Magi y sus personajes le pertenecen a Ohtaka Shinobu.


4.

—... ¿estás celosa, vieja bruja?

—¡N-no estoy celosa!

—¡Estás celosa! —Canturreó Judar, perversamente feliz.

—¡No estoy celosa! —Chilló Kougyoku, encarándolo, antes de sentir que los colores se le subían al rostro.

—Lo estás.

—¡Ugh, que no!

—¡Sí lo estás!

—¡No, no lo estoy! ¡Ahora déjame sola! —Ordenó, volviendo a cubrir su rostro.

Pero Judar era... bueno, Judar, y Kougyoku sabía que no la obedecería. En su lugar, el magi flotó sobre ella, canturreando que estaba celosa y riendo y burlándose en el acto, como si no importara que los anteriores días la hubiese ignorado. Como si, al propósito, hubiera hecho que ella lo viera hablar con sus demás hermanos sólo para molestarla.

Pero eso no se iba a quedar así. Oh no, claro que no.

El round dos iba a finalizar inmediatamente y ella iba a ser la ganadora.

—¡Estás celosa, celosa~!

—Judar-chan, tu ego es tan grande como la distancia de aquí al cielo —habló la Octava Princesa, viéndole con una sonrisa poco creíble y, además, aterradora.

Judar se calló, confundido.

—¿Eh? ¿Ahora sí quieres jugar, vieja...?

—Tu voz es tan chillona y desagradable como el graznido de un cuervo —el magi pareció tratar en procesar aquel insulto. Kougyoku aprovechó su silencio para continuar—. Tu trenza es tan ridícula como la barba de Kouen nii-sama. Y eres como un caracol; ¡lento, desagradable y baboso!

Ni bien terminó con su tanda de insultos, Kougyoku se levantó, tirando la corona de flores, y di media vuelta, comenzando a caminar y después a trotar, dejando que las lágrimas nublaran su vista y su corazón acelerado golpeara contra su pecho.

Sólo por las dudas, tomó entre sus manos su pasador, no dudando en llamar a Vinea si la situación lo requería.

Y oh, vaya que lo requeriría.

Judar, una vez terminó de carburar los insultos, miró a la escurridiza princesa con confusión, sin percatarse que corría hacia ella con toda la rapidez que podía usar y que ella, a su vez, ya estaba corriendo también. Corría, huía de él.

Qué rayos, esta vez Kougyoku estaba más rara de lo normal. ¡Y le había insultado su magnífica trenza! ¡Eso no iba a quedarse así!

—¡Oe, vieja bruja ven aquí! ¡Detente! ¡¿Me estás escuchando, vieja bruja?! ¡Kougyoku!

—¡No!

—¡¿No qué?! ¡Kougyoku, si no te detienes ahora mismo, te enterraré un pedazo de hielo en tu pierna! ¡Vieja bruja, hazme caso! —Jadeó Judar, comenzando a detenerse. Mierda, que él no era tan rápido como Kougyoku, por mucho que detestara admitirlo, y si gritaba sólo gastaría sus energías en vano—. ¡Te voy a destrozar, vieja bruja! ¡Detente ahora mismo!

—¡Lento! ¡Baboso! ¡Caracol! —Le insultó ella, girando sobre sí misma para sacarle la lengua.

Oh, desgraciada princesa... Judar jamás se había sentido en la terrible necesidad de perseguir a esa escurridiza princesa ni seguir con sus absurdos juegos —porque siempre era al revés—, pero Kougyoku estaba provocándolo. ¡Y él no iba a dejarla ganar tan fácilmente! No señor, ¡él nunca perdía y menos contra la Ren!

—Oh, espíritu de la desolación...

—¡Thalg Al...!

—¡Vinea!

Judar jamás se imaginó que Kougyoku, la tímida princesa, la niña que se consideraba su amiga y siempre estaba detrás de él arrastrándolo de un lado a otro cuando bajaba la guardia, la única persona que lo trataba diferente, con ternura, con bondad e infantil inocencia, fuera a atacarlo como si fuese un enemigo, ¡y con una ola que desbarató sus hielos y lo arrastró a él lejos de su vista!

El magi tosió, empapado y destilando agua, viendo el cabello de la chica perdiéndose de vista con una rapidez envidiable. Y aunque quiso ir a buscarla y ahorcarla por su osadía —de hecho no, estaba tan sorprendido que, si no hubiera sido atacado, se habría reído orgullosamente por ello, ya que Kougyoku ya no era la llorona de siempre—, era obvio que no daría con ella en su habitación y no tenía ganas de buscarla estando empapado. Y lo peor de todo era que, en cuanto se fuese a cambiar de ropa, Judar perdería la oportunidad de dar con Kougyoku.

Mierda, que había perdido contra la Ren, no sólo en intentar alcanzarla, sino en su juego. Aunque tampoco es que importara haberlo hecho en ese momento, ya que Kougyoku ni siquiera había querido jugar y quizá sólo se había aprovechado de ese momento para insultarlo.

Y eso era muy raro. Tanto que Judar se rió, confundido y orgulloso de aquella chiquilla que por fin hacía algo nuevo e interesante, además de ser el blanco de sus constantes travesuras.

Kouha le palmeó la espalda, alzando su pulgar con una sonrisa... extraña.

—¿Qué quieres? —Le preguntó Judar, cruzándose de brazos.

—Eso fue ingenioso. La conejita se defendió del lobo, me gusta, me gusta.

—... ¿la conejita?

—Eh, yo también puedo hacer analogías —Kouha se encogió de hombros, restándole importancia—. Lo que sea, ¿qué sucedió ahora?

—Le dio un algo.

—Quizá está molesta porque la ignoraste.

—Nah, seguro anda en esos días.

Kouha se rió, sorprendido de que Judar supiera de ese tema. No es que el magi fuera un idiota —bueno, sí, lo era—, pero tampoco es como si Kouha pudiera verlo como un hombre que supiera de temas femeninos. El Ren había descubierto dicho tema por accidente. ¿Judar lo habría descubierto de boca de alguna cortesana

—Sí, seguramente —fue lo que dijo, no deseando pensar más en el asunto.

Era incómodo porque se trataba de su hermanastra.


Ka Kobun no dejó de regañar a Kougyoku al encontrarla durmiendo en el baño de su habitación, sermoneándola sobre ser una princesa y demás frases que la chica ignoró, recostándose en su cama para descansar un momento de su terrible noche y tratar de darle un poco de misericordia a su adolorida espalda. Dio un gran suspiro, casi sollozando del alivio, haciéndose ovillo en su cómoda cama ni bien sintió su suave superficie, y tan pronto como cerró sus ojos, la princesa cayó rendida y profundamente dormida.

Cuando Ka Kobun se dio cuenta de que su princesa ya no lo escuchaba ya que se encontraba dormida, sólo respingó en lugar de despertarla y continuar con su sermón, cubriéndola con sus sabanas con cuidado de no asustarla. Después se retiró de su habitación, decidiendo que Kougyoku necesitaba descansar adecuadamente por cualquiera que fuese la razón que la había orillado a dormir en el baño, para que recuperara fuerzas y dejara de caminar como anciana, chillando por su adolorida espalda y sus acalambrados músculos. Aún así, no pudo evitar maldecir a Judar; ese imbécil siempre estaba distrayendo a Kougyoku de sus deberes y causando líos innecesarios. Pero al mismo tiempo borraba la sombra de tristeza en Kougyoku... y la reemplazaba por furia y vergüenza.

Ka Kobun suspiró, irritado, mirando de reojo a su costado.

—¿A dónde crees que vas? —Preguntó el hombre, antes de que la figura de Judar, flotando discretamente hacia la habitación de Kougyoku, se hiciera notoriamente visible.

—A donde se me dé la gana —contestó el magi, pasando sus brazos por detrás de su nuca.

Tal vez el magi se había confiado al creer que Ka Kobun no notaría su presencia, pero ese sujeto tenía un sexto sentido cuando se trataba de su princesa que lo perturbaba, ciertamente. Aún así, como magi, no había forma de que le prohibieran hacer algo. Aún si lo hicieran él no obedecería.

—Está durmiendo. No la molestes.

—Meh.

—¡Nada de «meh»! ¡Te lo adviert...Judar! —Chilló Ka Kobun, al ver al magi flotando hacia la habitación de Kougyoku.

Y, como el guardián de la chica desde que ésta era una niña marginada, Ka Kobun corrió tras el magi y jaló su trenza, planeando retenerlo de esa manera y si era posible y no era atravesado por la magia de Judar, arrastrarlo lejos de Kougyoku.

Pero Judar, como era de esperarse, no tomó nada bien aquel acto, girando lo suficiente para no ser jalado, fulminando al entrometido sirviente con sus furiosos ojos.

—Suelta.

—No.

—¡Suelta mi trenza!

—¡No molestes a la princesa!

Ambos hombres no tardaron en manotearse y gruñirse —una buena analogía sería como gatos—; uno dirigiéndose a donde Kougyoku y el otro tratando de frenarlo. Tras minutos de ardua y extraña pelea física, Judar y Ka Kobun no tardaron en llegar a la puerta de la habitación de la princesa. O chocar con ella, más bien, produciendo un sonido seco.

Judar se quejó por el cabezazo, dejando su trenza para sobar la zona golpeada. Al darse cuenta que Ka Kobun ya no estaba peleando, y que su rostro había palidecido, el magi sonrió victorioso.

—Oh no...

Ka Kobun no pudo continuar hablando ni maldiciendo ni temiendo a despertar a su princesa, pues Judar lo pateó —una patada que apenas lo destanteó— y entró flotando a la habitación.

—¡Yo, viej...!

—¡Juda...!

Y una vez más, Ka Kobun tiró de la trenza de Judar, chitándole. El magi se retorció, siseando, reanudando la absurda pelea con el guardián de Kougyoku, manotéandolo e intentando quitarle su mano de su glorioso cabello. Eso, obviamente, lo hicieron en silencio, no queriendo despertar a la princesa con tan extraña escena.

—¡Suelta, suelta!

—¡Vete de aquí! —Susurró Ka Kobun, jalando la trenza de Judar, quien, para que no maltrataran su cabello, mantenía una distancia mínima entre ambos—. La princesa necesita dormir, Judar.

—¡Ow, ow...!

—¡Shush! ¡Vete ya!

Judar dirigió su pie al rostro de Ka Kobun, golpeando su nariz y tirando de su cabello —no sin antes sujetarlo con ambas manos— hasta que el hombre lo liberó, haciéndolo girar en círculos sobre la habitación de Kougyoku. Acto seguido, Ka Kobun cayó de sentón y Judar volvió a tener dominio de su cuerpo, dejando de flotar para tomar asiento en donde, calculó, debía ser la cama de la princesa.

Y falló, de eso se dio cuenta cuando vio el rostro repentinamente pálido de Ka Kobun, sintiendo curiosidad por ello, así como confusión de que la superficie no fuera tan blanda y uniforme como tenía que ser.

—¿Hmm...?

Judar parpadeó sorprendido al verse sobre el costado de Kougyoku —entendiendo mejor por qué se sentía incómodo con la superficie irregular—, quien, tras el repentino peso sobre ella, pujó y trató de moverse, apretando los labios y frunciendo su frente. Judar sonrió con maldad, dirigiendo su mirada al aterrado Ka Kobun antes de levitar lo suficiente para que la chica quedara boca arriba y así poder encimarse esta vez sobre su vientre, manteniendo una minúscula distancia con tal de no aplastarla ni sofocarla en su totalidad.

Y oh, la expresión del guardián era hilarante que Judar ya estaba planeando qué más hacer.

El magi iba a vengarse de su derrota ante Kougyoku con el segundo round de su juego, era un juramento —aunque ni él entendía como diablos había pasado de ser de un juego a un secuestro—, aun si ésta no fuera consciente de ello.

—¡J-Judar, no la aplastes! —Susurró Ka Kobun, sudando frío.

El magi ensanchó su perversa sonrisa, picando el seno de Kougyoku con cuidado de no alarmarla, para el horror de Ka Kobun. Kougyoku, tras esto, volvió a pujar, dando media vuelta en el instante justo en que Judar volvió a levitar, no tardando en empujarla suavemente con su rodilla para dejarla boca abajo. Luego volvió a encimarse a la altura de su espalda baja, pendiente de no despertarla y estropear su diversión.

Aunque despertar a Kougyoku era más tentador sólo porque a Judar le gustaba molestar a la chica más que a los demás y su situación actual vaya que la molestaría, la alteraría y la desquiciaría.


Ni yo sé cómo es que este fic comienza a tener más situaciones de las que consideré en un inicio, ¡pero me gusta! Con algo de suerte podrá llegar a 10 capítulos, ¡yay!

Gracias a Blue Kirito y a los lectores fantasmas por darle la oportunidad a este fic.

Y bueno, como notarán, no tengo horario de actualización, así que a veces andaré subiendo capítulos continuos y en otras ocasiones me tardaré más en actualizar. So, disfruten (?).