Disclaimer: Inuyasha y todos sus personajes originales son propiedad de su autora Rumiko Takahashi, los tomo prestados para medios recreativos sin fines de lucro.
Safe Haven
Por: Hoshi no Negai
4. Lo que vino con la lluvia
Rin contempló el paisaje gris desde el balcón de su apartamento, uno que se asemejaba bastante a cómo se sentía en ese momento. La llegada de noviembre había traído consigo una plaga de plomosas nubes que mantenían el cielo encapotado la mayor parte del tiempo, sin decidirse definitivamente si llovería o no. Aquel parecía uno de esos días, y aunque el ambiente no estaba del todo apagado, no quería confiarse. Gracias a eso, hacía unos días la había tomado desprevenida un enorme chaparrón de regreso a casa, dejándola calada hasta los huesos y sin un miserable paraguas que pudiera protegerla. Había sido tan penoso que desde entonces siempre llevaba uno plegable en el bolso, y un impermeable puesto cada vez que salía.
Los bruscos cambios de clima iban de la mano con la montaña rusa que tenía últimamente por emociones. A veces le era fácil sonreír, pero en otras ocasiones no encontraba ningún motivo para hacerlo. El no tener control sobre sus propios sentimientos era agotador, puesto que nunca sabía cómo podía llegar a encontrarse de un momento a otro, y como esto afectaría su día.
Apartó de su mente los lúgubres pensamientos que la habían acompañado durante toda la noche con una sacudida de cabeza, y se desperezó una vez más antes de preparar el almuerzo que se llevaría al trabajo aquel día, pues tenía que cubrir a Isao por un par de días en el turno matutino. Al trabajo… vaya, eso sonaba bastante bien.
Había acertado al pensar que tomar el empleo que la psicóloga le ofrecía era una buena idea. Desde que lo había hecho casi un mes atrás, se sentía un poquito mejor consigo misma. Le agradaba tener algo que hacer, algo que la distrajera lo suficiente como para mantener su mente ocupada por horas y horas. Cuando no estaba recibiendo y conversando con los pacientes, se dedicaba a leer los interesantes libros del consultorio, entretener a los niños que llegaban, y dando buenos vistazos a las tiendas durante la hora del descanso. Se sentía como una persona ligeramente diferente; una cuya vida es tranquila pero satisfactoria. Y eso le encantaba.
Al despertarse siempre a las seis―seis y media si estaba muy cansada― y tener que salir al consultorio a las ocho cuando le tocaba ir por las mañanas, descubría que se aburría fácilmente si no se encontraba paseando a Ben o hacía algo productivo. Los días en los que sólo tenía que asistir por la tarde se le hacían muy largos y fastidiosos.
Se palmeó las mejillas para terminar de despejar la mente y se dispuso a comenzar la jornada de la mejor manera posible. Lavarse la cara otras diez veces y maquillarse lo suficiente como para cubrir sus espantosas ojeras era lo primero que necesitaba hacer.
Al terminar su bento y envolverlo cuidadosamente con un pañuelo, se dio cuenta de que apenas iban a dar las siete. Se preguntó si el hombre de ojos dorados notaría su ausencia aquella mañana.
No había pasado nada demasiado emocionante al respecto de ese tema en las últimas semanas. Sólo se saludaban educadamente, y si Rin se sentía especialmente temeraria, le preguntaba un "¿Cómo le va?" y se despedía con "¡Que tenga un buen día!". Le gustaría poder ampliar los parcos diálogos que compartían cada vez que se encontraban de camino, pero él no parecía ser de ese tipo de personas que disfruta hablando con cualquiera. Parecía preferir que nadie abriera la boca en su presencia y lo dejaran tranquilo, o al menos esa era la impresión que daba su rostro tan condenadamente serio.
A las siete y media, después de limpiar la cocina, desayunar y asegurarse de que el hueso masticable de Ben fuera lo suficientemente grande como para durar varias horas, se envolvió en su chaqueta impermeable y calzó las botas bajas en la entrada. No podía seguir usando zapatillas deportivas en el trabajo, especialmente cuando tenían acumuladas manchas de barro imposibles de quitar.
En cuanto salió del edificio notó que estaba lloviendo débilmente, aunque consideró que no lo suficiente como para sacar el paraguas, así que sólo se cubrió la cabeza con la capucha por prevención.
Su camino fue tranquilo, pero cuando llegó a la mitad del parque la lluvia comenzó a caer un poco más fuerte, haciendo que las personas que estaban en la calle corrieran a buscar refugio. Rin también tuvo que correr para que sus pantalones no se empaparan y como sólo estaba a dos minutos de llegar a la clínica, no valía la pena entretenerse buscando la sombrilla dentro del desastre que guardaba en su bolso.
Soltó una sonora exclamación de alivio al llegar a su destino y resguardarse bajo el techo exterior. Se había salvado por un pelito, pues de nuevo la lluvia aumentó su potencia. Se retiró la capucha y sacudió la chaqueta, y mientras la abría para librarse de ella dio un rápido vistazo alrededor.
Sesshomaru Taisho estaba en la entrada de un inmenso complejo empresarial en la cuadra contigua a la clínica. Era fácil reconocerlo entre las otras personas acumuladas bajo los techos y toldos; su cabello plateado resaltaba. La estaba mirando.
Rin alzó tímidamente una mano y lo saludó justo antes de entrar. Sabía que hacía frío afuera, pero su cara estaba tan caliente que ni siquiera lo sentía.
…
Sesshomaru estaba llegando ligeramente tarde al trabajo ese día. Y por ligeramente tarde se refería a quince minutos antes de la hora de entrada establecida. Normalmente estaba ahí a golpe de las seis de la mañana, pero el tráfico resultante del dudoso clima lo había retrasado considerablemente. En su fuero interno y con cierto tinte de malicia, deseó que Jaken demorara mucho más que él para tener al menos algunos buenos minutos de paz y silencio en lugar oír de su pedante voz rasposa de fondo.
Se disponía a salir por su ya acostumbrada carga de café, cuando la lluvia comenzó a caer con más fuerza y lo hizo cambiar de idea. Una chaqueta naranja llamó su atención al otro lado de la calle cuando se daba la vuelta para regresar. Generalmente no solía fijarse en las personas que lo rodeaban, pero ésta tenía un pequeño toque familiar. Se trataba de aquella muchacha, Rin, que ingresaba a la clínica.
Cuando ella lo notó, le dedicó un quedo saludo y se apresuró a entrar. Sesshomaru miró entonces el edificio enarcando apenas las cejas. ¿Trabajaba ahí o era una paciente? Lo único que sabía sobre ese lugar era que su padre había sido uno de los contribuyentes más generosos cuando el proyecto estaba en construcción, y que gracias a eso, muchos años después, la novia de su hermano había logrado conseguir un consultorio sin muchas complicaciones en aquella clínica.
Decidió descartar aquel pensamiento de su mente; cualquier cosa que tuviera que ver con Inuyasha no ayudaba a mejorar su humor, por lo que procuraba dedicarle el menor tiempo posible hasta cuando era necesario. Ni siquiera sabía en qué ramo de la medicina se especializaba su cuñada y poco podría importarle.
―Señor Taisho, buenos días ―lo recibió Sara Asano del departamento de finanzas cuando llegaba al ascensor sacándolo de sus cavilaciones.
―Asano ―correspondió él inclinando la cabeza con indiferente educación. Esperaron juntos a que las puertas se abrieran y entraron al elevador, donde sólo el sonido del mecanismo en funcionamiento llenaba el vacío silencio. La mujer permaneció con el mismo gesto adusto de su jefe en sus atractivas facciones, aunque a veces le lanzaba miradas cargadas de reproche. Hacía unos meses había confesado la atracción que sentía por él, pero fue fríamente rechazada cuando la joven Asano propuso formalizar la relación. Desde entonces los tratos que mantenían eran más bien tensos por su parte, porque Sesshomaru no mostraba con ella una reacción distinta a la que mostraría con otra persona.
―La junta será esta tarde a las dos para la discusión de impuestos, señor Taisho ―le recordó ella cuando las puertas se abrían de nuevo para que bajara―. Por favor, no lo olvide.
Como la costumbre lo dictaba, lo único que consiguió Sara por respuesta fue un parco asentimiento justo antes de que el elevador continuara su ascenso hasta el último piso. En la mente de la mujer, aquel hombre podía ser un excelente ejecutivo, pero lo reprobaba rotundamente en el trato personal.
Cuando Sesshomaru se sentó al fin en su cómoda silla de respaldo alto detrás del escritorio, la lluvia comenzó a caer un poco más débilmente y al cabo de una hora, el sol se asomaba entre las grises nubes que se dispersaban poco a poco para volver a aparecer de nuevo en el transcurso del día.
―¡Señor Sesshomaru, lamento tanto el retraso! ―Jaken entró estrepitosamente en el despacho como si hubiera corrido una maratón. Pasaban de las ocho de la mañana, y aunque el malicioso deseo de Sesshomaru se había cumplido después de todo, estaba claro que no le hacía ni pizca de gracia su falta de puntualidad―. Intenté llegar más temprano, pero la lluvia me atrapó y tuve que esperar a que pasara. No quería arriesgarme a arruinar su café, señor.
El hombre se fijó entonces en el característico vaso que él mismo había estado comprando regularmente las últimas semanas.
―No recuerdo haberte dicho que lo compraras.
―Oh, no, no lo hizo, señor ―respondió el hombrecillo, hinchándose de orgullo por haber sorprendido a su superior―. Pero pensé que no podría ir usted con esta lluvia, y como últimamente le gusta comprarlo en ese lugar… porque francamente el que hacen aquí es más bien leche con crema y azúcar, no sé quién está manipulando esa máquina pero lo hace asquerosamente mal, por lo que me tomé la libertad de...
―No hagas cosas a no ser que te las pida explícitamente, Jaken ―le replicó Sesshomaru sin alterar el tono―, y menos cuando te hacen incumplir tu horario de trabajo.
El total desprecio por el esfuerzo que había realizado no pareció molestarlo en lo más mínimo. En cambio, Jaken adoptó una postura crispada y nerviosa, como si su jefe tuviera toda la razón del mundo.
―¡Por supuesto, señor! ―se apresuró a decir Jaken, enojado consigo mismo por tal falta―. Discúlpeme, le aseguro que no volverá a suceder. Pero qué tonto soy…
Sin embargo, dejó el café intacto sobre la mesa del escritorio al momento de retirarse, y Sesshomaru lo contempló vacíamente sobre el fajo de papeles que estaba revisando antes de que llegara Jaken. Una minúscula parte de sí mismo reconoció que Jaken había obrado bien y no había sido del todo justo al reprenderlo. Pero aquella parte era tan insignificante que no le costó nada hacerla callar.
La verdad es que no sólo recorría el trayecto hasta esa cafetería en particular para conseguir la bebida caliente y amarga como le gustaba, también lo hacía ante la posibilidad de encontrarse con esa muchacha que paseaba a su perro todas las mañanas. Al principio había sido inconsciente. Sólo quería ir por el café, salir de la oficina y despejar su mente; ya lo había hecho algunas otras veces y no tenía nada de inusual. Si se encontraba con ella era por casualidad.
Pero ya había llegado la hora de reconocer que la principal causa de sus salidas matinales era casi específicamente por la eventualidad de toparse con ella. No es que fueran ocasiones demasiado interesantes, sólo había cordiales saludos y despedidas, pero hasta él podía notar que existían motivos ocultos tras esas pocas palabras.
Sesshomaru sentía la creciente curiosidad de preguntarle quién diablos era y de qué se suponía que la había socorrido. O por qué estaba manchada de sangre, corriendo descalza por la calle, con esa apariencia tan poco apropiada. Pero, ¿por qué habría de inmiscuirse en el asunto en primer lugar, si apenas eran poco más que desconocidos?
Soltó un rápido resoplido por la nariz y se enfocó de nuevo en lo que estaba haciendo. Por más retorcida e insistente que fuera su curiosidad, no era el momento ni el lugar para distraerse con nada que no tuviera que ver con su trabajo. No tenía tiempo que desperdiciar si quería que el cierre de aquel año en la compañía fuera rápido e impecable.
Si tan sólo esa condenada niña dejara de entrar en su cabeza, todo le sería más fácil.
…
La jornada del día estaba casi terminada. El último paciente aún se encontraba adentro, conversando desde hacía casi una hora completa con la doctora, y Rin, desde su puesto fuera del consultorio, pudo escuchar un par de veces cómo la persona lloraba y trataba de justificar algo a voz de grito. No era extraño escuchar lamentos, risotadas o hasta fuertes discusiones si era una cita doble, por lo que Rin ya estaba algo más acostumbrada en relación con su primera semana.
Ahora que estaba trabajando oficialmente con la doctora, sus citas se habían corrido hasta ser las últimas de la tarde para matar dos pájaros de un tiro. No tenía que estar pendiente de la llegada de ninguna otra persona, y podía evitar quedarse todo el día sentada en ese sitio, pensando en su consulta mientras cumplía con sus obligaciones. Era mucho más práctico terminar el turno, luego pasar a terapia y ser libre de volver a casa sin que fingir estar bien ante nadie.
Hojeó el librito que tenía abierto en el escritorio sin prestarle atención, mirando de vez en cuando con aprensión hacia atrás, donde estaba la puerta del consultorio. Dentro de poco le tocaría abandonar su puesto de recepcionista y ocupar el de paciente, y sabía de antemano que la sesión de aquel día no sería demasiado agradable.
Unos minutos después de oír murmullos apagados y apresurados al otro lado de la puerta, ésta se abrió súbitamente. Rin soltó un respingo inaudible y vio a la señora de mediana edad que salía con un aspecto muy agitado. La doctora le dedicó unas palabras de ánimo, posando la mano en su brazo y hablándole con un tono lleno de calma mientras la acompañaba hasta la salida. No se volvió hacia la jovencita hasta asegurarse de que la señora hubiera llegado al pasillo donde estaba el elevador y se perdiera por el recodo.
Soltando un pequeño suspiro, sólo permitió que el desasosiego turbara sus ojos un momento para después cubrirlo con un aspecto más profesional y amistoso. Sea lo que sea que le estuviera pasando a aquella mujer que acababa de marcharse, no parecía ser muy bueno.
―No esperamos a nadie más, ¿verdad, Rin?
―No, la señora Yoshida fue la última de esta tarde ―le confirmó tras revisar rápidamente la agenda que marcaba las citas de cada día. La última hora estaba libre para ella.
―De acuerdo. ¿Pasamos, entonces? ―la invitó con un gesto del brazo. Rin se levantó desanimada de su asiento, y ocupó su acostumbrado diván en el consultorio. La otra, al sentarse frente a ella, le dio una mirada extrañada:
―Has estado muy apagada toda la tarde. ¿Qué ocurre?
―Supongo que es lo mismo de siempre ―admitió, desinflándose―. Ya sabe cómo es esto, doctora. A veces me siento mejor y otras veces no.
―¿Es algo en específico lo que te hace sentir mal?
―Es que… esta noche tampoco pude dormir muy bien. De acuerdo, no dormí nada ―soltó frustrada―. Cada vez que cerraba los ojos sentía que estaban ahí, sentía que me tocaban, que me… ―gruñó por lo bajo, evitando decirlo―. Me metí en la ducha por lo menos tres veces, me sentía tan sucia que no podía quedarme quieta. Encendí las luces, la televisión, intenté leer… no pude distraerme en toda la noche, esas imágenes siempre regresaban y yo… Dios, es tan repulsivo. Me siento la persona más repugnante del planeta y quisiera… quisiera…
Pero al parecer, ni siquiera ella sabía lo que quería, porque se quedó callada con los ojos fuertemente cerrados y los puños apretados en su regazo. Se sentía a punto de vomitar.
―No eres repugnante, Rin. Repugnantes son las personas que te hirieron, son las que están mal de la cabeza y conocerán su castigo tarde o temprano. Algunos más tarde que otros ―añadió. Extendió la mano para alcanzar la de Rin y hacerle relajar un poco la tensión de su puño.
―Aunque haya pasado tiempo, aunque esté lejos, aunque todo haya pasado ya… No puedo dejar de pensar en eso, me es imposible. Algo dentro de mí lo saca a relucir cuando menos lo necesito, cuando intento concentrarme en otra cosa. Escucho sus voces muchas veces. Los oigo reír, burlarse de mí, amenazarme… A veces siento que todos ellos aparecerán en algún lugar, en alguna esquina o rincón, y me llevarán a rastras a ese espantoso lugar. Otras veces siento que despertaré y encontraré que en realidad nunca lo abandoné.
La muchacha temblaba intentando contener titánicamente las ganas de llorar como había hecho durante todo el día, pero fallando en el último momento. Toda la tensión que había acumulado los últimos días estaba saliendo a chorros y no podía dominarse más.
―Quisiera que existiera algún método que me hiciera olvidarlo todo. Que me arrancara estos recuerdos, o me los quitara absolutamente todos con tal de no tener que saber de ellos nunca más ―continuó Rin con la voz ida y los ojos humedecidos.
―Me temo que nunca podrás olvidarlo, Rin ―Kagome habló tras unos momentos que le concedió a la muchacha para que se desahogara―. Es una de las cosas más terribles de la mente humana, te obliga a revivir las cosas que menos te gustan porque cree que volverán a suceder y necesitas estar preparada para saber cómo actuar una próxima vez. Una mente asustada siempre estará alerta para encarar a lo que más le teme, y eso es lo que te está pasando a ti.
»Lo que hicieron contigo fue monstruoso e imperdonable. Una de las peores cosas que un ser humano puede hacerle a otro. Pero eso no significa que hayan creado un monstruo ―le dijo firmemente para que estuviera segura de que decía la verdad. Rin alzó la cara y la miró con los ojos empañados―. Los monstruos son ellos, Rin, no tú. Y tampoco eres repugnante. De hecho, eres una chica muy fuerte y muy valiente. Pocas personas pueden sobrevivir a una experiencia como la tuya y tener la convicción de seguir adelante ―hizo una pequeña pausa apretando su mano―. Te enfocas mucho en las cosas malas que te pasaron, pero no ves el lado bueno.
―¿El lado bueno? ¿Hay un lado bueno? ―preguntó escéptica con una mueca enojada.
―De toda experiencia puedes aprender algo bueno y algo malo, y sólo tú escoges a cuál de las dos adoptarás y pondrás en práctica.
―Lo único que aprendí fue lo asqueroso y malo que puede ser el ser humano ―refutó Rin frunciendo el ceño y con voz entrecortada.
―Es verdad, muchos entran en esa categoría. Pero ¿qué me dices de Kagura? ¿Qué me dices de Kanna? ¿Y de las otras muchachas que fueron rescatadas gracias a ti?
La chica no dijo nada, sólo volvió a dejar que su cabeza cayera como si no pudiese mantener su peso.
―Ellas no son malas ni asquerosas, ¿verdad? Ni tampoco el montón de gente que te cuidó y se preocupó por ti, como tus amigos y sus familias. Eso también es algo bueno, ¿no te parece? Cuando lograste salir, y aunque no estuvieras recuperada, no te quedaste sola. Hubo una avalancha de personas que te abrieron las puertas con todo el cariño del mundo.
―Fueron muy amables conmigo ―susurró Rin poco después.
―¿Lo ves? ¿Crees que alguno de los que te acogieron creyó por un momento que eras repugnante? Puedes llamarlos ahora mismo y te aseguro que todos te replicarán que estás diciendo tonterías ―acabó con una sonrisa que Rin llegó a ver mientras levantaba la mirada.
―Muchos otros piensan lo peor de mí ―contrarrestó ella―. Que estoy manchada de por vida. Piensan que fue mi elección, que fue mi culpa todo lo que pasó y… me duele. Me duele pensar que puedan tener razón.
Kagome inhaló en silencio, sólo contemplándola un momento para después reafirmar el agarre que tenía en su mano.
―Es muy difícil. Somos humanos y siempre nos importará aunque sea un poquito lo que digan los demás. Siempre habrá personas que hablen a tu alrededor, Rin, y es imposible no hacerles caso o mandarlos a callar a todos. Pero tú siempre puedes escoger a quien escuchar, ¿o no? La gente que no conoces suele hacer juicios superficiales y rápidos que prácticamente nunca aciertan. Y si están equivocados sobre ti, ¿por qué hacerles caso? Busca la opinión de aquellos que te importen, aquellas personas a las que quieras de verdad, pues son las únicas que valen la pena considerar.
Sí, pero ellos no están aquí conmigo. No hay nadie aquí conmigo, quiso decir Rin, pero se mordió la lengua antes de hacerlo. Sonaba demasiado grosero, egoísta e infantil.
―A todo el mundo le afectan los malos comentarios, pero no por eso debemos creernos lo que nos dicen y dejarnos convencer por ello. No es fácil ignorarlos, pero tampoco es imposible. La gente va a hablar pase lo que pase, pero debes aprender a darte el valor que mereces y pasar por alto cualquier comentario hiriente. Puede que hayas pasado por algo terrible, Rin, pero eso no te convierte a ti en alguien terrible que debe vivir a la sombra de ese pasado, nunca lo olvides.
Rin asintió con la cabeza con el amago de una sonrisa, como si por fin se fuera rompiendo un poco de la coraza que tan bien la resguardaba. Pero sólo medio segundo después, su mirada cayó en picada hasta situarse de nuevo en su regazo.
―Lo he intentado y a veces creo que funciona. Me sube el ánimo saber que puedo ser inmune a lo que sea que digan de mí, pero en cuanto esa sensación se termina… Me siento en un agujero negro del que no puedo salir ―su voz sonaba ida y casi vacía, algo que combinaba con su lúgubre expresión. Hizo una pausa que tardó casi un minuto entero en romper―. Cuando estoy sola en mi habitación y no puedo dormir todo lo bueno desaparece y sólo puedo recordar cosas tan horribles que no consigo detenerlas. Esas son las que no puedo ignorar como a las personas que hablan mal de mí, son cosas que salen de mi cabeza una tras otra, todas dicen la verdad y no las puedo callar. Repito una y otra vez lo que pasó, todas sus caras, sus voces… y cuando pienso en mi mamá…
Rin se quebró y soltó un sollozo ahogado. Eso era lo que más le dolía de todo, pensar precisamente en ella. Kagome se sentó a su lado en el diván y comenzó a frotarle la espalda para tranquilizarla sin decir ninguna palabra. El problema era mucho peor que un ataque de inseguridad ante malas críticas, se trataba más bien de un tormento interno y constante que la hacía caer fácilmente en cuadros depresivos.
Pero no es nada que no se pueda curar, se aseguró Kagome con optimismo, más que convencida de que Rin podría dejarlo todo muy atrás.
―Me siento tan culpable ―murmuró quedamente la más joven ―. Incluso peor que cuando pienso en Onigumo, Naraku y todos esos sujetos. Dejaría que hicieran conmigo lo que quisieran si tan solo con eso hubiese podido evitar… Dios, fue culpa mía… No hice lo que quisieron, me les rebelé y peleé… y ellos me dijeron que si lo hacía… ellos…
Kagome abrazó a la chica con mucha fuerza, dejando que la empapara con sus lágrimas. Quería decirle que la muerte de su madre no había sido su culpa, pero sabía de antemano que, aunque tuviera razón, Rin no le creería. No por el momento, al menos.
―Nunca podrías haber predicho lo que pasaría, Rin. No lo sabías, sólo intentabas sobrevivir por cualquier medio posible ―le dijo suave y bondadosamente―. No puedes seguir atormentándote por algo que ya no se puede remediar, algo de lo que de seguro ni siquiera tenías control. Esos hombres te quitaron muchas cosas, pero no te quitaron tu vida ni tu futuro. Tienes tantas oportunidades ahora, tantas posibilidades sólo por el hecho de seguir con vida. Eres más fuerte, más inteligente y con mucha más capacidad de enfrentar las cosas que te vengan por delante y salir victoriosa de lo que sea que te propongas. Sí, Rin, te estoy hablando en serio ―aseguró ante su incrédula mirada―. Estoy más que segura de que tu madre estaría orgullosa de todo lo que has logrado y ver que, aunque pasaste por experiencias atroces, sigues siendo tú misma. Aunque tengas miedo ahora, aunque creas que no hay nada más para ti, te aseguro de todo corazón que sí lo hay. Siempre lo hay, tu historia todavía no termina, sólo estás empezando un nuevo capítulo.
»Por eso también te pediré una cosa muy importante. Nunca creas que el haber luchado estuvo mal. Luchar no es malo; resignarse y darse por vencida, por más horrible que parezca ser la situación, no es lo correcto. Puede parecer la salida fácil simplemente aceptar que todo acabó y no hay nada por hacer, pero créeme cuando te digo que nunca dejan de existir razones para que sigas teniendo esperanza. Hay que seguir adelante y plantando cara de cualquier manera que nos sea posible. A veces debemos usar los puños, otras veces la mente y otras veces la paciencia. Sólo porque te bloqueen una salida no significa que las demás se tengan que quedar incapacitadas.
»¿Me lo prometes, Rin? ¿Me prometes que nunca dejarás de luchar?
Rin se quedó en silencio. Algo en su interior se detuvo mientras hablaba, y apenas comenzaba a marchar de nuevo, pero en una onda diferente. No tenía idea de cómo explicarlo, ni siquiera para sí misma, pero sentía un poquito de un no sé qué que le hacía sentir mejor. Lentamente movió la cabeza de modo afirmativo.
―Lo intentaré.
Volvió a sumirse en el cálido abrazo de la mujer, pero esta vez sollozando mudamente. Kagome acarició su cabello dejándola que se desahogara sin ataduras. No había sonado muy convencida, pero le bastaba con que tuviera presente sus palabras y las pudiera recordar cuando más las necesitara.
―Hoy es el cumpleaños de mi madre, ¿sabe? ―susurró tristemente al cabo de un par de minutos―. Habría cumplido cuarenta años si no le hubiera pasado nada. Hubiésemos hecho un pastel de piña con los abuelos, su favorito, y hubiéramos salido a ver una película. Era lo que hacíamos cada año. Por más tareas que pudiera tener yo, o por más ocupada que ella estuviese en el trabajo, siempre hacíamos un espacio en la noche para pasarlo todos juntos. Desde que se fue… cada nueve de noviembre me siento vacía. N-ni siquiera tuve la oportunidad de despedirme de ella.
―Sé cómo te sientes, Rin ―le dijo la doctora, sin dejar de abrazarla―. Cuando perdí a mi hermana mayor sentí que me faltaba algo y que nunca nada más podría volver a llenarlo. Teníamos muchas diferencias, pero seguía siendo mi hermana y la quería como pocas veces se puede querer a alguien. Pasó mucho tiempo, y todavía me sigue faltando ese pedacito que se llevó ella al morir, pero ya no me siento tan triste como antes, porque sé que, pase lo que pase, siempre estará conmigo y está en paz ―se separó y tomó sus manos sin dejar de mirarla a los ojos.
»Mi abuelo me enseñó algo. Me dijo que cada vez que quisiera hablarle y no supiera si estaba escuchando, lo anotara en una hoja de papel y la quemara. Según él, cuando las palabras se convierten en humo llegan más rápido al cielo y los que están allá arriba pueden recibirlas sin importar la distancia.
Rin soltó una de sus manos y se enjugó los ojos un poco avergonzada por haber actuado como una niña pequeña. La psicóloga le sonrió, dándole a entender que no tenía de qué preocuparse.
―Voy a mandarte tarea. Tienes muchas cosas guardadas ahí adentro, y como es malo acumular lo que nos hace sentir mal, te propongo que las escribas cada vez que te cueste dormir. Deja salir lo que te esté carcomiendo, escríbelo como si se lo contaras a la persona en la que más confías y luego léelo en voz alta. Que tus preocupaciones se queden en el papel en lugar de en tu cabeza, es muy posible que te sientas mejor después de hacerlo.
―¿Como llevar un diario? ―preguntó Rin.
―Sí, ¿por qué no? Parecerá una tontería, pero si escribes lo que sientes es probable que al terminar te encuentres mucho si tienes algo que decirle a quienes ya no pueden estar contigo, escribe una carta y quémala para asegurarte de que la reciban.
La joven asintió. Le parecía una buena idea. Había llevado un diario una sola vez, cuando estaba en cuarto grado de primaria y lo único que había escrito en él era lo mucho que le gustaba un compañero de clase, más páginas enteras con corazoncitos y dibujos tontos. Escribir no era precisamente su fuerte, pero a esas alturas estaba dispuesta a intentar cualquier cosa para lograr que su mente no estuviera saturada de tantas cosas desagradables.
―No te aflijas ―la animó la doctora con un apretón en su hombro―. Estas cosas toman tiempo, y nunca es fácil volver a tener una vida normal. Pero no es imposible, muchos lo logran y tú estarás entre ellos algún día, con la frente en alto. Ya verás que todo saldrá bien.
Para cuando la hora de terapia terminó sentía la cabeza un poco más despejada y liviana; no en un cien por ciento, pero estaba definitivamente mejor en comparación a como se encontraba en la mañana. Se despidió de la doctora en la entrada de la clínica, luego de cerrar el consultorio y bajar juntas por el ascensor, y se dispuso a regresar a casa antes de que se hiciera de noche, pues el cielo ya estaba lo bastante nublado como para opacar la luz del final de la tarde.
Su mente era un hervidero de pensamientos diversos, que variaban entre sus pesadillas de la noche anterior y las buenas palabras de la mujer. ¿Podría recordarlas la próxima vez que sus malos recuerdos no la dejaran tranquila? Una cosa era mantener el optimismo cuando se estaba en relativa calma, pero cuando la situación se volvía fea se hacía mucho más difícil.
Lamentablemente tendría que apelar a una parte de ella casi completamente inutilizada hasta entonces y de la que tenía poca confianza: la paciencia. Era cuestión de ir poco a poco, como ya se lo habían dicho un millón de veces ella misma y un montón de personas más, así que lo mejor era al menos intentar poner en práctica los consejos recibidos, y dudaba que fuera una tarea sencilla.
Distraída como iba, pero aún mirando por los alrededores, observó algo que le llamó la atención y regresó sobre sus pasos hasta llegar frente al escaparate de una tiendita un par de cuadras más adelante de la clínica, y, como ya estaba ahí y quería aprovechar la oportunidad, entró. Era una pequeña papelería abarrotada de todo tipo de materiales escolares. Las estanterías estaban repletas a rebosar de libros de colegio, blocs de dibujo, láminas de cartulina de colores, pinceles, reglas, mapas y muchas otras cosas que se amontonaban hasta el techo de la modesta tienda, lo que hacía difícil caminar sin tropezarse con algo.
―¿Puedo ayudarte, bonita? ―le preguntó la dependienta, una señora rellenita y con enormes gafas que hacían que sus ojos se vieran diminutos. Rin vaciló un momento ante su acercamiento tan directo e hizo un esfuerzo por aparentar normalidad. Aún le costaba trabajo hablar con desconocidos, pero como aquella era una mujer, al menos no sería tan complicado.
―Sí, gracias. ¿Tiene libretas de apuntes?
―Por supuesto, están del otro lado de esta estantería ―le dijo, pasando trabajosamente por el apretado caminito entre el mostrador y la estantería repleta de libros de texto, señalándole la cara opuesta, igualmente llena, pero de cuadernos―. ¿Buscas alguna en especial?
―Me gustaría una grande de tapas duras.
―Están ahí arriba. ¿Te busco un banquito para que las alcances?
―No se preocupe, yo puedo ―negó amablemente, colocándose de puntillas para alcanzar los cuadernos que estaban casi al tope. Sacó uno, el más grueso que encontró, y lo examinó rápidamente. Tenía las cubiertas con el patrón de tela escocesa en color rojo, con los bordes recubiertos de lo que parecía ser una imitación de cuero marrón oscuro. Si hubiera podido elegir libremente habría tomado uno con fotografías de animalitos y calcomanías en el interior, pero no podía llevar una escritura tan seria en un cuaderno infantil, así que decidió quedarse con el que tenía en las manos.
―¿Es para una clase? ―preguntó distraída la dependienta mientras Rin le entregaba el dinero.
―No exactamente. Se lo agradezco mucho, que tenga un buen día.
―Igualmente, querida, gracias por tu compra.
La campanilla de la tienda sonó cuando abrió la puerta, y en el exterior la recibió un aire frío y húmedo. No solamente húmedo; sino más bien mojado. Apenas se había alejado de la tienda para cruzar la avenida hasta el parque cuando comenzaron a golpearla gruesas gotas de lluvia. ¡Vaya suerte la suya! Como llevaba la chaqueta colgando del brazo al igual que la libreta recién comprada no tenía cómo protegerse, así que retrocedió hasta el edificio que tenía detrás para resguardarse bajo el techo de su entrada. Se secó el agua de la cara con la manga de la blusa y se apresuró a guardar el cuaderno en el bolso, forcejeando un poco para hacerlo entrar y luego cerrarlo.
Cuando se colocaba la chaqueta impermeable, recordó que el paraguas estaba dentro del bolso que acababa de cerrar con esfuerzo. Soltó un bufido exasperado, y mientras subía la cremallera de su abrigo, alzó la cabeza hacia su derecha. Alguien se encontraba parado bastante cerca de ella. De saber que había gente a su alrededor, Rin habría evitado hacer caras de enfado hacia la nada y dejar escapar soniditos que parecían gruñidos.
Pero no era cualquier persona, claro que no. Se trataba de Sesshomaru Taisho, que al parecer también había culminado su jornada laboral y se marchaba a casa.
Rin olvidó momentáneamente cómo había ido a parar ahí y por qué estaba malhumorada cuando su corazón comenzó a latir un poco más deprisa.
―Buenas tardes ―le dijo él en su habitual tono frío.
―Ho-hola ―fue todo lo que Rin logró contestar―. ¿Le estaba bloqueando la salida? L-lo lamento, sólo quería resguardarme de la lluvia ―se excusó sin saber muy bien por qué le estaba dando explicaciones. Él sólo la miraba como hacía cada vez que se encontraban, con una muy bien disfrazada curiosidad.
Sesshomaru había salido tarde de la reunión de aquel día, y aunque habían llegado a buenas conclusiones y resultados favorables, se encontró con que aquella vez no le apetecía quedarse demasiado tiempo en el edificio de la compañía. Sólo se atrasó lo suficiente como para terminar el papeleo que había dejado pendiente, y salir apenas veinte minutos más tarde que el resto de los empleados, lo cual para él era muy temprano pues no solía abandonar su oficina hasta bien entrada la noche.
No había esperado encontrarse con esa muchacha como si hubiera ido a parar ahí apropósito. No le costó nada ver que no se trataba de otra cosa más que de una casualidad, pues estaba lloviendo y ella había quedado atrapada en el aguacero. Perfectamente habría podido darse la media vuelta en cuanto la vio desde la recepción para dirigirse al estacionamiento subterráneo, pero había optado por reunirse con ella.
Tenía delante de él la oportunidad perfecta para obtener las respuestas que quería desde el primer día. ¿Cuánto más iba a permanecer la muchacha en el mismo lugar gracias a la fuerte lluvia? Ahora era el momento indicado y debía aprovecharlo.
Pero, ¿de verdad lo haría? Le dedicó una mirada de reojo sin que ella se diera cuenta.
Sesshomaru notó sus ojos enrojecidos, la palidez en su piel y las oscuras ojeras que su maquillaje no había llegado a disimular en su totalidad. Dudaba conseguir alguna respuesta si ella no estaba del todo estable, a juzgar por su apariencia.
―No parece que vaya a dejar de llover pronto ―exclamó ella, sacándolo de sus cavilaciones. Si había sol al otro lado de las plomosas nubes, no quedaba ni rastro de él. Rin sacó un paraguas plegable de color amarillo y lo abrió en su totalidad. Estaba algo doblado y parecía ser muy viejo. Sesshomaru le echó una mirada fugaz. ¿Así que tenía cómo irse, pero no lo hacía?―. ¿Pasará por el parque, señor Taisho? ―le preguntó, extendiendo un poco el paraguas hacia él con una expresión alterada que intentaba controlar―, p-podemos compartirlo por el camino para que no se moje.
―Mi auto está aparcado por aquí ―contestó él monótonamente. Qué muchacha tan extraña. Era obvio que su presencia la ponía nerviosa, pero aún así tenía la suficiente educación como para mostrarse amable con él―. Puedo llevarte si así lo quieres.
Rin abrió los ojos con sorpresa y sus hombros se crisparon por puro reflejo. De repente sentía algo de calor en la cara.
―No, no; no es necesario que se tome esas molestias. No tengo que ir muy lejos.
―No es molestia.
La chica tuvo que tragar y sintió el impulso de dar un paso hacia atrás. ¿Por qué tenía que clavarle la mirada de aquella forma? Parecía desinteresado, pero era difícil saberlo porque no apartaba sus dorados ojos de ella.
―Se lo agradezco, pe-pero de verdad estoy bien. S-será mejor que me vaya antes de que se haga más tarde ―se apresuró en añadir. Seguidamente hizo una breve inclinación luego de colocar el paraguas sobre su cabeza―. Que pase buenas tardes, señor Taisho ―sonrió un poco para aliviar la tensión que la rodeaba, y sin perder más tiempo se introdujo en la cortina de agua helada.
Sesshomaru la vio pasar la entrada del parque al otro lado de la avenida y perdió de vista su llamativo paraguas amarillo. Había tenido el ligerísimo impulso de repetirle el ofrecimiento de llevarla a su casa, pero se mantuvo callado. Él podría ser una persona muy básica en cuanto a relaciones humanas se refería, pero al contrario, era muy bueno leyendo a los demás y sabía medir cuándo era inadecuado hacer algún movimiento.
Menos de un minuto después de haberla visto desaparecer, regresó al interior del edificio y bajó hasta el estacionamiento.
No tenía idea de por qué aquella chiquilla captaba su atención de esa manera, pero una cosa era segura: no estaba nada contento con eso.
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... pero todas las lectoras y la autora sí que lo estaban.
Yo no sólo habría aceptado la invitación, sino que no me habría bajado del auto xD ¡OH POR DIOS HABLARON OTRA VEZ! Sí, sí, interactúen, interésense en el otro por otra cosa que no sea el pequeño y significativo encuentro que tienen en común, ¡hagan que la calificación de romance valga! *risa malvada, truenos*
Ok, ya me calmo. Este capítulo fue cortito como los demás, pero apuesto que reveló mucho más de lo que esperaban. ¿Cuáles eran sus teorías? Porque leí al menos uno o dos comentarios que acertaron, así que enorgullézcanse. Y sí, Naraku está metido en esto, Onigumo también al igual que un montón de personajes más. En el próximo capítulo tendremos una pequeña introducción a nuestro villano, para que se vayan preparando.
¡AGFDGSHG! 104 reviews en 3 capítulos, ¡cuánto amor! Si pudiera las abrazaría a todas, las invitaría a un helado y probablemente me quedaría en bancarrota xD Muchísimas gracias a las hermosas criaturitas que dejaron sus jugosos comentarios: DreamFicGirl, Mina Rose, BABY SONY, Floresamaabc, Blueberry Bliss, Kassel D. Efrikia, MickeyNoMouse, Anónimo, NUBIA, Cath Meow, Rena Hutchcraft, Tenshi Souzou-teki, Alambrita, Clau28, Roxana Matarrita.96, JanneST, Lucemg, Kami no musume XD, Nesher11 (x2), SeeDesire, Bucitosentubebida, Gogo Yubhari, Freakin'love-sesshourin y Jenny07891. Adoro leer sus teorías, a veces aciertan (y me asustan xD) pero es divertido tomarlas por sorpresa y verlas reaccionar por ello xD Gracias también a mi beta Ginny, por las correcciones y jalones de orejas para mantener a Sesshomaru... como Sesshomaru xD
Y agradecimientos especiales a todos los favoritos y alertas, además de a los guapos fantasmitas que siguen la historia entre las sombras. Ojalá se animen a dejarme sus impresiones, no muerdo xD
Un beso a todo el mundo por igual, gracias por leer y nos vemos la próxima semana.
