Después de la tira de tiempo, por fin me atrevo con esta escena. La verdad es que nunca tenía ánimos para escribirla pero aquí está. Por fin. Espero que os guste
Soledad
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Nadie está preparado para morir. Las muertes idílicas sólo aparecen, esporádicamente, en algunos relatos en los que el progenitor de los protagonistas, al ver a su hijo contento, muere sonriendo; feliz por el final de la historia.
Tampoco hay nadie preparado para ver morir a alguien. No para ver caer a un hijo, a un amigo, a un hermano.
Da igual que estemos en guerra o saboreando la paz. Que estemos acompañados frente a la tumba o que sepamos que no fue infeliz. Que nos repitamos que, tarde o temprano, seremos capaces de mirar hacia delante y superar su muerte.
En el momento en que nos dicen que ese ser querido ya no está con nosotros y nunca va estar, algo se nos remueve en el corazón. Un corazón que no volverá a ser el mismo. Que no mirará a las estrellas sin buscar un rostro, una sonrisa que alguien robó.
Las lágrimas que corren por las mejillas de Minerva esa tarde de noviembre parecen no querer parar. Se obliga a mirar al frente, donde no puede distinguir con claridad los nombres inscritos en piedra.
James Potter
1960 -1981
Lilian Potter
1960 -1981
Oye un murmullo y sin necesidad de girarse sabe que es Frank, que intentar consolar a Alice sin lograrlo, pues también él está sufriendo.
Las palabras que ha pronunciado antes Dumbledore con la mejor intención se quedan huecas. El vacío que han dejado James y Lily no se puede llenar.
Sólo son unos pocos invitados a la fiesta de despedida de los Potter; el resto está celebrando la llegada de la esperanza. Una esperanza que el Valle de Godric no quiere compartir, porque para él ha sido demasiado cara.
Nadie pregunta, ya que todos saben la respuesta. ¿Dónde están ellos? ¿A dónde han ido los Merodeadores?
Juntos para siempre, lo dijeron una vez. Aún hoy lo siguen cumpliendo: James ya no está, tampoco Lily. Y sus amigos han desaparecido. Ni Sirius, ni Remus, ni Peter.
Alice mira al cielo sabiendo que, allá adonde estén, están llorando. No lo sabe con seguridad, mas lo intuye. Conoce esos corazones como si fueran el de Frank, o el de Neville, que duerme acurrucado en su carrito. Sabe que los gritos de rabia que están surgiendo en ellos son tan ruidosos como los lamentos de Hagrid.
Y acierta.
En una celda, lejos del mundo civilizado, allí donde únicamente hay sitios para los dementores y sus víctimas –que si alguna vez tuvieron alma, pronto dejarán de tenerla- un hombre grita y golpea sus barrotes.
La cara contorsionada por el dolor, la mirada llena de rabia, y las manos heridas por los puñetazos que le ha dado a las paredes. Como si saliendo de allí pudiera solucionar algo, como si pudiera echar atrás en el tiempo…
A la luz de la luna, una luna menguada y chiquitina, alguien se acaba de convertir en lobo de nuevo. Esta vez para pasar la noche solo, sin ayuda, sin amigos. Con una conciencia vana, vacía, la del lobo; que hace menos pesada su carga. Un peso con el que en un momento de su vida nunca llegó a pensar que volvería a cargar.
Y corriendo, alcantarilla tras alcantarilla; raíz de árbol tras raíz; matorral tras matorral se encuentra el tercer merodeador. Un hombre que ya no lo será jamás, porque su cobardía le impide llegar a serlo. Es esa cobardía la que le movió a la traición, y también la que evita que no se entregue a pelear con otros animales. Quizás otra rata, quizás un perro, quizás un lobo, quizás alguien que ya nunca más estará.
Y corriendo, cree que, por un momento, puede volver atrás, a esas carreras por el Bosque Prohibido. Como si pudiera volver atrás, a disfrutar de los minutos de cuando estaban juntos.
Nadie está preparado para la muerte porque eso significa soledad.
Una palabra con la que Peter va a tener que cargar a partir de ahora, pues nunca le va a abandonar. Un lastre que le acompañará para el resto de su vida. Porque una vida sin amigos, en soledad, no es vida.
