abiertamente, había cumplido su más temido destino, pero la rabia contenida mitigaba tan bien el dolor que apenas lo sentía.
—Te equivocas —intervino Emil.
Los cálidos brazos de su novio volvieron a envolverle, protegiéndole del frío de la soledad. Entre ellos las palabras resultaban menos hirientes y, sobre todo, absurdamente equivocadas, como si estuviesen sacadas de una disputa entre dos niños.
Inspiró disimuladamente el aroma de su cuerpo, perdiéndose en el elixir del amor, y dejó que fuera Emil quien hablase y dijera todo aquello que sus palabras se negaban a expresar.
—Estás en tu pleno de derecho de elegir si aceptar o no nuestra relación, pero te equivocas al hacerlo bajo la excusa de ver por su bien. Si de verdad te preocupase tu hijo le apoyarías en vez de juzgarle ciegamente. Hombre o mujer, ¿a quién le importa? Él es feliz y tú te afanas en destruir esa felicidad, eso es lo que sí importa.
No pudo estar más de acuerdo con Emil. Se dejó estrechar entre sus brazos, cuestionándose en silencio cómo un ser tan aniñado podía mantenerse firme aun cuando todo a su alrededor se desmoronaba lentamente.
Ya no era el niño obediente que siempre había sido, siguiendo las órdenes de su padre sin cuestionarse qué era lo que él quería hacer. Y quizás la etapa de rebeldía, propia de la adolescencia, le había llegado a una edad demasiado tardía, pero romper con todo lo establecido era su única opción.
—Oh, ¡claro, Emil! ¿O debería llamarte yerno? —preguntó su padre, con una marcada nota irónica y despectiva—. Apuesto a que tú, que tan bien conoces a mi hijo, sabrás qué es lo mejor para él.
—¿Sabes qué? Me encantaría demostrarte lo mucho que conozco a Mickey y lo feliz que va a ser a mi lado, pero me temo que es imposible. Tú mismo lo has dicho, no sabrás nada de él hasta que vuelva arrepentido y ese día, Francesco, no llegará.
Con eso recordó que Emil seguía siendo un crío y, como todos los niños, tenía una faceta peleona. Más o menos apreciable, era inherente a su persistencia y la estaba sacando a relucir con ágiles argumentos que parecían salidos de unos labios que no eran los suyos.
Le dedicó una breve mirada de agradecimiento, dejándole ver el rastro de lágrimas que se apreciaba en su rostro y los vestigios que el llanto había dejado en él. Ojos enrojecidos por la pena que contrastaban con una lánguida sonrisa, siendo esta última la más significativa para ambos enamorados.
—Vendré mañana a recoger mis cosas —anunció, tratando de ocultar sus emociones bajo una máscara de indiferencia—. Gracias por la comida.
No le pasó desapercibida la mirada preocupada de su hermana, a la que sólo pudo abrazar como tantas otras veces había hecho. Tantas, que ya hasta era un ritual, como si la unión de ambos cuerpos en un efímero abrazo les dotase de un eterno sosiego. Con ese vínculo habían compartido innumerables victorias y ahora, entre llantos mudos, celebraban la amarga victoria del amor.
Le besó las mejillas con ternura mientras estrechaba delicadamente sus manos.
—No le guardes rencor. Quédate aquí y sigue sonriendo, princesa. Yo estoy en buenas manos —le susurró tras depositarle un último beso, esta vez en la frente.
No estaba dispuesto a arrastrar a su querida hermana, a la única familia que le quedaba, en su misma travesía del rechazo. Debía quedarse ahí, junto a su padre, aun cuando eso significase vivir por primera vez en casas distintas.
Miró a su padre por última vez antes de darse la vuelta y comenzó una lenta marcha hacia la puerta de salida. Detrás de él dejaba toda una infancia de alegrías y tristezas, pero siempre llena de amor. Dejaba atrás a un padre, que pese a haber sido abandonado a su suerte por quien él consideró alguna vez la mujer de su vida, había sabido cómo ocupar la ausencia de una madre. Un buen padre, sí; pero con una lóbrega y ruin sombra.
Emil estaba delante de él, ataviado con un abrigo demasiado fino como para protegerle mínimamente del frío. Tenía todo el perfil de esos ingleses que viajan a países del mediterráneo en invierno y dan el cante allá donde van, paseándose en manga corta rodeados de transeúntes congelados.
Su grueso plumífero no pudo protegerle del frío, que caló en sus huesos y permaneció en ellos hasta que la calefacción del coche decidió arrancar.
Un fuerte sentimiento de añoranza luchaba por desvanecerse entre la falsa satisfacción de la libertad. No se atrevía a cuestionar si eso había sido lo correcto o si, por lo contrario, existía una opción, una combinación de palabras y gestos, que le hubiese permitido convencer a su padre de que, a pesar de ser gay, Michele Crispino era un buen hijo.
—¿A dónde vamos? —se aventuró a preguntar Emil, rompiendo el silencio en el que estaban sumidos desde que salieron de la casa. De eso hacía ya más de media hora, y ni la radio había osado hacerse oír.
Ignoró la pregunta, convencido de no haberla escuchado, y hundió un poco más el pie en el acelerador.
—¿Mickey?
Nadie hablaba. Sólo se escuchaba a sí mismo, a la culpabilidad, a la pena y, sobre todo, a la frustración de no haber sido capaz de cambiar el rumbo de la historia, de encontrar un final feliz para todos.
—¡Mickey!
Insistente, una voz ajena a la de sus pensamientos se negaba a callar. Reaccionó dando un frenazo, emergiendo al mundo real súbitamente. Estaba atontado, como si acabase de despertar de un profundo sueño. Los estímulos externos llegaban a él lentamente, de forma muy confusa, y lo primero de lo que se percató al volver en sí era de que la vocecilla que había estado ignorando era la de Emil, quien ahora se sobaba la cabeza con una expresión de dolor.
Llevó una de sus manos a la frente del checo, acariciándola a modo de disculpa.
—¿Te has hecho daño? —le preguntó, preocupado.
—Sólo ha sido un coscorrón, nada grave —trató de tranquilizarle, en vano, mientras disfrutaba de las caricias—. Estaba preocupado, eso es todo. Me preguntaba a dónde íbamos, pero no respondías.
—A mi antigua casa. Nos mudamos de ahí cuando mi madre se fue, así que pensé que sería un buen lugar quedarme hasta que encuentre un sitio mejor.
Por suerte para él apenas atesoraba recuerdos de ese lugar, a excepción de unos cuantos inconexos y borrosos. Al entrar sólo vio un sitio vacío y polvoriento, triste, que esperaba ansioso dar cobijo nuevamente a una familia de la cual sólo quedaba el recuerdo de lo que una vez fue.
En verano solían alquilarla a una pareja de franceses que pasaban ahí las vacaciones, así que no estaba en tan malas condiciones como había imaginado en un principio. La nevera estaba vacía, pero la electricidad y el agua caliente seguían funcionando, y eso era todo cuanto necesitaban para pasar la noche ahí.
Mientras Emil deambulaba por la casa, husmeando en todas las habitaciones como si acabase de descubrir la Atlántida, Mickey se ocupó de descargar el equipaje. No había demasiado, pero se extrañó encontrarse con dos maletas cuando sabía perfectamente que el checo solía viajar con lo justo y necesario y más de una vez se había visto obligado a dejarle un par de calcetines e incluso juraría que más de unos calzoncillos.
Eligió la habitación de invitados como su dormitorio de ahora en adelante y comenzó a cambiar las sábanas por unas mantas gruesas que Emil había encontrado en uno de los armarios. Al terminar se dio cuenta de que estaba más cansado de lo que él creía, así que se dejó caer en la cama boca abajo, abrazando a la almohada como solía hacer cuando era pequeño y tenía alguna rabieta por culpa de los niños idiotas que molestaban a su hermana.
No se movió de ahí y ni siquiera se molestó en desvestirse. Había sido un día agotador, en el que todas sus fuerzas se habían extinguido en una dura batalla de la que creía haber salido ganando, pero a cambio de sacrificar demasiadas cosas. Hundiendo su rostro en la almohada el sueño era un rival poderoso, y él ya no tenía fuerzas ni ganas para librar otra escaramuza más.
Emil tampoco duró mucho despierto y cayó con la misma facilidad con la que el italiano se había sumergido en el plano onírico, en el mundo de los sueños. Su energía duró lo suficiente como para desvestirse, ponerle su pijama a su novio y abrazarse a él para ayudarle —y ayudarse a sí mismo— a evadirse de la realidad durante esa noche.
Creyó haberse despertado al oír una musiquita retro que luego identificaría como su tono de llamada, pero no le prestó demasiada atención, ya que unas suaves caricias en su cabello le coaccionaron a seguir durmiendo.
—Emil está durmiendo, así que pensé que… ¿Eh? Sí, soy Michele.
Le pareció oír la voz de Mickey colándose en sus sueños, despertándole lentamente. Tal y como lo hacía el cántico mañanero de su padre que, al igual que un gallo, se ocupaba de hacer la función del despertador con su melódica voz.
—Yo también, señor. Es decir… John. No me lo agradezcas, lo digo en serio. Ha sido un placer hablar con usted… Contigo. Un placer hablar contigo, John.
Se estiró cuan larga era la cama mientras bostezaba parsimoniosamente, anunciando así que ya estaba parcialmente despierto, lo suficiente como para abrir los ojos, cerrándolos al poco tiempo después para rehuir de los haces de luz que se colaban por la cortina.
Lo último que hizo antes de dormir fue abrazar al italiano, y eso fue lo primero que hizo al despertar, dándose un tiempo para inhalar el olor de su piel. Desde el primer día que captó su olor sostuvo que debía oler a alguna comida italiana, posiblemente a un dulce y, a pesar de que llegó a afirmar que era panna cotta, esa mañana dudó encarecidamente de ello.
Mickey seguía recreándose en la satisfactoria tarea de arremolinar el cabello del checo entre sus dedos, y no se detuvo ni cuando éste comenzó a besarle perezosamente el cuello.
—Tu padre te ha llamado —anunció el mayor, con una clara inflexión de timidez en su voz—. Hemos hablado un rato, parece un tipo agradable.
—Lo es —afirmó, orgulloso—. Les conté lo nuestro a mis padres, siento no habértelo comentado antes.
—Olvídate de eso ahora.
—¿Qué?
Emil había esperado cualquier reacción menos la indiferencia; desde el enfado hasta la sorpresa, pasando por un ataque de nervios. Nada de eso llegó, sólo un semblante de indiferencia con ciertos matices de preocupación.
—Janik —se limitó a decir Michele, y eso fue más que suficiente para que Emil lo entendiera todo.
En efecto, ambos se habían olvidado por completo del menor de los Nekola.
Siento la tardanza, he tenido un par de semanas donde la inspiración se negaba a llegar. No sé cómo es posible haber escrito la mitad del capítulo en un sólo día habiendo estado 2 semanas casi sin avanzar. De todas formas estoy satisfecha con el resultado.
Pero, ¡aquí está! Sed sinceros, ¿cuántos os habíais olvidado también del pequeño Janik? e.e Me sorprendió mucho la aceptación que tuvo la pareja de Mario x Janik, así que aquí dejo caer una propuesta... El siguiente capítulo será especial para ellos dos~
¡Nos leemos la semana que viene! O la siguiente, depende de lo bien que se porte mi cabeza (?)
