Disclaimer: los personajes de Naruto no me pertenecen, son de Masashi Kishimoto.

Advertencias: AU, lenguaje soez.


Vidas radioactivas

Capítulo 4: La magia de Halloween


El calor había desaparecido por completo, dando paso a unos días mucho más oscuros y lluviosos que anunciaban la inminente llegada del mes de Noviembre.

Ino se encontraba en clase de Inglés cuando sintió una vibración repentina en su bolsillo. Había recibido un mensaje de texto en su ya descatalogado móvil, que marcaba como remitente a "Dei". La joven de cabellos rubios se extrañó, dado que no sabía más de su amigo desde aquel domingo hacía ya casi tres semanas. A pesar de encontrarse en segunda fila, confiaba en que la profesora siguiese distraída con sus explicaciones y no la viese, dado que los teléfonos en horario escolar estaban completamente prohibidos, y Tsunade no se andaba con chiquitas. No obstante, su curiosidad era demasiado grande como para pensárselo dos veces.

Con un rápido movimiento, sacó el móvil del pantalón y leyó el mensaje en apenas unos segundos. Sakura notó la jugada, así que cuando Ino se enderezó de nuevo en su silla preguntó a su amiga:

—¿Qué pasa? —dijo mirándola de reojo, fingiendo atender a las explicaciones de Tsunade—. No me lo digas: han vuelto los mensajes guarros.

Sakura esbozó una sonrisa, aunque su amiga sabía que se estaba conteniendo para no reír en voz alta. Ino hizo una mueca, y tras unos minutos de deliberado silencio en los que consiguió que la pelirrosada bajase la guardia, soltó:

—Qué va. Era Deidara —dijo lentamente—. Quiere que salgamos todos juntos en Halloween.

Sakura abrió los ojos como platos, aunque se las arregló para que su exclamación se quedase en un pequeño gruñido. Algunos de sus compañeros de clase las observaban; como siempre, pensando que eran dos bichos raros a los que era mejor no acercarse demasiado, pero pronto voltearon la mirada a su profesora.

Aquella clase era la última del jueves, y nada más sonar el timbre Sakura recogió rápidamente sus cosas instando a Ino a hacer lo mismo. Cuando estuvieron fuera del instituto y fuera del alcance de oídos indeseados, se despachó a gusto.

—¡¿Qué?! ¡¿Juntos?! ¿Eso incluye también al Uchiha? Dime que sí —imploró a su amiga, poniéndole ojitos.

Ino soltó una carcajada.

—Supongo —contestó a su amiga—. Ya sabes que Deidara habla como una cotorra, pero escribiendo es más parco que tu querido Itachi —rio por lo bajo.

—Ohdiosmío —soltó Sakura tan rápido que semejó una única palabra—. ¿Sabes lo que eso significa, verdad? Tenemos que ir de compras.

—Venga ya —dijo Ino poniendo los ojos en blanco—. ¡Pero si es Halloween! Se supone que tenemos que ir de todas formas menos arregladas.

—Ino —dijo seriamente Sakura—. Estamos hablando de Itachi Uchiha. ¿Qué quieres, que lo conquiste con cuatro harapos mientras camino como un zombi y le ofrezco mis tripas?

Las dos amigas no pararon de reírse ni cuando llegaron a sus respectivas casas.


Itachi entró en el viejo coche de Deidara apenas unos segundos después de haber salido. Sasori iba en el asiento trasero y observó la escena con curiosidad. Muy poca gente conocía a Itachi Uchiha como Deidara y él; de lo contrario no tendría tanto éxito en su vida social.

—¿Estamos? —preguntó Deidara a su copiloto.

El silencio del Uchiha bastó para que arrancara de nuevo el destartalado Opel Corsa, poniendo rumbo a Konoha. El rubio encendió la radio y sintonizó un extraño programa de radio que seguía con devoción. Los interlocutores discutían esta vez sobre los recursos expresivos y metáforas de una novela que Sasori no llegaba a identificar. Llevaban diez minutos de camino y dos semáforos pasados en ámbar cuando Itachi apagó el aparato.

—¡Eeeeh! —gritó Deidara—. ¡Estaba escuchando!

Itachi miró por la ventana mientras su amigo seguía recriminándolo. Sasori rio por lo bajo mientras encendía un cigarrillo y observaba divertido la escena. Esta vez se puso de parte del Uchiha.

—Venga, Dei —le dijo el pelirrojo—. Sería un problema que nos quedásemos dormidos mientras tú te pasas todos los semáforos en rojo.

Itachi rio por lo bajo, mientras el pelirrojo se descojonaba sin resguardo alguno. Deidara frunció el ceño mientras observaba a su amigo por el espejo interior del coche.

—Si tan poco os gusta, pillad el bus —dijo altivo.

Sasori acabó de fumar y apagó la colilla en un pequeño cenicero que Deidara había comprado exclusivamente para el coche, y para él. Miró de reojo a Itachi mientras mostraba una torcida sonrisa, pensando en lo cabronazo que era su amigo. Unos minutos antes de divisar el cartel que daba la bienvenida a su pueblo natal, Sasori voltó sus recuerdos a Ino Yamanaka. Era sábado, y Halloween era una ocasión tan buena como otra cualquiera para emborracharse y dejarse llevar, dos cosas que Sasori ansiaba hacer.

Deidara no era el único que estaba en sequía amorosa. El pelirrojo llevaba desde el verano sin acostarse con una chica, a pesar de que los besos que se daba con Konan cuando salía en la ciudad de la Arena siempre prometían llegar a algo más.

Itachi fue el primero en apearse del coche cuando Deidara lo dejó en la puerta de su casa. Cerró la puerta tras despedirse lacónicamente de sus compañeros, a lo que Sasori aprovechó para colocarse en el asiento contiguo al del conductor. Itachi vivía a las afueras de Konoha, en una urbanización de lujo cuyas viviendas apenas tenían más de cinco años. Los otros dos amigos vivían cada uno en una dirección distinta, aunque ninguno a más de cuatro kilómetros del centro del pueblo.

Cuando Sasori llegó a casa, su padre salió a saludarlo. Llevaba dos semanas sin verlo, y resultó ser un encuentro bastante reconfortante. Jim también salió a su encuentro, frotándose en sus piernas mientras maullaba roncamente.

—¿Qué tal los estudios, hijo? —preguntó su padre mientras ajustaba sus gafas—. Deben darte mucha caña en la universidad para no haber vuelto por Konoha en quince días.

A pesar de que disimuló la frase con una media sonrisa, Sasori se dio cuenta de que su padre trataba de ocultar sus verdaderos sentimientos. El joven se sacó los zapatos y se puso un calzado de andar por casa. Cogió el gato y se dirigió al salón mientras contestaba a su padre.

—En realidad donde me dan caña es en el trabajo —dijo, acariciando las orejas del felino—. Quizás debería buscarme otra cosa.

—Quizás deberías dejar de trabajar —contestó severo su padre—. Sabes que puedo arreglármelas solo, y más desde que me han aumentado el sueldo.

—¿Te ha subido el sueldo Cleopatra? Vaya, eso sí que es nuevo.

El jefe del padre de Sasori estaba al mando de una empresa que construía motores eléctricos de todo tipo. Sasori le llamaba Cleopatra desde que lo vio con aquel pelo azabache cortado tan recto que casi no logra aguantar la risa .

—Hijo, te lo digo en serio —dijo serio su padre—. Tú concéntrate en estudiar.

Sasori contestó a su padre la verdad: que tenía tiempo para todo, y que ya se las arreglaría. El señor Akasuna abandonó la estancia con gesto apesadumbrado, pero Sasori pronto lo oyó silbando una melodía mientras preparaba un guiso. Una de las cosas que el joven echaba más en falta era la comida de su padre, a pesar de que él se las arreglaba bastante bien.

Después de unos minutos cambiando la tele de canal en canal sin encontrar nada de su agrado, el pelirrojo agarró su tabaco y salió al pequeño jardín, disfrutando de lo que se convertiría, sorprendentemente, en el penúltimo cigarrillo del día.


Gracias a Internet, Ino y Sakura estaban impecables. No en vano se habían tirado un par de horas copiando atuendos al milímetro, y las probabilidades de que aquella noche triunfaran eran muy altas. Bueno, al menos de que triunfara Sakura.

Ino llevaba varias capas de ropa hecha jirones y un maquillaje tan grotesco que era casi imposible reconocerla. Sakura en cambio se había sentido demasiado presionada por lo "bueno que estaba el Uchiha, maldición" como para vestir igual a su amiga. No en vano había optado por encarnar a la Santa Muerte mexicana en una versión muy femenina que casaba a la perfección con su personalidad.

Ya casi eran las diez cuando emprendieron su caminata hasta La Ciénaga. Allí habían quedado con Deidara y quienes lo acompañaran, dado que el rubio apenas había concretado nada a Ino. Sakura se veía obligada a detenerse cada diez pasos para bajarse el cortísimo vestido, que se le subía al andar. Ino agradeció el no haber caído en la trampa, y se dijo que si Sasori quisiera algo con ella lo tendría, incluso con tripas de por medio.

Itachi las oyó llegar apenas abrieron la puerta.

Yamanaka y Haruno eran igual de escandalosas que su amigo Deidara, por lo que era muy difícil que pasaran desapercibidas. Las vio acercarse con una sonrisa a su amigo, y éste saltó a abrazar a la joven de cabellos rubios. El Uchiha vio que Sasori se acercaba a él para dejar sitio a las chicas en el sofá circular, aunque el moreno ni se inmutó.

—Rubia, se podría decir que hoy estás más descerebrada que nunca —soltó Deidara.

Todos se rieron a un volumen demasiado alto para Itachi. ¿Para qué habrían quedado con ellas? ¡Incluso en Konoha podían juntarse con chicas más interesantes! "Maldito seas, Deidara", pensó pasar sí. En fin, tan solo debía aguantarlas un poco más; después ya se divertiría él por su parte.

Kiba Inuzuka llegó a la mesa con el cejo fruncido. Tomó la nota de las bebidas de las jóvenes y volvió poco después con dos cervezas. A ninguno de los prsentes le pasó inadvertido el roce que el camarero hizo a la pierna de Yamanaka, e incluso antes de que el chico se alejara por completo Deidara ya estaba burlándose.

—"Hola, soy Kiba. Tengo complejo de pulpo" —dijo exagerando todas las eses.

—Cállate, pizzero —le respondó su amiga.

Deidara era tan original que se había disfrazazo con la ropa del trabajo. El joven trabajaba los jueves, viernes y domingos por la noche repartiendo a domicilio las pizzas de una cadena local en la Arena. Aunque en total no hacía más de diez horas, el sueldo lograba pagarle las facturas y parte de sus gastos. Sasori parecía ir de punk setentero con aquella ropa rajada, collares de pincho y cresta imposible. Itachi era el único que se había molestado en procurarse un disfraz para la ocasión, y ahora se sentía un poco avergonzado viendo el escaso esmero de sus compañeros. Odiaba cuando él se lo tomaba en serio y a sus amigos les daba igual.

El bar se encontraba abarrotado por gente con disfraces de todo tipo. Muchos se encontraban en el centro de la pista, bailando al ritmo de las canciones de rock que se sucedían por los potentes altavoces del local. Aquella noche parecía despertar las mejores vibraciones de la gente, pues todo eran risas y conversaciones animadas. Dos chicas se acercaron a saludar a Ino y a Sakura, aunque gracias a la cháchara de Deidara su estancia en la mesa duró más de lo que hubiera sido lo normal.

Ellos llevaban ya otra ronda cuando Itachi se hartó. Apuró el chupito de ginebra que aún estaba por la mitad y salió afuera sin mediar palabra.


—¿Qué le pasa? —preguntó Ino, notando que la cerveza ya le calentaba las mejillas.

—Ino, Ino, Ino —dijo Deidara con voz aburrida—. ¿Acaso no te das cuenta? Él tiene sangre azul, y tú y yo somos meros mortales; no entendemos los asuntos de su Alteza.

Sakura casi se atraganta con su cerveza, mientras el joven pelirrojo se deshacía en sonoras carcajadas echando la cabeza hacia atrás. Aquella noche estaba resultando interesante y muy divertida, por encima de todo. Incluso Sasori le había hecho alguna que otra pregunta, pero Deidara acaparaba casi toda la atención del grupo. "Es un payaso con todas las letras", pensó para sí la joven Yamanaka, pero era gracias a él que se estaba divirtiendo como nunca.

El rubio bebió de penalti lo que quedaba de una bebida que Ino no logró identificar. Hizo una señal a su amigo y les dijo a las chicas que se iban a fuera a fumar. Ino puso expresión de incredulidad, pues hasta donde ella sabía el único del grupo que fumaba era Sasori. Pero como no quería separarse de ellos, les dijo que se reunirían con ellos en cuanto fuesen al baño.

—Por dentro —le dijo Deidara a la joven mientras esquivaba uno de sus golpes.

Había una pequeña cola en el baño. Sakura empezó su típica cháchara por lo bajo, aunque se dio cuenta de que ninguna de aquellas chicas podían escuchar nada que les resultara interesante, a lo que rápidamente retomó su tono habitual.

—Maldito Uchiha —dijo bajándose de nuevo el corto vestido—. Yo sí me dejaba hincar el diente por él...

Su amiga se agarraba las mejillas, que también estaban rojas, mientras se balanceaba contra la pared del baño. Ino puso los ojos en blanco, como siempre hacía que salía el tema de Itachi Uchiha, mientras recordaba su ropa perfectamente planchada, su pelo perfectamente engominado y su pose de perfecto gilipollas. No entendía cómo Sakura podía caer en el juego de ese intento de donjuán, y no lograba encontrarle la más mínima gracia.

Después de esperar al menos un cuarto de hora y hacer sus respectivas necesidades, Ino y Sakura salieron a la fría noche para encontrarse con los tres jóvenes. Deidara fue el primero en hablar:

—¡Por fin! Ya se me estaban congelando las manos —afirmó mientras se las frotaba.

—Y a mí las pelotas —dijo Sasori, mirando a Ino con una sonrisa burlona en la cara.

Hubo un momento de silencio, demasiado largo para el gusto de la rubia. Sabía que era un comentario gracioso, pero el pelirrojo no tenía la gracia ni las intenciones de su amigo Dei. Sakura fue la primera en reírse y en devolver la situación a la normalidad cuando le respondió que se las calentara su amigo.

—¿Os venís? —preguntó el rubio—. Vamos a fumarnos un petardo al coche.

Y como dos ovejas, Ino y Sakura los acompañaron.


La primera calada le rascó muchísimo la garganta. Ino tosió; tosió y volvió a toser, y los ojos comenzaron a llenársele de lágrimas. El efecto fue casi instantáneo, y notó cómo se le empezaba a dormir la lengua y a relajar los músculos.

—Joder, Itachi, menudo material —decía Sasori mientras pasaba el porro a Deidara.

Ino se rio por lo bajo cuando se topó con la mirada de su amiga. Sakura se había rascado la cara fastidiando parte del maquillaje, aunque a aquellas alturas ya poco le importaba.

—Sakura, se te ve el negro —soltó la rubia, tras ver la altura a la que llevaba el vestido.

Itachi se rio tan alto que por un momento se asustaron todos los ocupantes del pequeño coche de Deidara. Era tan raro verlo reír que resultaba extraño presenciar aquel momento sin pagar entrada. Sakura se acomodó en el asiento trasero al lado del Uchiha, agarrándolo del brazo y contestando que "el negro era de Itachi".

Ino perdió la noción del tiempo. Habría jurado que por lo menos llevaban allí media hora, pero cuando consultó de nuevo el reloj del coche las agujas solo se habían movido cinco minutos hacia adelante. Sintió cómo Deidara se dirigía a ella, depositándole el pitillo en la mano. Ino le dio otra pequeña calada y se detuvo, consciente a duras penas de que si fumaba más la noche acabaría peor que el día de la vomitona.

La joven se echó hacia atrás, apoyándose en el reposacabezas. Escuchaba vagamente la conversación de sus amigos, riéndose sola a cada intervención.

—... estábamos en clase de Tsunade cuando... —decía Sakura.

—¿Tenéis clase con la Melones? —gritaba Deidara.

—... le enviaste un mensaje a Ino y yo dije: "qué bueno está el Uchiha, maldita sea"... —continuó su amiga.

—¿Has oído, Itachi? —Sasori se rio a un volumen que a Ino le resultó atronador.

—... y yo pensando, "no me disfrazo de zombie ni de coña"...

—Me cago en la leche... ¡Aquel pájaro me está hablando! —gritó la rubia.

Los cuatro se volvieron para mirar a Ino. Ella estaba demasiado perpleja con su visión como para notarlo, pero sus amigos se reían estrepitosamente. Había visto un búho parloteando, casi podía jurarlo, pero la risa la traicionó y perdió cualquier oportunidad de ser seria con el asunto. La joven se sentía bastante mareada, aunque habría jurado que controlaba la situación. De nuevo el reloj solo había avanzado dos o tres números cuando Deidara arrancó el coche.

—Tengo tanta hambre que sería capaz de asarme una de vuestras piernas —dijo enderezándose al volante—. Aunque después olieseis a puerco quemado.

Las risas volvieron a la boca de todos mientras Dei avanzaba lentamente con el coche. Confiaba en que su buen amigo no se estrellara con la primera columna, aunque no iban lejos. En el mismo centro de Konoha, en el cruce de bares donde solía haber marcha nocturna, había un pequeño puesto ambulante de la comida más grasienta que Ino había visto nunca. No obstante, tenía un hambre voraz, y aquella comidan semejaba en aquel momento hambrosía de los mismísimos dioses.

Deidara aparcó el coche subiéndolo un poco en la acera; se bajó y antes de cerrar la puerta tomó nota mental de lo que querían sus amigos. Hasta Itachi se decidió por una hamburguesa doble con extra de queso, cosa que sorprendió bastante a las dos jóvenes.

—¿Acaso hoy no desea un crujiente de foie gras con esferificación de vinagre del Himalaya, Alteza?

Por la rapidez con la que Dei soltó aquella parafernalia, Ino habría jurado que era una frase que el rubio repetía con asiduidad. La joven pensó que iba a rebentar de tanto reír, cuando se dio cuenta de que su amiga Sakura se encontraba encima del Uchiha, besándolo. "No me lo puedo creer", pensó para sí. Si antes de liarse ya la rallaba con su cháchara sobre el moreno, ahora no podía imaginarse la tortura que le esperaba. En fin, con algo de suerte no recordaría nada.

Notó que una mano se aferraba en torno a su brazo con fuerza. Sasori la miraba con expresión lujuriosa, y estaba a punto de poner un pie para pasar al asiento trasero cuando llegó Deidara con una bolsa a rebosar de calorías. Los otros dos tortolitos se separaron cuando sintieron la puerta abrirse, y se echaron a reír al notar las miradas puestas sobre ellos. A Ino le pareció que su amiga estaba muy bonita con aquel atuendo (o lo que quedaba de él) y con aquel ligero sonrojo en las mejillas.

Sasori cogió la bolsa de la comida mientras Deidara ponía a andar el coche de nuevo. Los tres ocupantes del asiento trasero parecían verdaderos zombies intentando alcanzar su comida con los brazos extendidos, pero el pelirrojo tenía la bolsa a buen recaudo. Comenzó a distribuir las hamburguesas y patatas cuando su amigo rubio detuvo el coche en una explanada totalmente desierta. Hizo una especie de gesto cortés con la cabeza cuando le entregó la comida a Itachi, que ya comenzaba a mostrar su habitual expresión hosca.

Tras devorar la comida y reírse durante más tiempo del que ellos mismos eran conscientes, se fueron a casa con una sonrisa en la cara. Mucho tiempo después, los cinco jóvenes seguirían recordando con cariño aquella noche de Halloween de 2013, porque fue entonces cuando sus destinos se juntaron para siempre.


Siento si en algún momento hay un poco de Ooc, especialmente en Sasori. Ese diablo de pelo rojo también me desconcierta a mí en este Universo Alterno.