Bueno, Hola. Creo que aun sigo sin mejorar mucho en FF, en fin. Aprenderé, como todo en la vida ;) MUCHAS GRACIAS por leerme, en serio se lo agradezco significa mucho para mi, también GRACIAS a Carolina Sebastian (lo siento si esta mal, soy malisima con los nombres) por comentar. Si comentan no me enojo, claro siempre y cuando sean criticas constructivas para mejorar, ideas que tengan, preguntas o dudas, etc.

Actualizare seguido, si es que la uni me lo permite, pues la historia ya esta terminada.

Sin mas las dejo con el capitulo, ojala les guste.


-Jace, deja de caminar de un lado a otro, harás un surco en el suelo. – Se quejó Isabelle por la actitud de su hermano, que desde que regreso hace unos días por la noche, era diferente. - Qué ha pasado con Clary esta vez ¿Te dejo sin sexo mañanero?

-No fue eso, te lo aseguro. – la pelirroja entro a la biblioteca, ya acostumbrada a los comentarios de la pelinegra. – Yo también me pregunto porque esta así, desde el día que nos topamos con la chica rubia… - Clary reacciono, claro como no lo vio antes. – Jace, ¿no fuiste tras de ella, cierto? – a pesar de que Clary ya sabía la respuesta, quería oírla del propio Jace.

-Clary… olvídate de ella, concéntrate en crear la runa. – Isabelle rodo los ojos, llevaban días intentándolo y nada.

-¡JaceHerondale! ¡No puedo creer que fueras a espiarla! – exclamo su novia. Jace no dijo nada, solo la miro.

-Yo sí, no sé qué te sorprende. Es Jace. – soltó Isabelle desde donde estaba sentada. – Por lo que a mí respecta solo es cuestión de tiempo para volver a verla, la rubiecita sin lengua nos debe muchas explicaciones. – el rubio rodo los ojos, su hermana aún no había superado el desplante de la mundana. – Así, que me voy. Quede con Simon en Taki´s.

Y antes de que ninguno de los dos dijera nada salió de la biblioteca.

-Jace, ¿A qué fuiste? La chica ya debe tener bastante con el demonio que la ataco, la pobre aun ha de estar asimilando si no está loca.

-Clary…

-No… Jace, la próxima vez me avisas. – dijo la pelirroja para sorpresa del rubio.

-Por un momento creí que me prohibirías verla de nuevo. – sonrió el rubio acercándose a ella, juntando sus frentes.

-No eres un niño para prohibirte nada, además admítelo no me harías caso. – y con el beso sellaron esa pequeña riña.

-¿No me dejaras sin sexo por dos semanas? – rióJace.

-Lo hare si no me besas de nuevo. – amenazo su novia.

No tuvo que pensarlo dos veces.


-La vida verdaderamente apesta.

Las palabras de Erick resonaron en el local, esta vez Nina tuvo que estar de acuerdo con el chico, no es que estuviera emocionada por oír las patéticas rimas de Erick, pero prefería mil veces venir al Java Jones a estar sola, que soportar a Mila y su grupito de secuaces en el centro comercial. Lo malo aquí, es la posibilidad de toparse con ciertas personas vestidas de negro y con extraños tatuajes pintados en la piel.

-Es día de talentos aficionados, ¿alguien se apunta? – Nina se hundió más en el asiento debatiéndose entre sí participar o pasar desapercibida. Opto por lo segundo.

Tamborileaba los dedos en su taza de café, esta vez pidió un americano, odiaba el americano, pero esta vez pidió lo primero que se le vino a la mente. Le dio un trago. El sabor amargo inundo su boca y poco le falto para no escupirlo.

-Esto sabe horrible. – con un suspiro alejo el café de ella, deslizándolo por la mesa hacia enfrente.

-Este sabe mejor. – un grape fue puesto frente a mí. - No deberías comprar lo que no te gusta. – observo el castaño con una ceja enarcada.

-No es de tu incumbencia.

¿Por qué no me deja en paz? El autocontrol de Nina tiene un límite y Ned está a punto de acabar con él.

-Deberías alejarte, si te ven hablando conmigo probablemente armen una revuelta.

-No me importa, solo dime una cosa… ¿es cierto? – pregunto indeciso.

Sin saber que responder miro la crema batida del frappe, no quería admitirlo, sin embargo, le gustaría hablar con alguien sin temor a que le juzgasen. Ned podría ser ese chico.

-Nina, ya sé que no confías en mí. – Nina lo observo. Lo observo verdaderamente como nunca lo hizo. Cabello castaño, una bonita sonrisa a causa de dos años de ortodoncia, sin contar que era alto y lo suficientemente inteligente y tenaz para no rendirse. – Desde hace años que intento ser tu amigo y no soy el único, pero simplemente te cierras. No dejas que nadie entre, te dañas tu sola.

-No quiero ser lastimada, ya lo hicieron una vez Ned. – confeso la rubia bajando la mirada. – Tendré que cambiarme el nombre y mudarme de país si lo volvieran hacer.

-A veces eres tan… frustrante. – rio Ned. – y, lo admito me encanta que seas así.

-Estas… - Nina sonrió un poco, a punto de contestarle su celular timbro, interrumpiendo la conversación más o menos civilizada que tenía con su compañero de clase. – Discúlpame un minuto.

Se levantó de la mesa para contestar.

-Que suc…

-¡NINA! – el grito de su hermano la dejo helada. – alguien esta… qui-quiere… ven…

-¿Ian? – pregunto su hermana asustada comenzando a moverse entre la gente que transitaba indiferente ante su llamada. - ¡Ian! Ocúltate, ya voy para allá.

-Nina. Tengo miedo… - salió disparada en direcciona su casa, corriendo tan rápido como sus piernas lo permitían. – Son monstruos, como los que ves.

-Ian, escúchame. – ya casi llegaba, un poco más. – vamos a jugar a las escondidas, ocúltate y no salgas hasta que yo te encuentre, ¿sí? – la voz se le quebró en la última palabra.

-S-sí. – respondió su hermano entre lágrimas.

-Voy a colgar, ya casi llego. – corto la comunicación. – Por favor que este bien.

Lanzo esa última plegaria antes de entrar a su casa.

Todo estaba revuelto. Los platos rotos, sillones volteados, el piso arañado y habia ruidos en la planta superior. Con toda la valentía que pudo reunir trago el nudo de su garganta y ascendió el primer escalón. Ian probablemente estaba oculto en su diván, siempre que jugaban a las escondidas era su lugar de preferencia. Solo tenía que llegar a su habitación y sacarlo a salvo de ahí. Luego inventarse una buena excusa para explicar la llamada de alarma de su pequeño hermano y el destrozo de la casa, de pronto se le antojo más enfrentarse a los monstruos que menciono Ian.

Lamento no haber pasado a la cocina antes por algo filoso cuando una especie de cosa la ataco a su costado izquierdo. Sus mandíbulas estuvieron a nada de cerrarse en su hombro de no haber reaccionado rápido cuando le lanzo una patada. Su mochila salió volando, volcando el contenido en el suelo. Una pluma rodo hasta ella, por ahora tenía que bastar. Recordó cómo, al enterrarle esa daga al otro monstruo en la cabeza, este desapareció. Estaba a punto de comprobar si un bolígrafo tiene el mismo efecto. Rodo hacia un lado cuando el monstruo se abalanzo contra ella, era hora de poner a prueba sus clases de Krav maga.

No supo en que momento el bolígrafo estrello con el ojo de aquella criatura, pero lo agradeció enormemente. Aprovechando el aturdimiento de su oponente lo empujo contra la vitrina de trofeos, se hizo añicos y cientos de trozos de cristal terminaron el trabajo por ella. Corrió a la habitación de su hermano, justo cuando iba a llegar un hilillo negro se enrede alrededor de su tobillo tirándola al piso. Sus manos picaron cuando algunos trozos pequeños de vidrio se insertaron en su piel. El monstruo tenía refuerzos. Nina estaba sola e indefensa, sabía que no ganaría un combate cuerpo a cuerpo, no era tan fuerte, además la lucha anterior la dejo agotada. Lo que jamás permitiría, sería que llegara a su hermano, antes muerta que dejar que tocara a Ian.

-¿Qué quieres? – pregunto manteniendo una voz neutra, sin demostrar nada.

La cosa se arrastró hacia ella, con lentitud. Trato de zafarse, pero cada que lo intentaba una punzada de dolor le recorría la pierna.

-¿Dónde está? – pregunto alzándose. Podría pasar por un chico cualquiera. El pircing en su nariz lo confirmara, incluso el cabello verde, pero algo en su mirada decía claramente "aléjate". – Anda, mundana. ¿Dónde los escondiste? – la rubia aun en shock hizo el amago de levantarse, sin embargo el chico esbozando una sonrisa que no presagiaba nada bueno, tiro del hilillo enredado en su tobillo y ella gimió de dolor. Era como si miles de cuchillas la atravesaran, esta vez el cuerpo entero. – No preguntare otra vez, ¿Dónde está?

-Acabas de preguntarlo de nuevo. – siseo entre dientes. No se dejaría intimidar.

-¿Te crees muy lista? – se burló de ella.

-Tengo un IQ de ciento ochenta y me se todas las preguntas cuando juego al Trivio, por supuesto que sí. – más dolor, empezaba a dudar que provocarlo fuera bueno para ella. - ¿Qué buscas? – le pregunto chillando, apretó los dientes para no gritar.

-Estas cavando tu propia tumba. – hablo el chico, se notaba que no tenía mucha paciencia. – Quizás valgas más muerta, no creo que te extrañen…

Nina lo supo. Iba a morir, justo hoy. En su propio hogar. Por lo menos su hermano estaría a salvo, cerró los ojos. No era muy creyente, pero eso no le impidió pensar en una última plegaria.

-Vete al infierno. – articulo antes de que el dolor la atravesara de lleno.

Esta vez sí grito, mucho y muy fuerte. Era demasiado para procesar. Estaba muriendo. Repentinamente el dolor ceso, una especie de neblina y un cuerpo retorcerse fue lo que vio segundos después de pasar la ofuscación en su mente. Un chico alto, de negro con un cuchillo brillante en la mano estaba de espaldas a ella, por un momento creyó que sería el rubio arrogante de la otra noche, pero el cabello platinado y los ojos negros cuando se volvió hacia ella le confirmaron lo contrario. Era el. El mismo que vio la primera vez en el Central Park. Se alejó trastabillando aun en el suelo. Hasta que recordó que su hermano menor estaba oculto por ahí en su habitación.

-Ian. – ese nombre fue lo suficiente para ponerse de pie y tambalearse hasta la habitación de su hermano. - ¡Ian! – exclamo mientras abría el diván. Vacío. Fue al armario y movió toda la ropa, ni un signo de que habia estado oculto ahí.

Corrió como pudo a su habitación y revolvió todo de arriba abajo. Salió al jardín, grito su nombre hasta que su garganta quedo seca y nada. Se recargo contra la barra desayunador de la cocina, completamente exhausta. Cogió un tazón y el alcohol que guardaban en el anaquel, saco unas pequeñas pinzas que su mama siempre dejaba arriba en el refrigerador y comenzó a sacar las esquirlas de cristal que estaban incrustadas en sus palmas.

Su hermano no estaba. Se lo llevaron y no tenía idea de cómo recuperarlo. Lo haría, aunque no sabía cómo. Dolía sacar el cristal, pero le dolía mas no haber llegado a tiempo para rescatar a su hermano. ¿Qué le estarían haciendo? ¿Le harían daño? Solo es un niño. Lagrimas resbalaron por sus mejillas. No quería llorar, pero se sentía tan frustrada que no podía impedir que siguieran. Sintió que alguien la miraba por detrás, tampoco pudo resistir girarse. El chico de ojos negros la miro y por como lo hacía, era un verdadero desastre a la vista. Se volvió a girar, cogió un poco de algodón entre sus dedos y lo empapo. Con todo el valor que pudo reunir empezó a esparcirlo por las heridas abiertas, contuvo el grito que se quedó atorado en su garganta. Dolía, mucho.

-Gracias. – dijo sintiendo aun la mirada del chico en su espalda. No se dio la vuelta.

Ya no pudo sostener tanto tiempo las lágrimas que luchaban por Salir de sus ojos, las dejo ir. No solo lloraba por el dolor de sus magulladas manos, sino por su hermano. Se lo llevaron. Y no sabía dónde encontrarlo. No llego a tiempo. Fue su culpa, si no pudiera ver lo oculto… arrojo el tazón con fuerza a la pared o al piso, no veía con claridad las lágrimas nublaban su visión.

-Si ya terminaste tu rabieta, quisiera saber porque esos demonios estaban en tu casa. – esa voz petulante la saco de su ensoñación. No se fue, aun la miraba.