Capítulo 4. Romanov
Natasha tenía órdenes muy precisas: convencerla amablemente para cooperar y en caso contrario, proceder a una vulneración inmediata de todos sus derechos fundamentales por el bien de la Humanidad (Furia en ocasiones tenía una vena teatrera). En otras palabras, secuestro y coacción.
Cuando la señorita Scrivani abrió la puerta de su loft con el pelo aún húmedo de la ducha, tras atender al sonido del timbre, se encontró con un rostro sensual, casi epicúreo, que afirmaba pertenecer a una de las mayores multinacionales de nuevas tecnologías, Industrias Oscorp.
A la humilde profesora universitaria aquello ya le pareció un disparate, ¿tantas compañías e ingenieros interesados en contratarla? ¿Es que de repente no había más intelectuales sobre la faz de la Tierra? Ni que fuera una Mary Sue.
No obstante, la dejó pasar aun en la tesitura de ir estilosamente vestida de andar por casa, simplemente para ver qué le ofrecían en esta corporación. La oferta de Stark era jugosa, pero tampoco le iba a hacer ascos a una suma más suculenta. Y momentos como aquél, en que con bossa nova intentaba sobrellevar la corrección de las prácticas de sus alumnos, con más faltas de ortografías que si las hubiese redactado un lémur borracho, la impulsaban a ampliar horizontes profesionales.
Mira se acercó a la isla central de su cocina americana para servirle un capuchino a su invitada, y a ella misma también, ya de paso; pero Natasha rechazó educadamente el ofrecimiento.
La espía encubierta interpretó su papel a la perfección. Meliflua, le habló de una licitación de carácter reservado, que los gobiernos europeos y estadounidense habían sacado a concurso entre las más selectas organizaciones politécnicas, y que Oscorp había sido designada como adjudicataria final.
Dicho programa contemplaba una faraónica evaluación de hipótesis para repeler posibles colisiones de PHAs (o asteroides potencialmente peligrosos).
Por supuesto, si aceptaba el puesto, no podría referir nada de esto en su currículum. Ningún reconocimiento público recibiría de ello, puesto que se trataba de un asunto de alto secreto.
No niego que Mira no se sintiese atraída por ese programa, pero alegó hallarse saturada entre sus clases de la universidad, su faceta como columnista e investigadora y el «proyecto Estatura» junto con el doctor Pym (aunque esto último no lo mencionó, obviamente), de modo que declinó cortésmente sugiriendo que se lo expusiera a su compañero en la cátedra. A lo mejor tenía más suerte.
En realidad, llevaba semanas percibiendo una alteración gravitatoria severa, de movimiento uniformemente acelerado y dirección y dimensiones muy concretas. Sabía lo que era, pero sus convicciones fuertemente arraigadas sobre su neutralidad, y un hastío galopante, la llevaron a la inacción. Si tenía que ser así, así sería. Estoicismo en estado puro.
Además, prefería que el Armagedón se produjera por causas naturales que por la irresponsable conducta humana. En ese aspecto, simpatizaba con las motivaciones de Magneto: el hombre es un lobo para el hombre.
Y en ocasiones merece ser exterminado.
