Capítulo 3

Disclaimer: Ni la historia ni los personajes me pertenecen... por desgracia... u.u


Mis dedos golpeaban las escalas de las teclas del piano arriba y abajo, un habitual ejercicio en el que me ocupaba por razones terapéuticas, así como para afinar mi oficio. Dejé escapar un lento suspiro. Cuando me hube agotado, levanté mi mirada de las teclas marfil y negras.

Papi estaba de pie en silencio por la puerta. Golpeé el resto del ejercicio, demasiado enojada para reconocerlo.

Se acercó a mí, con un cigarro en una de sus manos, y la otra escondida en el bolsillo delantero de su pantalón.

—¿Fue esa presentación tu manera de decirme que no quieres a Edward aquí?

Se quedó de pie, disparando su mirada hacia mí. Aspirando un poco de humo, y lo mantuvo. —Él siempre ha sido inofensivo —sopló una pluma gris por un lado de sus labios.

Mis dedos jugaron con las teclas, creando una suave, ligera melodía. Le dije lo que quería oír. —Por supuesto, papi.

Escuchando las partituras en mi cabeza, sintiendo las oleadas de emoción acariciando ligeramente mi corazón, dejo que la melodía me lleve a otro lugar, un lugar de consuelo y privacidad, de alivio de la dominante atención enfocada en mí.La canción era romántica y dulce, a pesar de que el rostro de Edward flotaba a la deriva a través de mi mente.

—El hecho es que deberías haber dejado atrás tu disgusto por Edward hace mucho tiempo.

—Por supuesto.

—¿Trabajarás en eso? —papi dio un paso más cerca.

Asentí con la cabeza, mis dedos continuaron deslizándose a lo largo de las teclas, la melodía profundizándose con tonos inquietantes.

—Lo he contratado. Es perfecto para el trabajo.

¿Perfecto? Lo detestaba. ¿Y cómo es que era perfecto para el trabajo? Él era un estudiante interesado en el FBI. Si discutía con papá acerca de su decisión, pensaría que no era lo suficientemente madura para seguir adelante y manejar la situación.

Para calmar la tormenta dentro de mí, seguí tocando la melodía burlándose en mi cabeza. Papá observaba mis manos moverse sobre las teclas marfil, yo hablaba un idioma que nunca podría entender. Lo ignoré.

Finalmente, salió de la habitación y cerró la puerta detrás de él. Dispersé el amargo humo fuera de mi alcance y continué tocando.

La melodía tomó el control, fue creciendo e hinchándose dentro de mí. Escuché notas aun no tocadas tan bien como aquellas que simultáneamente venían desde la punta de mis dedos. En mi mente vi Edward, la forma en que me había mirado a través del cuarto cuando entró por primera vez. Sus ojos, del color del rico café, sonriendo y brillando al mismo tiempo.

Con dedos anhelantes, la canción alcanzó lo más profundo de mi alma. Pensé en cuando sus brazos se habían envuelto alrededor de mí. El recuerdo envió una agradable, aunque desconocida agitación a través de mí, causando que la melodía tomara un giro dramático.

Alejé mis manos de las teclas.

Irritada con ésta agitación, me aparté del piano. ¿Cómo podía crear una pieza tan hermosa con pensamientos de alguien que había sido fuente de tanta miseria?

Me puse de pie de un tirón, frotando mis brazos para quitarme un escalofrío. Pero el frío no era real. Debajo de la piel de gallina que cubría mi carne, fluía el calor.

La ventana me llamaba, y me acerqué a ella. A menudo, la vista de la ciudad me calmaba y me consolaba. Vivo, incluso a altas horas, el vecindario corría con personas cuyas vidas podía observar y desear por su libertad.

Edward estaba ahí afuera. Se convertiría en parte de mi vida de nuevo.

Con un dedo tracé el contorno de un panel. A pesar de los temores, la melodía hacía eco en mi interior, llorando dentro desde lo más recóndito de mi alma. Ondulando, ola tras ola, se convertía en una fuerza que no podría ignorar.

Caminé al lado del piano hasta que mi lado creativo se impuso, y temerosa de perder la melodía, me senté y escribí las notas y los acordes en papel.

No había estado tan entusiasmada acerca de una pieza en un largo tiempo. Cada célula burbujeaba y estallaba. La carrera de instrumentos comenzó, mezclándose y alcanzando su punto máximo en mi cabeza, la melodía viajando a través de cada célula de mi cuerpo antes de disparar mis dedos en una armónica tensión.

En cualquier cosa que se convirtiera la noche, lo que sea que deparaba el futuro, a pesar que el pasado que compartimos fue tumultuoso, la oposición creaba las obras maestras más hermosas.

Desde el momento en que Edward entró a la casa, el aire, el ambiente, la esencia de la casa se vieron infundidas por su magnética aura. Como si una de las señales luminosas del Times Square hubiera sido abandonada en nuestra vivienda, con su luz penetrando e iluminando cada pasillo y habitación con colores entusiastas que no podría ignorar. Una parte de mi estaba molesta por su carisma. Otra parte de mi estaba celosa de que yo no era de la misma manera, atrayendo a la gente hacia mí por razones que no entendían.

La tarde siguiente, escuché cerrarse la puerta del frente, seguida por el tono encantador de papi, y luego la voz de crema derretida de Edward. El sonido subió por las escaleras, pasó por debajo de mi puerta cerrada, y se arremolinó alrededor de mi cuerpo, provocando una hormigueante sensación que brillaba desde mi cabeza hasta los dedos de mis pies.

Tomé un último vistazo al espejo. Mi pálida piel se había vuelto rosa al sonido de su voz.

Una sonrisa trató de hacerse camino en mi boca, torciendo mis labios hacia arriba.

¿Por qué estás reaccionando así con él? El traje de entrenamiento de terciopelo negro que llevaba sólo me hacía verme más pálida, pero no me importó. Quería tomar algo de sol. Tomé mi novela romántica y abrí la puerta de mi dormitorio, dirigiéndome al patio de la azotea.

La voz de papi y la extraña presencia de Edward, invisible aunque fuerte como una ráfaga seductora de colonia, me saludó en el pasillo. Papi estaba vestido con un casual pantalón caqui y una camisa a cuadros con diseños verdes de Navidad. Edward vestía unos jeans y una camiseta azul claro y tenía una chaqueta bajo el brazo. Sus brazos no eran tan velludos como los de James. No me gustaba el exceso de vello corporal en los hombres, siempre se lo dije a papi.

—Edward está aquí, Princesa —dijo papi.

Los ojos marrones de Edward brillaron. —Hey, Isabella.

La mirada de papi brilló con placer. Se inclinó y besó mi mejilla.

—A Isabella no le gusta mi insistencia de protegerla —le explicó.

Las manos de Edward se apretaron alrededor de las dos maletas que sostenía.

—Puedo entender eso —se sacudió sobre sus talones—. No te preocupes, Bella, no te abrumaré.

Calor brilló en mis mejillas —Oh. —Mi mirada se fue a mis pies. Mi cerebro se tropezaba con las palabras cuando estaba en presencia deEdward.

—Isabella, ¿por qué no le muestras los alrededores? Les dará a ustedes dos la oportunidad de conocerse de nuevo.

—Uh... —tragué—. Estaba en camino al patio para leer.

—Hace frío afuera. —La mirada de papi le dio una ojeada a mi ropa—. Apreciaría si le pudieras mostrar la casa a Edward. —En otras palabras, permanece adentro.

Mi mirada se endureció. —Está bien. Pero lo haré después, iré a leer al patio.

—¿Es Edward al que escucho? —Madre bramó a través del pasillo de su dormitorio.

Con su traje de correr Chanel hacía que su lisa contextura se emocionara acerca de la seda contra su cabello rojizo.

—Renne. Encantado de verte de nuevo.

—Encantador, ¿no lo es? —retrocedió, con sus manos permaneciendo en los brazos de Edward—. Ese color luce fabuloso en ti, querido. —Su análisis lo barrió lentamente en una evaluación que dejó a Edward cambiando de pies—. Puede que tengamos que hacer un poco de compras de ropa.

Edward tragó. Me miró como si quisiera verificar el comentario de mi madre.

Mantuve mi rostro vacío de confirmación.

—Isabella ve a mostrarle la casa a Edward —papá sacó un cigarro, rompió la punta y mantuvo el puro listo en sus labios—. Estaré en la biblioteca. Edward, después de haber desempacado, baja y hablaremos.

Edward asintió con la cabeza.

Papi se excusó y se dirigió hacia las escaleras.

—Si hay algo que necesites, házmelo saber. —La mano derecha de madre se mantuvo pegada en el bíceps de Edward, la otra flotaba expresivamente en el aire alrededor de ella mientras hablaba—. He tenido la habitación limpia y todo está como nuevo. Siéntete como en casa.

La contagiosa sonrisa de Edward se iluminó. —Lo haré, gracias.

La mano de madre se deslizó lentamente hacia abajo por el brazo de Edward y permaneció en su muñeca. —Y estaría feliz de que Gavin recoja algunos alimentos básicos para ti. Cualquier cosa que te guste comer, sólo dame una lista ¿está bien?

—Genial. Gracias.

Por qué una punzada de molestia se presentó en mi estómago, no lo sabía. Madre había sido amistosa con James al principio, pero con los años había llegado prácticamente a ignorarlo. Edward aceptó su cordial bienvenida y Madre se excusó.

La brillante sonrisa de Edward encontró mi mirada. —Así que, ¿a dónde vamos desde aquí?

Me di la vuelta, aliviada de que su aura magnética estaba fuera de mi línea de visión, aún si sólo era temporalmente, y lo llevé hacia el siguiente tramo de escaleras. ¿Estaba él observándome? ¿Examinando mí cabello? ¿Mi trasero? ¿Cuán cerca estaba? Mis nervios se pusieron de punta.

Lo acompañé hasta la antigua habitación de James, en la que Madre había tenido a nuestro servicio de limpieza recorriendo desde el suelo hasta el techo. La habitación tenía una única ventana que mantenía el espacio en continua sombra, pero ¿qué esperaba? Aún tenía una buena vista al Park Avenue. La habitación estaba amueblada con una cama matrimonial, un armario, una silla de gran tamaño, y lámparas de buen gusto. Unas pocas plantas de seda y un televisor de pantalla ancha que hacían de la habitación acogedora.

Di un paso dentro. —Esto es todo.

Se acercó a la cama, y un olor suave y limpio llegó hacia mí. Dejó caer las maletas y su chaqueta en el colchón y fue hacia la ventana, el marco en forma de A de la buhardilla apenas era lo suficientemente alto para que él se para en el.

—Otra gran vista.

Se dio la vuelta, su mirada encontrando la mía. —Esto es bueno. —Con sus manos en sus caderas, se movió hacia el centro de la habitación, inspeccionándola—. Así que, ¿el otro tipo se quedaba aquí? ¿Cuál era su nombre? ¿James?

Asentí con la cabeza, evitando temblar.

—¿Estabas contenta de verlo irse, lo capto?

—¿Por qué dices eso?

—Por la expresión en tu rostro en este momento. ¿Ustedes dos no se llevaban bien?

Tomé una respiración profunda. —No realmente.

Su penetrante mirada era tan fuerte sobre mi rostro que tuve que mirar hacia otro lado.

—De todos modos, esta es la habitación —le dije—. El cuarto de baño está en el pasillo. Si me sigues.

Se rió entre dientes. Mire afuera por la puerta, con el cabello en la parte trasera de mi cuello en punta porque estaba demasiado cerca.

—¿No echas de menos California en absoluto? —preguntó.

—Difícilmente lo recuerdo —mentí.

—Palos Verdes sigue siendo el mismo. Hombre, extraño la playa. Las vistas aquí son grandiosas, no me malinterpretes. Pero las vistas de la costa... extraño no poder aparcar en la Vía del Monte y sólo sentarme y mirar la costa, todo el camino hasta Malibú. ¿Sabes?

Lo recordaba. Temprano en la tarde, cuando la niebla se escabullía finalmente de nuevo al mar y la vista desde nuestra casa en Malaga Cove se extendía por millas, mostrando la línea curva de la playa, el Océano Pacífico y la ciudad sin fin, la visión de eso causaba tomar una profunda respiración y mantenerla, esperando que la vista durara más de un día.

—¿Alguno de los otros empleados vive aquí? —miró las puertas cerradas que se alineaban en el pasillo.

—No. Nuestro servicio de limpieza viene tres veces a la semana. Gavin vive en Brooklyn, Calvin nuestro chofer vive en Queens.

—Ya veo.

—Hay un estudio aquí —hice una pausa en otra puerta abierta y le dejé dar un vistazo dentro de la habitación donde James solía pasar el rato. Un televisor de plasma colgaba de una pared, con completas opciones de juego. Los sofás estaban en una acogedora forma en L, con una mesa de nuez de café entre ellos. Esta habitación tenía también una buhardilla, pero la vista daba a unos edificios de apartamentos detrás de la casa.

—Tu padre está obviamente haciéndolo muy bien —Edward se rascó la cabeza y soltó una risita—. Este lugar es... realmente espectacular.

Me encogí de hombros. Estaba acostumbrada a que los visitantes fueran acogidos por una opulencia que ahora yo tomaba como segunda naturaleza.

Incómodos con nosotros compartiendo un espacio cerrado, salí del estudio al pasillo para un respiro. Edward me siguió, su análisis tomando en cada puerta. Se detuvo ante una que conducía a la azotea y tocó el teclado de seguridad.

—¿Cada salida tiene el mismo código?

Asentí con la cabeza. —Papi te hará cambiarlo una vez al mes por seguridad.

Edward continuó por el pasillo, mirando a las ventanas y las cubiertas. —¿Es esa la única manera de subir por aquí?

—Sí.

—¿Te importa si echo un vistazo a la luz del día?

—Seguro —le recité el código. Él continuó hacia la salida de la terraza, ingresó el código de seguridad y abrió la puerta. Esta vez, lo seguí hasta el pie de la escalera. Él tenía un buen cuerpo, pero me sentí avergonzada observándolo. ¿Y qué?, probablemente te miró fijamente a ti. Supéralo.

A diferencia de mí, él no parecía darse cuenta de que estaba detrás de él y que podría estar tomándome mi tiempo para verificarlo, como lo sentí hacerlo.

Estaba probablemente acostumbrado a que las chicas lo mirasen fijamente. El pensamiento trajo un ceño fruncido a mi rostro, un ceño que rápidamente se disolvió, sin gustarme siquiera haber tenido ese pensamiento.

En el patio, puso sus manos sobre sus caderas mientras su mirada barría el área de la azotea. Una suave brisa siempre cantaba entre los altos edificios, y la corriente levantó el oscuro cabello de su rostro.

Se acercó a las esquinas, miró por encima del borde y después hacia arriba a los altos apartamentos que nos flanqueaban.

—¿La escalera de emergencia se mantiene en condiciones de trabajo?

Me encogí de hombros. No tenía idea, la seguridad había sido el trabajo de James.

Su mirada finalmente se fijó en mí. Sus ojos de medianoche enviaron una agitación a través de mi sistema. ¿Podría alguna vez no tener una reacción ante ellos?

—¿Lo están? ¿O lo sabes? —Se dirigió hacia mí, con su modo de andar tan confiado como lo había sido cuando éramos niños y había tenido la intención de hacer mi día miserable si le daba la gana.

Por un segundo, no pude hablar. Se detuvo a centímetros, esperando por mi respuesta.

—Uh... —Suenas como una idiota. No le dejes pensar que aún te tiene—. Estoy bastante segura que lo están. Pero tendrás que preguntarle a papi.

Me di la vuelta y bajé por las escaleras, aliviada cuando mis pies golpearon la madera dura en el interior. Me acerqué a su habitación y lo escuché cerrar la puerta de la azotea un momento después. Estudió el pasillo una vez más en su camino.

Me alcanzó en el marco de la puerta, con sus labios curvándose un poco cuando rozamos.

—Las otras habitaciones aquí arriba, ¿puedo verlas alguna vez?

—Claro, no están bloqueadas.

Abrió sus maletas y dejó escapar un suspiro. —Supongo que debería desempacar.

Se oyó un golpe en la puerta abierta. Con un crujido de tela y una ola de perfume, Madre desfiló dentro de la habitación. —Toc, toc...

Inspeccionó el área con una sonrisa. —Sólo quería asegurarme que todo fuera satisfactorio.

—Está bien, gracias —Edward dijo.

Flotando directamente hacia su maleta, sus largos dedos peinaron a través de su guardarropa.

—Esto nunca funcionará. Isabella no puede ser vista con nada menos que un hombre completamente en conjunto. Si la Socialité consigue una foto de esto… bueno. Iremos de compras esta tarde. Nos vemos a las tres en la puerta principal — rozó junto a él, su hombro cepillando su brazo mientras se giraba hacia la puerta.

Unos hilos de incomodidad y vergüenza me picaron por su comportamiento. Hizo una pausa y sonrió—. Estoy contenta de que estés aquí. Es justo como en los viejos tiempos ¿no?

Con algunas importantes excepciones, como el hecho de que Edward y yo ya no éramos unos niños. Madre se giró hacia la puerta.

Las mejillas de Edward se volvieron rosas por la visita de Madre. Se rascó la parte trasera de su cabeza, algo que le había visto hacer antes cuando parecía incómodo.

—¿Habla en serio acerca de llevarme a comprar ropa? —Su voz chilló.

Reprimí una sonrisa. ¿Por qué su molestia me causaba sentirme reivindicada de alguna manera?

—Me temo que lo hace.

Edward le dio una mirada a sus jeans y al suéter azul que vestía. —Me han dicho que tengo gustos lamentables en ropa.

—Madre es muy exigente. —Era más que exigente. Era una snob descarada acerca de lo que ella, papá y yo vestíamos. Cualquiera que fuera visto con nosotros, a quienes podía controlar, no podían ser vistos en nada menos que con un perfecto diseño.

—Wow. —Edward se encogió de hombros—. Está bien entonces. —Su sonrisa brillaba como un sol naciente—. Vas a venir ¿verdad?

%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%

La melodía se reproducía por sí sola en mi mente. Después de ponerme mi bata rosa, aseguré mi cabello en una pinza en la parte posterior de mi cabeza. Era pasada da medianoche, el reloj del abuelo marcaba las dos. Pero tenía que tocar.

La sala de música me dio la bienvenida, sus puertas dobles se extendieron como brazos abiertos. Después de entrar, las cerré, a pesar de que la música las atravesaría. La necesidad de tocar pulsaba a través de mis venas, y abandoné la preocupación por la satisfacción. Los pensamientos del día divagaban a través de mi mente parpadeando imágenes de Edward, de estar fuera en la ciudad. No podía recordar cuándo había tenido tanta diversión al ir de compras. Ningún rastro del antiguo Edward parecía existir. A pesar de que Madre se pavoneó, se acicaló y revoloteó a su alrededor como un pavo real, había soportado pacientemente sus horas de insistencia de que se probara docenas de trajes.

Él había sido atento, encantador y agradable. Lo observé con estupefacta admiración.

Mis dedos tocaron las teclas color marfil. La música llenaba la sala ahora: una lenta y delicada melodía que me obligó a cerrar los ojos y entregarme completamente a cualquier lugar al que la música me llevara. Imágenes de Edward llenaron mis pensamientos, giraron alrededor de mi corazón y fluyeron a través de la punta de mis dedos, una melodía tan abrumadora que rechacé cualquier pensamiento negativo que intentara entrar en mi mente. Mi corazón me atrajo hacia una misteriosa dirección, y Edward se encontraba en el centro. Esta noche, yo estaba dispuesta a ir allí.

Así que envuelta por la dulzura de la creación, me sobresalté por un movimiento cuando al final abrí mis ojos. Mis dedos se atascaron.

Edward.

Vestía un pantaloncillo negro y una camiseta negra de manga larga, un color electrizante. Con el sigilo de una pantera silenciosa, se acercó al piano.

—Eso fue increíble —susurró.

Aturdida, rápidamente toqué las partituras de Para Elisa.

—Oh, lo siento. Pensé que habías terminado.

—He… he terminado. —Me sentía expuesta… desnuda. Él había sido testigo de algo tan profundamente personal, algo de lo que él había sido inspiración. ¿Podría ver eso? La idea me hizo enrojecer con vergüenza.

Se acercó, como queriendo ver por sí mismo las teclas que utilicé para crear la música. —Sigue tocando. Por favor.

Tomé una profunda respiración. Busqué algunas partituras para tomar notas, deseando que se fuera pero contenta de que estuviera aquí al mismo tiempo.

—¿Cómo puedes hacer eso… crearla sólo así?

—Sólo la escucho.

—Nunca podría escucharla y mucho menos crearla de alguna manera organizada.

Estoy impresionado.

Acepté el cumplido con un asentimiento de cabeza, y los tensos músculos comenzaron a relajarse. —Gracias —presioné de nuevo mis dedos en las teclas.

Sentí la música. —Sus ojos seguían mis dedos—. Creo que estuve expuesto a otro lado de ella.

Traté de lidiar con las emociones inundando mi sistema. Atrayéndolo de manera espontánea mientras la melodía menguaba mi alma llevaba a mi corazón a un lugar peligrosamente vulnerable. —Me gusta la música contemporánea, también. La favorita de Madre es la música disco.

Él se río. —No puedo ver a tu madre gustándole la música disco.

El sonido de su risa relajó los tensos músculos de mi espalda. Dejé que la música continuara fluyendo, incluso mientras robaba miradas a su rostro. Los acordes de la música cambiaron. La amable expresión en sus ojos marrones consoló a mis expuestos nervios, y causaron que mis dedos encontraran los acordes menores en una atractiva armonía.

—Papi tolera mi música —dije, mis dedos persiguiéndose unos a otros moviéndose por el teclado—. Él escuchará mi música porque quiere apoyarme, pero lo atrapo consultando su correo electrónico en su teléfono todo el tiempo —repetí la melodía aún fresca en mi cabeza… la canción de Edward.

Él escuchó, y cuando terminé, nuestros ojos se encontraron. El silencio se hizo eco después de la música.

Mi corazón latía tan fuerte, que pensé que podría ser visible a través de mi bata. Mi bata… olvidé lo que llevaba puesto. Mi cabello. Sin maquillaje. Me estaba preparando para ir a la cama cuando me sentí obligada a crear. Horrorizada, mis mejillas ardieron. Me puse de pie. ¿Había él venido a propósito para verme así, para atraparme con la guardia baja?

—Justo en este momento, me recordaste a cuando eras pequeña —dijo él, uniéndose a mí—. Con tu cabello recogido de esa manera.

Reuní mis notas y rodeé el piano para evitarlo. Él me alcanzó, rozando mi brazo con sus gentiles dedos. —¿Sucede algo malo?

—Es tarde. Me voy a la cama. —Rozando junto a él, salí por la puerta antes de que pudiera decir algo más.

—Isabella —susurró en el vestíbulo a oscuras, permaneciendo justo a mi lado. Cuando no respondí, alcanzó mi brazo. Me congelé y él dejó caer su mano—. ¿Qué? ¿Qué fue lo que hice?

Tragué. La tenue iluminación del vestíbulo fundía la mitad de su rostro en una suave luz. ¿Ha olvidado realmente cómo me había tratado? ¿Creía que yo lo había olvidado?

Continúe hacia mi habitación, lista para echar el cerrojo por dentro, lista para cerrarle la puerta en las narices, pero él dio un paso en la entrada.

—No lo entiendo. ¿Dije algo malo acerca de tu música? Lo siento. —Su expresión se retorció en confusión.

Los latidos de mi corazón no reducían la velocidad. Su presencia resonaba con cada una de sus respiraciones, cada destello de sus ojos. Había leído escenas como esta en mis novelas de romance. La heroína siendo acorralada por el héroe, ambos encerrados en un acalorado encuentro de amor y odio. Las manos de Edward se elevaron, y las mantuvo en el marco de la puerta. —Lo que sea que hice —dijo en voz baja—, me disculpo. De verdad disfruté tu música. Yo…

—No se trata de mi música —le espeté.

Él se encogió, mirando alrededor como si me señalara que mi voz era demasiado alta y podrían escucharme. Su expresión cambió de confundido a serio, y sus ojos marrones miraron fijamente a los míos. No podía sentir los latidos de mi corazón.

No estaba segura siquiera de que estuviera respirando.

—¿Qué sucede? —Su susurro se deslizó en mi alma, justo como la infinidad de veces en que lo había hecho antes, y se envolvió alrededor de mi tierno corazón.

—¿Realmente no lo sabes? —forcé el sarcasmo en el tono de mi voz.

Él negó con la cabeza.

Finalmente tenía la oportunidad de lastimarlo, o tratar de hacerlo, como él me había lastimado tantas veces antes. Pero cuando pensé en mencionar la manera en que solía molestarme, me di cuenta de cuán infantil sonaría.

Él esperó, apretando sus manos sobre la madera. No tenía idea del daño que me había causado cuando éramos niños. Ninguna idea. Estaba desconcertada. ¿Cómo alguien puede caminar penosamente a través de una vida tan narcisista haciendo a un lado a las personas y sus sentimientos sin ningún cuidado o consideración o merecimiento? ¿O estaba siendo demasiado sensible, tomando sus bromas de buen humor demasiado en serio?

—Olvídalo. Tienes que irte —dije, con burbujeante frustración.

—Pero no sé qué fue lo que… Bella, por favor, habla acerca de esto.

—No puedes estar aquí. Es una regla. La regla de papi. Te despedirá.

La sorpresa cruzó a través del rostro de Edward. —¿Charles hablaba en serio?

Asentí con la cabeza.

—Entonces llevemos esto de vuelta a la sala de música.

—Me voy a la cama —crucé la puerta y envolví mi mano alrededor de la perilla.

Edward no se movió. Sus ojos se estrecharon. Trabé mis rodillas, negándome a ser la primera en ceder. Varios acalorados segundos pasaron. La elevación de su pecho poco a poco se hizo más rápida por debajo de su camiseta negra.

El tragó. —Así que, ¿estamos bien entonces?

Asentí con la cabeza.

Alcanzó la perilla, sus cálidos dedos envolviendo los míos, sus ojos nunca dejándome, y cerró la puerta.

Me quedé mirando fijamente a la puerta. Una punzada de placer hizo eco dentro de mí.

Soñé con él esa noche. En lugar de alejarse de la puerta de mi habitación, él me presionaba contra ella, y me besaba. Su cuerpo era fuerte, cálido. Sus manos, esos largos dedos, tocaban mi rostro, rozaron mi cuello luego los envolvió a mí alrededor. Tan fuerte.

Desperté con un anhelo que permanecía en mi cuerpo en un inalcanzable y delicioso malestar. Cuando salí de la cama, me sentí ligera. Mire a mi tonta sonrisa en el espejo y cubrí mis mejillas sonrojadas con mis manos.

Eres de verdad patética.

El sueño del beso de Edward se reproducía una y otra vez en mi cabeza, como su melodía. Me duché rápidamente, me puse el uniforme tan rápido que casi olvido un botón de la falda a cuadros azul y verde a la rodilla después de cerrar la cremallera.

Rasgué la bolsa de lavado en seco que cubría mi blusa blanca y me deslicé en la impecable camisa. Planché mi cabello, puse algo de rubor color rosa tulipán en mis mejillas y me rocié con mi perfume favorito en la nuca y en mis muñecas.

Arriba, escuché movimiento. La habitación de Edward estaba directamente encima de la mía, y el pensamiento envió un estremecimiento a través de mí, agitando el insaciable apetito que el sueño había dejado atrás. ¿Se estaba vistiendo? Después de la excursión de compras, mi imaginación lo evocaba fácilmente deslizándose dentro—y especialmente fuera—de las ropas.

Tomé las escaleras hacia la entrada, mirando hacia arriba para ver si Edward saldría.

No lo hizo.

Madre dormía, así que desayuné sola. James había esperado por mí en la cocina.

Últimamente, había ido tan lejos como para tostar un panecillo para mí o servirme un vaso de leche de soya con chocolate. Había crecido odiando las mañanas y el desayuno, sintiéndome obligada a comer lo que sea que preparaba, tanto si quería comer o no.

¿Qué comería Edward en el desayuno? La emoción deriva a través de mí y entré en la despensa en busca de una caja de cereal Kashi.

—Fanática de la salud, ¿eh? —La alegre voz de Edward vino detrás de mí, haciéndome saltar.

—Uh, sí. —¿Cómo había entrado en el pequeño espacio sin que yo lo escuchara? Él no se movió, sólo sonrío.

Unos cuantos segundos después, su mirada recorrió los estantes de la despensa, pero su cuerpo permaneció bloqueando la entrada. Las deliciosas fantasías de su beso contra la puerta de mi habitación se dispersaron en mi cabeza, haciendo arder mis mejillas.

—Disculpa. —Me oprimí al pasar junto a él, su hombro presionando brevemente mi pecho mientras me di la vuelta y me deslicé.

Afuera en la puerta de la cocina, dejé escapar un suspiro y recogí mis pensamientos.

Tazón. Leche de soya. Cuchara. Reuní esos tres y me senté en el mostrador de granito negro.

—Wow. Esta despensa se parece a la de Dean and deLuca.(N/t: cadena de comidas)

Impresionante.

Sonreí mientras masticaba.

—Tal vez me prepararé caviar en una tostada, o… Uhm… ¿avena escocesa? O uno de esos panecillos. Apuesto a que hay queso crema en ese enorme refrigerador, ¿verdad? —Se dio la vuelta, con su sonrisa de hoyuelos iluminando la blanca cocina con incluso más brillo.

Llevaba un par de pantalones negros y un suéter negro, y el indicio de una camisa azul claro rozando el cuello del suéter alrededor de su cuello. —¿Qué? ¿Es demasiado elegante? —hizo un gesto a su ropa—. Tu mamá las escogió.

Él lucía… caliente todo de negro. —No. Te das cuenta de que sólo me escoltarás a la escuela. No vendrás a mis clases.

—¿Repetir la preparatoria? La odié la primera vez que fui. Esperaré en un rincón oscuro en alguna parte.

A través de los años, Papi había insistido que mis guardaespaldas se quedaran en cualquier escuela a la que estuviera asistiendo, y todos ellos lo habían hecho, sentándose en el vestíbulo con el periódico o una computadora portátil hasta que terminaba.

Otra chica había tenido un padre tan paranoico como el mío: Angela Caruletta, cuyo padre estaba vinculado supuestamente con el crimen organizado.

En séptimo grado, nuestros guardaespaldas permanecían como centinelas fuera en el exterior de piedra gris de la Escuela para Chicas Nuestra Señora de los Santos hasta que salíamos al final de cada día, y ambas éramos llevadas lejos en nuestros autos de ciudad negros.

Al igual que yo, Angela fue etiquetada como extraña. A pesar de que todos respetaban o temían a su padre en silencio, nadie se atrevía a molestar o burlarse de Angela por sus extraños esfuerzos de protegerla. De todos modos, mi padre era simplemente un abogado, aunque uno muy exitoso. Muchos de los padres de mis compañeros eran abogados y ninguno de ellos tenía guardaespaldas siguiendo todos los movimientos de sus hijos como yo, lo que me dejaba como el centro del "bizarro" objetivo.

James, siendo más joven que los anteriores guardaespaldas "de edad paternal", me había llevado de ser extraña a interesante porque muchas de las chicas en Chatham pensaban que era atractivo. Alguna de las chicas más agresivas lo habían puesto como cebo a diario, saliendo del edificio, arrancando sus abrigos, doblando sus blusas en un nudo a mitad de sus estómagos, y desabotonándolas hasta que sus coloridos sujetadores se mostraban.

¿Serían así de descaradas con Edward?

Había puesto encima una caja de Cereal de Trigo Triturado, el alimento ritual matutino de Papi, y luego apuntó a varios gabinetes, mirándome para confirmarle en cuál de ellos estaba los tazones.

Cuando finalmente señaló al correcto, escondí una sonrisa detrás de mi boca llena de cereal. Sacó un tazón, mirándolo. Y silbó.

—Lindo.

Uniéndose a mí en el mostrador, bajó cuidadosamente el tazón. —¿Estás segura de que podemos comer en esto?

Asentí con la cabeza. —Es nuestra porcelana china del diario.

—Es cierto —vertió el cereal de trigo en el tazón—. Me hace recordar los platos de oro en el comedor —sonrió, vertiendo la leche.

—A Madre le gusta todo de esa manera.

Llevó una cucharada de cereal a su boca, y asintió. —Puedo ver eso.

El sonido de un crujido atrajo mi atención a la puerta. Madre, totalmente maquillada y vestida con un exuberante traje de entrenamiento de terciopelo color albaricoque revoloteó al entrar. Con sus ojos color esmeralda prendidos en Edward.

—Buenos días.

Madre nunca se levantaba antes de las once. Gavin no llegaba a la casa hasta las nueve, y el servicio de limpieza no llegaba hasta después del mediodía para permitirle a Madre el tiempo que necesitaba para tener privacidad.

Edward tragó. —Buenos días.

—Luces magnífico. —Madre rodeó a Edward. No podía creer que lo estuviera mirando tan críticamente, tan descaradamente. Le dio unos golpecitos en los hombros, alisando su suéter bajando por sus brazos y su espalda.

Los ojos de Edward se abrieron ampliamente, pero ella no los vio. Parecía que iba a ahogarse con el cereal en su boca, pero lo tragó.

—Muy lindo. —Madre dio un paso hacia atrás, evaluándolo—. ¿Cómo dormiste?

—Dormí bien, gracias.

—Bien. —Su mirada se deslizó hacia mí—. Cariño, tienes ojeras en tus ojos. —Ella vino hacia mí y se acercó para presionar sus manos en mis mejillas, pero me puse de pie, tomando mi tazón y dirigiéndome al lavabo de la cocina.

—¿Te sientes bien? —preguntó Madre—. No quiero que vayas a la escuela si estás bajo este clima, no con la gripe en los alrededores. Estoy segura que no desinfectan las perillas y las superficies como deberían hacerlo en ese lugar. —Madre se estremeció.

Deslicé el resto de mi cereal en el triturador de basura. —Estoy bien.

—¿Charles te dio tus instrucciones acerca de Isabella y la escuela? —La atención de Madre cambió de nuevo hacia Edward y una ola de alivio me recorrió.

Atrapado en medio de su masticar, asintió con la cabeza.

—La señora Harrington es la directora de Chatham. Es muy complaciente acerca de nuestros deseos por la seguridad de Isabella.

Me estremecí. —Madre. —Un ligero ardor de rabia comenzó a subir por mis piernas a través mi cuerpo—. Es ridículo que llegues a estos extremos. Es vergonzoso.

Madre se quedó inmóvil, observándome a través de una fría mirada. Colin dejó de masticar. Miró de Madre a mí.

—Tu seguridad no es un tema abierto a discusión, jovencita.

¿Jovencita? Quería gritar. Mis puños se abrían y cerraban en mis costados. La fulminé con la mirada. —Estaré esperando en la puerta principal —gruñí, saliendo furiosa de la habitación.

La humillación me inundaba. Quería atravesar la puerta principal y no volver nunca. Abrí el armario de los abrigos y saqué mi mochila, tirándola por encima de mi cabeza y pasando la banda a través de mi pecho. Después pasé mi cabello sobre mis hombros y dejé escapar otro gruñido de frustración.

—Es tan vergonzoso —murmuré, ajustando mi falda. Saqué mi polvo compacto, lo abrí y di toques ligeros en mi barbilla y mi frente—. No tienen idea.

—¿Estás lista?

Me di la vuelta. Edward estaba de pie con sus manos en sus bolsillos delanteros.

¿Había escuchado mis refunfuños? Esto no podría ponerse peor. —Sí —murmuré— Comes rápido.

—Cuando necesito hacerlo, sí —dijo él.

—Adiós cariño. —Madre danzó hacia la entrada, su sonrisa dirigida a Edward—. Que tengas un grandioso día.

Oh. Dios. ¿Tenía una idea de cuán ridícula lucía?

Edward asintió en reconocimiento, su ajustada sonrisa en una obvia expresión de este momento tan incómodo. Ingresó el código de seguridad en el teclado junto a la puerta y sonó un timbre. Abrió la puerta y la sostuvo para que pudiera pasar.

—¡Adiós a los dos!

La puerta se cerró de un giro y yo bajé por el pórtico hacia la calle donde Calvin, el conductor de Papi, esperaba en nuestro auto. Edward abre la puerta para mí y me deslizo dentro. Él me sigue.

Buenos días, señorita Adair. —El acento de Calvin siempre me animaba hasta el fondo. Vestía unos típicos pantalones azul marino a juego con un suéter y una camisa con una corbata escondida debajo, como la mayoría de los conductores llevaban.

—Buenos días, Calvin. —Me hundí en el asiento de cuero, incapaz de librarme de la total humillación que sentía.

—Hey. —Edward se deslizó hacia delante, extendiendo su mano sobre el asiento del conductor—. Edward Cullen.

—Es un placer conocerte —dijo Calvin. Se puso en circulación—. El Sr. Swan me informó acerca de ti esta mañana en su camino al trabajo.

¿Informó? ¿Papi salía en algún momento de su modo abogado? ¿Era simplemente otro caso más para él? Crucé los brazos sobre mi pecho, en parte para calmar la frustración hirviendo dentro de mí, y en parte para mostrar mi disgusto. Edward me miró desde el otro lado del asiento trasero. Me sentía infantil, actuando como una mocosa. Casualmente, me senté y apreté mis manos en mi regazo.

—¿Así que eres un viejo amigo de la familia? —preguntó Calvin.

—Sip, lo soy. —La pierna derecha de Edward se balanceaba incesantemente. ¿Estaba nervioso? Sería la primera vez. Amargada por la falta de sensibilidad de Madre, saqué mi teléfono para mandarle un mensaje, pero luego lo pensé mejor. No me extrañaría que me llamara y me sermoneara en el acto.

Seguro que llamaría a Papi, y tendríamos la conversación de "tu seguridad es importante" una vez más. Podría incluso llamar a Edward y decirle cosas personales que no le gustaban sobre mí, lo había hecho con James, diciéndole que yo no era capaz de tomar una simple decisión, y él había usado eso en mi contra.

—¿Por cuánto tiempo has estado aquí en Nueva York? —preguntó Calvin.

—Cerca de un año ahora —dijo Edward.

—¿Te gusta?

Edward se encogió de hombros. Su mirada estaba fija fuera de la ventana polarizada.

—Ahora que he vivido aquí, veo la ciudad de otra manera.

Calvin se rió entre dientes. —Sí, eso es Nueva York para ti.

Conducimos a lo largo de Park Avenue a Freemont Street en silencio. Estuve tentada a sacar mi iPod de mi mochila, y lo hubiera hecho si James hubiese estado conmigo. Así es como me lo había quitado de encima en el camino a la escuela. Vi a Edward con el rabillo de mi ojo, incapaz de quitar mi atención de él. Su energía era pura, como al tener un poderoso cable de electricidad expuesto, con los extremos pelados y vulnerables.

Su pierna continuó moviéndose nerviosamente. Parecía estar a punto de saltar del auto para qué, no estoy segura. ¿Se lamentaba ya de su trabajo? ¿La atención de Madre le había traído dudas?

Me atrapó observándolo. Permaneció en silencio, pero sus ojos marrones se quedaron puestos en los míos con, ¿qué? ¿Curiosidad?

La escuela era fácil para mí, porque a través de los años, mi limitada vida me hizo aprender algo por lo que esperar del futuro. A parte de la música, Inglés e Historia eran mis materias favoritas. Me encantaba soñar con la vida fuera de mi mundo, y ambas materias facilitaban mis fantasías.

Sabiendo que Edward esperaba por mí en la escuela en algún lugar hizo mi mente divagar. El sueño de él presionándome contra la puerta, besándome, fluyó a través de mi cerebro como la banda sonora de su dolorosa melodía. Tres de mis profesores hablaron conmigo después de clases y me preguntaron si me sentía bien, diciéndome que me veía distraída.

Mis mejillas ardieron al siquiera pensar lo que mis maestros deben pensar de mí por notar distracción en su pequeña perfecta estudiante.

No podía esperar hasta el almuerzo.

La mayoría de las otras chicas de último año dejan el campus para el almuerzo, escogiendo ir a Joe's Deli calle abajo o Indian Palace en la esquina. A mí no se me permitía salir, y Alice amablemente se quedaba conmigo.

—Es tan aburrido tener que quedarnos aquí a comer —murmuró ella. Una punzada de miedo tembló dentro de mí. ¿Se estaba cansando de vivir con mis limitaciones? Si ella escogía salir sin mí, estaría sola.

El pensamiento hizo que mi estómago se encogiera, aunque, difícilmente podía culparla.

—Es ridículo —dije—. Lo que me fastidia es que todos creen que soy una conforme estudiante perfecta. "Ella tiene un día de distracción y la alarma «llama a sus

padres» se activa".

El olor a comida frita y condimentos italianos llenaban los antiguos pasillos con paneles de madera de Chatham, mientras Alice y yo nos dirigíamos a la cafetería.

Un cosquilleo de travesura se disparó a través de mi sangre. —Vámonos.

Alice se detuvo a mi lado. —Tu padre te matará.

—Él despedirá a Edward por no hacer su trabajo y finalmente seré libre de todos esos guardaespaldas. —Tiré de su manga hacia al final del pasillo y giramos a la derecha, tomando un corredor vacío que nos llevaba a la puerta exterior de Chatham.

Alice resopló. —Como si eso llegara a pasar. No sé, Bella, te quiero y todo, pero si tu padre se entera que yo estaba de acuerdo con el paseo, probablemente nos prohibirá vernos. Piensa en eso.

Tenía razón, Papi haría exactamente eso. Me detuve en la puerta de cristal y miré hacia el patio de cemento de Chatham, donde montones de chicas estaban agrupadas comiendo su almuerzo. Algunas colgaban de la cadena de la valla, burlándose de los ocasionales chicos de preparatoria que pasaban a asistir a la escuela privada para chicos a dos cuadras de distancia. El perder mis privilegios con Alice cortaría las minúsculas venas que habían estado alimentando mi vida social. Sin embargo, el impulso de seguir intentando buscar mi libertad, no me dejaría dejar de intentarlo.

Madre, con su extraño interés en Edward probablemente me daría el tratamiento de silencio por semanas. Papi sólo encontraría a alguien más que trabaje para él. Si Edward perdía su trabajo por mi culpa—no quería llevar ese peso sobre mis hombros. Antes había pensado en huir, pero sabía cuán estúpida e irracional era esa elección.

No tenía manera de mantenerme a mí misma. La imagen de yo regresando porque había fallado era peor que estar atrapada.

—Tienes razón —suspiré. Estaba rodeada por las vallas, las puertas y las ventanas por las que perpetuamente observaba la vida de afuera.

—Pero entonces, ¿qué? —se burló Alice.

—Simplemente nos aseguraremos de no ser atrapadas. —Le dediqué una sonrisa y tiré de ella a través de la puerta.

Nos colamos a lo largo de los pasillos exteriores de ladrillos y piedras de Chatham, dando vistazos en las esquinas, agachándonos debajo de las ventajas como fugitivas. El periodo del almuerzo de cuarenta y cinco minutos se escapaba, pero no me importó. Finalmente llegamos a la parte delantera del edificio.

—¿Estás segura de que quieres hacer esto? —Alice se reía tontamente detrás de mí.

La adrenalina bombeaba en mi sangre. —Totalmente. —El gélido aire de invierno pasó a través de mi chaqueta y agitó mi falda—. Deberíamos haber traído nuestros abrigos —castañeé.

—Nos congelaremos antes de que estemos a mitad de cuadra —bromeó Alice—. Pero al menos estaremos congeladas y libres, ¿cierto?

No vi a Edward en ningún lugar, e imaginé que estaba dentro del edificio con este frío aire de Noviembre.

Fuimos en línea recta hasta la abertura en la valla de alambre y comenzamos a trotar calle abajo. Me eché a reír, disfrutando del aire frío pasando junto a mí, alimentando el entusiasmo que brotaba de adentro hacia afuera. A mi lado, Alice reía conmigo, las dos corriendo como niñas saltándose la escuela. No es que lo haya hecho antes.

Llegamos a una parada en la segunda esquina que pasamos. Nuestra respiración subía y bajaba, lanzando blancas nubes de humo en el aire. Los restaurantes estaban en la otra dirección. En nuestra prisa no habíamos guiado nuestro escape con comida en la mente, sólo libertad.

—Aquí estamos. — Alice suspiró dando una mirada superficial a nuestro alrededor—. Bien elegantes y sin ningún lugar a donde ir.

—No me importa si comemos. Esto es genial.

—Isabella.

La voz masculina me sorprendió, y Alice y yo nos dimos la vuelta.

Edward estaba de pie a cinco pies de distancia, en la esquina. ¿Nos había seguido? Ni siquiera estaba sin aliento.

—¿Cómo nos encontraste? —jadeé.

Se dirigió hacia mí, con su mirada penetrante. —Es mi trabajo el protegerte, ¿recuerdas?

Un escalofrío corrió por mi piel cuando dijo las palabras protegerte. Al mismo tiempo, la palabra "niñera" brilló en mi cabeza. Edward sostuvo mi mirada el tiempo suficiente para atraparme como a una mariposa en una caja de sombras, antes de mirar a Alice y asentir con la cabeza. —Edward Cullen.

—Alice. —Ella inclinó la cabeza hacia mí—. La mejor amiga para siempre de Isabella. —Ellos estrecharon las manos y las mejillas de Alice se ruborizaron—. Para siempre, o hasta que su Papi se entere de esto.

Fruncí el ceño, pasé rápidamente a Edward y me dirigí en la dirección por la que habíamos venido. Miré hacia atrás. Alice estaba a unos cuantos metros atrás, y Edward me estaba alcanzando. Los fuertes vientos que abrasaban las calles y edificios me helaron hasta los huesos y envolví mis brazos a mí alrededor.

Segundos después, la presencia de Edward se presionó a mi lado. Tuvo la decencia de no interrogarme en frente de Alice y eso era bueno, porque la ira se apoderaba de mi cuerpo. Si lo hubiera hecho, lo habría golpeado en el rostro, o al menos fantaseado con hacerlo.

Cuando llegamos a Chatham, Edward me tomó del codo. Su agarre mandó una ola de electricidad a través de mí. Alice se detuvo a mi lado, mirando la mano de Edward y luego a mí.

—Alice, nos darías un minuto, ¿por favor? —dijo.

Alice asintió. Ya que el almuerzo había terminado, multitudes de chicas de primer y último año desfilaban dentro de la escuela, regresando de sus comidas fuera del campus. Algunos grupos anduvieron más despacio para observar. Susurros flotaron en el aire. Un escalofrío correteó por mi columna vertebral.

La mirada penetrante de Edward permaneció en mí. Estaba segura que él sentía las miradas y escuchaba los susurros.

Deslizó su brazo alrededor de mí, su mano presionaba la parte baja de mi espalda, y me escoltó a una privada esquina del patio de Chatham. Ahí, su brazo se disparó hacia la pared de piedra, enjaulándome parcialmente. Por el rabillo de mi ojo, las chicas se congregaban, curiosas.

—¿Quieres decirme a qué se debió eso? —mantuvo su voz baja, lo que aprecié; aún si era humillada por ser atrapada haciendo algo que cada una de las otras chicas tenían la libertad de hacer.

—Tratábamos de salir a almorzar. Muchas chicas lo hacen. ¿Ves?

Barrí con mi mano en dirección a las estudiantes que estaban detrás de él. Él las ignoró.

—No tienes permitido salir del campus.

Me encogí de hombros, y forcé indiferencia en mi rostro. Su colonia, desvanecida ahora, llenaba ligeramente mi cabeza y causaba que mi estómago gruñera con deseo. La campana sonó. Me mantuvo anclada a la pared, haciéndome sentir frustrantemente vulnerable. El sueño de él besándome flotaba en mi cerebro, dejándome hipnotizada con su poder para deshacerme.

—Está bien —miré hacia otro lado, incapaz de mirarlo a los ojos—. Lo sé.

—No lo vuelvas a hacer. —Se movió hacia mi línea de visión—. ¿Entendido?

Sonaba como Papi. Me esforcé para controlar mi frustración.

—Sí, entiendo. —Mi voz se atascó—. Así que, ¿estamos bien, entonces?

Él dio un paso atrás asintiendo. —Sí.

Lo pasé sin mirar hacia atrás, mezclándome con las chicas que estaban de pie observándonos. Maliciosos, y curiosos susurros me siguieron a clases. Robaba miradas tras de mí, en mi cara cuando fui a mi casillero, cuando fui al baño y cuando me arrastré al sonar la campana indicando que la escuela había terminado.

Alice me alcanzó en mi casillero. —Todo el mundo quiere saber quién es el chico ardiente —susurró, sus ojos verdes siguiendo a las chicas caminando cerca de nosotras y mirándonos fijamente—. Es maravilloso, Bella. ¡Papi lo hizo bien esta vez!

—¡Aly!

—Sé que lo odias, pero si tienes que odiarlo, te podría gustar también el odiarlo, ¿cierto? —Se encogió de hombros.

Cerré mi casillero de golpe. —¿Y qué si es bien parecido? Es un sabueso. Un perro Rottweiler. —Mis mejillas se encendieron con la mentira, y rápidamente me di la vuelta y me dirigí al pasillo esperando poder esconder la verdad de Alice. Pero me conocía mejor que nadie más… mejor que mis padres, quienes sólo conocían a su princesa de Park Avenue. Una fachada.

—Oh, ya veo. —El tono de Alice contenía broma.

—Bella. —Tanya Denali, una alta modelo adolescente de piernas largas, cubierta con accesorios de diseño, me detuvo en el pasillo—. ¿Quién es el bombón con el que estabas en el almuerzo? —arqueó una ceja—. ¿Tu novio?

—Uh, no. Un amigo de la familia.

—Oh, genial. ¿Es soltero? Tal vez podrías presentarme con él. —Sus subordinadas modelos que la acompañaban asintieron en acuerdo.

—Tal vez —murmuré, abriéndome paso entre el grupo de chicas de mal gusto.

Alice se mantuvo a mi lado. Una vez que estuvimos libres de Tanya y sus subordinadas, me giré hacia Alice—. Qué molesta. Nunca había hablado conmigo antes. ¿Qué hubiera hecho si le hubiese dicho: "Sí, es mi novio"?

—Probablemente te pediría hacer un trío —resopló Alice—. He escuchado algunas escandalosas historias acerca de esa chica.

Salí por las puertas principales de Chatham, hombro con hombro con las hordas de chicas ansiosas por salir. Me detuve en la entrada, buscando nuestro auto de ciudad negro, alineado con una docena de autos estacionados ahí para recoger a las estudiantes.

Calvin estaba de pie en el capó del auto charlando con otro conductor.

¿Dónde estaba Edward? Mi estómago se llenó con colibríes. ¿Le diría a Papi acerca de

lo del almuerzo? Si Papi se enteraba, me desconectaría de Alice. Saqué mi teléfono. Tal vez podría convencerlo de no decir nada.

Su silueta vestida de negro llegó a través de la multitud de chicas uniformadas en la acera, como si fuera una celebridad abriéndose paso a través de una masa de fanáticas, algunas de las cuales andaban más lento y lo veían mientras pasaba. Con gesto gatuno atravesando el aire, seguido de un "hey tú" y un silbido. Edward dio rápidas zancadas sin vacilar. A través del laberinto de cuerpos, su mirada encontró la mía.

—¿Lista? —me preguntó una vez que estuvo a mi lado.

Las chicas andaban más despacio a nuestro alrededor, mirándolo. Todas conocían a James. Probablemente se preguntaban qué le había sucedido y quién era el chico nuevo.

Contemplé el mentir y decirles a todas que era mi novio, pero ya había desechado la posibilidad por ser estúpida frente a Tanya. Hizo correr la noticia acerca de Edward más rápido que un incendio en un bosque seco.

—Sí —comencé a bajar el resto de las escaleras hacia la acera. Edward permaneció a mi lado, ambos esquivando a los peatones que se acercaban a medida que pasábamos a través de los estudiantes de Chatham en nuestro camino al auto.

Afortunadamente, no me preguntó cómo estuvo mi día, como si estuviera en el Jardín de Niños. Traté de mantenerme a un par de metros delante de él, caminando rápido, pero era más alto y sus piernas más largas, pronto lo tuve caminando a mi lado. Con mi visión periférica lo atrapé mirándome.

Calvin terminó su conversación con el otro conductor y llegó a la parte trasera del auto, listo para abrir mi puerta.

—Señorita Swan —abrió mi puerta y el olor a cuero y café flotó hacia mi nariz. Me deslicé dentro del auto.

Edward entró después de mí y Calvin cerró la puerta.

Mantuve mi mirada en la ventana, avergonzada de tratar de hacer algo tan simple como salir del campus para almorzar y tener que dar explicaciones. Por supuesto, no era culpa de Edward. La insistencia de Papi de mantener ridículas reglas era el problema.

Sin embargo, no sabía qué decirle a Edward después de tal falta. No lo lamentaba, así que no me disculparía. Lo haría de nuevo si se me presentara la oportunidad.

¿Pero qué si Papi ajustaba sus riendas aún más?

Me derrumbé por dentro. No debiste haber roto las reglas. Debiste haber continuado soportando. Cuando mi cumpleaños llegue, la vida cambiará tanto como si mis padres quieren aceptar que cumpla dieciocho años o no.

Calvin rara vez charlaba conmigo en el camino a casa. Hoy, permaneció en silencio, bebiendo de su Starbucks. ¿Edward había discutido con él lo que pasó? ¿Edward le diría a Papi?


Aqui estoy otra vez... espero que les haya gustado. Ahora les voy a dejar unas preguntas y quiero leer sus respuestas...

Byee dejen rr si les va gustando el fic...

¿Le dira Edward a Charlie lo que paso?

¿Porque Renne se muestra tan amable con Edward? ¿Que hara Edward al respecto?...

Nos leemos luegooooo :DD